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viernes, 22 de agosto de 2014

10 consejos para evitar violaciones


Como sabemos, las recomendaciones para evitar violaciones realizadas por el Ministerio del Interior han provocado, no sólo una lluvia de protestas, sino un decálogo alternativo.

Si en el primero todos los consejos iban dirigidos a la mujer, llegando a cotas de paternalismo y delegación de responsabilidad que se acercaban peligrosamente a la inculpación de la víctima o, por lo menos, a su degradación como ciudadana, en el segundo se hacía (se traducía, en realidad, de la versión inglesa, pero con este fin) una inversión paródica que tampoco ha generado indiferencia. El tratamiento del género masculino en su conjunto como potencial violador, mediante el que se ridiculizan, con la lógica exageración, los errores del decálogo original, han sido descontextualizados y tratados en demasiadas ocasiones como si fueran recomendaciones reales, no dirigidas a sensibilizar sobre los equivocados medios institucionales utilizados para evitar las violaciones, sino para evitarlas ellas mismas. Algunas, como El Décimo: No violarás, se han convertido en inquietantes eslóganes a los que varios medios de redes sociales se han acogido como incisiva herramienta de lucha contra la agresión sexual.

El resultado de este uso de la crítica a las medidas del Ministerio es, en mi opinión, similar al de las medidas mismas, dado que incide de nuevo en un lugar poco influyente en el objetivo perseguido, dejando, además, la impresión de que nada más se puede pedir o hacer.

Lo cierto es que pocas violaciones se evitarán por más que este segundo decálogo se reproduzca hasta el infinito. De hecho, dudo de la eficacia de cualquier conjunto de normas cortoplacistas en una sociedad profundamente patriarcal y neoliberal, donde las fuerzas que conducen a la agresión sexual están extendidas y arraigadas hasta la más minúscula de nuestras conductas íntimas. Nuestra sociedad no puede sino producir un alto número de agresiones sexuales, como una sociedad con gran índice de desigualdad no puede sino producir violencia. Dichas agresiones no son una anomalía de nuestra cultura, sino su síntoma más extremo.

Por eso, cualquier actitud que se centre en corregirlas directamente corre el peligro de ser inútil, superficial y, por todo ello, irresponsable.

Me niego a pensar que lo único que puedo hacer para contribuir a la reducción del número de violaciones en mi sociedad es seguir no violando. Muy al contrario, y sin restar un ápice de importancia a la responsabilidad de las instituciones, creo que puedo, que podemos, tomar medidas inmediatas en una dirección radical. Ni sus resultados serán a corto plazo, ni su adopción podrá resultar cómoda ni autocomplaciente: si queremos que la raíz cambie debemos actuar sobre actitudes sustanciales y confiar en que el nuevo paradigma produzca nuevos resultados.

Tomando el testigo del decálogo crítico me dirijo, de nuevo, a los hombres, mediante un decálogo más, el tercero, que invito a discutir, mejorar y, por supuesto, poner en práctica.


miércoles, 20 de agosto de 2014

entonces, ¿cómo criamos a lxs hijxs?


La pregunta del título es el mejor argumento contra la agamia y, a la vez, el mejor argumento en su favor.
De todo aquello que el rechazo al “gamos” deja en suspenso, sin seguridad de realización inmediata, es una crianza solvente de lxs hijxs lo único que no puede permitirse una pausa reflexiva. La agamia es imposible sin un rudimento de solución alternativa, para la cual necesita también un vía alternativa infraestructural de la que ahora se carece.

 
Pero, al mismo tiempo, este obstáculo, que se encuentra una vez alcanzado el núcleo de lo irrenunciable, pone de manifiesto la verdadera naturaleza de la pareja. Se desvela así, o se recupera, la conciencia pre-amorosa que hace entender al gamos como la herramienta para la producción de descendencia. Este vínculo es éticamente intolerable. Una vez reconocido el carácter de medio de la pareja, una vez desmitificada como fin que proporciona la felicidad, se derrumba toda su capacidad de captación.

En la agamia no serán las figuras pretendidamente naturales del padre y la madre, ni modelo alguno inspirado en las anteriores, quienes realicen el trabajo reproductivo enajenado por el amor. Se hace necesario un análisis sin prejuicios naturalistas sobre las necesidades afectivas y tutoriales mínimas del/la hijx. Dichas necesidades mínimas serán consideradas sus derechos, y el nacimiento de un/a niñx deberá sólo producirse bajo el cumplimiento de estos derechos.

El factor humano de estos derechos, es decir, la figura o figuras que deben encargarse de su crianza, serán individuos que hayan asumido esta responsabilidad con todas sus consecuencias. Para que dicha asunción resulte más atractiva y menos susceptible de condicionar excesivamente una o varias vidas, se investigarán las posibilidades que, sin perjuicio para la/el niñx, ofrece la crianza de ser flexible en cuanto a la identidad de sus responsables. Así, la tarea de la crianza, que sólo puede ser asumida como un compromiso a largo plazo con una enorme implicación, constituirá un plazo mucho menor y requerirá de una implicación mucho menor que la maternidad tradicional. Sin embargo, lxs hijxs recibirán una atención igual o incluso más ajustada a sus necesidades que en ésta.

