miércoles, 26 de abril de 2017

el amor como fantasía motivacional.


MOON

Veo películas a docenas. Muchísimas. En serio.

A pesar de eso, me resulta imposible encontrar cosas que tengan interés para esta sección. En el cine, con respecto a la no monogamia, se cumple la decepcionante regla de que la sociedad va por delante de la cultura. O de que la represión cultural se utiliza como freno de la contestación social.

No voy a generar falsas expectativas. Moon no es un cuestionamiento ni consciente ni explícito, un gran discurso contra el sistema relacional, como lo es Eyes Wide Shut, por ejemplo. En absoluto.
Moon es una película respetable, de uno de cuyos elementos argumentales podemos aprovecharnos para horadar un poco más en los maltrechos pilares de la monogamia.
Sam lleva tres años trabajando solo en una base lunar. Su contrato está a punto de expirar, y se dispone a volver a casa, en La Tierra, con su mujer y con su hija, nacida después de su partida. Toda su vida relacional se ha reducido, durante estos tres años, a algunas comunicaciones en diferido con su familia, y al diálogo cotidiano con Gertie, el ordenador de a bordo.

Y hasta aquí llega el post para quien aún no haya visto la película, y quiera hacerlo sin sabérsela. Voy a desvelar el pastel en el siguiente párrafo, de modo que no miréis para abajo.

Sam es un clon, nacido en la misma base, uno más, en realidad, de una larga serie que le ha antecedido y de una aún más larga que seguramente vaya a sucederle. Todos sus recuerdos de La Tierra están implantados a partir de un Sam original cuyo paradero y situación actuales desconocemos. Y hay algo más, que elegantemente no llega a explicitarse, pero de lo que nos vamos dando cuenta poco a poco. Parece que Sam está concebido para vivir la duración de su contrato. O, mejor aún, su contrato de tres años está concebido para justificar que trabaje toda la vida, justo hasta pocos días antes de que su salud se deteriore aceleradamente y muera.

Estamos, por lo tanto, ante una civilización que parece haber creado un pequeño Matrix cutre para, al menos, algunxs de sus trabajadorxs. Seres que han sido creados como mano de obra esclava y desechable pero que, debido a su “naturaleza” humana, no funcionarán si no disponen de un sentido para su existencia.

Y es este sentido el que me parece interesante traer aquí.

Porque en la medida en que Sam trabaja ilusionado para recuperar su vida familiar real en La Tierra, estamos ante un discurso monógamo. Pero a partir del momento traumático (se marea, vomita, como Neo) en el que descubre que carece de esa vida, que esa vida sólo es una aspiración, pero jamás ha sido una realidad, que es virgen con respecto a la realización de su sueño, nos encontramos con un discurso ágamo.
Lo considero ágamo precisamente porque es la propia monogamia feliz lo que aparece como fantasía. Lo que Sam descubre es, en el fondo, su condición de víctima de la ideología amorosa: el amor le es presentado como un paraíso real, al que espera volver y al que, como persona absolutamente normal, tiene derecho a aspirar si cumple con su trabajo. Pero la realidad es que el amor sólo ha sido un relato. No hay nada a lo que volver. Nunca hubo amor más que en la construcción de su conciencia a base de retazos de realidad (cuando logra contactar directamente con la casa a la que habría regresado si su programación hubiera sido una verdadera memoria, descubre que su supuesta hija tiene quince años, y que su supuesta mujer lleva mucho tiempo muerta, es decir, que no es que él no haya sido elegido para ese paraíso, sino que el paraíso nunca ha existido como tal).

Y es a partir de ese momento cuando las piezas empíricas empiezan a encajar sin el tejido conjuntivo de la fantasía amorosa. Y lo que configuran, como no podía ser de otro modo, es el desierto de la realidad: lo que veo, aquí y ahora, es lo único que hay. Es el sentido de mi existencia. Y mi único compañero, la única persona con la que voy a tener verdadero contacto a lo largo de mi vida, es otro clon, una especie de yo moral activo, frente a mí mismo, sensible, divergente y contemplativo, yo mismo repetido, desdoblado, con quien un fallo del sistema me ha hecho coincidir, y en cuya compañía, y gracias a ella, lograré recomponer algunas piezas del puzzle (y destruir definitivamente la maqueta mediante la que juego a las casitas).

