lunes, 26 de septiembre de 2016

lxs monógamxs tampoco son "normales".


Nos es de sobra conocido que las nuevas no monogamias son, a día de hoy, todavía minoritarias. Lo es también que esa característica no ayuda a su normalización.

Como me incomoda el discurso de la tolerancia y me parece proclive al apoliticismo, no diré eso de que la no monogamia debería ser tenida como normal, tan normal como la monogamia misma. Que gran parte de la monogamia trate a la no monogamia como un modelo equivocado es, reconozcámoslo, perfectamente coherente. Es la coherencia simétrica a esa otra que nos lleva la mayoría de las personas no monógamas a pensar que la no monogamia es un modelo mejor, y a muchas de nosotras a defenderlo abiertamente.

La superioridad e inferioridad de unos modelos u otros es discutible y debe ser discutida, dado que esta superioridad depende íntegramente de la forma en que dichos modelos se llevan a la práctica. Y el derecho de lxs monógamxs a desaconsejar la no monogamia es inalienable, o sólo alienable por un buen intercambio de argumentos.

Pero de ahí a aceptar sumisamente las desventajas logísticas que conlleva la condición de minoría hay una gran distancia. Una cosa es que la/el adversarix sea más numerosx. Otra, que se le reconozca por ello derecho a invisibilizar nuestro discurso mediante el ruido, el menosprecio o el avasallamiento. Tenga la/el adversarix a bien recordar que su pertenencia al modelo hegemónico le hace, con excesiva frecuencia, desatender la necesidad de sustentarlo con razones. La monogamia, señorxs monógamxs, se apoya demasiado en el arma de la “normalidad”, y esa arma tiene doble filo, porque una vez superada la sugestión de que la no monogamia va contra natura, la pro-monogamia suele aparecer como una elección arbitraria y exógena.

La mayoría monógama es una mayoría por inercia, y muchas de las ventajas logísticas de su discurso están ahí porque nunca hemos entrado a pelearlas. La que voy a refutar hoy es su apariencia de bloque coherente, ante la que la no monogamia, fragmentada en un importante número de corrientes, queda situada sobre un suelo frágil y discontinuo.

No es justo, y es justo no dejarlo pasar.

Nuestro recurso más frecuente frente a esta supuesta consistencia sobrevenida a la monogamia ha sido al aunar a las no monogamias (y a la no gamia, ¡y a todo!) en un bloque no monógamo. Ese bloque ha sido llamado así a veces, o ha sido llamado amor libre, o es llamado, aprovechando su modelo más practicado, simplemente “poliamor”. No es mala idea ni abogo por que se abandone, pero tiene desventajas de las que deberíamos ser conscientes para poder sortearlas cuando amenacen con relegarnos a la marginalidad.

La primera es que, sumadas todas las hormigas, seguimos sin construir un elefante, de modo que en ocasiones podemos estar, simplemente, sacrificando diversidad a cambio de un aumento de magnitud imperceptible. A la hora de denunciar la mononorma, que es en lo que la unidad no monógama resulta más interesante, el peligro de hacerlo desde otra normatividad monolítica se vuelve inminente.

La segunda es que la barrera situada entre la monogamia y la no monogamia no responde en absoluto a una realidad (lo explico aquí) salvo, en todo caso, desde una percepción estrictamente poliamorosa, que enfrenta a la monogamia infiel con el poliamor “honesto”. La unidad no monógama se antagoniza frente a la monogamia, haciendo el paso entre ambas propuestas menos gradual y mucho más traumático. La división entre monogamia y no monogamia obliga, como el amor hace con las categorías de “pareja” y de “amistad”, a dar saltos traumáticos entre una y otra.

Por último, la división binaria hace a la no monogamia fácilmente atacable, toda vez que la funde con las peores criaturas de depredación sexual neoliberal. En este sentido, más que en ningún otro, la no monogamia no puede aparecer como una sola cosa mas que allí donde la indiferenciación resulte netamente eficaz. Se le dirá, si lo hace, y con razón, que para eso mejor nos quedamos como estamos, con el amor convergente de Giddens, y demás cantos al sol.

Así que nos va a venir muy bien complementar la herramienta de la unidad no monógama con la de la fragmentación monógama. Dado que el discurso monógamo depende hasta lo patológico de su condición hegemónica, cuestionar que exista una hegemonía a la que pertenecer cortocircuitará todo el sistema de creencias.

