lunes, 16 de julio de 2018

Pagando por ello - Chester Brown (2011)


Ya se puede decir, sin temor a exagerar, que, en los debates sobre prostitución, la sensación de que la/el adversarie no dialoga es universal.

Las dos posiciones principales (abolicionistas y regulacionistas) así como cualquier otra, minoritaria, que matice o extreme las anteriores, han llegado a la conclusión de que solo cabe la reflexión endogámica y el proselitismo, porque del otro lado jamás se escucha.

Yo, como abolicionista, comparto esa idea: son les regulacionistes quienes no escuchan. Aunque coincido en que hay tanta gente ruidosa en ambos lados que se vuelve difícil escuchar para cualquiera, el bloqueo del debate, en mi opinión, proviene de que el regulacionismo niegue, incluso desconozca, el argumento abolicionista determinante: el sexo no es una actividad más, expresado habitualmente en la forma “no se puede comprar un cuerpo”.

No es que dios, obviamente, haya designado al sexo como un espacio sagrado. En realidad yo no sé si lo ha hecho, porque no tengo notificación. Tampoco creo que fuera a importarme demasiado tenerla. Lo que convierte al sexo es un fenómeno “delicado” es que esa supuesta notificación, y cosas culturalmente más ancestrales que esa notificación, como el control de la progenie, han creado una cultura sexual que convierte al sexo, de por sí, en una actividad de riesgo emocional, aparte del evidente riesgo físico, para las mujeres.

Del otro lado, el regulacionismo “civilizado” aspira a saltar por encima de este momento histórico y a actuar según una significación igualitarista del sexo, donde no hay más que dos partes adultas y libres que deciden llevar a cabo un determinado comercio desde una actitud profesional y distanciada.

Ese regulacionismo habla como si las prostitutas vivieran en un futuro feminista e ineludible, casi a la vuelta de la esquina. En la reivindicación de ese superpoder para viajar en el tiempo se fundamenta la mística de la puta como supermujer, especialmente dotada para disfrutar de sus ventajas eludiendo sus desventajas, de la que el regulacionismo a veces echa mano.

Sin embargo, la otra parte, los puteros, llegan desde un presente que sistemáticamente determina la dirección patriarcal del intercambio: ellos compran, ellas “se” (“se”, dado que seguimos en ese presente patriarcal) venden. Para el regulacionismo, sin embargo, el putero también viene un poco del futuro: un mundo en el que el sexo es “solo sexo” entre personas igualitaristas por defecto, y en el que además el consumidor se encuentra en desventaja porque, al fin y al cabo, no conoce los trucos del negocio.

Este putero deconstruido es el que nos presenta Chester Brown en su autobiográfico Pagando por Ello. Apenas cabe esperar machismo de ese hombre resiliente pero inseguro, firme en sus ideas pero frágil en su aspecto. Opuesto y austero frente a la histriónica cultura amorosa, pero sexualmente activo y deseante, todo aplastante secillez.
Y es su testimonio el que nos permite bajar al terreno práctico para comprobar en qué consiste concretamente esta mitología, mucho más esquiva en las generalidades de los debates.

Vemos ahora que la relación entre el cliente y la prostituta es una competición constante en la que la autoestima de ambxs está en juego, y ella tiene sistemáticamente las de perder. El aparentemente razonable nivel de autoexigencia ética que el narrador se impone en su práctica de putero no le impide tomar continuamente decisiones en las que hace prevalecer sus necesidades emocionales por sobre la dignidad de las prostitutas.

Asistimos a turbias deliberaciones interiores sobre el atractivo de las mujeres, al sometimiento de sus servicios intimos al juicio de la fratría, al dilema legal de la edad, en el que la única preocupación son las consecuencias judiciales, o a veladas vulneraciones del consentimiento. Todo ello amparado por el derecho que otorga la condición de cliente. El dinero es siempre el argumento definitivo: pago, así que puedo.

Dice Amelia Tiganus (y yo interpreto) que hay tres tipos de puteros, diferentes según el tipo de estrategia que emplean para extraer del sexo el máximo valor simbólico posible. El peor de todos es el “putero majo”, porque su objetivo es demoler la diferencia entre el trabajo y la vida personal que la prostituta levanta para defender la segunda y, por tanto, su propia condición de sujeto. El putero majo la trata como si fuera su amiga, incluso su novia, y espera cierta correspondencia. Es su forma de convertir el sexo sin significado por el que ha pagado en sexo con significado pleno; es su estrategia de posesión, su apuesta, su juego, su plan de robo.

Chester Brown se muestra como un putero majo de libro, permítaseme el juego retórico. Obvia constantemente que todo lo que sucede, sucede porque está pagado, y actúa como si entre él y la persona a la que paga por estar con él se estuviera produciendo un espontáneo vínculo emocional; como si, en alguna medida, ella también le hubiera elegido a él y deseara ese encuentro. El afecto sobreentendido y los servicios debidos se imbrican en su lucha por construirse una novia de diseño a un precio asequible.

Es interesante ver cómo a la obra, realizada en 2011 con evidentes pretensiones activistas, le ha llegado la evolución del debate sobre prostitución como un mazazo que la convierte en una reliquia de interés sociohistorico sin autoridad política. Lo que aspiraba a ser un argumentario regulacionista (alegalista en realidad) se ha convertido, sin cambiar una coma, en uno poderosamente abolo.
Por eso recomiendo el libro a todo el mundo. A regulacionistas porque verán ilustradas, y tal vez desidealizadas, algunas de sus teorías. A abolicionistas porque, vista la mezcla contranatura que habita el abolicionismo, habrá quien se encuentre un putero más humano, consciente y responsable del que esperaban, y les toque todavía pasar por el regulacionismo para ser abolicionistas madures. Pero sobre todo para que quienes lo son dispongan de una casuística ilustrada de referencia, fácilmente utilizable para talleres, charlas, debates, memes y, en definitiva, avance hacia la igualdad.


jueves, 12 de julio de 2018

¡llegan los POLITROLES!


¿Os habéis enterado de lo que ha pasado con la entrada de AGAMIA de wikipedia?

Esperad, esperad! Ya os lo cuento yo aquí! ;)



martes, 3 de julio de 2018

AGENDA DE TRABAJO para la discriminación sexual positiva



-Hola guapa.
-Hola gilipollas.


Utilicé este texto para justificar la propuesta de la discriminación sexual positiva como marco desde el que proponer tanto una ética como una normativa legal de las relaciones heterosexuales.

Empleé este otro para establecer un primer ejemplo. En él se trataba el problema de “ligar” desde dicho marco, y se esbozaba una primera propuesta concreta.

Este que presento ahora da la moción por aprobada y pretende ser un esquema general de trabajo; una primera ocurrencia sobre lo que esta tarea abarca y sobre cómo debe afrontarse. Parto de la idea de que la puesta en práctica de todo esto requiere de abundantes tentativas y puntos de vista, y de que lo que yo pueda decir aquí estará plagado de ocurrencias desechables. Pero el objetivo es, como digo, dar el primer paso.

En primer lugar propondré algunas nociones generales sobre la implementación de la discriminación sexual positiva. Aunque en mi opinión esta no debe ser solo una nueva norma de conducta en las relaciones heterosexuales, sino que debe ser recogida por la legislación como ya lo son otras discriminaciones positivas de género, me centraré en el código de conducta social.

1-Entendemos que la discriminación sexual positiva implica un cambio de paradigma que abandona la idea de la norma igualitaria y la sustituye por una norma compensatoria de la desigualdad. Así, las medidas deberán tener la forma de dos, y no uno, códigos de conducta: uno para mujeres y otro para hombres.

Esto deja abierta la pregunta sobre cómo se aplica en la comunidad LGTBI. La respuesta que propongo es que debemos apoyarnos en la idea de que los distintos colectivos de esta comunidad disfrutan de distintos niveles de privilegios y desfavorecimientos patriarcales en función del lugar en el que la sociedad los lee según el parámetro hombre-mujer. De ese lugar, y del de las personas con quienes interactúen sexualmente, debe deducirse el nivel de aplicación de la discriminación sexual positiva. Este parámetro es insuficiente y no se adapta ni lejanamente a la complejidad de este colectivo. Pero creo que merece consideración como referencia central de partida.

