martes, 21 de marzo de 2017

5 claves para llevar la agamia a la práctica.


“Pues muy bien, ya sé lo que es la agamia. Ya puedo diferenciarla de un gibón, de la estética trascendental e, incluso, del poliamor.

Ya aprobaría un test sobre agamia, pero lo que de verdad quiero saber es cómo llevarla a cabo. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se es ágamx?”

No han sido pocas las veces en que he recibido críticas por definir y describir la agamia en sentido negativo, desde lo que la agamia rechaza.

Voy a intentar dar a esas críticas parte de la satisfacción que merecen con un texto tan claro y concreto como me sea posible. Y, sobre todo, tan positivo.

Y para ello voy a aprovechar el formato bloguero por excelencia: la lista de claves, o reglas, o principios, o consejos, o como se quieran llamar. Cinco ideas, que también es una cifra apetitosa.

Vamos con ellas.

1-NO TENGAS PAREJA.

¡No, no, no! No es empezar con las negaciones otra vez. Aunque es la regla que da sustancia a la agamia, y todo el mundo se la sabe, no está de más recordarla en una lista de “trucos básicos”. 

Comprobarás, si no lo has hecho ya, que no formar pareja es algo absolutamente positivo, es decir, que requiere de una actitud muy consciente con consecuencias muy visibles. Que es, en definitiva, lo contrario a no hacer nada.

Y, si aun así, esta primera regla te resulta insípida, añádele, además, el decirlo.

Que tu entorno (o la parte que consideres segura en él) sepa que no formas pareja. Que no es que no tengas. Que es que no la quieres. Que tú lo haces de otra manera.

Te garantizo dos cosas: La primera, muchas conversaciones sobre agamia que te obligarán a reflexionar sobre tus propias ideas relacionales. La segunda, muchas sorpresas. Mucha gente pensando en ti, en cómo vives, en cómo lo haces, tal vez sin decírtelo nunca, tal vez, cuando menos te lo esperes, diciéndote: “¿sabes una cosa? Yo también soy ágamx”.

2-DISFRUTA DE TU SITUACIÓN.

La agamia tiene desventajas que, en general, conocemos: poca gente que la practique, que la entienda o que ni tan siquiera parezca preparadx para concebirla; cierta discriminación a la que la amatonormatividad nos somete; incertidumbre por no saber exactamente en qué consiste lo que tenemos que hacer ni si llegaremos a satisfacer nuestras necesidades con ella…

Pero hay ventajas que tendemos a olvidar, simplemente porque no podemos cambiarnos de modelo como cambiamos de menú, y es tan fácil acostumbrarnos a lo bueno y dejar de verlo como obsesionarnos con aquello que parecemos haber perdido incluso aunque no lo consideráramos antes de gran valor.

Es muy posible que la agamia te esté ofreciendo varias cosas que merece la pena recordar para disfrutar plenamente de ella. Sobre todo estas dos:

En primer lugar te ofrece paz. Es muy posible (aunque no seguro) que la montaña rusa emocional haya pasado a mejor vida. Los conflictos no se han extinguido, pero han dejado de ser un trastorno sistemático. No sólo hemos dejado de jugárnoslo todo a una carta; en realidad hemos dejado de vivir las relaciones como si fueran la visita a un casino, del que aspiras a salir forradx pero es muy probable que ocurra todo lo contrario. Ahora esto se parece más a un jardín o un huerto, y la felicidad tendrá más que ver con disfrutar del crecimiento diario de las cosas que con la posibilidad de que de repente nos broten tomates de oro.  ¿Demasiada paz? Eso sería malo si viniéramos de la felicidad. 
Pero no venimos de ella. Lo que la paz nos trae no es aburrimiento. El aburrimiento ya estaba aquí, y se ocultaba, sobre todo, tras una gruesa capa de problemas. Ahora lo que tienes no es aburrimiento, sino la oportunidad de pensar cómo salir de él.

En segundo lugar te ofrece crecimiento, o descubrimiento, o deconstrucción, llámalo como quieras. ¿Sabes esas personas que descubren un día, tal vez a los 45 años, que llevan toda la vida reproduciendo en bucle su proyecto sentimental, como si aún tuvieran 20, como si la vida se hubiera parado entonces? Pues tú ya no eres de ésxs. Tú has vuelto a poner el motor en marcha. Y, del mismo modo que entonces tenías la sensación de que no sabías muy bien a dónde ibas, y de que descubrías e inventabas el mundo a partes iguales, ahora el camino vuelve a ser nuevo, y vuelve a ser hacia delante. Da un poco de vértigo, pero recuerda que es justo lo que a todo el mundo le gustaría hacer. Es el tipo de vida que lxs demás lamentan continua y cansinamente no estar viviendo.

