lunes, 16 de octubre de 2017

amor (romántico) universal.



Oh, can’t you see? You belong to me.
How my poor heart aches with every breath you take!
Every Breath You Take, The Police


Uno (otro) de los lugares comunes del debate contraamoroso es la reivindicación del otro amor, ése que, a diferencia del amor romántico, sí es bueno. Y uno de los otros amores más frecuentemente reivindicados es el amor universal, ése que nos hermana a todxs, y a todxs con todo.

“Nada que ver” nos suelen decir, “con el amor como normalmente se entiende. Este amor no proviene de nuestra cultura, se opone a ella y la desarma. Es su antídoto, porque renuncia al egoísmo y a la ambición, y consiste en la celebración de la plenitud de la vida presente, del mundo y de lxs otrxs”.

Todo esto nos lo dicen como argumento contra el cuestionamiento del amor y, como sabemos por otras experiencias, como recurso para salvarlo. Para ello se ven obligadxs a defender su descontextualización (es decir, su condición de sucedáneo y de mala traducción cultural), su infrecuencia (por lo tanto no es que el amor sea eso, sino que “eso” es una propuesta amorosa personal) y, lo que más debilita la tentativa, su altruismo.

Lo que voy a contar no es una prueba de nada. Es sólo un ejemplo con ciertas pretensiones paradigmáticas. Pero estoy seguro de que habrá a quien le cuadre. Y a quien le suene.
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Aunque la presencia visual de Sting tuvo siempre un marcado componente de dandismo, las historias de las canciones de The Police habían dejado ya atrás el rock cipotudo de Rolling Stones, Led Zeppelin o AC/DC y se adscribían a una nueva masculinidad preochentera que problematizaba sus relaciones.

En muchas y significativas ocasiones, los machos de la música estaban abandonado la sensibilidad milleriana en la que el “sexo” que conformaba el primer pilar de la tríada legendaria, junto con las drogas y el rock’n’roll, consistía en la instrumentalización despectiva y sin complejos de las fans. No es ése el discurso general de la New Wave, y no será de lo que hablen las letras de The Police.

Lo que encontramos en sus temas, más bien, es la cartografía de una nueva vulnerabilidad masculina; de aquellos espacios en los que el hombre parece haber perdido el control y las cosas ya no van rodadas. Su descripición, eso sí, irá acompañada de elementos inquietantes, a veces de autohumillación, a veces de obsesión, a veces de delirio. Se diría que el nuevo hombre herido se muestra enfermo. O que alega enfermadad para justificar la revuelta contra su devaluación. Ese lugar de incertidumbre competitiva y de ambigüedad moral es parte del enorme atractivo de una larga lista de clásicos como “Do do do de da da da”, “Can’t stand losing you”, “Walking on the moon”, “Every Little thing she does is magic”, “Wrapped around yout finger” o “Don’t stand so close to me”. Y ha sido la fuente de la justificada controversia que desde no hace tanto acompaña a “Every Breath You Take”, una de las canciones más inspiradas y sobrecogedoras de la historia del pop.


En mi opinión, los temas de The Police son, en su conjunto, una buena descripción de la perspectiva masculina de lo que llamamos hoy amor romántico. El hombre que no puede someter directamente debe jugar la carta del amor, y ese juego consiste, sobre todo, en manifestar su propia agonía, la injusticia en la que consiste no poder realizar sus deseos mediante un simple mandato. Las letras de estas canciones, y por encima de todas Every Breath You Take, describen perspectivas así de atractivas, patológicas y amenazadoras.

Muchxs recordamos la transformación de Sting cuando se disolvió la banda (algunxs, no yo, con desprecio), y cómo se convirtió, de la noche a la mañana, y a pesar de competir con otras primeras figuras, en uno de los más destacados portavoces de la interculturalidad musical y, como parte fundamental de la ideología que la sustentaba, del amor universal de inspiración lennoniana.


