lunes, 25 de septiembre de 2017

lo llamas "sexo", pero es sometimiento.


Afirmo con frecuencia que no sabemos qué es el sexo porque nuestro sexo no es sexo sino otra cosa.

Y como no tenemos nada más que eso a lo que llamamos sexo pero que no lo es, pues eso, el sexo, o no existe, o existe en un espacio tan reducido y oculto que no alcanzamos ni a verlo ni, mucho menos, a conocerlo.

Es una exageración, claro. El sexo aparece de vez en cuando, concretamente en cada ocasión en que lo otro a lo que llamamos sexo desaparece o se agota. Lo otro es el sometimiento, y cada vez que el sexo deja de ser atractivo, excitante y enloquecedor sometimiento, entonces aparece el sexo como actividad específica, propiamente sexual, esto es, referida a lo que el sexo dice de sí mismo: disfrute del placer facilitador del coito. No lo suele decir así, porque el sexo casi nunca usa un lenguaje preciso, pero esto es lo que pretende decir.

Sí, el sexo es eso que pasa cuando se acaba lo que llamamos “deseo”. Los desechos del sexo son el sexo. Por eso suelo simplificar diciendo que no tenemos sexo. Porque lo tenemos, pero no hacemos absolutamente nada con él. El sexo carece de cultura sexual. Es poco más que algo que pasa, casi por casualidad.

A lo que quiero dedicar el post es a reforzar la hipótesis primera: El sexo al que llamamos sexo hoy, nuestro sexo, no es sexo, sino sometimiento. Daré para ello cuatro razones. Así habrá una cierta variedad, como en las tiendas eróticas.


Históricamente, el sexo implica posesión.

Quienes estén familiarizadxs con el blog lo estarán también con este argumento.

“Poseer” ha sido siempre poseer a una mujer, y la ceremonia que realizaba la posesión era el coito. Poseer no es una figura retórica. Es la carga histórica de un término que hoy se pretende poético, pero que es siniestro, porque hace remover todas las implicaciones conservadas en nuestro contexto cultural traídas directamente desde el suyo. Que un hombre no adquiera posesión real sobre la vida de una mujer mediante la penetración no significa que la alusión a esa idea, tan próxima no sólo en el tiempo sino en el espacio, no vaya a remover emociones definitivas. Lo que el sexo ha sido hasta hace bien poco no desaparece de la cultura sexual de un día para otro.

No parece difícil entender el atractivo enajenante que implica la posesión sobre la vida, es decir, la adquisición de una esclava. El placer sexual (facilitador del coito) es absolutamente innecesario para explicarlo. Si se diera mediante una simple compraventa, o mediante una pura apropiación, el atractivo permanecería intacto.

¿Alguna vez habéis cogido setas? ¿Recordáis la excitación? Sólo eran setas. Imaginad lo que sería coger personas. Pues eso es el sexo: Coger y, por supuesto, ser cogida.
Nuestra cultura sexual es sometimiento explícito.

Hasta hace poco no era tan obvio, pero hoy a nadie se le escapa que “profundizar” en el sexo es, simple y llanamente, acercarse al BDSM. El BDSM es el mainstream de la masterclass. Por mucho que el mundo bedesemero se victimice y diga que la sociedad no respeta su idiosincrasia, lo cierto es que ocupa un lugar en nuestra cultura al que no podría haber aspirado ni en sus sueños más utópicos. El BDSM, es decir, la antítesis del modelo igualitario del sexo, está cerca de ser aceptado como sexo normal para quienes se sienten especialmente atraídxs por el sexo. Es decir, para todo el mundo.
Si más sexo significa más sometimiento, el razonamiento está claro. Lo que hay que agradecerle al BDSM es que muestre las cosas tal y como son.

Lo que el feminismo avanza por un lado lo recupera el machismo por el otro. A día de hoy la pornografía y el BDSM avanzan a galope tendido devastando el territorio de la igualdad.


Sin sometimiento no hay deseo.

Es casi el argumento complementario. De hecho, al BDSM no se accede siempre porque se busque más sexo, sino porque, en muchas ocasiones, el que se tiene se ha agotado. La manera de reverdecerlo es recuperar el carácter dominante y, para ello, hacerlo más y más explícito.

Volvamos a esa cama cenicienta en la que lxs dos amantes (heteros, para mayor claridad y perfección del estereotipo) se miran, desnudxs, impotentes, sin interés alguno por hacer nada unx con otrx.
Atrás quedó la fase de la conquista, en la que la incertidumbre azuzaba el deseo. Atrás quedó la fase de la ejecución de la conquista, en la que el sexo era salvaje y olía ligeramente a muerte

Atrás quedó la fase de afianzamiento de la conquista, en la que el deseo renacía cada vez que la conquista parecía peligrar ante la presencia de una nueva figura conquistadora. Atrás quedó también la fase en la que se intentó reavivar la sensación de conquista y, una y otra vez, se jugó a la primera cita, a ser desconocidxs, a violaciones y a control de la guardia civil.

