lunes, 24 de julio de 2017

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad II. DESOBEDECIENDO AL VSS


Convoca a tu grupo de amigxs en la Plaza de España. No les digas para qué. Diles que es para una cosa.

Como sabes, tu grupo de amigxs está latentemente jerarquizado por una escala de valor sociosexual, que determina quién puede ser pareja de quién y, por extensión, quién tiene poder sobre quién.

Como si fuera un carnaval herético, vamos a saltarnos la estricta norma social del vss.

¿Recuerdas la última vez que paseaste cogidx de la mano o del brazo con una pareja?

Hazlo con detalle. Evoca la posición, la actitud, los gestos. Cuando lleguen todxs tus amigxs, diles que evoquen también este recuerdo tan pormenorizadamente como puedan.

Bien, ya estáis listx para el ejercicio.

Distribuíos por grupos de dos. El ejercicio consistirá en recorrer la Gran Vía reproduciendo el recuerdo evocado de pasear en pareja. Simplemente eso.

No vayáis todas las parejas juntas. Cuando una salga que la siguiente espere hasta que prácticamente la haya perdido de vista.

Cogeos de la mano, o del brazo, o de la cintura, y subid tranquilamente hasta Callao. Intentad no dejaros llevar por la resistencia. Intentad reproducir fielmente la situación. Sed pareja durante ese trayecto. Sentid vuestra condición de pareja. Sentid, también, la mirada ajena.
¿Ya habéis llegado? Perfecto. Esperad al resto de las parejas. Cuando todxs estéis arriba, cambiad la distribución. Recombinaos. Con vuestra nueva pareja repetid la actividad, esta vez calle abajo, de vuelta a Plaza de España. Intentad no caer en la rutina. Intentad no sólo observar lo que pasa y lo que sentís, sino cómo evolucionan ambas cosas con respecto al paseo anterior.

Una vez que todo el mundo haya llegado abajo hay que repetir la redistribución. Como podrás imaginar, hay que realizar el ejercicio tantas veces como personas estéis haciendo esto, menos una.

Intentad ser conscientes de lo que sucede en cada paseo, pero también de lo que sucede a medida que se van acumulando los paseos. Cada paseo es una historia. El conjunto de paseos también es una historia.
Cuando terminéis no os precipitéis en iros a un local con mucho ruido. Concedeos antes un rato en un sitio donde podáis hablar en grupo, escuchar lo que dice cada persona, y miraros a los ojos después de haber sido todxs pareja de todxs.

Después sí, después ya podéis descontrolar. Ya veréis como pasan cosas.

Si no estás en Madrid no podrás hacer este ejercicio, claro, porque no tendrás cerca la Plaza de España.


lunes, 17 de julio de 2017

sobre lo que ES y NO ES sexo.


Vamos con una idea muy sencilla sobre sexo.

Si la miramos en función del sexo, nuestra vida se puede dividir en “vida sexual” y el resto, a la que podemos llamar “vida no sexual”. La vida sexual se compone de todo eso a lo que llamamos “sexo”, que son conductas sexuales, en situaciones sexuales, con personas con las que tenemos relaciones sexuales. Fuera del sexo queda todo lo demás, y tenemos claro que todo eso otro no es sexo.

Hasta aquí está todo muy claro, y podemos estar perfectamente de acuerdo.

Yo, de todos modos, lo voy a ilustar.
Está claro que ahí, entre medias de esas dos áreas claramente diferenciadas, la barrera debería ser algo más que una línea. Hay, qué duda cabe, un pequeño espacio ambiguo que se compone de ésas conductas que han estado a punto de ser sexuales, o que eran sexuales de intención, o que fueron sexuales sin que nos diéramos cuenta en el momento. Y también hay gente, claro. Está la gente con la que hace poco que tuvimos una relación sexual y no está claro si la repetiremos. Y las personas con las que hemos tenido esa relación y son vistas desde fuera como relaciones sexuales para nosotrxs. Y algunas otras. La barrera no es una línea. Es un área fina.

O no tan fina.

