lunes, 20 de agosto de 2018

yo no como cuerpos humanos.


No me gusta comer cuerpos humanos. En realidad, no puedo diferenciar su sabor de otros cuerpos cuyo sabor me agrada, salvo que me los presenten como cuerpos humanos. Pero, en el caso de que lo hagan, me es imposible comerlos.

Podría imaginar que me gustara comer cuerpos humanos. Incluso podría fantasear con comer cuerpos humanos y disfrutar. No sería el primer hombre que construye esa fantasía, ni pertenecería a la primera civilización que construye esa fantasía en sus hombres.

Para disfrutar fantaseando que como cuerpos humanos necesitaría darle a su ingesta un simbolismo de dominación. Necesitaría elegir entre el horror de comerlos y el atractivo de dominarlos al hacerlo.
Llegar a disfrutar con la fantasía de que como cuerpos humanos eliminaría parte de mi horror ante la idea de comer cuerpos humanos reales. Con algunas personas, tal vez conmigo, no lo sé, convertiría en posible el llegar a hacerlo.

La fantasía placentera de que como cuerpos humanos no convertiría la ingesta de cuerpos humanos en una necesidad. No constituiría tampoco la revelación de mi deseo más íntimo. Tampoco sería la condición sine qua non para realizarme gastronómicamente. Sería, solo, algo que debo juzgar, condenar y eliminar.

Si procuro comprender habrá muchas más probabilidades de que logre realizar el proceso hasta su último paso: la eliminación. La forma incomparablemente más eficiente de eliminar la fantasía de comer cuerpos humanos no es reprimirla, sino entender las causas de su existencia y actuar sobre esas causas.

Una de las cosas más importantes que debo comprender para eliminar la fantasía de comer cuerpos humanos es diferenciar entre la fantasía reprimida en mí, más tarde revelada, y la fantasía potenciada en mí mediante la búsqueda de su revelación; diferenciar entre el poder que esta fantasía tenía en mí mientras estaba latente y el poder que le he dado yo para que logre manifestarse.

La diferencia entre la antropofagia y el sexo con objeto es de grado. Por eso realizamos sexo con objeto pero no antropofagia. Y por eso el sexo con objeto llevado a grado extremo desarrolla, entre otras, la parafilia sexual de la antropofagia. La antropofagia como parafilia sexual se llama “vore”. Y si no sabías que existía, o pensabas que no podría llegar a existir, vas a flipar cuando lo investigues.



martes, 14 de agosto de 2018

inteligencia motivacional


Aunque el concepto de “motivación” tiene desagradables resonancias que evocan el mundo del coaching y la autoayuda, se trata de un campo perfectamente consolidado en psicología y cuya tradición puede rastrearse a lo largo de toda la historia de la filosofía.

La motivación sería uno de los procesos psíquicos básicos, y consistiría en la generación y orientación del impulso necesario para llevar a cabo acciones tendentes a un fin. Hablamos, por lo tanto, de un tema de máxima relevancia en el ámbito de lo relacional. Piénsese, por ejemplo, lo importante que resulta controlar la motivación amorosa, es decir, amar lo justo, como para beneficiar a la relación (ya sé que eso no es amar. Ahí está lo bueno). O detectar la ausencia de energía en otras personas el grupo, o saber cómo y dónde reponer fuerzas.

La psicología general distingue con claridad entre procesos emocionales y procesos motivacionales. La inteligencia emocional, sin embargo, en su vertiente original y de perfecta seriedad científica, acostumbra a partir de las emociones como centro de la inteligencia intuitiva y propioceptiva, y a entender todos los epifenómenos de las emociones, entre ellos el impulso motivacional, como un conjunto integrado en las primeras. Así, la inteligencia motivacional sería parte de la inteligencia emocional, y no una inteligencia con entidad propia.

El concepto “inteligencia motivacional” ha sido usado, además, en coaching empresarial para el desarrollo de herramientas cuyo fin, no podía ser de otra manera, es la optimización del rendimiento laboral. La inteligencia motivacional se reduciría aquí a la facultad del individuo para, según reza la estúpida expresión deportiva, “darlo todo”, es decir, para autoexplotarse.

Sin embargo, creo que una reapropiación, de momento puramente tentativa, del concepto, puede ser del máximo interés para nuestros fines relacionales, especialmente si son decididamente ágamos.

Recordemos cuáles son las cuatro habilidades generales en que se fundamenta la inteligencia emocional según su definición por Caruso, Mayer y Salovey y veamos cómo repercute el desarrollo de habilidades motivacionales homólogas en las relaciones.

1) Percepción de las emociones:
- La identificación de las emociones en los estados subjetivos propios.
- La identificación de las emociones en otras personas.
- La precisión en la expresión de emociones.
- La discriminación entre sentimientos y entre las expresiones sinceras y no sinceras de los mismos.

Podríamos hablar aquí de “percepción de la motivación”, es decir, del conocimiento del impulso presente en los sujetos, del que determinados objetos o fines les generan, así como de la precisión en la expresión de ambas cosas.

Llevado al ámbito de las relaciones encontramos ejemplos de importancia capital:
¿Qué deseo y qué creo desear pero no estoy deseando? ¿Cuál es la verdadera intensidad de mi deseo? ¿Se trata de un deseo sexual, o es de otra índole? Y, si es sexual, ¿está el sexo funcionando como un símbolo o refiriéndose a la actividad sexual misma, designificada? ¿El afecto es algo o, a diferencia del sexo, su naturaleza es exclusivamente simbólica?


2) Facilitación emocional:
- La redirección y priorización del pensamiento basado en los sentimientos.
- El uso de las emociones para facilitar la toma de decisiones.
- La capitalización de los sentimientos para tomar ventaja de las perspectivas que ofrecen.
- El uso de los estados emocionales para facilitar la solución de problemas y la creatividad.

Trasladadas a la motivación hablaríamos de facilitación, orientación y uso eficaz de la motivación.

¿En qué consiste la asertividad motivacional? ¿Cómo contribuyen mis deseos a la convivencia armónica y en qué medida la obstaculizan? ¿Qué es adecuado proponer? ¿En qué medida mis deseos o mi carencia de deseos ocupan un espacio inapropiado en el espacio común?

3) Comprensión emocional:
- La comprensión de cómo se relacionan diferentes emociones.
- La comprensión de las causas y las consecuencias de varias emociones.
- La interpretación de sentimientos complejos, tales como combinación de estados mezclados y estados contradictorios.
- La comprensión de las transiciones entre emociones.

Aplicado a la motivación hablaríamos, entre otras cosas, de detectar, comprender y diferenciar, en nosotres o en otres, las diversas fuentes de la motivación, cómo se combinan entre sí, se potencian y se anulan, y dónde se sitúan en el proceso motivacional, si como causas que empujan la motivación o como fines que tiran de ella.
La comprensión motivacional ocupa el grueso de la teoría del valor sociosexual (vss): ¿de quién nos enamoramos? Es decir, ¿qué es, dónde está, cómo actúa, de qué depende, eso que llamamos “atractivo”?

4) Y por último, la regulación emocional:
- La apertura a sentimientos tanto placenteros como desagradables.
- La conducción y expresión de emociones.
- La implicación o desvinculación de los estados emocionales.
- La dirección de las emociones propias.
- La dirección de las emociones en otras personas.

Se trataría, según este cuarto punto, de desarrollar habilidades de importancia tan extraordinaria como la regulación y redireccionamiento de la motivación, así como de la vinculación o desvinculación a los procesos motivacionales, o a aquellos fines que carecieran originalmente de motivación.

Si la teoría del vss no consiste, como algunes critican, en un análisis derrotista sino en una propuesta de transformación es, en gran medida, porque podemos desarrollar la habilidad de la regulación motivacional. Lo que deseo y en qué medida lo deseo es algo que depende de manera sustancial de mi capacidad para regularlo y redireccionarlo.

Como puede adivinarse, con este sobrevuelo solo pretendo dar idea del interés del tema y de su enjundia. Lo iremos incorporando a medida que bajemos a tierra.

Pero permítaseme solo un ejemplo. ¿Recordáis este relato de la semana pasada? ¿Veis hasta qué punto se asume en él, y si acierto en la descripción realista, en nosotres, el desempoderamiento motivacional?