Atrás quedó, por lo tanto, hasta el último vestigio de posesión posible. La posesión es ya definitiva y convincente. Está firmemente asentada en nuestra conciencia. El cuerpo que tenemos delante ha dejado de resistirse de manera alguna. Carece, por lo tanto de interés. El sexo mismo no nos atrae. Ahora que podemos hacer con él lo que queramos descubrimos que no hay nada que queramos hacer.


El sexo es insociabilizable.

¿Nunca os ha llamado la atención lo naturalizada que está la idea de que el sexo necesita privacidad?

A primera vista parece todo muy lógico. Estamos desnudxs, hacemos gestos feos, emitimos sonidos aún más feos, nos ensuciamos, nos decimos cosas íntimas…

El sexo público sigue siendo entendido como una parafilia, un añadido a lo que, en principio, parece que el sexo necesita ser.

Pero, ¿por qué va el sexo acompañado de todos estos elementos que dificultan su realización en espacios colectivos? ¿Por qué no puede el sexo moderar su expresividad hasta convertirla en algo civilizado, del mismo modo que se modera la expresividad al comer, por más canina que sea el hambre que tengamos?

Pensémoslo. Si lo que comiéramos fueran personas tampoco lo haríamos en público. Si lo que hacemos en vez de comer personas, que parece complicado, es escenificar su sometimiento de un modo que nos resulte convincente, tampoco parece que el espacio público, pretendidamente igualitario, sea el lugar más cómodo. Nuestro sexo no es público porque nuestro sexo no es tolerable para nuestros propios estándares éticos.

No es que seamos reprimidxs sexuales (que también, pero es una cuestión muy diferente). Es que nuestro sexo nos compromete, y elegimos la ausencia de testigos.
_

Es manifiesto, por lo tanto, que el sexo, de suyo, no nos interesa, y que quienes abandonan lo que llamamos sexo es o porque están hartxs de perder en el juego del sometimiento, o están hartxs de no ser entendidxs como objeto digno de ser sometido, o porque, excepcionalmente, han entendido de qué va esto y, directamente, lo rechazan.

Tenemos, sin embargo, el espacio sexual disponible para construir algún tipo de cultura sexual. ¿La queremos para algo? Si decidimos probar sólo tenemos que ir al cubo de la basura y recoger todos esos trozos que habíamos tirado. A ver qué se nos ocurre hacer con ellos.

Porque lo otro que estamos haciendo, y que tanto nos atrae, y tanto nos preocupa perder, no es sexo. El sexo está siendo una coartada. Hemos disfrazado al asesino de payaso para poder decir que estamos en el circo. Y luego, cínicamente, advertimos: “cuidado con el circo, que tiene peligros. Al circo sólo con consentimiento”.


lunes, 4 de septiembre de 2017

pero, ¿qué te ha hecho a ti el gamos?


“Yo supliqué a mi amo que me impusiera más prohibiciones." 
Pamela (1740) Samuel Richardson


La idea de construir relaciones fuera del gamos no ha caído del todo mal.

A veces se ha propuesto su identificación con alguna de las modalidades no monógamas previas y conocidas, pero en general ha sido respetada incluso en el nombre que se daba a sí misma, ha sido considerada amable y enriquecedora, y hasta ha llegado a despertar cierta curiosidad.

La idea de rechazar abiertamente el gamos ha recibido una acogida muy diferente.

“¿Rechazarlo? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que alguien lo elija libremente? ¿Es que no puede ser la fórmula adecuada para nadie? ¿No es mejor disponer del mayor número de opciones posibles?” Y, por supuesto: “Decir qué es lo que el resto de la gente debe hacer, ¿no es fascismo?”

Es curioso que el término “agamia” ha sido, como decía, aceptablemente respetado allí donde ha sido leído como “vivir al margen del gamos”. “Soy ágamx. YO no establezco parejas. Podría llamarme anarcorrelacional o polisolterx, pero ME IDENTIFICO MÁS con el término ‘agamia’”. Todo bien.

Sin embargo, el derecho a la especificidad se ha perdido allí donde se ha entendido la agamia en sentido completo, no como libre opción, sino como pronunciamiento ético y político contra la pareja. Es entonces, insisto que esto es curioso y divertido, cuando se dice con vehemencia que “la agamia no es nada. Sólo es anarquía relacional con un nombre más pretencioso” (¡¡¿más pretencioso?!!). Si la agamia no se diferencia de los modelos previos, entonces puede disfrutar de un nombre propio. Seguramente se le deje incluso elegir color y bandera. En el momento en que se distingue radicalmente debe ser asimilada. El término exacto sería, claro, “fagocitada”.

