lunes, 23 de mayo de 2016

¿de quién nos enamoramos? (II - el valor sociosexual)

Si todas las personas nos conociéramos unxs a otrxs y pidiéramos a cada una que clasificara a las demás según lo atractivas que las demás le resultan, podríamos agregar todas esas valoraciones y establecer una escala.

Discreparemos sobre lo horizontal, lo igualitaria que sería esa escala, pero parece difícilmente cuestionable que habría una cierta verticalidad, una cierta tendencia a poner a unas personas de un determinado tipo mucho más arriba que a otras. Parece difícilmente cuestionable también que, aunque esta escala es irrealizable, todxs tenemos en nuestra cabeza una idea más o menos esquemática de ella.

Pues bien, si volviéramos a molestar a todas las personas pidiéndoles que volvieran a ordenar a todas las demás según el lugar que creen que habrán obtenido en esa primera escala, y volviéramos a agregar todos los datos, obtendríamos una segunda escala, lógicamente mucho más vertical.

A esta segunda escala la llamo “escala de valor sociosexual”, y nuestra idea de ella es nuestro criterio principal a la hora de determinar el objeto amoroso.
Si la conformación de una pareja fuera una elección libre y unilateral, la primera escala sería la verdaderamente importante, y todxs elegiríamos a la persona que estuviera en su cúspide. Eso tan simple es lo que el amor dice que hacemos.

Pero las parejas se forman por elección recíproca entre dos personas y, claro, la cosa se complica, porque esa persona a la que elijo y que está en la cúspide, bueno, no es que no me vaya a elegir, no es eso. Es que ni tiene noción alguna de mi existencia ni, seguramente, crea que merezca la pena tenerla. Esa persona habrá elegido, por supuesto, a otra persona que estará también en las más inhóspitas alturas de la escala, y entre ellxs puede que hasta cumplan sus sueños correspondientes y formen una pareja. Esas personas de ahí arriba son, lógicamente, las primeras que eligen. Lxs demás esperamos turno.

A lo largo de nuestra vida vamos tanteando hasta tener una idea bastante precisa de cuándo nos toca turno o, dicho de otro modo, a qué altura de la escala podremos elegir con posibilidades reales de éxito. Y el sentido común nos dirá que ese nivel en el que podemos elegir es nuestro nivel, el nivel en el que lxs demás nos han puesto a nosotrxs mismxs: nuestro valor sociosexual.

Estoy completamente seguro de que no hay una sola persona que, llegada a este punto, esté extrañada por el razonamiento. Escandalizada tal vez, pero extrañada imposible, porque estos procesos de valoración nos acompañan todos los días ocupando un lugar muy preciso en nuestra psique, suficientemente lejos de la conciencia como para que podamos soportarlos y suficientemente cerca como para que optimicemos sus resultados.

El verdadero misterio en la elección del objeto amoroso son todos esos matices personales a los que llamamos “gusto”, y que se definen por oposición al criterio general en la escala de valor sociosexual. “Me gustan las narices grandes. ¿Cómo se explica eso?”

Para que la aceptación del valor sociosexual propio no sea una insoportable acumulación de frustraciones, nuestro sistema emocional tiene sus recursos adaptativos. Si fuéramos universal y constantemente conscientes de que no nos queda mucho más remedio que asumir lo que nos toca, tan alejado de lo que les toca a otrxs y de lo que nos gustaría que nos tocara, ¿cómo podríamos disfrutar en lo más mínimo de esa correspondencia?

El gusto que se construye como rechazo al canon no es otra cosa. Casi cualquiera puede suscribir que no le gustan las “personas perfectas”. Casi. Menos las personas perfectas. A ellas sí que les gustan, porque no han necesitado adaptarse a la evidencia de que nunca las obtendrán. La negación del superior inaccesible y la afirmación del inferior accesible explica el ejemplo de la nariz. Mi experiencia me dice que una nariz lo suficientemente grande como para constituir una imperfección es una vía de acceso a la obtención del objeto amoroso, sin la cual se me escaparía por arriba con absoluta certeza. En mi experiencia, la nariz grande “baja” al objeto amoroso y lo pone a mi alcance. ¿¡Cómo no me va a gustar!?