¿A qué tipo de monogamia perteneces? ¿Por qué eliges ésa y no otra? ¿Cómo haces para encontrar gente como tú? ¿Tu pareja practica tu mismo tipo de monogamia?

Nos van a preguntar que de qué hablamos.
Pues hablamos de que la monogamia secuencial no tiene nada que ver con la monogamia indisoluble, porque, a diferencia de ésta, la primera concibe la relación como transitoria, y piensa, siente y actúa en consecuencia. Y de que una persona “indisoluble” y una “secuencial” que comienzan una relación sin tener consciencia de esta diferencia fundamental, no sólo construyen sobre un proyecto de manipulación, en el que el éxito de cada una depende de lograr transformar a la otra, sino que seguramente no necesiten nada más como garantía de fracaso, en el sentido de que será una experiencia poco edificante.
Pero es que una persona monógama cuyo objetivo relacional sea lograr descendencia no tiene nada que ver con otra cuyo objetivo sea disfrutar de la persona misma a la que se une. Que cada quién llame a cada uno de estos dos modelos como quiera. Si no tienen nombre hoy es porque el tenerlo pondría de manifiesto diferencias radicales que reducen el rango de personas compatibles a niveles preocupantes y contrarios a la voluntad sistémica de que se construyan parejas a troche y moche.

¿Y las diferencias radicales en cuanto a los proyectos de convivencia? ¿Y en cuanto a la idea de roles de género? ¿Y en cuanto a la presencia en la vida de otras personas emparejables (ex, amigxs enamorables, etc…)?

La respuesta de mala fe a la confusión existente entre todas estas “familias” monógamas es que la relación será lo que sea y dará de sí lo que dé. Esa respuesta es el reconocimiento tácito de que la relación se concibe como una partida en la que cada participante guarda sus cartas.

Justo eso que nos reprocharían a nosotrxs si no reconociéramos, en cuanto empieza el interrogatorio, que no tenemos carnet de monógamxs.



miércoles, 21 de septiembre de 2016

nueva sección: CINE DE MIERDA.


Sería mejor que existiera tanto cine interesante y de calidad, y que fuera tan accesible, que nos perdiéramos en él y pudiéramos despreciar el resto.

También sería bueno que los medios no estuvieran tan vendidos a cualquier producción pesetera, y que no acaben llevándonos de los pelos a tragarnos memeces incluso cuando hacemos lo posible por resistirnos a ellas.

Lo que no sería nada bueno es que nos pusiéramos dignxs y despreciáramos la experiencia (anti)cultural de nuestro entorno como si no fuera nuestro entorno y como si ésa fuera una manera razonable de relacionarse con él.

A veces hay que mirar algo. Casi siempre hay que mirar mucho. Y en ocasiones llega el momento de buscarle salida a tanta mierda machista y mononormativa como nos tenemos que comer. Así que de eso irá esta sección.

Como no tiene sentido que sea un desahogo personal, y como no soy un crítico cinematográfico que pueda ofrecer amplios, precisos y definitivos análisis sobre cada obra, procuraré atenerme a dos reglas. La primera, brevedad. La segunda, extraer de cada abominación comentada alguna reflexión que nos pueda servir de algo, especialmente para entender cómo funcionan estas abominaciones al tratar los temas amorosos, y cómo evolucionan unas sobre otras con el fin de seducirnos camino del infierno.

Ah! Con respecto a los espoilers la regla es que, si puedo, os ahorro la peli.

Voy con la primera.


SEXO FÁCIL, PELÍCULAS TRISTES.

-¿Qué te ha parecido el guión? Aún estoy buscando un título.
-Me parece una película fácil de sexo triste.
-Pero así no puedo llamarla.
-Pues no sé… ¡dale la vuelta!
Las comedias románticas suelen reunir dos características que adoro (amén de la recientemente señalada por Vigalondo: “Son una apología del acoso”. Viene él con una. Veremos).
La primera es que no te ríes ni aunque te paguen. En ésta sale Areces, que no necesita texto para satirizar situaciones. Menos mal…

La segunda es que todas empiezan con un ganchito que te está diciendo “las comedias románticas son una mierda, pero ésta es distinta. Ésta es de verdad, es actual, y es sobre ti”. Todas. Y luego, por supuesto, son cine de mierda.

