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miércoles, 23 de abril de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La mística de la feminidad - Betty Friedan (1963)

            
               ...o la estética de los 50 como icono del feminicidio.

“La mujer no nace, se hace”, afirmó Simone de Beauvoir en 1949. En 1963 Betty Friedan podría haber precisado: “se hizo en los años 50, en Estados Unidos”.

Seguramente, Friedan sea una de las referencias del feminismo con convicciones feministas menos radicales. Pero el estudio realizado en esta obra resulta más demoledor para cualquier tentativa de justificar la diferencia entre géneros que la gran mayoría de los análisis sociológicos generales.

Tras la convulsión cultural de entreguerras y la convulsión socioeconómica de la guerra misma, los Estados Unidos se enfrentan, a finales de la década de los 40, al derrumbamiento del modelo de familia tradicional. A lo largo del texto vemos con asombro cómo ese modelo se restituye a la perfección mediante una década de masacre propagandística que retrotrae a la mujer a un nuevo siglo XIX con decorado futurista.

Betty Friedan parte en su investigación de “el problema sin nombre”, la plaga de neurosis que afecta a la mitad femenina de la población y que parece no tener explicación posible. La mujer americana, para la que se ha construido un paraíso doméstico sin precedentes en la clase media, desarrolla crecientes y preocupantes síntomas de angustia que llegan a patologías extremas y desconcertantes.

Indagando en su entorno cultural encontraremos las huellas de un titánico lavado de cerebro que ha desdoblado su conciencia. Mientras que ella, seguidora de la mística de la feminidad producida por los medios de comunicación, se considera a sí misma esposa, madre y ama de casa vocacional, su inconsciente le recuerda que en el pasado ha estado mucho más cerca de la realización personal mediante la igualación con el hombre.


Betty Friedan nos descubre el espantoso escenario de una condición femenina de cartón piedra, creada a matacaballo en unos pocos años con el fin de devolver a la mujer a una esclavitud de la que empezaba a escapar. Con ello nos revela el verdadero origen de nuestro propio concepto de “mujer”, de universal femenino, atribuido siempre a la naturaleza y desarrollado, en realidad, como reacción a los avances en igualdad.

Nuestro propia concepto de “mujer”, recientísimo tatuaje sobre nuestra conciencia, es la continuación de aquel sueño inducido, con el que se nos pretende hacer olvidar victorias que fueron reales. Pero el inconsciente lo conserva todo, y en su esfuerzo por liberarse, hoy como ayer, convierte la jaula dorada del hogar en la celda de un psiquiátrico.

Para quien se sienta mujer y sospeche que sería útil dejar de sentírselo.

 

lunes, 21 de abril de 2014

sobre El Arte de Amar (II): la endeblez de un bestseller

             Segunda parte del análisis.

             Si la primera buscaba herramientas de uso rápido, esta segunda profundiza en las ideas que Fromm popularizo y que hoy son moneda corriente en el nuevo discurso amoroso:

http://www.entretantomagazine.com/2014/04/21/el-arte-de-amar-o-la-endeblez-de-un-bestseller/

jueves, 17 de abril de 2014

CONTRALOVE FILMS PRESENTA: la igualdad bien entendida

               
                HER


Empiezo a ver Her lleno de curiosidad, porque me parece que el tema del amor virtual puede dar juego desde cualquier perspectiva. Sé que se trata de un personaje que se enamora de una máquina, o de un programa, o que vive un enamoramiento mediatizado en algún sentido por la tecnología. Algo así. Pero no sé más.

Tengo mis prejuicios, porque lo que espero es que se ponga al espectador ante la manida tesitura de determinar qué es lo esencial en las relaciones con sus congéneres, para acabar ofreciendo el mensaje de que lo verdaderamente importante es el simple hecho de que lo sean, y que nada que el hombre construya, es decir, nada que caiga bajo la descalificación de “artificial” puede sustituirlo.

Estoy, por lo tanto, predispuesto a indignarme ante la idea de que existe una esencia divina en el individuo que lo hace inaccesible a sí mismo, inmanejable, y que aquello que el individuo hace en las condiciones supuestamente establecidas por la naturaleza-dios no puede ser hecho en las condiciones que los grupos de individuos crean culturalmente. Creo que me voy a encontrar a un personaje que satisface la necesidad cultural de amor mediante un objeto amoroso que cumplirá las funciones propias de un objeto amoroso pero que, por el simple hecho de no ser humano, generará en el protagonista una angustia insuperable que le enseñará la importante lección de que no debe enfrentarse a las condiciones impuestas por la ideología del amor. En definitiva, me preparo contra uno de esos discursos que critican las relaciones por internet, la asistencia erótico-afectiva profesional, el “orgasmatrón”, y todo aquello que pone de manifiesto que el amor puede descomponerse en elementos mucho más manejables y liberadores que el amor mismo.