“Love is the 7th wave” fue el himno personal con el que predicó la llegada de este nuevo amor en el que todxs cabíamos como iguales. Un tema luminoso y magnífico, perfecto para cantar a plena luz del día en los macroconciertos colectivos de Human Rights Watch, y al que sumar a Paul Simon, Peter Gabriel o Bob Geldof en interpretación colectiva. El fin del ego encontraba su símbolo musical en estos encuentros entre estrellas incompatibles, en la participación del público en los coros finales, y en los abrazos entre ídolos. 20 años después, la propuesta de All You Need is Love, que también se mostraba a sí misma como una obra de madurez y reconciliación, y que había dejado el amargo sabor a fracaso de la separación de The Beatles, se hacía canon y se convertía en el tipo de canción a cantar por todxs, en todo momento y en todas partes.
El amor había evolucionado por fin. Provenía de otra cultura, era escaso, pero en expansión, y se mostraba, ante todo, altruista. Era otro y se había salvado a sí mismo. Se trataba, en definitiva, de un amor defendible y reivindicable. Sting, con ropa blanca de yoga, coleta descuidada y sonrisa franca, nos animaba a sentirlo: “I say love!” y todxs contestábamos “is the 7th wave!” Y él, de nuevo, “I say love!” y otra vez todxs, “is the 7th wave!”, una vez, y otra, con la infinita paciencia del maestro, hasta que conseguía que la multitud se emancipara y cantara por sí sola el verso completo; hasta que el público mismo se convertía en depositario y fuente del nuevo amor. Sólo un enorme coro de voces empastadas diciendo una y otra vez que el amor es la séptima ola.
Y entonces, sin que nadie lo esperara, pero con una lógica que todxs experimentábamos como natural, Sting añadía a su coro de amor universal los versos de resonancia sagrada y maldita. Como un conjuro, como una invocación al siniestro espíritu verdadero de todo lo que allí pasaba, se escuchaba de nuevo, irresistible en su hermosura: “Every breath you take… every move you make… every vow you break… every single day…”. Como si Sting, sacerdote del amor, entregara a toda aquella muchedumbre, ahora altruista e indefensa, a las ávidas fauces del padre de los dioses.

El conjuro quedaba ultimado, exactamente como se propuso originalmente, con aquella voz destemplada de McCartney surgiendo de entre el coro que invocaba al amor maduro y universal diciendo “All you need is love”, ése que era lo único que necesitábamos, y contra el qué él gritó de nuevo “She loves you yeah, yeah, yeah!!!”

Ella te ama. Sí! Lo has vuelto a lograr.


miércoles, 11 de octubre de 2017

¿son tontxs lxs guapxs?


Lxs guapxs no son tontxs. Ya está bien. ¿Hasta donde vamos a llegar con el cliché de la rubia boba y el cachas cavernícola? Prejuicios, prejuicios y más prejuicios. ¿Qué tendrá que ver el cuerpo con la inteligencia?

Te propongo un experimento. Busca una imagen de una persona que corresponda a tu orientación sexual, a la que no conozcas, y que consideres muy guapa. Eso es, pon guapx en google y elige de entre los resultados que obtengas.

Ahora imagina una conversación con ella. Ya, ya sé que esa persona no se dignaría jamás a hablarte. El resto de la comunidad del blog se solidariza contigo. Va. Haz un alarde de fantasía. Ánimo.

Tómate tu tiempo, déjate llevar. Hablad.
¿Ya habéis charlado un rato? Bien. Déjame que te cuente algo.

En 1974, Berscheid y Dion estudiaron el efecto del atractivo físico en las atribuciones caracterológicas en la infancia. Para ello utilizaron a 77 niñxs, de diversas edades, y 14 adultxs. Lxs adultxs se encargaron de determinar el atractivo de lxs niñxs, y estxs de realizar las atribuciones caracterológicas (conductuales, en realidad).

La conclusión a la que llegaron, en resumidas cuentas, era que el atractivo percibido por lxs adultxs correlacionaba con la atribución de conductas positivas por parte de sus pares, especialmente si éstas coincidían con el correspondiente estereotipo de género. Es decir que las niñas más guapas eran consideradas por sus compañerxs como más afectuosas, responsables y ordenadas, y los niños más guapos eran valorados como mejores y más equitativos líderes.