Justo aquello que se considera inaceptable es lo que se dice que ya estaba antes. Entonces habrá que destruir lo que ya estaba antes, ¿no? Y si es algo que se está destruyendo, ¿a qué se va a sumar la agamia? Bueno… no seamos abusones con las contradicciones ajenas. Suficiente tienen.
Voy a intentar contestar a la pregunta sobre la conveniencia del rechazo al gamos más allá de la máxima liberal de que nada debe ser rechazadx porque todo está bien y todo enriquece.

Empecemos por el principio:

¿Qué es el gamos?

El gamos no es la pareja.

No es desencaminado asimilar los dos conceptos (yo lo hago a veces para facilitar la comprensión de los textos más enrevesados), pero el gamos es un categoría mucho más amplia. La pareja sólo es una forma de gamos. Concretamente es la forma de gamos que decide llamarse a sí misma “pareja”. Pero hubo gamos antes de la pareja y queda gamos en abundancia incluso allí donde el término “pareja” ha desaparecido o se considera superado.

El gamos es el vínculo por el que, en cualquier cultura y sociedad, quedan unidas de manera específica las personas que se disponen a reproducirse.

No soy etnólogo, y lo de “en cualquier cultura y sociedad” me queda grande. Pero me parece más que válida la hipótesis de que una cultura sin gamos es, por lo menos, algo absolutamente excepcional.

Así que el gamos es una especie de asignación, por la que al menos una mujer y un hombre quedan unidxs con un fin concreto. Esta asignación, para que tenga efecto, deberá ir envuelta de una normatividad concreta.

¿Cómo es el gamos?

Profanada la etnología, aprovecharé también para hablar de etimología como si supiera. Lo que voy a exponer es sólo una curiosidad imprecisa y circunstancial que agradecerle a wikipedia, nada más. Si la reflejo aquí es porque me parece, incluso con ese lastre, reveladora.

Nuestro lexema “gamos” proviene, sabemos, del griego clásico. Su traducción más aceptable es, precisamente, matrimonio. El matrimonio griego se parecía ya al nuestro en que se realizaba sólo entre dos personas, por entonces necesariamente mujer y hombre.

El término utilizado para el contrayente (hombre) era “gametos”. El feliz gametos, por lo tanto, desposaba a la… ¿gamea? ¿gametai? ¿gama?. No. Su nombre era “upametos”. Así, el gametos y la upametos formaban un gamos. O, como la relación etimológica invita a pensar, la upametos se asimilaba al gametos en el gamos, mientras que el gametos permanecía prácticamente inalterado. El gamos era, por lo tanto, algo que sólo le sucedía al hombre, porque el hombre era el sujeto.

Obsérvese que, si esto es así, el sentido del lexema se ha invertido desde entonces. Hoy llamamos “poligamia” al establecimiento de varias asimilaciones gámicas, normalmente poligínicas (varias mujeres asimiladas a un hombre). Sin embargo, y siendo rigurosxs con la etimología sugerida, la poliginia seguiría siendo monogamia, porque el gametos permanece único. Es precisamente el poliamor el que hace estallar realmente la monogamia. No, como se defiende a veces, porque introduce la pluralidad, sino porque introduce la pluralidad de gametos, de amos. El polidrama sería, en muchos sentidos, el conflicto entre gametos dentro de una institución, el gamos, que los entiende como incompatibles.

Sombras, pero también luces, del poliamor.

El gamos moderno.

Bueno, pero esa asimetría está ya superada. No hay más que leer a Carole Pateman para comprobar que, efectivamente, el advenimiento de la burguesía y la ciudadanía universal obligó al gamos a convertirse en matrimonio igualitario por el que ambas partes contraían las mismas obligaciones y preservaban los mismos derechos.
Si, es broma. Lo que nos cuenta Pateman es que el matrimonio burgués adaptó la esclavitud gámica de las mujeres a los nuevos valores de la libertad y que, inspirado en otras esclavitudes “libres” previas, desarrolló un discurso que conciliaba lo irreconciliable, es decir, libertad y esclavitud; un sujeto que se objetualiza a sí mismo convirtiéndose en algo así como un “objeto animado”. La más completa expresión de ese discurso, y esto ya lo digo yo, se llama “amor”.

Conclusión.

Nuestro gamos, es decir, el “matrimonio”, y su alternativa seglar e informal, la “pareja”, tienen estos ilustres antepasados.

