O

O

lunes, 18 de mayo de 2015

frozen 2: congeladxs por el terror


                No sé muy bien cómo explicar mis emociones ante el anuncio de la segunda parte de Frozen, pero, si pudiera proyectarlas sobre vosotrxs, es posible que adoptaran la forma de un rayo celeste que os dejara los corazones convertidos en una escultura de escarcha.

                Aunque el plan no suene muy bien voy a hacer lo posible por someteros a él. Así os quiero.

                Mejor que describiros mi sensación, intentaré que empaticéis con ella describiendo qué es Frozen, o al menos lo que a mí me está pareciendo que es.

                Frozen es, de largo, la película de animación más vista de la historia. Alguna tenía que ser, claro. Pero es que, además, es la quinta más vista de entre todos los géneros (a estas alturas será la séptima, porque habrá sido superada por “cosas” como Fast & Furious 7 y Los Vengadores: La Era de Ultrón, que perfectamente se pueden considerar taquillazos infalibles a priori, de modo que difícilmente puede decirse que cuenten), no muy lejos de la cuarta y la tercera. Dicho de forma más vehemente: Tras Avatar y Titanic, Frozen es, prácticamente, el mayor éxito cinematográfico conocido.

                En nada menos que eso la han convertido lxs niñxs tirando de la manga de sus tutorxs, a quienes lo mismo les daba entrar a ver las aventuras de Elsa que las de los minions de Gru.

                ¿He dicho “niñxs”? Quería decir “niñas”.

                Frozen fue a todas luces concebida dentro del género de películas de princesas para niñas, pero los resultados de taquilla indican que, o ha desbordado el target de audiencia, o cada niña ha ido a verla tantas veces como fui yo a ver Cyrano de Bergerac cuando el amor aún me parecía bien.

                No me he molestado en buscar datos sobre su merchandising, porque los que están a la vista son sobradamente elocuentes. Cualquiera que haya tenido que comprar un juguete estas navidades sabe que una nueva estética amenaza el imperio del rosa: El verdadero color de moda para las niñas es el azul hielo; azul Frozen.
 
A la izquierda, Elsa.
A la derecha, "otras princesas".
 

                Como se ve, Elsa ha aglutinado el gusto de las niñas a escala mundial. Están las princesas y, después, dos escalones por encima, está Elsa, que es la reina de las princesas. Elsa es, por lo tanto, un ídolo femenino infantil de una magnitud sin precedentes cercanos. Es, para lo bueno y para lo malo, la narración más influyente en la formación de las conciencias femeninas infantiles de las últimas décadas.

                ¿Por qué?

                La explicación pesimista dice que Elsa es la princesa perfecta. Que de entre todas las tentativas por conseguir una princesa moderna con tintes igualitarios (Brave, Rapuntzel…) las niñas han rescatado a aquélla que les permitía refugiarse de nuevo en los rasgos de género más extremos y que los insólitamente progres guionistas de Disney les habían llevado a añorar. Se trata del primer personaje desde hace tiempo que es plenamente identificable como princesa a lo largo de toda la narración. Nada de princesa prisionera, dada en adopción, renegada, disfrazada… Elsa es princesa por derecho desde el primer al último fotograma. La sangre azul se le adivina en cada vestido, en cada complemento, en cada gesto y, como sabemos, las niñas quieren ser princesas “por naturaleza” y poder mostrarlo todo el tiempo.

                Pero hay otra explicación. ¿Y si las niñas no se hubieran equivocado y, en vez de caer de nuevo en la trampa de la feminidad, hubieran elegido de manera espontánea y unánime el empoderamiento? Elsa se distingue de las últimas princesas en que es más princesa que ellas, sí, pero también en algo mucho más notorio: Su superpoder. A diferencia de la larga lista de personajes femeninos cuyas principales virtudes son la bondad, la pasividad y la obediencia, Elsa se caracteriza por su libertad, por su capacidad, gracias al dominio sobre el hielo, para hacer, incomparable a la de cualquier otro personaje de la película. Esta superioridad tiene como consecuencia otra diferencia sustancial: Elsa no tiene pareja, porque nadie, como sucede con tantos personajes masculinos en la historia del cine, podría estar a su altura.

                ¿Nos suena? Claro. Por decisiones o caprichos de producción, a Disney se le ha colado un superhéroe en una película para chicas. Y la consecuencia ha sido  que las niñas se identifiquen con él tanto como los niños con Spiderman: Si no me das otra cosa, seré una princesa a la espera de un príncipe que me descubra. Pero, si puedo elegir, seré un ser poderoso y libre. En cuanto a que alguien me descubra… no necesitaré a “alguien” porque seré evidente para todxs; me daré sentido en el grupo sin intermediación de una pareja masculina.