Él, otras decenas de clones dormidos e inútiles y, por supuesto, mis verdugos, esos que me llaman “colega” y “amigo”, y que me dicen que los espere tranquilamente, sin hacer nada, mientras llegan para salvarme; tal vez clones, también, o tal vez perfectamente humanos, clase media de una sociedad en la que ellos son el equipo de limpieza. Mi despertar los despierta. La vida, ahora que es verdadera, los incluye. Sólo viviré de verdad el tiempo que tarden en eliminarme, como les sucedía a los replicantes de Blade Runner.

El amor en Moon es, por lo tanto, sólo una fantasía motivacional, cuya capacidad para generar trabajo tiene una duración limitada. Cuando el clon lo comprende, cuando su conciencia ha recabado suficiente información como para cuestionar el mundo que le es presentado, cuando descubre que nunca alcanzará aquello a lo que siempre ha aspirado, y que nunca hubo la menor oportunidad de alcanzarlo, entonces es que su tiempo ha concluido.

La única verdadera oportunidad de no pasar la vida entera en La Luna es comprender antes; desde el principio. Comprender hoy. Ahora.








jueves, 20 de abril de 2017

el enamoramiento como pose.


Hablaba aquí sobre cómo gestionar el morbo de las nuevasrelaciones, y utilicé para ello una perspectiva utilitarista que ofrecía un ejemplo más de que hacer explícito el verdadero contenido de nuestros deseos suele desenmarañar sus contradicciones éticas.

Decía entonces que es bueno relativizar el efecto emocional de esas nuevas relaciones (con su correlato de limerencia o NRE), primero porque un exceso emocional nos expulsa del anhelado estado de felicidad o, si se prefiere, de la eficacia óptima. Segundo, porque esa motivación extra hacia la persona nueva implica una falsa idea sobre lo terminada que está la formación de las relaciones previas.

Me gustaría completar la crítica a la mitificación de las nuevas relaciones, y de su poder perturbador, con un par de reflexiones más.

Novedad, ¿hasta qué punto?

La teoría del valor sociosexual (vss) utilizada en las reflexiones de este blog nos dice que, décima arriba, décima abajo, las nuevas relaciones van a tener el mismo vss que las antiguas. Eso implica que, aunque hablemos de alegría, de ilusión, de lo que queramos, el rapto emocional que nos trastorna no tiene como fuente las virtudes de la nueva persona, y sólo excepcionalmente podremos hablar de auténtica novedad.

Si el crecimiento de la vida relacional es equilibrado, serán las primeras relaciones, construidas casi sobre el vacío, las que impliquen grandes cambios capaces de poner la vida patas arriba. Estos grandes cambios tendrán lugar, además, en personas jóvenes e inmaduras, más susceptibles de verse afectadas por ellos. Pero pronto la diferencia que puede llegar a aportar una nueva persona deja de ser sustancial. La diferencia puede, sí, ser a mejor, pero siempre será una pequeña diferencia a sumarse sobre una masa relacional muy superior. El entusiasmo extremo no tiene sentido.

Para que el rapto se produzca hace falta complicidad con él. Hace falta, como suele ocurrir en la adolescencia cuando el alcohol resulta demasiado caro o da demasiado miedo, hacerse la/el borrachx.

Eso no quiere decir que la representación no reporte placer (de hecho, si se realiza el esfuerzo de representar es, en este caso, porque existe algún tipo de motivación hedónica). Quiere decir que no está legitimada para producir dolor en otrxs y, por lo tanto, y si aceptamos reflexionar con honestidad sobre el significado de las conquistas amorosas y su relación con la formación de gamos, debemos llegar hasta el corazón de la impostura: la NRE necesita voluntad de NRE. Necesita, por decirlo de una manera coloquial, hacer por creérselo.

