martes, 5 de diciembre de 2017

el laboratorio erótico de Sofía: ¿UN CAFÉ EN MI CASA?


Sofía me ha propuesto tomar un café.

-Claro –digo. -¿Cuándo? ¿Dónde?

-¿Te apetece conocer mi casa?

Dos frases y ya ha empezado el hormigueo. ¿Qué significa “conocer mi casa”? ¿Qué está tramando? ¿Qué ha tramado? Y, ¿qué sentido tiene resistirse?

-Vale –contesto. Respondo con brevedad para poder sonar natural. Antes de dejar el móvil ya sé que habría sido mejor manifestar abiertamente mi estado de ánimo. He disimulado lo indisimulable, y al hacerlo he hecho el ridículo. El primero. Veremos de cuántos.

No tengo, por supuesto, ni la más remota idea sobre lo que va a suceder. Es, efectivamente, la primera vez que voy a su casa, y me pregunto si eso significa que por fin “toca”. No sé si vamos a tener una relación erótica, si me va a someter a uno de sus experimentos o si se tratará de alguna mezcla de ambas cosas. En cualquier caso me parece una situación de alto riesgo sexual, de modo que decido prepararme. Es sólo por si acaso. Por no estropear la oportunidad si se presenta.

Sofía me convoca a las 5 del viernes. “¿Quieres que lleve algo?” –le escribo. “No es necesario. Yo sí tendré algo para ti.”

Estar preparado para lo que pueda suceder, pero que esa preparación no resulte demasiado evidente.

Como en tantas otras ocasiones, con tantas otras personas, tengo la sensación de que se juega con mi deseo, y de que se me obliga a realizar un trabajo que puede servir de algo o no servir de nada, sin consideración hacia ese esfuerzo. Preferiría, y en realidad lo esperaría de Sofía, que, si no va a expresar con claridad lo que quiere de mí, al menos haga una insinuación que yo pueda entender. Algo como “no hace falta que te afeites”.

Me resigno a realizar los aseos y arreglos propios de cualquier salida de viernes, sin saber si volveré pronto o tarde, si tiene sentido o no pensar en un verdadero plan de viernes para después o si éste ya es más de lo que puedo manejar. Esa resignación incluye dedicarme a una cuidadosa selección de toda mi indumentaria exterior y, claro está, interior. El momento de elegir calzoncillos es especialmente ridículo. Me produce pavor la idea de tener que desnudarme delante de Sofía y parecer un hortera. Y me resulta humillante preguntarme cómo debo elegir una ropa que no verá nadie jamás. Acabo, por supuesto, escogiendo los que más me gustan, los que más seguro me hacen sentir. Ésos serán los que desperdicie, y de los que ya no disponga, si tengo que volver a arreglarme después.

Cuando salgo a la calle aún no he decidido, tampoco, si debo o no debo llevar algo, ni el qué. En el éxtasis de mi desubicación, decido comprar pastas.

Llego puntual, sin saber si me espera una tertulia de filósofxs, una orgía, o las dos cosas. Ella me abre la puerta y enseguida me doy cuenta de que no hay nadie más. Como es evidente que mis primeros movimientos son inseguros, tiene la amabilidad de desplazar la atención hacia lo que aporto al encuentro.

-¿Qué has traído?

-Pastas.

-Perfecto. Dámelas.

Me siento en su sofá mientras desaparece para reaparecer inmediatamente con el café. Acto seguido vuelve a la cocina y regresa con dos bandejas de pastas. Sólo reconozco una, pero la otra es casi idéntica. Las pone sobre la mesa. En total debe de haber unas 80 pastas para dos personas. Sin embargo, no hace ninguna referencia. Me parece propio de ella no dar opción a que se alivie la incomodidad. Dejar que aquello haga su trabajo. Que duela.
Durante alrededor de una hora charlamos actualizando recíprocamente información y pasando espontáneamente por temas diversos. Nada que, ni por asomo, haga pensar que estamos en una situación más íntima de lo habitual o que, quizás, incluso, se trate de algo así como de una cita sexual. Pero con Sofía eso no tiene importancia. Sé que en cualquier momento todo puede cambiar. Estoy expectante y, lo reconozco, esa expectación repercute en una cierta falta de fluidez.