                Disney se guardó las espaldas ofreciéndonos la antítesis de Elsa en el personaje de su hermana Ana, no fuera a ser que las niñas se sintieran incómodamente masculinas siendo superiores a todo el mundo. Ana sí que cumple el estereotipo íntegro: es débil, frívolamente alegre, afectuosa, y enamoradiza… Y sus vestidos de colores cálidos se pudren en los anaqueles de las tiendas de juguetes, mientras que los de Elsa se agotan el primer día. “Tú eras Ana” decretan infaliblemente las niñas cuando te proponen jugar a Frozen.

                Desde este estado de cosas oímos en la lejanía redoblar los tambores de Frozen 2. Y, nosotrxs, que sabemos que el patriarcado es cruel e inexorable, temblamos, o deberíamos temblar, al anticipar la tortura que se habrá diseñado para la conciencia de estas niñas, empoderadas quizás sólo provisionalmente.  Si el patriarcado actúa como cabe esperar de él, del mismo modo que se le coló una mujer empoderada en la figura de una princesa machista, lo normal es que intente ahora arreglar la jugada y procure colarnos una princesa machista en la forma de segunda Elsa.

                Ojalá me equivoque, pero me parece que Disney nos va a dar ahora mucho trabajo. Tiene a todas las niñas con los ojos clavados en la pantalla, expectantes, predispuestas como nunca para identificarse con la conducta de un personaje. Entendámoslo: Predispuestas a ser Elsa, sea Elsa lo que sea, como si les hablara Dios. Pero esta nueva Elsa puede traicionarlas.

                Para empezar, en alguna de las imágenes promocionales Elsa está ya en segundo plano, porque resulta que Ana, la madre buena y correcta, ha tenido un hijo varón, como es su deber, y parece ser que ha heredado el poder de su tía. Así que es más que previsible que el protagonismo gravite sobre él, que seguramente se muestre más proactivo, más despierto, más ambicioso, más fuerte e inteligente que lo que pueda hacerlo una mujer; que use mejor el poder y que sea capaz de llevarlo al extremo de sus posibilidades. Es muy probable que Disney le vaya a decir a las niñas que en manos de ellas el poder es un adorno encantador, pero en manos masculinas se convierte en una verdadera arma; que su ilusión de igualdad era vana, porque un niño, ¡aunque sea un niño! en las mismas condiciones de poder, es siempre superior y más interesante que una niña. Entonces ellas pensarán que ser Elsa es ser una segundona, y que lo que realmente mola es ser la madre del protagonista. Y, quién sabe, tal vez en Frozen 3 Elsa haya sido ya convertida en bruja. Igual esta anticipación es un absoluto disparate, pero es sólo una de las barbaridades que pueden pergeñar. Y ellas apenas tienen otra cosa que a Elsa.

                Nos van a dar mucho trabajo, pero sabremos hacerlo.

Tendremos que decirles a las niñas decepcionadas con el presumible papel de Elsa en la segunda parte que lo verdaderamente meritorio cuando tienes el superpoder del frío no es derrotar con él a un villano que no lo tiene, sino enfrentarte al chantaje emocional al que te someterá todo tu entorno afectivo para que reniegues de tu empoderamiento y te vuelvas “normal”. Tendremos que explicarles a las pequeñas que una cosa es Frozen, y otra Frozen 2. Que quienes han hecho Frozen 2 no entienden quién es Elsa, y que si la verdadera Elsa estuviera en Frozen 2 el hijo de Ana se quedaría en casa haciendo los deberes del cole, porque el reino de Frozen está gobernado por Elsa y ella lo hace perfectamente. Nos van a obligar a convertirlas en espectadoras conscientes y críticas. Nos van a forzar a investirlas con el poder del frío frente a la pasional narración audiovisual; a hacerlas superpoderosas. Pues lo haremos. Ellos se lo han buscado.

               


                Soy muy sentimental con este tema, pero lo cuento por si alguien se identifica. Hay un tercer aspecto clave que explica el éxito de Elsa. Y no va a gustar. Lxs creadorxs de superhéroes saben que el tipo de poder y cómo se represente es clave para determinar el éxito de un personaje. Quienes llevan toda la vida leyendo tebeos porque son malos al fútbol tienen dificultades para identificarse con Supermán o Hulk. Sin embargo, descubren esa caricatura de superhéroe que es Spiderman, cuyas virtudes se reducen al sigilo, la huida, el ataque a distancia y, no lo olvidemos, la réplica sarcástica, y tienen alter ego por los siglos de los siglos.

                El poder de Elsa es el frío. El frio.

                El frío.