Deseo algo que me vincula con una persona, pero si pierdo el deseo pierdo con ello la capacidad para hacer lo que deseaba, de modo que, como no puedo garantizar esa capacidad, no puedo ofrecerme como objeto de expectativa. Imposible planificar conmigo, imposible contar conmigo, imposible todo. Los enfrentamientos por valor social, y sobre todo por valor sociosexual, se desatan y prevalecen sobre la voluntad de civilizarlos. La aceptación y el rechazo cambian el signo de las propuestas. Lo rechazado se desea y lo aceptado se evita, solo porque lo son, y porque con serlo generan una motivación que acaba mandando sobre nosotres. Con inteligencia motivacional podemos no solo prever esos procesos sino, en gran medida, controlarlos en favor de bienes superiores.




lunes, 6 de agosto de 2018

amistad



Me escribe un amigo y me propone vernos.

“¿Cómo estás? ¿Ya de vacaciones? Hace mucho que no quedamos para tomar algo. ¿Buscamos un día?”

Me alegra leer esto y enseguida repaso mentalmente mi agenda para localizar huecos disponibles.

Pero, al hacerlo, la sensación cambia y deja de ser agradable.

Me sorprende.

Reproduzco lo sucedido para entenderlo. Leo el mensaje. Bien. Busco huecos. Mal.

No es desgana, de modo que se diría que quiero realmente encontrarme con mi amigo. Tampoco es angustia, así que no parece que haya un exceso de responsabilidades que necesite desatender para ocuparme de esta cita.

Es rabia.

Muy sutil, y casi me pasa inadvertida. Pero es rabia. No hay duda. Algo hace que buscar espacio en mi agenda me resulte injusto. ¿Qué es?

La primera candidata a explicación es siempre la reciprocidad. Su ausencia. Pero no parece que tenga sentido. Si es él quien da el paso de proponer, ¿no deberé ser yo quien dé el paso de concretar?  ¿Estoy haciendo algo que él no haría?

Imaginemos que fuera yo quien hubiera propuesto… No. Imposible.

Hace más de dos meses que le mandé un mensaje similar, no recuerdo si el tercero o el cuarto, y su respuesta fue, como en los anteriores, una postergación indeterminada. “Qué mal me pillas. A ver si en unos días”. “Estoy liadísimo, pero queda pendiente”. “Nos vemos pronto. Te llamo yo”.

Tiempo atrás nos veíamos con frecuencia, pero esa frecuencia se ha reducido drásticamente en el último año.

No es cierto que se haya reducido. Ha quedado en nada.

Hace solo unas semanas que decidí entender el mensaje de que nuestra relación había cambiado y que se quedaba en cordialidad. Ahora he tardado en recordar aquella decisión. Menos mal que estaba esa rabia tan leve, tan lejana.

Así que es eso. Eso es lo que me indigna: Estoy haciendo algo que él no haría.
Pero esto no acaba aquí. Me toca juzgar esta indignación. No voy a despreciar la propuesta de un amigo solo porque me haya sentido mal al pensar en aceptarla. Puede ser orgullo, puede ser un mal momento, puede ser demasiado poco, puede ser otra cosa.

Tras un año sin apenas contacto no sé muy bien en qué estará consistiendo su vida. Me ha dicho en todas las ocasiones que estaba demasiado ocupado. Algo que he dicho yo a gente a la que no me apetecía mucho ver. O que me apetecía, pero menos que el resto de las cosas que podía hacer en ese momento.

Recuerdo también situaciones contrarias. Momentos de encierro y renuncia a planes que me apetecían mucho más que otra tarde en casa encadenando una infinidad de solitarias tareas variadas con fondo musical indiferente. Recuerdo incluso la preocupación por estar transmitiendo a algunas personas la sensación de que no quería verlas, y por la posibilidad de tener que enfrentarme después a su recelo.

No tengo información suficiente. Y ante esta incertidumbre parece mezquino someter a una amistad a cálculos de simetría forzosa.

Y, sin embargo, la posibilidad de estar siendo mezquino no hace remitir la indignación. Sería fácil obviarla, porque es casi imperceptible. Se diría que incluso está deseando encontrar la forma de desaparecer. Pero la reflexión sobre la mezquindad no le ha afectado. Hay algo más. O lo que hay es más grande.

Esto, todo esto, tampoco lo he hecho en otras ocasiones.

Aquí estoy. Dándole vueltas al tema. Sopesando mis razones para actuar de una u otra manera. Determinando qué es lo más justo. Demostrando, en definitiva, que el asunto, para bien o para mal, me importa.

Y es algo que tampoco imagino en él. Quizá es de nuevo un error, y quizá en este momento está pensando que ojalá yo no esté pensando, o que al menos, cuando piense, piense que él está pensando también. Pero todo esto empieza a parecerme demasiado para hacerlo depender de una intuición. Y hay que añadir otras reflexiones, de otros momentos, otras ocasiones en las que he pensado que nuestra relación se retraía, y que ese pensamiento me generaba no solo atención sino, sobre todo, una cierta amargura.

Desde la última vez que nos vimos hay dos cosas que me ha proporcionado nuestra relación. La pequeña es esta serie de ratos de pequeño malestar. La segunda es la disposición a superarlo mediante la cita que nunca se producía.

Lo que este proceso ha producido es una subalternidad. Nuestra relación igualitaria ahora es una relación de inferioridad, manifestada sobre todo en el hecho de que yo estoy siempre dispuesto a quedar con él, y él… bueno. Él siempre me tiene disponible.

Ahora él es más que yo, o así lo reconozco yo si acepto su propuesta sin tener en cuenta que él no ha aceptado las mías.

Sé que mi autoestima no puede depender de eso, y que en realidad solo depende un poco. También sé que la cita misma arriesga su superioridad, porque esta ha nacido de no vernos, y encontrarnos, o sea, cambiar de medio, obliga en gran medida a retomar la relación donde la dejamos la última vez, es decir, en un lugar peor para su propia autoestima del que ella ocupa ahora. Sé, por supuesto, que puedo pelear abiertamente por esa posición, y que puedo prepararme por si percibo alguna tentativa de transformación por su parte. Puedo planificar un contraataque y puedo tener éxito en él. Y sé, por último, que todo esto no es tan grave, que este purismo también tiene un precio, y que esta decisión, para ser eficaz, incluso equivocándome, tendría que haberla tomado ya.

“Claro!” –contesto. “La semana que viene estoy bastante libre. Dime un día.”

Algo por ahí dentro ha saltado sobre mi estómago. Como si la indignación se hubiera sobreindignado por no hacerle el caso suficiente. Solo he necesitado ver el mensaje enviado para saber que me arrepentía. La razón seguía oculta, pero el arrepentimiento era inequívoco.

Me he quedado clavado mirando la pantalla. No esperaba una respuesta inmediata. Mi amigo no suele darlas. Al menos a mí. Al menos últimamente.

escribiendo…” –leo. Y no es mucho lo que escribe.

“La semana que viene imposible. Pero encuentro hueco pronto. Ya te llamo yo.”



lunes, 30 de julio de 2018

queridxs bedesemerxs


Voy a hablar de BDSM, pero vaya por delante que soy de esas personas que no lo conocen.

Quiero decir con esto que no pertenezco a la comunidad BDSM, ni pública ni privadamente, no he recibido cursos de cuerdas, mis conductas sexuales no incluyen juegos de escenificación y no cultivo la experimentación con el intercambio de poder.

No hago, por lo tanto, prácticamente nada de lo que me parece éticamente cuestionable en el BDSM, y esto es así porque creo que no debo hacer aquellas cosas que considero éticamente cuestionables y encuentro, para mi caso particular, fácilmente accesible el no hacer las que se enmarcan en el BDSM.

Esta es la razón por la que todas mis conversaciones con bedesemerxs son respondidas con un “hablas sin saber”. Es la misma autoridad de la que adolezco para hablar sobre asesinato, caza, o sacerdocio, (sin querer decir con ello que el BDSM sea tan reprobable como el sacerdocio) y tengo por costumbre no permitir que me intimide, a pesar del riesgo a ser llamado prepotente o ignorante.

Sin embargo, hay otras muchas cosas sobre BDSM que sí sé. Las fuentes de este conocimiento son variadas. Está el omnipresente bedesemesplaining, siempre dispuesto a explicarnos que el BDSM rechaza el machismo, que es una autoexploración controlada, que hay femdoms, que la gente es switch, y que existe la palabra de seguridad. Qué es el consentimiento no es que lo haya aprendido gracias al BDSM, pero gracias a él no lo olvidaré jamás, porque no hay conversación sobre el tema en el que no se me deslumbre con tan novedosa propuesta.