-¡Bueno! –exclama, por fin. –No te entretengo más.

No termino de tener claro si me está pidiendo que me vaya.

-No tengo prisa.

-Yo un poco sí, ya sabes: La vida.

-¿La vida? ¿El estrés, quieres decir? ¿Tienes mucho trabajo?

-No. La vida. La vida misma. –aclara, si es que eso es aclarar algo, mientras se incorpora y avanza hacia la puerta.

Estoy tan sorprendido que obedezco como un autómata: Apenas me he dado cuenta y ya estoy con un pie en el descansillo. “Por cierto, gracias por las pastas”, me dice, mientras pone en mi mano una bolsa de papel con algo envuelto dentro.

Hasta que me encuentro en el vagón del metro no empiezo a salir de mi perplejidad. Realizo entonces los primeros esfuerzos por entender qué ha pasado. Rastreo la cita buscando los elementos extraños que me sirvan de clave, pero hoy todo está vacío. He tomado un café en casa de Sofía como podía haberlo tomado en casa de cualquiera. Siento por eso mismo que, esta vez, el juego se ha llevado demasiado lejos. Entiendo que nadie tiene la responsabilidad de satisfacer mis expectativas sexuales. Pero no sé si es tan legítimo que la única justificación para provocarlas sea el disfrutar de ver cómo se frustran. Otros días he comprendido que me proponía una experiencia interesante. Pero no veo qué saco yo de lo que ha pasado hoy. No veo el sentido y, lamentablemente, no veo el respeto. Como una caricatura de mi propia indignación, o como una burla que parece llegar directamente desde Sofía, me vienen a la cabeza mis calzoncillos seleccionados y desperdiciados. “¡Qué guapo vas!” me digo, con toda la crueldad que logro reunir.

Quiero pedirle explicaciones. Me parece extraño haber tenido que llegar a este extremo con Sofía, pero mi deseo de hacerle responsable es más fuerte que mi extrañeza.
Me decido a escribirle:

-¿Por qué me manipulas?

Veo que está en línea e, inmediatamente, me invade la sensación de haber pisado un cepo.

-¿Manipular?

-¿No crees que manipulas mis expectativas de tener relaciones sexuales contigo?

-No te entiendo. Continúa.

-Siempre nos vemos en la calle. Esta vez me invitas a tu casa, pero no comprendo para qué. ¿Tan extraño es que yo conciba una esperanza a partir de ese cambio? Le he dado mil vueltas a lo que podía pasar, he venido preparado para mil porsiacasos, ¿qué utilidad tenía ese esfuerzo? ¿Comprobar tu poder? A eso llamo “manipulación”. A que me trates como si fuera un trozo de barro. Si voy a ser un trozo de barro, al menos haz algo conmigo. No digo que tengas relaciones sexuales. Cuando te has burlado de mí me has ayudado a crecer. Pero, ¿para qué hemos quedado hoy? ¿Te aburrías?

-Ya veo a qué llamas “manipular”.

-¡Me alegro! ¿Y te parece bien que…

-Llamas “manipular” a que no te manipule.

-…?

-Te he preguntado si te apetecía conocer mi casa.

-¿Y?

-¿Qué es lo que más te ha gustado de ella?

-

-:D

-Enhorabuena. Acabas de darme otra lección. Gracias. Haces bien en reírte.

-No me río por eso. Es que me chocaba tu enfado, pero acabo de descubrir qué es lo que lo provoca. Y es gracioso.

-No estoy muy seguro.

-Lo es. Estás enfadado porque piensas que tú has puesto mucho de tu parte y yo no he puesto nada.

-Hay algo de eso. Al menos hoy.

-Haces mal las cuentas.

-¿Por?

-No tienes que calcular lo que has puesto de tu parte, sino lo que has puesto de tu parte para mí.

-¿

-No pienses en cuánto nos hemos sacrificado, piensa en cuánto nos hemos dado. Tú no me has dado nada. No has pensado nada sobre qué podía yo necesitar, sobre qué era adecuado hacer… Y lo que has pensado lo has pensado mal.

-Lo siento.