                Me da igual que Let It Go sea un tema típicamente Disney. Además es otra cosa. Es la canción con la que las niñas han identificado la reivindicación de su frialdad, y del poder que la acompaña. De esa misma frialdad por la que se sienten culpables ya que, con ella, estuvieron a punto de destruir el corazón de su hermana, y que han prometido no volver a usar, porque su uso es la muerte de las personas que las rodean.

                Elsa, harta, abandonándolxs a todxs, feliz, realizada, empoderada, lo dice claro: “Déjalo salir. El frío nunca ha sido un problema para mí.” Es decir, que si lo es para ti, ése es tu problema.

                Y, con las mismas, nos deja heladxs de un portazo.

                ¡Bravo!

viernes, 6 de marzo de 2015

guerrilla girl


Le pregunto a una amiga que qué pasa. Que qué ha pasado. Que qué es lo que pasa.
 

Me dice que nada. Que no pasa nada. Que ya nada.

-Pero, ¿qué era aquello? – Le digo.

-¿El qué?

-Aquello que me dijiste. Aquello que me contaste. Lo que me ibas a contar.

-Ah, ¡buah! – contesta – Nada. Lo típico. Lo de siempre.

-¿Qué es lo de siempre?

-Que me enrollé con uno, pero no merecía la pena.

Hay un gesto extraño en la cara de mi amiga. Un gesto extraño a mi amiga, que de vez en cuando hace gestos extraños, pero que no suele hacer éste. O tal vez es que este gesto siempre es extraño, aunque se haga siempre.

Pienso en algo que preguntarle, pero lo que quiero es que me hable del gesto. Sé, sin embargo, que si me refiero a él, no lo lograré. Es uno de esos gestos que nunca se han hecho. Incluso antes de significar nada ya no se habían hecho.

Pero no sé qué preguntarle, porque me ha construido una historia que es una canica: una imagen rutinaria envuelta en una hermética esfera de cristal que la vuelve inaccesible y estúpidamente misteriosa.

Todo lo que me viene a la cabeza es impulsarla un poco para que eche a rodar.

-Y, si no merecía la pena, ¿por qué te enrollaste con él?

-¡Ya! Fue el típico caso de donjuanismo. Al principio todo parecía muy bien, pero lo que quería era follar una vez y ya está. Poseer.

-No pensaba que se te pudiera engañar tan fácil.

-Es que los hay que se lo curran mucho. Te vienen con que si tienen una pareja abierta…

-¿Tenía pareja?

-Sí, pero me dijo que nada, que abierta, que todo se aceptaba. Y yo me lo creí.

La canica ya ha mostrado una grieta; ahora hay que conseguir romperla. Hay que llegar a ese dibujo que el cristal tanto dignifica. Hay que desvelar su carácter industrial.

-Lo de la tolerancia hacia las parejas abiertas va a ser un chollo para los ligadores – le digo. –Ya no necesitarán disimular. Antes, si tenías novia y te pillaban que habías hablado con ella por teléfono, la cagabas. Si te negabas a quedar en fin de semana, la cagabas. Si se te escapaba que habías ido de viaje y no tenías una excusa magnífica, la cagabas. Ahora no. Ahora, si descubren que tienes novia, bastará con decir “no pasa nada. Es una pareja abierta. Los dos somos libres.” Cuando ella sólo quiera follar, le parecerá genial. Cuando le gustes le parecerá genial también, porque, con poco romántica que sea, lo catalogará como “pareja imperfecta”, y pensará que es buena idea ir tomando posiciones. A alguna no le sonará bien, claro, pero siempre hay un sector con el que no va a funcionar el rollo que lleves, sea cual sea. Ese riesgo va incorporado. Lo que pasa es que ahora no habrá que construir ningún personaje. Mucho más cómodo; como en un bufet. Se acabó la caza. A comer como las ballenas: por filtrado.

Mi amiga parece reflexionar un momento. Se está preguntando si ha escuchado el discurso de un psicópata, de un hombre normal o de ambas cosas. O eso me gustaría que se preguntara, aunque puede que la respuesta ya la tuviera antes de mi circunloquio.

El caso es que al momento cambia la expresión y me dice, distendida: “Claro, por eso tengo intención de hablar con él. Decirle, -Tío, no se puede ir así. Eso es engañar a la gente.”
 
-Pero tú ya sabías que podía engañarte.

-Sí, pero yo confío en la gente.

-¿Confías en la gente aunque sabes que puede engañarte?

-Yo sí.

-Confías en la gente aunque sabes que puede engañarte.

-¡Que sí!

-¿Para qué?

-No hace falta “para qué”. La confianza es un fin en sí mismo. Tengo derecho a sorprenderme cuando me engañan.

