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jueves, 7 de enero de 2016

celos: un supuesto práctico

Tengo una relación a la que, para mayor claridad, no voy a privar de nada. Vamos, que, entre otras cosas, es sexual, genital y posee cualquier otro ingrediente exigido para evitar que se considere trucada por superficial. De hecho, es una relación que me aporta una notable satisfacción y que alimenta mi amor propio porque me enorgullece el valor que la otra persona, a quien a su vez valoro en alto grado, me concede.

En esta relación los celos no han hecho, felizmente, aparición.

Dejemos de lado si somos ágamxs ya, o si nos lo hemos hecho para evitar celos, o cómo nos llamamos. El caso es que nuestra comunicación sobre otras relaciones, incluidas aquellas donde el sexo también aparece, no sufre ni de restricción ni de regodeo. Normalidad discreta con respecto al tema.

El caso es que, un día, esta persona se refiere a una tercera a la que conozco y me dice que siente hacia ella cierta atracción. No me dice que haya intensificado su contacto con ella, e incluso me detalla que no ha habido sexo alguno ni tiene clara la intención de procurarlo. Pero, para mi sorpresa, los celos aparecen por primera vez. La sorpresa es doble, no sólo porque sería la enésima relación de la que tengo noticia y me considero más que acostumbrado, sino porque que no tengo yo a esa persona en muy alto juicio y, como contrincante, me parece una piltrafa sin posibilidad alguna de amenazar nada que yo, en ningún sentido, posea o reciba de mi persona amiga.
¿De dónde parten, entonces, mis celos?

Me dedico a darle vueltas y la causa no tarda en salir a la luz. Había dicho que una de las fuentes de satisfacción que esta relación me proporciona es el orgullo de sentirme interesante para alguien cuyo gusto estimo. Sin embargo, esta nueva manifestación de su gusto pone en entredicho que ese gusto sea tan fiable como antes me parecía. El consiguiente deterioro de mi consideración hacia su gusto tiene como indeseable consecuencia que mi propia satisfacción se resienta, pues ahora no soy elegido por un criterio tan crítico, sino por alguien bastante menos selectivo de lo que había pensado hasta ahora.

Ya he encontrado lo que perdí, lo que no obsta para que siga perdido. Ahora puedo hacerme la trascendental pregunta sobre la legitimidad de mis celos.

Lo que he perdido existe, de modo que tienen un fundamento. Esto ya es un factor a favor de dicha legitimidad. No puedo decir que lo haya perdido de un modo excesivamente traumático, sino más bien anecdótico e incipiente, perfectamente llevadero. Éste, por tanto, es un factor en contra. Pero el factor determinante aparece de pronto en mi cabeza con un destello liberador: ¿En qué me basaba yo para esperar que su juicio fuera diferente del que ha sido? Hago inventario de los fundamentos de este juicio y descubro que apenas conozco personalmente a ninguna de las personas por las que en alguna ocasión ha mostrado interés. Más bien he dado siempre por hecho que este interés coincidía con el que podría sentir yo mismo si las conociera. Toda esa presunción de coincidencia se basaba, en realidad, en el conocimiento de un solo objeto de sus juicios de gusto: Yo mismo. Ergo: Si he pensado siempre que tiene buen gusto es, sólo y exclusivamente, porque le gusto yo.

Queda sentenciado que me he construido una expectativa nada razonable sobre el juicio de la persona con la que tengo esta relación. Esa expectativa retroalimentaba la relación, está claro, y la hacía más satisfactoria. Pero era mentira, y me acabo de topar con la realidad. Nuestra relación tenía un poco menos de contenido del que yo pensaba, y tal vez se pueda decir que acabo de descubrir que estoy un poco más solo de lo que creía.
Pero eso es bueno. Muy bueno. Lo solo o acompañado que estuviera en realidad no ha variado ni un ápice. Ahora, además, he eliminado un espejismo en mi relación. Estoy más solo de lo que creía, pero poco voy a notar, porque la soledad real es la misma. Incluso es posible que este descubrimiento abra una vía de convergencia en nuestro gusto que incremente de manera real la intensidad de nuestra relación.

Y, si eso ocurre, tendré que agradecérselo a los celos.

lunes, 1 de junio de 2015

la clave contra los celos: el arte de establecer expectativas razonables


La clave para convertir el infierno de los celos en una indignación que contribuya a mejorar nuestras relaciones y nuestra socialización es aprender a establecer expectativas razonables.

Una primera tentativa didáctica de exponer esta habilidad sería decir que consiste en trasladar las expectativas razonables desde el ámbito de aquellas relaciones que no constituyen gamos a las que lo constituyen. Como nuestras relaciones no gámicas no soportan la presión de satisfacer las exigencias del amor, nuestra actitud al valorarlas y juzgar lo que podemos esperar de ellas presenta generalmente una serenidad que, aplicada a aquellas relaciones que son gamos o que amenazan con serlo, puede resultar saludable.

Pero sabemos que la amistad no es tal, sino más bien un no-gamos, es decir, una relación que se caracteriza precisamente por sus limitaciones. No debe extrañarnos, por lo tanto, su actitud reservona. Su referencia nos es útil, pero no del todo ejemplar. Se trata de captar algo de esa serenidad al juzgar (sin caer en lo que a veces es más bien apatía), no de copiar su modelo de relación.
Establecer expectativas razonables no consiste sino en observar la realidad para disponernos de la mejor manera hacia ella. Éste es, seguramente, el movimiento clave: Dejar de mirar al gamos y volver la mirada hacia la realidad. El gamos es una ficción definida y acabada, mientras que la realidad es perfectamente incierta. Tenemos que acostumbrarnos a la paciencia que exige esa incertidumbre. Tenemos que distinguir entre lo que sabemos y lo que no sabemos en las relaciones. Necesitamos abandonar el “querer creer”. En el cambio, recordémoslo, no perdemos nada, porque todo aquello que se quiere creer sigue entrando dentro de lo que no se sabe, con la desinformación añadida de que se cree saberlo.


Vayamos a un ejemplo práctico. Es característico del pensamiento gámico dar por hecho que quien se muestra interesadx en una relación está en disposición de formar una pareja, de establecer un gamos. Sin embargo, son innumerables las circunstancias en las que puede encontrarse una persona con respecto a sus relaciones, y desde prácticamente todas ellas es posible que muestre interés por aumentar la intensidad con otra.

Sabemos que el pensamiento gámico se desliza cuesta abajo a través de los siguientes prejuicios: Quien intensifica una relación hace que ésta se aproxime al gamos y, por lo tanto, expresa una propuesta de gamos (en castellano pedestre: Quien muestra tanto interés, es que algo quiere). De ahí se deriva la segunda presunción gámica, sin fundamento empírico alguno: Quien propone un gamos, lo hace porque está “limpix” de gamos (disponible).