 
La agamia, por lo tanto, no sólo desanuda lo sexual de lo sentimental de las relaciones sexosentimentales, convirtiendo al sexo en erotismo y al complejo “sentimental” en el desarrollo de todos los aspectos de las relaciones, sino que, además, desvincula dichas relaciones de la crianza, emancipando ambas y permitiendo con ello que ambas se realicen en las mejores condiciones de vocación, responsabilidad y libertad. Las relaciones de crianza son, prioritariamente, relaciones entre adultxs y niñxs, y sólo secundariamente, y por esta causa, relaciones entre adultxs, sin detrimento de las relaciones que dichxs adultxs puedan realizar.

Queda así obsoleta la consanguinidad como lazo afectivo natural que conduce espontáneamente al cuidado mutuo, y que constituye, en realidad, una norma de responsabilidad. La familia, si es que se puede seguir utilizando este término, será contractual allí donde dicho carácter contractual sea requerido por el carácter del lazo de responsabilidad que une a los individuos, y de generación espontánea allí donde la responsabilidad que implica la relación puede dejarse en manos de la disposición de individuos libres.

La renuncia al amor, por lo demás, tiene como consecuencia, en la relación con lxs hijxs o personas criadas, la sustitución del amor parental por una afectividad consciente y responsablemente adaptada a las necesidades de lxs hijxs.

Salta a la vista que el problema inverso de los cuidados de adultxs dependientes, ancianxs o enfermxs, debe resolverse según esta misma lógica, en perfecta sintonía con el pensamiento económico feminista que incorpora el trabajo de los cuidados a la economía computable, junto con el horizonte de un trabajo que se descomputa en su conjunto y que se incorpora a la vida feliz mediante su desenajenación, es decir, mediante su evolución en actividad con fin en sí misma y no en ser intercambiada por un salario.

A pesar de que se ofrece este esquema alternativo, la agamia queda, estrictamente hablando, fuera del problema de la reproducción salvo, lógicamente, en lo que la reproducción tiene de “relación”, ya que la agamia es el reconocimiento de la “relación” por eliminación del tipo particular de relación llamada pareja y basada en el amor. La reproducción no es, por lo tanto, un problema que la agamia deba resolver para legitimarse, sino más bien un problema al que se debe dar respuesta “desde la agamia”, si se pretende presentarla como un modelo posible.

viernes, 15 de agosto de 2014

feminismo de precisión (III de III)

 

Es fatal para el que escribe pensar en su sexo. Es fatal ser un hombre o una mujer pura y simplemente.
Una habitación propia – Virginia Woolf

 
Todos estos matices del tono visceral, analizados en los posts anteriores -1,2- (debo decir que he escogido dos textos en los que la visceralidad es sólo moderada) son fácilmente corregibles. Pero no he escrito este texto para proponer mejorar aquéllos, que no son malos, sino para señalar la generalización del tono visceral en el feminismo divulgativo (¿en España? ¿En la red?); para señalar la instalación en esa autocomplacencia, en esa búsqueda de la satisfacción personal, en esa acomodación a un público ya afín; para recordar que estancar el feminismo es bloquear el avance de la igualdad y, por lo tanto, perjudicar, sobre todo, a las mujeres.

Ese bloqueo se cifra, groseramente resumido, en dos consecuencias. La primera es que establece un tono discursivo inaplicable a la vida cotidiana. Junto con todas las claves eficaces que sí proporciona, incluye otras absolutamente ineficaces que desprotegen a quienes pretende proteger al proporcionarles armas de fogueo, muy espectaculares en los simulacros pero suicidas en la vida real. La segunda es que maximiza las dimensiones del enemigo, impidiendo el alistamiento en las líneas feministas de la inmensa mayoría de los hombres y obligándolos, en el mejor de los casos, a permanecer en esa tierra de nadie a la que ya el patriarcado ha bautizado con el nombre de la fraudulenta equidistancia: “ni machismo ni feminismo”, es decir, machismo inconsciente.

