miércoles, 20 de julio de 2016

El Contrato Sexual - Carole Pateman (1988)


A veces parece que la condena radical al gamos implica un exceso de acritud. ¿No existe la pareja libre e igualitaria?

Este texto es el mejor que conozco para entender cuál es la verdadera naturaleza de la libertad contractual, y cómo el gamos no es sólo imprescindible para conservar la ficción de esa libertad, sino que es la herencia misma, la forma misma, de la esclavitud alienada.
Tanto el contrato social como el contrato laboral son fraudes políticos para legitimar el sometimiento individual a un poder mayor.

Gran parte de su éxito se ha debido a que a ambos subyacía un tercer contrato, el contrato sexual, firmado entre los hombres, que otorgaba a cada firmante el derecho a la esclavización de una mujer.

La esclavitud es el modelo original de contrato: cuando un grupo somete a otro por el poder de las armas, le ofrece la esclavitud a cambio de la vida. Así, decimos que el esclavo es esclavo libremente, porque tenía la opción de haberse opuesto a su esclavitud y, con toda probabilidad, haber muerto.

Podemos decir, por tanto, que ni hay ni ha habido libertad entre los pactantes. Lo que ha existido siempre ha sido un chantaje. El contrato es la aceptación explícita de unas condiciones de explotación que son más ventajosas para ambas partes de lo que sería mantener el conflicto. Pero la desigualdad se conserva.

Esta idea de llamar libertad contractual a la elección de la mejor opción, aunque ésta sea la esclavitud, es refutada por J S Mill: “no es libertad permitir a alguien enajenar la libertad”.
¿Cómo es posible que el contrato laboral haya conservado esta herencia directa del pacto de esclavitud sin que la clase obrera desempoderara definitivamente a su opresor?

Entre otras cosas, porque éste le ofreció como mejor opción que la lucha el convertirse, a su vez, en un pequeño opresor: cada obrero esclavizado por el patrón sería a su vez el esclavista de una mujer.

De cada una de ellas se diría también, por supuesto, que aceptaba su esclavitud libremente.


lunes, 18 de julio de 2016

¿qué es el SEXO SIN OBJETO?


El sexo sin objeto es aquél en el que sólo los objetos son objetos.

o dicho de otro modo:

El sexo sin objeto es aquél en el que ningún sujeto es entendido como objeto.

En realidad, el sexo sin objeto es, sobre todo, sexo sin sujeto objetualizado.

Como el cuerpo de los sujetos es inalienable de los sujetos mismos, los cuerpos deben ser tratados como sujetos.

Que los cuerpos no puedan ser tratados como objetos implica que los cuerpos no pueden ser tratados como objetos de deseo.

Los cuerpos son sujetos de deseo.
Tratar a los cuerpos como sujetos de deseo significa que el deseo relevante con respecto a los cuerpos es el que dimana de ellos, no el que dimana de nosotrxs hacia ellos.

El deseo que dimana de nosotrxs hacia los cuerpos es deseo que convierte a los cuerpos en objetos y no forma parte del sexo sin objeto.

Ningún cuerpo ajeno es necesario para el sexo.

Las otras personas pueden o no ser compañerxs sexuales. Un/a compañerx sexual es una persona con quien comparto algún tipo de conducta sexual (como por ejemplo hablar sobre sexo).

Una persona no es mi compañera sexual porque yo disponga de su cuerpo como objeto de deseo.



lunes, 11 de julio de 2016

parafilias: ¿cuál es la mía?


Como tantas otras cosas en nuestra cultura neoliberal, y como muchas otras cosas en nuestra cultura sexual neoliberal, el tema de las parafilias es casi siempre tratado desde la perspectiva del consumismo gourmette.

Interminables y cansinos catálogos de prácticas y supuestas prácticas sexuales nos son ofrecidos como refinadas cartas de degustación para vivir nuevas experiencias con las que enriquecer nuestra vida sexual.