3-¡PROPÓN!

La pregunta que verdaderamente asedia a quienes practicamos la agamia es “¿cómo vamos a conseguir ahora aquello que sólo se conseguía en pareja?”

La vieja amistad gámica está muy bien para tomar un café, y a veces para algunas cosas más. Pero sabemos que tiene las alas cortadas.

Nos toca, ahora, pegarle de nuevo cada pluma.

¿Te apetece pasar el fin de semana con alguien? Piensa en quién sería la persona adecuada y hazle una propuesta concreta, respetuosa y clara.

El mundo gámico lo va a entender todo según un plano en pendiente: si tú estás arriba y la otra persona está abajo, no propongas, que se puede enamorar. Si la situación es inversa, no propongas, no vaya a ser que te enamores tú.

No aceptes esa pendiente. Construye en ella espacios llanos, terrazas, y queda en ellas: “ésta es la idea de lo que quiero hacer, ni más ni menos. ¿Te apetece?” Si no quiere hacer todo eso, que recorte la propuesta; si quiere ampliarla, que lo diga explícitamente. Pero la terraza es la terraza. No es el paso previo para ir a ningún otro sitio. La terraza es buena y útil en sí misma, y usarla bien consiste en disfrutarla.
Y si nadie quiere disfrutar de tus terrazas, entonces puede que te venga bien ampliar un poco el círculo. Aunque, como te decía en el primer punto, te aseguro que pronto empezarás a recibir visitas inesperadas.

4-PIENSA EN COLECTIVO.

Esto no va de preguntarnos qué necesitamos e írselo pidiendo a la gente. Esto va de preguntarnos qué necesita la gente, entre la que, por supuesto, nos contamos nosotrxs, y proponer terrazas para satisfacer esas necesidades.

Vas a construir mucho mejor tus propuestas cuando descubras qué están necesitando quienes hay a tu alrededor. Y no quiero decir que te preguntes qué es lo que está necesitando aquella persona con la que quieres pasar el fin de semana, de modo que tengas algo que ofrecerle a cambio. Me refiero a las personas de tu entorno en general. Lo que más necesita tu entorno, sin duda alguna, es lo que más necesita la persona más necesitada de tu entorno. Ésa es la necesidad que más urge satisfacer. Cuanto más integrado está ese entorno más propia se hace para cualquiera la necesidad de la persona más necesitada, es decir, más pasa a ser mi/nuestra necesidad. En esa situación es muy fácil hacer propuestas, y muy fácil que sean aceptadas.

De hecho es muy fácil que te propongan, precisamente, aquello que tú necesitas y que no sabías cómo proponer.

5-ROMPE LA BARRERA PSICOLÓGICA DEL GAMOS: NO HAY NINGUNA BARRERA.

El gamos nos induce a pensar que no hay nada fuera de él y que, por lo tanto, fuera de él no se hace nada.

La pregunta “¿cómo se practica la agamia?” es el resultado de esta idea inducida.

En realidad, lo que tienes que hacer, que es comprometerte con la satisfacción de las necesidades de susbsistencia y desarrollo de tu entorno, en el que estás incluidx tú mismx, te va a ir dando respuestas.

Ahora has llegado a una muy importante: no construir parejas.

El resto también lo vas a deducir por simple sentido común. La vida crecerá de modo espontáneo en el espacio ágamo aunque alguien haya dicho que sólo pueden ser malas hierbas y que deberías arrancarlas.
Seguramente va a salir de ti el realizar propuestas, sin necesidad de que lo consideres una técnica de superviviencia ágama. Y saldrán otras cosas, poco a poco, o tal vez más rápido, como diluir tu identificación de género, promover un canon justo de belleza, o ir eliminando el objeto de deseo en tu erotismo.

No necesitas técnicas secretas para ser ágamx, ni necesitas a nadie en especial que te las cuente (“¿y los talleres?” Bueno, no digo que no venga bien un empujón. A veces ayuda). Lo que necesitas es pensar sin miedo, hasta el final. Hasta que los actos aparezcan por sí solos.

martes, 14 de marzo de 2017

pero, ¿qué es AGAMIA?