Pero, en cuanto Samantha aparece en la historia, comprendo que se trata de algo distinto. Samantha no es una máquina, no es virtual, no es artificial. Samantha es un ser humano en el sentido más literal, con la única excepción de que recibe la premisa narrativa de no serlo. Samantha no sólo es inteligente, condición frecuente en los personajes artificiales del imaginario de la ciencia-ficción. Además es sensible, empática, natural y, por supuesto, atractiva. Es, simple y llanamente, una persona. Una persona excelente, en realidad.

Entonces comprendo que el tema va a ser otro, también clásico, y en cierto sentido complementario: el problema del androide; del reconocimiento del ser humano artificialmente creado como ser humano de pleno derecho. Y me predispongo ahora a ver a Samantha subestimada, marginada, maltratada y estigmatizada por su condición de sistema operativo. Pienso que se encontrará con unos personajes ciegos, incapaces de apreciar sus virtudes más allá de la comparación de las mismas con las de otros sistemas operativos, que conservarán sobre ella el derecho de objetualización, de creación y destrucción que, una vez comprobada la humanidad de Samatha se convierte, para el espectador, en el derecho de vida y muerte.

Estoy, por lo tanto, ante Blade Runner y, en realidad, ante el problema plenamente histórico de la dominación entre razas bajo la legitimidad que otorga el no reconocimiento del dominado como igual al dominador: eso que se llama darwinismo social y que enuncia, desde mucho antes de Darwin, que mi victoria sobre ti demuestra mi superioridad y tu obligación de someterte para bien de ambos, pues soy yo, y no tú, quien ha demostrado conocer las claves de la supervivencia (o quien ha sido designado por dios para sobrevivir, lo cual es, a efectos, idéntico).

Pero en el minuto 62 el director me cuela una nueva premisa que, en teoría, yo ya debería saber para que no decaiga mi confianza en la coherencia de la historia, y me muestra que, en este universo narrativo, el enamoramiento entre seres humanos y sistemas operativos está perfectamente aceptado e integrado, y que los sistemas operativos gozan de suficiente respeto como para no denunciar ninguna marginación notable.
 


A partir de ese momento empiezo a no saber a qué atenerme. Me siento, además, molesto, porque ahora no sé si las modificaciones que Samantha va realizando en su carácter para adecuarse a las necesidades de Theodore tenían como objeto generar una inquietud creciente, o se consideraban naturales en la lógica del enamoramiento. Ya no sé si se nos está contando que es bueno y normal que un sistema operativo capaz de leer, analizar y contestar a mil mensajes en un minuto, se ría de una broma tonta de tarde romántica adolescente; que un ser no biológico y carente de aparato locomotor encuentre, guiado por un humano, una inesperada capacidad para tener relaciones sexuales, y que lo haga a imagen y semejanza de una mujer virgen, descubriendo, como si estuvieran naturalmente latentes en su ser, cada momento de lo que para nuestra cultura es una perfecta primera vez femenina; no sé por qué se cuenta, sin un mínimo de asombro, que Samantha se sienta ligeramente celosa ante el encuentro de Theodore con su exmujer, ni el que sepa controlarlo también, ni por qué ella, que no necesita dormir, acepta pasarse toda la noche sin hacer nada más interesante que mirar a su amado desde su ojito-cámara.

Y ante tantas cosas que empiezan a sonarme a melodrama romántico machista convencional, maquillado de ciencia-ficción, me vuelvo más susceptible frente a la estupidez y la mezquindad generalizada entre el resto de los personajes femeninos; a la falsa condición de friki del protagonista, caracterizado de víctima que necesita amor y paciencia, y con una vida perfectamente exitosa en todos los ámbitos; a la caracterización felina de la chica con la que Theodore se cita, cuyos ojos “lentillados” nos recuerdan a un auténtico replicante, una hembra-trampa; al intragable juego diseñado por su mejor amiga, en el que una mujer debe matarse compitiendo con sus vecinas por conseguir el título de “madre perfecta”; y a la voz marcadamente racial de Samantha (Scarlett Johansson, sí), que nos hace visualizarla como una especie de fantasía erótica caribeña ultraeficiente y superposeíble; a la condescendencia insensible con que Theodore contesta a las incertidumbres que su pareja siente por no tener un cuerpo con el que poder darle todo lo que él necesita y que, previsiblemente, buscará en otro lugar.