Porque si de lo que hablamos no es de conceptos normativos, sino descriptivos, que sirvan para distinguir entre qué es sexo y qué no lo es, nos vamos a encontrar con un espacio indefinido bastante amplio. Tomemos como ejemplo una tienda de objetos eróticos. El tema de esa tienda es el sexo, qué duda cabe. Si enfrente tenemos una tienda donde se venden, por ejemplo, miel y derivados, sabemos también, con claridad, que ésta última no es una “tienda sexual”.

Pero, ¿qué es una farmacia, donde se vender preservativos, lubricantes, etc…? ¿Y qué es una tienda de ropa, donde gran parte de los artículos tienen como objetivo realzar el valor sociosexual? ¿Y qué es un bar, si en él se liga?

Se dirá “establecimientos sexuales no”. Pues no sexuales tampoco. Así que engrosan el espacio indefinido de lo sexual que no es sólo sexual.

¿Hacemos el mismo ejercicio con las relaciones? ¿Y si extraemos de las no sexuales a aquellas donde una de las dos personas tiene aspiraciones sexuales sobre la otra? ¿Y si incluimos en el espacio indefinido las relaciones que no tienen sexo pero que tienen, como uno de sus vínculos principales, el procurárselo mutuamente (lo que ha sido siempre un “grupo para salir/ligar”)? ¿Y si dejamos de decir algo tan extraño como que las personas cuyo tema de conversación más frecuente es el sexo no tienen una relación sexual?

En cuanto a las actividades en sí mismas… ¿A partir de qué nivel de excitación de alguna de las personas imlplicadas podemos decir que el sexo está presente en aquello que se esté haciendo, sea lo que sea? Si el sexo tiene preliminares que sirven para construir un espacio amigable dentro del cual realizar la actividad sexual, ¿esos preliminares no son sexuales? Y si una orgía es un lugar donde varias personas follan, aunque no folle yo… ¿a qué distancia debe estar la persona excitada más próxima para poder decir que no estoy formando parte de un entorno sexualizado? ¿He dicho entorno sexualizado? Había olvidado mencionar la omnipresencia del lenguaje audiovisual y de su monotema: el sexo. ¿Se puede decir que actividad alguna pertenece al ámbito del no sexo si en la tele están poniendo el vídeo de Despacito? ¿Y si suena la canción?

El amor está en el aire”, decían. Lo que ha estado siempre en el aire es el sexo. El amor es el guardián que lo vigila para confinarlo al espacio del gamos y su sexo coital.

Parece que estábamos equivocadxs con nuestro esquema. Las dos áreas que habíamos representado son, en realidad, minúsculas, comparadas con la que habíamos dibujado como una simple línea. Ésta, sin embargo, crece hasta abarcarlo prácticamente todo.
Así que éste es el estado de cosas: la vida parece difícilmente desexualizable en cualquiera de sus ámbitos. Prácticamente todo es algo sexual pero no del todo sexual. Sin embargo la entendemos justo al revés. Como si el sexo estuviera guardado en un espacio concreto donde, por lo demás, apenas hay otra cosa que sexo. Esto último tampoco es cierto. Lo específicamente sexual no es, ni mucho menos, sólo sexual, y no podría ni entenderse ni realizarse sin la inclusión de esos otros elementos que, fuera del sexo, entendemos como aislados del sexo. Cuando el sexo prevalece depende completamente de todo aquello que no es sexo y lo acompaña: el contexto, el lenguaje, los estímulos no sexuales…

Bueno, y, si es así, ¿qué?

Todo. Si es así, todo.

Porque si las cosas no son sexuales ni no sexuales, sino más o menos sexuales, entonces se acabó lo de tener o no tener relaciones sexuales, porque estaremos teniendo relaciones sexuales siempre. Y se acabó lo de la orientación sexual, porque tenemos relaciones sexuales con todo tipo de personas, animales y cosas. Y se acabó lo del valor sociosexual, porque ni las personas más deseadas pueden dejar de tener relaciones sexuales con nosotrxs, ni nosotrxs podemos evitar tenerlas con las que lo son menos.