Luego están mis ojos, mi curiosidad, y mi investigación, que hacen accesible a mi entendimiento todo aquello que queda fuera o sale de las secretos y reveladoras dioramas en los que el BDSM se lleva a cabo, y que me ofrece información sobrada, a mi humilde juicio, para contextualizar este mundillo en su mundo, es decir, para relacionar el BDSM con el patriarcado, y esto no de manera necesariamente superficial ni precipitada, sino de la otra.

Debo decir que estas fuentes de conocimiento no siempre resultan del todo inteligibes para las personas bedesemeras, y que con frecuencia no entienden cómo puedo yo reflexionar basándome en otra cosa que no sea la propia experiencia de agredir a mujeres que han dado su consentimiento para ello.

Y por último está, lógicamente, mi propia condición de sujeto deseante, que me permite empatizar sin ninguna dificultad con cualquier ambición de poder, cualquier objetualización de una persona convertida en producto erótico, y cualquier violencia hacia quienes ofrezcan resistencia a mis objetivos, deseos o satisfacción de necesidades. Debo lamentar que esta última fuente de conocimiento, en mi opinión la más inmediata y útil porque es común a todo el mundo, parece la más misteriosa de las tres, y que no solo suele asombrar a lxs paladines del BDSM sino también a sus infieles.

Es, por lo tanto, desde este frágil e insólito bagaje desde el que me dirijo a la querida comunidad bedesemera.
Mi intención no es deciros que el BDSM no es feminista. Tampoco deciros que es patriarcal. Ni siquiera deciros que es parte destacada de la vanguardia del patriarcado, y que desde él se normaliza el maltrato que pretendemos erradicar en su espacio tradicional. Eso ya sabéis que lo pensamos, y no sé si lo habréis escuchado tantas veces como yo he escuchado el pestiño de la palabra de seguridad, pero seguro que a muchxs os reusulta más que familiar.

Mi intención con este texto es deciros que tenéis razón en algunas cosas, pero que no la tenéis en el conjunto, y por lo tanto disponéis de dos opciones: o separáis esas cosas en las que tenéis razón y las oponéis a aquellas en las que no la tenéis, desarrollando una actividad de naturaleza diferente y opuesta al BDSM, un antiBDSM verdaderamente feminista en el que se recojan resignifiquen algunas de las cosas que hoy están confundidas en la cultura patriarcal bedesemera, o mantenéis el frente común con maltratadores y proxenetas de las cuerdas mientras preparáis los flotadores por si el tsunami feminista y metooero decide asomarse a vuestra casita de papel. Quizás no está tan lejos, pensadlo, el día en el que una mujer decida hacer público, no un abuso en el despacho de una productora cinematográfica, sino en uno de esos decorados con pinta de dormitorio de adolescente sin dignidad estética a los que llamáis “mazmorras”. Pensad en cómo puede transformarse este entorno si lxs periodistas descubren el filón de mujeres manipuladas y maltratadas del que esta práctica se alimenta. Es posible que ese día empecéis a lamentar de verdad, y no como hasta ahora, el empujón de 50 sombras.

Es cierto que a veces confundimos placer con dolor, y que, dado que nuestra cultura sexual es tan agresiva que necesitamos aislar nuestros cuerpos para que no sean sistemáticamente violentados, estos no reciben la intensidad de contacto que les resultaría más grata. Y es cierto que conocer los límites da poder, y sobrepasar controladamente los límites los amplía y da más poder aún, o al menos hace sentir que se tiene.

Pero no es cierto que la simbología de la dominación aumente el placer. La simbología de la dominación aumenta siempre el placer de quien domina: el de aquél sujeto cuyo cuerpo queda fuera de la interacción. La simbología de la dominación es la prueba de que los placeres mencionados son la excusa sobrevenida para dominar. Es la legitimación del asqueroso “sé que te gusta”. No le gusta. Le gusta, en el mejor de los casos, que te guste. De lo que le gusta ya se ha olvidado, porque tú has sobrepuesto tu placer al suyo.

Y es verdad, justo es reconocerlo, que “explorar las relaciones de poder” tiene interés. Pero no olvidemos que se trata, en su mayor parte, de un interés terapéutico. Exploramos las relaciones de poder porque necesitamos desembarazarnos de la dominación sufrida en el pasado o en el presente, y a veces un método de exploración interesante puede ser escenificar las relaciones de poder según una práctica sexual controlada. A veces. No es ni la Vía Magna ni el paso obligado. Y debe conllevar una evolución, un desarrollo, un recorrido con puerta de salida. Tenéis convertido sin embargo el BDSM en una identidad. Algo que se hace porque unx (unO) es así, y ahí le gusta estar, y ahí piensa quedarse. Y eso es porque poco tiene que ver la exploración de las relaciones de poder con el objetivo de aprender a establecer relaciones sin dominación, y mucho, todo, con el de establecer relaciones de poder y sentir cómo nos disparan la libido. Es decir, con ser una práctica, una cultura, un mundo, plenamente patriarcal.

Y es cierto, lo apuntaba más arriba y ahora lo destaco, que la dominación nos produce placer, y que estamos educadxs en ese placer, y que a veces se nos hace cuesta arriba pensar que no podremos volver a dominar, y que la última vez, que solo un poco más, que solo flojito. Pero eso se califica por sí solo. Sabemos que lo deseamos porque está mal, y lo acertado es clavarle bien claro esa etiqueta. Y luego, desde ella, ir elaborando vías eficaces de transformación y abandono. Eficaces, recordad: eficaces.

Lo que el BDSM es a día de hoy no tiene discusión. Y las primeras personas interesadas en que deje de serlo sois vosotrxs. Pero mirad a vuestro alrededor. Estáis rodeadxs de gente que no lo cambiará jamás, porque quiere exactamente eso que está pasando, e incluso quiere que sea mucho peor. La salida es que los dejéis con ello y que lideréis otra cosa. Y que señaléis la diferencia con una claridad inequívoca. Y que seáis vosotrxs mismxs quienes llaméis al tsunami denunciando lo que ya sabéis que pasa y ahora os sentís obligadxs a justificar. Y que el tsunami los devore, como ellos quisieron devoraros.



sábado, 28 de julio de 2018

recomendación de textos básicos (II)


Continúo con algunos de los temas cuyos textos más representativos quedaron sin indicar en el texto anterior.

-Hay una barbaridad de textos sobre sexo en el blog. Cuando, hace casi cuatro años, escribí la mayoría de ellos, tuve un cierto sentimiento de culpa. Que el tema me resultara tan prolífico en comparación con otros podía ser síntoma de que, como afirma el prejuicio ante cualquier no monogamia, el sexo era mi verdadero interés, y todo lo demás sólo un envoltorio para hacerlo presentable.

Hoy mi opinión ha cambiado. Ahora pienso que el sexo no sólo es mi verdadero interés, sino que debe ser nuestro verdadero interés. Pero no su realización, claro, y menos en su forma patriarcal o su evolución neoliberal. Pienso ahora que el sexo debe interesarnos, y mucho, porque es el lugar desde el que se cuecen la monogamia y el patriarcado. Es lo que más necesitamos entender y lo que más necesitamos transformar. Y además es uno de esos temas que podemos trabajar desde casa, sin necesidad de hacer activismo ni convencer, porque lo normal es que nos quede a todxs un largo, atractivo y fecundo camino personal e interpersonal por recorrer.

El tema en el blog está muy abierto y, mientras sigo buscando la forma y el tiempo para sintetizar todo el contenido en un solo texto (que no podrá ser una breve post de blog, me temo) dejo aquí tres entradas que, sobre todo si se leen en orden, pueden dar una idea tanto de cuál es la propuesta ágama con respecto al sexo, como de cuál ha sido su evolución en el tiempo. Como en algunos otros temas, hay aún más propuesta en negativo (deconstructiva) que afirmativa. No es que pretenda dejarlo así, pero es importante no confundir la negación con la impotencia. La negación de la cadena es la libertad.

            designificación (texto en negrita)
            grado cero del deseo
            sexo sin objeto

-no estoy nada satisfecho con la exposición de la idea de género, y de crítica al género, que se deriva de la agamia. Es sabido que el énfasis no se pone sobre el ser del género, sino sobre su deber ser, es decir, no sobre la descripción sociológica del género sino sobre el camino que nos puede permitir desembarazarnos de él. 

El texto básico es ya antiguo e ingénuo, y los textos más recientes (1, 2) tratan cuestiones parciales. Pero como identidad de género y orientación sexual son, en mi opinión, dos caras de absolutamente la misma moneda, os remito a este texto sobre heterosexualidad (próxima publicación).
-el tratamiento (en sentido tanto analítico como pseudoterapéutico) de los celos, y su transformación en indignación, sí están ordenadamente presentados, desde éste hasta éste. Tenemos, además, este texto más reciente sobre su herramienta más importante: las expectativas razonables.