Yo generalizaría, yo, y diría que la belleza (el atractivo) es leída como una marca de corrección, y que se extiende a todos los ámbitos, incluidos tanto el ético (ser buenx) como el dianoético (ser inteligente). El hecho mismo de identificar belleza y atractivo (error en el que cae el estudio) implica ya esta atribución, pues refleja que la cualidad de la belleza tiene un correlato automático en la voluntad (atrae), es decir, que el resto de los factores, dado que no pueden ser considerados triviales (bondad, inteligencia) han de ser considerados incluidos.

En el estudio no aparecía valorada explícitamente la inteligencia. No conozco, además, ningún estudio sobre adultos en el que se correlacione atribución de inteligencia y atractivo, aunque Berscheid y Dion realizaron otros en los que se correlacionaban con el atractivo diversas conductas, como la elección de pareja para una cita.

Mi hipótesis es que pensar que esta conducta es propia de niñxs es muy optimista (de hecho diría que lxs propixs investigadorxs no quisieron comprobar si algo así ocurría ente niñxs, sino si ocurría también entre niñxs, dando por hecho que ocurría entre adultxs).

Pero, como decía, no dispongo de datos. Aunque, si no recuerdo mal, teníamos un experimento a medias.

¿Volvemos a tu conversación?

Contéstate a una sencilla pregunta: ¿ha sido una conversación inteligente?

Estoy seguro de que sí. Estoy seguro de que no sólo has tendido a idealizar el encuentro, sino que has tenido la sensación de que necesitabas emplearte a fondo para estar a la altura.

Parece, se diría, que no es este prejuicio de atribuir estupidez a la gente guapa el que nos atenaza, sino, muy posiblemente, justo el inverso. No sólo la inteligencia, sino el resto de virtudes éticas y dianoéticas correlacionan con el atractivo. La persona atractiva no es sólo inteligente, también es equilibrada, justa, limpia… sí, sí. Limpia. ¿Verdad que la persona del experimento olía bien? ¿Y su voz? Templada. Perfecta.

Una persona inatractiva, al contrario, conlleva todas las atribuciones opuestas. Para qué regodearnos describiéndolas. Para qué.

Lo que me interesa señalar aquí es algo sencillísimo, pero que se nos suele pasar por alto. Estas atribuciones son atribuciones. Efectivamente. Son falsas. Con ellas le hacemos el juego a la lógica del valor sociosexual: Quien dispone de mayor valor sociosexual lo acumula continua y automáticamente. Quien no dispone de él lo pierde a chorros haga lo que haga. Y la culpa es nuestra, porque atribuimos mentiras. Porque juzgamos falsos olores. Falsas bondades. Falsas inteligencias. Y, por supuesto, por trivial que sea esto (para quien haya logrado que lo sea), falsas habilidades sexuales.

Pero entonces, ¿es que no existen los estereotipos de la rubia (guapa) tonta y del cachas cavernícola? Por supuesto que existen. Dos palabras sobre prejuicios:

Los prejuicios no son juicios equivocados, sino generalizaciones excesivas. Sí, a veces tan excesivas que su porcentaje de verdad se reduce dramáticamente. Pero eso no los invalida como recurso general. Ni siquiera a ésos tan supuestamente terribles en los que estáis pensando ahora.

Los prejuicios no se combaten con información, como se dice habitualmente (ni viajando, menuda chorrada), porque más información genera más espacios de conocimiento y más cuestiones nuevas sobre las que formamos prejuicios. Los prejuicios se combaten sabiendo que lo son, es decir, valorando equilibradamente su peso en la formación de nuestra opinión.

Deshagámonos de los prejuicios hacia los prejuicios.

Hay, ahora lo vemos, buenas razones para que se hayan formado prejuicios contra lxs guapxs normativxs.