En definitiva, que todo consistiría en determinar qué hacemos y qué no hacemos en cada ocasión. Pero esas cosas que hagamos y dejemos de hacer ya no se distinguirán de las otras porque sean sexo, de modo que el que den o no paso al establecimiento de relaciones sexuales dejará de condicionar nuestra decisión.

Habrá quien diga que esto da para mucho desarrollo. Pues sí, muchísimo. Algo tremendo. Pero este texto acaba aquí.


lunes, 10 de julio de 2017

parar la ESCALERA MECÁNICA en las RELACIONES POLIAMOROSAS.


Como todo el mundo sabe, la gestión de los celos es el tema estrella de cualquier taller, charla o conferencia sobre nuevos modelos relacionales (si en vez de “nuevos” hubiera que llamarlos “no normativos” tendríamos que entretenernos demasiado con las matizaciones).

Los celos son la medalla de oro indiscutida entre los caminos de vuelta a la monogamia.

A considerable distancia, pero ocupando un nada desdeñable segundo puesto, aparece el tema de la escalera mecánica relacional: eso de que empiezo no queriendo ser monógamx pero no sé qué pasa, no sé qué pasa… que al final no sólo lo soy, sino que ¡no me saques de ahí!

Es obvio que ambos están íntimamente relacionados y que la explicación para ambas fuentes de conflicto van a parecerse mucho. Pero dejemos por un momento la visión de conjunto y vamos a centrarnos en la escalera, que la tenemos abandonada.

El análisis con el que más frecuentemente nos toparemos nos ofrece dos causas para este ascenso aparentemente irresistible: el hábito y la presión cultural. Estamos tan acostumbradxs a hacer que las relaciones “avancen” que nos llenamos de perplejidad si se paran. Avanzamos poco menos que por horror vacui; porque no sabemos qué otra cosa hacer. A esta tendencia se suma que todo el entorno monógamo nos dice constantemente esa cosa tan chorra y tan desagradable de la luna: que si no crece, es que mengua.

Así es, en dos palabras, la explicación que se nos está dando. La herramienta que se nos invita a utilizar es la consciencia: tenemos que darnos cuenta de que damos esos pasos para no darlos; para no permitir que la monogamia corrompa nuestra propuesta.

Bueno, yo tengo otra explicación. A mí no me parece que el problema esté (sólo) fuera de las no mogamias, sino (sobre todo) dentro.

Se llama AMOR.

Como he afirmado en otras ocasiones, el amor es la ideología del gamos, es decir, el discurso cuya finalidad es la formación de éste. Así, nada de misterioso tiene que no haya forma, por más que se quiera, de evitar la monogamia, mientras se conserve el culto a su libro sagrado.

En demasiadas ocasiones, las no monogamias se defienden de la crítica monógama a la deshumanización sobreidentificándose con el amor, del mismo modo que hemos visto recientemente al PSOE defenderse de su rechazo al CETA sobreidentificándose con la globalización. Para convencer de que el cambio es responsable se acepta la presencia de una instancia supervisora impuesta por el sistema. Una vez aceptada esa presencia, la revolución está abortada.

Veamos por qué:

-El amor invita a la sobrevaloración de la persona amada. Si la persona amada es cada vez más valiosa, lo lógico es que deseemos estrechar cada vez más nuestro vínculo con ella.

-El amor invita a “disfrutar sin complejos de la experiencia amorosa” AKA “descuidar el entorno relacional”. Si estar enamoradx es excusa suficiente para rebajar mi autoexigencia ética, mis vínculos se van a deteriorar, de modo que el vínculo amoroso resaltará cada vez más sobre el resto.

-El amor invita a la impulsividad. Si no estoy enamoradx, prevalece la decisión de no ascender por la escalera mecánica relacional. Si lo estoy prevalece el mandato amoroso del dejarse llevar, del no pensar. El resultado es la repetición del hábito adquirido.
Son tres ejemplos importantes, pero se podrían encontrar muchos más. El objetivo no es hacer la lista definitiva, sino entender que el enemigo está dentro, no fuera, y que no se llama “amor romántico”. Se llama AMOR, y cuanto más nos identificamos con él más inútil son nuestros esfuerzos por construir cualquier otra cosa que lo que él ordena.