Dejemos a un lado toda la impertinencia e insensibilidad que implica establecer sobre presunciones tan globales sobre otrxs y, normalmente, no ya precipitadas sino, directamente, supersónicas. Lo que nos importa es comprender cómo los prejuicios que impone el gamos han plantado ya la semilla de los celos mediante la generación de una expectativa insensata. La persona supuestamente solicitada de gamos descubre un gamos limpio a su disposición (¡nada menos que alguien sexosentimentalmente cien por cien aisladx!). En el caso de que no esté interesada optará por alguna de las actitudes que se derivan de dicha conclusión, todas ellas tan impertinentes como la conclusión misma (alejarse, “aprovecharse”, buscarle pareja…). En el caso de que lo esté, el gamos propuesto pasa a ser de su propiedad. A partir de ese momento, todo lo que amenace dicho gamos amenazará su proyecto vital, su posición social, y será susceptible de generar celos, porque estará ocupando un espacio que es exclusivamente suyo.

Este es el origen, por ejemplo, de los consabidos “celos de ex”. La/el ex, para el gamos, es una entidad ideal que es eliminada de la vida con pulcritud perfecta. La/el ex no tiene especificidad, no es de ninguna manera, y sólo se caracteriza por su obligación de no dejar rastro. La/el ex real, lógicamente, y con todo lo estereotipadamente gámico que pueda resultar hablar en estos términos, tiene, en el más higiénico de los casos, una larga cola de vida social y psíquica incompatible con el gamos en su acepción más literal. Toda esta huella dejada por nuestras relaciones, incluso en el caso de que deseemos abandonarlas por completo y que nuestras relaciones no pudieron evitar producir, se convierte, por causa de la expectativa insensata, en territorio conquistado por el nuevo gamos, cuyo derecho de posesión es reivindicado mediante los celos.
Como se ve, la expectativa insensata del gamos impide que las emociones discurran por cauces cordiales, y predispone a las personas a depender de realidades que no son más que espejismos del gamos. Si somos capaces de librarnos de estos espejismos habremos recorrido la mitad del camino que nos separa de una utopía: la impermeabilidad a los celos.

Para ello será suficiente con que desarrollemos el hábito de observar atentamente la realidad. Al principio necesitaremos un poco de disciplina, pero pronto nos resultará extravagante haber estado mirando nunca otra cosa.



martes, 20 de enero de 2015

¡¡¡indignación!!! (y vi). LA LLAVE QUE ABRE LA PAREJA



Resumiendo: En la agamia los celos quedan sustituidos por la indignación, que es una protesta de contenido no limitado a lo sexosentimental.


El funcionamiento de la indignación, al contrario que el de los celos, impide que estos se conviertan en una fuente crónica de sufrimiento y, por supuesto, que fuercen a la exclusividad sexual.


Nuestras expectativas hacia alguien tienen un fundamento real, de modo que es difícil que sufran una grave decepción (el donjuanismo queda completamente desactivado como fuente de celos, pues la expectativa se concreta cuando se conoce la personalidad del don juan o cuando se comprende que no se va a llegar a conocer, pudiendo entonces adaptarse a esta circunstancia). En el caso de que la decepción llegue, nuestras expectativas en la relación son modificadas, con lo que se modifica la relación misma, lo cual, normalmente, ni siquiera tiene por qué implicar cambios destructivos notables.


A la vez, las expectativas no coartan la libertad, dado que son concebidas desde la conciencia de que la libertad es un bien. Aquellas expectativas que limitan en la/el otrx una libertad de la que puede necesitar o querer hacer un uso más importante que el que nosotros hacemos de la limitación son, obviamente, ilegítimas, y nuestro sentimiento de indignación sólo vendrá a señalar que debemos corregir la expectativa.


Éste cambio es clave a la hora de evitar la formación del gamos. Pero la gran pregunta es cómo se aplica esto a un gamos ya formado o, como se expresa en el entorno de los modelos no monógamos, cómo se “abre” la pareja.


Aunque hay que evitar que el gamos llegue a formarse, es evidente que para algunxs es demasiado tarde, y dichas expectativas ya están asumidas e incorporadas de manera estructural a la vida. Hay quien ya vive en un gamos, y lo que necesita es encontrar el modo de salir de él sin que el sufrimiento resulte insoportable.


En ese caso se debe buscar una salida paulatina sincronizada. La construcción de soportes emocionales que ofrezcan integración social fuera del gamos debe producirse a un ritmo suficientemente coordinado como para que lo que cada uno pierda de su gamos, es decir, del sentido que le otorga la entrega del otro, sea remplazado por el sentido que le otorgan otros vínculos. A medida que el sexo se incorpore a esta sustitución, la libertad para disociar el ritmo de liberación del gamos será mayor.


Abrir la cerradura del gamos requiere de un movimiento compaginado. Ambxs miembros del gamos deberán girar la llave a la vez, porque ambos parten de una muy particular circunstancia que los implica en lo mismo. Ésa es la única manera de escapar. Cualquier movimiento de iniciativa individual entregará al otro, mientras yo escapo, a los perros de los celos. Aunque seamos nosotrxs los que salgamos mejor parados, los perros serán más grandes y rápidos si los hemos dejado tan bien alimentados. Y nuestra futura libertad dependerá, en gran medida, de que no nos sangren las heridas.


jueves, 8 de enero de 2015

¡¡¡indignación!!! (v). EL DISPARATE DE LA EXCLUSIVIDAD SEXUAL


Si hubiéramos estado hablando de relaciones de amistad, es decir, no gámicas dentro del paradigma ágamo, apenas habríamos obtenido hasta aquí más que una vulgar descripción de su dinámica. Nada a partir de lo que mejorarlas, salvo, tal vez, algo de claridad.

Sin embargo, desde el momento en que trasladamos el uso de la indignación al gamos, aparecemos en Saturno sin viaje interplanetario previo.

Dije más arriba que uno de los mayores obstáculos para juzgar racionalmente nuestras expectativas es nuestra necesidad inducida de conservar el gamos. Como queremos que, ante todo, no se pierda, aceptamos aquello que el sentido común nos dice que ya no debe ser aceptado, convirtiendo la protesta inútil en una indignación extrema sin salida.

Pero el gamos mismo es un obstáculo aún mayor, en tanto que constituye una expectativa que sería tibio llamar no razonable, porque en realidad es absolutamente descabellada. Lo que esperamos a partir del momento en que establecemos el gamos, es decir, a partir del momento en el que empezamos a ver en la/el otrx un proyecto de pareja, escapa a toda sensatez. No hace falta ir a buscar estos excesos en el supuesto amor romántico. Cualquier descripción del amor, por igualitaria que pretenda ser, nos llenará la cabeza de expectativas a priori, estandarizadas e independientes de las circunstancias de nuestra relación y de la persona con la que nos relacionamos.
El gamos, ese contrato tipo, a través de la filosofía del amor que le da contenido, aparta de nuestra vista a la persona con la que nos relacionábamos, y pone delante un corsé de cuerpo entero en el que ella tiene que encajar. El gamos ciega la relación, convirtiéndonos en potenciales indignados ilegítimos; en bombas de relojería celopáticas.

A la hora de modificar nuestras expectativas, el gamos tampoco nos dejará opción alguna. Un paso atrás es el fin. No hay parejas que sean “un poco menos pareja”, o que involucionen, o que “se abran”. Todo eso se llama “pareja fracasada” y es la antesala de la separación. Así lo manda el gamos: O estás con él, en su galope desbocado, o quedas fuera, el tren pasa, y tú lo miras ya desde tierra. Tú ya estas solx de nuevo. Completamente. Vuelta al punto cero.