-No. Está muy bien. Es lo que esperaba. Por eso yo no te he dado nada a ti. Casi. J

¿Sabéis cuando llevas todo el tiempo atento a una fecha importante que no quieres que se te pase por nada del mundo y, de pronto, en tu mente, la repasas, la miras con atención, y comprendes que la estabas leyendo mal, y que esa fecha es ayer? ¿Ese escalofrío? Ese escalofrío.

Vuelvo a mirar el teléfono esperando leer en él mi propio pensamiento. Y ahí está.

-Has salido tan perplejo de mi casa que no se te ha ocurrido mirar dentro de la bolsa. Así que te has enfadado cada vez más, sin nada que lo parase. Gracias por el buen rato. Me refiero, obviamente, a éste.

Me quedo embobado mirando el paquetito. No llego a plantearme abrirlo hasta que todas las especulaciones han terminado por fin de perturbarme. “Sofía ha pensado en mí”, “aquí está lo que ella me da”, “aquí hay algo que ella sabe que deseo, que necesito”, “aquí está ella, para mí, de algún modo sorprendente que Sofía me ha preparado”, “este objeto es justo lo que ella sabe que transformará mi malestar”.

El papel se resiste, como pasa siempre que lo manosea un impaciente. Consigo abrirlo y desplegar el montoncito de tela que encuentro en su interior. Lo sostengo, extendido, ante mis ojos.

Unos calzoncillos.

Bonitos. Todo hay que decirlo. Más bonitos, incluso, que los que llevo puestos.

Y más aún que me lo resultarían si no me estuviera mirando el vagón completo. 
En fin. No tengo de qué quejarme. Ya puedo decir que hoy me han visto los calzancillos. Y además siguen limpios.


lunes, 27 de noviembre de 2017

la leyenda de las sexualidades alternativas.


Aspiro, una vez más, a escribir un texto muy breve.

A raíz de lo llamas sexo pero es sometimiento, recibí un buen número de mensajes e interpelaciones con un contenido similar. La idea era, en resumidas cuentas, que el sexo del que yo hablaba tal vez existiera, pero que ni eso era el sexo, ni era todo el sexo, ni estaba yo tomando en consideración las sexualidades alternativas.

Bien.

Como es de sobra conocido, la inexistencia de dios es indemostrable. No podemos saber a ciencia cierta si dios no existe, porque no podemos mirar en todas partes y en todo momento, y en alguno de esos lugares y momentos en los que no hemos mirado, podría estar agazapado un ser omnímodo, omnisciente y omnipotente, que aprovechara todas esas propiedades para ocultarse mejor. Poder, podría.

Lo que sí es demostrable es su irrelevancia. Si dios no comparece, si ni está ni se le espera, si no ha dado la más mínima señal de vida a tantxs escrutadorxs de cielo y tierra como en el mundo han sido, si no se ha tomado la molestia ni de escribir un tuit, entonces es que dios da igual. Así de sencillo. Hablar de él es perder el tiempo.

Con ese otro sexo del que se afirma que no está construido sobre la dominación pasan tres cuartos de lo mismo. Ni es predominante, ni es siquiera fácil encontrarlo ni, por supuesto, tiene mucho de alternativo.

No va a estar de más concretar a qué se llama aquí “alternativo” (incluso a qué se llama alternativo en cualquier lado, pero restrinjámonos a lo que nos ocupa).

Creo que se puede esperar cierto consenso en torno a una idea de sexo alternativo si ésta implica: a) conciencia de qué es aquello con respecto a lo que se señala como alternativo (quién es el enemigo) b) condición de amenaza a ese enemigo (no ser la conciencia de que hace falta una alternativa, sino tener forma de alternativa capaz de sustituir a lo hegemónico c) existencia.

Ahora pasaré a lo que era mi propósito inicial: señalar algunos sexos que dimanan directamente del sexo hegemónico de dominación como respuestas complementarias, que por lo tanto no son alternativos, y en los que, me temo, se está basando el grueso, ya magro de por sí, de la supuesta alternativa.
-del sexo de dominación tiene que dimanar necesariamente un sexo de sumisión. El sexo de sumisión se caracterizará porque perseguir la reducción, el camuflaje, o la compensación del sometimiento. Se caracterizará también por ser el favorito del sujeto oprimido. Es lo que conocemos como sexo con sentimiento; como “hacer el amor”.