Algunos otros “defectos” no me gustan, porque en mi experiencia han dañado tanto el valor sociosexual del potencial objeto amoroso que han acabado ofreciéndome personas que eran accesibles sólo porque su valor sociosexual era inferior al mío, es decir, personas “objetivamente” inatractivas y que, por lo tanto, no amo.

No pudo extenderme en más detalles sobre la conformación del gusto, pero el resto no es otra cosa que una serie de consecuencias de la experiencia personal en su relación con la escala de valor sociosexual. Este gusto personal determinaría las personas de las que nos enamoramos. El enamoramiento no sería otra cosa que el entusiasmo experimentado ante el descubrimiento de un objeto amoroso posible, y sería más intenso, más repentino, más violento, cuanto más alto fuera su valor sociosexual.

Pero entonces, ¿el valor sociosexual al que accedemos no es fijo e idéntico al nuestro?

Sí lo es, pero nuestro valor sociosexual no es una moneda objetivada que podamos mostrar como si fuera un billete, a cambio del cual podamos exigir un objeto amoroso de calidad equivalente. Recordemos que el valor sociosexual es una valoración subjetiva sobre el valor objetivo. Sería algo así como adivinar el valor del billete de la otra persona en función de los innumerables indicadores que me ofrece, al tiempo que intento que atribuya a mi billete el máximo valor posible.
Esta dinámica se llama “seducir” y es una forma de competición. Tiene la supuesta ventaja de que flexibiliza un poquito el valor sociosexual al que tenemos acceso. Tiene la desventaja, muy superior, de que transforma las relaciones en sistemas de competición, donde el valor sociosexual debe ser peleado en todo momento, convirtiendo a todas las personas, ya sean objetos amorosos o no, en objetos secundarios de seducción cuya idea sobre mi valor sociosexual debo mantener lo más alta posible para que influyan positivamente en los resultados de mis seducciones principales. Esa competencia, como la económica, hace que la escala sea aún más vertical, es decir, más desigual, y que tienda a hundir a quienes no compiten.

El enamoramiento representa así el triunfo del individuo sobre el conjunto de la sociedad, a la que entiende que ha logrado robar un objeto amoroso más alto de lo que le correspondía. Es decir que no sólo es insolidario. Además es entrañablemente ingenuo. No hay momento más enternecedor que escuchar a una persona enamorada hablar del idealizado objeto de su amor, mientras sabemos, conozcamos a dicho objeto o no, que no será ni más ni menos que lo que es la enamorada misma.
A mí también me parece todo horrible. Cambiémoslo.

volver a la primera parte.

martes, 17 de mayo de 2016

¿de quién nos enamoramos?

¿Qué se puede aportar a una cuestión tan manida y resobada, tanto por los medios de comunicación como por la cotidiana puesta en común de nuestras vicisitudes amorosas? Gracias a todo ello sabemos de sobra que la pregunta tiene dos respuestas.

La primera la recoge ya el mito de la inasequibilidad del amor a la razón: imposible saber de quién nos vamos a enamorar o explicar por qué nos hemos enamorado de alguien. El amor es una química astrológica, una confluencia de energías más grandes quela vida, y nuestra pequeña conciencia humana sólo puede aceptarlo tal y como llega.

La segunda se aferra a este vocabulario para científico y le añade un carácter demostrativo y predictivo. El reduccionismo biologicista y su interdisciplinaria sopa de conceptos, nos cuenta la historia de la hormona azul que se dispara ante la aparición de una pareja apta para la procreación y cuyo acoplamiento neuroquímico es más reforzado por las condiciones del ecosistema cuanto más se renaturaliza éste. Y para demostrarlo hay estudios. En definitiva: que sigue sin depender de nosotrxs.
Sabemos, en realidad, algo más: que ambas respuestas son mentira, y que sentimos en lo más íntimo que esto del enamoramiento tiene, como los sueños, algún tipo de lógica relacionada con nosotrxs como personas (no con los astros ni con nuestra composición química), aunque la densa bruma determinista nos impida pillar el esquema.

La razón de que esa bruma exista y de que se embuchen sin medida a las calderas que la expelen es que es peligroso que el enamoramiento pierda su magia. Si el enamoramiento se “entendiera” es muy probable que dejáramos de hacer la mayor parte de las tonterías que hacemos por amor, y es muy probable que dejáramos de formar aquellas parejas (alto y amenazador porcentaje) cuya formación es también una tontería. Si pudiéramos “manejar” nuestro amor las cosas cambiarían mucho, y las calderas de la bruma determinista están en manos, sobre todo, de personas que se llaman “conservadoras” no porque trabajen el sector de la sardina en aceite, sino porque se benefician de que todo siga exactamente tal y como está.