La agamia vio la luz hace poco más de tres años, y desde entonces la idea ha agarrado con fuerza. 

Hoy ya es un término utilizado normalmente en las referencias a nuevos modelos relacionales, y por todas partes aparecen personas que se identifican a sí mismas como ágamas.

Eso a pesar de que el cambio de marco conceptual es tan completo que a veces se es ágamx sin entender del todo en qué consiste eso que se está siendo.

Explicado de una forma gráfica, se puede decir que la agamia es un viaje a un lugar tan distinto a aquél del que partíamos que, tras un cierto recorrido… bueno, si no somos exactamente ágamxs, al menos podemos decir que somos viajerxs de la agamia; tan lejanos de nuestro origen que apenas podemos ya decir que pertenezcamos a él.

Pero entonces, ¿qué es “agamia”?

Según su definición más general, la agamia es un modelo relacional consistente en no formar pareja.
Así de sencillo.

Si no formas pareja, eres ágamx. Otra cosa, eso sí, es cómo lleves a cabo tu agamia.

“Ah, pero entonces… ¡Siempre he sido ágamx!”

Probablemente, pero vamos a aclarar algunos equívocos para evitar que el trazo se pase de grueso.

Ni todas las personas sin pareja son ágamas, ni todas las parejas dejan a las personas completamente fuera de la agamia.

¿Complicado? Qué va. Veámoslo con los ejemplos más característicos:
Llevo mucho tiempo sin pareja. Eso es ser ágamx, ¿no? Por fuerza, pero ágamx al fin y al cabo”

Pues no. La agamia no se “está”. Se “es”. Si se “estuviera”, entonces sería ágama cualquier persona con pareja cuando bajara sola a comprar el pan. Si no tienes pareja, pero quieres pareja o haces por construir una pareja, entonces eres una persona monógama fracasada (como casi todo el mundo, eh, incluida la gente que la tiene, no lo tomes a mal). Pero cuando dices “¿y si dejo de buscar pareja y me organizo así, tal y como estoy?”. Hmm… ¡Eso ya es otra cosa!

Tengo pareja, pero no es una pareja convencional. Somos igualitarixs y respetamos nuestro espacio. Más bien somos compañerxs. Compañerxs ágamxs”.

Bueno… lo igualitarix que se puede ser cuando se hereda y reforma una estructura patriarcal, ¿no? 

Que conste que es perfectamente posible que tengáis una relación estupenda. Pero si lo es no será gracias a lo que el formato pareja os ofrece, sino a vuestro sentido común, a vuestra sensatez, a vuestra capacidad, en definitiva, para oponeros a lo que una pareja tiende a ser. Es perfectamente posible que tengáis una relación estupenda, digo. Pero desengáñate: no es probable.

Y no es agamia. Es monogamia normal y corriente. Monogamia entre buena gente, si quieres.

No soy monógamx. Tengo relaciones múltiples”.

Pues por eso no eres ágamx. Porque tienes “relaciones”, es decir, porque hay un grupo de personas con las que te relaciones a las que llamas “relaciones” y un grupo de personas con las que te relaciones a las que no llamas “relaciones”. Incluso, si lo piensas, existe una cierta relación con la humanidad entera que también se está quedando del lado del no. Eres tú quien ha decidido dónde está esa barrera que separa a un grupo de otro. Y el ponerla es lo que te separa a ti de la agamia.

Por cierto, cuando hablas de “relaciones”, ¿te refieres a las personas con las que tienes relaciones sexuales? Entonces ya está claro: no eres ágamx para nada.

No hago diferencia entre mis parejas y mis otras relaciones. Para mí son todas iguales y ninguna tiene privilegios sobre las demás”.

¿Y no te vuelves locx? Lo primero que haces es diferenciar a tus parejas de tus relaciones, y después intentar que esa diferenciación no tenga consecuencias. ¡Cuánto trabajo inútil!

Las relaciones entre las personas son diferentes, y no hay nada de malo en ello. Lo malo es que sean injustas. No se trata de que a todo el mundo le proporciones lo mismo, sino de que le proporciones a cada quién aquello que es tu responsabilidad proporcionarle. No sé muy bien qué eres, pero creo que vas a dejar de serlo en cuanto encajes algunas piezas.