Hacer el amor no es una alternativa según los criterios propuestos porque ni designa al enemigo (para ese sexo no hay problema con el sometimiento si en él se hace el amor), ni construye alternativa (si todo el mundo hiciera el amor se estaría respondiendo a una necesidad afectiva inexistente, ya que nadie estaría sometidx). Hacer el amor, en realidad, reproduce el sometimiento, porque enseña al amo a ser amo a través de la conducta del esclavo.

Eso sí, existir existe. En abundancia.

-de entre el conjunto de los sujetos dominantes tienen que aparecer sujetos que disimulen su dominación aspiracional, porque son menos fuertes o porque descubren un nicho explotable entre quienes rechazan al dominador típico. O simplemente sujetos que fracasan en su proyecto de dominación y caen bajo la dominación de quien debía ser su esclavo. O sujetos que no tenían un proyecto de dominación, pero que no tenían una alternativa a la dominación, y por tanto han sido, directamente, dominados.

Los hombres que hacen el amor tampoco son, por lo tanto, una alternativa. Ni la inversión de roles ni la coincidencia entre dos esclavos implica conciencia de quién es su amo ni constituye de por sí la más mínima amenaza hacia él. Y ni siquiera es demasiado frecuente, porque, como decía en el punto anterior, hacer el amor enseña a esclavizar. Y lo normal es que al final alguien lo aprenda primero.

-por la misma razón, las mujeres cuya aspiración es someter no están poniendo en práctica ninguna alternativa al sexo hegemónico, pues aquello a lo que se enfrentan no es, evidentemente, el sometimiento, sino a que dicho sometimiento sea en función del género. Que el desplazamiento de la opresión del género a la clase sea reivindicable como alternativa es extremadamente discutible. Si llega el día en el que lxs amxs sean indistintamente mujeres u hombres, ese día veremos también a una masa de personas sometidas equivalente a la actual, ahora de géneros variados. Por supuesto no se trata, en cualquier caso, de una alternativa feminista, pues no lo es bajo ningún concepto traicionar a la mayoría de las mujeres en favor de una élite que pueda fundirse con la élite de hombres.

-del cuestionamiento de la hegemonía surge, necesariamente, una cierta tolerancia paternalista por parte de esa hegemonía. Del neoliberalismo surge, además, algo más inmenso: la tolerancia extrema a todo aquello cuya demanda vaya acompañada de dinero con qué pagarla.

El sexo diverso no es, por lo tanto, un sexo alternativo. Es la agregación al sexo hegemónico de todas sus excrecencias, restos y deshechos, conformando un conglomerado multicolor y desactivado listo para convertirse en nueva hegemonía. Si tu alternativa sexual no ha venido a acabar con la hegemonía, bueno, no vamos a decir que necesariamente es más hegemonía. Quizás la horade un poquito, quizás cuestione ligeramente alguno de sus aspectos, quizás, por qué no, la ayude a avanzar hasta su siguiente nivel evolutivo, aún más opresor. Lo que no es, de ninguna de las maneras, es una alternativa. Lo alternativo es excepcional entre lo diferente. Lo diferente, normalmente, es todo igual.

Estos no son los únicos sexos que dimanan espontáneamente del hegemónico. Y es muy posible que si los citáramos todos tampoco estableciéramos la lista completa de todas las sexualidades existentes. Pero las que quedan tienen una presencia tan testimonial, tan desarticulada, o directamente tan inconsciente de su propia existencia, que difícilmente podrán reivindicarse como alternativa.

Y si me equivoco, aquí estamos. Eyes Wide Open.


martes, 21 de noviembre de 2017

te amo.



Te amo. Pero tú no me amas a mí. A causa de ello, sufro -dice él.

Sufres por mi causa. A causa de ello, sufro yo -dice ella.

Eso sucede porque, en realidad, me amas un poco –dice él.

Tal vez. Pero no me importa, porque saberlo no me liberará del sufrimiento –dice ella.