La primera es que se trata de un prejuicio correctivo que sirve para compensar el otro que, como hemos visto, es mucho más universal.

La segunda es que un cuerpo normativo, bien leído, nos habla de obediencia y embrutecimiento. Claro que es una generalización grosera. Pero más grosero, o más estúpido, es obviar la evidencia de que quien se pasa el 50% de su ocio en un gimnasio pierde el 50% de oportunidades de estimular su psique con algo de más interés que su rutina laboral. Que quien realizar esa elección, y las infinitas elecciones restantes que le permiten coincidir con el aspecto normativo, es muy probable que venga ya perjudicadx de serie. Y que por muy inteligente y adaptativa que, concedamos la excepción, haya sido su elección, el tipo de entorno social al que lo entrega implica un exterminio neuronal.

Lxs guapxs no son imbéciles, porque están vinculadxs a la clase alta y, por ello, a la formación y la información. Y, ¿sabéis? De ahí parte la tercera razón por la que existe el prejuicio que ha suscitado esta reflexión. La atribución de estupidez al atractivo es, también, un prejuicio de clase. De entre las mujeres guapas, la tonta es la rubia tonta, porque es la guapa pobre. De entre los hombres guapos, el cachas cavernícola es el tonto, porque es el pobre machacado en el gimnasio municipal. Al cachas no cavernícola y a la guapa no tonta lxs tenemos tan naturalizadxs como atractivxs que ni vemos que están también forrados de ese aspecto forzosamente estúpido. Nuestro tan odioso prejuicio contra lxs pobres guapxs ni siquiera tiene poder suficiente como para alcanzar a quien debería ir dirigido e incorporarse a los mecanismos defensivos de clase. Es otra de las máximas que nos envían desde allí arriba para que nos despreciemos: vuestrxs guapxs son falsxs guapxs, porque aunque lleguen a ser guapxs, siempre serán tan tontxs como todxs vosotrxs. Nuestra belleza, al contrario, es verdadera, y como tal, síntoma del resto de las virtudes que nos adornan. Nuestra belleza es inteligencia. Repetidlo con nosotrxs: los ricxs nacen bellxs y fuertes. No necesitan pasar por el gimnasio.

El 99% de quienes hayáis llegado hasta aquí lo habréis hecho de corrido, sin realizar el experimento. O al menos es lo que habría hecho yo. Ahora tendréis vuestra opinión sobre lo que cuento, pero tal vez algunx de vosotrxs penséis “vaya, me gustaría tener la prueba empírica”.

No os preocupéis. No os preocupéis lo más mínimo.

La vais a tener.

En cuanto os olvidéis del texto y vuestro pensamiento vuelva a sus atribuciones automáticas sobre inteligencia os la vais a encontrar a raudales.

En unos minutos.

Tenemos el hábito arraigadísimo de esa lectura equivocada. Y la necesidad de cambiarlo; ésa también la tenemos.


miércoles, 4 de octubre de 2017

lo importante es la chispa.


Me dice un amigo que lo importante en una relación no es el físico.

Me echo a temblar.

Me cuenta que cuando vas conociendo a alguien el físico prácticamente desaparece, y que lo va sustituyendo una especie de cuerpo real, compuesto por lo que sabes de esa persona, y que a veces es mucho más feo que el cuerpo físico, y a veces mucho más hermoso.

“Por supuesto” -contesto.

Me explica que, independientemente del aspecto, las personas encuentran o no una armonía intuitiva y evidente, y que esa armonía es, sin duda, la mejor garantía para una relación. Me dice que no le gusta llamarla química, como se hace con frecuencia, ni energía. Me dice que imagina que es simple compatibilidad, y que no hay cuerpo, por muy atractivo que sea, que sustituya a la compatibilidad.

“Ajá” -digo yo.

-Pero claro, una cierta atracción previa es necesaria.

Le digo que me interesa mucho que desarrolle este ultimísimo punto.