Ni tengo pareja ni la quiero. Yo vivo mi vida, que son cuatro días. Lo que hay que hacer es disfrutar sin ataduras. Soy agamx, ¿a que sí? ¿A que yo lo he clavado?”

Tengo una mala noticia para ti: Si lees algún texto sobre valor sociosexual descubrirás que eres carne de pareja, y que te resistes a ella fetichizando sexualmente a personas que consideras inferiores a ti. 

No voy a desarrollar esto, pero de momento te digo que, aunque pasas por ágamx, ni lo eres ni nos interesas, y que si en algún momento la agamia llega a estar representada por gente como tú, entonces dejará de ser agamia y pasará a ser el lado oscuro de la agamia, que no es otra cosa que el futuro atomizado de nuestras relaciones, y que es justo aquello que la agamia rechaza con más ímpetu y con más decisión. Mucho más intensamente que la monogamia misma.

“Pero, entonces… ¡¿Es que nada es agamia?!”

Sí que lo es. Como dije al principio, agamia es no formar pareja. Simplemente. Eso sí, con todas las consecuencias.

Por eso, en realidad, hay una cierta agamia en cada uno de los ejemplos anteriores. Porque allí donde la pareja no logra realizarse a la perfección, lo único que tiene para tapar los agujeros es su opuesto: la agamia. Un poquito de agamia.

Pero ya lo veremos en el próximo texto.




lunes, 26 de diciembre de 2016

HETEROSEXUALIDAD: la fuente de la eterna juventud del patriarcado


La igualdad de género no sólo no progresa al ritmo que nos gustaría. Ni siquiera progresa al ritmo que esperamos.

El trabajo de concienciación y de búsqueda de influencia social, política y económica es grande y, sin embargo, índices como la diferencia salarial o las muertes por violencia patriarcal parecen casi inamovibles.

La aparición de fenómenos como el auge de la pornografía y de la prostitución nos hace además preguntarnos si lo que se gana por un lado no se estará perdiendo por otro.

Creo que la mayoría estamos de acuerdo en que la relación entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos es pobre, a veces desalentadora. Eso no significa que no seamos capaces de valorar lo obtenido hasta ahora ni que vayamos por ello a arriesgarlo. Significa, más bien, que parecemos acercarnos peligrosamente al límite de lo que se puede lograr, y que empezar a imaginar ese límite puede ser el primer paso para empezar a conformarnos.

¿Cómo es posible que el patriarcado esté oponiendo al feminismo una fuerza equivalente, o incluso mayor, que la que el propio feminismo despliega? ¿De dónde la saca?

No es suficiente decir que el patriarcado controla los poderes fácticos, o que tiene una inercia milenaria, o que existe el espíritu de la fratría que hermana inconscientemente a los varones contra las mujeres. No lo es, porque a un patriarcado aún más poderoso fue al que arrebataron privilegios nuestras antecesoras. No lo es porque la fratría inconsciente y milenaria no tiene la capacidad de solidaridad que tiene una sororidad consciente, politizada y en expansión. Y no lo es porque el patriarcado defiende privilegios, y la defensa de privilegios, precisamente por su naturaleza insolidaria, corre siempre el peligro de convertirse en lucha individual: si la oferta que me hace mi enemigo es mejor que la que me hacía mi amigo, cambio de bando. Así de sencillo.

El patriarcado tiene que ser algo más que una herencia que necesitamos cambiar. Algo más que un fósil. Algo más que una idea equivocada que cualquiera corregiría si prestara oídos al discurso feminista. Para que su vigor sea tan fresco y poderoso tiene que tener, en algún lugar, un motor vivo; una energía renovable; una fuente de la eterna juventud.

Mi opinión es que esa función la está desempeñando la heterosexualidad como idea de una humanidad dividida en mujeres y varones (a la que se suman progresivamente identidades derivadas de estas dos) en la que cada individuo establece como objeto “natural” de su deseo sexual una (o varias) de esas identidades. La heterosexualidad entendida así, por tanto, no es sólo la diferenciación por género, sino que a ésta se le añaden las consecuencias de esa diferenciación en la conducta sexual: identidad de género más orientación sexual. La ausencia de heterosexualidad sería la ausencia de orientación sexual por género, de la que se seguiría la tan deseada pérdida de relevancia social de la identidad de género.
En este texto intenté representar esquemáticamente cómo procedería la mecánica patriarcal en un entorno laboral concreto desde una perspectiva masculina individual. En el primer caso el patriarcado es un legado. Algo que las personas encuentran y que transforman a medida que intereses emergentes no específicamente patriarcales lo van convirtiendo en una estructura obsoleta.