Ese gancho lo utilizan, lógicamente, para sobreponerse a la sensación que dejó en la/el espectador/a el último bodrio graciosoamoroso que le tocó tragarse. Pero cumple, de paso, la encomiable función sistémica de resignificar la mononorma y la amatonorma. Vamos, que el cuestionamiento amoroso y monógamo que hayas hecho o tenido la suerte de encontrar desde el último soponcio, viene la peli y te lo cuestiona a ti. ¿Qué te has creído?

La película que nos ocupa es cinematográficamente mala; sólo mala. Su mensaje, sin embargo, sí merece un lugar de honor en el panteón de los horrores. La ingeniosa estrategia que lo vehicula es la de meter una historia dentro de otra historia. ¿De qué modo? ¡Gran idea! Un guionista sentimentalmente jodido y especializado en comedias románticas ultraconvencionales escribe a lo largo de la película el guión de una comedia romántica ultraconvencional. ¿Qué mayor cuestionamiento que ése? ¿Y qué mejor planteamiento para escribir desde la autoridad que concede la experiencia? Hay bombillas que se encienden para dentro.

Lo malo de la historia no son los mil tópicos machistas y mononormativos en los que era de prever que cayera y cae (por ejemplo, eso de que nos presenten a las dos novias como dos mujeres con su correspondiente habilidad artística, correspondientemente despreciada por los correspondientes novios, y correspondientemente despreciada por los creadores de esta obra maestra, que deciden mostrar planos reales de esa habilidad que las correspondientes actrices sólo poseen a un nivel como mucho amateur, pero que, claro, será correspondientemente valorado por unos espectadores que entenderán que, para ser mujeres, ya les va bien con bailar un poquito y con tocar un poquito el piano).

algunxs de sus responsables, se diría que orgullosxs.
Lo malo no son las patéticas tentativas de darle profundidad al recurso de la historia dentro de la historia (¡Uau! ¡Tanto el escritor como su creación engañan –perdón, son seducidos, pero es que el párrafo sobre los tópicos machistas era el anterior- a sus novias con ¡el mismo personaje! –del que, por cierto, no volvemos a saber nada, el artificio por el artificio-. Me pierdo en tan rico arabesco diegético…).

Lo malo ni siquiera es que la comedia romántica estrictamente convencional (hasta el sonrojo) ocupe inútilmente la mitad del metraje, lo que nos aboca a escuchar a Quim Gutiérrez su enésimo monólogo final abriendo el corazón de un personaje mediocre y mezquino para explicar que va a seguir siendo mediocre y mezquino, pero mediocre y mezquino enamorado, con un encanto tan idéntico al de todos sus monólogos anteriores que resulta, no ya previsible, sino absolutamente estomagante.

                                                                                           os dejo el monólogo de Quim, que me gusta regalaros cosas.

Lo verdaderamente malo de morir es la moraleja. Porque, ojo aquí, este escritor, que previamente nos había explicado que no quiere escribir historias reales porque la realidad es una mierda (¡como la peli! Casualidad…), descubre que, si quiere ser feliz en el amor, atención, ¡debe seguir los pasos de sus propios personajes! Vamos (perdón por la aclaración) que esto es metacomediromanticismo: el fallo de la comedia romántica es que nos la tomamos demasiado a la ligera cuando ¡Es la Biblia!

Si no fuera todo tan tonto diríamos que es retorcidamente manipulador. Pero es que los sistemas se defienden así a veces: generando mil respuestas estúpidas y desesperadas y confiando en que alguna posea una cierta eficacia.

Mierda pura.


lunes, 19 de septiembre de 2016

ya he renunciado a la pareja. ¡¡¡¿Y AHORA QUÉ?!!! (y ii) sociabilizar la intimidad


Parece que nuestro mayor problema a la hora de abandonar el modelo relacional de la pareja está relacionado con ese cajón de sastre que llamamos “afecto” o “satisfacción de las necesidades afectivas”.

Qué sea el afecto que necesitamos y qué afectos esperamos que nos sean proporcionados por la pareja son preguntas que abren un agujero de espesa oscuridad en cualquier teoría o modelo relacional.

Se habla del afecto, se le pone en el centro de todo lo imprescindible, pero apenas se concreta qué es (salvo algunas definiciones o listas sumamente generales), hasta el punto de que prácticamente queda identificado con la pareja misma. El afecto, en el fondo, sería aquello que nos da la pareja y que no nos da nadie más porque nadie más está en situación de darlo. Casi da igual en qué consista, afecto es “resultado de la pareja sobre mi vida emocional”.