Por si acaso, se procura que seamos brumafriendly, y se nos advierte para ello de que si se disipara la bruma se disiparía con ella de las relaciones la famosa e imprescindible “magia”. Quien dice “magia” dice “ilusión por vivir”. Las relaciones de pareja tal y como nos vienen, en su paquete comercial, tienen la exclusiva del sentido de la vida. Nada puede sustituirlas. Una vida donde la felicidad no la proporcione, sobre todo, el enamoramiento, es una auténtica mierda. Y en las instrucciones del enamoramiento nos aparece clara la advertencia: “la empresa no se responsabiliza de cualquier avería provocada por la apertura del mecanismo”.

En el próximo artículo, y contra toda cautela, vamos a exponer en líneas generales cómo determinados el objeto de nuestro amor desde una perspectiva psicosocial. No cómo elegimos pareja sino, directamente, de quién nos enamoramos. Nuestra impertinencia no tiene límites. Veremos que se trata de mecanismos que nos resultarán no sólo comprensibles y de sentido común, sino perfectamente familiares.

Y, siendo todo tan evidente, ¿cómo es que no nos habíamos dado cuenta antes? Pues por la bruma, que tiene padrinos. No sólo el sistema pone a nuestra disposición un arsenal de cuerdas para que elijamos libremente cómo atarnos. Cada vez que alguien esgrima la idea de que sobre los sentimientos no se puede mandar, preguntaos en qué le beneficia su supuesta impotencia.

ir a la segunda parte.

lunes, 9 de mayo de 2016

"¿qué está pasando polis?", una respuesta.

Con esta respuesta no pretendo en absoluto dar una solución a los conflictos y problemas planteados en el texto, ni hacer siquiera un análisis exhaustivo. Mi única intención es plantear algunas líneas de reflexión que me parece que no debemos olvidar si queremos que nuestro proyecto no monógamo llegue a buen puerto, y que el fragor emocional de los testimonios a veces deja un poco de lado.

Nadie dijo que fuera difícil (o poca gente. yo, por ejemplo, no). Pero si creemos que el paso de la monogamia represiva a la no monogamia liberada es como el saltito de Dorothy cuando entra en el camino de baldosas amarillas es que todavía conservamos gran parte del pensamiento mágico amoroso. Pero de ahí al derrotismo y la indefensión hay una gran distancia. Cada persona es diferente, pero seguramente, en general, tenemos muchas razones para sentirnos, por lo menos, orgullosxs.
Estos son los temas que me parece que no están recibiendo la atención debida:

- seguimos admitiendo la relación indisociable entre sexo y afecto, donde afecto no es sólo el afecto normal y necesario para llevar a cabo la relación sexual, sino el que la tradición monógama espera como consecuencia de la relación sexual. El problema que cuentan los testimonios no es sólo que se echa de menos el afecto, sino que se echa de menos que haya una correspondencia afectiva a la relación sexual, es decir, que “mi” sexo de hoy sea correspondido con “tu” afecto de mañana.

Si no abandonamos de una vez el discutible intercambio de sexo por afecto, y si no somos estrictxs a la hora de valorar los compromisos que las otras personas han adquirido libre y conscientemente, no sólo no vamos a empoderarnos sexualmente jamás, sino que tampoco vamos a tener relaciones verdaderamente sexuales.

El sexo es sexo, y aunque haya quien lo divinice, puede perfectamente no apetecernos como tal, porque quizás buscamos otra cosa, o lo buscamos de una manera que no se parece a lo que nos están ofreciendo. No tenemos la obligación de dar sexo para conseguir afecto (en teoría sólo las personas monógamas consideran que esas dos cosas tienen que ir de la mano), y tenemos todo el derecho a pedir, a proponer, y a imaginar afecto sin sexo, o no automáticamente acompañado de él. Tampoco tenemos derecho a exigir afecto porque haya habido sexo. El sexo tiene su propia idiosincrasia, y aunque no es el caso más frecuente (el más frecuente es el del siguiente punto) un ghosting puede ser consecuencia, simplemente, de que el sexo no ha gustado, o no lo suficiente. Sin más. Y la relación se disuelve porque desaparece el vínculo que la formaba.