Se podría alegar que este recurso del tono visceral es útil al feminismo, porque es fuente de motivación para las lectoras, incluso reconociendo que, para conseguirlo, el hombre es tratado de una manera algo paródica. Se podría decir que el hombre debe aceptar estas pequeñas humillaciones en aras del avance de la igualdad. Y, si se demostrara, yo estaría de acuerdo. Pero mi opinión es que el recurso no es una estrategia, sino el defecto espontáneamente generado por la adquisición de una cierta cuota de poder. Lejos de funcionar, es irresponsable y contraproducente, resultado de entender estos espacios de divulgación como lugar de desahogo personal y de ostentación del poder que generan. Pienso que, en el desarrollo de una práctica acertada, se deviene en otra desacertada que contamina a la generalidad del feminismo divulgativo en red, convirtiendo en inútiles gran parte de estos esfuerzos y transmitiendo el espejismo de que el feminismo lucha con todos sus medios, pero que no puede avanzar más porque se enfrenta con el poder omnímodo del patriarcado. Se alimenta así una guerra de posiciones en la que los contendientes, bloqueados y frustrados, se polarizan y extreman, cayendo en la caricatura y perdiendo su condición de sujetos de la lucha para pasar a ser objetos del sistema. Ignoro si las cifras confirman o desmienten mi teoría, porque ignoro si esta dinámica es principal o secundaria. Lo difícilmente refutable es su existencia para cualquiera que busque feminismo en vez de sangre. Y si existe y se deja existir, entonces se es cómplice de la cantidad de fracaso que se le pueda atribuir.

Veíamos que el tono visceral es poco más que el resultado espontáneo y legítimo de la exaltación, y que es fuera del discurso legítimamente exaltado donde pierde su legitimidad propia. Al cristalizarse en el discurso reflexivo, llegando incluso a constituir un estándar de estilo, condiciona la producción de ideas a través de tendencias que merece la pena concretar con el fin de facilitar su detección más allá de lo que sería la simple e insuficiente corrección del tono.
 


-La primera, como he venido señalando, es la simplificación maniquea de los caracteres de género.

La comprensión alcanzada sobre los condicionamientos psiquicos que las mujeres desarrollan en el contexto del patriarcado no puede jamás convertirse en una liberación completa de su responsabilidad, pues sería “liberarlas” de su libertad misma. Si una mujer no puede, no ya equivocarse, sino ser auténticamente perversa, entonces es que no es libre. Se abusa de la coletilla de que a las mujeres les queda mucho por hacer en lo tocante a su propio machismo, pero dicho machismo rara vez es tratado como opresor de otras mujeres e, incluso, de otros hombres, sino sobre todo como auto-opresor y, por lo tanto, más tolerable. Sin embargo, la complicidad con el patriarcado, como la complicidad con el capitalismo, está permanentemente presente en nuestras opciones. Si no acabamos con el mito del esclavo bueno, no entenderemos jamás por qué el esclavo debe ser liberado. No habremos superado el prejuicio hacia una maldad que consideraremos paliativa de la iniquidad de su esclavitud. Estaremos, por decirlo de otro modo, juzgando por defecto que la mujer merece ser igual porque es buena, ya que si fuera mala no lo merecería.

En cada lugar en que se constate un comportamiento machista hay individuos opuestos en su condición de opresores y oprimidos y unidos, a veces íntimamente, en su condición de cómplices del machismo en diversos sentidos que deben ser tenidos en cuenta si se desea entenderlos y desactivarlos.

La inversa, como también he dicho, es más clamorosa. El desarrollo teórico del hombre postpatriarcal es, hay que decirlo así, sólo un proyecto y, hoy día, una vaguedad. El hombre postpatriarcal se define normalmente como simple vacío con respecto al patriarcal, y a través de la asunción de virtudes consideradas propias del género femenino. Si debe existir un hombre postpatriarcal definido en función de la adopción de virtudes femeninas, entonces, salvo que se pretenda reducir ambos géneros a lo que de femenino hay en ellos, deberá tener también viejas virtudes masculinas. Pero, ¿cuál de estas virtudes ha sido producida en un sentido postpatriarcal? Las masculinas, evidentemente, no. Pero las femeninas tampoco. Ni la predisposición a los cuidados, ni la empatía, ni el sentimentalismo, son reivindicables sin una crítica previa que las transforme de virtudes del siervo en virtudes de la persona libre.

La ausencia de este análisis sobre lo que el hombre tiene que pasar a ser en sentido positivo lleva a la negligencia de, y resistencia ante, el análisis de las motivaciones masculinas. Alcanza a la casi totalidad del feminismo la reducción de la psicología del hombre a la descripción de un opresor expansivo. Entre el hombre que esclaviza y el hombre que se defiende del entorno patriarcal mediante los recursos que el propio entorno patriarcal le proporciona, no hay matiz. La desinformación del hombre, su propia condición de víctima, la no disponibilidad de recursos, su propia soledad como individuo antipatriarcal, es reducida con demasiada frecuencia a la valoración de las consecuencias de sus acciones. El hombre, en definitiva, se siente “incomprendido” por el feminismo, y encuentra demasiado pronto los indicios de que el feminismo no es para él. El “error comprensible” no existe en el caso del hombre, porque el hombre no es concebido como psique, sino sólo como agente. Se valora que todo hombre se beneficia tanto del patriarcado que no merece la pena analizar las injusticias que, por grosería, el feminismo puede ejercer contra él. Se niega, así, el derecho del hombre a señalarse a sí mismo como oprimido. Lo repetiré, porque creo que es extremadamente grave: se niega al hombre el derecho a decir “mi situación es inhumana”. Siempre habrá una mujer peor, se piensa. Lo que es aplicable, también, a cualquier mujer.
 