-¿Por qué hablas de “derecho”? Quien se refugia en una trinchera no reivindica el derecho a levantar la cabeza, sino a mantenerla agachada. La agacha para luchar por la libertad de levantarla. ¿Por qué la levantaste?

-Este tío parecía muy majo.

-¿Esa es la respuesta?

-Sí, parecía majo.

-Es decir, que su engaño es más elaborado y, por ello, más grave.

-Sí, ¡menuda decepción!

-Supongo que te referías a eso cuando dijiste que no merecía la “pena”.

-Sí.

-No “la” merecía, pero, una vez más, “la” obtuvo.

-…sí.

-Entonces… hay trabajo. Nos toca buscar a alguien que merezca la “pena” y, a ser posible, que no disponga de "ella".


 

 

viernes, 13 de febrero de 2015

50 Sombras de Grey: Erotismo hipoalergénico

por Assul Bendeck



     Los implicados directos en el caso de Ayotzinápan ya pueden respirar tranquilos por dejar de estar en el ojo del huracán; llega a las redes sociales una nueva invasión de contenido mediático que esta vez tiene que ver con el estreno de una película basada en un libro basado en otro libro basado a su vez en una profunda confusión que equipara la felicidad de la fémina promedio con el hecho de un macho alfa tome el control de absolutamente todos los aspectos de su vida.
 

              Me refiero, claro está, a la adaptación cinematográfica de 50 sombras de Grey. King ya dijo que es "porno para mamás" (discrepo, conozco varias mamás que se aburrirían a la tercera hoja), la comunidad BDSM ya se ofendió profundamente y comunicó a los cuatro vientos que ese libro no representa su filosofía, los clubs de fans de Crepúsculo están viendo severamente mermada su nómina en favor del engrosamiento de las grupis de Chistian Grey, la comunidad católico-cristiana produce frenéticamente un listado tras otro de "por qué no debes ver 50 Sombras de Grey"  que incluyen (y, literal, cito) "por que te excita" y "por que se presta a que abusen de ti", y, no lo sé de cierto, pero puede que Pedro Juan Gutiérrez ya tenga un nuevo ídolo y Sade esté por volver de la tumba sólo para conseguir los libros.
 

              Ya en serio, la verdad no hay mucho que decir al respecto. Confieso que esta entrada es simple y llanamente una dócil respuesta al llamado del morbo que me produce ver a tantas congéneres convencidas de que un sujeto guapísimo y multimillonario (permítaseme recurrir al siempre bien ponderado adjetivo "RMI") dándole nalgadas a una mujer sin un ápice de personalidad equivale a una revolución erótica en la literatura.  Hay lecturas para todo tipo de criterios, gustos y tabúes. El problema con 50 Sombras de Grey, a mi parecer, no estriba en el hecho de que el sexo allí representado está más sanitizado que un quirófano, ni en que genera expectativas irreales (cada quien debe responsabilizarse de las propias) o en que la narrativa, más que dejar mucho a desear, sea casi del todo inexistente. A mí lo que me molestó de las dos horas que dediqué al libro (saltándome toooda la paja en la que el protagonista estalkea sistemáticamente a la chica y ésta casi se desmaya de la emoción) es que, hasta dónde alcancé a leer, parte de la filosofía por la cual ella se deja atar las muñecas con pañuelos de seda y tapar los ojos con un antifaz monísimo (Dios mío!! qué transgresor!!!) es que está "liberando a su diosa interior" "accediendo a su feminidad sagrada" o alguna felación emocional parecida. Eso, y que ni siquiera toma responsabilidad sobre su propia decisión de dejarse dominar por que todo parece ser algo simple y llanamente "inevitable". ¿Así o más Kitsch?.



              ¿Por qué habríamos de justificar con tendencias New Age y políticamente correctas a los impulsos de sumisión y dominación que todos los seres humanos cargan en mayor o menor medida?   El masoqismo y el sadismo son eso: masoquismo y sadismo. Representan deseos extremosos, potencialmente peligrosos física y emocionalmente, actitudes que serían completamente inadaptadas en la vida cotidiana y posturas incómodas para el estatus quo. ¿No sería más honesto aceptar que todo eso forma parte de la naturaleza humana y hacernos medianamente responsables de nuestros propios impulsos, fueren los que fueren, sin andarlos maquillando?.

 

              Por cierto, que si el tal Grey no fuera asquerosamente guapo y pudiente, pasaría a ser un vil y vulgar pervertido de cuarta. Sospecho que un sutilísimo doble discurso se nos ha colado en el librero...

              Cri...cri...cri.


              publicado en:
                  http://0criterio.blogspot.com.es/

lunes, 9 de febrero de 2015