Por otro lado, es importante mantener la mente fría a la hora de valorar nuestra verdadera situación. Una carencia, si se cronifica, puede generarnos una crisis, pero si se trata sólo de una carencia, nuestra situación no es, ni mucho menos, desesperada. Habrá que dedicar recursos a satisfacerla, pero desestabilizar todo el entramado es el error que la monogamia espera de nosotrxs. Para la monogamia todo va junto, y su mensaje es que si te sientes mal, sea por lo que sea, debes volver a ella. Ni caso.

-Seguimos obviando el análisis patriarcal en el intercambio sexual. A estas alturas aún nos llevamos las manos a la cabeza cuando descubrimos que un hombre muy amable, cariñoso y correcto sólo nos quería para follar. Todavía, por lo que veo, incluso en un entorno crítico como es la no mongamia, no entendemos qué pasa por la cabeza de esas personas que se disfrazan para conseguir relaciones sexuales, y nos aferramos a la mala fe de la confianza a priori. Volvemos a confiar y nos vuelven a engañar.

Seamos clarxs. El intercambio de sexo en mano por cariño en forma de pagaré es de mala fe o, por no obviar que la violencia se origina en el lado patriarcal, es, cuando acumulamos experiencia suficiente para estar prevenidxs, intentar estafar al estafador con sus propias cartas. Sabemos que nos la jugamos, y deberíamos saber que tenemos las de perder. Para que la palabra dada tenga valor, debe venir avalada de algún modo. Y los avales que pedimos suelen ser muy pobres. Normalmente un par de citas.

Esta no es una sociedad de la cordialidad sexual, donde la experiencia nos dice que la mayoría de la gente es buena, honesta, clara y justa. De hecho, y con respecto al sexo, es exactamente lo contrario. Es una sociedad donde el sexo mismo está convertido en un símbolo de poder y donde todos los agentes culturales nos invitan a conseguir el máximo poder posible. Es una sociedad donde la relación sexual se concibe como un saqueo tras el que la persona activa queda tan satisfecha que quiere irse a silbar por la calle regodeándose en su victoria, y la persona pasiva quiere que alguien le de afecto porque se ha quedado completamente vulnerable. Por eso sabemos que incluso pasa, y no deja de ser patriarcal, el que los roles se inviertan y nos encontremos que cuando damos afecto como hombres y a priori, somos nosotros quienes nos arriesgamos a quedarnos en números rojos. Nos ha pasado a todxs. En los dos roles. La palabra, a priori, no vale nada. Y quien quiere que su palabra sea creída a priori es de quien menos debemos fiarnos. La nuestra, normalmente, reconozcámoslo, tampoco vale demasiado, y lo que decimos antes del sexo es papel mojado para después, ya sea que vamos a dar cariño o que no lo vamos a pedir.

Así está el mundo. Puede parecernos muy duro. Pero más duro es obviarlo y ser expoliadxs emocionalmente una vez tras otra. No olvidemos ni por un momento que esto mismo pasa en la monogamia. Nuestro problema no es la idiosincrasia poliamorosa sino la patriarcal neoliberal.

Si queremos afecto, propongámoslo ya, ahora. Y si las personas objeto de nuestro deseo de afecto no nos lo quieren dar, tendremos que deconstruir ese objeto de deseo, porque está construido en una normatividad cuya función es que nuestra dependencia nos lleve a formar parejas. Para eso sirve, entre otras cosas, cuestionar la heteronorma, y el binarismo relacional, y la simetría: para aprender a encontrarnos con las personas con las que podemos aliarnos y prescindir de quienes aceptan la cultura del botín sexual. Los grupos no monógamos no son muy numerosos. Pero normalmente los grupos monógamos son menos numerosos aún. ¿Vamos a seguir diciendo que no hay gente? ¿Vamos a seguir obviando que cuando nuestrxs compañerxs no monógamos se quejan de que no hay gente nos están señalando, entre otrxs, a nosotrxs?