2-La norma compensatoria debe generar un privilegio compensatorio de límite inteligible. La forma más eficaz de hacer inteligible ese límite es la asunción de la responsabilidad del privilegio compensatorio. Esto quiere decir que las mujeres deberán adoptar las normas compensatorias desde el reconocimiento de la compensación y desde la voluntad del uso igualitarista de esa compensación. Al incremento de poder debe acompañar el incremento del compromiso con el objetivo final de la igualdad.

3-La parte desfavorecida por la norma compensatoria, esto es, los hombres, debe comprometerse con ella más allá de relaciones e intereses individuales. Así, el compromiso no puede depender de la justicia con la que dicha norma se aplica en cada ocasión sino, como toda norma de conducta social, de la justicia de la norma y de su condición de código colectivamente adoptado. Los hombres debemos asumir que las injusticias cometidas sobre nosotros en nombre del privilegio compensatorio no invalidan la norma compensatoria. La norma compensatoria no nos expone a mayores injusticias en términos absolutos, sino que reparte la exposición a las injusticias entre hombres y mujeres.

4-La norma compensatoria solo puede ser una norma viva, en la que teoría y práctica se retroalimenten, y esto sin detrimento de su objetivación. La norma no será subjetiva, sino objetiva y explícita, pero no será inamovible, sino sujeta a debate y reformulación, pues debe generar un cambio de poder que requerirá de una nueva norma.

5-La norma compensatoria debe ser colectivamente consensuada mediante debate continuo, y socialmente exigida mediante el parámetro inclusión-exclusión.

Ahora mencionaré algunos de los ámbitos en los que entiendo que es preceptiva la aplicación de la discriminación sexual positiva, así como una visión, eso sí, muy superficial, de las necesidades y las medidas a adoptar.

Se deduce sin dificultad que todos los ámbitos en los que el sexo juega algún papel requieren una normativa de conducta social establecida desde la discriminación sexual positiva. Esto es así no solo porque el sistema patriarcal establece diferentes cuotas de poder para mujeres y hombres en todos sus ámbitos, sino porque el ámbito sexual tiene características específicas que lo hacen especialmente desigual y, a la vez, especialmente opaco en su desigualdad.

Estas características dimanan del hecho de que lo concerniente al sexo, como su nombre indica, es el núcleo simbólico de la diferencia heterosexual. Heterosexual quiere decir “sexo diferente” y es esa diferencia y todo lo que la rodea el cimiento sobre el que se erigen las restantes. Diferente sexo quiere decir también diferente práctica y sentido de lo sexual.
1-el ámbito del ligar, seducción, acercamiento o como se desee llamar. Se trata del espacio natural del acoso heterosexual. Más urgente que preservar ningún derecho a ligar es atajar dicho acoso. Apenas es concebible una forma de aproximación que no sea susceptible de constituir acoso porque las mujeres viven en una perpetua exposición al acercamiento con fines sexuales o sexosentimentales de modo que TODOS los espacios y TODAS las formas de acercamiento están ya contempladas por el mercado. No existe una forma buena de ligar, existe una forma de ligar que no se ha extendido lo suficiente como para ser incluida en la categoría de acoso. Según la propuesta tomada de antiseductor.com y analizada en el texto anterior, los papeles tradicionales deben ser invertidos

Los hombres debemos dejar de ligar, o ligar solo reactivamente. Las mujeres serán las que se apropien de la parte activa y de los privilegios que conlleva.

2-el ámbito del consentimiento. En él se entrecruzan de manera confusa el aspecto legal con el código de conducta. Dejaré el primero para otro texto. Con respecto al segundo solo decir que ni el consentimiento, ni el consentimiento entusiasta, ni la empatía son medidas de discriminación positiva y, por tanto, su aplicación sigue obviando que el consentimiento sexual no tiene el mismo significado para mujeres que para hombres.

La pregunta sobre la legitimidad de cada relación sexual debe quedar suspendida indefinidamente sobre la conciencia de ambos sujetos, pero tendrá que ir acompañada de una diferencia cualitativa de parte de los sujetos varones. Dado el componente simbólico que nuestra cultura otorga al sexo como acto de posesión en el que una mujer pasa a ser propiedad de un hombre, los hombres no tenemos legitimidad para despreocuparnos del consentimiento. No hay consentimiento posible, no hay empatía suficiente, no hay nada. Toda práctica sexual, dado que es dinámica y cambiante, debe realizarse desde la conciencia de la condición de amenaza potencial por parte del hombre y las precauciones continuas correspondientes.

Propongo el concepto de “consentimiento real”, esto es, hacer recaer sobre el hombre la responsabilidad de cerciorarse de que ese consentimiento es tal, sin que pueda excusarse por otra cosa que no sea la voluntad de engaño (sería la única excepción: un consentimiento dado con el fin de engañar). Cualquier situación en la que el consentimiento no sea válido conlleva una culpa del hombre por violación (en diverso grado). Esto no pone en peligro la agencia de las mujeres, ni la madurez, ni nada. Es el tipo de responsabilidad asimétrica que se establece en las relaciones comerciales y laborales, donde se supone que una de las partes tiene ventaja sobre la otra, así como más recursos para aprovecharse de ella, y que debe, por lo tanto, asumir una responsabilidad mayor a la hora de asegurar la justicia de la interacción.

3-el ámbito de las prácticas sexuales. El carácter simbólico arriba mencionado se traduce en prácticas que representan con mayor o menor claridad la posesión de las mujeres por parte de los hombres. Los hombres somos violadores pasivos. Todos. Porque en la medida en que tenemos relaciones sexuales en esta cultura sexual de dominación realizamos la dominación en cualquier relación sexual. Violamos por defecto. Cuando negamos ese hecho damos el primer paso para convertirnos en violadores activos. El primer paso. El primer grado.

No hay igualdad posible desde este reparto de las prácticas ni tampoco desde la supresión de dichas prácticas, dado que todo símbolo emanado de esta cultura sexual, por nimio que sea, es susceptible de convertirse en símbolo de posesión. Dicho en términos aritméticos, una cantidad menor nunca se iguala con una mayor si de la mayor solo pueden sustraerse fracciones de la diferencia. La única forma de igualar a estos dos sujetos de poder es invertir el sentido de la dominación. Por eso la simbología de la dominación debe cambiar de bando. Las relaciones sexuales deben, por defecto, simbolizar dominación por parte de las mujeres. Se entiende, por lo dicho más arriba, que esa dominación no debe usarse con fines de sometimiento, sino preventivos y compensatorios. El sexo “femenino” puede seguir siendo el sexo con afecto. El sexo “feminista” deberá ser el sexo con dominación de las mujeres hacia los hombres, y esta dominación no será un fetichismo, sino una dominación real.

4-el ámbito del capital erótico. “Disfrutar” del capital erótico es el privilegio parcial que se concede a las mujeres a cambio de un desfavorecimiento total. Las mujeres manejan el objeto de deseo sexual, pero a cambio pierden todos los demás. Sufren, además, acoso sobre este, bajo la excusa, precisamente, del privilegio: el uso del capital erótico es entendido como un abuso que legitima un abuso mayor.

Los hombres debemos renunciar a cuestionar el uso y abuso del capital erótico como herramienta para nuestro sometimiento (esto no es incompatible con que el feminismo denuncie sistemáticamente el uso del capital erótico como mercado de sometimiento de las mujeres y de establecimiento de competencia entre ellas).

Dado que, como hombres, tenemos privilegios sexuales, el uso del privilegio del capital erótico (cuando se usa exclusivamente contra nosotros) es legítimo. A cambio las mujeres tendrán que pasar de la conciencia personal del privilegio a la conciencia política del mismo, es decir, de que el capital erótico no debe ser usado en beneficio individual, sino de las mujeres como grupo.



miércoles, 27 de junio de 2018

terrorismo machista para niñas.


Con la mayoría del cine de mierda tenemos la sensación de estar ante un producto fabricado en serie cuyos defectos ideológicos son consecuencia de la reproducción automática de lugares comunes.