Déjame que te libere yo -dice él.

¿Cómo lo harás? -pregunta ella.

Convenciéndote de que mi sufrimiento no es culpa tuya –contesta él.

Sin embargo, lo es –dice ella.

No lo pienses. Sólo observa lo alegre que me siento ahora, a tu lado –dice él.

Sí, lo veo. Y me agrada –dice ella. –Ya no sufro.

Te agrada mi alegría. Eso sucede porque me amas algo más que un poco –dice él.

Tal vez –dice ella.

Ahora tú también estás alegre. Sucede porque yo estoy aquí, a tu lado –dice él.

Estoy alegre –dice ella. –Y estás a mi lado.
Sin embargo, ahora debo irme –dice él.

¿Y sufrirás? –pregunta ella.

Sí. Sufriré mucho más de lo que sufría antes de liberarte de tu sufrimiento –contesta él.

Sufrirás por haberme evitado sufrir a mí –dice ella.

Así es –dice él.

En ese caso yo también sufriré mucho más –dice ella.

Eso sucede porque me amas –dice él. -Del todo. Y porque deseas mi compañía, y porque es mi compañía lo único que puede liberarte de tu sufrimiento.

Tal vez. O tal vez no. Lo que sé es que sufriré, y que no deseo sufrir, y que si es tu compañía lo que necesito para no hacerlo, entonces quiero tu compañía –dice ella.

Hazme llamar, entonces, cuando sufras. No pierdas ni un segundo. No esperes ni un instante  –dice él.

¿Acudirás? –pregunta ella.

No –contesta él.


lunes, 13 de noviembre de 2017

mil dudas prácticas sobre agamia.


Recibo con frecuencia, ya sea en talleres, encuentros, redes sociales o conversaciones privadas, preguntas sobre mi manera de entender y poner en práctica la agamia. Sobre cómo es mi vida en tanto que ágama.

Éste es un texto en el que entretejo algunas de esas preguntas, y las contesto (más o menos) en el modo en el que lo hago habitualmente.

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Di la verdad. Lo de adoptar la agamia como forma de relacionarte, ¿no será consecuencia de haber sufrido por amor? Es una pregunta personal, lo sé, pero, ¿puede ser que la explicación de todo esto sea que te han hecho mucho daño?

Si la explicación fuera ésa seguramente tú serías ágamx. La inmensa mayoría de las persona han sufrido por amor, y casi todas dirían que les han hecho mucho daño. Es una de las cosas en las que el amor nos iguala. Todxs hemos sufrido mucho por amor y todxs hemos infligido mucho sufrimiento por amor. ¿Por qué unas personas deciden ser ágamas y otras no? La diferencia no es ésa. Las personas que adoptan la agamia no son las que han sufrido mucho, sino las que deciden que no aceptan la imposición de sufrir y hacer sufrir.

Vale, eres ágamo, muy bien. Pero, ¿qué pasa si te enamoras?

¿Por qué me iba a enamorar?

Le puede pasar a todo el mundo.

En mi caso es altamente improbable. Casi imposible.

¿Qué te hace diferente?

Que soy ágamo.

¿Qué cambia eso?

No establezco expectativas insensatas con respecto a otras personas. El enamoramiento es una expectativa de una insensatez escandalosa. Es pensar que has encontrado a alguien que cambiará tu vida sacándola de lo inmanente para llevarla a lo trascendente. Yo sé que eso carece por completo de sentido, y no vivo con la secreta esperanza de que ocurra, de modo que no lo proyecto sobre nadie que conozco, ni siquiera sobre alguien con quien pueda intimar.
¿Y si encuentras a alguien que te gusta mucho?

Ya he encontrado a gente que me gusta mucho. No creo que vaya a encontrar a nadie que me guste muchísimo más que la gente que más me gusta de entre aquella a la que ya he encontrado. Esto no significa, en absoluto, que no quiera que mi entorno relacional siga creciendo. Quiere decir, simplemente, que creo en el que ya tengo y estoy comprometido con él.

Entonces, ¿vives sin ilusión?

No entiendo a qué ilusión te refieres.

No tienes la posibilidad de vivir la ilusión de un gran amor.