Y su expectativa por excelencia es, como todos sabemos, esa extravagancia llamada “exclusividad sexual”. El resto de las expectativas tendrán su fundamento en ella, es decir, que tendrán sentido en la medida en que exista exclusividad (el gamos sin exclusividad no es tal, mientras que, habiendo exclusividad, aunque sea un mal gamos, podrá contarse con que éste existe). La no exclusividad sexual puede aparecer como una fase previa que aproxima a la exclusividad sin vuelta atrás, rodeándola, cercándola, conquistando cada centímetro de apertura hasta que la jaula se cierra. En los modelos no monógamos, el amor exigirá, al menos, partir de las formas de la exclusividad para construir la libertad. Y lo hará así porque sabe que este camino es imposible. A la expectativa a priori de la exclusividad se añadirá un laberinto de reglas, pactos y acuerdos que buscarán sustituir lo insustituible: el carácter sexual de la esencia del gamos. En la medida en que el sexo escape sustancialmente del gamos (es decir, en la medida en que el sexo con mayúsculas se realice fuera) el gamos se va con él. El pacto “atrapagamos” es una hechicería vacía; una superchería que la pareja sin gamos finge para impedir que se desate la fuerza destructora de la melancolía del gamos.
Las expectativas razonables y, por supuesto, las legítimas, quedan fuera de las exigencias de la filosofía del amor. Apenas es concebible una relación en la que la exclusividad sexual pueda, no ya darse, sino beneficiar de modo alguno a las personas implicadas. El resto de las exigencias del gamos, ya sean emocionales o convivenciales, y que acompañan y siguen a la exclusividad sexual, son igualmente estériles. La posibilidad transitoria de ser logradas no legitima su expectativa. La indignación ante su incumplimiento es ilegítima porque, incluso aunque haya un compromiso expreso, dicho compromiso resulta irrealizable.
 
             Lo que se puede esperar en las formas máximas del desarrollo de las relaciones no es cuantitativamente superior o inferior al gamos, sino siempre otro. Lo que el gamos ofrece cuando sus expectativas hacen por ser cumplidas es la frustración en el cumplimiento, porque dichas expectativas no son el fin del gamos, sino el medio por el que alcanza la familia reproductiva, que sí es obtenida.

martes, 30 de diciembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (iv). COMPROMISOS Y EXPECTATIVAS


La construcción de nuestra vida social requiere de la conformación de vínculos estables. Este anatema, que más parece un precepto heteronormativo que una ley universal de la socialización, es, en realidad, una obviedad. Dejemos para otro momento las disquisiciones sobre el concepto de libertad positiva y negativa. Recordemos aquí, simplemente, que para la realización de cualquier acción compartida necesito saber que la/el otrx va a realizarla conmigo. Si voy a cenar con alguien, necesito saber que esa persona acudirá a la cita, y que no la interrumpirá, e incluso que ofrecerá cierta disposición de ánimo adecuada a un encuentro. Hay cosas que requerirán de una estabilidad muy segura (conducir con cuidado), y otras de una muy prolongada (escribir un libro), y las hay que, como el ejemplo de la cena, serán menos exigentes.
 
Mis posibilidades en sociedad, y las posibilidades de la sociedad misma, crecen en la medida en que establezco vínculos adecuados, que aumentan mi libertad, y decrecen en la medida en que esos vínculos son inadecuados o, simplemente, no existen. Dicho de otro modo: mi libertad aumenta en la medida en que puedo contar con lxs otrxs.

Existe una corriente poliamorosa y anarcorrelacional que considera la absoluta no generación de expectativas como la forma adecuada de acabar con los celos: la/el otrx hace y hará siempre lo que desee, y nuestra responsabilidad es no esperar nada en concreto, de modo que evitemos después la frustración y el sentimiento de injusticia que produce la decepción de una ilusión relevante. Se llega a hablar de compromisos elementales, de sentido común, de civismo (fregar los cacharros, no robar…), pero nada más, sobre todo en lo que se refiere a la vida íntima.

La intuición que conduce a esa reflexión es que cualquier compromiso es una amenaza para la libertad; y es correcta. Pero vemos ya que la norma en la que toma cuerpo es contradictoria. Este poliamor hablaría de una completa falta de libertad íntima (una absoluta incapacidad para hacer nada con nadie, salvo por pura coincidencia), por ejemplo, dado que, en ese ámbito, nunca podríamos contar con lxs otrxs para nada. Volvería al temido punto de partida de la monogamia heteronormativa: la jaula sexosentimental.

Mi libertad aumenta, decía, en la medida en que puedo contar con lxs otrxs. Pero, ¿en qué puedo contar con lxs otrxs?

Una expectativa legítima es la que se forma en base a lo que razonablemente podemos esperar del/a otrx, ya sea porque nos lo determina así nuestro sentido de la justicia o porque la relación entre ambxs produce un acuerdo implícito.

No necesito un acuerdo implícito ni explícito para esperar del/a otrx que no me agreda. Mi sentido de la justicia me dice que no puede hacerlo. Si lo hace protestaré pidiendo, precisamente, justicia, y si mi protesta es inútil, si se repite la agresión, o ésta era originalmente abusiva, mi protesta se transformará en indignación y necesitaré tomar medidas que desempoderen a la/el otrx. Mal que bien, la ley suele recoger estas medidas. O al menos así debería hacerlo.

Para que se produzca un acuerdo implícito necesito, sin embargo, remitirme a la relación. Habrá acuerdos implícitos allí donde se entienda así a partir de una observación realista que juzgue también de manera realista. Lo que la relación, en su práctica, no me dice, no puedo sobrentenderlo. Si valoré la existencia de un acuerdo sin que pueda deducirse de la relación, si generé una expectativa a partir de ese acuerdo, si este acuerdo no se cumplió y yo me indigno, entonces mi indignación es ilegítima, porque la expectativa también lo era, ya que no era razonable.

Veámoslo volviendo al ejemplo de la cena.

Las personas 1 y 2 han quedado para cenar juntas, y una persona 3 lo hace en otra mesa. Ésta última tiene una relación mínima con ellas, que puede remitirse a una idea general de respeto social. Ya se sabe: No montarla, no eructar, pagar su propia cuenta… Aunque cabe que la escasísima relación propiciada por la cena produzca pactos implícitos (si 3 deja libre su lado del perchero, 1 y 2 podrán ocuparlo sin esperar que, de pronto, 3 decida usarlo para colgar, por ejemplo, la camisa, a pesar de que, en justicia, ese lado del perchero le corresponde a 3).

