lunes, 22 de agosto de 2016

agamia. muestra gratuita


Normalmente, cuando me dirijo a la comunidad ágama, uso la fórmula “ágamxs y filoágamxs”. La intención, al incluir la cateogoría “filoágamxs”, no es sólo interpelar a toda persona que muestre simpatía o curiosidad por la agamia. Se trata también de incluir a aquellas personas para las que la agamia es una opción deseable pero sentida como imposible.

He escuchado muchas veces que “la agamia está muy bien, pero hay que ser muy valiente para llevarla a la práctica”.

Mi respuesta es siempre que no es verdad (porque no lo es), y que todo el dolor que se anticipa al imaginar el paso de la monogamia (o de cualquier otro modelo) a la agamia es prácticamente el único dolor verdadero que se va a experimentar. El poder de la frontera entre ambos modelos está en el símbolo de esa frontera, y no en ningún sistema represivo verdaderamente eficaz del que la frontera disponga.

Por eso siempre digo que, si se quiere salir de la monogamia, lo más cómodo es la salida radical, es decir, la agamia, y que si la salida de la monogamia duele es porque se ha ido de la monogamia a otro modelo, pero no a la agamia.

Con esto, lógicamente, se puede estar de acuerdo o no, y mis argumentos pueden parecer más o menos verídicos.

Pero para quienes consideráis que tengo una visión demasiado optimista de la transición os traigo hoy una propuesta que no podéis rechazar. Va dirigida a las personas que, ahora, no tienen pareja (lo cual puede incluir a quienes la tienen desde hace poco y a quienes parezca que, dentro de poco, dejarán de tenerla).

¿Te has planteado ser ágamx mientras no tienes pareja?

Sé que suena a fraude, a sucedáneo y a traición. Explicaré por qué considero que no lo es.

No es un sucedáneo porque nuestros modelos relacionales, como no podría ser de otra manera, son siempre experimentales. Decir que vamos a probar a ser ágamxs mientras no tenemos pareja puede ser un salto con red, pero eso no significa que vayamos a caer en la red. Sería un sucedáneo si lo que hubiera tras el salto fuera una versión rebajada de la agamia. Pero debo advertir de que cabe la posibilidad de que si pruebas la agamia dejes la monogamia para siempre.

No es un fraude en la medida en que no engañes. No tenemos la obligación de desnudar nuestras intenciones a todo el mundo. Pero hay personas a las que debemos contar algunas de ellas, porque les afectan directamente. Entre esas personas estamos, por cierto, nosotrxs mismxs. No se trata con esto de demonizar el engaño, que forma parte necesaria de la condición política de nuestra vida privada. Se trata de recordar que el engaño, normalmente, no está justificado, y que las justificaciones para los engaños son, normalmente, muy engañosas.

De modo que, como decía, no es un fraude en la medida en que no engañes. Si otras personas saben que se están vinculando contigo a pesar de que tú puedas romper esa vinculación el día que decidas abandonar el experimento ágamo, entonces no debes preocuparte. Ellas estarán (o deberían estar) preparadas para ese momento.
Y, ¿cómo lo llevamos a cabo?

Es muy sencillo, porque la agamia es muy sencilla. Dejaremos de ver nuestras relaciones como divididas en dos grupos incomunicados: parejas y no parejas. Dejaremos, por tanto, de angustiarnos porque uno de los grupos esté completamente vacío, a pesar de que el otro esté aceptablemente lleno. Lo que no tenemos, porque no tenemos pareja, lo buscaremos en quienes no son nuestra pareja. Encontraremos algunas cosas, otras no, pero ya no nos hará falta una pareja para encontrarlas, porque parte de las necesidades que una pareja satisface estarán ya satisfechas.