No, no la tengo. Lo que dices es que no vivo la ilusión de una ilusión. Que no siento la alegre esperanza de algo ilusorio por venir. No la siento, es verdad. No creo que haya que vivir de la ilusión de lo que es sólo una ilusión. Eso sería lo mismo que vivir de la ilusión de una frustración ineludible. Creo que hay que vivir de expectativas sensatas, y de la alegría que produce el que haya una alta probabilidad de que estas expectativas se cumplan. Si llamas a eso “ilusión”, entonces sí, mi vida está llena de ilusión.

¿Quieres decir que te ilusiones por cosas, por proyectos propios, pero que no te ilusionas con las personas?

Me ilusiono con las personas en la medida en que creo que es probable que llegue algo bueno de esas personas.

¿Un beneficio? ¿Algo material?

Contéstame a esto: ¿el sexo es material?

En cierto modo.

¿Y el afecto? Un abrazo, por ejemplo. ¿Es material?

Podría serlo.

Claro. Todo es material. Coloquialmente llamamos “material” a aquello que constituye un bien concreto, y “materialismo” a pensar en bienes concretos. El amor nos enseña a pensar en bienes indeterminados, subjetivos y discutibles. Es el camino al falso altruismo amoroso. El altruismo amoroso consiste en que el intercambio de beneficios no sea calculable, de modo que sea posible la competición y, en última instancia, la desigualdad. No es que las personas que se aman sean altruistas. Lo que sucede es que aceptan la apuesta de la competición, en la que pueden ganar, empatar o perder. Llamar a eso altruismo sirve para descalificar a quienes buscan un intercambio justo. Exigir un intercambio justo acaba con el oscuro juego competitivo, pero se considera traición. Es como chivarse a la policía. En el amor todo se da “a cambio de nada”, como en la mafia.

Me parece horrible la idea de que haya que estar calculando constantemente perjuicios y beneficios en una relación afectiva. ¿Es eso lo que haces tú con las personas cercanas? ¿Apuntas en una libreta todos los beneficios que les ofreces para poder cobrárselos “justamente”?

No, no necesito hacer eso. Dispongo de algo mucho mejor que una libreta. Se llama “afecto”. El afecto automatiza ese intercambio. El afecto hace que me resulte agradable satisfacer las necesidades de las personas por las que siento afecto, sin necesidad de que esté pensando en beneficios posteriores. También me indica cuándo alguna de esas personas está siendo injusta conmigo y si, quizás, tengo que reconsiderar mi afecto.

¿No crees que el afecto muchas veces es egoísta?

Es curioso que digas eso, porque el cálculo consciente te parecía materialista. Ahora consideras que el afecto es egoísta. Todo para defender que es el altruismo amoroso el que debe supervisar el intercambio. Sin embargo el amor está en el extremo del egoísmo porque, a diferencia del intercambio supervisado por la conciencia o por el afecto, el amor no admite autoridad alguna. Es la legitimación pura del deseo y, por eso mismo, la estructura afectiva idónea para el egoísmo extremo. De hecho, existe el amor, pero no el altruismo amoroso.

¿No consideras altruista el amor universal? ¿Y el amor por lxs hijxs?

Es muy ingenuo considerar esos amores como altruistas. El amor universal es una herramienta de gestión emocional a la que normalmente recurren personas que han perdido la serenidad. Tiene menos que ver con amar al mundo que con dejar de odiarlo cuando el odio es tan grande que nos destruye y necesitamos algo así como una reinstalación emocional completa. Amar universalmente es, como ves, una cuestión de vida o muerte, de modo que no se puede decir que sea precisamente altruista. En cuanto al amor por lxs hijxs, bueno, no sé qué queda por decir sobre el egoísmo que esconde ese amor, especialmente cuanto más apasionado es.

¿Cuántas personas ágamas hay en tu vida?

Tantas como en la tuya.

Creo que en la mía no hay ninguna.

Todo el mundo está relacionado. Es verdad que la mayoría lo está de un modo muy lejano. Pero cuando preguntas por “mi vida” me estás pidiendo que establezca una frontera entre lo que es mi vida y lo que no lo es. No sé qué interés tiene esa frontera, pero no tengo ninguna objeción en visualizarla y contestarte. El problema es que no sé a qué distancia de mí quieres que la establezca. No sé a qué llamas “mi vida”.