Pero ése no es nuestro caso. El nuestro es el segundo. El de un patriarcado que no sólo encontramos sino que, por intereses plenamente actuales, presentes y vividos, reforzamos y acrecentamos.

La diferencia entre ambas descripciones era el interés sexual. En la primera, el otro género, aprendido como enemigo gracias a la cultura patriarcal, se va manifestando como neutro a medida que la experiencia corrige el prejuicio. Al final sólo queda el enfrentamiento económico, porque ése es el que sigue presente, el que se renueva cada día, sepultando a cualquier otro.

Pero si introducimos la heterosexualidad, entonces tenemos una nueva fuerza que actúa específicamente sobre la diferenciación por género, convirtiendo a cada uno en el objetivo del otro, en aquello cuya voluntad debe someter si quiere alcanzar la felicidad. Y esta idea actúa sobre la conciencia 24 horas cada día, 365 días cada año. En el entorno laboral y en el doméstico, entre personas casadas o solteras, adolescentes o ancianas, sexualmente privilegiadas o desfavorecias, monógamas o poliamorosas. Lo mismo da.

La heterosexualidad, lo vemos ahora, es la auténtica pila del patriarcado, del mismo modo que la lucha por la subsistencia es la del capitalismo. El patriarcado se va a renovar cada día, no sólo porque sea cómodo conservar viejas estructuras de opresión, sino, sobre todo, porque hay una razón muy presente y muy real que pone a todxs y cada unx de nosotrxs a trabajar en la revitalización diaria del conflicto entre mujeres y varones. Y en ese conflicto va a ganar, lógicamente, quien a día de hoy sea más fuerte. Con las mismas armas, a más conflicto, más desigualdad.

Ahora entendemos por qué los frentes actuales de crecimiento del patriarcado parecen, en su mayoría, lindar con lo específicamente sexual (prostitución, pornografía, violencia patriarcal entre adolescentes…). Entendemos también por qué la homosexualidad no es una alternativa salvo en la medida en que sirve para cuestionar la heterosexualidad naturalizada. Cuando mi objeto sexual es a la vez mi hermandad, el otro género pierde su lugar en mi mundo. Queda relegado y despreciado. Es un otro tan absoluto que mi empatía hacia él se reduce prácticamente a cero. Se convierte, por lo tanto, en el destino más probable de mi odio. Y ese conflicto se decantará de nuevo del lado del más fuerte.

La situación, por lo tanto, es la siguiente: Necesitamos asumir la lucha contra la heterosexualidad como componente forzoso de nuestro compromiso feminista. Combatirla debe ser uno de los ejes radicales, si no el más radical, del feminismo. Y, por supuesto, quienes primero debemos combatirla y expulsarla de nosotros mismos somos los varones.

Definirse como feminista radical y legitimar la heterosexualidad pasaría así a ser una nueva manifestación de feminismo liberal: “soy feminista en la medida en que el feminismo no entre en conflicto con mi proyecto de felicidad personal. Allí donde entre en conflicto diré que, dado que es mi legítimo derecho elegir la forma de mi felicidad, esa forma pasará a llamarse también `feminismo’.”

Ésta es la razón por la que considero que la agamia es el único modelo relacional radicalmente feminista. Sólo la agamia y la monogamia se atreven a ser prescriptivos en algunos de sus fundamentos. La monogamia lo hace con el fin de imponer el inmovilismo patriarcal. La agamia con el de progresar, pero no en la línea errática que determine nuestro ser deseante, sino en la que tracemos desde una conciencia colectiva y ética, es decir, igualitaria.

Pero la agamia no es una patada en el culo de nuestros deseos, ni una exigencia moral inasumible. Todo lo contrario. Describir y desarrollar la agamia conlleva no sólo establecer los objetivos, sino también construir las herramientas que nos permitan llegar a ellos por un camino en el que el fin y los medios vayan siempre de la mano. Un camino que pronto nos resulte más estimulante que nuestro viejo mecanismo deseante heterosexual.