-El tratamiento de la comunicación como propaganda para una guerra entre bandos de género donde los individuos aparecen monolíticamente pertenecientes a uno u otro bando.

O, ¿a quién se dirigen los textos?

No se trata de volver a recordar que las motivaciones de cada individuo son complejas éticamente, sino de que lo es la constitución social de cada situación con respecto a la distribución de las herramientas que el patriarcado brinda y que, ya sean usadas para oprimir o para empoderar individualmente, lo reproducen.

Demasiado a menudo, la descripción de una situación opresiva va acompañada de un reparto de los personajes que la conforman según las categorías de oprimidos y opresores. Como es lógico, la tendencia es que los unos sean los hombres y las otras las mujeres. Sin embargo, tanto el entrecruzamiento de otros sistemas de opresión, como las propias jerarquías intragénero que establece patriarcado, hacen que los niveles de conflicto y las composiciones de los bandos en conflicto presentan una gran diversidad. Todas las mujeres no se encuentran igualmente oprimidas por todos los hombres, y su opresión no debe afrontarse siempre con la misma actitud. Mientras que, por ejemplo, la realidad ofrece conflictos mayoritariamente dirimidos al mismo nivel de conciencia feminista, es decir, entre mujeres con una determinada conciencia feminista que se enfrentan con hombres cuya conciencia feminista es proporcional (según la proporción de conciencia feminista que los hombres tenemos con respecto a las mujeres), los textos describen demasiadas veces situaciones en las que mujeres muy concienciadas deben enfrentarse con hombres que no lo están en absoluto. La causa de esta polarización es que posibilita el uso del tono visceral, es decir, del texto como vía de desahogo.

La pregunta “¿a quién se dirige cada texto?” debe ir acompañada del tono correspondiente. Tan inútil es tratar a la generalidad de hombres concienciados como machirulos infiltrados, como pretender que simples herramientas dialógicas sean eficaces ante hombres de profunda convicción machista. Tratar a un compañero como a un potencial violador es una gravísima ofensa. Dirigirse a un acosador callejero como al miembro de una asamblea ciudadana es temerario.
 


-Descripción de la realidad según un solo sistema opresivo, o subordinación jerárquica del resto.

Por último, creo importante recordar siempre, cada vez que se afronta un texto, que el concepto de patriarcado como sistema opresivo no agota la descripción de la condición opresiva de nuestro sistema. Es innecesario ponderar su inmenso valor como herramienta descriptiva, así como lo que podemos entender, señalar y corregir gracias a su uso. Pero dichas descripciones no pueden obviar cómo se interpenetra con otros sistemas opresivos conformando la opresión real. Incluso concediendo, cosa que ni afirmo ni niego, que el patriarcado sea el mayor de los sistemas opresivos actuales, o la herramienta más englobadora para entender la opresión real, aun así, sería insuficiente para analizar las relaciones de opresión de una situación cualquiera.

El análisis de situaciones debe integrar al resto de sistemas opresivos, especialmente el sistema del poder, como ontológicamente superior o englobador, y el sistema de la fuerza bruta como cronológicamente superior o precedente.

Esto debe llevar al tratamiento de la opresión patriarcal en el contexto de la opresión general. El viejo conflicto izquierda – feminismo nos recuerda que el oprimido comprometido con la eliminación de los privilegios de que él carece no tiene por qué estar comprometido con la renuncia a sus privilegios propios. El feminismo nos descubrió, en su momento, que el hombre oprimido era también opresor. El feminismo debe, ahora, recordar que la mujer oprimida también lo es, lo que no va en detrimento de su condición de oprimida a un nivel superior al que lo está el hombre.

En última instancia, no sería tan complicado si aceptáramos renunciar a la consideración del patriarcado como marco de explicación de referencia y extender el concepto de “opresión general” a las situaciones analizadas en el discurso feminista, del mismo modo que, por sentido común, lo hacemos en casos de extrema claridad como, por decir algo, la ridícula acusación de Esperanza Aguirre de machistas a los agentes de seguridad que la multaron, queriendo hacer olvidar que la diferencia de poder entre ella y ellos la convertía en su depredador natural.