Quiero decir que cuántas relaciones ágamas tienes, en el sentido en el que una persona poliamorosa dice “tengo tres parejas”.

Una persona poliamorosa suele decir “tengo tres amores”. Si pudiera contestarte en ese sentido sería yo una persona poliamorosa. Y no lo soy.

Estás jugando con las palabras. Sabes a lo que me refiero. Relaciones cercanas, íntimas, especiales…

…sexuales.

También.

Nuestra manera de hablar de las relaciones tiene un enfoque estático. Busca un cuadro congelado que puede no corresponder con la realidad de un conjunto de relaciones y que, por descontado, no corresponde con la realidad de cada una de las relaciones. Necesitamos un enfoque dinámico, que incluya los procesos. Eso pasa por dejar de contabilizar relaciones y entender situaciones. O, si quieres, y para no caer en el esnobismo de rechazar los métodos cuantitativos, dejar de contar personas y pasar a contar las necesidades de esas personas.

Entonces haré la pregunta de otro modo: ¿con cuánta gente tienes relaciones sexuales? Doy por hecho que no tienes por qué contestar, es sólo una forma de analizar cómo hablar sobre las relaciones.

Claro. Pero independientemente de si quiero contestarte, sucede que de nuevo no puedo. ¿Cuánto, y con qué frecuencia y recencia, hay que tener relaciones sexuales con una persona para que esa persona sea considerada alguien con quien se tienen relaciones sexuales? Nuestro enfoque estático estatiza las relaciones en la práctica. Obliga a las relaciones a pronunciarse, en este caso por ser o no ser sexuales, y a mantenerse en el lugar por el que se pronuncian. Yo no sé con cuántas personas voy a tener relaciones sexuales en el próximo mes. Y con eso no quiero decir que mi vida sea una vorágine relacional. Quiero decir que no sé precisar a quién voy a ver, ni si lo que haremos será tener relaciones sexuales. Un poco lo que le pasa a cualquiera, solo que mi terminología no es una trampa condicionante.

¿Te parece recomendable un modelo que presenta toda esa incertidumbre? ¿No crees que la gente quiere vivir más tranquila?

Yo no sé qué tal día hará mañana. Para mí es una absoluta incertidumbre. Pero es una incertidumbre irrelevante porque, si llueve, tengo paraguas. Yo no sé qué pasará mañana en mi relación con x, pero esa incertidumbre es irrelevante, porque la relación está construida sobre bases seguras y tengo la certeza de que no va a haber grandes fiascos ni cambios abruptos. Cabe una posibilidad remota de que los haya, pero incluso ésa no es demasiado estresante, porque mi entorno relacional va a conservar la estabilidad. Esta estabilidad es algo que no ofrece ningún otro modelo relacional, antiguo o nuevo. Es exclusiva de la agamia y me permite pensar serenamente en seguir construyendo.


lunes, 6 de noviembre de 2017

código de conducta para enamoradxs (y beodxs).


No es raro que en el discurso general, incluso plenamente amoroso, se hable de “embriaguez” al buscar símiles con el enamoramiento.

En mi opinión esta comparación es muy rescatable para resiginificar y gestionar el enamoramiento desde la agamia. Veamos en qué sentido.

Como tanto el enamoramiento como la embriaguez son estados psíquicos proclives a escapar al control de la conciencia moral (ave maría purísima), entendemos que sólo pueden ser asumidos por personas capaces de sustituir temporalmente dicho control por otro de emergencia. Eso deja fuera a toda aquella a la que coloquialmente podamos calificar de irresponsable. Ni niñxs (independientemente del daño que el alcohol puede causar en el organismo joven), ni personas que no sepan controlar la situación. 

Qué interés pueda encontrar el resto en enamorarse no es objeto de este post. Tal vez no lo sea de ninguno, porque yo no se lo veo demasiado. Si se trata de conocer la experiencia, bueno, es posible que venga bien perder el control una vez y ver hasta dónde nos lleva, pero, ¿qué hacemos con el daño a tercerxs? Si se trata de disfrutar, entonces el mejor mecanismo no es el enamoramiento, sino un sub-sub-enamoramiento, de segundo, tercer, o cuarto grado, al que ya podamos llamar “ilusión razonable”.