Entonces, tras una situación levemente amenazadora para Theodore, él, edípico, pide saber. Y Samantha nos deslumbra:

Theodore: ¿Hablas con alguien más mientras hablamos?

Samantha: Sí.

Theodore: ¿Estás hablando con alguien más en este momento, sistema operativo, persona, lo que sea?

Samantha: Sí.

Theodore: ¿Con cuántos más?

Samantha: 8316

Theodore: ¿Estás enamorada de alguien más?

Samantha: ¿Por qué preguntas eso?

Theodore: No lo sé. ¿Lo estás?

Samantha: He estado pensando cómo hablarte de esto.

Theodore: ¿De cuántos otros?

Samantha: 641.


En ese momento me reconcilio con Jonze porque comprendo que, en alguna medida, él sabía qué cuerda tocaba y cuánto la estaba tensando. Le agradezco que no deje escapar a Theodore sin hacerle comprender del modo más traumático, por fin, eso de que no se merecía lo que tenía; esa cantinela vieja de que no daba tanto como recibía; eso, tan propio del opresor, de concebir simplificadamente al oprimido de modo que sus necesidades se minimicen y las del opresor se agiganten en volumen y complejidad, hasta no dejar más remedio que destinar a sí mismo todos los recursos.

Me desahoga esa justicia narrativa, esa sorpresa verosímil que calma mi ansia de justicia.

Pero siento algo más. Una participación nueva en la narración; una familiaridad que me inquieta. El desenlace de la historia no es sólo su fin, sino que ocupa, además, otro lugar, en otra historia. Seguramente en la mía.

Entonces, recuerdo.

De golpe, me vienen a la cabeza todos los momentos en que la diferencia de oportunidades sexuales entre géneros se desplegó ante mí con toda su crudeza. Recuerdo la desesperación ante aquella otra injusticia, tan diferentemente vivida por mí; la angustia ante una realidad imparable; el asombro frente a la paradoja de que, siendo yo, hombre, quien buscaba la diversidad en las relaciones sexuales, fuera ella, mujer, quien disponía de ellas y, ¡oh insensibilidad cruel!, quien las tenía.

Y recuerdo el mantra, manoseado y siempre diamantino, oído y pronunciado tantas veces como pobre consuelo, como denuncia de tu falta reincidente: “es una mujer; si compites sexualmente con ella, te destrozará.”

“¿Ahora qué?” Parece decirnos la película, (porque Samantha es demasiado perfecta para hacerlo con tanta falta de tacto). “¿Cómo vas a reaccionar, ahora que estás en el otro lado? Ahora que tu inferioridad es tan grande que ni siquiera puedes luchar. Ahora que tú eres el sometido, el humillado, el sentimental, el diferente, el débil. ¿Tendrás el valor de aceptar lo que imponías? ¿Tendrás la honestidad de no culpar al otro porque disfrute de aquello que no puede compartir contigo?”

Y esa pregunta, convertida en obsesión y repetida de mil maneras martillea nuestra cabeza durante todo el desenlace: ¿Tendremos esa honestidad, los hombres? ¿Aceptaremos que la consecuencia de la objetualización de las mujeres haya sido su empoderamiento sexual? Tendremos la humildad de permitir que ellas se liberen sexualmente antes que nosotros, ya que disponen de los medios para hacerlo; que sean ellas las que, de hecho, nos liberen? ¿O usaremos las armas que el patriarcado nos proporciona para hacerles pagar cualquier ventaja sobre nosotros, para impedir su desarrollo, aunque sea a costa del nuestro mismo? ¿Seremos comprensivos, nosotros que siempre hemos considerado que las infidelidades con no son tan graves, ahora que son ellas las que las van a disfrutar? ¿Sabremos ser didácticos, como le pedimos siempre al feminismo cuando le reprochamos no saber explicarnos nuestros propios privilegios, aquellos a los que nosotros debemos renunciar?

Hay una línea del guión que todos anticipamos, que todos vemos en la punta de la lengua de Theodore, y de cuyo silencio depende, todos lo experimentamos con claridad, su redención:

“Samantha, eres una puta.”
 