Dejaremos, además, de angustiarnos porque tenemos demasiadas parejas. No hay incompatibilidad alguna, porque nadie es nuestra pareja. No necesitaremos reprimir la formación de ningún vínculo deseado porque su lugar esté ocupado ya. Si aparecen tus celos, no temas. O, al menos, no temas a la agamia por ellos. Lo que los celos te vienen a decir es que quieres controlar la vida sexosentimental de una de las personas con las que estás vinculadx. Recuerda que eso te obligará a dejar que tu vida sexosentimental quede controlada también. Pero recuerda, además, que si es realmente lo que quieres, ya habías avisado de que podría ocurrir, y que es legítimo que lo intentes.

¿Te parece buena idea? Probemos algo que quizás haga que parezca aún mejor.

Imagina que se pudiera cuantificar todo aquello que esperas de una pareja. Ninguna pareja te lo dará todo, está claro, pero puede que te conformes sólo con un porcentaje razonable. Digamos, el 75%.
Hoy no tienes pareja (o estás a punto de dejar de tenerla, como tú y yo sabemos). ¿Qué porcentaje tienes lleno? Desde una perspectiva monógama 0%.

Estás a 0. No me extraña que te sientas solx. Y que tengas prisa.

Ahora planteémonos una perspectiva ágama. Supongo que algunas, o muchas, de las cosas que esperas de una pareja las obtienes, o podrías obtenerlas, de otras personas (claro, hay una que no obtienes, que es “que todo se dé en la misma persona”, pero eso es sólo una cosa). ¿Hablamos de un 20%? ¿De un 40%? ¿¡Del 60%!? Cualquiera de esas cantidades te proporciona una posición mucho más satisfactoria que la lectura monógama. Y desde esa relativa satisfacción, tu capacidad para gestionar la búsqueda de la satisfacción del resto de tus necesidades y deseos es mucho más flexible y capaz. Cualquier pequeña mejora en tu vinculación es una mejora real, porque no te obliga a prescindir de otra parte de vinculación que ya tenías.

Pruébalo. Prueba a vivir así, ahora que puedes.

Si la agamia te parece el modelo deseable y estás en condiciones de hacer este experimento , pero prefieres evitarlo, entonces lo que te preocupa no es el dolor que pueda causarte la transición a la agamia, sino el hecho mismo de que la agamia te vaya a funcionar y te encuentres en un par de meses considerándote ágamx de hecho.

No te preocupes más. Puedes fiarte de esa persona que serás tú dentro de dos meses. Al menos tanto como de ti mismx justo ahora.


jueves, 18 de agosto de 2016

La fuente sagrada - Henry James (1901)


He sido invitado a disfrutar de unos días en Newmarch,  junto con otras personas distinguidas. En el tren que me lleva allí encuentro a Mrs. Brissenden y a Gilbert Long, dos viejos conocidos, con quienes, según ellos mismos me informan, compartiré estancia.

Long no parece el caballero apuesto pero simplón de siempre. Da la impresión de estar más despierto, más perspicaz de lo habitual. Pero la verdadera sorpresa es Grace Brissenden. Si no recuerdo mal, ha superado ya la mediana edad. Y, sin embargo, se diría que es más joven que su compañero. ¿De dónde viene esta notoria transformación? ¿Es posible que un idilio entre ambos haya obrado un cambio físico tan evidente a simple vista?
Mis sospechas se confirman cuando en Newmarch aparece Guy Brissenden, esposo de Grace. Aunque su edad es cercana a la de ella, su aspecto es el de un hombre que se acerca a la vejez.

Mi carácter indagador me lleva enseguida, sin embargo, a descubrir que no hay tal adulterio.

¿Quién es, entonces, el beneficiario de la juventud perdida de Mr. Bissenden? ¿De dónde provienen las novedosas virtudes de Long? El resto de invitados a Newmarch disponen, sin duda, de numerosas claves que pueden ayudarme a resolver estos enigmas. Y entre ellos también se aprecian extrañas transformaciones.

Por otro lado, y quizás sea ésta la cuestión más importante, ¿apreciarán ellos algún cambio en mí?