-Por último, quiero recordar que es inherente a la ideología del amor  anteponer el placer a la vida emocional sana, y que al identificarnos con ella, y con esa idea de que el amor es en sí y por sí nuestro objetivo, defendemos un caballo de troya construido para apuntalar la monogamia en crisis. Si viviéramos en un mundo justo donde todo el mundo se tratara bien, podríamos disfrutar del vértigo de tirarnos de espaldas donde quisiéramos, porque sabríamos que siempre habría una persona dispuesta a amortiguar nuestra caída. Pero ése no es el mundo en el que vivimos, al menos de momento. El culto al subidón amoroso, a la NRE, a los grandes pasiones (con “duelos cortos”, dicen por ahí) ¿esperamos que nos proporcione estabilidad emocional, felicidad, serenidad, claridad de ideas? Le hacemos sistemáticamente el juego al capital al elegir el carpe diem por delante de la vida buena. Defendemos el dejarnos llevar por la tentación de vivir una experiencia arrebatadora, aunque sea ficticia, aunque sea breve, aunque sea dolorosa, antes que elegir lo que sabemos que es mejor. Defendemos el minar nuestra libertad a base de montañas rusas emocionales de modo que a la vuelta del viaje el mareo nos devuelva mansos y asustados al redil de la monogamia. Caemos en el mito de la revolución por el placer, de que el mundo cambiará para bien a golpe del capricho que nos sale del bolo y que, por lo visto, es nuestro verdadero “yo”.

No se trata de sustituir la pasión por la rutina. Se trata de que el conocimiento y las condiciones adecuadas son lxs que convierten un riesgo en una experiencia digna de ser vivida. Las drogas están ahí, neutras. Es su buen uso lo que transforma un veneno en una herramienta de conocimiento. Se nos olvida con frecuencia que la intensidad no es una virtud en sí misma, y que una relación en la que resultamos despreciadxs genera más soledad que una no relación.


OTRO "TESTIMONIO" (Discúlpeseme la cita de memoria):

en la impagable Con Derecho a Roce, cruzada sin ambigüedades de la monogamia contra las relaciones abiertas, Mila Kunis cuenta a su follamigo Justin Timberlake el fiasco sufrido con su último proyecto de pareja:

-le dije que yo no tenía sexo hasta la quinta cita, y él me dijo que no le importaba. cuando llegó la quinta cita y se lo recordé, él ni siquiera las estaba contando. hicimos el amor, fue maravilloso. cuando me desperté por la mañana ya no estaba. no responde a mis llamadas. ¿cómo pudo merecerle la pena esperar tanto? ¿es que los hombres son todos unos cabrones?
-menudo imbécil.

La película es brillante de tan realista. El cazador de valor sociosexual no tiene prisa porque esa deriva del amor en caza sexual es tan importante para él como el amor es para las personas a las que éste les importe. La víctima, cazadora a su vez de pareja, se conforma con la ingenuidad no sólo de una norma general que no incluye una observación escrupulosa de su pieza, sino que además ¡desvela su estrategia! Y el amigo, perfectamente hipócrita, no sólo la anima como si ella lo estuviera haciendo a las mil maravillas, sino que excepcionaliza al cazador, permitiendo así que el siguiente vuelva a expoliarla y disimulando que él es exactamente lo mismo.




jueves, 5 de mayo de 2016

principios para una CRÍTICA AL AMOR

Tras la crítica realizada a la CalMAR y la sustitución de la mitología del amor romántico por una mitología del amor, parece útil invertir los enunciados negativos de la mitología en una lista de planteamientos críticos frente al concepto “amor”. La que aquí expongo respeta una correspondencia punto por punto con los mitos del amor. Esa claridad genealógica es una ventaja para el análisis retroactivo, aunque quizás no sea la mejor estructura para la crítica misma. Se trata, además, de una crítica propuesta, es decir, de la exposición de una serie de rasgos de la realidad amorosa (no del ideal amoroso mítico) altamente cuestionables tanto moral como intelectualmente. No se trata, por lo tanto, de una crítica realizada.

Una estructura alternativa para dicha crítica es este análisis del concepto “amor” según tres fuentes de discurso a las que llamo “el amor del amor”, “mi amor”, y “el amor AMOR”.
1-el concepto “amor” no tiene por qué designar una realidad coherente ni tiene por qué ser coherente con la realidad que designa.