Y está por todas partes. No sólo en el nombre de la no monogamia hegemónica, el poliamor, y en la iconografía de todas y cada una de las no monogamias.

Está en la incorporación de otros conceptos como NRE (New Relationship Energy, Energía de Nueva Relación) que vienen a disimular el origen amatonormativo de la exaltación amorosa.

Está en las prácticas identitarias de los colectivos no monógamos, entre los que las manifestaciones de amor, el culto al amor y la carga amorosa del discurso constituyen el eje central de su cohesión. Lo que construye o mantiene unidos a los grupos no monógamos es el amor mismo como referencia.

Pero, si volvemos a las herramientas que se ofrecen desde dentro de esos mismos grupos para evitar el indeseado ascenso encontramos que, reinterpretadas, son perfectamente rescatables. Veámoslo.

La presión cultural está dentro de los propios modelos. Son ellos los que someten a sus integrantes a una tensión insoportable entre una escalera mecánica a la que todo el mundo debe subir y una posición de la que, sin embargo, es obligatorio no moverse. Identificada esta presión dentro, las posibilidades de impermeabilizarse ante ella son mucho mayores. El vehículo para esa presión es la exaltación del amor.

El hábito no está sólo en el desarrollo personal de cada individuo que practica la no monogamia, sino en el de lxs creadorxs de opinión de los entornos no monógamos. No nos enfrentamos sólo al hábito de avanzar en la escalera relacional, sino al de escuchar a quienes también avanzan y nos hablan desde su hábito, y al de producir discursos influyentes a pesar de permanecer atrapadxs en el lenguaje amoroso.


lunes, 3 de julio de 2017

sobre la absurda idea de igualar a mujeres y hombres


Fruto de la inquietud consustancial a nuestra especie, de su incesante deseo de mejorarse, y de especialísimas circunstancias históricas que son hoy  proclives a la creación y difusión de nuevas ideas e investigaciones, nos encontramos ante un momento de extraordinaria fecundidad intelectual.

Disfrutemos como se merece el privilegio de ser partícipes de tan estimulante periodo de la historia.

Pero complacernos en ese gozo es el primer paso para poner nuestra dicha en peligro. Junto con ella debe nacer en nosotras el deseo de ser fieles guardianas de este tesoro, para que sus frutos sean no sólo numerosos, sino también sanos y duraderos.

Es este sentido de la responsabilidad el que me lleva a dirigirme a vosotras para contribuir, no a aumentar el número de las ideas nuevas, sino a reducirlo, separando el polvo de la paja, y lo admirable de lo ridículo.

Mi objetivo aquí es desmontar, de manera completa y definitiva, la más absurda de las invenciones que, aprovechando esta tempestad de vigor creativo, ha conseguido alcanzar ya una atención muy superior a la que merece y a la que, sin duda, habría obtenido en cualquier otra época.

Como muchas ya habréis adivinado, me estoy refiriendo a la absurda afirmación, tan atractiva para algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, de que los hombres son iguales a las mujeres o, fruto de un cambio social, podrían llegar a serlo.

El verme obligada a realizar esta exposición refleja ya que nuestro sentido de la verdad ha debilitado su más importante herramienta, que no es otra que atenerse rigurosamente a lo que dicta la evidencia empírica y toda aquella información incontrovertible a la que accedemos a través de nuestros, cuando son correctamente interpretados, infalibles sentidos.

¿Es necesario recordar hasta qué punto salta a la vista que la distancia que separa a un hombre de una mujer es clara y distinta? ¿Y no es la mejor prueba de dicha distancia el que, en defensa de esa supuesta igualdad, hayamos perdido el sentido de lo científico? La historia del saber ha avanzado hasta hoy por un camino crecientemente riguroso. Sólo ahora, para demostrar lo indemostrable, ha dado por primera vez un paso atrás, poniendo ante nuestros asombrados ojos argumentos propios de otras épocas; épocas donde la demagogia y la superstición disfrutaban de un prestigio similar al de la ciencia.