Pocos argumentos tan jugosos se pueden esgrimir contra el gamos (al menos contra el nuestro, aunque suena lógico pensar que, en lo que se refiere al sometimiento de una parte por la otra, la mayoría habrán tenido y tendrán mucho en común) como que es el heredero de una institución esclavista. Empeñarnos en organizarnos mediante la readaptación de una forma de esclavitud, seguir intentando que las rejas sirvan de alas, parece algo más que irracional.
Pedir respeto frente a la equidistancia entre agamia y gamos suena a una de esos debates sociales que resultan extremadamente controvertidos mientras el sentido común y la legislación igualitaria no logran imponerse. Pero, cuando lo hacen, el debate queda, de pronto, obsoleto e irrecuperable, como si la sociedad hubiera dado un salto en el tiempo.

Y es que, sinceramente, ¿podemos imaginar una sociedad sin gamos que decidiera, como forma de progreso y de ampliación de opciones deseables, inventar el gamos?

Pues ése es el asunto.


lunes, 28 de agosto de 2017

ASEXUALIDAD y AUTOSUFICIENCIA SEXUAL: la avanzadilla de la distopía.


Pretendo en este texto exponer la relación entre dos corrientes sexuales aparentemente independientes cuyo crecimiento resulta inquietante. Que estén relacionadas, es decir, que se puedan considerar sumables y, por lo tanto, partes de una corriente aún mayor, puede resultar más inquietante aún. Pero a la vez es posible que nos aproxime a su comprensión.

Por un lado tenemos a la comunidad asexual. Lo que voy a decir de ella es sólo mi percepción de algunos de sus rasgos, que no pretende ser exhaustiva ni extensible a cada individuo

Hasta donde sé, es posible que esta comunidad, de amable e inocua imagen pública, sólo me despierte inquietud a mí. La comunidad asexual, resumiendo groseramente, está formada por personas que, en alguna medida, no quieren tener sexo. Las diversas estigmatizaciones (más o menos fundamentadas) del sexo hacen que su rechazo adquiera un cierto halo romántico. Como el sexo, además, es para nuestra cultura un bien por el que se compite, quien sale voluntariamente de la competición no es echado de menos en ella hasta que el mercado descubre cómo reintegrarlo. La comunidad asexual nos parece, por lo tanto, muy bien, y nos lo parece desde la más desacomplejada de las condescendencias. Lxs asexuales son muy monxs, con sus orejas de gatx y sus tartas de chocolate. No os metáis con ellxs, que ellxs no se meten con nadie.

Sin embargo, si asumimos la responsabilidad de mirar un poco más allá de nuestra comodidad, nos encontraremos que esta comunidad se caracteriza, como otras que cuestionamos, por un sospechoso “consentimiento”. Lxs asexuales son quienes rechazan de muy buen grado aquello a lo que el resto consideramos que no seríamos capaces de renunciar. Quedarnos tan contentxs con esta conclusión dice, reconozcámoslo, muy poco de nuestra coherencia activista y justiciera.

Un paralelismo económico nos dice que el mercado intensamente competitivo del sexo debe necesariamente generar una gran masa de perdedorxs, desposeídxs, parias y expulsadxs de esa competición. Un vistazo a nuestra cultura sexual nos descubre, sin embargo, que esa gran masa humana no aparece por ningún sitio. En su lugar surge una inesperada y muy creciente comunidad de personas que rechazan al mercado del sexo, no porque se sientan expulsadas de él, sino porque no les interesa. Y nadie sospecha.

El otro colectivo al que me quiero referir es el de las personas sexualmente autosuficientes: aquellas cuya sexualidad no requiere de la colaboración directa de ninguna otra persona para ser realizada satisfactoriamente. Se trata de otro grupo creciente y de creciente visibilidad, aunque, como sus características nos permiten inferir, no precisamente porque quienes lo forman se hayan erigido en colectivo. Su fama tiene que ver con la preocupación que genera la idea de un sexo deshumanizado, donde la persona-objeto sexual es sustituida por herramientas sexuales o material pornográfico, y donde la ausencia de interactuación humana real hace que los límites éticos queden desdibujados.

Al llamar “sexualmente autosuficientes” a lxs viejxs y estigmatizadxs “pajerxs” pretendo abundar en la imagen que de ellxs, y sobre todo para ellxs, proyecta el mercado: desarrollar la vida sexual al margen de compañía humana alguna es (de nuevo) una elección. Si eres demasiado cómodx, estás demasiado ocupadx, o directamente te consideras demasiado por encima del resto del mundo para molestarte en procurarte compañía sexual, no es que tengas ningún problema. Simplemente perteneces a un nicho de mercado, equivalente a cualquier otro, y cuya demanda debe ser satisfecha: enhorabuena, estás integradx.