Desde esa perspectiva está claro que la pareja es insustituible, porque nada que no sea la pareja puede serlo tan bien como ella. Pero lo que hemos decidido preguntarnos testarudamente es si podemos obtener fuera de la pareja, no una imitación de la pareja, sino aquello que de la pareja nos parece digno de ser deseado. Y nos lo preguntamos porque sospechamos que la pareja es, tal vez, un pésimo medio para conseguirlo.

Ni éste, ni éste, ni el presente texto pueden ser una exposición sistemática de esas necesidades ni de esa sustitución. Pero cada uno de ellos pretende dar un bocado sustancial a los cimientos que sustentan la idea de que fuera de la pareja no hay más que tentativas agónicas y contrahechas de reproducir el paraíso perdido del gamos.

En este caso quiero proponer una categoría que considero útil como herramienta teórica y práctica, y que puede desmitificar definitivamente la idea de que somos un pozo de afecto que sólo la pareja puede llenar. Tal vez se pueda decir que no se trata más que de otra forma de afecto, o tal vez tenga tanta autonomía y ocupe el espacio de tanto afecto que el afecto mismo quede reducido a un ámbito de acción sorprendentemente pequeño.

En cualquier caso, creo que podemos afirmar que el afecto que los modelos gámicos, especialmente la monogamia, hacen recaer sobre la pareja, quedan satisfechos mediante la sociabilización de la vida íntima, es decir, mediante lo que coloquialmente conocemos como “compañía”.

Cuando la pareja acaba hay una gran masa de vida privada e íntima que queda repentinamente aislada. El espacio destinado al gamos es inmenso, y a medida que nuestra vida relacional se desarrolla (dado que nos alejamos progresivamente del núcleo familiar de origen, de lxs amigxs, de la convivencia colectiva…) ese espacio se incrementa y se hace específico. A partir de cierto momento la mayor parte de nuestra vida está formada por un gran espacio que a nadie interesa salvo a una posible pareja. Somos, literalmente, el andrógino demediado de Platón. Seres deformes que sólo pueden recuperar una forma armónica mediante la fusión con otro ser deforme. Sin pareja no existimos, porque carecemos de testigos.

La angustia generada por ese vacío, por esa repentina inexistencia para el mundo, es el origen de uno de las necesidades afectivas más importantes que la pareja viene a satisfacer. Ella la crea y ella la cubre. Y ella es tan eficaz comparada con cualquier otra cosa conocida para cubrirla que pensamos que ella es la necesidad misma. Pero nosotrxs somos gente suspicaz…

¿Qué pasa con ese espacio? ¿Cómo está constituido? ¿Necesitamos llenarlo todo? ¿Cuánta de esa necesidad es real y cuánta es un espejismo creado por la idea y forma de la pareja? ¿Está a nuestro creativo alcance hacerlo de un modo más eficaz del que utiliza la pareja?

Bisturí.

No es ninguna idiotez la necesidad de testigxs en nuestro espacio íntimo. No es narcisismo, ni inmadurez, ni inseguridad. Es sociabilización de una parte de nuestra vida que es constitutiva de su conjunto, que es causa, que es consecuencia y que es imprescindible. Si la pareja no acaba (¡ah, que no lo hace!) con nuestra sensación de soledad íntima no es porque se trate de una mala pareja y no sea el testigo adecuado de esa vida, sino porque no es testigo suficiente; porque una sola persona no presencia, no explica, no se empapa de la parte suficiente de esa vida, o desde una perspectiva suficientemente amplia. Necesitamos otra persona, y otra, y otra más, con las que compartir nuestra manera de ducharnos, el orden del cajón de los calcetines, la actitud al despertar, la frecuencia con la que fregamos el baño, para entender nuestro propio comportamiento, para mejorarlo, para conocer su historia, para que adquiera valor, para que deje de ser el relleno de la vida y pase a ser parte de la vida.
Y necesitamos el laboratorio de la soledad en el que diseñar nuevos experimentos, en el que llevar a la práctica lo aprendido en compañía, en el que corregir errores y perfeccionar virtudes, en el que fraguar las revoluciones de nuestra vida relacional. Necesitamos que nuestra vida íntima no sea secuestrada hasta su disolución en vida con pareja. Necesitamos no renunciar a lo construido en nuestra intimidad, no tratarlo como un caparazón vergonzante del que deshacernos y del que olvidarnos tan gravemente que somos incapaces de encontrarlo cuando la ruptura de la pareja nos hace echarlo de menos.