¿Y no ha sido éste, precisamente, el resultado de incluir en nuestras discusiones argumentos que provienen de lo que se ha dado en llamar “pensamiento masculino”? No debería hacer falta decir más. En el momento en el que los templos del saber, donde se había congregado lo mejor de nuestra especie, han recibido la visita de quienes no estaban naturalmente preparados para ellos, se han convertido en mercados de la argumentación y santuarios del “todo vale”. Las ágoras son ahora zoos filosóficos, donde un ladrido es tan bueno como un silogismo.

Se me dirá que odio a los hombres, y que pretendo conservar privilegios usurpados a ellos. Nada más fácil de refutar.
Admiro a los hombres, hasta el punto de considerarlos infinitamente más hermosos que nosotras. Sí, no me arredra decirlo, porque nada que los ojos puedan constatar debe encontrar escollo en su expresión. ¿Cómo no admirar su fuerza, su resistencia, su agilidad? ¿Cómo no extasiarse en la contemplación de esos cuerpos musculados, armónicos, cargados de energía, nosotras, que apenas tenemos la constitución suficiente como para acarrear un par de tomos de derecho civil, o una simple pistola? Un hombre es como un puma. ¿Qué digo como un puma? ¡Como un león! ¿Qué sería de nosotras sin su fuerza? Justo es reconocerlo. Hagámoslo, pues, con toda generosidad.

¿Quién construiría nuestras edificaciones? Recordad que no siempre dispusimos de máquinas. Hubo un tiempo en que sólo sus vigorosos brazos podían mover los inmensos bloques de piedra con que nuestras mentes concebían los proyectos más faraónicos. Sin ellos habrían sido imposibles, y nos habríamos tenido que conformar con modestas construcciones de piezas minúsculas, adaptadas a nuestras delicadas manos. ¡Y con qué noble resignación lo hicieron! ¡Cuántos nombres de hombres anónimos podrían escribirse sobre los muros de nuestras ambiciosas creaciones, en justo pago por la entrega de su fuerza, y hasta de su vida!

Mirad, mujeres, a vuestro alrededor. Sed justas. La fuerza de los hombres os da de comer y de beber, porque los campos son labrados con sus brazos y los pozos excavados con los embates que nacen en sus anchas espaldas. Vuestras calles están limpias porque ellos las barren, vuestras casas están ordenadas porque ellos las atienden, vuestra ropa está impoluta, porque ellos la lavan, la planchan y le proporcionan los mil cuidados necesarios e invisibles que vosotras nunca podríais dar y, con demasiada frecuencia, no sabéis apreciar.

¿Y vuestras hijas? ¿Cómo podríais disfrutar de sus mejores momentos si no hubiera quien se encargara de todo lo demás? Una sola niña requiere el cuidado de uno o dos hombres a tiempo completo. ¿Sabemos reconocerlo? No. ¿Sabemos agradecerlo? Aún menos. ¿Somos capaces de imaginar lo que sería de nuestra vida sin ellos? Ni por un momento.

La naturaleza nos ha concedido el mejor regalo posible. El complemento perfecto a nuestra imaginación: Un brazo con el que ejecutarla. Nuestro agradecimiento y nuestra admiración no deberían tener fin y, sin embargo, sí, hemos sido demasiado arrogantes para concederlas.

Pero ese brazo, no nos engañemos, es un brazo. Con cerebro, sin duda, y a veces asombroso y capaz de producir mil habilidades chocantes y singulares, pero siempre subordinado a su función primordial: Manejar un juego de músculos.

Nos están hablando de ciencia, dicen, y apelan, precisamente, al tamaño de nuestros cerebros, como si el simple tamaño de un cerebro fuera en consonancia con la inteligencia que éste es capaz de desplegar. Ésa es la ciencia con la que juegan y, probablemente, la única que su pensamiento puede llegar a entender. Si por ellos fuera, pondrían en la cima de la evolución a los cetáceos, deslumbrados por las dimensiones colosales del encéfalo de estos animales.