Se nos invita, además, a que miremos dentro de nosotrxs para descubrir cuál es la que más se nos ajusta, y se nos llama a celebrar que la enorme variedad nos ofrece una oportunidad sin precedentes para que nos realicemos sexualmente. Se completa así el relato de la utopía consumista: el producto está creado para ajustarse a tus necesidades, y toda evolución o diversificación del producto obedece al descubrimiento de una nueva necesidad de cuya insatisfacción quizás no tenías noticia, pero que ahora tienes pendiente sentir.

Éste es el espíritu que subyace a los catálogos de parafilias, y ésta es la actitud que se espera de nosotrxs ante ellos: “no todo tiene por qué resultarnos atractivo, porque no todo corresponde a nuestra sensibilidad sexual personal. Lo que no nos resulta atractivo está ahí porque satisface sensibilidades sexuales que no coinciden con la nuestra y que, por lo tanto, no podemos comprender ni juzgar. El servicio que nos ofrece el catálogo es facilitarnos el descubrimiento de las que sí entendemos.”

Para encontrar nuestras parafilias a medida no necesitaremos enamorarnos de ninguna. Es evidente que habrá algunas que nos resulten algo más deseables que aquellas cuya sola lectura nos revuelve el estómago. Se nos dirá que las que menos rechazo nos produzcan nos están destinadas, se nos ajustan, y que si no nos entregamos a ellas con fruición es porque todavía no hemos liberado lo suficiente nuestra curiosidad sexual.

Tras el formato catálogo se materializa, así, el gran dogma del discurso sexual neoliberal: DESEA. NO JUZGUES.
No necesitamos, sin embargo, ser peligrosxs revolucionarixs antisistema para recordar que en el neoliberalismo los productos no se conciben para prestar un servicio, sino para obtener una ganancia. Y no necesitamos ser ágamxs radicales para saber que, en nuestra cultura, el capital y el sexo están íntimamente ligados.

Si queremos no ser presa de la ideología de la depredación sexual neoliberal, debemos convertirnos en herejes de su dogma y en empecinadxs razonadorxs y juzgadorxs. Nos viene bien, para eso, rechazar el formato catálogo de productos precocinados inasequibles al juicio y sustituirlo por taxonomías orgánicas donde prevalezca la interpretación. Mucho más que en qué consista una parafilia, cuáles sean los productos que mejor la facilitan, dónde estén las personas que me permitirán practicarla, mucho más que todo eso, nos interesa entender su significado: ¿Qué función está realizando esa parafilia?

Y uno de los factores más determinantes en la conformación del significado de las parafilias es su relación con el valor sociosexual. Cada parafilia se asocia, entre otras cosas, a una relación determinada de valor sociosexual entre el sujeto y el objeto sexuales.

Pondré un ejemplo muy rápido para orientarnos, a partir del cual podremos establecer algunas definiciones.

A y B tienen una relación sexual porque su valor sociosexual similar les ha llevado a ello. Entendemos que un cambio de valor sociosexual en cualquiera de lxs dos hace peligrar dicha relación. Si el valor de A disminuye, B tendrá que elegir entre conservar su valor sociosexual abandonando la relación y realizándolo con otra persona de su mismo valor, o conservar la relación y dejar que A se beneficie, que se “alimente” de su valor, porque ambxs, al ser pareja, son juzgados como de valor equivalente. Todo el mundo entenderá que, si A está con B será porque A es un poquito mejor de lo que a simple vista parece. Pero también porque B no es tan buenx.

Pero también tienen otra posibilidad: pueden establecer una relación parafílica. Si A acepta ser humilladx sexualmente por B, B consigue con ello un grado de posesión que nunca habría obtenido si A hubiera conservado su valor primero. Dicho en términos prácticos, A ya no es aceptable como pareja sexual, pero sí puede serlo como lacayx sexual. Podemos decir que A pasa a tener una relación parafílica de inferioridad con B, mientras que B pasa a tener una relación parafílica de superioridad con A.