Debemos recordar, además, que la opresión, en todos sus sistemas, no es inerte, sino dinámica, y que la persona oprimida emplea armas mediante las que defiende su posición y a través de las que a veces, incluso, logra avances puntuales. En el caso de la opresión patriarcal hay que decir que estas armas defensivas existían antes del feminismo y, lógicamente, conviven con aquellas que el feminismo ha proporcionado. La exigencia de la renuncia a los privilegios, es decir, a los mecanismos opresivos, debe ir acompañada de la renuncia a las armas mediante las que las personas se defienden de esos privilegios, especialmente de aquéllas no proporcionadas por el feminismo y que reproducen el patriarcado desde su lado débil. Lo contrario sería tanto conceder al oprimido la capacidad, que se realizaría automáticamente, de convertirse en opresor, como exigir al opresor que se autotransforme en oprimido, lo que es siempre una condición inasumible, automáticamente despreciada. Allí donde se describa una situación en la que el oprimido está íntegramente inerme, se está obviando su capacidad real de ejercer violencia sobre el opresor. Confundir esta necesidad con una “entrega de armas” como reconocimiento de que la paz debe empezar por el débil, al que se trata así de primer agresor, sería tergiversar mi razonamiento.

 

Conclusión:

El empoderamiento feminista no puede ser sólo el establecimiento de un pequeño espacio de poder seguro. Debe, sobre todo, establecer el espacio que permite la expansión de dicho espacio y, con él, del empoderamiento igualitario de todxs.

Las cuestiones planteadas aquí no son simples líneas de corrección, en tanto que la relevancia de algunas de ellas las convierte per se en problemas más complejos que hacen aflorar temas claves del feminismo. Deben ser, por lo tanto, reincluídas en nuestras reflexiones de mayor aliento, si no queremos convertir la invencibilidad del patriarcado en una profecía autocumplida.

La visceralidad denunciada es la prolongación de la violencia en el conflicto, más allá del momento en que la violencia es necesaria o eficaz. Quienes intentamos contribuir a la realización de la igualdad dejaremos de ser feminazis, quintacolumnistas del patriarcado, desde el momento en que admitamos que el feminismo, como movimiento diverso, produce también discursos intransigentes e, incluso, opresivos. El feminismo no otorga la infalibilidad por generación espontánea. En nombre del feminismo también se puede hacer daño. Por su relativa novedad, el feminismo se encuentra cada día, en su progreso, con desafíos que son absolutamente nuevos. Uno de los pendientes es escuchar con la mente abierta las razones de su adversario. Sólo incorporando al adversario como aliado podrá alcanzar la hegemonía.

Por eso me pregunto siempre, ¿de verdad es necesario mantener esta división entre unos y otros? ¿Es verdad que se deben centrar los esfuerzos en entender y reivindicar las identidades de género? ¿No se puede señalar ya, a estas alturas, al género como un obstáculo en el avance hacia la igualdad? ¿No es mejor enfocar nuestras fuerzas hacia la proposición de un modelo social en el que el género no permita distinguir con tanta claridad a amigos de enemigos? ¿Cómo voy yo, hombre, a discriminar a una mujer, si no sé quién es una mujer, si apenas la reconozco, si no sé si soy una mujer yo mismo?

viernes, 8 de agosto de 2014

feminismo de precisión (II de III)


He intentado resumir la perniciosa repercusión que para la expansión del feminismo tiene el habitual tono visceral utilizado en sus medios de divulgación en dos consecuencias concretas. Expliqué la primera en el post anterior.

Para analizar la segunda utilizaré un texto que, en diferentes versiones, ha circulado profusamente por las redes sociales. De entre todas yo cito la aparecida en www.golfxsconprincipios.com


De nuevo se trata de un texto necesario, una magnífica idea, y de nuevo la visceralidad amenaza con convertirlo en un producto endogámico sin más repercusión que la posible sobre quienes ya a priori se mostraban conformes con su contenido.

No cabe duda de que su redacción implica a un receptor masculino con algún tipo de buena voluntad antipatriarcal, ya que se interesa por las cosas que puede hacer por el feminismo. Los 35 puntos, casi sin excepción, son del máximo interés. Pero, si intentamos componer una idea general del tipo de socialización que se le propone al hombre, algunos matices nos deberían chirriar. Veámoslos.

 
En el punto 4 se argumenta perfectamente la lógica existencia de un miedo generalizado hacia hombres desconocidos en situaciones de indefensión, y que todos los hombres debemos responsabilizarnos de no alimentar ese miedo. Se nos pide que evitemos, en la medida de lo posible, comportamientos que puedan ser entendidos como preliminares de acoso o agresión. Se nos ofrecen estos tres ejemplos:

Si hay un asiento libre en transporte público junto a un hombre, siéntate ahí en lugar de en uno junto a una mujer. Si estás andando solo en una calle oscura cerca de una mujer, cruza la calle para que ella no tenga que preocuparse de si la estás siguiendo o no. Si una mujer está sola en el andén del Metro, ponte a cierta distancia de ella.