La fuente sagrada no es una lectura larga, pero tampoco cómoda. Tal vez porque nos propone el adiestramiento en un juego al que sólo sabemos jugar inconscientemente: la comprensión de los efectos producidos por el flujo del valor sociosexual.


martes, 16 de agosto de 2016

lo que esperas, y nunca obtendrás, de tu pareja.


Tanto si comparamos modelos relacionales como si intentamos adaptarnos a uno de ellos, nos conviene ser realistas. La monogamia, concretamente, tiene suficientes dificultades de por sí como para que podamos permitirnos añadirle las que provienen de la idealización.

Sin embargo, la idealización es uno de sus vicios más recalcitrantes. A veces aparece en forma de idealización estadística, es decir, bajo el modelo de la lotería: lo que es muy improbable que pase a cualquiera, es casi seguro que me pasará a mí.

Otras, aún más graves, aparece en forma de milagro: lo que no puede ser, será.

Mi intención en este texto es aplicar las expectativas razonables a este segundo tipo de idealización, especialmente en la forma en que aparece en las relaciones monógamas. Veremos qué es lo que tendemos a creer que tenemos, o deberíamos tener, cuando tenemos una relación, y que no tenemos ni tendremos jamás, porque tenerlo es imposible.

Sólo reconociendo estas limitaciones (que lo son en la medida en que unx quiera llegar hasta los lugares cuyo acceso ellas limitan, pero que pueden ser también pilares para construir mejores relaciones), podremos esperar un buen funcionamiento de las relaciones monógamas.

1-Quien tiene una pareja no tiene completamente una pareja.

Este aparente juego de palabras se constata bien gracias a la experiencia que nos proporciona la monogamia secuencial.

Si somos realistas es fácil descubrir cómo los diversos espacios que esperamos que ocupe la pareja han sido llenados con éxito desigual por las distintas parejas que forman nuestro historial. Unas parejas han sido mejores y otras peores, pero ninguna ha producido un encaje perfecto, ni en nuestras necesidades, ni en nuestras expectativas, ni en los hábitos generados junto a las anteriores parejas y que llegamos a considerar deseables o incluso irrenunciables en las siguientes.

La literatura terapéutica y de autoayuda para parejas está plagada de mensajes conformistas sobre este asunto, centrándose sobre todo en el gran tema del sexo. “Tal vez tu pareja actual no sea la mejor pareja sexual de tu vida”, nos dicen, “pero seguramente te ofrece otras cosas que la convierten, en conjunto, en una pareja mejor”.

Este planteamiento conformista parte de una premisa falsa, rígidamente monógama: las relaciones deben ser comparadas siempre como unidades indivisibles. La relación es un pack: o lo tomas o lo dejas. Si lo tomas, interioriza la adaptación hasta olvidarla. Subyace a ello la idea de que debemos vivir nuestras parejas como experiencias acabadas y definitivas, aunque luego demuestren no serlo. 

Nuestra pareja debe ser entendida bajo alguna forma de perfección, y se escoge la única posible: es la mejor hasta la fecha.

En el fondo no es tan difícil aceptar la idea de que el sexo debe ser insatisfactorio. Una larga tradición muy afianzada en la cultura popular nos dice todavía, contra el discurso mediático sexopositivo, que la vida sexual es una flor que pronto se marchita.

Pero no se trata sólo de sexo. Nuestra pareja puede no ser aquella con la que mejor nos hemos comunicado hasta ahora, aquélla con la que más nos ha gustado convivir o aquélla que mejor nos ha hecho sentir en sociedad.

La expectativa razonable es saber que esas insatisfacciones, algunas muy importantes, siempre van a estar presentes. Podemos aspirar a reducirlas, pero no a eliminarlas, porque en la medida en que aumentemos nuestra exigencia nos encontraremos con nuevas virtudes que también querremos en nuestra pareja.

Tener pareja no es tenerla del todo, o puede no serlo ni siquiera mucho. En cierto modo siempre estamos sin pareja, la tengamos o no. Recordarlo es el único modo de evaluarla correctamente.


2-Nuestra pareja cambia.