Por eso, también, estamos solxs en pareja, porque aquella intimidad ha sido abandonada, y con ella parte de nosotrxs que ya nadie puede testificar ni reconocer, ni ayudar a mejorar, ni hacer formar parte de nuestra historia. Y por eso es tan fácil cerrar el círculo de acusaciones contra la pareja: porque ni es suficiente donde la necesitamos, ni es invitada donde la tenemos. Porque lo que la pareja hace se hace mejor de otras formas.

Ahora, qué formas sean ésas, bueno… pensé que con mil palabras le haría una brechita al tema. Pero apenas le he rascado la pintura.

Tendremos que volver a quedar.

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viernes, 16 de septiembre de 2016

ya he renunciado a la pareja. ¡¡¡¿Y AHORA QUÉ?!!! (i)

(gracias a la estupenda gente del grupo AGAMIA por sus ideas para la confección de ésta y la próxima entrada. en grupo vamos más rápido y más lejos).

La agamia se fundamenta en la convicción de que la pareja no sólo puede ser sustituida por una comunidad relacional, sino que es conveniente que lo sea porque la comunidad es el lugar en el que se satisfacen con verdadera eficacia aquellas necesidades que, en los modelos gámicos, satisfacen las parejas.

Ésa es la convicción, pero ahora hace falta argumentarla.

Queda fuera de mi alcance exponer en un solo post las funciones que la pareja realiza para nosotrxs (no para el sistema) y cómo todas ellas son mejoradas en lo sustancial al pasar a la comunidad. Debo conformarme con una idea general, y con la invitación a debatirla, ampliarla y refutarla.

El enfoque tampoco es fácil: Puedo intentar plantear el problema desde una perspectiva humanista teórica, preguntándome qué es lo que las personas necesitamos de nuestro contacto con las otras personas (aun así me vería seguramente obligado a contextualizar un cierto modo de entender las necesidades) o puedo saltar frívolamente al terreno de lo práctico y buscar algún recurso para preguntarme por un aquí y un ahora que nos resulte muy de aquí y muy de ahora.

Evidentemente, mi camino es el salto frívolo. ¡Hop!:

Mi pareja acaba de “disolverse” (aprovechando que es una hipótesis evitemos los escabrosos detalles) y yo he decido que, en adelante, viviré sin pareja en absoluto, apoyándome en alguna que otra idea ágama.

Aún no tengo claro si lo que estoy haciendo me va a llevar a una revolución, a una resignación o, tal vez, a la sustitución de unos hábitos por otros igual de frustrantes. Al menos sé que la repetición de lo que he vivido hasta ahora no me parece un gran plan.


El sexo: la preocupación inmediata

Pasaré rápidamente sobre la cuestión del sexo, porque está prolijamente tratada en otros mil textos, y porque la idea de que la violencia sexual que implican las relaciones fuera de la pareja (normalmente de baja o muy baja intensidad, pero que lleva tarde o temprano a añorar tener relaciones sexuales con alguien que “te quiera de verdad”) no tiene que ver con que exista una violencia implícita en el hecho de que las personas tengan relaciones sexuales fuera de la pareja, sino con que el gamos les obliga a acompañar la relación sexual con el mensaje humillante “recuerda que no eres mi pareja”, humillación que recae especialmente sobre las mujeres.

Hecha esa distinción definitiva, el resto tiene que ver simple y llanamente con que las expectativas sean siempre razonables (las relaciones sexuales no implican ninguna otra cosa, del mismo modo que ninguna otra cosa implica tener relaciones sexuales) y con que las personas se traten perfectamente bien.

Otra cosa es si cabe esperar que mi vida sexual conserve un mínimo de esplendor, dadas las condiciones culturales del sexo. Pero eso no es lo que nos importa aquí. Aquí no nos planteamos si vamos a follar lo suficiente, ni si es una opción tener pareja para poder follar. Lo que nos preguntamos es si hay algo que impida igualar o mejorar la vida sexual propia de la pareja una vez que decidimos abandonar el modelo relacional de la pareja. Y nada lo impide, más allá de la voluntad de las personas. Lo que está claro es que  yo, que acabo de decidir cambiar de modelo, puedo ofrecer las condiciones necesarias y suficientes para que esa vida sexual en el seno de lo común sea mejor que la de la pareja.