Es lo que Bill Hicks llamó “piece of shit” (trozo de mierda) en su “quick review” (crítica rápida) de Instinto Básico, y me parece un análisis de una síntesis admirable y, casi siempre, utilísimo.

Pero en algunas otras se diría que tras la historia hay una cabeza que ha seguido un plan conscientemente concebido contra el interés general. Así sucede con el de las mujeres y, especialmente, el de las niñas, en esta película de mierda.

No esperéis que os sirvan frente ella vuestras envejecidas armas feministas. Aquí hemos dejado de ser vanguardia. Quien haya ideado esta mezquindad conocía nuestros recursos y los ha desbaratado dejándonos humilladxs a lxs adultxs y vete a saber consumada qué carnicería en la cabeza da las pequeñas. Como veréis, cada línea de guión en El Príncipe Encantador es siniestra.

El protagonista es el Príncipe Azul de los cuentos, esa indeterminación de masculinidad salvadora que aparece en las historias de princesas y que tanto esfuerzo nos está costando desterrar. Esa es, ojo a esto, su “maldición”: Le es imposible evitar que las mujeres, todas, caigan rendidas a sus pies. Esta condición de macho superalfa impide que pueda disfrutar del amor porque, como bien nos enseña la lógica patriarcal de la seducción, una mujer que se muestra accesible es de usar y tirar.

Así, el personajucho vive en la perpetua agonía existencial de no poder hallar el amor. Pero no penséis que se trata de un melancólico misántropo entregado a la meditación. No, no. Es un follarín, por supuesto, que vive de juerga en juerga y que sufre de infantilismo crónico y bajón mañanero. Hay que compadecerlo: No hay peor desgracia que el privilegio sin medida.

Las tres novias del príncipe antes de saber que están siendo engañadas.

Es importante mencionar que el príncipe está comprometido. A pesar de su vida disipada, las responsabilidades del reino le han llevado a precipitar la decisión para la que su corazón no está preparado. Esa misma precipitación, así son las prisas, ha hecho que sean tres, y no una, las princesas de cuento que están ya dedicadas a los preparativos de boda. Ni Blancanieves, ni Cenicienta, ni La Bella Durmiente, trío de perfectas frívolas gilipollas que tenemos la obligación de odiar como representantes del amor Disney carca y machista, saben que sus dos amigas van a casarse con el mismo hombre que ellas, aunque todas se refieran a su prometido como El Príncipe. La verosimilitud no se ve amenazada porque, como digo, son mujeres gilipollas, son románticas antiguas, y sabemos que nuestra obligación de personas modernas y feministas es despreciarlas.

Las mismas, ¿tras saber que han sido engañadas? No. Tras saber que va a ser ejecutado por ello.

Los otros dos personajes femeninos importantes del entorno narrativo de nuestro protagonista son La Bruja y La Reina, ya fallecida. No os voy a hablar de estas dos elaboraciones. Os las dejo para que las descubráis. Tened a mano algo que podáis romper.

Pero es del lado opuesto del que nos encontramos la verdadera gran canallada. El personaje femenino destinado a protagonizar esta comedia romántica es una mujer ejemplarmente empoderada: Inteligente, autónoma, fuerte, madura, y feliz. Su poder demuestra alcanzar también el nivel de superpoder cuando se cruza con el príncipe y, oh, milagro, ella es insensible al hechizo. Primera mujer en su difícil vida que, en vez de responder favorablemente a su acoso, le revienta los huevos de un rodillazo.

Sería un gran final, ¿verdad?

Y tanto, pero ahí es donde empieza la película porque, como no podía suceder de otra manera, nuestro rey de Tinder descubre el amor con su primer rechazo, y el resto del metraje consiste en convencernos de que es normal, natural, esperable y deseable que esa mujer ejemplar renuncie a su vida ejemplar para entregarse a servir a un parásito narcisista.

El guión dedica una hora de reloj a poner trampas a nuestra lógica y a acosar a su propia protagonista haciendo nacer la inseguridad, la falta de autoestima, la necesidad y la dependencia donde originalmente no las había.

El espectáculo es verdaderamente repugnante. En esta película para niñes, y sobre todo para niñas, se nos muestra, merece la pena enfatizarlo, que una mujer empoderada es una enferma emocional, y que cuanto antes escuche las señales y les preste la atención debida, más posibilidades tendrá de librarse de un miserable destino, así como de acceder a la felicidad completa de, esto es literal y podemos disfrutar de ello en el plano final, tejer patucos durante el embarazo.

No quiero dejar de mencionar el alucinante momento cumbre en la transformación del personaje, que emula el memorable Let It Go de Frozen, en el que Elsa se entrega, literalmente, a su poder, es decir, se hace definitivamente dueña de sí misma, transformación que era expresada mediante un (discutible en la elección) cambio de vestido. En El Principe Encantador la protagonista también simboliza su evolución mediante ese mismo cambio narrado a través de un número musical. Pero en este caso no hay símbolo de empoderamiento. El personaje, para estupor de la platea, abandona sus ropas, ahora entendidas como frustrantemente hombrunas, por su primer vestido para seducir, su primera prenda de mujer “mujer”. Y al ponérselo descubre que ahora es verdaderamente “ella”.
Arriba, el príncipe en el momento de recibir un rodillazo por acosar a Lenore.
Abajo, Lenore en el momento de ser feminizada y sometida al amor como castigo.

Esa es la mierda de dimensiones cósmicas en la que se nos, se les, alecciona aquí.

La misma, por cierto, en la que algunas referentes del feminismo amoroso (postromántico) aleccionan a sus seguidoras.

O sea que a lo mejor esta puñalada en el corazón de la incipiente emancipación de las niñas no es otra cosa, ya ves tú, que fuego amigo.

El mismo, amigo o enemigo, que merece la película.



miércoles, 20 de junio de 2018

ligar desde la DISCRIMINACIÓN SEXUAL POSITIVA. la propuesta de Antiseductor.


Quizás porque lleva una temporada en segundo plano nos encontremos con distancia y frescura suficientes como para abordar una revisión del tema del ligue (seducción) a la luz de los nuevos debates sobre consentimiento y de la propuesta de discriminación sexual positiva que aquí se está planteando.

Sabemos que hasta ahora el tratamiento de la cuestión había sido estéril en el plano teórico. El único logro definitivo fue hacernos comprender que ligar es una práctica anegada en machismo y que prácticamente cualquier recorte le puede venir bien.

Pero, ¿hasta dónde llevar ese recorte? El “no es no” sacaba del tablero la insistencia y la idea de que los primeros rechazos son protocolarios. La interacción con mujeres desconocidas caía también bajo la lupa feminista y nos hacía plantearnos si es de recibo considerar “abordable” a una mujer por el hecho de serlo o por el de no estar acompañada de un hombre. Hemos llegado a plantearnos si la perpetua amenaza de requerimiento sexual no crea tal atmósfera de ahogo y falsedad para una mujer que incluso las iniciativas con fines sexuales o sexosentimentales llevadas a cabo por hombres situados dentro de su círculo de confianza quedan más allá de los límites del buen trato. Imposible construir vínculos afectivos heterosexuales si una mujer debe saber que tras cada amigo se esconde una propuesta sexual postergada pero inminente.
Se diría que el tema es un pozo sin fondo, y que no hay respuesta generalizable que no sea la de confiar en el sentido común y en la sensibilidad feminista de los hombres. O, al menos, esa es la desesperada situación hasta la fecha.

La solución se encontraba, sin embargo, en una entrada de agosto del 2015 del blog antiseductor.com: “Cómo ligar con mujeres sin molestar: No ligues”. Fin. Limpio y elegante. Cualquier otro discurso alienta el acoso, no excepcional, sino sistemático. Como decía, no existe norma posible que se pueda generalizar, así que la única alternativa es zanjar el tema.

La propuesta de antiseductor seduce, qué duda cabe, pero tiene un notable defecto: es inviable. Y no por argumentos forococheros tipo “la humanidad se extinguiría” o “que liguemos es lo que ellas esperan”.