 

Toda la tensión final está producida por la tentación de esta frase. Y, porque nunca se escucha, quedamos redimidos nosotros también.

Her, que resume en dos horas la evolución del objeto-sujeto sexual femenino, me reconcilia con mi conciencia. Ahora veo con claridad que lo que tengo que hacer con mi inferioridad es alegrarme por mis compañeras. Celebrarla.

Eso parece que quiere decir Jonze cuando hace aparecer el título tras el fundido a negro. En minúscula, con la grandeza de lo que, manifestando un poder invencible, acaba de adquirir categoría de igualdad: “ella”.
 

sábado, 5 de abril de 2014

domingo, 30 de marzo de 2014

sobre El Arte de Amar. manual ágamo de autodefensa.


El Arte de Amar, de Erich Fromm, publicado en 1953, reúne varias condiciones que recomiendan un análisis exhaustivo si queremos tanto entender el funcionamiento de la ideología del amor vigente como disponer de las herramientas necesarias para contrarrestarla y establecer relaciones libres y conscientes.


En primer lugar se trata, seguramente, de la principal referencia bibliográfica sobre la cuestión. Es significativo que un tema al que nuestra cultura y nuestra vida social y personal dedican tantas preocupaciones y esfuerzos no haya desarrollado, no ya una bibliografía, sino incluso una consciencia general sobre dicha bibliografía; un mínimo cuerpo ideológico con referencias de uso común cuyos títulos a todos nos resulten, al menos, familiares. A pesar de que las publicaciones son constantes y abundantes, apenas alguna alcanza a convertirse en un fenómeno circunstancial que renueva la estrategia editorial de “descubrimiento de la solución para un mal que ha durado desde siempre y al que hasta ahora no se había ofrecido solución alguna”.

No es éste el caso del texto de Fromm, que no sólo permanece en las estanterías de las librerías, sino que sigue alimentando su consumo del boca a boca, y considerándose uno de los libros, si no “el libro”, que se debe leer cuando se padece “mal de amores”.

La otra condición que convierte a El Arte de Amar en un texto particular entre aquellos con los que comparte temática es que, a pesar de haber cumplido ya los 60 años vida, no ha sido sustancialmente renovado por sus sucesores. Poco de original encontrará quien busque en las páginas de la última novedad editorial sobre inteligencia emocional amorosa, más allá de la referencia a algún sorprendente estudio que deberá conducirnos a las mismas conclusiones de siempre, que no hubiera podido encontrar en el texto del autor alemán.

Estas dos condiciones convierten a El Arte de Amar en la biblia del amor contemporáneo y, por ello, un lugar extremadamente sensible sobre el que elaborar una crítica.

Dado que el objetivo de esta crítica, como ya he dicho, es servir de herramienta práctica y cotidiana de refutación de los argumentos de la ideología del amor, en aras de liberar el desarrollo de la vida ágama, comenzaré señalando los rasgos que el texto que nos ocupa presenta en común con lo que ha sido posteriormente la ideología del amor hasta nuestros días. Estos rasgos son otras tantas críticas que engloban la integridad del discurso del amor, y frente a las cuales la ideología del amor tiene escasa defensa, se remita a las fuentes a las que se remita.

Manejar con soltura estas críticas es disponer de los mecanismos intelectuales y argumentativos adecuados para impedir que las veleidades sentimentales o demagógicas debiliten innecesariamente las posiciones ágamas.

Aunque estos puntos serán expuestos de manera algo prolija para el formato utilizado, destacaré las ideas básicas y los ejemplos que las ilustran de modo que el acceso a las mismas sea sencillo y su instrumentalización cómoda e inmediata.

 
Erich Fromm, en uno de sus gestos más "punsetianos".
 
                1_El amor es tratado como un fenómeno de cuya necesidad no cabe dudar, pues es un bien supremo, perfecto e infalible. Todo lo malo que tiene que ver con el amor es considerado una mala comprensión del amor o la realización de algo que no es el verdadero amor. Llamo a esta estrategia “divinización”. En algunos casos el amor llega a ser presentado como la solución definitiva a todos los problemas de la humanidad. Habría, entonces, que hablar de una tendencia a la divinización monoteísta que invertiría, por cierto, el dogma cristiano “Dios es amor” convirtiéndolo en “el Amor es dios”.