-los textos de la etiqueta ORIENTACIÓN RELACIONAL están escritos con la intención de ser claros y prácticos (no os riáis. Lo serán aún más, y entonces la agamia se convertirá en un plan cristalino que nos transportará como por encanto a la felicidad relacional. Lo sabéis tan bien como yo). Tratan temas diversos y están enfocados a modelos y esquemas relacionales variados. En ningún caso pueden sustituir a las sesiones de orientación relacional, donde, sobre todo, analizamos situaciones individuales y esquemas personales, y donde la reflexión distanciada y en común nos permite entender nuestra situación relacional con una perspectiva amplia. Pero los textos pueden ser muy útiles como ejemplos, o como exposiciones concretas de aspectos puntuales de la propuesta ágama. Dejo aquí algunos de los que han parecido gustar más.

            ¿de quién nos enamoramos?
            ¿cómo se abre una pareja?


Por último, quiero recordar que no hay diálogo más fértil que el que se establece entre la teoría y la práctica, y que si queréis conocer gente ágama o próxima a la agamia podéis solicitar vuestro ingreso en el grupo de Facebook mandando un mensaje privado tanto a las comunidades “Agamia” y “contrael amor”, como poniéndoos en contacto conmigo de cualquier otro modo que se os ocurra.



lunes, 16 de julio de 2018

Pagando por ello - Chester Brown (2011)


Ya se puede decir, sin temor a exagerar, que, en los debates sobre prostitución, la sensación de que la/el adversarie no dialoga es universal.

Las dos posiciones principales (abolicionistas y regulacionistas) así como cualquier otra, minoritaria, que matice o extreme las anteriores, han llegado a la conclusión de que solo cabe la reflexión endogámica y el proselitismo, porque del otro lado jamás se escucha.

Yo, como abolicionista, comparto esa idea: son les regulacionistes quienes no escuchan. Aunque coincido en que hay tanta gente ruidosa en ambos lados que se vuelve difícil escuchar para cualquiera, el bloqueo del debate, en mi opinión, proviene de que el regulacionismo niegue, incluso desconozca, el argumento abolicionista determinante: el sexo no es una actividad más, expresado habitualmente en la forma “no se puede comprar un cuerpo”.

No es que dios, obviamente, haya designado al sexo como un espacio sagrado. En realidad yo no sé si lo ha hecho, porque no tengo notificación. Tampoco creo que fuera a importarme demasiado tenerla. Lo que convierte al sexo es un fenómeno “delicado” es que esa supuesta notificación, y cosas culturalmente más ancestrales que esa notificación, como el control de la progenie, han creado una cultura sexual que convierte al sexo, de por sí, en una actividad de riesgo emocional, aparte del evidente riesgo físico, para las mujeres.

Del otro lado, el regulacionismo “civilizado” aspira a saltar por encima de este momento histórico y a actuar según una significación igualitarista del sexo, donde no hay más que dos partes adultas y libres que deciden llevar a cabo un determinado comercio desde una actitud profesional y distanciada.

Ese regulacionismo habla como si las prostitutas vivieran en un futuro feminista e ineludible, casi a la vuelta de la esquina. En la reivindicación de ese superpoder para viajar en el tiempo se fundamenta la mística de la puta como supermujer, especialmente dotada para disfrutar de sus ventajas eludiendo sus desventajas, de la que el regulacionismo a veces echa mano.

Sin embargo, la otra parte, los puteros, llegan desde un presente que sistemáticamente determina la dirección patriarcal del intercambio: ellos compran, ellas “se” (“se”, dado que seguimos en ese presente patriarcal) venden. Para el regulacionismo, sin embargo, el putero también viene un poco del futuro: un mundo en el que el sexo es “solo sexo” entre personas igualitaristas por defecto, y en el que además el consumidor se encuentra en desventaja porque, al fin y al cabo, no conoce los trucos del negocio.

Este putero deconstruido es el que nos presenta Chester Brown en su autobiográfico Pagando por Ello. Apenas cabe esperar machismo de ese hombre resiliente pero inseguro, firme en sus ideas pero frágil en su aspecto. Opuesto y austero frente a la histriónica cultura amorosa, pero sexualmente activo y deseante, todo aplastante secillez.
Y es su testimonio el que nos permite bajar al terreno práctico para comprobar en qué consiste concretamente esta mitología, mucho más esquiva en las generalidades de los debates.

Vemos ahora que la relación entre el cliente y la prostituta es una competición constante en la que la autoestima de ambxs está en juego, y ella tiene sistemáticamente las de perder. El aparentemente razonable nivel de autoexigencia ética que el narrador se impone en su práctica de putero no le impide tomar continuamente decisiones en las que hace prevalecer sus necesidades emocionales por sobre la dignidad de las prostitutas.

Asistimos a turbias deliberaciones interiores sobre el atractivo de las mujeres, al sometimiento de sus servicios intimos al juicio de la fratría, al dilema legal de la edad, en el que la única preocupación son las consecuencias judiciales, o a veladas vulneraciones del consentimiento. Todo ello amparado por el derecho que otorga la condición de cliente. El dinero es siempre el argumento definitivo: pago, así que puedo.

Dice Amelia Tiganus (y yo interpreto) que hay tres tipos de puteros, diferentes según el tipo de estrategia que emplean para extraer del sexo el máximo valor simbólico posible. El peor de todos es el “putero majo”, porque su objetivo es demoler la diferencia entre el trabajo y la vida personal que la prostituta levanta para defender la segunda y, por tanto, su propia condición de sujeto. El putero majo la trata como si fuera su amiga, incluso su novia, y espera cierta correspondencia. Es su forma de convertir el sexo sin significado por el que ha pagado en sexo con significado pleno; es su estrategia de posesión, su apuesta, su juego, su plan de robo.

Chester Brown se muestra como un putero majo de libro, permítaseme el juego retórico. Obvia constantemente que todo lo que sucede, sucede porque está pagado, y actúa como si entre él y la persona a la que paga por estar con él se estuviera produciendo un espontáneo vínculo emocional; como si, en alguna medida, ella también le hubiera elegido a él y deseara ese encuentro. El afecto sobreentendido y los servicios debidos se imbrican en su lucha por construirse una novia de diseño a un precio asequible.

Es interesante ver cómo a la obra, realizada en 2011 con evidentes pretensiones activistas, le ha llegado la evolución del debate sobre prostitución como un mazazo que la convierte en una reliquia de interés sociohistorico sin autoridad política. Lo que aspiraba a ser un argumentario regulacionista (alegalista en realidad) se ha convertido, sin cambiar una coma, en uno poderosamente abolo.
Por eso recomiendo el libro a todo el mundo. A regulacionistas porque verán ilustradas, y tal vez desidealizadas, algunas de sus teorías. A abolicionistas porque, vista la mezcla contranatura que habita el abolicionismo, habrá quien se encuentre un putero más humano, consciente y responsable del que esperaban, y les toque todavía pasar por el regulacionismo para ser abolicionistas madures. Pero sobre todo para que quienes lo son dispongan de una casuística ilustrada de referencia, fácilmente utilizable para talleres, charlas, debates, memes y, en definitiva, avance hacia la igualdad.


jueves, 12 de julio de 2018

¡llegan los POLITROLES!


¿Os habéis enterado de lo que ha pasado con la entrada de AGAMIA de wikipedia?

Esperad, esperad! Ya os lo cuento yo aquí! ;)



martes, 3 de julio de 2018

AGENDA DE TRABAJO para la discriminación sexual positiva



-Hola guapa.
-Hola gilipollas.


Utilicé este texto para justificar la propuesta de la discriminación sexual positiva como marco desde el que proponer tanto una ética como una normativa legal de las relaciones heterosexuales.

Empleé este otro para establecer un primer ejemplo. En él se trataba el problema de “ligar” desde dicho marco, y se esbozaba una primera propuesta concreta.

Este que presento ahora da la moción por aprobada y pretende ser un esquema general de trabajo; una primera ocurrencia sobre lo que esta tarea abarca y sobre cómo debe afrontarse. Parto de la idea de que la puesta en práctica de todo esto requiere de abundantes tentativas y puntos de vista, y de que lo que yo pueda decir aquí estará plagado de ocurrencias desechables. Pero el objetivo es, como digo, dar el primer paso.