-Es algo menor, pero sirve para que salte la chispa. Sin eso no se puede establecer la relación, porque las personas no llegan siquiera a planteársela. Tiene que haber algo, casi inmediato, y eso sí que entra por los ojos.
-Pero es menor, ¿no?
-Sí, menor.
-Pero previo.
-Previo, sí.
-Comprendo.

Mi amigo ya me está mirando como si yo pretendiera amargarle la conversación.

-No quiero decir que el atractivo físico normativo sea muy importante –aclara. No se trata de aceptar la dictadura de la belleza ni nada por el estilo. Es todo lo contrario. Ya he dicho que eso desaparece enseguida, y que en lo que hay que fijarse de verdad es en la compatibilidad y en la imagen que vamos formando a partir de lo que conocemos. Pero no podemos negar que hay una influencia del físico, por mínima que sea. Tú siempre defiendes que no hay que negar la realidad. Pues esto es una realidad. Si la negamos chocaremos contra ella.
-Tienes razón. Y se trata de devolverla a su verdadera proporción. En vez de tratarla como algo importantísimo, hacer hincapié en que sólo es un detalle.
-¡Eso! Exactamente eso.
-Me gusta la imagen de la chispa.
-¡Ah, me alegro! Si la quieres usar…
-La chispa no es nada. No es la madera, no es el oxígeno y, por supuesto, no es el fuego. Antes del fuego no hay chispa, durante el fuego tampoco. Se puede decir, prácticamente, que la chispa no existe.
-Sí, es imperceptible.
-“imperceptible”. También me gusta.
-…
-Imperceptible pero, sin embargo, lo aglutina todo: la madera, el oxígeno, el fuego… Es la condición necesaria. E invisible. Es el ser en la sombra. Es el juicio. Es la nota. Es el aprobado de todo lo demás.
-Bueno…
-El valor sociosexual es algo mucho más importante, si no te he entendido mal.
-Es la condición necesaria.
-Pero tiene mucha más importancia.
-Determina qué relaciones son y no son posibles. Es la condición necesaria.
-¡Pero la chispa es imperceptible!
-El valor sociosexual también. Tú sigues sin verlo. Hablas de compatibilidad, de conductas… de cuestiones humanas. Todo lo que sucede antes lo consideras sobrehumano, física, naturaleza. Algo sobre lo que no se proyecta tu atención porque has aprendido que ante ello estás indefenso. Sólo pasa. Y estás esperando a que pase. Es el hecho que determina si empieza o no el juego de la modesta libertad de las personas. Tu chispa es la chispa de la creación. Eso, a lo que no das importancia pero que no puedes impedir situar al principio de todo, es el aliento divino. Es el valor sociosexual diciéndote en qué categoría te está permitido competir; determinando tu nivel; bidimensionalizando tu vida relacional. La chispa te dice qué es lo que el mundo te permite hacer. La compatibilidad determinará si puedes soportarlo.
-No lo creo.
-Lógico. La creencia no rinde cuentas a nadie. Es libre. No se elige la verdadera, sino la que gusta.
-Entonces dime, a ver, ¿cómo se establece una relación con alguien que no te atrae? Si no hay deseo, si no hay…chispa, ¡si no hay nada! ¿Qué tenemos que hacer? ¡¿Ir contra nosotrxs mismxs?!
-No lo sé. Si por “nosotrx mismxs” te refieres a “esxs” que hace un momento se consideraban liberadxs del valor sosciosexual, entonces sí, porque su mala fe y sus engaños entre sonrisas son muy peligrosos. Si te refieres a los que ahora reconocen que son presa del valor sociosexual y que se muestran impotententes frente a él, entonces también. También tienes que ir contra esxs “nosotrxs mismxs”, porque son conformistas y cobardes. De momento no veo ningúnxs “nosotrxs mismxs” más. Si encuentras otrxs y me lxs muestras ya te daré mi opinión sobre ellxs. Pero abre bien los ojos, porque puede que, si esxs merecen la pena, no se autodenominen “nosotrxs mismxs”.

Se queda muy ofendido, mi amigo. No sé qué le he dicho.


lunes, 25 de septiembre de 2017

lo llamas "sexo", pero es sometimiento.