Pues con eso es suficiente.


El afecto: la preocupación peligrosa

La verdadera pregunta se formula en torno a esa cosa tan imprecisa que llamamos afecto. ¿Se puede obtener el afecto que la pareja nos proporciona fuera de la pareja?
En otro lugar distinguí entre afectos funcionales y afectos sustitutivos. Dije, en resumen, que los funcionales son aquellos que satisfacen la necesidad que atienden, y que los sustitutivos son los que consuelan por no poder satisfacer dicha necesidad. Añado ahora que el afecto de pareja es fundamentalmente sustitutivo, y que el afecto que temo no poder conseguir es justo el que no voy a necesitar, porque si mi entorno relacional es suficiente, dicho entorno satisfará la mayoría de mis necesidades afectivas sin necesidad de afecto sustitutivo explícito.

Un ejemplo: El reconocimiento.

Decimos que necesitamos reconocimiento queriendo decir que necesitamos un papel específico que nos haga, si no necesarixs, sí, al menos, partícipes de la construcción de lo colectivo. Y que necesitamos que ese papel sea reconocido.

Parece evidente que la sociedad (especialmente el entorno laboral) no es muy de reconocer nuestro papel, sino más bien de transmitirnos el mensaje de que no tenemos papel ninguno y de que cada día que nos levantamos tenemos que demostrar que mereceríamos, tal vez, un cierto papel si nos esforzáramos muchísimo más de lo que lo hacemos.

Es entonces cuando aparece la necesidad de reconocimiento que atribuimos a la pareja.
Esa forma de afecto consistente en transmitirnos reconocimiento es, claramente, un afecto sustitutivo. Sólo quien es testigo de mi papel puede reconocerlo. Quien no lo es podrá decirme que está convencidx de que lo desempeño con eficacia, pero no podrá reconocerlo. Por otro lado, sólo quien deslegitima mi papel puede cubrir ese agujero que crea en su reconocimiento (dejando de deslegitimarlo). Cualquier otra persona podrá decir que la primera se equivoca, pero no podrá evitar la existencia de su opinión.

El reconocimiento como afecto funcional por parte de la pareja aparece en aquello de lo que la pareja es testigo o participa. Por eso la pareja ha sido y sigue siendo un agujero de reconocimiento para las mujeres: porque su condición de trabajadoras por y para la pareja (trabajo doméstico, crianza, afectos…) se realiza con la plena condición de testigo del varón, pero sin su reconocimiento, o sin que éste sea suficiente. El reconocimiento inverso, el de contar las cosas de la oficina para que nos digan lo buenxs que somos en ella, aunque nuestrx jefx nos abronque a diario, es un afecto sustitutivo.

El mismo reconocimiento repartido entre un grupo de, digamos, diez personas, lo hace más eficaz y menos sustitutivo, por el simple hecho de que la diversificación de opiniones lo vuelve más convincente (más posibilidades de que existan en él fuentes de información directas o autorizadas, por ejemplo, y, sobre todo, más impresión de opinión general). Pierdo, eso sí, la existencia de una persona que dedica una gran cantidad de recursos (los que luego se reparten entre diez) a mi reconocimiento. Pero el hecho de que esos recursos estuvieran concentrados, lejos de ser una virtud, se revela ahora como un defecto.

Razonamientos análogos son posibles para el resto de las conductas que englobamos bajo la categoría de “afectos” y, aunque será bueno desarrollarlos en otros lugares, aquí sólo adelantaré dos conclusiones. La primera es que, a misma dedicación, el grupo relacional es siempre más eficaz para la satisfacción de las necesidades afectivas (es decir, que su afecto tiende a ser más funcional y menos sustitutivo). La segunda es que no es cierto que sean los afectos nuestra preocupación principal cuando abandonamos el modelo de la pareja. Lo que genera la mayoría de nuestras angustias, y la mayor necesidad de afecto sustitutivo, lo trataré en el siguiente texto bajo el pomposo nombre de “sociabilización de la vida íntima”.

Lo que vulgarmente conocemos como “compañía”.

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