Entre 1 y 2 el pacto es más amplio, pero no por ello complejo o difícil de manejar. Ambxs dan por hecho que la cena se desarrollará hasta su final, y que se le concederán las diversas atenciones que correspondan al motivo de la cena, ya se trate de una celebración, de una muestra de agradecimiento, o de una cita para que 1 se desahogue con 2 contándole un problema. Si ambxs han dado pie a generar una expectativa razonable sobre el buen discurrir de la cena (es decir, si ambos saben que la/el otrx no es un/a aguafiestas en quien no se puede confiar el éxito de una noche), el incumplimiento del pacto implícito por parte de cualquiera de lxs dos generará, en la/el otrx, protesta o, incluso, indignación. Si dicha protesta no es atendida y satisfecha, será responsabilidad de/la indignadx modificar las expectativas de la relación y, con ello, la relación misma (en algo afectará, seguramente, a sus siguientes cenas, si es que éstas tienen lugar).

Para que este mecanismo tan sencillo pueda actuar con la fluidez que sería deseable, debe presentar una diferencia radical con respecto a la relación gámica: lo llamaré “desinterés”, como en los juicios kantianos, a riesgo de que se confunda con algo así como “despreocupación”. A diferencia de las relaciones gámicas, contaminadas del deseo perturbador de conservarlas y hacerlas crecer a cualquier precio, las relaciones ágamas deben ser libres para evolucionar según las expectativas razonables que en ellas se vayan estableciendo. Tanto su crecimiento como su retracción deben ser consecuencia, no del deseo, sino de lo más oportuno en cada caso. Ésa será la manera de optimizarlas.

jueves, 25 de diciembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (iii). "¡PROTESTO: SIENTO CELOS!"


Entendemos que los celos están principalmente relacionados con el ámbito de lo sexosentimental. Pero la agamia aspira, tanto a desanudar esos dos componentes, como a designificarlos, resdistribuyendo su trascendencia entre el resto de los ámbitos que puedan constituir una relación.

Por eso, sustituyo el término sexualizado y estigmatizado “celos” por el más neutro “indignación”, y, por eso, dejo en suspenso si éste debe o no ser estigmatizado de nuevo. Ya adelanto que sexualizarlo no lo voy a sexualizar.

Llamamos “indignación” a la reacción emocional que ocasiona aquello que es percibido como una injusticia.

Es evidente, por lo tanto, que su calificación está subordinada a que nuestra percepción de la injusticia sea o no certera; que la injusticia sea o no real.

Hablaremos de dos tipos básicos de indignación: indignación legítima e indignación ilegítima.

La indignación conduce a la expresión de la indignación, a la articulación de su significado, a la expresión de sus razones. Y es en ese momento en el que debe dilucidarse si es legítima o ilegítima. Resulta casi superfluo especificar que la indignación valorada como ilegítima debe ser “devuelta” al individuo. Para éste quedará la realización de una tarea de corrección de su percepción de lo injusto o indignante, de la que hablaré en el siguiente texto.

En cuanto a aquella indignación que es valorada como legítima, también parece lógico que conduzca a una tarea, en este caso a realizar por parte de la persona que suscitó la indignación, y que consistirá en la corrección de su conducta.

Hasta aquí todo muy fácil, incluso en la práctica. Y muy familiar. Exactamente lo que hacemos, o nos gustaría tener la sensatez de hacer, con cualquier conflicto, con cualquier persona.

Pero, ¿qué pasa cuando nos encontramos con alguno de los dos casos en los que el conflicto no se soluciona?



Pues lo mismo. Actuar como si no estuviéramos hablando de amor. Como si fuéramos ágamxs. Como si la agamia formara parte, no sólo de toda nuestra vida no gámica, sino también de la otra.

El primer caso de conflicto no resuelto es aquél en el que la conducta indignante se repite, a pesar de haber sido sentenciada como injusta por ambas partes. Es evidente que en las relaciones no gámicas (cuidado con confundir las relaciones no gámicas con las relaciones ágamas. Las relaciones no gámicas son aquellas que, dentro del paradigma gámico, no producen gamos: Lo que coloquialmente llamamos “amistad”. Las relaciones ágamas son todas aquellas que tienen lugar cuando el gamos ya ha sido plenamente rechazado. Podríamos decir, eso sí, que casi todas las relaciones son, en alguna medida, ágamas, ya que prácticamente todo el mundo manifiesta de manera más o menos expresa algún tipo de reticencia o incredulidad frente a la filosofía del amor) esta circunstancia lleva a una adaptación o reformulación de la relación que puede ser más o menos sustancial.

Si nuestrx amigx es injustx con nosotrxs y, después de haberlo reconocido, vuelve a serlo en el mismo sentido, es nuestra responsabilidad reformular nuestra relación, que no tiene necesariamente que replantearse la denominación, muy vaga por otra parte, sino la forma en que se realiza. Lo más normal será que la modificación tenga que ver con los aspectos de la relación que son dependientes de la conducta que se ha valorado injusta.

Es posible el caso inverso, es decir, que lo que se repita sea la indignación ante una conducta valorada justa por consenso. Entonces la conducta a evitar será la repetitiva e injusta manifestación de indignación. Si quien experimenta indignación ilegítima decide expresarla a pesar de la evidencia de su ilegitimidad, es la/el otrx quien queda legitimadx para hacer lo que esté en su mano con el fin de evitar someterse de nuevo a los efectos de la indignación primera.

El segundo tipo de conflicto no resuelto es aquél en el que las partes no llegan a un acuerdo sobre la valoración de la conducta; en el que no se produce consenso sobre si ésta debe ser o no modificada. Aunque esta situación tiene siempre un horizonte de resolución (como todas, por otro lado), no siempre vamos a conseguir que esa resolución se produzca en un plazo razonable. ¿Qué se hace cuando alguien piensa que la conducta de otrx le perjudica injustamente y la/el otrx opina que no hay tal perjuicio, o que el perjuicio no es injusto? Pues, evidentemente, lo mismo que en el caso anterior: modificar la relación de modo que no quede afectada por esa conducta.


Obsérvese que se habla de modificación de la relación, y no de mutilación de la parte implicada de la relación. Si mi amigx me hace trampas jugando al pimpón, la única alternativa no es dejar de jugar al pimpón con mi amigx. Es posible que la calidad de nuestra actividad común se deteriore en alguna medida, pero también que la adaptación más eficaz a ese obstáculo no sea la supresión completa.

Y, hasta aquí, todo más que lógico, más que evidente, más que conocido. ¿Dónde está la gracia, entonces?

Bueno, una parte de la gracia es trasladar la ética a la relación gámica (lo cual es imposible, claro. Es necesario partir del paradigma ágamo). Pero el verdadero avance estará en la construcción del sentimiento de indignación, del sentido de la justicia. La clave del asunto es la conformación de expectativas que también sean legítimas porque sean razonables.

lunes, 24 de noviembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (ii). EL DOLOR COMO CÁRCEL


Los celos son nuestra prisión material.

Estamos confinados por un sistema sexosentimental complejo pero, si queremos escapar, nuestra mirada se dirigirá, en primer lugar, hacia un elemento tan simple como la cerradura de nuestra celda, hacia las cadenas que sujetan nuestros tobillos, hacia nuestras “esposas” que, en justicia, deberían también ser escritas con la x postgénero. Y esos elementos de represión física, sensible, que impiden el primer movimiento, que objetivan nuestra condición de presos más allá de la ausencia de libertad a la que el sistema nos condenaría aunque nos dejara caminar libres, son los celos.

