miércoles, 20 de enero de 2021

¿CÓMO ES UNA RELACIÓN ÁGAMA?

¿En qué consisten exactamente estas relaciones? ¿Qué condiciones deben cumplir? ¿Cuándo se es verdaderamente ágamx? ¿Son ágamas las relaciones o lo son las personas? ¿Hay que seguir los principios relacionales, leerse el libro, pertenecer a alguna comunidad, aprobar un examen? Y, si nadie me va a contestar a estas preguntas, ¿dónde puedo encontrar ejemplos para contestarme yo?

La agamia trata, como no puede ser de otra manera (o en realidad debería tratar, y esa es mi aspiración), todos los temas vinculados en alguna medida con las relaciones.

Y como son muchos, y como en la mayoría se proponen nuevas prácticas, llega un momento en el que da la impresión de que para ser una persona ágama hubiera que prepararse como para ser astronauta.

Nada más lejos de la realidad. Una cosa es que tengamos muchos caminos que recorrer, muchas posibilidades, muchas vías desbloqueadas que podemos explorar, y otra que tengamos que rellenar un álbum de cupones para que nos den el carnet.

Ser una persona ágama es infinitamente más simple e inmediato, y tengo la intención de persuadir de ello con este texto.

¿Cuándo se es una persona ágama? Sencillo: cuando se es una persona más ágama que, por ejemplo, monógama. Cuando se es, sobre todo, ágama.

¿Verdad que para que una persona sea definida como monógama no se le suele pasar ningún test de idoneidad, o mirar si en su currículum hay manchas? Se es monógamx casi por defecto, si no se es claramente otra cosa, si esa persona se declara monógama o si cumple con unas prácticas mínimas.

En realidad en monogamia también se podría publicar un decálogo de prácticas perfectas, y podríamos señalar como no monógamxs a quienes no lo siguen a rajatabla. Pero eso sería un engaño. Cuando en alguna ocasión he dicho que hay mucha más gente no monógama de lo que parece no ha sido porque piense que incumplen uno o dos mandatos del catecismo monógamo, sino porque incumplen tantos que, si se pudiera cotejar, habría que acabar diciendo que caen claramente del lado de la no monogamia.

Vamos a ver cuándo se cae del lado de la agamia. Gracias a ello conseguiremos eso que buscábamos desde el post anterior: encontrar multitud de pseudoejemplos (definiciones, relatos, metáforas...). Pero sobre todo encontraremos multitud de ejemplos verdaderos, que constituirán un gran bagaje común sobre el que apoyarnos tanto para desarrollarnos relacionalmente como para desarrollar la agamia como propuesta colectiva. Todo lo que, en efecto, cae del lado de la agamia es ya un ejemplo. Podrá mejorarse, claro, pero es que servir para ello, para punto de referencia desde el que mejorar, es una de las funciones de un ejemplo.

Voy a hablar de tres grados de participación en la agamia que determinan si una relación es ágama o una persona se relaciona de manera ágama. Recordad, de todos modos, que hay otra forma, paralela y complementaria a esta, de saber quién es ágamx, y que consiste en la autodesignación: es ágama toda persona que se considera ágama. 

Veréis qué fácil.


1-Una relación es ágama si no es una pareja

¡Impresionantemente fácil! Efectivamente, dos personas que no forman una pareja son, de alguna manera, en alguna medida, un espacio ágamo en el que es difícil impedir que aparezcan prácticas ágamas. El único modo de evitarlas sería que ambas personas tuvieran siempre presentes a sus respectivas parejas, para que esa conciencia condicionara todo lo que hicieren entre sí. Sabemos que ese condicionamiento existe, especialmente cuando la relación entra en los espacios que son más propios de la pareja (si hay contacto físico, por ejemplo), pero también sabemos que en otros muchos momentos la relación discurre libremente dentro de sus límites. Sabemos que, para que se rompiera la barrera del gamos, a una relación como esta solo habría que decirle: “¡Seguid así! ¡Seguid así en todo!”. Esa relación, por más condicionada que esté por el gamos, ya es, en alguna medida, un ejemplo, un precedente para sí misma. Si un día quisiera ser ágama ya se tendría a ella de referente.

Del mismo modo, una persona es ágama si no tiene pareja. Sin más.


2-Una relación es ágama si las personas que la forman no tienen pareja

Esto está siendo demasiado cuesta abajo, ¿no crees?

Pero es así. El presente es determinante.

Cuando no hay un gamos que temer, cuando no hay cuentas que rendir o un contrato de posesión que deba ser cumplido, los límites a la agamia se sostienen solo por factores subjetivos, como los hábitos o los proyectos. Todas las posibilidades están abiertas y todas se encuentran en pie de igualdad. Ninguna va acompañada de un coste particular añadido. Por eso cuando las personas que forman una relación no tienen pareja tienden espontáneamente a transitar por prácticas ágamas que les resultan nuevas y liberadoras. Ese espacio experimental que se abre es típicamente ágamo. Seguro que identificáis ese pensamiento que viene de vez en cuando a la cabeza: “Esto no podría hacerlo si tuviera pareja”. Y no solo en referencia al sexo.