Lo es por una cuestión política elemental: no es un trato que el enemigo vaya a aceptar. Se dirá: ¿por qué hay que preguntar al enemigo? Obliguémosle. Y será entonces cuando descubramos que no disponemos de la fuerza necesaria para hacerlo. Nos encontramos de vuelta en el mundo real, sobre el que la propuesta de antiseductor realizó su aterrizaje forzoso hace ya tiempo.

La idea tiene una importante carga de legitimidad, pero no tanta como para poner de su parte al necesario porcentaje de sujetos implicados. ¿Qué es lo que le falta a este plan para aglutinar fuerza suficiente o, traducido a términos sociales, apoyo suficiente?

Opino que el problema está en la estrategia misma. Su autor se sirvió del poderoso truco de expresar la propuesta de máximos del bando silenciado y adversario, haciéndola resonar en el bando opresor y propio. “No liguéis”, “dejadnos en paz”, “olvidadnos”, “iros definitivamente a la mierda” es un deseo que las mujeres han manifestado infinito número de veces con razón sobrada y que ahora era expresado por un hombre produciendo efectos de empatía y atención digamos, por ahorrarnos esta sangre, distintos.

Pero resultaba tan inasumible como siempre porque para los hombres seguía implicando, al menos bajo esta fórmula, el sacrificio de aquello que no es socialmente percibido como un privilegio, sino como una necesidad inalienable: (luchar por) establecer relaciones sexosentimentales.

El enemigo va a decirle a las mujeres que no tiene intención de acosar, pero que qué herramienta sustitutoria le están ofreciendo, porque tiene derecho a una. Les va a preguntar, además, si eso que quieren ellas imponer va a funcionar universalmente o solo cuando les apetezca, favoreciendo a unos hombres y desfavoreciendo a otros. Y les va a decir, por último, que si le están ofreciendo un trato igualitario o solo quieren desposeerle del privilegio para apropiárselo ellas. Lo que el enemigo va a preguntar, en definitiva, es si en esta propuesta de convivencia se ha tenido en cuenta su inclusión. Y lo cierto es que no se ha hecho.

Con la gran mayoría de los hombres en contra solo hay tres caminos, todos ellos colectivamente cerrados y todos ellos llevados a la práctica individualmente para converger en un estancamiento que condena a las mujeres a seguir soportando esa forma de acoso a la que llamamos “ligar”. La primera propuesta es la patriarcal; la inmovilista propuesta del enemigo: “ligar no es tan grave en la forma en la que hoy se lleva a cabo”. La segunda es la propuesta de máximos de antiseductor: “no ligues”. Es la inversa, desde el punto de vista de la confrontación. El sujeto oprimido se muestra sordo a las razones y necesidades del opresor y expresa su deseo sin restricciones. El opresor queda reducido a opresor atemporal sin capacidad para dejar de serlo; es, por lo tanto, simbólica y marginalmente deshumanizado; el poder hegemónico, sin embargo, sigue siendo suyo. Por último tenemos un abanico de soluciones más o menos individuales, más o menos aspiracionales, que constituyen los puntos juzgados por cada sujeto o colectivo como “justo medio” y que, como sabemos, con frecuencia son injustos para los hombres y sistemáticamente son injustos para las mujeres. Este continuo no es inocente ni ingenuamente bienintencionado, porque está íntimamente relacionado con el valor sociosexual. Pero no tocaré ese tema aquí.

Creo, sin embargo, que la propuesta de antiseductor es rescatable desde el marco de la discriminación sexual positiva, porque la masa social susceptible de identificase con ella se vuelve crítica.

No ligar como una medida de discriminación sexual positiva implica la conciencia de que no solo se reivindica un derecho por parte del sujeto oprimido, sino que se pide un esfuerzo, medido y provisional, por parte del opresor. Las necesidades del opresor son escuchadas, valoradas y postergadas, pero no ignoradas o despreciadas. Se reconoce el hecho de que, en alguna medida, el propio opresor es víctima del sistema que le privilegia, pero que su condición de víctima no es comparable a la del sujeto oprimido. Se entiende el solapamiento entre necesidad y derecho, de modo que un sistema opresor hace al sujeto dominador dependiente de conculcar los derechos del dominado. Se incorporan las necesidades del opresor a un baremo único de necesidades, en el que, debido a su magnitud, no ocupan posiciones destacadas. En definitiva, se fuerza al oprimido a responsabilizarse de su empoderamiento, limitando la posibilidad del uso despótico del mismo.

Este sacrificio, por lo demás justo, enfrenta al opresor con una propuesta que ya no puede rechazar y que es, o está muy cerca de ser, coincidente con la reivindicación de máximos.

Creo que podemos empezar no solo a debatirla sino, ya, sobre la marcha, a llevarla a cabo.

Hombre: ¿te apuntas a no acosar? No ligues.



lunes, 11 de junio de 2018

discriminación sexual positiva.


El problema del consentimiento se ha convertido en un símbolo en sí mismo.

No solo porque es el Jerusalén de la guerra de género, lugar de enfrentamiento entre facciones feministas y entre feminismo y machismo, sino, sobre todo, porque es el paradigma de un problema teórico mucho más amplio.

Que no terminemos de encontrar el protocolo adecuado a la hora de valorar si determinadas relaciones (hetero)sexuales son legítimas es la punta del iceberg que representa nuestra impotencia a la hora de determinar qué interacciones son legítimas entre mujeres y hombres.

Ser capaces de resolver el dilema del consentimiento se percibe como la rosetta que daría respuesta al resto del conflicto. No lograr pasar de ahí desalienta para abordar cualquier otra cuestión relacionada.

Vamos con un ejemplo para entender la naturaleza de este punto muerto.

Los variados derroteros recorridos por los debates surgidos a raíz del juicio y sentencia a La Manada han servido, entre otras muchas cosas, para generalizar la idea de que una mujer ebria no está en condiciones de dar un consentimiento sexual válido y, por lo tanto, las relaciones sexuales con ella deben considerarse violación. Esa idea ha alcanzado hoy, y desde esos debates, la categoría de ley social: la sabe y respeta, ahora sí, la suficiente cantidad de gente como para que quien no la sepa o no la respete deba caer en alguna forma de ocultamiento o marginalidad.

Hasta ahí todo bien. Un avance.

Y entonces nos encontramos con esta imagen:
Me da igual si el dilema que plantea está resuelto a nivel legal. Lo que me interesa es la perplejidad, silencio y negación que suscitó. Nadie, yo por supuesto tampoco, se había planteado esto. Y nadie supo qué contestar.

Ante una buena jugada del enemigo la táctica adecuada puede ser el silencio. Tal vez la jugada se extinga. Pero si no es así necesitamos el tiempo que el silencio nos concede para elaborar una respuesta mejor con la que contraatacar cuando el silencio deje de ser suiciente. No podemos conformarnos con negar el dilema. Necesitamos resolverlo si no queremos correr el riesgo de que el dilema se convierta en el ariete con el que se nos derrote.

Es evidente que el consentimiento de una mujer con determinado nivel de embriaguez no es válido. Lo es también que lo que propone la imagen podría llevar a la cárcel a un quizás sorprendente número de mujeres. Y que eso sería, en la inmensa mayoría de los casos, injusto.

Se diría que no nos queda más remedio que elegir entre dos injusticias. Se podría decir también que nos faltan las herramientas teóricas para diferenciar de verdad lo que es justo de lo que no lo es, y que ésta, la de invalidar el consentimiento en estado de embriaguez ha encontrado aquí su límite y debe ser superada por otra mejor.

Pero esa herramienta nueva es esquiva. ¿Cuál es el siguiente nivel de finura en el hilo que estamos confeccionando? ¿Cómo enunciamos la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo de modo que pueda realmente aplicarse a todos los casos?

En mi opinión el problema está, precisamente, en esa aspiración.

Cuando hablamos de consentimiento, y cuando hablamos, en general, de interacción entre mujeres y hombres, presuponemos que debemos buscar una norma igualitaria. Pero sabemos que eso es justo lo que no hace la normativa en materia de igualdad. Cuando se habla de violencia de género, o de regulación del mercado laboral, se persigue la igualdad a partir de una norma, precisamente, no igualitaria.