Y en eso consiste el frívolo discurso de que no hay nada más hermoso en esta vida, y de que debe ser respetada.

Hedonismo… y algo más.

La búsqueda de placer puede ser suficiente para impostar NRE. Pero lo normal es que, tras la mentira que funciona, haya algún tipo de verdad. Una verdad diferente, de la que la mentira sirve para desplazarnos: creemos que nos gusta algo por una razón que sentimos como falsa, pero que nos sirve para no reconocer la verdadera. Y gracias a ese cacao acabamos aceptando el desempoderamiento final en el que somos funcionales al sistema: no se puede hacer nada, porque nada entendemos bien. Sólo sabemos una cosa porque acabamos constatándola, y es que el amor arrasa con todo.

El origen de la fascinación amorosa es la expectativa de realización de nuestro destino merecido (no sólo amoroso, sino total porque el amor es un destino completo en sí mismo): el paso de una vida en potencia a una vida en acto. Como Cenicienta, siempre hemos tenido una princesa dentro, pero debe llegar el momento en el que el príncipe nos devuelva (importante la devolución, que implica restitución de lo que era ya propio) el zapato como acto de reconocimiento.

La NRE es el nuevo nombre (no será el último) que adopta esa esperanza cuando siente cercano su cumplimiento. Y el mensaje que transmite a nuestras otras relaciones es “como hermanas feas y malas del cuento estáis bien, pero yo no soy de este mundo”.

La NRE es, por lo tanto, un compromiso explícito con la traición. Es la admisión de que se está dispuestx a abandonar al grupo ahora que una oportunidad mejor se vislumbra. Y el final de la NRE es el reconocimiento de que todo fue un espejismo amoroso y el grupo sigue siendo la opción mejor.

El beneficio obtenido en forma de placer, o de sufrimiento libremente elegido, necesita de algún tipo de justificación para que el grupo otorgue su indulgencia al/la traidor/a. Y ésta viene en forma atribución a la NRE de una fuerza incontrolable.

El grupo (sea de una o de varias personas) tiene la responsabilidad, eso sí, de saber, o al menos aprender, con quién se compromete, y si se trata de alguien propensx a los desmanes de la NRE. Ese aprendizaje implica, obviamente, empoderarse con respecto al perdón impuesto por la teoría de la NRE y determinar, en cada caso, si dicho perdón debe concederse.


lunes, 3 de abril de 2017

"afecto", la falsa moneda de los cuidados.


Proliferan las pautas y recomendaciones sobre la forma de gestionar los cuidados y el afecto en las relaciones. Sin embargo no logramos desprendernos de una fuerte suspicacia.

Varias preguntas comprometidas quedan siempre sin respuesta, constituyendo una base inestable sobre la que los discursos construidos nos resultan algo arbitrarios.

¿En qué se funda el supuesto carácter altruista del afecto? ¿Por qué carecemos de un término que designe su componente narcisista? ¿Qué se esconde tras la persistente reclamación de cuidados que observamos en los relatos sobre relaciones? ¿Qué necesidad específica satisface el afecto? Y, sobre todo, ¿cuánto podemos fiarnos de él?

En anteriores textos se apuntaba la dirección en la que parece más interesante buscar la respuesta a algunas de estas preguntas. En éste propongo dos conceptos que tal vez nos permitan dar ya una importante solidez tanto a la reflexión como a la práctica.
Diré antes de definirlos que un vínculo emocional sería el establecimiento consistente de consecuencias emocionales asociadas a otra persona. Es decir, no sería una emoción específica, sino la posibilidad de sentir una u otra emoción (fundamentalmente placer y dolor) en función de la conducta de otrx, especialmente hacia nosotrxs.

APEGO: vinculo emocional con quienes se juzga más adecuadxs para satisfacer nuestras necesidades.