Nuestra biografía sexosentimental se ha encargado de enseñarnos que la libertad acarrea dolor, que ese dolor no compensa, y que el paraíso amoroso al que podemos aspirar es aquél en el que las causas de los celos han sido razonablemente extinguidas. El sistema amoroso necesita de nuestro terror a los celos para convertirnos en supervisores internos del cierre de la pareja. El precio será abandonar las aspiraciones de vivir el amor como el amor dijo que era: un carrusel de pasión. A partir de ese cambio de expectativa empezaremos a llamar a aquélla forma de amor “amor inmaduro”. Nosotrxs, que no sentimos placer para no sentir dolor, nos consideraremos preparados para el amor de verdad. Aquél que, tras la terapia conductista que es la travesía celopática, nos hace aparecer en una estación inesperada: la de la vida real. Nuestro amor es, ya, gris e invisible, nosotrxs somos grises e invisibles, pero estamos capacitadxs para afrontar lo que el mundo espera de nosotrxs como enamoradxs: la construcción de una familia capitalista patriarcal.

 
Una vez allí, cada vez que el suicidio cotidiano de la rutina sexosentimental nos recuerde que tenemos la obligación de vivir, las cadenas de los celos resonarán en nuestra conciencia produciéndonos escalofríos. Los celos acosarán nuestros sueños con un mantra siniestro: No hagas daño y no te harán daño.

Habrá quien, a pesar de todo, acepte este sufrimiento como precio por su libertad. Habrá quien, incluso, aprenda a vivir con él. Pero de poco nos sirve. Por cada unx que lo consiga, centenares quedarán agotadxs y volverán a su jaula, más mutiladxs que antes, y más deseosos que nunca de encontrar, al menos, la paz. Lxs que escaparon, ahí fuera, se encontrarán sufrientes y solxs. O casi solxs, que es casi lo mismo.

 
No romperemos estas cadenas por la fuerza. Debemos entender por qué se nos han puesto, por qué existe un carcelero de extracción popular que cree en la cárcel en la que nos encierra, por qué podríamos ser, o somos, sangre con sangre de ese carcelero que siempre hace oídos sordos al grito de “¡no sirvas a quien nos oprime!”

La materia de la que están hechos los celos es el deseo de libertad del/a otrx, pugnando en dirección opuesta. Debemos reorientar nuestro esfuerzo y convertirlo en una sinergia.

Para ello, empezaremos devolviendo a los celos a su carácter original de emoción identificadora de una injusticia, previo a la cínica sanción con que hoy son señalados. Para la agamia no existirán los celos. Hablaremos sólo de “indignación”. A partir de ahí, será sencillo determinar la pregunta moral universal de si cada indignación puntual es o no justa. De cuándo estamos luchando por una libertad “nuestra” o por una libertad sólo “mía”.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¡¡¡indignacíón!!! (i). LOS CELOS SON EL DEMONIO


                        "¿Sabes en qué veo que las comiste de tres en tres? En que yo las comía de dos en dos y tú callabas.”
                                                                                                  Lazarillo de Tormes.

En nuestra cultural, los celos padecen un estatus contradictorio, y su prestigio se encuentra en pleno declive. Pero es posible que, en la evolución que su imagen pública sufre, el patriarcado haya conseguido hacernos seguir una pista falsa. Por razones imprevistas, cuanto más intentamos escapar de los odiosos celos, más caemos de nuevo en la cárcel del gamos. El sistema ha conseguido que empleemos todas nuestras fuerzas para correr en dirección a su trampa.

En las últimas décadas, con la normalización de la separación como respuesta a los problemas de pareja, los celos han sido eliminados de las emociones moralmente legítimas. Han pasado a la categoría de emoción patológica porque se da por hecho que la infidelidad comprobada no debe conducir a la conservación de la pareja en un marco emocional de celos, sino a la separación. Quien siente celos ante una infidelidad, y no se separa, está asumiendo y tolerando la infidelidad, y pasa a ser causante y responsable de sus propios celos. Quien siente celos, pero no ha podido comprobar la infidelidad, carece de legitimidad para trasladarlos a la pareja, queda valoradx como paranoicx, y se atribuye dicha percepción distorsionada de la realidad a componentes de inseguridad y posesividad en su carácter profundo. La explicación acertada, pero superficial, de la mayoría de los casos de violencia patriarcal como consecuencia de los celos convierte a esta manifestación de los mismos en referencia equivocada para las restantes.

Estos nuevos mantras de la filosofía del amor son errores extremadamente groseros y sangrantemente inmorales. Explicaré por qué.

Los celos se encuentran, como vemos, en un impasse histórico. Si bien es cierto que han perdido todo su pasada autoridad, mediante la que podían legitimar cualquier acción más allá del respeto a ley alguna, también es cierto que la ideología que los generó, y a la que tan eficazmente sirvieron, sólo se ha reformado y adaptado al surgimiento de los feminismos, sin perder en absoluto su vocación opresiva. Han servido de cabeza de turco en la reforma de un sistema que busca, y, en gran medida, logra, permanecer sustancialmente intacto.

Así, ¿quién diría que, denunciando los celos, hacemos un inestimable servicio al patriarcado? Pues ése es el caso. La prueba (siempre oculta) es que, aunque las manifestaciones más espectaculares de los celos son las que degeneran en violencia patriarcal, debemos entender que ésta es posible en la medida en que el individuo puede permitirse el imponer la voluntad que suscitan sus celos, es decir, da un falso ejemplo, con ello, de una relación sistemática entre celos y violencia (y no entre poder y violencia, que sería la verdadera lección, la verdadera exégesis del acto) que oculta, precisamente, la manifestación del grueso de los celos, de los que es paciente la mujer.

Lo que debemos entender, por lo tanto, es que, históricamente, la inmensa mayoría de las experiencias de celos, (como complejo emocional de ira, miedo y tristeza provocados por la puesta en entredicho de la relación gámica mediante una relación sexual externa a ésta), son experimentados por las mujeres y reprimidos por el patriarcado. Serán aquellos celos que el patriarcado considera indicio de lo que cae intolerablemente fuera de la norma, es decir, los experimentados por los hombres, los que conducen a violencia de género y se convierten en falsos paradigmas.

Los celos son la reacción emocional de indignación específica al flujo de poder llevado a cabo en la relación sexual, y valorado subjetivamente como injusto. Los celos son el mensaje emocional de que se está produciendo una injusticia. Así, hay más celos allí donde hay más injusticia, siempre que la valoración de dicha injusticia sea sensata. La tendencia a la percepción injusta del justo reparto de poder, propia del opresor, genera celos ilegítimos que, sin embargo, se visibilizan con más facilidad precisamente por venir del individuo empoderado.

 
La diferencia entre los celos y una indignación convencional es que aquéllos caen hoy bajo una condena social que añade a la indignación el componente represivo que lleva a la mala conciencia y la ocultación. Si echamos la vista atrás encontraremos que, antes de ser condenados, los celos funcionaban del mismo modo que una indignación cualquiera. No hay diferencia entre que Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, sea padre o esposo de la ultrajada Isabel. Matar a Don Álvaro es, según la moral que promulga Calderón, la consecuencia legítima de su indignación, como lo sería si le hubiera robado las tierras. El componente de mala conciencia desaparece, como desaparece el desprestigio social hasta el punto de ser tan enaltecido por su acción como hoy lo es quien evita un desahucio.