Como se ve, la parafilia no es otra cosa que una tecnología extractiva que sirve para que una relación sexual resulte aceptable en términos de intercambio de valor sociosexual para las personas que participan en ella.

En este análisis, el sadomasoquismo aparece como la parafilia tipo o de referencia. Así, una persona masoquista no es otra cosa que una persona que tiene regularmente relaciones sexuales con personas de valor sociosexual reconocidamente superior al suyo, y que se somete para poder tener esas relaciones. Una persona sádica es alguien que tiene regularmente relaciones sexuales con personas de valor sociosexual reconocidamente inferior al suyo, y que las somete para poder tener estas relaciones.

Pero el sometimiento puede adoptar muchas otras formas. El sadomasoquismo puede desplazarse, por ejemplo, a un fetichismo de pies. La persona de menor valor sociosexual sólo aspirará a poseer los pies de la persona de valor superior, y a la vez ésta no aceptará de la persona inferior, nada más allá que dicha posesión.

En las dos parafilias expuestas hasta ahora (sadomasoquismo genérico, y fetichisimo de pies) A y B siguen siendo recíprocamente sujeto y objeto de la relación, a pesar de que el valor sociosexual de A ha cambiado. Por esta razón las llamo parafilias de conservación de objeto. Las diferencio de las parafilias de conservación de posición que son aquellas en las que se sacrifica el objeto sexual por otro que corresponda con el valor sociosexual del sujeto, de modo que se pueda conservar la posición relativa. Lo que coloquialmente se conoce como “bajar el listón”.

A podía haberse ahorrado el sometimiento a B y haber buscado una relación con alguien de su mismo valor sociosexual, ante quien no necesitara someterse. Todxs vamos haciendo, en mayor o menor medida, este tipo de adaptaciones a lo largo de nuestra vida. Pero a veces dicha adaptación es o se percibe como imposible, porque no existe dicho sujeto inferior. Es entonces cuando se recurre a objetos habitualmente considerados como impropios de una relación sexual, pero a los que el sujeto logra desplazar su deseo. La zoofilia o la necrofilia serían parafilias de conservación de posición, porque el sujeto A no necesitaría (como originalmente no necesitaba con B) someterse a su objeto para acceder sexualmente a él. La masturbación o la asexualidad serían frecuentemente modificaciones del objeto con conservación de la posición, aunque en estos dos casos no se habla de parafilias.

La gran mayoría de las parafilias se explican con facilidad mediante estas cuatro categorías, especialmente si recordamos que las cateogorías son dinámicas (es decir, que la clasificación de la parafilia no sólo depende del objeto de deseo, sino desde qué otra práctica se llega a dicho objeto) y que, como tecnologías extractivas que son, su significado tiene cierta tendencia a ocultarse para optimizar el resultado del flujo de valor sociosexual (un sometimiento puede convertirse en fetichismo de pies para hacerse pasar por una conservación del sujeto, es decir, por la impostura, por el “juego”, de una supuesta relación igualitaria entre el sujeto y los pies del objeto).


miércoles, 6 de julio de 2016

EROTISMO. actividad I. (DE)SEXUALIZACIÓN


preparación

Observa el trato diferenciado que damos en sociedad a las distintas partes del cuerpo. Piensa qué partes tocamos y cuáles no, qué partes vemos y cuáles no, qué partes miramos y cuáles no.

Piensa también en las funciones sociales de esas partes. Con qué partes nos relacionamos y, por lo tanto, están proyectadas hacia fuera, y qué partes ocultamos porque revelan información personal sin elaborar. Qué partes tienen que ver con la defensa, con el ataque, con la comunicación. Qué partes son nobles y qué partes son plebeyas, qué partes se dedican a la organización y cuáles al trabajo, qué partes nos representan y cuáles son genéricas.