Esta discriminación positiva, y no la igualdad, ha sido la respuesta cuando la igualdad formal se ha encontrado con cada correspondiente techo de cristal. A partir de determinado momento no hay forma de seguir avanzando porque la ley que pretende superar una desventaja de las mujeres se convierte en nueva fuente de ventaja para los hombres. En esas condiciones, y alcanzada una adecuada comprensión de la situación, la urgencia social hace que se legisle directamente en contra de esa ventaja, sacrificando la igualdad.

Así, la discriminación positiva hace una diferenciación en el tiempo. Distingue entre el tiempo de la igualdad, futuro, y el tiempo de la desigualdad, presente, otorgando a cada uno de esos tiempos la ley que le corresponde, y adquiriendo conciencia de la transitoriedad de esa ley.

Bien, pues este es el paradigma desde el que entiendo que debe resolverse el dilema de la imagen, el dilema del consentimiento y el dilema, en general, de la interacción heterosexual.

Cuando digo que “debe resolverse” quiero decir que debe llegarse mucho más lejos que el punto al que hoy lo llevan la intuición y el sentido común individuales porque, como no podría ser de otra manera, ese paradigma está instalado oficiosa y preconscientemente en nuestra práctica. Pasémoslo a la oficialidad, a la conciencia, al debate y a la ley:

El consentimiento de un hombre ebrio no es igual de inválido que el de una mujer ebria, porque en nuestra sociedad se trata de dos consentimientos de naturaleza distinta cuyas transgresiones tienen consecuencias distintas que deben traducirse en distintas consecuencias penales.
Pero la extensión de la discriminación positiva hasta una discriminación sexual positiva debe dar un segundo salto porque, como sabemos, la vida sexual tiene, por su privacidad, particulares dificultades para ser legislada y regulada. La discriminación sexual positiva no puede restringirse a la ley, sino que debe ocupar el espacio de la norma social. La interacción heterosexual no puede ser igual para ambos géneros, y esta desigualdad debe alcanzar a la conducta cotidiana.

Se dirá que siempre ha existido esa diferencia, y que no ha traído la igualdad. Se nos hablará de la “galantería”. Sabemos que la galantería tiene como fin la infantilización y el desempoderamiento de las mujeres, y no alcanzar la igualdad real. Sabemos que se aplica a cuestiones menores, como los pequeños favores físicos, para ocultar las mayores, como la legitimación del abuso de la fuerza. Sabemos, entonces, que podemos diferenciar sin problema alguno la galantería de la discriminación sexual positiva, del mismo modo que diferenciamos la discriminación laboral positiva del hecho de que las modelos de pasarela cobren más que los hombres.

Lo que necesitaremos, eso sí, será paciencia para concretar con acierto en qué debe consistir esa discriminación sexual positiva. Y necesitaremos madurez política para entender que la norma extraordinaria implica la asunción de responsabilidades por parte de quien es objeto de la ventaja que comporta. Y necesitaremos, por supuesto, pronunciamientos en favor de la discriminación sexual positiva.

Por lo que a mí respecta digo ya que, en mi opinión, la agamia solo puede moverse en el ámbito de la discriminación sexual positiva, y que es responsabilidad de las personas ágamas incorporar esa discriminación a su reflexión y a su conducta.



lunes, 21 de mayo de 2018

gurú



Estoy viendo con entusiasmo Wild Wild Country, y me apetece mucho hablar de gurús (o gurúes), así que os voy a contar la historia de uno.
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Hace muchos años, en la época de los maestros, vivió un Gran Maestro de la Espada cuyas enseñanzas eran solicitadas por los más expertos guerreros.

El Arte de la Espada, según lo enseñaba aquel Maestro, no se reducía a la técnica de lucha ni a la disciplina del cuerpo, sino que incluía la disciplina de la mente y la filosofía de la vida.

Cuando hablaba del mundo, de las mujeres y de los hombres, de los animales y de las plantas, de las ciudades y de los reinos, de la muerte y de los océanos y de las estrellas, siempre utilizaba imágenes relacionadas con la espada.

“¿Veis el afilado filo de vuestro acero?” decía. “Podréis llegar a ser tan expertos que con él seáis capaces de separar cualquier cosa de cualquier otra. Pero de nada os servirá si no sabéis qué es lo que debe ser separado”.

“¿Ves cómo avanza la gota de sangre de tu enemigo por el filo de tu espada? Así avanza el pensamiento. De su herida nace el deseo de saber, y si posee tesón suficiente descubrirá tarde o temprano qué mano lo hirió. ¡Que vuestra sangre nunca deje de buscar!”.

“Recuerda”, decía en otra ocasión, “tu espada nunca está guardada. Incluso cuando permanece en su vaina apunta a todos cuantos te rodean. Ellos no lo olvidan. No lo olvides tú”.

Y así seguía y seguía…

En la puerta de su casa se leía esta inscripción en letras sencillas y solemnes: LA ESPADA ES LA VIDA. HAZ DE LA ESPADA TU VIDA. HAZ DE TU VIDA UNA ESPADA.
Tanta fama tenía este Maestro que incluso quienes no amaban la espada conocían las historias que se contaban sobre él, y lo admiraban. En una ocasión varios hombres que odiaban el uso de las armas acudieron a su casa y solicitaron respetuosamente hablar con él.

-Maestro, -dijeron. -Nuestra región se ve atribulada por continuos actos violentos. Todos creen que amenazar, batirse, herir y matar son los caminos para solucionar los problemas. Muchos de ellos incluso enarbolan tu nombre cuando atraviesan a niños con sus armas. Te pedimos ayuda.
-Quienes usan mi nombre para realizar actos viles no conocen mis enseñanzas –lamentó el Maestro.
-Maestro, eso no los frena. Dicen que no son tus discípulos, sino los discípulos de tus discípulos, o los discípulos de los discípulos de tus discípulos. Algunos dicen que son seguidores directos de El Arte de la Espada.
-Todos mienten. Y todos deben ser condenados –fue la sentenciosa respuesta del Maestro.
-¿Podrías condenarlos tú, Maestro? ¿Podrías pedir a la gente que abandone El Arte de la Espada?
-¿Cómo podría hacer eso? –contestó el Maestro con sorpresa. –La espada es la vida y su Arte es el arte de la vida.
-Maestro, la espada también es la muerte. Lo es para nuestras familias, para nuestras aldeas y para toda nuestra región. La espada es lo que nos está quitando la vida. Sin la espada habría vida…
-¡Silencio! -Interrumpió el Maestro. –Mira bien a tu alrededor antes de pronunciar palabras cuyas consecuencias no sabes calcular. Dime, ¿no es cierto que la violencia se ejerce con todo tipo de armas, no solo con la espada, y que, a falta de armas, son las manos desnudas las que se convierten en verdugos?
-Así es, Maestro.
-¿Y no es cierto que esa violencia es a veces tan espantosa o más aún que la que pueda ejercerse con la espada?
-Es cierto, Maestro.
-¿Por qué culpáis, entonces, a la espada de lo que hacen los hombres?

Los visitantes guardaron silencio, cabizbajos. La pregunta del Maestro quedó resonando en el aire como un imponente paisaje dibujado con su voz. Nada más podía oírse, salvo el agua de un arroyo corriendo sorda e impasible. Una breve ráfaga recorrió el patio y alcanzó algunas ramas del hermoso avellano que sombreaba el arroyo, y estas se agitaron levemente.

Sin levantar la mirada, uno de los visitantes dijo:

-La espada los alienta. Las espadas están por todas partes y los hombres se sienten atraídos por su poder. Cuando tienen en sus manos la espada desean usarla y cuando la usan desean hacerlo aún más. Cuantas más espadas existen más escuchan a quienes les hablan de El Arte de la Espada, y cuanto más les hablan de él, más espadas fabrican, más poseen, y más matan con ellas. Maestro, cuando nuestra gente oye hablar de El Arte de la Espada sabe que la espada viene detrás, y detrás de ella la muerte. Acudimos a ti para pedirte que reconsideres tu arte, porque lo que tú estás enseñando como vida es lo que está acabando con nuestra vida. Te pedimos que anuncies al pueblo que condenas el Arte de la Espada. ¿No podrías decirnos que siguiéramos el arte de la música, o de los tejidos, o de la tierra? ¿No podría expresarse la vida con un arte que diera vida? Muchos te escucharán y se avergonzarán de sus espadas, y las guardarán en lugares escondidos donde quedarán olvidadas. Y entonces habrá menos dolor en nuestro pueblo, porque habiendo menos espadas habrá menos heridas y la sangre dejará de teñir cada gota de agua.
-Eso es una estupidez –respondió el Maestro con desprecio. -¿Veis muchos laúdes en mi casa? ¿Y telares? ¿Y arados? Mi casa está llena de espadas, y puedo decir que jamás se ha herido a nadie con ellas.



miércoles, 16 de mayo de 2018

mitos del amor: REFUTACIÓN RÁPIDA contra interlocutorxs cansinxs



Lo que hace un tiempo denominé Mitos del Buen Amor sigue siendo una herramienta eficaz para cuestionar, desglosar y refutar tanto la ideología amorosa como la actualización y lavado de cara que de ella realiza la Crítica al Amor Romántico.