Debemos distinguir entre lo que el amor es y lo que queremos que el amor sea. Para saber qué es debemos señalarlo en diferentes realidades y extraer de ellas su definición. Si no podemos señalarlo o nos es muy difícil tendremos que decir que no existe o que es demasiado escaso o impreciso como para concederle gran importancia. Si obtenemos varias cosas diferentes, no unificables bajo ningún criterio claro, tendremos que decir que el amor es varias cosas; cada una de estas cosas tendrá que tener su propio nombre y definición, y cada una de ellas tendrá que ser coherente consigo misma.
Si hablamos de lo que queremos que el amor sea tendremos que probar su viabilidad (no es aceptable enunciar un simple ideal de perfección contradictorio como “el amor es realizarse dándolo todo”) y enfrentarla al resto de propuestas en busca de una síntesis.  Tendremos que tener siempre en cuenta, además, que quien propone otro concepto de amor no amará (no deberá amar, en realidad) como nosotrxs.
No hay, además, relación necesaria entre lo que se dice que el amor es y lo que el amor es en realidad. El amor es cuestionable. La responsabilidad de demostrar que algo es amor recae sobre quien afirma que lo es, incluso aunque hable de su propio amor.

2-el amor es superable. Vivir con amor no es el súmmum de la realización humana. Vivir sin amor no es tan duro.

La felicidad tiene que ver con condiciones de vida objetivas o con la realización del proyecto sociopersonal o sentido de la vida, dado como presencia de las condiciones de vida adecuadas para la realización de ese proyecto. La felicidad no debe confundirse con la alegría, la diversión o el placer, todas ellas estados de ánimo o experiencias de corta duración. Una persona feliz que sufre un percance leve sigue siendo feliz aunque esté triste o dolorida. Una persona infeliz que disfruta en una fiesta sigue siendo infeliz. El amor, gracias a su mezcla explosiva de afecto y sexo, y a los estados carenciales que genera, provoca fuertes estados de placer que son confundidos con felicidad mediante el discurso del carpe diem.
El amor sólo puede acercarse a la máxima fuente de felicidad cuando es el proyecto personal mismo. Sin embargo, el amor es insuficiente  como proyecto personal porque no es dinámico. Será dinámico cuando se trate de la realización de una familia, pero entonces tampoco será suficiente porque será, salvo excepciones, exógeno. Que nos parezca horrible vivir sin amor (sin lo que el amor nos proporciona) nos hace olvidar que sería aún peor vivir sin un sentido de vida, sin una realización personal que nos sacara del embotamiento, aturdimiento, anulación, vegetación amorosas.

3-el amor no es bueno.

Las consecuencias conductuales y emocionales del amor entendido como sentimiento son amorales, es decir, ni buenas ni malas a priori. El amor presenta ventajas morales, como el afecto o la predisposición a la cooperación para el logro de la meta conjunta del amor (presente sobre todo en la seducción). Pero también presenta importantes desventajas, como la selección del afecto por proximidad (o, directamente, por constituir objeto de deseo), la urgencia de su deseo o la defensa de su posesión. Una persona enamorada no suele ser una persona de fiar, y estamos acostumbradxs a poner en cuarentena nuestra confianza en ella. Sabemos que una persona enamorada sólo mejora, en todo caso, para la persona de la que se enamora, y empeora para todas las demás.
El amor como ideología (el verdadero amor), sin embargo, es definitivamente malo. Irracionaliza, atonta, aliena, distrae y aisla.
No importa el valor moral de la acción: Cuando actuamos en el nombre del amor actuamos por amor, es el amor quien actúa.

4-el amor es congnoscible. 

Tanto las motivaciones amorosas (conductas, orientaciones sexuales, orientaciones de deseo, parafilias, aversiones y ascos…) como la esencia del amor, su naturaleza o su sustancia son, como cualquier otra cosa, perfectamente comprensibles y asequibles al pensamiento. Lo que no es asequible al pensamiento debe serlo por una razón también cognoscible sin la cual volvería a serlo.
Investigar, profundizar en y liberar los deseos reprimidos (justificación moral del BDSM, por ejemplo) no es el único momento posible en el conocimiento del amor. También es posible comprender qué genera esos deseos. El conocimiento sobre el amor transforma nuestra manera de relacionarnos con el amor y, con ello, nuestra fuente de placer. El conocimiento del amor es en sí mismo una fuente dinámica de placer relacionada con el amor. El no conocimiento sobre el amor fija nuestra fuente de placer, agotándola.