Pero permitidme, de entre una infinidad de datos verdaderamente científicos disponibles, a cuál más persuasivo, uno sencillo y contundente. ¿Sabéis cuál es el peso del cerebro de un hombre? Efectivamente: el mismo que el de una mujer. ¿Y sabéis cuál es el peso de su cuerpo? ¡Casi el doble! Esto significa que su coeficiente de encefalización es poco más de la mitad que el nuestro. Significa, por tanto, que la mayor parte de esa masa cerebral está destinada a la coordinación de un cuerpo sobredesarrollado, y que poco queda para la conciencia reflexiva. Significa, por decirlo en términos coloquiales, que la diferencia de inteligencia entre una mujer y un hombre es aproximadamente la que existe entre un hombre y el más desarrollado de los primates. Efectivamente, queridas amigas, haced que los hombres den un solo paso atrás en el desarrollo evolutivo de su intelecto, y os los encontraréis de nuevo subidos a los árboles y jugando con sus heces. No lo olvidéis cuando porfiéis en argumentar con ellos, ni cuando tratéis de explicarles estos cálculos y sutilezas.

Aún os ofreceré una razón más, dado que es el lenguaje de las razones, y no el de las pasiones, aquél que nos caracteriza como mujeres. Muchas de vosotras estaréis al corriente de las investigaciones realizadas sobre la inteligencia social de los animales. Sabréis que, entre especies similares, son más inteligentes aquéllas que tienden a establecer comunidades más numerosas. Así, inteligencia y socialización van unidas. Y yo os pregunto: ¿cuál es el acto de socialización por excelencia, aquél que implica una unión más prolongada, íntima y completa entre seres diferentes? No cabe duda: la gestación. Nuestra capacidad para ser madres nos convierte de forma automática en seres intelectualmente mejor dotados. Hemos nacido maestras, psicólogas, doctoras y filósofas, porque en nuestras manos está la conservación de la especie y la transmisión de su cultura desde antes mismo del nacimiento. Si un grupo de mujeres y hombres fueran aisladas en una isla desierta y tuvieran que hacer surgir su organización social desde cero, la maternidad sería suficiente para convertir a las mujeres en líderes, y a los hombres en abnegados servidores dedicados a las tareas domésticas y elementales. Su estúpida fuerza caería de inmediato bajo el dominio de nuestra inventiva, como caería el uso del fuego o de un palo.

De modo que nada puede concebirse más forzado e insensato que esa supuesta igualdad latente en el seno de nuestras diferencias. ¿Imagináis que, por un inesperado capricho de la historia, los hombres lograran que se llevara a efecto en alguna de las dimensiones que sus delirantes discursos nos proponen?

¿Imagináis que los hombres pudieran redactar leyes? ¿O que fueran jueces? ¿O siquiera abogados? ¿En qué parodia se convertiría entonces un tribunal? ¿Serían capaces de refrenar sus impulsos musculares, su estúpida sensiblería, sus hormonas disparadas, la frustración al ver su raciocinio al límite de sus posibilidades, y fuera de sus habilidades naturales, o se echarían a llorar, como acostumbran, al primer fracaso? Es más, dado que su corta inteligencia les lleva tantas veces por las vías del delito, ¿cómo podrían juzgarse a sí mismos? ¿De cuál de sus músculos extraerían la necesaria objetividad? Y si no pueden juzgar, ¿qué diremos de dirigir? Una familia, una empresa, ¡un Estado! ¿Qué haría un hombre al frente de un Estado? ¿Convertirlo en un continuo espectáculo circense? ¿Cuál sería su industria? ¿La de barrer y fregar? ¿En qué consistiría un comercio dirigido por hombres? ¿Lavanderías? ¿Y una guerra donde pudieran ser otra cosa que soldados? ¿Imagináis un Estado Mayor compuesto por hombres? ¿Imagináis el tipo de estrategia que se pergeñaría allí? ¿Una guerra de besos, tal vez? No os burléis, amigas. No pretendo hacer escarnio de los hombres, sino reflexionar serena y objetivamente, ya que a ellos no les ha sido concedido ese don, y reprobar, en todo caso, a las que, como algunas de vosotras, habéis cedido a sus ruegos por una blandura de corazón que os es impropia.