Tener pareja no es tampoco tener algo indefinidamente estable, o que sólo puede mejorar porque nos vamos adaptando con el tiempo, o que sólo cambia en tanto que cambia la relación.

Quien tiene pareja no tiene YA pareja. “Conseguir” pareja no es un estado final.

La monogamia secuencial vuelve a salir en nuestra ayuda para recordarnos cómo corrientes invisibles transformaron tantas veces, y tan rápido, a nuestras parejas, mostrándonos una mañana, no sólo que nuestra pareja había cambiado, sino que ya no era nuestra pareja.

Solemos leer estas experiencias como parejas fallidas, como errores de apreciación, o incluso como ocultaciones y traiciones. Pueden haberlo sido, claro, pero no porque se produjeran cambios, ni porque esos cambios alteraran la relación.

Las personas cambian constantemente, y sus cambios no sólo pueden sorprender a lxs testigos más cercanxs. Pueden sorprender a la misma persona cambiante. Si una persona no cambia es porque ha reprimido el cambio o porque su cambio es invisible. Lo que no cambia también cambia, o su defecto es, precisamente, no cambiar. La falta de cambio la cambiará tarde o temprano, o nos cambiará a nosotrxs.

Lo que tenemos hoy no tiene por qué, y normalmente no debería, revolucionarse y ser algo completamente diferente mañana. Pero mañana no será ya exactamente lo mismo. Cada día que volvamos los ojos al cambio aumentamos la fuerza con la que éste nos golpeará cuando nos obligue a mirarle a la cara.
3-Nuestra pareja no es fiel

¡Vaya! ¡Ya estaba tardando!

Nuestra pareja no es fiel. La tuya tampoco. Pero vamos, tú no lo has sido nunca. ¿Por qué lo esperas de ella? Es evidente: porque aceptar la idea de que ella sea como tú parece insoportable. Pero, claro, mentirnos es aún peor.

Intentemos salir de este embrollo.

Sólo hay dos formas de entender la fidelidad.

Una es la entrega sexual total, de deseo y de hecho. Nuestra pareja es la persona con la que tenemos relaciones sexuales y la única con la que queremos tenerlas. El amor, o lo que sea, nos ha cerrado a cualquier otra. Somos fieles porque queremos ser fieles y sólo esperamos y aceptamos lo mismo por parte de nuestra pareja. Si nuestra pareja es fiel a la fuerza no queremos su fidelidad.

Esta idea es una fantasía.

El debate sobre la monogamia sexual vocacional, sobre si somos naturalmente monógamxs o polígamxs, es un falso debate. Da igual lo que hagan o se interprete que hacen lxs bonobxs o lxs agapornis. Somos polisexuales porque el mundo es múltiple y diverso. La elección de una persona a la que dedicar nuestra vida sexual de manera exclusiva es lo que necesita explicación. Y de momento esa explicación no existe. La polisexualidad no la necesita, porque es nuestra condición a priori.

Quien se declara de vocación sexual monógama (de manera íntegra, aceptable según el primer tipo de fidelidad), o lo hace de mala fe o simplemente ignora cómo ha interiorizado el mandato cultural de la fidelidad. El día en que esa persona nos traicione dirá que no entiende lo que le ha pasado. La polisexualidad estaba ahí, latente, en un lugar cómodo y ventajista que, de todos modos, si nos hubiéramos mirado al espejo con valentía, deberíamos haber deducido.

Que puntualmente queramos algo con mucho ahínco y sea eso y sólo eso lo que deseamos no conlleva estabilidad en el deseo. Es más, lo normal es que, una vez que lo tengamos, dejemos de desearlo. No es mezquindad o superficialidad. Es la lógica del deseo: quiero algo para poder obtenerlo. Si lo obtengo, el esfuerzo del deseo exclusivo deja de ser necesario y, seguramente, se diversifique.