En primer lugar propondré algunas nociones generales sobre la implementación de la discriminación sexual positiva. Aunque en mi opinión esta no debe ser solo una nueva norma de conducta en las relaciones heterosexuales, sino que debe ser recogida por la legislación como ya lo son otras discriminaciones positivas de género, me centraré en el código de conducta social.

1-Entendemos que la discriminación sexual positiva implica un cambio de paradigma que abandona la idea de la norma igualitaria y la sustituye por una norma compensatoria de la desigualdad. Así, las medidas deberán tener la forma de dos, y no uno, códigos de conducta: uno para mujeres y otro para hombres.

Esto deja abierta la pregunta sobre cómo se aplica en la comunidad LGTBI. La respuesta que propongo es que debemos apoyarnos en la idea de que los distintos colectivos de esta comunidad disfrutan de distintos niveles de privilegios y desfavorecimientos patriarcales en función del lugar en el que la sociedad los lee según el parámetro hombre-mujer. De ese lugar, y del de las personas con quienes interactúen sexualmente, debe deducirse el nivel de aplicación de la discriminación sexual positiva. Este parámetro es insuficiente y no se adapta ni lejanamente a la complejidad de este colectivo. Pero creo que merece consideración como referencia central de partida.

2-La norma compensatoria debe generar un privilegio compensatorio de límite inteligible. La forma más eficaz de hacer inteligible ese límite es la asunción de la responsabilidad del privilegio compensatorio. Esto quiere decir que las mujeres deberán adoptar las normas compensatorias desde el reconocimiento de la compensación y desde la voluntad del uso igualitarista de esa compensación. Al incremento de poder debe acompañar el incremento del compromiso con el objetivo final de la igualdad.

3-La parte desfavorecida por la norma compensatoria, esto es, los hombres, debe comprometerse con ella más allá de relaciones e intereses individuales. Así, el compromiso no puede depender de la justicia con la que dicha norma se aplica en cada ocasión sino, como toda norma de conducta social, de la justicia de la norma y de su condición de código colectivamente adoptado. Los hombres debemos asumir que las injusticias cometidas sobre nosotros en nombre del privilegio compensatorio no invalidan la norma compensatoria. La norma compensatoria no nos expone a mayores injusticias en términos absolutos, sino que reparte la exposición a las injusticias entre hombres y mujeres.

4-La norma compensatoria solo puede ser una norma viva, en la que teoría y práctica se retroalimenten, y esto sin detrimento de su objetivación. La norma no será subjetiva, sino objetiva y explícita, pero no será inamovible, sino sujeta a debate y reformulación, pues debe generar un cambio de poder que requerirá de una nueva norma.

5-La norma compensatoria debe ser colectivamente consensuada mediante debate continuo, y socialmente exigida mediante el parámetro inclusión-exclusión.

Ahora mencionaré algunos de los ámbitos en los que entiendo que es preceptiva la aplicación de la discriminación sexual positiva, así como una visión, eso sí, muy superficial, de las necesidades y las medidas a adoptar.

Se deduce sin dificultad que todos los ámbitos en los que el sexo juega algún papel requieren una normativa de conducta social establecida desde la discriminación sexual positiva. Esto es así no solo porque el sistema patriarcal establece diferentes cuotas de poder para mujeres y hombres en todos sus ámbitos, sino porque el ámbito sexual tiene características específicas que lo hacen especialmente desigual y, a la vez, especialmente opaco en su desigualdad.

Estas características dimanan del hecho de que lo concerniente al sexo, como su nombre indica, es el núcleo simbólico de la diferencia heterosexual. Heterosexual quiere decir “sexo diferente” y es esa diferencia y todo lo que la rodea el cimiento sobre el que se erigen las restantes. Diferente sexo quiere decir también diferente práctica y sentido de lo sexual.
1-el ámbito del ligar, seducción, acercamiento o como se desee llamar. Se trata del espacio natural del acoso heterosexual. Más urgente que preservar ningún derecho a ligar es atajar dicho acoso. Apenas es concebible una forma de aproximación que no sea susceptible de constituir acoso porque las mujeres viven en una perpetua exposición al acercamiento con fines sexuales o sexosentimentales de modo que TODOS los espacios y TODAS las formas de acercamiento están ya contempladas por el mercado. No existe una forma buena de ligar, existe una forma de ligar que no se ha extendido lo suficiente como para ser incluida en la categoría de acoso. Según la propuesta tomada de antiseductor.com y analizada en el texto anterior, los papeles tradicionales deben ser invertidos

Los hombres debemos dejar de ligar, o ligar solo reactivamente. Las mujeres serán las que se apropien de la parte activa y de los privilegios que conlleva.

2-el ámbito del consentimiento. En él se entrecruzan de manera confusa el aspecto legal con el código de conducta. Dejaré el primero para otro texto. Con respecto al segundo solo decir que ni el consentimiento, ni el consentimiento entusiasta, ni la empatía son medidas de discriminación positiva y, por tanto, su aplicación sigue obviando que el consentimiento sexual no tiene el mismo significado para mujeres que para hombres.

La pregunta sobre la legitimidad de cada relación sexual debe quedar suspendida indefinidamente sobre la conciencia de ambos sujetos, pero tendrá que ir acompañada de una diferencia cualitativa de parte de los sujetos varones. Dado el componente simbólico que nuestra cultura otorga al sexo como acto de posesión en el que una mujer pasa a ser propiedad de un hombre, los hombres no tenemos legitimidad para despreocuparnos del consentimiento. No hay consentimiento posible, no hay empatía suficiente, no hay nada. Toda práctica sexual, dado que es dinámica y cambiante, debe realizarse desde la conciencia de la condición de amenaza potencial por parte del hombre y las precauciones continuas correspondientes.

Propongo el concepto de “consentimiento real”, esto es, hacer recaer sobre el hombre la responsabilidad de cerciorarse de que ese consentimiento es tal, sin que pueda excusarse por otra cosa que no sea la voluntad de engaño (sería la única excepción: un consentimiento dado con el fin de engañar). Cualquier situación en la que el consentimiento no sea válido conlleva una culpa del hombre por violación (en diverso grado). Esto no pone en peligro la agencia de las mujeres, ni la madurez, ni nada. Es el tipo de responsabilidad asimétrica que se establece en las relaciones comerciales y laborales, donde se supone que una de las partes tiene ventaja sobre la otra, así como más recursos para aprovecharse de ella, y que debe, por lo tanto, asumir una responsabilidad mayor a la hora de asegurar la justicia de la interacción.

3-el ámbito de las prácticas sexuales. El carácter simbólico arriba mencionado se traduce en prácticas que representan con mayor o menor claridad la posesión de las mujeres por parte de los hombres. Los hombres somos violadores pasivos. Todos. Porque en la medida en que tenemos relaciones sexuales en esta cultura sexual de dominación realizamos la dominación en cualquier relación sexual. Violamos por defecto. Cuando negamos ese hecho damos el primer paso para convertirnos en violadores activos. El primer paso. El primer grado.

No hay igualdad posible desde este reparto de las prácticas ni tampoco desde la supresión de dichas prácticas, dado que todo símbolo emanado de esta cultura sexual, por nimio que sea, es susceptible de convertirse en símbolo de posesión. Dicho en términos aritméticos, una cantidad menor nunca se iguala con una mayor si de la mayor solo pueden sustraerse fracciones de la diferencia. La única forma de igualar a estos dos sujetos de poder es invertir el sentido de la dominación. Por eso la simbología de la dominación debe cambiar de bando. Las relaciones sexuales deben, por defecto, simbolizar dominación por parte de las mujeres. Se entiende, por lo dicho más arriba, que esa dominación no debe usarse con fines de sometimiento, sino preventivos y compensatorios. El sexo “femenino” puede seguir siendo el sexo con afecto. El sexo “feminista” deberá ser el sexo con dominación de las mujeres hacia los hombres, y esta dominación no será un fetichismo, sino una dominación real.

4-el ámbito del capital erótico. “Disfrutar” del capital erótico es el privilegio parcial que se concede a las mujeres a cambio de un desfavorecimiento total. Las mujeres manejan el objeto de deseo sexual, pero a cambio pierden todos los demás. Sufren, además, acoso sobre este, bajo la excusa, precisamente, del privilegio: el uso del capital erótico es entendido como un abuso que legitima un abuso mayor.

Los hombres debemos renunciar a cuestionar el uso y abuso del capital erótico como herramienta para nuestro sometimiento (esto no es incompatible con que el feminismo denuncie sistemáticamente el uso del capital erótico como mercado de sometimiento de las mujeres y de establecimiento de competencia entre ellas).