Dejémoslos a ellos, esos brutos admirables, con las tareas propias de su sexo, entre las que se encuentra, no lo olvidemos, satisfacer nuestro apetito más primitivo. Y dediquémonos, con más ahínco si cabe, a aquello que mejor sabemos hacer, tal vez, seamos humildes, lo único para lo que estamos llamadas, pues ningún otro ser lo está tanto como nosotras: pensar, organizar y dirigir. 


lunes, 26 de junio de 2017

poliamor y feminismo radical


Una de las defensas a las que con más frecuencia recurre la monogamia es la que consiste en afirmar que siempre ha habido quien ha intentado escapar de ella y que esas personas, iniciativas y movimientos, han fracasado sin excepción, y de una manera tirando a estrepitosa.

Es una defensa, eso sí, del gusto de entornos poco familiarizados con los nuevos modelos relacionales, que pasa por encima de los presupuestos de cada uno de estos modelos y, por supuesto, de las diferencias entre ellos. Normalmente carece también de perspectiva sobre los índices de fracaso de la no monogamia y de su comparación con los de fracaso de la monogamia. En general se trata de un discurso carente de contacto con lo que critica y resulta vano rebatirlo con seriedad porque no hay verdadera interlocución.

Una de sus variantes, sin embargo, nos toca mucho más de cerca y, para nuestra sorpresa, o quizás no tanto, proviene de algunos sectores del feminismo radical, a los que erróneamente suponemos entregados, entre otros quehaceres, a la demolición de una institución tan radicalmente opresiva como el matrimonio y sus derivados hipocalóricos. En este caso el argumento suele dirigirse al espacio más visible de la no monogamia, el poliamor, y adopta más o menos la siguiente forma: el poliamor no cambia nada, porque los hombres siempre han dispuesto de varias mujeres. Aunque el poliamor se entiende a sí mismo como igualitario y simétrico, en realidad tiende a establecer relaciones donde se reproduce la vieja estructura de harén, ahora normalizada por un tosco lavado feminista. Está próximo, por lo tanto, a poder entenderse como una nueva estrategia patriarcal, que constituye un paso atrás con respecto a la monogamia; prácticamente un neomachismo.
Gran parte de la fuerza que pudiera tener este discurso se pierde ya al ir acompañado de una sospechosa complacencia con la monogamia. La crítica al poliamor suele acabar en sí misma y rara vez se convierte en una reivindicación positiva coherente. Como dice Andrea Momoitio en un artículo reciente, poca credibilidad tiene la crítica feminista a cualquier forma de sexualidad patriarcal si, sin embargo, se invita por defecto a seguir “follando con el enemigo”.

Pero mi intención con este texto es ir más allá de los síntomas, hasta el contenido mismo de la crítica. ¿Es el poliamor lo mismo de siempre? Yo no lo creo.

Para explicar por qué debo antes recordar qué es el gamos.

Cuando hablamos de gamos nos estamos refiriendo a la sustancia de la pareja; aquello que da forma a toda relación amorosa actual y cuya presencia puede rastrearse en toda forma de institución matrimonial conocida. Consiste en el contrato explícito o sobrentendido por el que una persona mujer se convierte, a todos los efectos, en propiedad de una persona hombre, y esto a través del sexo como símbolo que rubrica dicha propiedad.

Frente a lo que cualquier modelo no monógamo concibe como enemigo a derrocar, esto es, la propiedad mutua en la pareja que impide a cada individuo establecer nuevas relaciones, especialmente si éstas tienen un componente sexual, el gamos se nos revela como una propiedad asimétrica y unidireccional. El fundamento de la pareja no es la pérdida de libertad sexual, sino la pérdida de la libertad sexual de las mujeres que, según clase, lugar y momento histórico, irá o no acompañada de una cierta renuncia a la libertad sexual de los hombres. La estructura gámica es, por lo tanto, una simple relación de propiedad:  

Así, la reducción del número de esposas (oficiales o no) a una sola puede entenderse como una reducción de la asimetría gámica original. El derecho conquistado por la monogamia sobre la poligamia (poliginia en la práctica) es la equiparación formal en la exclusividad. El amo del harén sólo podrá disponer de una concubina. La diferencia entre ambos roles, sin embargo, no tiene por qué verse alterada en ningún otro aspecto. La única esclava es, en cualquier caso, una esclava. Y, dado que lo es, verá muy probablemente conculcado su derecho a la exclusividad, cerrándose de nuevo el círculo de la poliginia.