Mientras que la ciencia se ve impelida a explicar la conducta mediante principios funcionales (adaptación, subsistencia, equilibrio…) los discursos relacionales son alérgicos a la idea de que el individuo busque vínculos afectivos para beneficiarse de ellos.

Por una vez, partamos de la idea de que al afecto, al cariño, al amor, subyace un fin, y que ese fin tiene mucho que ver con la conciencia de individualidad y con el interés propio.

AFECTO (no como sinónimo de “emoción”, sino de vínculo emocional concreto al que a veces llamamos “cariño”): vínculo emocional/expresivo hacia quienes se está en disposición de satisfacer necesidades, es decir, de recibir apego.

El simple apego es ineficaz a la hora de lograr satisfacer las necesidades que lo mueven, salvo en situaciones de indefensión extrema (infancia, urgencia…). Para sociabilizarse eficazmente debe ofrecer algo a cambio y debe ofrecerlo al costo emocional más reducido posible. El afecto, la disposición a hacer cosas por lxs demás, me permite realizarlas sin experimentar frustración o agotamiento demasiado pronto, e incluso recibiendo satisfacción. Gracias a esas necesidades satisfechas a otrxs, yo construyo la garantía de que otrxs, normalmente esxs mismxs, satisfarán las mías. Puedo, de este modo, asegurar mi apego.

Veamos ahora varias consecuencias que se extraen de estas dos definiciones y que resultan útiles a la hora de reflexionar sobre la gestión del afecto y los cuidados.

1   En primer lugar, tenemos que recordar que el carácter emocional de estos vínculos implica que van acompañados de experiencias psicofísicas de placer y sufrimiento, y que su existencia no queda demostrada sólo por su expresión. Un abrazo afectuoso sería, por lo tanto, una expresión de afecto, pero difícilmente una prueba.

2   Debido a este carácter emocional, el afecto y el apego tienen la posibilidad de ser satisfechos en sí mismos, pues son fuente de placer y dolor, sin que vaya acompañada su satisfacción de la de ninguna otra necesidad. Ese placer se satisface especialmente en la medida en que se produce mediante el encuentro de ambos, es decir, del apego de un lado con el afecto del otro, o mediante un encuentro cruzado de apego y afecto con apego y afecto. Si el apego sólo encuentra apego se convierte en una mutua solicitud de cuidados que aumenta la sensación de indefensión. Si el afecto sólo encuentra afecto se convierte en el intercambio de una disponibilidad estéril, como el característico abrazo masculino que transmite, entre otras cosas, completa autonomía y, por lo tanto, resistencia al cuidado que se ofrece.

3   Vemos también que el afecto es un vínculo fundamentalmente dependiente del apego para su aparición, es decir, que tendemos a sentir afecto por aquellas personas por quienes sentimos apego. En otros términos: nos ofrecemos dispuestxs a satisfacer sus necesidades a aquellas personas que consideramos necesarias para satisfacer las nuestras.

4   La dependencia que el apego tiene del afecto es, sin embargo, puramente práctica: difícilmente puede el apego sociabilizarse con éxito si no va acompañado de afecto. Por eso, el apego no suele hacer su aparición socialmente. Para ello debe revestirse, real o artificiosamente, de afecto.

5   Así, apego y afecto serían vínculos diferentes pero complementarios. El primero produciría placer al interpretar que hay disposición por parte de otrxs a satisfacer las necesidades propias (que hay afecto). El segundo recibiría placer al interpretar que hay disposición por parte de otrxs a dejar que sus necesidades sean satisfechas por nosotrxs (que hay apego).

6   Entendemos que no hay razón para manifestar más apego del que realmente se tiene (incluso puede ser conveniente manifestar menos). Hay, sin embargo, fuertes razones para manifestar más afecto del que se tiene, ya que el afecto funciona como una garantía de cuidados futuros a cambio de la cual se pueden a su vez solicitar otros cuidados en el presente.