Los tres se parecen en su novedad y sutileza, pero son bien distintos. En el tercero se nos pide que respetemos el espacio personal, es decir, que nos comportemos ante una mujer como nos comportaríamos ante un hombre: Correcto. En el segundo, se nos pide que evitemos activamente un comportamiento que podría ser confundido con la preparación de una agresión: Conforme. En el primero se nos pide algo éticamente más controvertido: la autodiscriminación. Se trata de algo tan puntual que no merece la pena valorar en qué medida el hombre accedería a perjudicarse a sí mismo con ello, pero “no te sientes a mi lado” suena raro, y coincidente con otras formas no voluntarias de discriminación. Continuemos.

El punto 6 dice así:

Cuando una mujer te dice que algo es machista, créela.

Este punto acaba ahí, no es que yo ahorre cita. Salta a la vista que es la inversión del negacionismo machista, de ése del que estamos muchxs tan hartxs, y ante el que a veces nos sentimos tan frustradxs. Y también salta a la vista que es una simplificación grosera que abre la puerta a la inversión del abuso. (El punto 23 peca de lo mismo, aunque más levemente). Ninguna mujer es infalible; ningún hombre es absolutamente a-empático. El nivel de información es muy determinante de la determinación del argumento verdadero; y tantas otras cosas que se podrían alegar. En definitiva: La razón a priori es lo contrario a la razón, y ninguna causa justifica convertir la mentira en norma.

Habría sido sencillo decir “Cuando una mujer te dice que algo es machista, créela más.” No estaríamos ante la apropiación de la verdad, entonces, sino ante la corrección de un sesgo ampliamente observable. ¿Precipitación al escribir o ambición tentadora? Digamos, de nuevo, que se trata, simplemente, de visceralidad en la redacción. Cuestión de tono.

El punto 18 es especialmente conflictivo en su enunciado principal:

No des “repasos con la mirada” o hagas comentarios sobre las mujeres (por ejemplo, deja tu lengua dentro de la boca y los comentarios para ti mismo).

Esta necesaria exigencia, aunque insuficientemente extendida en la sociedad, es ampliamente conocida en el ámbito del feminismo. Lamentablemente, la expresión que la acompaña, también. “Deja tu lengua dentro de la boca” se utiliza con inapropiada frecuencia, no sólo para referirse al acoso callejero, sino, sobre todo, al uso machista de la palabra. Es innecesario explicar que constituye una expresión despectiva, pero muy relevante recordar que el texto se dirige a hombres que manifiestan la buena voluntad de interesarse por estas 35 cosas que pueden hacer a favor del feminismo. Y a esos hombres se les dice “deja tu lengua dentro de la boca”. Es el tipo de comentario que sólo generaría buen rollo entre pistoleros del oeste. Cualquier otra persona a la que se dirigieran a priori como si ya hubiera cometido esa falta, o como si la cometiera con obstinación, entendería que está recibiendo un trato degradante.

Punto 31 (uno de los que más comentarios, con razón, ha suscitado).

Si tienes tendencia a comportarte inapropiadamente hacia las mujeres cuando estás bajo la influencia de drogas o alcohol, no consumas drogas o alcohol.

Si le duele ahí, véngase aquí.

No me extenderé analizando la simplificación que implica esta norma, sino las implicaciones de la simplificación. Como se ve, disciplina al individuo mediante una técnica sencilla: la eliminación total e indiscriminada del factor de riesgo. No existe valoración de la relevancia de dicho factor para el sujeto, ni intento alguno de respetar su derecho a juzgar esa relevancia. Es el mecanismo por antonomasia de la objetualización: la descripción reduccionista del otro en función de mí. Si algo es malo para mí, por ejemplo, es que tú no lo necesitas. Una herramienta de cuya perversidad las mujeres son víctimas a cada instante.
 


Tras la lectura del texto completo, el hombre interesado por el feminismo se encuentra en la tesitura de aceptar unas reglas que conllevan, no sólo ser tratado como un agresor a priori, sino renunciar a la posibilidad de tener la razón (recordemos que el patriarcado es transversal a toda nuestra vida, a todos los temas) e, incluso, aceptar la posibilidad de sufrir injerencias arbitrarias en sus hábitos personales estructurales.

El cuadro general, lo diré ya, es el de una propuesta de inferioridad. Si este texto se aplicara a rajatabla, estaríamos definiendo los rasgos de un nuevo género, el de un hombre postpatriarcal sometido.

El problema no es si existe el peligro de que el género masculino se abalance inconscientemente hacia su opresión voluntaria, y que eso sea injusto y diferente de lo deseado por el igualitarismo. El verdadero y gravísimo problema es que no va a pasar nada. Al ser detectado como una amenaza, el texto pierde la mayor parte de su eficacia, expulsando al hombre interesado por el feminismo de vuelta al entorno del discurso patriarcal.

Así, el hombre intuirá, en el peor de los casos, que existe una opresión patriarcal y, en el mejor, incluso encontrará medios para interesarse por ella a nivel teórico y general. Pero llegado el momento práctico, la vida cotidiana, la sustitución de su complejidad ética por el espantajo machista le obligará a generar una proto-ética no opresiva propia o, más probablemente, a desarrollar mecanismos defensivos que satisfagan la mala conciencia de conservar sus privilegios patriarcales sin caer en las reglas propuestas por el feminismo visceral.