Puede verse ya que lo que ambos grupos tienen en común es ser resultados inadaptados (todos lo son, en realidad, pero éstos lo son para las exigencias mismas del sistema, aunque él los celebre) de la sobresignificación sexual competitiva que es propia de nuestra cultura. En ella el sexo no es sólo el mayor bien en sí (esto no es contradictorio con que lo sea el amor, pues sabemos que el amor se caracteriza por dar a la posesión sexual un envoltorio de apariencia ética), lo más deseable, lo que produce un placer más definitivo y verdadero, sino que además es un bien escaso por el que hay que luchar hasta extenuar las fuerzas y, en la mayoría de las ocasiones, perder frente a adversarios más fuertes.

De las grandes masas de perdedorxs emergen dos estrategias principales. La primera, propia de la comunidad asexual, es el abandono del sexo. Dado que el sexo no es una necesidad primaria, esto se puede hacer sin peligro inmediato para la vida. Dado que es una necesidad secundaria, tanto de inclusión como de energización del desarrollo personal (así la hemos construido) la libido y la pertenencia al mundo de la comunidad asexual se desploman. Sin contacto con la realidad, y sin fuerza para volver a ella, lxs asexualxs se convierten en una comunidad infantilizada y construida en torno a la libido secundaria de la comida (dulces, “chuches”) y el amor por lxs animales. Así, su capacidad para combatir su propia exclusión queda prácticamente extinguida.

La estrategia de lxs autosuficientes es la opuesta, y presenta una coherencia perversa digna de tener en cuenta: dado que el sexo es, por excelencia, el bien en sí que afirma nuestra cultura, y dado que lo es más que las propias personas que construyen esta cultura, para seguir participando de lo social se vuelve necesario renunciar a las personas y aferrarse al último tablón flotante del sexo individual. Dicho de otro modo: si el sexo consiste en tener sexo con personas (poseerlas sexualmente) pero no puedo “obtener” personas, mi último recurso será elegir al sexo y abandonar a las personas, pues dicen las personas que lo verdaderamente importante es el sexo. Por lo demás, las personas, una vez que no pueden ser poseídas sexualmente, pierden cualquier otro interés. Al carecer del símbolo que atesora la savia libidinal, los vínculos sociales se marchitan. Lxs autosuficientes sexuales no se aíslan activamente, sino que descubren, un día, que han quedado aisladxs. Pertenecen, sin embargo, al sistema, y no lo combatirán. Al contrario: son sus emprendedores más precarixs. Aquellxs que fantasean aún con realizar alguna vez sus sueños sexuales, consistentes en ascender algún día en la escala sociosexual y tener relaciones sexuales “verdaderas”.

Como se ve, todos estos inquietantes movimientos con respecto al sexo no provienen tanto de una visión aberrante del sexo (término que podríamos reservar para aquellos desplazamientos que busquen preservar la dominación sobre sujetos reales cuando ésta resulte inaccesible en términos convencionales, como sucede en la pederastia) como de la sobresignificación misma del sexo que, siempre desde su binarismo de género (en el par descrito se ve muy bien ese binarismo en el que más mujeres son asexuales y más hombres son individualistas del sexo) deposita el sentido de la vida en él y obliga a construir la vida en función de su satisfacción.
En mi opinión esto sólo lo resolvemos deshaciendo el conjuro sexual y despojando al sexo de todo cuanto no le corresponde, para que la libido pueda distribuirse por el resto de ámbitos de la vida. Y para eso tenemos que pensar contra nuestro deseo, contra nuestra vanidad y contra nuestra repulsión. Y actuar en consecuencia.

Tenemos, además, que pensar contra el gamos, que es la fuente de esa sobresignificación.

Y tenemos, por supuesto, que pensar en colectivo. Porque ni lxs asexualxs (un poco, o un mucho, todxs nosotrxs) van a recuperar su libido regodeándose en su asexualidad, ni lxs autosuficientes (un poco, o un mucho, todxs nosotrxs) van a recuperar sus vínculos sociales a base de buscar sexo.

¿Sabéis cómo hace Neo, antes de su desconexión, para cumplir perfectamente con su función de pila, de alimento de Matrix, para la que ha sido creado? ¿Sabéis a lo que se dedica día y noche, completamente aislado, en su cápsula? Pues sólo y exclusivamente a hacerse pajas.

Y, de momento, ése es el destino que se nos aproxima.


lunes, 21 de agosto de 2017

las guerras del feminismo: un paralelismo con Juego de Tronos


Ya sé que en otras ocasiones no he tratado a esta serie precisamente como un referente feminista. 