El afecto debe, por lo tanto, ser objeto de suspicacia. La expresión de afecto puede indicarnos que alguien está dispuestx a cuidarnos, pero puede también funcionar como exigencia de que le cuidemos, amparada en que, dado que tiene con nosotrxs un vínculo afectivo, no podrá evitar cuidarnos cuando lo necesitemos, pues de lo contrario su vínculo afectivo le producirá dolor.
7   Estamos viendo que ni el apego ni el afecto son necesidades originarias. Si tuviéramos plena garantía de que nuestras necesidades fueran siempre a estar satisfechas es altamente probable que no desarrollaríamos apegos (es una hipótesis extrema, porque en última instancia necesitamos interactuar libremente con otras personas para desarrollar nuestras capacidades más complejas), del mismo modo que si no percibiéramos la existencia de necesidades en lxs otrxs no desarrollaríamos afectos (y nos veríamos obligadxs a mostrarnos como personas simplemente dependientes).

Por lo tanto el afecto (y el apego que le subyace) se convierte en necesidad por sí misma una vez que se ha construido sobre la base de las otras que busca originalmente satisfacer. El afecto se convierte en el símbolo de la satisfacción de necesidades. Cuando pedimos expresiones de afecto estaríamos pidiendo un cuidado específico que actuaría como moneda inespecífica de cuidados. Estaríamos pidiendo garantías de que nos van a cuidar, no ya con más afecto, sino con cuidados adaptados a otras necesidades.

8   Pero estaríamos, también, alimentando la inflación del valor del afecto. Estaríamos invitando a crear afecto sin fondos, que no se va a traducir en cuidados, que no satisface, por tanto, y que nos llevará a pedir más afecto, a recibir aún más afecto sin fondos, y a generar una adicción afectiva por desplazamiento de nuestras verdaderas necesidades a la necesidad de afecto.

9   Esta adicción afectiva producirá también su correspondiente reflejo sobre el apego, creando una adicción al apego que necesite de personas a las que dar afecto, a las que pedir que se dejen dar afecto, y que no constituirá ya afecto sino, de nuevo, otra forma de apego.

10   Ni que decir tiene que este modelo explicativo establece su virtud en el equilibrio (no en la igualdad) entre apego y afecto, en el equilibrio entre estos vínculos y los cuidados generales que expresan y gestionan, y que desestima absurdas propuestas de vida relacional sin apego o de construcción de afecto “sano” puramente desinteresado.


martes, 28 de marzo de 2017

si os queréis, ¡respetaos!


NUNCA ENTRE AMIGOS

Las películas como Nunca Entre Amigos me encantan. Me gustan muchísimo.

Hay películas que se plantean cómo colarle un mensaje rancio a la población progre y se inventan un artefacto que pinta bien casi todo el tiempo. Pinta bien y huelen mal, como el barco de Benito Cereno.

Y cuando descubres el truco piensas “¡Vaya! ¡Buena táctica! Mejor suerte para la próxima” Y las mandas a la mierda.

Y luego están las películas que van directamente dedicadas a la gente rancia. Esto es muy importante, y solemos olvidarlo. La gente rancia existe, tiene una vida, y también consume cine. Es más, nos equivocamos profundamente si creemos que lo único que ven es Fast & Furious. La gente rancia también tiene mantita, y también se aovilla el domingo por la tarde a disfrutar del placer “intrascendente” de que le cuenten una historia “intrascendente” de ese género completamente inocuo por “intrascendente” que es la comedia romántica.

Y vaya si se la cuentan.