Estos celos legítimos de clase, reconocidos y visibilizados por la literatura del XVII, son idénticos a los celos de género, ni reconocidos, ni visibilizados, ni reivindicados jamás por literatura ni cultura alguna. Cuando hablamos de los celos, por lo tanto, unimos una emoción a un juicio ético, mezclando así dos cosas inmiscibles, de un modo muy útil al patriarcado. La discriminación que debemos exigir desde la teoría de género, desde la crítica a la heteronormatividad, y, por descontado, desde la agamia, es la existencia de celos normativamente legitimados del patrón, frente a celos normativamente deslegitimados del siervo. Cada uno de estos celos desempeña una función en el patriarcado. Cuando éste sacrifica el privilegio de reivindicar sus ventajas a través de los celos, lo acompaña de la exigencia de que el grupo oprimido deje de denunciar su opresión por ese mismo método.

Y el negocio, según se estaban poniendo las cosas, le sale redondo.

domingo, 5 de febrero de 2012

celos. actividad I

             Piensa en todas tus amistades de tu misma orientación sexual cuyo nivel en la pirámide eróticosentimental es inferior al tuyo, es decir, aquellas que ligan menos que tú. Escoge en tu imaginación a la primera de todas, a la que consideras mejor persona y en quien más confías. Recuerda cuánto crees que le gusta tu pareja.

             Intenta ahora imaginar cuánto crees que le gustaría si, en vez de encontraros en la situación actual, los dos fueran personas solteras, no te conocieran, y tuvieran la oportunidad de tratarse extensamente.

             Si entre ambos niveles de atracción existe una diferencia considerable, procura imaginar a tu amistad actualmente instalada en el segundo, plenamente sensible al atractivo de tu pareja. Piensa en el esfuerzo que para tu amistad viene significando convencerse de que no es sensible a dicho atractivo o, al menos, convenceros a vosotros. Piensa en lo diferente que sería que se dejara llevar por el amor e intentara arrebatarte a tu pareja, aunque tuviera pocas posibilidades de lograrlo. Piensa en cuanta envidia deja de manifestarte, siendo justo que lo hiciera ya que tu amistad no puede acceder a una pareja tan deseable como la tuya. Intenta, mediante esa reflexión, desplazar tu experiencia emocional de los celos al agradecimiento. Si lo logras, intenta estabilizarlo, añadiendo esta razón a la nómina de deudas para con esta amistad.

martes, 11 de octubre de 2011

celos. EPÍLOGO. ¿qué podemos esperar?

             La idea de la ausencia de celos asusta a algunos mediante el fantasma de la imprevisibilidad total. Frente al relativo control que los celos ejercen sobre la pareja, el riesgo de no tenerlos amenaza con algo más que la diversificación de la vida sexual. Si no podemos ser celosos, la estabilidad de la vida afectiva parece tambalearse por completo.
             Que no cunda el pánico. Recordemos nuestras herramientas y apliquémoslas ahora. Estamos, no lo olvidemos, innovando. El vértigo y el vacío formarán parte de nuestra experiencia, así como la creación y, por supuesto, la mejora.
             He afirmado que los celos surgen allí donde el individuo percibe la pérdida o deterioro de la relación de pareja (me referiré en adelante sólo a "relaciones" para no predeterminar el número de individuos que las forman). En no significa nada he explicado la razón por la que el contacto sexual no forma parte, paradójicamente, de la causa primera de los celos. Lo sintetizaré en la siguiente afirmación: los celos están enfocados hacia el sexo fuera de la relación porque éste ha sido identificado como la máxima amenaza para su conservación. Son el ejemplo paradigmático de su causa, pero no la causa en sí.
             Efectivamente, muchas cosas pueden romper una relación, pero sabemos que el inicio de otra mediante la ceremonia inaugural del sexo es una declaración de guerra. Cuando la persona con la que conformamos una relación empieza a tener vida sexual fuera de ésta, nosotros dejamos de ser imprescindibles en el único terreno en el que lo éramos por decreto. A partir de ahora la exclusividad va a desaparecer, y nuestra posición de ventaja se convertirá en una de igualdad. Constituiremos otro término más de la comparación, y ya no será suficiente con existir y ocupar nuestro lugar; ahora deberemos ser mejores. Pero, además, sabemos que ese otro con el que se nos compara acaba de empezar a luchar contra nosotros. Él quiere lo mismo que tenemos, y la superación de la barrera del sexo lo convierte en oponente oficial. Ya no esperará a que estemos en crisis. La moral del amor le da derecho a provocar nuestra crisis. Ya no sólo tenemos que ser mejores que otro; ahora ése otro, a su vez, intenta ser mejor que nosotros. Cuando la otra relación sexual arranca se levanta la espada de Damocles, que deberá abatirse, al menos, sobre uno de los dos contendientes.
             Esa espada es el problema, y no la relación sexual (ni, en realidad, la de ningún otro tipo). Entendámoslo: los celos están más que justificados si aquello que los provoca puede conducir  a la pérdida de algo profundamente querido y relevante. Llamemos a ese efecto “pérdida traumática". Es precisamente en la pareja abierta donde cabe la posibilidad de que la amenaza no se produzca, porque su la teoría dice que las distintas relaciones no son incompatibles.
             Aquél que comienza una nueva relación es el que tiene la sartén por el mango y de quien depende que tenga lugar, o no, una pérdida traumática. Eso es lo que tenemos derecho a esperar cuando disfrutamos de una relación abierta: la ausencia de pérdidas traumáticas. Pero, para construir nuestro entorno afectivo eficazmente, para desarrollar lazos profundos, necesitamos seguridad. La pugna entre seguridad y libertad debe resolverse en la siguiente respuesta unificadora: esperar de los demás aquello que es justo que esperemos.
             La vida es evolutiva, y así deben ser las relaciones. Hagamos lo que hagamos de ella, aquéllas deben quedar como estaban. Con el tiempo se transformarán, claro, por sí mismas o por los cambios de todo tipo que se producen en la vida y que repercuten también en ellas. Pero el afecto debe ser comprometido, y no visceral, porque para que el otro pueda aferrarse a él necesita de su solidez. La variante de relación abierta que propone el poliamor utiliza esta sencilla y acertada máxima: cada relación debe evolucionar por razones internas, y no externas, ella.
             La principal razón externa que hace peligrar una relación es la incompatibilidad que puede plantear la relación nueva. Debe ser norma de hierro no caer en presión alguna que una relación ejerza contra otra. Para que vivamos la libertad con cordialidad es imprescindible respetar el resto de las relaciones y que éstas respeten las nuestras. Confiando en que no perderemos lo que tenemos salvo si se surgen en ello mismo razones para esa pérdida, la libertad del otro dejará de ser una amenaza.
             Los celos estructurales acabarán, y aparecerán como celos legítimos, coyunturales (no estructurales), cuando nos quiten aquello que se nos habían dado con garantías de perdurabilidad. Cuando se beneficie injustamente a otro a nuestra costa tendremos derecho a estar celosos. Cuando se nos quiera convencer de que tenemos lo que no tenemos para sufrir su ausencia en el momento de necesitarlo, nuestros celos serán justos.
             Hablando de relaciones que se presuponen sentimentales-sexuales, el discurso resulta chocante y se nos antoja complicada su aplicación. Pero estamos sobradamente cualificados; somos expertos, en realidad. No hablamos de otro modelo que del que intuitivamente aplicamos con los amigos. ¿Cómo llamamos a alguien que le dice a su amigo: “Nuestra amistad ha terminado porque acabo de empezar otra”? Mal amigo. ¿Y a quien no nos deja tener otros amigos por miedo a que dejemos un día de serlo suyo? Mal amigo, de nuevo, posesivo, envidioso. ¿Qué nos parece que un amigo nos pida ser clasificado entre nuestro grupo de amigos como "el mejor amigo”? Una mezquindad, sin duda, pues la condición de mejor amigo no requiere de clasificación si se produce y se violenta con sospechosos fines si se encasilla en un ranking. ¿Qué actividad tenemos dedicada en exclusiva a un solo amigo, sin posibilidad de cambio o aumento en el número de los mismos? Sólo aquella en la que la exclusividad se produce casualmente, y nunca buscada o conservada por imposición. ¿Qué es un amigo que un día nos considera amigo, y el otro no tan amigo, y el tercero su mejor amigo, y el cuarto nos trata como si no nos conociera? Un caprichoso, un adulador de conveniencia, un no-amigo. ¿Y aquél que, tras meses de evolución, se sorprende un día porque nuestro trato con él no es tan rico como tiempo atrás? Un amigo impermeable a la comunicación, que no se preocupó por la relación hasta que se vio perjudicado por sus cambios; un acomodado.
             Todos llevamos haciendo esto nuestra vida entera, los buenos amigos, bien, los malos amigos, mal, siempre reconociendo el trauma injustificado como la traición a la amistad, y la posesividad como la antiamistad, la utilización del amigo para paliar nuestros temores con el precio de su libertad, de su crecimiento, de su vida.  Simplemente, sigamos haciéndolo.