Es probable, sin embargo, que quien se haya servido de estos mitos en el debate haya encontrado fatigoso responder a según qué réplicas e, incluso, que el enredo haya generado ciertas dudas sobre la idoneidad de la forma dada a los mitos como herramienta de cuestionamiento del amor.

Quiero analizar una familia de estas réplicas a la que nos tenemos que enfrentar en casi cualquier ocasión. Aunque sobre el papel son fácilmente refutables resulta útil exponerlas aquí para agilizar la contrarréplica e impedir que la confusión, objetivo favorito de la ideología amorosa, se adueñe del debate.

Me estoy refiriendo al bien conocido recurso demagógico de deducir de una negación la afirmación de su contrario. Si, ante un vaso cuyo volumen está ocupado por agua hasta la mitad, la persona interlocutora afirma que está lleno, y yo contesto que no lo está, ella podrá intentar refutar mi crítica diciendo que, “dado que afirmo que el vaso no está lleno, estoy diciendo que el vaso está vacío, lo que es evidentemente falso”. Esto le permitirá recuperar su primera afirmación, la de que el vaso está lleno, aduciendo que no es peor que la que yo propongo, y eludiendo el verdadero contenido de la mía, que es que la suya no es cierta. Así, reduciendo las opciones a que el vaso sea juzgado o lleno o vacío, podrá evitar la refutación de su afirmación primera. La confusión creada, las tablas alcanzadas entre ambas afirmaciones, son ventajosas para quien sostiene la que es falsa. La conclusión será que no se puede afirmar con total seguridad cómo está el vaso, pues algunas personas opinan que está lleno, otras que está vacío, y ninguna parece tener la razón completamente de su parte.

Nadie nos va a colar que un vaso medio lleno está tal vez lleno porque no está vacío. Pero cuando hablamos de amor la complejidad crece un poco y da aliento a la demagogia.

Veamos cómo se utiliza este recurso contra cada uno de los mitos. Normalmente la persona interlocutora hará una afirmación verdadera pretendiendo que se trata de un ejemplo de aquello que hemos afirmado que no hay ejemplo posible. La mayoría de estas falacias os van a sonar. Familiaricémonos con ellas para poder anticiparnos y desactivarlas sin perder un minuto.


1-“El amor existe”.

Es la respuesta a la crítica del Primer Mito del Buen Amor, cuyo enunciado es: “el amor es”.

Se pretende con ella decir que lo que la crítica afirma es que el amor no existe, y dado que el amor tiene formas innegables o difícilmente negables de existencia, dicha crítica queda refutada.

Pero lo que la crítica cuestiona no es la existencia del amor, sino la necesidad de esta existencia.

Aunque se podría defender que el amor no existe si debe darse en la forma en la que el amor dice de sí mismo que existe, la crítica tiene otro objetivo, que es la supuesta ininteligibilidad de las relaciones cuando estas no son explicadas a través del amor o realizadas según su discurso. En otras palabras: el mito afirma que no podemos escapar al concepto “amor”, que nadie ha escapado jamás, y que nadie escapará nunca. La crítica dice que eso es simple superstición, y que solo se sostiene por la imposición que ejerce el propio mito; porque el mito naturaliza esa idea.

2-“Todo el mundo necesita amor”.

Así se responde a la crítica al Segundo Mito, cuyo enunciado es: “el amor es el fin supremo”.

Se nos dice que la crítica niega la necesidad de relacionarnos sexosentimentalmente, así como el hecho evidente de que las personas que renuncian a, o no disponen de, pareja(s) sufren una carencia grave en su realización y desarrollo personales.

Pero la crítica no dice que la(s) pareja(s) no ocupe(n) un lugar en el desarrollo personal. Dice que ese lugar no es ni el principal, ni el más interesante, ni la realización última del sujeto, ni el sentido final de la vida, sino algo mucho menos relevante de lo que se nos pretende hacer creer. Y dice, apoyándose en la crítica al primer mito, que eso que la(s) pareja(s) realiza(n) y desarrolla(n) de manera tan deficitaria puede realizarse y desarrollarse de formas mucho más edificantes si, precisamente, prescindimos de las parejas y, por ende, del amor.

3-“El amor hace feliz a mucha gente e inspira, con frecuencia, buenas acciones”.

Se contesta así a la crítica al Tercer Mito: “el amor es el bien”.

Se nos pretende hacer creer que criticando el mito afirmamos que todas las conductas inspiradas por el amor tienen un carácter directa y evidentemente egoísta, y que todo lo que nos llegue como expresión de amor redundará en nuestro perjuicio.

La crítica, sin embargo, está muy lejos de afirmar que el amor no pueda ir acompañado de algún bien. Lo que denuncia es que cualquier cosa que vaya acompañada de amor, tanto lo que damos como lo que recibimos, es automáticamente considerada un bien, y que esto es así incluso cuando es evidente que, de no llevar esa favorecedora compañía, esa misma cosa sería indiscutiblemente considerada un mal.

Afirma además que, gracias a este mito, el amor legitima cualquier acción, función esta para la que ha sido creado.

4-“No todo lo que sucede por amor tiene explicación”.

Es la respuesta más habitual a la crítica al Cuarto Mito: “el amor es inviolable por la razón”.

La afirmación sugiere que esa crítica entiende el conjunto de conductas humanas enmarcadas en el ámbito del amor como una mecánica sencilla, y a quienes conozcan dicha mecánica como sujetos omniscientes en el amor.

La crítica no propone esta estupidez de ninguna manera, sino que reivindica el derecho de la razón a incluir en su dominio al ámbito del amor, único que le permanece vetado. El amor, como cualquier otra cosa, puede conocerse, entenderse e incluso predecirse. Si a día de hoy no se conoce, se entiende y se predice no es porque se trate de una materia especialmente compleja o de una naturaleza particular, sino porque nuestra cultura proyecta una prohibición sobre ese conocimiento.

5-“El sexo es mejor con afecto” o “la falta de afecto deshumaniza al sexo”.

El Quinto Mito del Buen Amor dice que “el sexo y el afecto son inseparables”.

Cuestionar este mito no es, como aquí se pretende, decir que el afecto debe quedar fuera del sexo ni el sexo fuera del afecto, (aunque esta última posibilidad resulta menos controvertida).

Cuestionarlo es decir que el sexo y el afecto no son un continuo, ni diferentes manifestaciones de una misma cosa, ni los dos componentes imprescindibles para nada en particular. Cuestionarlo es bajar esa mística a la realidad diciendo algo tan sencillo y a la vez tan extraordinario como que el afecto es una disposición general a procurar el bien de la otra persona, y que eso, lógicamente, puede ser beneficioso en el sexo como lo es en cualquier ámbito de nuestras relaciones.

Es decir, también, que ni el sexo genera afecto ni el afecto sexo más allá de lo que cada una de estas cosas pueda circunstancialmente reforzar a la otra, o sea, más allá de las formas en que el sexo genere afecto o el afecto sexo, como cualquier tercer ámbito de las relaciones pueda reforzar a cualquiera de estos dos. Más allá, por ejemplo, de lo que la lectura de un mismo libro pueda llevar a tener relaciones sexuales, sentir afecto, o a ambas cosas.

Ánimo con el debate.