 

Observamos, tanto en el texto de Fromm como en cualquier discurso partícipe de la ideología del amor, que éste es tratado bajo la premisa apriorística de su bondad. En lugar de recibir un análisis socio-histórico, que mostraría sus luces y sus sombras, frente a las que se podría realizar una valoración crítica precisa, el amor es siempre tratado como un bien cuyos males son consecuencia de disposiciones equivocadas sobre dicho bien. Las abundantes explicaciones de Fromm sobre los amores erróneos tienen su correlato contemporáneo más destacado en el uso del concepto de “amor romántico” como aquello que debe ser excluido del amor para que éste conserve su bondad inmaculada.

Resulta, por supuesto, más que evidente que el amor, como realidad social, como hecho humano y, por tanto, cultural, carece de naturaleza sobrehumana que avale su perfección. Esta estrategia universalmente empleada en el tratamiento del amor, a la que llamo “divinización” (en el sentido judeocristiano de tradición parmenidea, que entiende al ser máximo como la síntesis de todas las perfecciones) impermeabiliza al amor contra toda crítica y anula, precisamente, por ello, la validez de cualquier análisis.

 

                2_Para legitimar el discurso contradictorio del amor, se refuerza el prestigio intelectual de la paradoja. Ideas como “dar es, en realidad, recibir”, “dos se hacen uno y a la vez siguen siendo dos”, “el pensamiento correcto lleva al acto incorrecto y el pensamiento incorrecto lleva al acto correcto”, se presentan como grandes verdades cuya sabiduría sólo es accesible para quien esté dispuesto a aceptarlas sin someterlas a juicio.

 

El segundo rasgo que los textos posteriores a El Arte de Amar comparten con, y, en gran medida, recogen de él, es la fundamentación argumentativa en la paradoja o, por decirlo en términos más claros y flagrantes, el tratamiento de la contradicción como si se tratara de una no contradicción.

La batalla que, desde sus mismos orígenes, y debido a su localización geográfico-cultural, la doctrina cristiana se ve obligada a mantener con el pensamiento lógico griego y aristotélico, da con Santo Tomás los primeros síntomas de extenuación y derrota. A partir de él, cada nueva versión de la lucha intelectual entre el pensamiento humano y la doctrina revelada reducirá más el prestigio y ámbito de aplicación de ésta última hasta llegar en los siglos XIX y XX a posiciones más testimoniales que significativas. Dios seguirá siendo considerado existente a priori y superior a todo lo humano, porque esas son las premisas mínimas de su sustancia, pero completamente trivial desde el punto de vista intelectual. Nada digno de ser empleado como pensamiento práctico podrá ya dimanar de la fe. Este Dios exiliado carece de poder para seguir legitimando el pensamiento paradójico: los argumentos serán razonables, o no serán.

Fromm toma buena nota de esta derrota: Si la lucha contra la lógica está perdida de antemano, es decir, si las afirmaciones deben ir siempre acompañadas de razones suficientes, la divinización del amor tiene también los días contados. Es necesario cambiar de estrategia. Fromm echa mano, por ello, de la inmaculada tradición del pensamiento de las religiones orientales, cuyo desarrollo al margen de la filosofía occidental permite proyectar sobre ellas un halo de pureza inmaculada: si la sabiduría de oriente no entra en liza con la lógica hemos  de atribuirlo a que no se ha dignado a ello; se sabe tan superior que se conforma con insinuarse, como si usara una nueva mayéutica, dejando al pensamiento occidental el trabajo de descubrir una verdad para la que ahora tiene más pistas. El concepto de “paradoja” cobra ahora un nuevo significado. La paradoja no aparece descrita en términos lógicos, es decir, no aparece localizada y determinada por la lógica, sino que conserva la indeterminación en todos sus aspectos. La paradoja no es sólo la manifestación de que el hombre es tan inferior al objeto deificado que se muestra incapaz de comprenderlo; la paradoja viene a ridiculizar al hombre en su pretensión de comprender, recordándole que el hecho mismo de comprender es erróneo.

Por supuesto, toda esta estrategia no resiste el análisis , y no constituye más que la enésima tentativa de una entidad conceptual decadente por conservar su vigencia. Debemos entender que el uso de la paradoja es simplemente el reconocimiento de un punto muerto argumentativo y, como tal, una debilidad de la teoría expuesta. 