Ahora piensa sólo en la sexualización de esas partes. Intenta imaginar una escala de sexualización, de las partes más sexualizadas a las partes menos sexualizadas. Por supuesto, los genitales estarán en lo más alto de esa escala. Piensa en cómo tratamos socialmente los genitales.
primer ejercicio

Imagina que no existieran los genitales, y que todos las partes del cuerpo tuvieran que subir un puesto en la escala de sexualización para poder recuperar así el tabú sexual. Imagina que nuestra cultura hubiera construido el sexo en torno a cuerpos donde no hubiera genitales. Ahora habría otra parte del cuerpo que ocuparía su lugar, y que sería tratada como ellos. Decide de qué parte se trata.

Intenta habituarte a la idea. Practíca cuando estés en sociedad.

Llévalo a sus últimas consecuencias. Intenta también tratar esa parte del cuerpo de las otras personas como si fueran sus genitales, mientras intentas presentar y esperar ser tratadx en esa parte de tu cuerpo como presentas y esperas que sean tratadxs habitualmente tus genitales.

segundo ejercicio

Ahora invierte el ejercicio. Añade una parte imaginaria a tu cuerpo. Puede ser cualquier cosa. Unas alas. Un cuerno en la nuca. Unas branquias. Un ojo secreto. Sexualízala hasta convertirla en la parte más sexualizada de tu cuerpo, por encima de tus genitales. Ahora tus genitales son sólo la segunda parte más sexualizada de tu cuerpo, y deberán ser tratados como lo era la parte que ocupaba hasta el momento el segundo puesto en la lista.

Intenta habituarte a la idea. Practíca en sociedad. Imagínate preservando y sacralizando alguna otra cosa que no sean tus genitales y observa cómo éstos dan un paso hacia su socialización y su normalización.

Juega libremente con la sexualización de las distintas partes de tu cuerpo.

Y, sobre todo, invita a hacerlo. Puedes practicar este ejercicio junto con varias personas, dejar que el ejercicio transcurra de fondo a vuestro encuentro, e ir comentando los resultados de vez en cuando. Si jugar con las dos partes más sexualizadas es demasiado violento, podéis bajar a cualquier nivel de la escala, incluso podéis dar grandes saltos en la escala, desexualizando partes muy sexualizadas, y a la inversa.

Si decides valorar tu desempeño en el ejercicio no te preguntes si has conseguido realizarlo. Pregúntante si has experimentado algo novedoso, si ha cambiado algo, si has descubierto algo. No te preguntes sólo por lo bueno que has sido tú en el ejercicio. Pregúntate también por lo bueno que ha sido el ejercicio en ti.

lunes, 4 de julio de 2016

¿cómo gestionar el morbo de las nuevas relaciones?


Uno de los conflictos más frecuentes que sufrimos en las no monogamias es la dificultad para compatibilizar el apasionamiento en las relaciones nuevas con el desapasionamiento en las anteriores.

Encontramos continuamente testimonios de personas explicándonos cómo su o sus relaciones previas obstaculizan el disfrute de esa nueva relación que les resulta tan atrayente o tan excitante. También, por supuesto, los inversos: los de quienes se sienten relegadxs al papel de amistades sexual o afectivamente tibias por una persona recién aparecida.

Para la mayoría de los discursos no monógamos, la llamada “energía de nueva relación” (NRE), lo que Dorothy Tennov llamó “limerancia”, es decir, en el fondo, el enamoramiento de toda la vida, es una experiencia sagrada e irrenunciable. Se diría incluso que la función de abrir la pareja es poder repetir periódicamente la limerancia sin por ello tener que poner fin a las relaciones ya construidas. Se trataría de encontrar la fórmula para disfrutar de las ventajas de la monogamia secuencial sin sufrir sus desventajas. Aparentemente, por lo tanto, abrir las relaciones es una tentativa de hacer evolucionar la monogamia secuencial a un modelo cordial, no destructivo. Una buena idea.
Pero sabemos ya que no hemos heredado de la monogamia un sistema sencillo al que podamos engañar con un simple trueque. Si no establecemos una mirada más radical sobre nuestra conducta relacional sólo conseguiremos transformar el tipo de problemas que nos encontremos. Jamás eliminarlos.