Lo bueno de contarle una historia de amor a una persona rancia es que puedes dejarte llevar abiertamente por la psicopatía. No necesitas cumplir ciertos códigos éticos, como, por ejemplo, que la historia parezca igualitaria. Puedes perfectamente convertir en pareja de una actriz de físico estereotipado a un actor con la presencia de un Jim Carrey rural, como el tal Jason Sudeikis. A todo el mundo le va a parecer lo más natural, porque el Jim Carrey rural es un tío sano, y una chica que merezca la pena no debe fijarse en otra cosa, por muy buena que esté.
La lógica también se transforma en un espacio de libertad para ti, como narrador/a (éste es un gran atractivo de la narrativa rancia, tengamos cuidado). Por ejemplo, supervisar una fiesta de cumpleaños infantil hasta arriba de éxtasis no es algo que unx tenga que presentar desde una perspectiva crítica o contracultural. No es necesario. Puedes mostrarlo como situación normal con final feliz. Incluso si la fiesta se celebra en un chalet con piscina que cubre. ¡Y es tan divertido!

Alegría. El mejor cine de mierda.

Y gracias a él vamos sabiendo de las nuevas tesis que se van sembrando en la cabeza de lxs otrxs, y que difícilmente seríamos capaces de descubrir por simple deducción sociocultural.

En este caso, la moraleja de Nunca Entre Amigos es digna de un Frankenstein becado en Princeton.

Lo que nos viene a contar, como resultado del más delirante patchwork neoliberal, es que el nuevo amor perfecto, el ideal, la pareja modelo que tiene todas las cartas para petarlo, es la que se forma entre adictxs al sexo. Sí, sí… tomaos vuestro tiempo. Asimilad.

¡Claro! ¿No lo entendéis? Os lo voy a explicar, desnaturalizadxs: Lo que pasa es que ser adictx al sexo es no haber encontrado aún a La Persona. ¡Y buscarla con muchas ganas!

Incluso puede ser el resultado de algo más bonito todavía, como les pasa a lxs protagonistas de esta película de mierda. Puede ser que hayáis perdido la viriginidad juntxs, y que después las circunstancias os hayan separado (ella era más guapa y se fue, pero mira, ¡mira cómo vuelve, la muy soberbia!). Y desde entonces os devore ese comecome que es la nostalgia del amor verdadero, el de la primera vez.

el cine de mierda suele recordarnos que una de las mejores estrategias para formar una pareja feliz es ser muy imbécil.

Y, claro, cuando os encontráis de nuevo, os respetáis, aunque sois adictxs al sexo, porque os queréis de verdad, no como al resto de la gente, que es toda tan sucia. Y cuando por fin el amor se cae de maduro, en cuanto os lo declaráis, pues, por supuesto, inmediatamente, esa misma mañana, os casáis.

Eso sí, antes de la boda, como no se aguantan las ganas, un polvito. Porque lo que tiene que quedar claro aquí es que cuando dos verdaderxs enamoradxs se unen para siempre, si son verdaderxs, verdaderxs de verdad, es decir, si son adictxs al sexo, entonces se lo van a pasar genial, porque no se van a bajar de la cama ya ni para sacar la basura. ¿¡No es fantástico!?

Pues esto, por estrambótico y degenerado que os parezca, es lo que les están contando a vuestrxs vecinxs. Y seguramente muchxs se lo estén creyendo.
Así que id con cuidado ahí fuera.


martes, 21 de marzo de 2017

5 claves para llevar la agamia a la práctica.


“Pues muy bien, ya sé lo que es la agamia. Ya puedo diferenciarla de un gibón, de la estética trascendental e, incluso, del poliamor.

Ya aprobaría un test sobre agamia, pero lo que de verdad quiero saber es cómo llevarla a cabo. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se es ágamx?”

No han sido pocas las veces en que he recibido críticas por definir y describir la agamia en sentido negativo, desde lo que la agamia rechaza.

Voy a intentar dar a esas críticas parte de la satisfacción que merecen con un texto tan claro y concreto como me sea posible. Y, sobre todo, tan positivo.

Y para ello voy a aprovechar el formato bloguero por excelencia: la lista de claves, o reglas, o principios, o consejos, o como se quieran llamar. Cinco ideas, que también es una cifra apetitosa.

Vamos con ellas.