La visceralidad no es patrimonio del feminismo divulgativo ni un producto de su particular idiosincrasia. La visceralidad se presenta en infinidad de ocasiones y, seguramente, en todas y cada una de las disciplinas y corrientes ideológicas conocidas. Lo que se pretende con este texto es señalar una cristalización estancada de esa visceralidad que, por sus circunstancias particulares, adolece de la necesaria autocrítica y repercute muy negativamente en los objetivos prácticos del feminismo.

La visceralidad se ha convertido en la ortodoxia del feminismo divulgativo, adoptando rasgos estables y reconocibles propios de la visceralidad misma, y no de la ideología a la que se ha incorporado. Considero útil profundizar en estos rasgos y proponer mecanismos que permitan detectarlos y evitarlos de manera inmediata, posibilitando así un discurso íntegramente feminista no lastrado por la ineficacia de la visceralidad. Dedicaré a este propósito un tercer texto.

miércoles, 6 de agosto de 2014

feminismo de precisión (I de III)


La generalización de internet ha otorgado, lógicamente, una herramienta absolutamente nueva al feminismo.  En España se ha materializado, sobre todo, en una serie de blogs, revistas y comunidades dedicadas a su divulgación, que constituyen un incremento sin precedentes en las posibilidades de dicha divulgación. Mucha gente, especialmente mujeres, están haciendo un gran esfuerzo por aportar una visión feminista de la actualidad y de la cotidianeidad, y la revolución conservadora con su contragolpe patriarcal se resiente de ello.

 
Creo, sin embargo, que el alcance de estas herramientas no está siendo óptimo. Escribo este texto para señalar lo que considero un error estratégico en el discurso feminista divulgativo, que distingo del académico, donde no me parece que dicho error sea generalizado ni estructural. Ignoro la influencia de este error e ignoro cuánto aborta el esfuerzo realizado, pero creo firmemente que el error existe y que es responsabilidad de todxs ayudar a corregirlo, porque el feminismo es responsabilidad de todxs y todxs nos beneficiamos de su expansión.

Tengo mis dudas, he de decirlo, de que la crítica caiga bien, porque, repito, presumo que se trata de un error estructural y que su corrección requiere de una restructuración que, necesariamente, implica suspensión del poder. Para referirme a él usaré el término “tono visceral”. Es una grosera simplificación, pero creo que merece la pena en pro de la claridad y la brevedad expositivas.

Los medios de divulgación del feminismo son muy diversos y los textos, afortunadamente, numerosísimos. Sin embargo, cuando uno los visita, se encuentra con esta característica atmósfera tirando a cargada, esa tirantez, esa sensación de violencia sorda que, como intentaré poner de manifiesto, es contraproducente y, por lo tanto, irresponsable.

Empezaré, para ello, con dos primeros posts en los que analizaré en qué consiste esta visceralidad a través de otros tantos textos que, considero, son una buena representación del promedio.

En una tercera parte intentaré extraer algunas conclusiones sobre la naturaleza de esta visceralidad, así como de las consecuencias concretas que tienen en perjuicio de la divulgación del feminismo.

He aquí el primero, escrito por Nagua Alba Goveli y Lucía Alba Martínez, y aparecido en Píkara Magazine:


En él se da cuenta de un problema referido con frecuencia en círculos feministas: el del comportamiento no feminista en el ámbito de las relaciones íntimas de hombres autodesignados como feministas; lo que se ha bautizado coloquialmente como “machirulo infiltrado”. Los ejemplos relatados en el texto de referencia corresponden a encuentros en los que estas mujeres se sintieron traicionadas en unas circunstancias que consideraron de seguridad. Reproduzco el testimonio de uno de los casos, pero remito al texto completo para su correcta comprensión:

“Era un compañero al que conocía desde hacía tiempo. Compartíamos espacios de militancia y de ocio. Había tensión sexual pero nunca había ocurrido nada. Una noche no tenía donde dormir y me ofreció su casa. Acepté. Cuando llegué la cama estaba abierta y había una botella de vino en la mesilla. Él me gustaba. Pero estaba cansada y la situación me hacía sentir incómoda. Nos metimos en la cama y le dije que quería dormir. Empezó a tocarme. Le dije que no. Empezó a increparme diciendo que si no quería por qué había ido a su casa. Le dije que no necesitaba justificarme y me di la vuelta para dormir. Siguió tocándome e insistiéndome. Al final accedí. Follamos. Así me dejaría dormir tranquila.”