Dado que, como hombres, tenemos privilegios sexuales, el uso del privilegio del capital erótico (cuando se usa exclusivamente contra nosotros) es legítimo. A cambio las mujeres tendrán que pasar de la conciencia personal del privilegio a la conciencia política del mismo, es decir, de que el capital erótico no debe ser usado en beneficio individual, sino de las mujeres como grupo.



miércoles, 27 de junio de 2018

terrorismo machista para niñas.


Con la mayoría del cine de mierda tenemos la sensación de estar ante un producto fabricado en serie cuyos defectos ideológicos son consecuencia de la reproducción automática de lugares comunes.

Es lo que Bill Hicks llamó “piece of shit” (trozo de mierda) en su “quick review” (crítica rápida) de Instinto Básico, y me parece un análisis de una síntesis admirable y, casi siempre, utilísimo.

Pero en algunas otras se diría que tras la historia hay una cabeza que ha seguido un plan conscientemente concebido contra el interés general. Así sucede con el de las mujeres y, especialmente, el de las niñas, en esta película de mierda.

No esperéis que os sirvan frente ella vuestras envejecidas armas feministas. Aquí hemos dejado de ser vanguardia. Quien haya ideado esta mezquindad conocía nuestros recursos y los ha desbaratado dejándonos humilladxs a lxs adultxs y vete a saber consumada qué carnicería en la cabeza da las pequeñas. Como veréis, cada línea de guión en El Príncipe Encantador es siniestra.

El protagonista es el Príncipe Azul de los cuentos, esa indeterminación de masculinidad salvadora que aparece en las historias de princesas y que tanto esfuerzo nos está costando desterrar. Esa es, ojo a esto, su “maldición”: Le es imposible evitar que las mujeres, todas, caigan rendidas a sus pies. Esta condición de macho superalfa impide que pueda disfrutar del amor porque, como bien nos enseña la lógica patriarcal de la seducción, una mujer que se muestra accesible es de usar y tirar.

Así, el personajucho vive en la perpetua agonía existencial de no poder hallar el amor. Pero no penséis que se trata de un melancólico misántropo entregado a la meditación. No, no. Es un follarín, por supuesto, que vive de juerga en juerga y que sufre de infantilismo crónico y bajón mañanero. Hay que compadecerlo: No hay peor desgracia que el privilegio sin medida.

Las tres novias del príncipe antes de saber que están siendo engañadas.

Es importante mencionar que el príncipe está comprometido. A pesar de su vida disipada, las responsabilidades del reino le han llevado a precipitar la decisión para la que su corazón no está preparado. Esa misma precipitación, así son las prisas, ha hecho que sean tres, y no una, las princesas de cuento que están ya dedicadas a los preparativos de boda. Ni Blancanieves, ni Cenicienta, ni La Bella Durmiente, trío de perfectas frívolas gilipollas que tenemos la obligación de odiar como representantes del amor Disney carca y machista, saben que sus dos amigas van a casarse con el mismo hombre que ellas, aunque todas se refieran a su prometido como El Príncipe. La verosimilitud no se ve amenazada porque, como digo, son mujeres gilipollas, son románticas antiguas, y sabemos que nuestra obligación de personas modernas y feministas es despreciarlas.

Las mismas, ¿tras saber que han sido engañadas? No. Tras saber que va a ser ejecutado por ello.

Los otros dos personajes femeninos importantes del entorno narrativo de nuestro protagonista son La Bruja y La Reina, ya fallecida. No os voy a hablar de estas dos elaboraciones. Os las dejo para que las descubráis. Tened a mano algo que podáis romper.

Pero es del lado opuesto del que nos encontramos la verdadera gran canallada. El personaje femenino destinado a protagonizar esta comedia romántica es una mujer ejemplarmente empoderada: Inteligente, autónoma, fuerte, madura, y feliz. Su poder demuestra alcanzar también el nivel de superpoder cuando se cruza con el príncipe y, oh, milagro, ella es insensible al hechizo. Primera mujer en su difícil vida que, en vez de responder favorablemente a su acoso, le revienta los huevos de un rodillazo.

Sería un gran final, ¿verdad?

Y tanto, pero ahí es donde empieza la película porque, como no podía suceder de otra manera, nuestro rey de Tinder descubre el amor con su primer rechazo, y el resto del metraje consiste en convencernos de que es normal, natural, esperable y deseable que esa mujer ejemplar renuncie a su vida ejemplar para entregarse a servir a un parásito narcisista.

El guión dedica una hora de reloj a poner trampas a nuestra lógica y a acosar a su propia protagonista haciendo nacer la inseguridad, la falta de autoestima, la necesidad y la dependencia donde originalmente no las había.

El espectáculo es verdaderamente repugnante. En esta película para niñes, y sobre todo para niñas, se nos muestra, merece la pena enfatizarlo, que una mujer empoderada es una enferma emocional, y que cuanto antes escuche las señales y les preste la atención debida, más posibilidades tendrá de librarse de un miserable destino, así como de acceder a la felicidad completa de, esto es literal y podemos disfrutar de ello en el plano final, tejer patucos durante el embarazo.

No quiero dejar de mencionar el alucinante momento cumbre en la transformación del personaje, que emula el memorable Let It Go de Frozen, en el que Elsa se entrega, literalmente, a su poder, es decir, se hace definitivamente dueña de sí misma, transformación que era expresada mediante un (discutible en la elección) cambio de vestido. En El Principe Encantador la protagonista también simboliza su evolución mediante ese mismo cambio narrado a través de un número musical. Pero en este caso no hay símbolo de empoderamiento. El personaje, para estupor de la platea, abandona sus ropas, ahora entendidas como frustrantemente hombrunas, por su primer vestido para seducir, su primera prenda de mujer “mujer”. Y al ponérselo descubre que ahora es verdaderamente “ella”.
Arriba, el príncipe en el momento de recibir un rodillazo por acosar a Lenore.
Abajo, Lenore en el momento de ser feminizada y sometida al amor como castigo.

Esa es la mierda de dimensiones cósmicas en la que se nos, se les, alecciona aquí.

La misma, por cierto, en la que algunas referentes del feminismo amoroso (postromántico) aleccionan a sus seguidoras.

O sea que a lo mejor esta puñalada en el corazón de la incipiente emancipación de las niñas no es otra cosa, ya ves tú, que fuego amigo.

El mismo, amigo o enemigo, que merece la película.



miércoles, 20 de junio de 2018

ligar desde la DISCRIMINACIÓN SEXUAL POSITIVA. la propuesta de Antiseductor.


Quizás porque lleva una temporada en segundo plano nos encontremos con distancia y frescura suficientes como para abordar una revisión del tema del ligue (seducción) a la luz de los nuevos debates sobre consentimiento y de la propuesta de discriminación sexual positiva que aquí se está planteando.

Sabemos que hasta ahora el tratamiento de la cuestión había sido estéril en el plano teórico. El único logro definitivo fue hacernos comprender que ligar es una práctica anegada en machismo y que prácticamente cualquier recorte le puede venir bien.

Pero, ¿hasta dónde llevar ese recorte? El “no es no” sacaba del tablero la insistencia y la idea de que los primeros rechazos son protocolarios. La interacción con mujeres desconocidas caía también bajo la lupa feminista y nos hacía plantearnos si es de recibo considerar “abordable” a una mujer por el hecho de serlo o por el de no estar acompañada de un hombre. Hemos llegado a plantearnos si la perpetua amenaza de requerimiento sexual no crea tal atmósfera de ahogo y falsedad para una mujer que incluso las iniciativas con fines sexuales o sexosentimentales llevadas a cabo por hombres situados dentro de su círculo de confianza quedan más allá de los límites del buen trato. Imposible construir vínculos afectivos heterosexuales si una mujer debe saber que tras cada amigo se esconde una propuesta sexual postergada pero inminente.
Se diría que el tema es un pozo sin fondo, y que no hay respuesta generalizable que no sea la de confiar en el sentido común y en la sensibilidad feminista de los hombres. O, al menos, esa es la desesperada situación hasta la fecha.

La solución se encontraba, sin embargo, en una entrada de agosto del 2015 del blog antiseductor.com: “Cómo ligar con mujeres sin molestar: No ligues”. Fin. Limpio y elegante. Cualquier otro discurso alienta el acoso, no excepcional, sino sistemático. Como decía, no existe norma posible que se pueda generalizar, así que la única alternativa es zanjar el tema.

La propuesta de antiseductor seduce, qué duda cabe, pero tiene un notable defecto: es inviable. Y no por argumentos forococheros tipo “la humanidad se extinguiría” o “que liguemos es lo que ellas esperan”.