Son muchxs. Son muy pesadxs. Pero no tienen razón.




jueves, 3 de mayo de 2018

prejuicios en la no monogamia (ii): "la no monogamia no es para todo el mundo"


¿te han dicho esto alguna vez?
¿han intentado zanjar con ello los conflictos de tu vida no monógama?

está claro:
¡es el momento de cambiar de interlocutorxs!



jueves, 22 de marzo de 2018

TALLER DE CASOS PRÁCTICOS


¡¡¡PASAMOS A LA ACCIÓN!!!

Hace tiempo que en AGAMIA no nos conformamos con una teoría, ni con una práctica individualizada. Nuestras quedadas y debates, tanto presenciales como por videoconferencia, son el lugar donde ponemos en común las diversas formas de entender y vivir la agamia que estamos construyendo.

¡Pero todo eso se nos queda corto, así que vamos a dar un paso más!

Vamos a dedicarnos analizar, diseccionar y escudriñar casos reales y concretos. Nos preguntaremos entre todes cuáles son las conductas, actitudes y expectativas más coherentes en cada situación y descubriremos, desarrollaremos y aprenderemos formas de conducirnos en nuestras relaciones que sean coherentes con el rechazo definitivo a la pareja.

Para eso se inaugura el TALLER DE CASOS PRÁCTICOS, en el que podrás participar estés donde estés y tengas la disponibilidad que tengas.
Te está picando la curiosidad? No sabes si lanzarte?

Encontrarás más información aquí.

lunes, 19 de marzo de 2018

ABOLICIONISMO y NO MONOGAMIA.


El domingo pasado Amelia Tiganus nos contó de primera mano qué es la trata y cuál es su papel en lo que ella denomina “sistema prostituyente”.

Se ha escrito mucho desde entonces, hace solo una semana, respecto a lo impactante del testimonio, así que no me detendré en ello.

Mi intención es hacer hincapié sobre uno de los ejes de su discurso, y que nos atañe especialmente en tanto que comunidad no monógama. Se trata del tan traído y llevado concepto de “consentimiento”.

Cuando imaginamos lo que es una mujer traficada pensamos en secuestros, armas, agresiones y encierros. Esa idea nos permite condenar con determinación el tráfico, y nos permite, además, distinguirlo claramente de la prostitución libremente elegida.

Amelia nos explicó que eso no funciona así, al menos en nuestra sociedad. Ella nos confrontó con una realidad mucho más incómoda. La trata aquí apenas incluye violencia. En muchas ocasiones la mujer nunca es forzada directamente a nada, sino que en torno suyo se crean las condiciones que hacen de la prostitución la mejor salida posible, y la mujer la elige, a veces con entusiasmo.

Nos explicó que ella es una de esa mujeres que “eligieron” la prostitución, y que ha necesitado del feminismo para comprender que nunca eligió nada, sino que todo fue una trampa para que ella se convirtiera a la vez en víctima y culpable. Se arriesgó, como lleva años haciéndolo, a plantarse delante de la audiencia y decir “elegí, sí. Pero no soy responsable de esa elección”.
Esta inquietante lección nos descubre dos cosas sobre el manido consentimiento que deberían conllevar una nueva percepción del mismo. La primera es que el consentimiento es un continuo, y lo es también en la prostitución. El consentimiento depende de la libertad real, y esta no es la falta de coacción, sino la disposición de las mejores opciones. Poder elegir entre más de 40 prostíbulos no aumenta el consentimiento, ni poder elegir entre la prostitución o el rechazo de tu comunidad por haber sido violada. Tampoco aumenta el consentimiento la omnipresente alternativa entre fregar escaleras a 8€ la hora y prostituirte de escort a 100€ el servicio. Si todas las opciones son malas no hay libertad, y entre una mujer a la que el sistema patriarcal viola y una mujer a la que el sistema patriarcal “solo” humilla haciéndole sentir que su cuerpo puede venderse hay un continuo. Dónde empieza la libertad y dónde acaba el tráfico debemos decidirlo nosotres, pero no podemos dejarlo en manos de la simple conciencia de libertad, porque esa conciencia se construye con facilidad mediante el espejismo de la elección.

La segunda es que el consentimiento es necesario, pero nunca suficiente. La cultura del consentimiento persigue el contrato perfecto que libere al ejecutante de su responsabilidad con respecto al cuerpo sobre el que ejecuta. La fórmula se revisa periódicamente para no dejar resquicio a la crítica: lo último en contrato en blanco lleva el ridículo nombre de “consentimiento entusiasta”.

Pero la responsabilidad es ineludible, consienta quien consienta y consienta como consienta. Si no consiente, todo está claro. Pero si consiente nada lo está, porque queda nuestra decisión, y esa decisión debe ser renovada a cada instante. La fórmula del consentimiento genera esta ficción ética que es el espacio donde podemos abandonarnos a nuestros deseos sin preocuparnos por las consecuencias sobre la otra persona. Por eso queda patente que el consentimiento es, en sí mismo, la objetualización. Conceder a alguien la capacidad de consentir hasta el punto de liberarme de mi responsabilidad es objetualizar a quien consiente. Así se explica la trampa de su supuesto empoderamiento.

No podemos, por lo tanto, refugiarnos en el consentimiento para distinguir una prostitución legítima de una que no lo es, porque que la persona que se prostituye consienta no basta. Queda para el potencial cliente decidir si ese consentimiento se da en verdaderas condiciones de libertad. Y para llegar a una conclusión no dispone del conocimiento de las condiciones personales objetivas y subjetivas de la consintiente. Lo único de que dispone es de la evidencia de una sociedad patriarcal que tiene a la prostitución como uno de sus pilares fundamentales y que inscribe en la conciencia de las mujeres su condición de puta.

Lo que he contado hasta ahora es solo lo que el feminismo abolicionista está harto de contar y lo que, como digo, se ha contado en todas partes y con más intensidad aún desde hace una semana.

¿Sabéis, sin embargo, dónde no se ha contado? En los espacios no monógamos.

Resulta que la no monogamia es un espacio franco para la prostitución. La no monogamia, que presume hasta el empalago de su feminismo, de su deconstrucción y de su no normatividad, tiene tan asumido que la prostitución es buena y empoderante como lo pueden tener el mundo del fútbol o de los toros.

Así que para nosotres y nuestro mundo impermeabilizado al abolicionismo esta ha sido una semana más.

Resulta llamativo que mientras que la sexopositividad, con todo lo que implica (prostitución, BDSM, cultura del consentimiento, etc…) desgarra al feminismo, no encuentre resistencia alguna en la no monogamia. Parece lógico suponer, sin embargo, que si la no monogamia es verdaderamente feminista debería reflejar ese desgarro en ella. ¿Qué lo impide?

Encuentro varias razones.

La primera es que la no monogamia tiene una genealogía marcadamente sexual, originada en el amor libre de la revolución sexual, el mundo swinger y el propio BDSM. En la mayoría de las ocasiones lo que conocemos como poliamor es la versión civilizada y con aspiraciones de estabilidad de esos orígenes. Esto quiere decir que en la no monogamia el feminismo tiene un peso real muy por debajo del que tiene el sexo, y que donde aquel cuestione a este (y lo hace en las numerosas ocasiones en que el sexo es expresión evidente del deseo patriarcal) lo más probable será que la no monogamia lo silencie. Es, exactamente, lo que ha sucedido con la agamia, descalificada, desde el momento mismo de su aparición, con los mismos apelativos con los que se descalifica al abolicionismo: puritana, mojigata, represora, inquisitorial.

La segunda se deriva de la anterior. La no monogamia es, en gran medida, una práctica sexual, y es dicha práctica lo que otorga poder en los espacios no monógamos. Las personas, sobre todo hombres, con mayor capital erótico suelen ocupar los puestos de visibilidad, poder y portavocía, nivel jerárquico al que también tienen fácil acceso las putas felices, en su sentido más amplio (pornografía, etc…). Quienes se definen a sí mismes como abolicionistas carecen de voz porque las consecuencias de ese ideario sobre su propia vida sexual resulta aquí desempoderante.