Gran parte, si no la mayoría, de nuestras relaciones y de nuestra vida relacional es ágama. Podemos definirnos como monógamxs, pero somos monógamxs que, dado que no encontramos el camino de la monogamia, debemos “conformarnos” con la agamia. Es eso mismo lo que experimentan quienes desearían ser ágamxs y no saben (no sabían), cómo llevarlo a la práctica. Ya se ve que estamos casi siempre mucho más cerca de la agamia de lo que solemos creernos.

Siguiendo esta segunda condición, una persona es ágama cuando, además de no tener pareja,  en su entorno relacional más cercano no prevalece en ese momento el tener pareja. Eso no le pasa a todo el mundo. Pero todo el mundo puede encontrarse con que, de repente, le está pasando.


3-Una relación es ágama si las personas que la forman no aspiran a tener pareja

Y ya está. Tercera y última. La primera que tiene que ver con la subjetividad.

Hay que entender que se trata solo de una determinación consciente. No nos interesan ahora las profundidades de la psique. Con que ese sea nuestro proyecto manifiesto es suficiente. Después lo lograremos o no, nos desviaremos más o menos, pero le habremos puesto forma a la materia. La ausencia de pareja era la base material, y ahora ponemos el mantenernos así como objetivo, es decir, como arquetipo, como molde, como horizonte. Hemos atrapado el camino por sus dos puntas: el principio y el final. Lo tenemos casi todo. Es más que suficiente.

Está claro lo que viene ahora: ¿en qué consiste ser una persona ágama según esta tercera condición? En no querer pareja (de no quererla nosotrxs, independientemente de que la quieran las personas con las que nos relacionamos). Esto casi la traíamos de serie.


Dos condiciones añadidas

Quizá se diga que estas condiciones son escasas, e incluso que no recogen el espíritu de la agamia. Mi respuesta es que hay algo de razón en eso, pero que el espíritu de la agamia es materialista, es decir, que se fundamenta en las condiciones materiales. Lo que se ha descrito son las más básicas de esas condiciones (no son, como se ve, condiciones estrictamente económicas, pero sí materiales dado que generan una base relacional que necesariamente tendrá que tomar nuevas formas). Partiendo de ellas el campo está abonado para la agamia, es un verdadero jardín ágamo al que le vendrán bien los cuidados, pero que dará flores abundantes y variadas con toda seguridad. Recordemos que buscábamos ejemplos. Si estas condiciones se cumplen total, o incluso parcialmente, estamos ante ejemplos a los que podemos referirnos con toda propiedad para seguir entendiendo, construyendo y desarrollando.

De todos modos voy a añadir otras dos condiciones para recoger con más claridad ese espíritu de la agamia al que me refería. Pero son condiciones extra. Bien entendidas son prácticamente consecuencia natural de las anteriores; son el camino por donde las anteriores nos van a conducir si se llevan a la práctica con un poco de sentido común y criterio moral.


1.Deconstruir el deseo de formar pareja

¡Claro! La voluntad profunda, inconsciente, los hábitos inscritos en el cuerpo, la escalera mecánica de las relaciones, el gamos que no queríamos y de repente ahí está, las dinámicas posesivas… Es lo que se echa de menos en el punto tres, y donde fracasan muchos proyectos ágamos.

Pero, ¿sabéis qué tipo de proyectos ágamos fracasan cuando no se ha deconstruido el deseo de formar pareja? Los primeros intentos. Solo los primeros. El primero nos sale mal comparado con lo que nos habíamos imaginado. Y el segundo, a veces, tampoco nos termina de salir del todo bien. ¿Es eso un fracaso? ¿Eso indica que es difícil? Al contrario: indica que era posible y que lo hemos conseguido. Aunque, claro, teníamos que recorrer un camino. El camino de deconstrucción que se recorre para llegar a tener relaciones ágamas no tiene nada que ver con el polidrama. En poliamor este aparece desde el principio y, normalmente, se perpetúa. La agamia, como digo, puede generarnos una o dos tentativas insatisfactorias. Pero os aseguro que, cuando hacemos valoración tras ellas, ¡el progreso suele resultar asombroso!


2.Construir relaciones

Ni la follamistad, ni la polisoltería, ni ninguna forma de neoliberalismo relacional nos vale. Eso ya lo sabemos. La agamia no va de eliminar vínculos. Va de eliminar una forma de vincularnos, el gamos, que atrofia todas las demás, para que estas puedan crecer plenamente.

Pero, ¿veis? Ahí está de nuevo el valor de las condiciones materiales (podemos decir, si lo preferimos, “estructurales”). Cuando el gamos no está, cuando realizamos la primera tarea, el resto tiende a pasar por sí solo. Por supuesto que nos vamos a seguir relacionando y que lo haremos de forma mucho más profunda y diversa que cuando el gamos lo impedía. ¿Cómo podemos evitar eso si nos necesitamos imperiosamente?

Es cierto que la individualización estéril es una amenaza, y que suprimir el gamos produce vértigo en un mundo neoliberal y socialmente fragmentado. Pero para que la supresión no vaya seguida de la aparición de mejores relaciones hace falta algo más que vuelva a limitarlas. Ese algo, en la mayoría de las ocasiones, no es otra cosa que gamos restante; un puñado de jirones de gamos, de restos de gamos, de souvenirs de gamos expuestos para el envío y consumo inmediato en alguna tienda on-line de reformas amorosas.