Sigo sin hacerlo (y me reafirmo desde que he visto como le tiembla la voz a Daenerys cuando habla con Jon Nieve), pero he encontrado un sentido en el que quizás nos pueda servir de ilustración con alcance.

Imagino que el título incitará inmediatamente a pensar lo obvio, aplicable a prácticamente cualquier tipo de conflicto mínimamente complejo: nos estamos desangrando en guerras intestinas, tenemos que descubrir lo que nos une en vez de hacer hincapié en lo que nos diferencia, hasta lxs malxs son buenos comparados con el verdadero mal común, etc…

Pero no se trata de eso. No voy a decir que Cersei representa también a un feminismo y que necesitamos entendernos con él, por imposible que nos parezca, para poder enfrentar al terrible enemigo exterior. No. Lo que voy a explicar es cómo uno de los feminismos en liza puede identificarse con el mismísimo Ejército de la Noche (o como se llame). Veréis a lo que me refiero.

Una vez transcurrida la mayor parte de la serie y desvelados los misterios que subyacían a este ejército, conocemos aceptablemente sus características. Sabemos que está formado por unos pocos seres poderosos, los caminantes blancos, y por un inmenso contingente de resucitadxs. 

Individualmente, los caminantes blancos, aunque fuertes, son vulnerables al vidriagón. Su auténtico poder no es, por lo tanto, su fuerza personal, sino su capacidad para traer de la muerte, una y otra vez, a hordas de cadáveres para luchar a su lado. Ésa es su arma determinante y, hasta el momento, en la serie, incontestable.
Así, encontramos, de un lado, al ejército de lxs vivxs, formado por individuos razonablemente fuertes, pero cuyo número es limitado y cuya cohesión depende de las coyunturas de sus rencillas. 

Del otro, el ejército de lxs muertxs. Su fuerza promedio es inferior, pero lucha como una sola conciencia, y su número, sin ser infinito, es inagotable porque los muertos no necesitan alistarse en él. Gracias al poder de los caminantes, los muertos les pertenecen por defecto. Y ésta es la clave.

Apliquemos el esquema al feminismo.

Tendríamos un feminismo formado por un importante número de mujeres (y algún hombre) conscientes y fuertes, sin demasiada cohesión, eso sí, salvo en puntuales momentos felices donde aparecen objetivos muy claros. En ese ejército habría de todo, desde heroínas extraordinarias hasta villanas de libro. Su número crecería lentamente, como el del ejército de los vivxs, porque estaría integrado por sujetos que, primero, deben ser formados.

En este feminismo están integradas, hoy por hoy, la mayoría de las “baronías” feministas: sus Reinos. Es el feminismo de las instituciones, de los partidos políticos, de buena parte del activismo de base, de otra fundamental de la academia y, por supuesto, el feminismo de nuestra legislación.

De otro lado tendríamos un feminismo masivo, de número alucinante, fantástico (y con generosa dotación de hombres), que a veces parece amenazar incluso con convertirse en ideología hegemónica y asimilarse a la normalidad. Un feminismo, como digo, capaz de invocar a legiones de sujetos de todo tipo bajo la etiqueta de “feminista”, y capaz de sepultar a cualquier opositor, feminista o no, bajo un alud de consenso emergente. Sabemos que está liderado por un número reducido de sujetos, cuya pertenencia a la categoría “feminista” (como la pertenencia a la condición de “vivxs” de los caminantes) es discutible. Pero el número de sus huestes crece y crece y, aunque ahora sólo resuena como un multitudinario grito de fondo, como un lejano retumbar de cascos galopando, parece obvio que, tarde o temprano, lo ocuparán todo.

A estas alturas del texto a nadie se os escapará que este feminismo responde al nombre de guerra de “libfem”, feminismo liberal, ése cuyas causas son, entre otras, la regulación de la prostitución, la sexopositividad (que incluye la defensa de la pornografía en nombre de un ser mitológico llamado “pornografía feminista”, del BDSM, y de las no monogamias gámicas, es decir, neomatrimonialistas), la proliferación de identidades de género autocomplacientes y, hoy, la legalización de los vientres de alquiler.

Del otro lado está el viejo, magullado “radfem”, feminismo radical, verdadero cuerpo de hoplitas del feminismo, que sigue resistiendo, de momento, los embates de ese enemigo espectral. Por el camino ha perdido una parte vital de sus rasgos identitarios (¿alguien sabe en qué ha quedado su lucha por la desaparición del género, más allá de la igualación de derechos, o su, en otra época, feroz oposición al matrimonio?), pero conserva lo sustancial, es decir, la inspiración colectivista: lo importante no es el derecho de una mujer al uso de su capital sexual, o a la satisfacción de su deseo de ser madre, o a que nadie juzgue el modo en que vive sus relaciones personales. Lo importante es cómo afectan las decisiones individuales al colectivo de mujeres; lo importante es no dejar nunca atrás a las más vulnerables.