1-NO TENGAS PAREJA.

¡No, no, no! No es empezar con las negaciones otra vez. Aunque es la regla que da sustancia a la agamia, y todo el mundo se la sabe, no está de más recordarla en una lista de “trucos básicos”. 

Comprobarás, si no lo has hecho ya, que no formar pareja es algo absolutamente positivo, es decir, que requiere de una actitud muy consciente con consecuencias muy visibles. Que es, en definitiva, lo contrario a no hacer nada.

Y, si aun así, esta primera regla te resulta insípida, añádele, además, el decirlo.

Que tu entorno (o la parte que consideres segura en él) sepa que no formas pareja. Que no es que no tengas. Que es que no la quieres. Que tú lo haces de otra manera.

Te garantizo dos cosas: La primera, muchas conversaciones sobre agamia que te obligarán a reflexionar sobre tus propias ideas relacionales. La segunda, muchas sorpresas. Mucha gente pensando en ti, en cómo vives, en cómo lo haces, tal vez sin decírtelo nunca, tal vez, cuando menos te lo esperes, diciéndote: “¿sabes una cosa? Yo también soy ágamx”.

2-DISFRUTA DE TU SITUACIÓN.

La agamia tiene desventajas que, en general, conocemos: poca gente que la practique, que la entienda o que ni tan siquiera parezca preparadx para concebirla; cierta discriminación a la que la amatonormatividad nos somete; incertidumbre por no saber exactamente en qué consiste lo que tenemos que hacer ni si llegaremos a satisfacer nuestras necesidades con ella…

Pero hay ventajas que tendemos a olvidar, simplemente porque no podemos cambiarnos de modelo como cambiamos de menú, y es tan fácil acostumbrarnos a lo bueno y dejar de verlo como obsesionarnos con aquello que parecemos haber perdido incluso aunque no lo consideráramos antes de gran valor.

Es muy posible que la agamia te esté ofreciendo varias cosas que merece la pena recordar para disfrutar plenamente de ella. Sobre todo estas dos:

En primer lugar te ofrece paz. Es muy posible (aunque no seguro) que la montaña rusa emocional haya pasado a mejor vida. Los conflictos no se han extinguido, pero han dejado de ser un trastorno sistemático. No sólo hemos dejado de jugárnoslo todo a una carta; en realidad hemos dejado de vivir las relaciones como si fueran la visita a un casino, del que aspiras a salir forradx pero es muy probable que ocurra todo lo contrario. Ahora esto se parece más a un jardín o un huerto, y la felicidad tendrá más que ver con disfrutar del crecimiento diario de las cosas que con la posibilidad de que de repente nos broten tomates de oro.  ¿Demasiada paz? Eso sería malo si viniéramos de la felicidad. 
Pero no venimos de ella. Lo que la paz nos trae no es aburrimiento. El aburrimiento ya estaba aquí, y se ocultaba, sobre todo, tras una gruesa capa de problemas. Ahora lo que tienes no es aburrimiento, sino la oportunidad de pensar cómo salir de él.

En segundo lugar te ofrece crecimiento, o descubrimiento, o deconstrucción, llámalo como quieras. ¿Sabes esas personas que descubren un día, tal vez a los 45 años, que llevan toda la vida reproduciendo en bucle su proyecto sentimental, como si aún tuvieran 20, como si la vida se hubiera parado entonces? Pues tú ya no eres de ésxs. Tú has vuelto a poner el motor en marcha. Y, del mismo modo que entonces tenías la sensación de que no sabías muy bien a dónde ibas, y de que descubrías e inventabas el mundo a partes iguales, ahora el camino vuelve a ser nuevo, y vuelve a ser hacia delante. Da un poco de vértigo, pero recuerda que es justo lo que a todo el mundo le gustaría hacer. Es el tipo de vida que lxs demás lamentan continua y cansinamente no estar viviendo.

3-¡PROPÓN!