Así que la otra forma de fidelidad es el establecimiento de una barrera en algún lugar entre el deseo y la realización del deseo. Ese lugar puede ser cualquiera. Sea cual sea su eficacia dependerá de en qué medida ambas partes seamos fiables a la hora de respetar barreras autoimpuestas, y flexibles a la hora de entender cuándo es conveniente desplazarlas.


miércoles, 10 de agosto de 2016

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad I. DETERMINAR MI ORIENTACIÓN SEXUAL


Piensa en algún pequeño grupo de personas al que pertenezcas, y con el que estés en contacto con regularidad.

En un papel, ordena a todas las personas que lo forman según una escala de valor sociosexual.

Ya sabes que el valor sociosexual no es el valor que cada persona atribuye a cada una de las otras, sino el que piensa que las demás le atribuyen. No es lo que pensamos que cada persona vale, sino lo que pensamos que “nos van a dar” por ella.

Puedes hacerlo rápidamente, a ojo, o puedes aprovechar para entender mejor la dinámica sociosexual del grupo e ir persona por persona, como en las votaciones de eurovisión. Si haces esto recuerda que el grupo tiene su propia escala de valores, dependiente de la escala social, pero modificada por el ecosistema del grupo. Encontrarás diferencias entre ambas escalas y es útil que las identifiques.

Ya lo tienes. Ahora sabes quién está arriba y quién está abajo. Incluso puedes apreciar una estructura. 

Si todas las personas están muy próximas, si hay secciones marcadas, si los criterios individuales coinciden en general con el criterio conjunto (es decir, si hay personas que se equivocan en cuanto al valor sociosexual de algunas personas del grupo o, directamente, si se oponen activamente a la escala general).

Has establecido una escala de valor sociosexual real.

Ésa es la primera parte.

Ahora realiza una segunda escala. Ordena a las personas en función de su valor personal según los criterios éticos que tú consideres más justos. Seguramente esto te sea más fácil, o al menos más inmediato.

Ésta es una escala de valor sociosexual debido. Es la escala que debería ser si nuestra orientación sexual estuviera construida sobre principios éticos, y no sobre principios heteropatriarcales derivados de la reproducción social.

Ahora compara las dos escalas. Entre ellas habrá diferencias.

Tal vez hayas dado puntuaciones a cada persona según una serie de parámetros, y cada nombre tenga ahora una puntuación acumulada. O tal vez sólo has establecido un orden de 1 a n. En cualquier caso, la comparación entre ambas escalas va ofrecer como resultado tres tipos de personas en el grupo:  

Aquéllas que ocupan, en la realidad, un puesto superior al que éticamente les corresponde. Aquéllas que ocupan más o menos el mismo puesto. Aquéllas que ocupan un puesto inferior al que les corresponde según la segunda escala.

Ordena de nuevo a todas las personas del grupo. Pon arriba a aquéllas que presentan más déficit real con respecto al debido, es decir, aquéllas que, estando muy abajo en la escala real, están muy arriba en la debida. Pon abajo a las que presentan más superávit.

Lo que has obtenido es una escala de intervención sociosexual. Ahora ya sabes quiénes son las personas a las que debes orientar tu reconocimiento sexual. Ahora ya sabes cuál debería ser tu “orientación” sexual en el grupo.
Recuerda que eres tú quien debe gestionar ese deber. Recuerda que tú también perteneces al grupo, que también te corresponde un reconocimiento y que el que tú te des a ti mismx mediante tu búsqueda de reconocimiento también debes gestionarlo tú. Recuerda que el reconocimiento sexual es una forma fundamental de inclusión, y que quienes están más abajo en la escala de valor debido también lo necesitan. No es una escala capitalista de 0 a infinito, sino una escala social en la que la variación del máximo al mínimo no debería ser grande. Recuerda que hay gente cuyos deméritos tienen que ver, precisamente, con una reivindicación o con un abandono de la reivindicación de su reconocimiento sexual, y que pueden estar perdidxs en un círculo vicioso.
Recuerda todo esto, pero no olvides la escala de intervención que has construido. De hecho, ya no vas a poder olvidarla. De hecho ya la has empezado, en alguna medida, a actuar en consecuencia.