lunes, 3 de octubre de 2011

celos. PARTE 3. olimpo

            
 Hemos visto hasta ahora que los celos son una emoción funcional. Su desprestigio forma parte de la doble moral que está en el alma de nuestra regulación sentimental. Por un lado condena lo que por otro fomenta, y el individuo queda desgarrado de sí mismo por la vergüenza que le provocan sus sentimientos y desgarrado de la sociedad porque nadie, desde fuera, puede ayudarle a darles expresión, sin invitarle a una violencia desproporcionada.
             Hemos visto, en otras palabras, que nuestra apuesta por la pareja monógama es tan alta que su pérdida sólo puede ser trágica, y que recibimos tantas garantías al hacer frente a esa apuesta, hasta tal punto se nos dice que es segura, que cualquier tipo de fallo lo atribuimos a una traición cuando, en realidad, nosotros mismos no estamos cumpliendo el contrato.
             Pero ni lo hemos visto bien ni lo podemos ver en más detalle. Sólo debemos recordar que si los celos son indignación por la no obtención de lo esperado en el terreno sentimental, un sistema que pida lo imposible será generador de celos estructurales. Si no queremos celos, tendremos que replantearnos lo que pedimos. En purgatorio (y ii) abandoné a los monógamos precisamente porque sus celos no pueden ser resueltos, sólo descritos.
             Este texto se centra en los celos y no en el concepto de amor de modo que no queda espacio para justificar el siguiente salto. Diré, sin más detalle, que lo que groseramente entendemos como “relación abierta” está más próximo que la monogamia a esperar del otro aquello que el otro puede ofrecer, y diré que, por tanto, es ésta la alternativa donde hay alguna esperanza de que los celos desaparezcan.
 Repito esta afirmación, para afianzar su aparente contrasentido. Las únicas relaciones en las que los celos no están presentes de modo universal son las abiertas.
             ¡Qué contradictorio con nuestra experiencia! ¡Todos sabemos que los celos que provocan son precisamente la causa de que las relaciones abiertas acaben fracasando! A ese tipo de relación es al que nos resignamos a renunciar para evitar el dolor de saber a nuestra pareja en brazos de otra persona, o de saberla sufriendo mientras lo estamos nosotros. Y, sin embargo, cuando alguien entabla una relación abierta desde la consciencia y la responsabilidad, se le presupone aceptando las consecuencias.          
Pero, claro, rechazamos al enemigo y aceptamos sus regalos. ¿Qué podemos esperar?
Construimos el ideario de la relación abierta restando la exclusividad sexual pero conservando el amor  y, con él, la idealización. Tras la idealización la decepción y, con ella, el sentimiento de traición. Por fin, los celos de nuevo. Y, como el amor es inocente siempre y a priori de toda culpa, y como nos hemos salido de la senda sagrada para jugar con lo prohibido, tenemos claro donde está el pecado: las relaciones abiertas son una quimera; no te puedes librar de los celos. ¡Vuelve a la monogamia, incauto, antes de quedar marcado para siempre! Cuando el hijo pródigo retorna al hogar de la pareja tradicional, cuando nuestras amistades “raras” irrumpen de nuevo en el noviazgo, lo hacen siempre con la inercia atropellada de quien venía huyendo. Intentarán disimular, pero en sus ojos aún podremos encontrar el reflejo del terror.
             Relacionarse abiertamente (¡qué bien suenan las variaciones del término!) requiere renunciar al amor. Pero, para que una condición que presumimos inhumana no nos disuada antes de empezar, sustituiré el término “amor” por el de “idealización”. Nuestras expectativas sobre lo que el otro (monógamo, polígamo o lo que quiera que sea) puede ofrecernos serán, y esta es la descabellada propuesta revolucionaria, realistas. Desarrollar ese realismo será nuestra responsabilidad, y a nadie podremos acusar de no haber dado lo que no puede dar. De hecho, ni siquiera podremos acusarle de no dar lo que no es justo que dé, incluso aunque nos lo hubiera prometido, pues nosotros, al aceptar su promesa, lo habíamos sometido a un compromiso injusto.
             Entendamos, por tanto, que para que la renuncia a la exclusividad sexual de aquella persona con la que tenemos una relación abierta sea realizable debemos renunciar al resto de los imposibles. Nuestra sexualidad con ella deberá perder trascendencia a priori (bienvenida la trascendencia que surja, pero acéptese que no exista si no aparece, y que no constituya esto una losa para el resto de la relación, compóngase de lo que se componga), pudiendo dicha trascendencia surgir con otros individuos. La persona con la que mantenemos una relación abierta no podrá ser la fundamentación de nuestro ser, la que nos da sentido y valor con su opinión sobre nosotros. Mediante sus otras relaciones se nos manifestará con claridad que no nos diviniza, y en tanto que opina sobre nosotros de modo tan realista como no podemos nosotros evitar opinar sobre ella, deberemos renunciar a su adoración. Nuestra comunicación, por lo demás, avanzará paulatinamente, y no mediante una mágica conexión que nos permita aferrarnos al espejismo de que alguien nos conoce sin necesidad de que nos mostremos. De lo que queremos que sepa sólo entenderá parte, y, a veces con gran esfuerzo. De lo que queremos ocultar, parte le resultará evidente, y tendremos que convivir con su descubrimiento. A su vez, nosotros sabremos que no sabemos, recordando que quien cree saberlo todo sobre su compañero sólo suma esa idea a su ignorancia.
             Todas estas renuncias parecen vaciar la vida de sentido. Y, sin embargo, se trata de un sentido del que jamás hemos gozado. En realidad no estamos haciendo más que madurar y superar el pensamiento mágico.
             Y en la práctica, ¿qué? Leer y/o estar de acuerdo con este texto no implica dejar de sentir celos; nos tienen bien atados. Pero si nunca hubiéramos caído en su trampa, con aprender a relacionarnos desde el realismo habría sido suficiente. Ahora es tarde y debemos reeducarnos. Primero, la conciencia: la comprensión extensa e intensa del alcance de la desidealización. Después, las emociones. Al principio, mediante suaves y paulatinas exposiciones a lo que en teoría ya no nos da miedo. Poco a poco, a medida que racionalizamos, a medida que el odio, el miedo y la pena se desvanecen por la ausencia de causa, normalizaremos la apertura de nuestras relaciones.
             Y los celos seguirán con nosotros, pero dignos y serenos, dispuestos a reivindicar ni más ni menos que lo que es justo, lo que se puede dar sin merma dramática para quien lo da o quien lo pierde. Sin renuncias inhumanas ni afectos ficticios. Dispuestos a actuar cuando sean necesarios pero conscientes de que pueden no serlo porque, ahora, también las relaciones honestas están a nuestro alcance.