Afirmo con frecuencia que no sabemos qué es el sexo porque nuestro sexo no es sexo sino otra cosa.

Y como no tenemos nada más que eso a lo que llamamos sexo pero que no lo es, pues eso, el sexo, o no existe, o existe en un espacio tan reducido y oculto que no alcanzamos ni a verlo ni, mucho menos, a conocerlo.

Es una exageración, claro. El sexo aparece de vez en cuando, concretamente en cada ocasión en que lo otro a lo que llamamos sexo desaparece o se agota. Lo otro es el sometimiento, y cada vez que el sexo deja de ser atractivo, excitante y enloquecedor sometimiento, entonces aparece el sexo como actividad específica, propiamente sexual, esto es, referida a lo que el sexo dice de sí mismo: disfrute del placer facilitador del coito. No lo suele decir así, porque el sexo casi nunca usa un lenguaje preciso, pero esto es lo que pretende decir.

Sí, el sexo es eso que pasa cuando se acaba lo que llamamos “deseo”. Los desechos del sexo son el sexo. Por eso suelo simplificar diciendo que no tenemos sexo. Porque lo tenemos, pero no hacemos absolutamente nada con él. El sexo carece de cultura sexual. Es poco más que algo que pasa, casi por casualidad.

A lo que quiero dedicar el post es a reforzar la hipótesis primera: El sexo al que llamamos sexo hoy, nuestro sexo, no es sexo, sino sometimiento. Daré para ello cuatro razones. Así habrá una cierta variedad, como en las tiendas eróticas.


Históricamente, el sexo implica posesión.

Quienes estén familiarizadxs con el blog lo estarán también con este argumento.

“Poseer” ha sido siempre poseer a una mujer, y la ceremonia que realizaba la posesión era el coito. Poseer no es una figura retórica. Es la carga histórica de un término que hoy se pretende poético, pero que es siniestro, porque hace remover todas las implicaciones conservadas en nuestro contexto cultural traídas directamente desde el suyo. Que un hombre no adquiera posesión real sobre la vida de una mujer mediante la penetración no significa que la alusión a esa idea, tan próxima no sólo en el tiempo sino en el espacio, no vaya a remover emociones definitivas. Lo que el sexo ha sido hasta hace bien poco no desaparece de la cultura sexual de un día para otro.

No parece difícil entender el atractivo enajenante que implica la posesión sobre la vida, es decir, la adquisición de una esclava. El placer sexual (facilitador del coito) es absolutamente innecesario para explicarlo. Si se diera mediante una simple compraventa, o mediante una pura apropiación, el atractivo permanecería intacto.

¿Alguna vez habéis cogido setas? ¿Recordáis la excitación? Sólo eran setas. Imaginad lo que sería coger personas. Pues eso es el sexo: Coger y, por supuesto, ser cogida.
Nuestra cultura sexual es sometimiento explícito.

Hasta hace poco no era tan obvio, pero hoy a nadie se le escapa que “profundizar” en el sexo es, simple y llanamente, acercarse al BDSM. El BDSM es el mainstream de la masterclass. Por mucho que el mundo bedesemero se victimice y diga que la sociedad no respeta su idiosincrasia, lo cierto es que ocupa un lugar en nuestra cultura al que no podría haber aspirado ni en sus sueños más utópicos. El BDSM, es decir, la antítesis del modelo igualitario del sexo, está cerca de ser aceptado como sexo normal para quienes se sienten especialmente atraídxs por el sexo. Es decir, para todo el mundo.
Si más sexo significa más sometimiento, el razonamiento está claro. Lo que hay que agradecerle al BDSM es que muestre las cosas tal y como son.

Lo que el feminismo avanza por un lado lo recupera el machismo por el otro. A día de hoy la pornografía y el BDSM avanzan a galope tendido devastando el territorio de la igualdad.


Sin sometimiento no hay deseo.