Y podemos dejarnos cegar por la sororidad, si queremos, pero la realidad es que estos dos grupos, a día de hoy, están tan enfrentados entre sí como supuestamente lo está cada uno con el patriarcado, porque ambos identifican al otro como el caballo de troya de aquél.

Así parece que está hoy el campo de batalla. Un ejército limitado y voluntarioso que resiste, uno ilimitado e irracional que asedia. La estrategia de ambos es confiar en el tiempo. A lxs últimos les traerá la victoria. A lxs primeros una estrategia que permita invertir la situación antes de que sea demasiado tarde. Pero esa estrategia no llega, y el tiempo se acaba.

¿De qué estrategia estamos hablando? Sin duda, de aquella que anule la capacidad del ejército libfem de alinear a su favor a la sociedad entera, por poco feminista que sea. Necesitamos quitarles el poder de convocar a lxs muertxs. No podemos seguir permitiendo que, a un gesto suyo, rebaños de machunos purpurados clamen contra el feminismo radical como si éste fuera el verdadero problema de las mujeres.

Este poder es el sexo. La apropiación sistemática y sin resistencia del sexo por parte del libfem es lo que convierte a éste, ante la mirada lega, en el feminismo de la vida, de la ilusión, de la motivación, de la alegría y de la fuerza, frente al feminismo radical, que pasa, paradójicamente, a ser el feminismo de la represión y la muerte.

El sexo, como principal motivación específica de nuestra cultura (el dinero sería inespecífico), como principal razón por la que vivir, es capaz de dar vida y convocar fuerza de la nada. La vida sin sexo carece de fuerza de vida, y nada, en esta cultura, tiene fuerza suficiente como para responder a su llamada. El feminismo radical, en definitiva, sólo tiene poder de convocatoria a través de la concienciación que, como sabemos, es un proceso lento e incierto. El feminismo liberal levanta a los muertos aquí y ahora, porque les transmite el siguiente mensaje: este feminismo no amenaza tu libido, tu gasolina; es más, te llenará el depósito satisfaciéndola.

Los tics de sexopositividad son los identificados por la masa social no feminista o vagamente feminista para determinar de qué lado del feminismo debe dejarse caer. De ahí que cuando la evidencia de la injusticia hace que esa masa social no termine de decantarse por el libfem (como sucede en el caso de la defensa de los vientres de alquiler) éste emita señales aún más claras, amenazando con la deseaxualización a la que conduce el apoyo a las radicales: “¡si no defendéis la gestación subrogada os ponéis del lado del rancio abolicionismo antiprostitución!” Ante luz tan cegadora las volubles polillas deciden de una vez la dirección de su aleteo.
El radfem se ha conformado hasta ahora con despreciar esta cultura de la libido hipersexualizada, señalando que es un eje más del sometimiento patriarcal. Que acierte en el diagnóstico no significa que lo haga en la solución. Haber dejado la libido en manos del enemigo es una decisión estratégica de primera magnitud que sólo es eficaz si dispones de un plan de victoria relámpago. Si el conflicto se estanca, la derrota es segura.

Evidentemente, el feminismo radical no puede ofrecer lo mismo que ha ofrecido el libfem. Para éste último es muy fácil convertirse en adalid de la exacerbación de la sexualidad machista sin caer en contradicciones. El radfem necesita reinterpretar el sexo. Necesita una mirada profunda, sincera y transformadora sobre el sexo, que no se conforme con criticarlo ni con devolverlo a la caverna, sino que realice una propuesta suficientemente construida como para ser atractiva; es decir, no con el atractivo como guía, sino con él como consecuencia de la coherencia. Necesita confiar en que mirar en el sexo profundamente no llevará a una doble hipersexualización, sino precisamente al rescate de la libido para la vida.

Para eso tendrá que ser muy valiente, claro, y desempoltronarse mucho en lo privado. Tendrá que abandonar la autocondescendencia del descanso del/a guerrerx, que llega a casa a perdonarse para sí mismx aquello que acaba de combatir. Tendrá que abandonar muchas fantasías cómplices y muchos privilegios secretos.

Pero es que de eso se trata.

Se trata de que el radfem, para serlo, haga honor a su nombre y vaya a la raíz del sexo, o a la raíz de sí mismo, que es, precisamente, la radicalidad, prácticamente abandonada. Quizás encuentre en ella una fuente de energía incluso más poderosa que el sexo: aquella que, en vez de convocar infinitos turbas de babeantes y descerebrados zombis patriarcales, sea capaz de devolverlos a la verdadera vida consciente del feminismo.
















lunes, 31 de julio de 2017

¡hablamos de ligar!