5-el sexo y el afecto son dos realidades diferentes y autónomas. 

El amor no es necesariamente un elemento puro indivisible. El amor no es necesariamente el único lugar donde se dan las cosas que se dan en el amor.
Su unión es posible pero no necesaria. Puede ser beneficiosa, pero no necesariamente. Nada hace pensar que sean ingredientes complementarios de un placer excelso y superior. El afecto es sólo una de las cosas que pueden mejorar el sexo. El sexo es sólo una de las cosas que pueden mejorar el afecto. Su separación no implica la unión con su contrario. El sexo sin afecto no es necesariamente sexo sin respeto o sexo con odio (masoquismo). El afecto sin sexo no es necesariamente afecto con distanciamiento sexual, rechazo o asco (“sólo” amigxs).
Parece que lo normal sería que las relaciones sexuales implicaran, al menos, cierto afecto y ciertas manifestaciones de afecto (como es propio de otras actividades sociales). Parece sensato también pensar que el afecto debería facilitar las relaciones sexuales en diversas modalidades e intensidades (no todas las manifestaciones de afecto tienen, sin embargo, las mismas funciones ni, por lo tanto, facilitan por igual las conductas sexuales). Es importante aprender a detectar cuándo queremos afecto y cuando queremos sexo, para poder expresar lo que realmente deseamos en nuestras propuestas. Muchas formas de afecto necesitado son símbolos de aceptación sexual (afecto táctil sin sexo). Muchas formas de sexo necesitado son símbolos de aceptación afectiva (búsqueda sublimada  de amor).

6-el trabajo sirve para lograr un objetivo deseable. La resignación es el objetivo principal del trabajo realizado en el gamos, y no es un objetivo deseable.

Las relaciones no producen trabajo, sino que son una transformación en el tipo de trabajo realizado por las personas participantes, que pasa de ser individual a ser colectivo. Si las relaciones producen más trabajo que las no relaciones para lograr los mismos objetivos, entonces las relaciones mismas no son deseables, o no en el estado en el que se encuentran. Las relaciones no son un fin en sí mismo. El fin de las relaciones es el aumento de la capacidad colectiva para producir vida buena. Las buenas relaciones no son un fin en sí mismo pero son tratadas como un fin en sí mismo dado que entendemos por “buenas relaciones” aquellas que aumentan esta capacidad. Las relaciones, por lo tanto, no deberían experimentarse como un trabajo o como un aumento de trabajo, sino como una mejora de la vida o una optimización del trabajo.
Que dediquemos un enorme trabajo a buscar relaciones, y que dejemos de hacer ese trabajo una vez que la o las tenemos, no compensa del trabajo para obtener fines no deseables, como la resignación, que realizamos en las relaciones. El trabajo de caza no cuenta como trabajo a la hora de valorar las relaciones.

7-el amor es una fuente de desigualdad social.

Hay personas que acumulan todo el capital amoroso (posiciones altas de valor sociosexual), es decir, que son vistas por cualquier otra como pareja deseable y reciben poder de ello. Hay personas que carecen por completo de capital amoroso, nadie las considera deseables y nunca llegan a formar una pareja que se parezca a lo que esperan que sea una pareja. Hay personas que disponen de una pequeña cantidad de ese capital y forman una pareja precaria para poder realizar ese capital, aliviando y perpetuando a la vez su precariedad amorosa. Estos dos últimos grupos son mayoritarios. Además, hay personas que no encajan en el modelo de pareja por diferentes razones: Ideológicas (contrarias a la normatividad hegemónica), caracterológicas (aunque disponen de capital, ese capital no es realizable porque su carácter cierra las vías para la realización), logísticas (responsabilidades, situación geográfica,…).
La experiencia amorosa te indica de una manera aproximada cuál es tu capital y lo que puedes esperar del amor en el futuro si nada cambia, es decir, te educa para en la aceptación de la desigualdad.

8-el amor es encuentro entre desiguales.