lunes, 26 de septiembre de 2011

celos. PARTE 2. purgatorio (y ii)

            DISFUNCIONALIDAD
            Si bien los celos funcionales presentan una estructura que los convierte en poco más que un caso particular de reacción ante una ofensa, los disfuncionales, aquellos que no son útiles al individuo sino que, por el contrario, se constituyen en problema, no pueden interpretarse simplemente como una mala reacción. Lo que llamamos celopatía, en sus distintos niveles, es una contrariedad omnipresente. Demasiado extendida, por tanto, para que se pueda explicar sólo por la presencia de una anomalía individual.

            Se convendrá en que el individuo propenso a sentirse ofendido lo suele ser, también, a sentirse celoso y, sin embargo, no se cumple la relación inversa. Por ello, necesitamos un factor más que multiplique la incidencia en el caso de la protección de la relación, y éste se encuentra en la forma de identificar el peligro para la relación, que es perturbada por la incoherencia de la filosofía del amor romántico.
            Llamo filosofía del amor romántico al conjunto de descripciones de la emoción del amor que fundamentan la entrega a la relación monógama tradicional y cuyo rasgo común y característico es la idealización. No es éste el lugar para profundizar en esta idealización, pero baste decir que su función es persuadir al individuo de lo conveniente de la opción monógama con vocación de perpetuidad.
            El desinterés del afecto amoroso, la exultante vida sexual, la exclusividad de la atención, la plenitud existencial de la vida en pareja, la sinceridad sin tacha, son todas ideas que desafían al sentido común, pero sin las cuales la monogamia no presentaría atractivo. Véase que muchas de estas idealizaciones tienen por objeto la entrega de nuestra pareja para con nosotros. La realidad será, después, infinitamente más modesta. En el camino hasta el descubrimiento de lo posible, de lo realizable, el individuo se considerará repetidamente traicionado. Al ser el amor impermeable a la acusación de traición, ésta sólo podrá recaer sobre la pareja que, incapaz de cumplir como ideal, condenará al ofendido a la indignación por celos.
            Para su sorpresa, el indignado no encontrará en el entorno social un apoyo tan unánime como honesto le resulta su dolor. Según el nivel de aceptación de la realidad alcanzado por cada interlocutor al que acuda, manifestará hacia los celos del ofendido aprobación o reprobación. La aprobación hará que conserve la indignación explícita, pero la reprobación, creciente en la medida en que la indignación no se supere progresivamente, la reprimirá convirtiéndola en sentimiento de vergüenza. Esta represión, estos celos pensados como justos pero socializados como injustos, esta vergüenza por lo que no se puede evitar sentir, es el origen de la obsesión celopática.
            En resumen, iremos descubriendo a lo largo de la vida que nuestra pareja no nos cuenta todo, que tendrá siempre ojos para otras personas y que su opinión sobre nosotros no nos convierte en especiales. Iremos adaptándonos a estas realidades en la medida en que soportemos la coexistencia de una teoría incongruente con su práctica, en la medida en que nos conformemos con la incongruencia como mal menor. Y, en la medida en que sigamos esperando que nuestra pareja sea lo que el amor nos prometió, desarrollaremos una indignación enquistada en rencor, incomprendida y culpable, una desconfianza sistemática o, incluso, unos celos obsesivos.
            Los celos obsesivos son, por lo tanto, plenamente legítimos. Nuestra pareja tiene todo el derecho a estar celosa de nosotros, porque no estamos cumpliendo con nuestra parte del trato. Más difícil le resultará entender que nosotros estemos celosos también, y con el mismo derecho, ya que ella hace lo que puede por cumplir y, allí donde no lo logra, le resulta ya inviable.
            Como se ve, no hace falta remitirse a la inmoralidad individual, a la inseguridad endémica, a trauma personal alguno, para explicar la vigilancia perpetua a que los miembros de la pareja se someten mutuamente. En ocasiones encontramos a los celos convertidos en fuente de abuso, en injusta herramienta de dominación de una parte sobre la otra, pero hemos de entender que ese fenómeno es sólo la hipertrofia del ya descrito, allí donde al lógico y universal surgimiento de los celos le se suma a la falta de escrúpulos.
            También conocemos casos en que los celos parecen haberse suprimido por completo, confirmando nuestro anhelo de que puedan aparecer sólo como consecuencia de una traición; de que haya forma de conciliar el amor y la pareja. Pero, observadas estas parejas de cerca, encontraremos enseguida la violencia que le infligen al amor, traicionando de mutuo y tácito acuerdo aquello que, en un principio, esperaron de él. Estas relaciones son, en mayor o menor medida, formas cordiales de convivencia. Sus miembros no encontrarán más razón para estar juntos que la cautelosa renuncia a toda ambición sentimental. Cada uno de ellos sabe que su pareja no tiene una gran opinión del otro, que se reserva grandes parcelas de intimidad (no porque sea esa intimidad concreta en sí necesaria, sino porque es inconfesable) y, por supuesto, que su interés sexual está enfocado lejos de la pareja (o desaparecido dentro del subconsciente, que es otra forma de sacarlo del espacio que les es común).
            Si renunciamos a los celos, entonces renunciamos no sólo a la monogamia, sino al amor mismo que constituye su propaganda idealizante. Con ello damos de lado a la única forma de vida sentimentalmente motivadora que conocemos.
            Y si no renunciamos volvemos del purgatorio al infierno.
            Al optar por buscar un nuevo camino, no nos queda mucho que perder.