Hoy en el recreo les pregunté a mis compañeros si ligaban.

Estaba preocupado, porque no ligo, y quiero ligar, pero no sé cómo hacerlo y no sabía si a ellos les pasaba lo mismo, así que les pregunté.

-¡Mira éste con lo que sale! ¡Pues claro que ligo! Todo el mundo lo sabe – contestó Damián. Y es verdad, porque es bárbaro ligando. Liga siempre con las chicas más guapas, y todos lo sabemos.
-¿Y los demás? –dije yo.
-¿Qué pasa con los demás? –contestó Benito. No entendí esa pregunta, porque acababa de hacer yo la mía, pero se la repetí igualmente.
-Pues claro que ligamos. ¡Yo ligo todo lo que quiero! –dijo Benito.
-¿Tú? –preguntó David-. ¡Pero si tú no has ligado en la vida!

Entonces Benito le dio un puñetazo y a David le salió sangre de la nariz. Son tremendos los puñetazos de Benito. Todo el mundo sabe eso también, porque todos hemos recibido alguno alguna vez. Lo de que Damián liga no lo sabemos porque haya ligado con nosotros, claro, aunque también lo sabemos. Diría que lo sabemos tan bien como lo de los puñetazos de Benito.
-Yo también ligo –dijo Amadeo-. Los altos siempre ligamos. En todas partes donde estés notas que las chicas te están mirando.

Yo no sabía que Amadeo ligaba, pero es verdad que es el más alto de todos, aunque tiene las piernas un poco arqueadas, y siempre parece que estuviera agarrándose al suelo con los dedos de los pies para no desequilibrarse.

-Yo podría ligar si quisiera, porque sé mucho. –dijo Adolfo-. Y es verdad, porque tiene los mejores resultados y siempre es el mejor en todo-. Pero sería abusar. Además, tendría que perder tiempo y mis resultados empeorarían.
-¿Y tú? –le pregunté a Vicente, porque Vicente es manco, y pensé que quizás eso no les gustara a las chicas.
-¿¡Por qué me lo preguntas?! ¡¿Sólo porque soy manco no voy a poder ligar?! ¡¡Yo ligo como todo el mundo!!

Por último pregunté a David, que tenía aún un poco de sangre en la nariz, pero me dijo que si quería un puñetazo y entendí que él también liga.

Como me quedé un poco preocupado fui a buscar a Manuela para preguntarle si las chicas también ligaban. Manuela es genial, porque es mi mejor amiga chica, y puedo hablar con ella de cualquier cosa.

-Claro. Para una chica es muy fácil ligar –me dijo-. Pero no todas quieren. Por ejemplo, Delia dice que prefiere no ligar, porque los chicos son imbéciles y está bien sola. Y a Begoña sólo le gusta Damián, así que no le apetece ligar con nadie más. Pero Rosaura, por ejemplo, que le gustan todos, liga todo el rato. Luego llora cuando la dejan, pero no pasa nada porque siempre consigue otro. Berta también liga mucho, porque tiene la suerte de que le gustan los chicos feos y, claro, con los chicos feos es muy fácil ligar. Y luego está Marimar, que no liga, pero dice que es porque no encuentra al chico adecuado, pero que tiene oportunidades. Y será verdad, porque una chica siempre tiene oportunidades.
-¿Y tú? –le pregunté.
-¿Qué? –me dijo. Y me acordé de que Benito tampoco había recordado la pregunta aunque estábamos hablando de ella.
-¿Tú ligas?
-¡Pues claro que ligo! –contestó. –Para una chica es muy fácil ligar-. Y me creo de verdad que Manuela ligue, porque conmigo, por ejemplo, podría ligar cuando quisiera.
-¿Y por qué crees que no ligo yo?
-Pues porque habrás tenido mala suerte. Tú no te preocupes, ya verás como empiezas a ligar pronto. Todo el mundo liga. No hay ninguna razón para que no ligues tú. Seguro que en realidad sí que ligas, pero ni siquiera te estás dando cuenta.

Entonces sonó la sirena y terminó el recreo.
Yo subí mucho más tranquilo a clase, porque ahora ya sé que no es que me pase nada, sino que ha sido una casualidad. Incluso me sentía ilusionado, porque lo más seguro es que ligue enseguida, y tengo tantas ganas de hacerlo que creo que voy a pasármelo muy bien y a disfrutar mucho en los próximos tiempos.

Tan ilusionado estaba que las siguientes clases me salieron muy bien y los alumnos estuvieron atentos y en silencio, no como normalmente, que parece que tuvieran no sé qué intranquilidad, o insatisfacción, o falta de algo que no supieran qué es, pero que les impide centrarse.