En términos platónicos, el amor es “deseo de lo que no se tiene” o, dicho de otra manera, “deseo de lo que supera en virtud aquello que se tiene”. Ya es curioso que siendo el amor hegemónico el heterosexual, y siendo la heterosexualidad su origen, se pretenda que la diferencia radical de género irá acompañada de una identidad radical en todos los demás aspectos de las personas.
Desde una perspectiva cultural del deseo entendemos que el sexo no es sólo sexo, y que tal vez pueda sustituirse, directamente, por el concepto “poder”. Así, deseamos a quien nos daría poder en una relación amorosa, nos es indiferente quien no produciría un flujo de poder, y nos repugna quien nos restaría poder. Obsérvese, como prueba conclusiva, que la correspondencia entre amor platónico y repugnancia sería la más frecuente si se visibilizaran, no sólo las parejas formadas, sino todas aquellas que produciría una combinatoria exhaustiva (promiscuidad perfecta). El amor no se realiza entre personas iguales (parecidas, en realidad) porque la igualdad sea lo que más fácilmente genera amor, sino porque es la única combinación en la que cabe la posibilidad de que ambas personas estén de acuerdo en constituirse como pareja. El amor real, por lo tanto, no se realiza jamás, y toda la realidad del amor es el sucedáneo igualitarista del amor. Para que dos personas similares, entre las que no habrá flujo de poder y que por tanto no proporcionan ganancia en ninguno de los sentidos, formen pareja, debe construirse una propensión a la pareja, una necesidad de pareja, mediante la cultura del enamoramiento y mediante el aislamiento sexoafectivo de las personas sin pareja.
Todo esto suena horrible, pero es que hablamos de algo horrible. De todos modos, peor era el punto anterior.

9-el amor es un recurso limitado.

Sea cual sea la definición de amor a la que recurramos, aparecerá como tal. Ya se trate de un sentimiento o una actividad, sexo, afecto o cuidados, una experiencia o una habilidad, no se dispone de todo el amor que se desee para todo el mundo. Cuanto más se acerca la definición de amor a su presentación como un recurso infinito, más vago se vuelve dicho concepto de amor. El amor no es infinito. Lo infinito es la capacidad de crear convivencia armónica gestionando los recursos que el amor monopoliza. Bien distribuidos, se puede crear una infinita falta de necesidad de amor.

10-el amor es un concepto situado, contextualizado en una cultura y producto de ella.

Las relaciones amorosas tienen en general unas mismas referencias culturales que tienden a reproducir. Las diferencias personales no son suficientes para establecer diferencias relacionales sustanciales, aunque las relaciones no sean, por supuesto, idénticas. Hay relaciones parecidas, relaciones que ya se han vivido y relaciones que pueden no aportar nada con respecto a otras relaciones.

Partir de una idea muy personalizada y liberalizada del amor, es decir, sustituir los cánones sociales por la libertad individual, no impide la homogeneización de las relaciones en torno a otros cánones culturales previamente presentes (como los neoliberales). Si todxs empezamos de cero, todxs avanzamos muy poco. Las relaciones diferentes y transformadoras no se construyen sólo con la negación del canon, sino con la propuesta positiva, crítica y democrática, de nuevos paradigmas. La negación del canon no conlleva la identidad jerárquica de las relaciones (anarquía relacional), sino la repetición de las jerarquías propias de otros cánones culturales. La ausencia de jerarquía no es, por lo demás, un fin en sí mismo, sino un medio provisional para subvertir un orden jerárquico injusto. La distribución de responsabilidades es una herramienta indispensable e inevitable para la organización. La igualdad no es identidad en las funciones y actividades, sino de oportunidades y derechos.



lunes, 11 de abril de 2016

mitos del amor. 6_5. mito de la INDIVIDUALIDAD

Cada persona es diferente y, por lo tanto, cada relación es diferente. No hay clasificación ni catalogación posible entre ellas ni, por consiguiente, fundamento para jerarquía alguna.

Al decantarse por lo particular frente a lo general, el mito de la individualidad no sólo expropia de la facultad de conocer las relaciones (pues éstas dejan de ser “etiquetables”, etiqueta en sí misma con la que se condenan sin excepción todas las herramientas del conocimiento) sino de la de sustituir la cultura binaria por la comunitaria.

Presente en toda la ideología del amor, es el centro y mito fundacional de la anarquía relacional. Su función es adaptar la exaltación del amor a la crítica a la posesividad patrocapitalista, que el poliamor perpetúa con sus pactos y jerarquías y que la AR amenaza. Salvado el amor (la AR es abiertamente proamorosa) el gamos puede, como poco, ser optimista.

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