Desde esta perspectiva podemos entender que las tentativas liberadoras del gamos hayan estado siempre contagiadas de una búsqueda de retorno al harén múltiple. Las libertades con las que se animaba a las mujeres a participar de esta supuesta liberación eran siempre muy inferiores a aquéllas que podían obtener los hombres. Sabemos que la relación entre de Beauvoir y Sartre es un gamos, porque ella obtiene su la libertad sexual formal a cambio de una libertad sexual plenamente práctica preservada por él, y esto sin perjuicio alguno sobre el resto de asimetrías. No pretendo decir que la relación entre ambxs carece de interés en la cadena de precedentes que nos permiten cuestionar hoy el gamos. Lo que busco poner de manifiesto es que, esa relación, y tantos otros ejemplos que podríamos rastrear en el catálogo de precedentes, es rechazada con toda razón como alternativa válida por parte de las feministas radicales

¿En qué se diferencia de esto el poliamor? En que somete al gamos a una tensión contraria a la que ha sido históricamente su naturaleza: la convivencia de varios esposos. Si las propuestas tradicionales de relación abierta se traducían en la conservación por parte del esposo de la llave de la libertad, el poliamor incluye como presupuesto la posibilidad de que se realicen copias de esa llave. Dado que la relación no puede ya abrirse y cerrase a conveniencia, tampoco pueden imponerse a conveniencia las condiciones leoninas bajo las que el esposo concede libertad. Por primera vez, los esposos compiten entre ellos, no ya fuera, sino dentro del gamos, y esa competencia pone en suspenso la propiedad. El ficticio poder electivo de la esposa antes del sacramento sexual (una mujer era algo mientras era virgen, y la presencia de múltiples pretendientes constituía una forma de poder. Después era la propiedad de quien, mediante la penetración, se apoderaba de ella) cruza el umbral gámico y aparece también tras él, completándose y volviéndose real. Ahora ambxs sujetos comparten la condición de comprador/a y de mercancía.

Sería ingenuo afirmar que el poliamor es un movimiento autoconsciente y feminista que ha buscado atacar al poder masculino en su raíz. Mucho más fiel a la realidad es decir que se trata de la precaria formulación, en un espacio típicamente masculino, de las nuevas libertades relacionales obtenidas por las mujeres gracias a las luchas feministas. Más que feminista, el poliamor sería una consecuencia del feminismo; un reflejo de su repercusión en un ámbito que originalmente no le es propio.

Así, vemos que la conflictividad relacional que le es característica y en la que la monogamia se escuda, no es tanto fruto de su fracaso como de su éxito a la hora de empoderar al sujeto sometido del gamos. Los celos son la gran fuente de conflicto del poliamor. Pero por primera vez en la historia los verdaderos celos, los del sujeto sometido que se rebela contra la asimetría, son visibilizados frente a los viejos celos del esposo que se autoerigía en parte, juez y verdugo.

El poliamor no es, por tanto, una revolución definitiva sino, más bien, un espacio de extraordinaria inestabilidad que obliga a elegir entre retroceder y avanzar. El gamos, a través de la ideología amorosa, sigue exigiendo posesión muy real. Pero el sujeto ya sólo puede obtenerla a través de trampear los presupuestos del modelo relacional de un modo demasiado explícito como para ser tolerado por la comunidad.

No es una revolución definitiva, digo, pero lo que el poliamor hace que le suceda a la masculinidad es una humillación que ésta aún no conocía. La masculinidad sólo conocía el sometimiento a sus iguales superiores de clase. Ahora debe someterse también a sus superiores de género cuando éstos alcanzan el poder suficiente.

Y el poliamor es sólo el más amable de los enemigos que le han surgido al gamos. Tal vez por eso sea el más visible. Tal vez sea ésa la tregua que el patriarcado les propone a las mujeres: os concedo el poliamor, pero con la condición de que no sigáis socavando el gamos.