La tercera ya no es achacable, al menos del todo, a estas comunidades. Es sabido que el feminismo abolicionista no tiene un discurso relacional y sexual especialmente elaborado, y es sabido que en él la no monogamia no goza del mayor de los prestigios. Desde los presupuestos abolicionistas es complicado, como hemos visto, hincarle el diente a la no monogamia, tal y como está, y se opta, siempre, por postergar la tarea o, directamente, por considerarla innecesaria.

Pero la no monogamia no es una moda. La no monogamia es la consecuencia misma del feminismo y es, por lo tanto, el signo de los tiempos. Es el resultado de que las mujeres descubran que no quieren someterse a un hombre y de que los hombres descubran que una mujer que no es esclava ya no interesa como compañera. Es, por lo tanto, el lugar hacia donde se va a desplazar la batalla, que ahora no es tal por incomparecencia de una de las partes.

Mirarla con desdén es un lujo que el abolicionismo no se puede permitir. Mientras tanto, desde la no monogamia, les abolicionistas resistimos como podemos, esperando que, de una vez, se escuche el toque de clarín que anuncie la llegada de refuerzos.



miércoles, 7 de marzo de 2018

El Arte de Follar, de Erich Fromm.


Pocos días después de que Gallimard publicara el inesperado cuarto volumen de la Historia de la Sexualidad de Michel Foucault, el mundo de la cultura, y en concreto de la cultura sexual, recibe otra gran noticia editorial: la inmediata aparición de la gran obra póstuma de Erich Fromm, autor de la biblia contemporánea del amor, con el sugerente título de El Arte de Follar.

Lo que tendremos pronto en nuestras manos es el último gran esfuerzo de Fromm por entender el signo de su tiempo y contribuir, como ya había hecho con sus trabajos anteriores, a sanar sus más arraigadas patologías.

Durante sus últimos 14 años, desde su retiro en Muralto, en Suiza, el genial psicoanalista, otrora miembro insigne de la Escuela de Frankfurt, abordó lo que en varios episodios del texto es referenciado como “el más complejo de los misterios de la condición humana”.
Parece ser que el proceso para llegar hasta aquí no ha sido fácil. “El Arte de Follar es una obra inmensa y laberíntica, llena de pasajes crípticos, puntos muertos y hallazgos deslumbrantes” –nos explica su editora. “Fromm se había adentrado en un mundo que pronto se reveló inabarcable, casi infinito. Seguirle en su recorrido es fascinante. A veces casi tan inabarcable como el viaje que él emprendió. Un laberinto dentro de un laberinto”.
Efectivamente, parece que son varios miles de páginas las que Fromm llegó a redactar. Lo que en un principio parecía un plan definido se ramificó pronto en una multiplicidad de investigaciones secundarias, análisis de casos, digresiones eruditas y reflexiones personales. “El manuscrito carece de orden y, por supuesto, carece de final. Lo que lxs lectorxs encontrarán es una breve síntesis de 800 páginas para cuya elaboración hemos tenido que tomar decisiones a veces puramente comerciales, buscando la intelegibilidad o estableciendo un hilo argumental que, somos conscientes, tal vez no es necesariamente el espíritu original de la obra”.

Pero, ¿cuál era el objetivo de Erich Fromm con este proyecto? Sepámoslo las palabras introductorias del propio genio de Hesse: “En 1952 la crisis generalizada de la pareja me llevó a abordar la sagrada misión de garantizar la supervivencia de la especie. Para transformar la dinámica histórica necesitaba un cambio revolucionario; una visión completamente novedosa que resultara, además, irresistiblemente atractiva. Algo que todo el mundo quisiera hacer. Un día, caminando por la orilla del Apatlaco, la idea vino a mí: “el amor es un arte. El amor debe ser entendido como una manufactura lenta, laboriosa, cuyo producto poseerá, por lo tanto, una belleza indescriptible. El resto surgió solo, y es de sobra conocido”. Aunque no se puede decir que Fromm “invirtiera la dinámica histórica”, no cabe duda de que introdujo en ella un poderoso elemento de retención. Sin embargo, la sociedad seguía avanzando, a veces incluso cogiendo por sorpresa a mentes tan privilegiadas como la suya: “Pensaba que con conseguir que la pareja sobrevivieran sería suficiente. Que el resto lo harían la búsqueda de placer, el deseo, la liberación de prejuicios,… Hoy nos encontramos con un nuevo problema: la inapetencia sexual. Queridos lectores. Tienen ustedes que practicar el coito o habremos retornado al callejón sin salida de la extinción. La buena noticia es que nada es tan placentero como él. Permítanme que se lo muestre. Acompáñenme en este recorrido por El Arte de Follar”.

A juzgar por la nota del editor a este párrafo, parece que fue precisamente la cuestión del título una de las que más de cabeza trajo a Fromm. “durante todo el proceso de elaboración barajó varios posibles nombres: El Miedo a Follar, La Libertad del Arte de Follar, El Miedo a la Libertad del Arte de Follar, incluso uno más sintético y rotundo, que, desde nuestro punto de vista, se ajusta mejor a la intención general de su trabajo: Follar. Elegimos El Arte de Follar porque sabemos que era el más usado por Fromm para referirse en privado a su obra, especialmente si había bebido.”

Una de las cuestiones más complejas ha sido la gestión de las innumerables notas a pie de texto, en las que Fromm da rienda suelta a su faceta más creativa, personal y espontánea. “No hay una diferencia clara entre las anotaciones que Fromm hacía para sí mismo y aquellas que pretendía que aparecieran en el texto” –nos explican desde la editorial. “A veces se diría que pasa de uno a otro destinatario en la misma frase. Nos ha sido muy difícil establecer un criterio de selección”.

En la página 208, por elegir uno de entre una infinidad de ejemplos posibles, como nota a un párrafo en el que se refiere al pesado estigma que durante siglos ha acarreado el sexo en nustra cultura, nos dice: “Nuestra sociedad necesita una palabra que enmarque un discurso positivo en torno al sexo. Algo así como “sexobondad” o “follopositividad”. Y luego ya desarrollar esa ideología en todas direcciones. Libros y libros. Y charlas. Y talleres. Y películas. Tengo que encontrar esa palabra. Espero que no se me adelante el cabrón de Marcuse”.

Y otra: “El Arte del Follar requiere un equilibrio perfecto entre pensar y hacer, entre teorizar y practicar. Ambos lados del balancín deben recibir una atención similar, para que este pueda oscilar y mantenerse en el aire. Insistir mucho en uno de los lados hará que el balancín se clave en la tierra estrangulando poco a poco la vida sexual. Y si eres un gilipollas, como yo, pues te pasarás diez años escribiendo un libro sobre sexo y no follarás una mierda.”

Como vemos, su propia experiencia sexual, y no solo la de sus pacientes, era fuente inagotable de inspiración. El conflicto personal se convertía en materia de reflexión, hasta el punto de llegar a ser un enigma que le atormentara: “La separatidad sexual, es decir, la unión entre amantes que no se materializa sexualmente con regularidad, devuelve al ser humano al desvalimiento existencial. La vida que no folla es vida estéril en la que el instinto de muerte cobra vigor. Las fantasías sexuales se van tiñendo de más y más violencia, y llega un momento en que lo que te apetece, más que follar, es quitar la tontería de una buena hostia. Y luego follar.”

En otras ocasiones ese mismo conflicto hace surgir intuiciones y líneas de investigación de una modernidad asombrosa: “Cuanto más me dice que no más me imagino que la ato a la cama. Le tengo que preguntar si me deja, a ver si cuela. No. Le voy a decir que le dejo que me ate ella. Y si acepta, le digo que primero la ato yo. Me gustaría tenerla atada a la cama y aparecer de repente vestido todo de negro ajustado, al estilo del Comandante Cousteau…¡A ver cómo consigo yo un traje de buzo en medio de Suiza! ¡Bah! ¡Si es que lo tengo todo en contra!”.

La entrega de Fromm a la elaboración del libro fue extrema hasta el último momento, siendo a veces presa de una auténtica fiebre creadora. Pocos días antes de su fallecimiento aún escribía. “Me acabo de enterar de que se ha muerto Marcuse. ¡Todo el tema para mí! ¡Jeje! ¡Que se joda!”.

Ahora él será todo para nosotrxs.