Hablaré en algún otro texto de ese camino.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

recomendación de textos básicos (II)


Continúo con algunos de los temas cuyos textos más representativos quedaron sin indicar en el texto anterior.

-Hay una barbaridad de textos sobre sexo en el blog. Cuando, hace casi cuatro años, escribí la mayoría de ellos, tuve un cierto sentimiento de culpa. Que el tema me resultara tan prolífico en comparación con otros podía ser síntoma de que, como afirma el prejuicio ante cualquier no monogamia, el sexo era mi verdadero interés, y todo lo demás sólo un envoltorio para hacerlo presentable.

Hoy mi opinión ha cambiado. Ahora pienso que el sexo no sólo es mi verdadero interés, sino que debe ser nuestro verdadero interés. Pero no su realización, claro, y menos en su forma patriarcal o su evolución neoliberal. Pienso ahora que el sexo debe interesarnos, y mucho, porque es el lugar desde el que se cuecen la monogamia y el patriarcado. Es lo que más necesitamos entender y lo que más necesitamos transformar. Y además es uno de esos temas que podemos trabajar desde casa, sin necesidad de hacer activismo ni convencer, porque lo normal es que nos quede a todxs un largo, atractivo y fecundo camino personal e interpersonal por recorrer.

El tema en el blog está muy abierto y, mientras sigo buscando la forma y el tiempo para sintetizar todo el contenido en un solo texto (que no podrá ser una breve post de blog, me temo) dejo aquí tres entradas que, sobre todo si se leen en orden, pueden dar una idea tanto de cuál es la propuesta ágama con respecto al sexo, como de cuál ha sido su evolución en el tiempo. Como en algunos otros temas, hay aún más propuesta en negativo (deconstructiva) que afirmativa. No es que pretenda dejarlo así, pero es importante no confundir la negación con la impotencia. La negación de la cadena es la libertad.

            designificación (texto en negrita)
            grado cero del deseo
            sexo sin objeto

-no estoy nada satisfecho con la exposición de la idea de género, y de crítica al género, que se deriva de la agamia. Es sabido que el énfasis no se pone sobre el ser del género, sino sobre su deber ser, es decir, no sobre la descripción sociológica del género sino sobre el camino que nos puede permitir desembarazarnos de él. 

El texto básico es ya antiguo e ingénuo, y los textos más recientes (1, 2) tratan cuestiones parciales. Pero como identidad de género y orientación sexual son, en mi opinión, dos caras de absolutamente la misma moneda, os remito a este texto sobre heterosexualidad (próxima publicación).
-el tratamiento (en sentido tanto analítico como pseudoterapéutico) de los celos, y su transformación en indignación, sí están ordenadamente presentados, desde éste hasta éste. Tenemos, además, este texto más reciente sobre su herramienta más importante: las expectativas razonables.

-los textos de la etiqueta ORIENTACIÓN RELACIONAL están escritos con la intención de ser claros y prácticos (no os riáis. Lo serán aún más, y entonces la agamia se convertirá en un plan cristalino que nos transportará como por encanto a la felicidad relacional. Lo sabéis tan bien como yo). Tratan temas diversos y están enfocados a modelos y esquemas relacionales variados. En ningún caso pueden sustituir a las sesiones de orientación relacional, donde, sobre todo, analizamos situaciones individuales y esquemas personales, y donde la reflexión distanciada y en común nos permite entender nuestra situación relacional con una perspectiva amplia. Pero los textos pueden ser muy útiles como ejemplos, o como exposiciones concretas de aspectos puntuales de la propuesta ágama. Dejo aquí algunos de los que han parecido gustar más.

            ¿de quién nos enamoramos?
            ¿cómo se abre una pareja?


Por último, quiero recordar que no hay diálogo más fértil que el que se establece entre la teoría y la práctica, y que si queréis conocer gente ágama o próxima a la agamia podéis solicitar vuestro ingreso en el grupo de Facebook mandando un mensaje privado tanto a las comunidades “Agamia” y “contrael amor”, como poniéndoos en contacto conmigo de cualquier otro modo que se os ocurra.



lunes, 19 de diciembre de 2016

¿por qué se regenera el patriarcado?


Llego esta mañana a la oficina y encuentro que, en el puesto que dejó Raúl, y que lleva tantas semanas vacante, hay una mujer.