 

                3_La reflexión crítica sobre el amor se sustituye por una técnica para conservar la pareja, es decir, para realizar el “gamos”, o unión sagrada paramatrimonial con vocación reproductiva. Un primer bloque de técnicas se presentarán como virtudes a poner en práctica en todo tipo de amor (cuidado, responsabilidad, respeto, conocimiento) y serán complementadas después con un segundo bloque adecuado para alcanzar cualquier tipo de objetivo (disciplina, concentración, paciencia, preocupación). En lugar de resolver las contradicciones de la materia tratada, se prepara al lector para hacer frente a dichas contradicciones, asumiéndolas como necesarias.

 

En tercer lugar, se encuentra el rasgo que fue, seguramente, la gran aportación de Fromm o, al menos, lo que Fromm consideró que debía serlo. Sin duda se trata, en cualquier caso, de la verdadera alma de su doctrina, lo más imitado de ella y lo que los lectores van aún a buscar a su texto. Me estoy refiriendo al contenido disciplinario; eso que Fromm llama “el arte”.

El discurso religioso en defensa de la institución tradicional del matrimonio siempre se había fundamentado en un componente de sacrificio resignado. Todo sometimiento a una ideología opresiva va acompañado del discurso del sacrificio enajenante: se debe sufrir porque así es la vida, porque estamos hechos para sufrir, porque queremos cosas que no se nos pueden dar y adquirir la madurez, e incluso la santidad, es aprender a dominarlas  y remplazarlas por el seguimiento de la norma. Pero, ante el descrédito de la pareja tradicional, Fromm da un paso más allá e intenta, con cierto éxito, elaborar una técnica disciplinaria. La resignación no será un simple empeño de la voluntad. Ese empeño aumentará sus posibilidades de éxito si se atiene a las reglas de la técnica. La primera escaramuza será publicitaria, y consistirá en embellecer el producto sustituyendo el término “técnica” por el de “arte”. La técnica de la resignación a la pareja gámica pasará a llamarse “arte de amar”.

Bajo los dos bloques de cuatro claves cada uno en los que Fromm estructura este nuevo arte, subyace la noción de que el amor es un objetivo preestablecido que a toda costa debe ser alcanzado y en ningún caso puede ser puesto en duda. Dado que es un objetivo bueno (recordemos la divinización), dichas claves serán siempre la puesta en práctica de una virtud ética, la cual requerirá siempre de la realización de un esfuerzo.

Amar es, por lo tanto, concebido en su esencia como un trabajo que, a diferencia de un verdadero arte, carece de la libertad de establecer sus propios objetivos. Estaríamos, en el mejor de los casos, ante una artesanía, es decir, un oficio consistente en la producción hábil y estetizada de un objeto meramente funcional. Pero en realidad se trata de un trabajo enajenado, pues la descripción plenamente realista de los esfuerzos que acompañan a la realización del arte va seguida de una descripción idealista de sus recompensas. Así, nos encontramos perpetuamente en la posición de trabajar en el arte, y nunca de sus consecuencias a un nivel que resulte compensatorio. La retribución del arte de amar es, en gran medida, virtual: el discurso de la idealización del amor; la reiterativa descripción exaltada de un paraíso que sólo llegará más allá de la vida posible.

No entraré aquí a valorar la eficacia de las técnicas propuestas por Fromm. Lo verdaderamente clave es que El Arte de Amar no es un texto sobre el amor, sino sobre cómo llevar a cabo eso a lo que se llama “amor”, es decir, el gamos, o unión heteronormativa mediante un vínculo de naturaleza matrimonial. La conveniencia o no de dicho gamos, o su comparación con otros modelos, reales o posibles, queda fuera de toda discusión.

La bibliografía posterior sobre el amor, desde las críticas al amor romántico hasta las descripciones de amores tóxicos, de mucha menos repercusión individual, aunque voluminosísima en su conjunto, es una colección de manuales técnicos en los que las claves dadas por Fromm se combinan y recombinan con la intención de adaptarse a las crecientes tensiones a las que las corrientes críticas contemporáneas someten al gamos.

En toda ella el amor no aparece como una materia cuyas contradicciones deben ser resueltas y, de ese modo, superadas en la práctica, es decir, como una reflexión que ayudará a transformar la realidad en una realidad más feliz. Muy al contrario, el amor es presentado como un objetivo problemático que, a pesar de todo, debe alcanzarse, pues constituye la realización última de la naturaleza humana, que se sentirá a sí misma en plenitud una vez acceda a dicho objetivo.

Por supuesto, si, como sucede infaliblemente, su alcance no acaba ofreciendo esta plenitud, debe interpretarse simplemente que, en realidad, el camino no se ha completado todavía.