Lo es por una cuestión política elemental: no es un trato que el enemigo vaya a aceptar. Se dirá: ¿por qué hay que preguntar al enemigo? Obliguémosle. Y será entonces cuando descubramos que no disponemos de la fuerza necesaria para hacerlo. Nos encontramos de vuelta en el mundo real, sobre el que la propuesta de antiseductor realizó su aterrizaje forzoso hace ya tiempo.

La idea tiene una importante carga de legitimidad, pero no tanta como para poner de su parte al necesario porcentaje de sujetos implicados. ¿Qué es lo que le falta a este plan para aglutinar fuerza suficiente o, traducido a términos sociales, apoyo suficiente?

Opino que el problema está en la estrategia misma. Su autor se sirvió del poderoso truco de expresar la propuesta de máximos del bando silenciado y adversario, haciéndola resonar en el bando opresor y propio. “No liguéis”, “dejadnos en paz”, “olvidadnos”, “iros definitivamente a la mierda” es un deseo que las mujeres han manifestado infinito número de veces con razón sobrada y que ahora era expresado por un hombre produciendo efectos de empatía y atención digamos, por ahorrarnos esta sangre, distintos.

Pero resultaba tan inasumible como siempre porque para los hombres seguía implicando, al menos bajo esta fórmula, el sacrificio de aquello que no es socialmente percibido como un privilegio, sino como una necesidad inalienable: (luchar por) establecer relaciones sexosentimentales.

El enemigo va a decirle a las mujeres que no tiene intención de acosar, pero que qué herramienta sustitutoria le están ofreciendo, porque tiene derecho a una. Les va a preguntar, además, si eso que quieren ellas imponer va a funcionar universalmente o solo cuando les apetezca, favoreciendo a unos hombres y desfavoreciendo a otros. Y les va a decir, por último, que si le están ofreciendo un trato igualitario o solo quieren desposeerle del privilegio para apropiárselo ellas. Lo que el enemigo va a preguntar, en definitiva, es si en esta propuesta de convivencia se ha tenido en cuenta su inclusión. Y lo cierto es que no se ha hecho.

Con la gran mayoría de los hombres en contra solo hay tres caminos, todos ellos colectivamente cerrados y todos ellos llevados a la práctica individualmente para converger en un estancamiento que condena a las mujeres a seguir soportando esa forma de acoso a la que llamamos “ligar”. La primera propuesta es la patriarcal; la inmovilista propuesta del enemigo: “ligar no es tan grave en la forma en la que hoy se lleva a cabo”. La segunda es la propuesta de máximos de antiseductor: “no ligues”. Es la inversa, desde el punto de vista de la confrontación. El sujeto oprimido se muestra sordo a las razones y necesidades del opresor y expresa su deseo sin restricciones. El opresor queda reducido a opresor atemporal sin capacidad para dejar de serlo; es, por lo tanto, simbólica y marginalmente deshumanizado; el poder hegemónico, sin embargo, sigue siendo suyo. Por último tenemos un abanico de soluciones más o menos individuales, más o menos aspiracionales, que constituyen los puntos juzgados por cada sujeto o colectivo como “justo medio” y que, como sabemos, con frecuencia son injustos para los hombres y sistemáticamente son injustos para las mujeres. Este continuo no es inocente ni ingenuamente bienintencionado, porque está íntimamente relacionado con el valor sociosexual. Pero no tocaré ese tema aquí.

Creo, sin embargo, que la propuesta de antiseductor es rescatable desde el marco de la discriminación sexual positiva, porque la masa social susceptible de identificase con ella se vuelve crítica.

No ligar como una medida de discriminación sexual positiva implica la conciencia de que no solo se reivindica un derecho por parte del sujeto oprimido, sino que se pide un esfuerzo, medido y provisional, por parte del opresor. Las necesidades del opresor son escuchadas, valoradas y postergadas, pero no ignoradas o despreciadas. Se reconoce el hecho de que, en alguna medida, el propio opresor es víctima del sistema que le privilegia, pero que su condición de víctima no es comparable a la del sujeto oprimido. Se entiende el solapamiento entre necesidad y derecho, de modo que un sistema opresor hace al sujeto dominador dependiente de conculcar los derechos del dominado. Se incorporan las necesidades del opresor a un baremo único de necesidades, en el que, debido a su magnitud, no ocupan posiciones destacadas. En definitiva, se fuerza al oprimido a responsabilizarse de su empoderamiento, limitando la posibilidad del uso despótico del mismo.

Este sacrificio, por lo demás justo, enfrenta al opresor con una propuesta que ya no puede rechazar y que es, o está muy cerca de ser, coincidente con la reivindicación de máximos.

Creo que podemos empezar no solo a debatirla sino, ya, sobre la marcha, a llevarla a cabo.

Hombre: ¿te apuntas a no acosar? No ligues.



lunes, 11 de junio de 2018

discriminación sexual positiva.


El problema del consentimiento se ha convertido en un símbolo en sí mismo.

No solo porque es el Jerusalén de la guerra de género, lugar de enfrentamiento entre facciones feministas y entre feminismo y machismo, sino, sobre todo, porque es el paradigma de un problema teórico mucho más amplio.

Que no terminemos de encontrar el protocolo adecuado a la hora de valorar si determinadas relaciones (hetero)sexuales son legítimas es la punta del iceberg que representa nuestra impotencia a la hora de determinar qué interacciones son legítimas entre mujeres y hombres.

Ser capaces de resolver el dilema del consentimiento se percibe como la rosetta que daría respuesta al resto del conflicto. No lograr pasar de ahí desalienta para abordar cualquier otra cuestión relacionada.

Vamos con un ejemplo para entender la naturaleza de este punto muerto.

Los variados derroteros recorridos por los debates surgidos a raíz del juicio y sentencia a La Manada han servido, entre otras muchas cosas, para generalizar la idea de que una mujer ebria no está en condiciones de dar un consentimiento sexual válido y, por lo tanto, las relaciones sexuales con ella deben considerarse violación. Esa idea ha alcanzado hoy, y desde esos debates, la categoría de ley social: la sabe y respeta, ahora sí, la suficiente cantidad de gente como para que quien no la sepa o no la respete deba caer en alguna forma de ocultamiento o marginalidad.

Hasta ahí todo bien. Un avance.

Y entonces nos encontramos con esta imagen:
Me da igual si el dilema que plantea está resuelto a nivel legal. Lo que me interesa es la perplejidad, silencio y negación que suscitó. Nadie, yo por supuesto tampoco, se había planteado esto. Y nadie supo qué contestar.

Ante una buena jugada del enemigo la táctica adecuada puede ser el silencio. Tal vez la jugada se extinga. Pero si no es así necesitamos el tiempo que el silencio nos concede para elaborar una respuesta mejor con la que contraatacar cuando el silencio deje de ser suiciente. No podemos conformarnos con negar el dilema. Necesitamos resolverlo si no queremos correr el riesgo de que el dilema se convierta en el ariete con el que se nos derrote.

Es evidente que el consentimiento de una mujer con determinado nivel de embriaguez no es válido. Lo es también que lo que propone la imagen podría llevar a la cárcel a un quizás sorprendente número de mujeres. Y que eso sería, en la inmensa mayoría de los casos, injusto.

Se diría que no nos queda más remedio que elegir entre dos injusticias. Se podría decir también que nos faltan las herramientas teóricas para diferenciar de verdad lo que es justo de lo que no lo es, y que ésta, la de invalidar el consentimiento en estado de embriaguez ha encontrado aquí su límite y debe ser superada por otra mejor.

Pero esa herramienta nueva es esquiva. ¿Cuál es el siguiente nivel de finura en el hilo que estamos confeccionando? ¿Cómo enunciamos la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo de modo que pueda realmente aplicarse a todos los casos?

En mi opinión el problema está, precisamente, en esa aspiración.

Cuando hablamos de consentimiento, y cuando hablamos, en general, de interacción entre mujeres y hombres, presuponemos que debemos buscar una norma igualitaria. Pero sabemos que eso es justo lo que no hace la normativa en materia de igualdad. Cuando se habla de violencia de género, o de regulación del mercado laboral, se persigue la igualdad a partir de una norma, precisamente, no igualitaria.

Esta discriminación positiva, y no la igualdad, ha sido la respuesta cuando la igualdad formal se ha encontrado con cada correspondiente techo de cristal. A partir de determinado momento no hay forma de seguir avanzando porque la ley que pretende superar una desventaja de las mujeres se convierte en nueva fuente de ventaja para los hombres. En esas condiciones, y alcanzada una adecuada comprensión de la situación, la urgencia social hace que se legisle directamente en contra de esa ventaja, sacrificando la igualdad.