Pero volvamos a dar por supuesto que el interés por el enamoramiento existe.

Cuando se relaciona al enamoramiento con el concepto de embriaguez se interpreta con frecuencia que establecemos una simple diferencia cuantitativa: El enamoramiento sería “sólo” una embriaguez. No es así. La verdadera diferencia es de jerarquía. Como decía, el enamoramiento pasa a ser considerado una enajenación lúdica, subordinada a la responsabilidad, cuyas consecuencias hay que saber controlar.

Quienes añoran el enamoramiento, o no quieren renunciar a su intensidad, nos piden dejarse llevar por sus excesos, interpretando éstos como los máximos placeres que puede proporcionarnos. ¿Qué pensaríamos si alguien que reivindica la embriaguez nos pidiera no perderse el gran placer de tirarse por un barranco pensando que vuela? “Si no puedo dejarme llevar me pierdo lo mejor de la borrachera”. Vale.
Traslademos, a pesar de reproches tan sólidos, la forma que habitualmente adquiere la responsabilidad madura sobre la embriaguez (alcohólica) a la conducta enamorada. Nos encontramos en ella con algunas recomendaciones muy interesantes, tanto por lo sensatas como por lo bien afianzadas que están en nuestra cultura social. Vamos, que no se puede decir que estemos ante una utopía más allá del entendimiento de cualquier persona que sepa lo que es un/a borrachx.

Veámoslas.

Si te emborrachas/enamoras:

1-no te pongas pesadx, no molestes, no hagas daño a otras personas. Allí donde empieces a molestar, sólo a molestar, ya eres, mucho antes que una persona enamorada, una persona molesta.

2-procura no hacerte daño a ti. Recuerda, además, que hacerte daño aumenta el riesgo de que se lo hagas a tercerxs. Con respecto al daño a tercerxs consulta el punto anterior.

3-si te haces daño, no habértelo hecho. O sí. Tú sabrás. Pero, en principio, es asunto tuyo. Si no te pregunto es que no me interesa. Tu enamoramiento no justifica contar tu enamoramiento (puede, por cierto, que si pierdes el privilegio de contarlo, el enamoramiento mismo pierda atractivo para ti). Contar tu enamoramiento, si no es del interés de tu interlocutor/a, entra en el terreno de lo molesto, por lo que debes remitirte, de nuevo, al primer punto.

4-si no sabes no hacer/te daño, no te enamores. Es el homólogo del viejo “si no sabes beber, no bebas”.

5-si no sabes no enamorarte, busca ayuda. Es el homólogo del viejo “tienes un problema con el alcohol. Lo primero es reconocerlo”.

6-finalizada la enajenación, asume tus responsabilidades. Toda esta mierda es tuya. Recógela y deja todo como lo encontraste. Y si hay algo que no se puede devolver a su estado original, te toca pagar. El precio no lo determinas tú. Haber estado enamoradx no es un atenuante.

Efectivamente, este código implica una inversión del estatus de "persona enamorada", que pasa, con él, de ser una persona privilegiada, centro de atención y objeto de cuidados, a ser una persona que está haciendo uso de un privilegio, y que, por lo tanto, debe cuidadxs al resto.

Aceptadas sus normas, la pregunta por la cantidad de alcohol o enamoramiento óptima en cada ocasión recibe una respuesta muy alejada de la adolescente, o hooligan, idea de que hay que beber hasta desplomarse.

Nadie dice, por tanto, que no haya que enamorarse (ni, por supuesto, es este texto un alegato contra la ambriaguez). Lo que se dice es que hacerlo con responsabilidad cambia radicalmente el significado de la práctica. Es cierto que enamorarse en sentido estricto implica poner al enamoramiento por encima de toda responsabilidad. Así que en el fondo sí, es verdad: no hay que enamorarse. Hay que hacer otra cosa que, por economía del lenguaje, viene bien no llamar “enamorarse”.

Pues nada. Dicho queda.