Mis alarmas se disparan. Tengo experiencia en mi trabajo y he desarrollado un cierto instinto que me dice cuándo algo es una mala decisión.

Por otro lado, tampoco hace falta ser un genio: Nunca había trabajado una mujer aquí. Y todos sabemos que la empresa lleva años funcionando óptimamente. ¿Qué sentido tiene hacer un cambio en la política de contratación? Es un riesgo innecesario y, por lo tanto, estúpido.

Pasan las semanas y la nueva se ha adaptado. Es competente, no cabe duda, como cualquiera de nosotros. Desde ese punto de vista no espero ninguna repercusión negativa. Pero me preocupa su relación con el resto de la plantilla. Me preocupa el ambiente. Hasta ahora nuestro trato, dentro de las tiranteces propias del trabajo, era próximo y amistoso. Es cierto que todos no nos llevamos igual, y que se puede hablar de grupos, pero esos grupos tienen suficientes cosas en común como para que podamos compartir un café, una cerveza o una cena. Sin embargo, una mujer… ¿Cómo va a superar sus diferencias con nosotros? ¿Cómo se va a integrar?

Hace cuatro meses que Silvia está aquí. Es uno más. No se lleva igual con todo el mundo, claro. Sus temas de conversación favoritos no siempre son los nuestros. Pero “los nuestros” es una generalización inadecuada. A mí mismo me aburre el obligatorio repaso del lunes a la jornada de liga. En cuanto al resto, mi compañero peruano vuelve a resultarme la presencia más incómoda, y su eficacia infalible, sus posibilidades de ascender por delante de mí, aparecen entre mis pensamientos más de lo que yo querría. Lo he comentado con ella, y me ha confesado que le sucede lo mismo. Dicen que no, que no me preocupe, que todo el mundo, incluso el jefe, lo mira con recelo, y que siempre cobrará menos que nosotros. Pero, aun así, no me fío.

Bonita historia. Aceptable, al menos. Las estructuras patriarcales ceden lenta pero inexorablemente al sentido común hasta que se alcanza una igualdad similar a la que existe en el resto de nuestras relaciones. No una verdadera igualdad, pero sí algo bastante parecido a la supuesta igualdad de la que disfruta el colectivo privilegiado entre sus pares. Homeostasis.

Pero ésta no es la historia que estamos viviendo. En la que vivimos esa progresión es muy lenta, casi inexistente. A veces se diría que avanza hacia atrás. ¿Por qué? Porque nos falta un dato. Nos falta El Dato.

Incluyámoslo, y veamos cuánto cambia la historia:

Hace seis semanas que Silvia está aquí. He de reconocer que estaba equivocado. Su trabajo no sólo es tan bueno como el de cualquiera. Además ha aportado un toque de color y de alegría a la oficina. Ahora hay más vida. Nuestro compañero peruano está especialmente transformado. El otro día apareció con un ramo de flores. Eso provocó un momento de recochineo, pero todo acabo con buen tono. Creo que es la primera vez que me hace verdadera ilusión la cena de Navidad.

Han pasado cinco meses desde que llegó. La atmósfera es irrespirable. A estas alturas no sé si hay algo de ella que salvaría. Es el silencio, sí. Pero también es la tensión, incluso el odio. No diré que me dejara indiferente la sorpresita de la cena, con las atenciones del jefe, y las sonrisas de ella. Que haga lo que quiera. Pero, ¿le da eso derecho a comportarse con altivez hacia mí? ¿Qué pensó que quería cuando le propuse tomar algo después del trabajo? ¿Puede soportarse tanta vanidad?

Suenan rumores de ascenso, y dicen que apuntan a ella. Si el jefe fuera ecuánime, si mirara por la empresa, lo que tendría que hacer es despedirla. Y largar de paso a su amiguito peruano, su pañuelo de lágrimas. Pero no: tanta sonrisa, y tanto arreglarse, y tanto victimismo, la van a colocar en cinco meses donde siete años de trabajo no me han colocado a mí. No quiero decir lo que me parece. Sé que no debo escribirlo, ni siquiera aquí. Pero lo estoy pensando. La palabra está escrita ahora mismo en mi cabeza. La estoy leyendo con completa claridad.
Efectivamente: El factor que nos faltaba era la heterosexualidad.

Ya la hemos aislado. Seguiremos informando.