Así, la discriminación positiva hace una diferenciación en el tiempo. Distingue entre el tiempo de la igualdad, futuro, y el tiempo de la desigualdad, presente, otorgando a cada uno de esos tiempos la ley que le corresponde, y adquiriendo conciencia de la transitoriedad de esa ley.

Bien, pues este es el paradigma desde el que entiendo que debe resolverse el dilema de la imagen, el dilema del consentimiento y el dilema, en general, de la interacción heterosexual.

Cuando digo que “debe resolverse” quiero decir que debe llegarse mucho más lejos que el punto al que hoy lo llevan la intuición y el sentido común individuales porque, como no podría ser de otra manera, ese paradigma está instalado oficiosa y preconscientemente en nuestra práctica. Pasémoslo a la oficialidad, a la conciencia, al debate y a la ley:

El consentimiento de un hombre ebrio no es igual de inválido que el de una mujer ebria, porque en nuestra sociedad se trata de dos consentimientos de naturaleza distinta cuyas transgresiones tienen consecuencias distintas que deben traducirse en distintas consecuencias penales.
Pero la extensión de la discriminación positiva hasta una discriminación sexual positiva debe dar un segundo salto porque, como sabemos, la vida sexual tiene, por su privacidad, particulares dificultades para ser legislada y regulada. La discriminación sexual positiva no puede restringirse a la ley, sino que debe ocupar el espacio de la norma social. La interacción heterosexual no puede ser igual para ambos géneros, y esta desigualdad debe alcanzar a la conducta cotidiana.

Se dirá que siempre ha existido esa diferencia, y que no ha traído la igualdad. Se nos hablará de la “galantería”. Sabemos que la galantería tiene como fin la infantilización y el desempoderamiento de las mujeres, y no alcanzar la igualdad real. Sabemos que se aplica a cuestiones menores, como los pequeños favores físicos, para ocultar las mayores, como la legitimación del abuso de la fuerza. Sabemos, entonces, que podemos diferenciar sin problema alguno la galantería de la discriminación sexual positiva, del mismo modo que diferenciamos la discriminación laboral positiva del hecho de que las modelos de pasarela cobren más que los hombres.

Lo que necesitaremos, eso sí, será paciencia para concretar con acierto en qué debe consistir esa discriminación sexual positiva. Y necesitaremos madurez política para entender que la norma extraordinaria implica la asunción de responsabilidades por parte de quien es objeto de la ventaja que comporta. Y necesitaremos, por supuesto, pronunciamientos en favor de la discriminación sexual positiva.

Por lo que a mí respecta digo ya que, en mi opinión, la agamia solo puede moverse en el ámbito de la discriminación sexual positiva, y que es responsabilidad de las personas ágamas incorporar esa discriminación a su reflexión y a su conducta.



lunes, 21 de mayo de 2018

gurú



Estoy viendo con entusiasmo Wild Wild Country, y me apetece mucho hablar de gurús (o gurúes), así que os voy a contar la historia de uno.
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Hace muchos años, en la época de los maestros, vivió un Gran Maestro de la Espada cuyas enseñanzas eran solicitadas por los más expertos guerreros.

El Arte de la Espada, según lo enseñaba aquel Maestro, no se reducía a la técnica de lucha ni a la disciplina del cuerpo, sino que incluía la disciplina de la mente y la filosofía de la vida.

Cuando hablaba del mundo, de las mujeres y de los hombres, de los animales y de las plantas, de las ciudades y de los reinos, de la muerte y de los océanos y de las estrellas, siempre utilizaba imágenes relacionadas con la espada.

“¿Veis el afilado filo de vuestro acero?” decía. “Podréis llegar a ser tan expertos que con él seáis capaces de separar cualquier cosa de cualquier otra. Pero de nada os servirá si no sabéis qué es lo que debe ser separado”.

“¿Ves cómo avanza la gota de sangre de tu enemigo por el filo de tu espada? Así avanza el pensamiento. De su herida nace el deseo de saber, y si posee tesón suficiente descubrirá tarde o temprano qué mano lo hirió. ¡Que vuestra sangre nunca deje de buscar!”.

“Recuerda”, decía en otra ocasión, “tu espada nunca está guardada. Incluso cuando permanece en su vaina apunta a todos cuantos te rodean. Ellos no lo olvidan. No lo olvides tú”.

Y así seguía y seguía…

En la puerta de su casa se leía esta inscripción en letras sencillas y solemnes: LA ESPADA ES LA VIDA. HAZ DE LA ESPADA TU VIDA. HAZ DE TU VIDA UNA ESPADA.
Tanta fama tenía este Maestro que incluso quienes no amaban la espada conocían las historias que se contaban sobre él, y lo admiraban. En una ocasión varios hombres que odiaban el uso de las armas acudieron a su casa y solicitaron respetuosamente hablar con él.

-Maestro, -dijeron. -Nuestra región se ve atribulada por continuos actos violentos. Todos creen que amenazar, batirse, herir y matar son los caminos para solucionar los problemas. Muchos de ellos incluso enarbolan tu nombre cuando atraviesan a niños con sus armas. Te pedimos ayuda.
-Quienes usan mi nombre para realizar actos viles no conocen mis enseñanzas –lamentó el Maestro.
-Maestro, eso no los frena. Dicen que no son tus discípulos, sino los discípulos de tus discípulos, o los discípulos de los discípulos de tus discípulos. Algunos dicen que son seguidores directos de El Arte de la Espada.
-Todos mienten. Y todos deben ser condenados –fue la sentenciosa respuesta del Maestro.
-¿Podrías condenarlos tú, Maestro? ¿Podrías pedir a la gente que abandone El Arte de la Espada?
-¿Cómo podría hacer eso? –contestó el Maestro con sorpresa. –La espada es la vida y su Arte es el arte de la vida.
-Maestro, la espada también es la muerte. Lo es para nuestras familias, para nuestras aldeas y para toda nuestra región. La espada es lo que nos está quitando la vida. Sin la espada habría vida…
-¡Silencio! -Interrumpió el Maestro. –Mira bien a tu alrededor antes de pronunciar palabras cuyas consecuencias no sabes calcular. Dime, ¿no es cierto que la violencia se ejerce con todo tipo de armas, no solo con la espada, y que, a falta de armas, son las manos desnudas las que se convierten en verdugos?
-Así es, Maestro.
-¿Y no es cierto que esa violencia es a veces tan espantosa o más aún que la que pueda ejercerse con la espada?
-Es cierto, Maestro.
-¿Por qué culpáis, entonces, a la espada de lo que hacen los hombres?

Los visitantes guardaron silencio, cabizbajos. La pregunta del Maestro quedó resonando en el aire como un imponente paisaje dibujado con su voz. Nada más podía oírse, salvo el agua de un arroyo corriendo sorda e impasible. Una breve ráfaga recorrió el patio y alcanzó algunas ramas del hermoso avellano que sombreaba el arroyo, y estas se agitaron levemente.

Sin levantar la mirada, uno de los visitantes dijo:

-La espada los alienta. Las espadas están por todas partes y los hombres se sienten atraídos por su poder. Cuando tienen en sus manos la espada desean usarla y cuando la usan desean hacerlo aún más. Cuantas más espadas existen más escuchan a quienes les hablan de El Arte de la Espada, y cuanto más les hablan de él, más espadas fabrican, más poseen, y más matan con ellas. Maestro, cuando nuestra gente oye hablar de El Arte de la Espada sabe que la espada viene detrás, y detrás de ella la muerte. Acudimos a ti para pedirte que reconsideres tu arte, porque lo que tú estás enseñando como vida es lo que está acabando con nuestra vida. Te pedimos que anuncies al pueblo que condenas el Arte de la Espada. ¿No podrías decirnos que siguiéramos el arte de la música, o de los tejidos, o de la tierra? ¿No podría expresarse la vida con un arte que diera vida? Muchos te escucharán y se avergonzarán de sus espadas, y las guardarán en lugares escondidos donde quedarán olvidadas. Y entonces habrá menos dolor en nuestro pueblo, porque habiendo menos espadas habrá menos heridas y la sangre dejará de teñir cada gota de agua.
-Eso es una estupidez –respondió el Maestro con desprecio. -¿Veis muchos laúdes en mi casa? ¿Y telares? ¿Y arados? Mi casa está llena de espadas, y puedo decir que jamás se ha herido a nadie con ellas.