La pregunta que verdaderamente asedia a quienes practicamos la agamia es “¿cómo vamos a conseguir ahora aquello que sólo se conseguía en pareja?”

La vieja amistad gámica está muy bien para tomar un café, y a veces para algunas cosas más. Pero sabemos que tiene las alas cortadas.

Nos toca, ahora, pegarle de nuevo cada pluma.

¿Te apetece pasar el fin de semana con alguien? Piensa en quién sería la persona adecuada y hazle una propuesta concreta, respetuosa y clara.

El mundo gámico lo va a entender todo según un plano en pendiente: si tú estás arriba y la otra persona está abajo, no propongas, que se puede enamorar. Si la situación es inversa, no propongas, no vaya a ser que te enamores tú.

No aceptes esa pendiente. Construye en ella espacios llanos, terrazas, y queda en ellas: “ésta es la idea de lo que quiero hacer, ni más ni menos. ¿Te apetece?” Si no quiere hacer todo eso, que recorte la propuesta; si quiere ampliarla, que lo diga explícitamente. Pero la terraza es la terraza. No es el paso previo para ir a ningún otro sitio. La terraza es buena y útil en sí misma, y usarla bien consiste en disfrutarla.
Y si nadie quiere disfrutar de tus terrazas, entonces puede que te venga bien ampliar un poco el círculo. Aunque, como te decía en el primer punto, te aseguro que pronto empezarás a recibir visitas inesperadas.

4-PIENSA EN COLECTIVO.

Esto no va de preguntarnos qué necesitamos e írselo pidiendo a la gente. Esto va de preguntarnos qué necesita la gente, entre la que, por supuesto, nos contamos nosotrxs, y proponer terrazas para satisfacer esas necesidades.

Vas a construir mucho mejor tus propuestas cuando descubras qué están necesitando quienes hay a tu alrededor. Y no quiero decir que te preguntes qué es lo que está necesitando aquella persona con la que quieres pasar el fin de semana, de modo que tengas algo que ofrecerle a cambio. Me refiero a las personas de tu entorno en general. Lo que más necesita tu entorno, sin duda alguna, es lo que más necesita la persona más necesitada de tu entorno. Ésa es la necesidad que más urge satisfacer. Cuanto más integrado está ese entorno más propia se hace para cualquiera la necesidad de la persona más necesitada, es decir, más pasa a ser mi/nuestra necesidad. En esa situación es muy fácil hacer propuestas, y muy fácil que sean aceptadas.

De hecho es muy fácil que te propongan, precisamente, aquello que tú necesitas y que no sabías cómo proponer.

5-ROMPE LA BARRERA PSICOLÓGICA DEL GAMOS: NO HAY NINGUNA BARRERA.

El gamos nos induce a pensar que no hay nada fuera de él y que, por lo tanto, fuera de él no se hace nada.

La pregunta “¿cómo se practica la agamia?” es el resultado de esta idea inducida.

En realidad, lo que tienes que hacer, que es comprometerte con la satisfacción de las necesidades de susbsistencia y desarrollo de tu entorno, en el que estás incluidx tú mismx, te va a ir dando respuestas.

Ahora has llegado a una muy importante: no construir parejas.

El resto también lo vas a deducir por simple sentido común. La vida crecerá de modo espontáneo en el espacio ágamo aunque alguien haya dicho que sólo pueden ser malas hierbas y que deberías arrancarlas.
Seguramente va a salir de ti el realizar propuestas, sin necesidad de que lo consideres una técnica de superviviencia ágama. Y saldrán otras cosas, poco a poco, o tal vez más rápido, como diluir tu identificación de género, promover un canon justo de belleza, o ir eliminando el objeto de deseo en tu erotismo.

No necesitas técnicas secretas para ser ágamx, ni necesitas a nadie en especial que te las cuente (“¿y los talleres?” Bueno, no digo que no venga bien un empujón. A veces ayuda). Lo que necesitas es pensar sin miedo, hasta el final. Hasta que los actos aparezcan por sí solos.