 
Parece evidente que en esta lamentable escena se producen equivocaciones por ambas partes y que merece la pena determinar responsabilidades, aunque sólo en la medida en que la descripción nos aporta información suficiente. Él no debió insistir ni increpar, (ante cualquier negativa, la insistencia es incómoda, pero en un contexto de intimidad e indefensión puede serlo aún más, y si a eso se añade la carga cultural de la culpabilidad sexual femenina, debe entenderse que la indefensión aumenta y lo convierte en un tema a tratar con un tacto especial) y ella no debió acceder (pues no lo deseaba y se encontraba en plena posesión de sus facultades, bajo ningún tipo de coerción que no fuera, en todo caso, el chantaje emocional consistente en transmitir que la relación se va a deteriorar).

Sin embargo, la respuesta de las escritoras, que pretende alertar contra la tendencia al consentimiento involuntario residual en las mujeres feministas, resulta más maniquea. Lejos de plantearse corresponsabilidad alguna, en la proporción que corresponda, se pregunta sólo por qué no hay reacción expeditiva, sea ésta la que sea. Junto con alternativas muy pertinentes (abandonar la casa, contar la situación a otros compañerxs,…) ofrece un par de salidas desproporcionadas (“partir la cara” y “destrozar la vida con una denuncia”), útiles como desahogo en un texto (viscerales), pero inaplicables, por flagrantemente injustas, en una situación real.

El texto es un encomiable y completo análisis de las motivaciones que, en esa situación, convierten a una mujer en víctima. Pero eso deja tres roles sin desarrollar: el de agresora de la mujer y el de agresor y víctima del hombre. La consecuencia de pasar por alto aquellas motivaciones que pueden proyectar una sombra de culpabilidad sobre la mujer, y que la mujer en situación conoce o intuye, producen unos recursos defensivos sólo útiles en la ficción.

La descripción de la escena nos permite formarnos una idea razonable, pero no definitiva, de la situación. Junto a la imagen de un hombre mezquino e insensible que utiliza la presión para conseguir a toda costa el polvo patriarcal con el que alimentar su ego, podemos formarnos la del hombre con expectativas sexosentimentales ilusionantes basadas en indicios realistas y que no ha recibido los necesarios recursos para gestionar la frustración. Actúa con torpeza y necesita, tanto una indicación clara de los límites, como una vía de salida a sus sentimientos de indignación en la forma, por ejemplo, de una explicación que le haga entender el alcance de la negativa (“me gustas, pero prefiero esperar a tener más energías”, “la situación me ha intimidado y no voy a disfrutar”, “necesito la sensación de elegir el momento de manera completamente individual”).

No tenemos datos que nos impidan pensar que la mujer ha manipulado activamente estas expectativas. El patriarcado no sólo enseña a los hombres a engañar y objetualizar; junto con las armas reactivas espontáneas generadas por el oprimido (luchar con las pocas armas del opresor que puede imitar, de modo que el oprimido no está desarmado, sino que es sustancialmente más débil)  también da herramientas a las mujeres para convertir ese afán de engaño en trampa familiar (recordemos cómo nos habla Friedan de que las mujeres americanas de los 50 eran abiertamente enseñadas a cazar marido). Es un ejercicio de mala fe ignorar la educación femenina en la manipulación del deseo sexual masculino que, por otro lado, se denuncia con tanta frecuencia cuando el tema es, por ejemplo, los medios de comunicación. Dado que las escritoras ni siquiera manifiestan ser conscientes de que ellas, en este sentido, son también hijas del patriarcado, cabe pensar, aunque no conclusivamente, que pueden ser sus cómplices.

Obviar todos estos factores es, en este caso, la verdadera fuente de indefensión para las lectoras: dado que yo sé que no soy tan buena como tú me describes, no puedo utilizar el arma de pureza que me ofreces, y quedo, inesperadamente, a expensas de las fuerzas de siempre.

Nada de particular tiene que la primera consecuencia de la precipitación emocional que llamo “visceralidad” sea la idealización de la primera persona o, por decirlo en términos agonísticos, de mí mismo como contendiente: Mi indignación legitima una cierta brusquedad expositiva que no va a producir el mejor de los resultados intelectuales, pero que es necesaria para dar una impresión clara de la gravedad del problema. Así, me centraré en las injusticas cometidas por el contrario, realzándolas y sacrificando con ello parte del realismo descriptivo.

Yo soy simplificado para bien, porque el objeto de atención no soy yo, sino un conjunto de dinámicas de las que soy víctima y cuya transparencia se vería enturbiada si se introdujeran otras complejidades. Pero el yo que ofrezco con ello no me sirve para trasplantarlo de cuajo a la vida real, donde su falta de complejidad, precisamente, lo debilitará.

Al utilizar esta simplificación, idealizadora del sujeto oprimido, para el análisis de comportamientos en situación, se pierde el sujeto real. Unas mujeres reconocerán no sentirse identificadas con esa santidad, y otras encontrarán su pretensión de santidad en la práctica como error fatal, fácilmente doblegable.

Es fácil prever que el segundo error, de consecuencias aún peores, es la simplificación del antagonista, supuesto sujeto opresor, para mal.