La limerancia, por definirla de una manera sumamente esquemática (desde una perspectiva materialista y ágama) es un estado de gran excitación y entusiasmo provocado por la disponibilidad sexosentimental de una persona cuya posesión consideramos digna de ser deseada. Se mantiene presente mientras esa posesión se realiza y concluye cuando ha sido realizada.

En resumidas cuentas: la razón por la que la persona nueva nos provoca mucha más excitación que la persona previa es que estamos en proceso de posesión de la nueva, mientras que ese proceso terminó ya con la anterior. Como se ve, la limerancia, en sí misma, no parece precisamente una fuerza ni de cohesión social ni de armonía relacional.

Necesitamos deconstruir este proceso si queremos que nuestros conflictos disminuyan y no nos conformamos sólo con que cambien de color. Necesitamos una mirada suspicaz sobre la limerancia que suprima sus privilegios, porque si es verdad que la limerancia es el momento de realización de la posesión amorosa, entonces la indignación de las personas relegadas empieza a aparecer como legítima. Quien se indigna por ser relegadx nos estará diciendo “no te atraigo porque ya me posees”, o “me obligas a dañarte con mi alejamiento si quiero volver a atraerte”, o “no hay esperanza de que disfrutemos de nuestra relación porque sólo sabes disfrutar cuando no tienes la relación”.

No vamos a deconstruir nuestra libido posesiva así como así, de modo que bien nos vendrán un par de ideas muy prácticas para corregir sus desmanes mientras realizamos poco a poco el trabajo en profundidad. Yo propongo las siguientes:

-relativicemos la importancia y la legitimidad de la NRE.

El enamoramiento, o la atracción sexual poderosa, o el morbo, no sólo no lo justifican todo, sino que tienen una eficacia “energética” relativa. Podemos considerar motivacionalmente eficaz poseer “lo justo” (es decir, lo que nos toca, lo que lxs demás, aquello que nos equipara y nos integra con el resto). Si poseemos un poco más nos sentimos superiores, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Si poseemos más aún la posesión se vuelve inútil (desde una perspectiva no megalómana, claro) y la motivación se enfoca sólo en la reproducción de más posesión. La NRE no es mejor cuanta más se tiene, sino cuanto más se acerca a la cantidad que necesitamos para impulsarnos eficazmente. El éxito sexosentimental es el justo medio entre la inanidad y la adicción.

Esta referencia nos ayudará a ser tolerantes con cierto desplazamiento de la atención hacia las personas nuevas y, a la vez, a confiar en que ese desplazamiento será limitado y manejable.

-relativicemos la posesión.

Ni poseemos a quien ya poseemos ni acabaremos poseyendo a quien vamos a poseer. Una pregunta útil es ¿qué poseemos realmente de cada quién? ¿Qué acabaremos poseyendo si triunfamos en nuestra porfía por poseer, es decir, si nuestro enamoramiento o nuestra atracción sexual son correspondidas? La posesión nunca es absoluta y nunca es inexistente, de modo que todo aumento de la posesión es un aumento finito y concreto, por más que el discurso amoroso diga cosas como “soy todx tuyx”.

Si pensamos así nos será mucho más fácil redistribuir la limerancia de una forma equitativa entre las personas que esperan legítimamente despertar nuestro interés y nuestra atracción pues su posesión, en el fondo, siempre estará pendiente y, a la vez, siempre estará realizada.

Todo esto, recuerdo, mientras vamos deconstruyendo eso de que nos produzca tanta satisfacción poseer, y que vivamos para ello, y que lo necesitemos como la fuerza que alimenta nuestro espíritu; mientras vamos sustituyendo el combustible de nuestro motor por uno que no sólo sea limpio y sostenible, sino, por qué no, mucho más poderoso. Ése es el verdadero objetivo. Y lo lograremos antes y mejor si vemos que estás prácticas son eficaces a la hora de cuestionar nuestra manera de desear y, sobre todo, si comprobamos que por este camino se asientan armónicamente nuestras relaciones.