Es casi el argumento complementario. De hecho, al BDSM no se accede siempre porque se busque más sexo, sino porque, en muchas ocasiones, el que se tiene se ha agotado. La manera de reverdecerlo es recuperar el carácter dominante y, para ello, hacerlo más y más explícito.

Volvamos a esa cama cenicienta en la que lxs dos amantes (heteros, para mayor claridad y perfección del estereotipo) se miran, desnudxs, impotentes, sin interés alguno por hacer nada unx con otrx.
Atrás quedó la fase de la conquista, en la que la incertidumbre azuzaba el deseo. Atrás quedó la fase de la ejecución de la conquista, en la que el sexo era salvaje y olía ligeramente a muerte

Atrás quedó la fase de afianzamiento de la conquista, en la que el deseo renacía cada vez que la conquista parecía peligrar ante la presencia de una nueva figura conquistadora. Atrás quedó también la fase en la que se intentó reavivar la sensación de conquista y, una y otra vez, se jugó a la primera cita, a ser desconocidxs, a violaciones y a control de la guardia civil.

Atrás quedó, por lo tanto, hasta el último vestigio de posesión posible. La posesión es ya definitiva y convincente. Está firmemente asentada en nuestra conciencia. El cuerpo que tenemos delante ha dejado de resistirse de manera alguna. Carece, por lo tanto de interés. El sexo mismo no nos atrae. Ahora que podemos hacer con él lo que queramos descubrimos que no hay nada que queramos hacer.


El sexo es insociabilizable.

¿Nunca os ha llamado la atención lo naturalizada que está la idea de que el sexo necesita privacidad?

A primera vista parece todo muy lógico. Estamos desnudxs, hacemos gestos feos, emitimos sonidos aún más feos, nos ensuciamos, nos decimos cosas íntimas…

El sexo público sigue siendo entendido como una parafilia, un añadido a lo que, en principio, parece que el sexo necesita ser.

Pero, ¿por qué va el sexo acompañado de todos estos elementos que dificultan su realización en espacios colectivos? ¿Por qué no puede el sexo moderar su expresividad hasta convertirla en algo civilizado, del mismo modo que se modera la expresividad al comer, por más canina que sea el hambre que tengamos?

Pensémoslo. Si lo que comiéramos fueran personas tampoco lo haríamos en público. Si lo que hacemos en vez de comer personas, que parece complicado, es escenificar su sometimiento de un modo que nos resulte convincente, tampoco parece que el espacio público, pretendidamente igualitario, sea el lugar más cómodo. Nuestro sexo no es público porque nuestro sexo no es tolerable para nuestros propios estándares éticos.

No es que seamos reprimidxs sexuales (que también, pero es una cuestión muy diferente). Es que nuestro sexo nos compromete, y elegimos la ausencia de testigos.
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Es manifiesto, por lo tanto, que el sexo, de suyo, no nos interesa, y que quienes abandonan lo que llamamos sexo es o porque están hartxs de perder en el juego del sometimiento, o están hartxs de no ser entendidxs como objeto digno de ser sometido, o porque, excepcionalmente, han entendido de qué va esto y, directamente, lo rechazan.

Tenemos, sin embargo, el espacio sexual disponible para construir algún tipo de cultura sexual. ¿La queremos para algo? Si decidimos probar sólo tenemos que ir al cubo de la basura y recoger todos esos trozos que habíamos tirado. A ver qué se nos ocurre hacer con ellos.

Porque lo otro que estamos haciendo, y que tanto nos atrae, y tanto nos preocupa perder, no es sexo. El sexo está siendo una coartada. Hemos disfrazado al asesino de payaso para poder decir que estamos en el circo. Y luego, cínicamente, advertimos: “cuidado con el circo, que tiene peligros. Al circo sólo con consentimiento”.


lunes, 4 de septiembre de 2017

pero, ¿qué te ha hecho a ti el gamos?


“Yo supliqué a mi amo que me impusiera más prohibiciones." 
Pamela (1740) Samuel Richardson


La idea de construir relaciones fuera del gamos no ha caído del todo mal.

A veces se ha propuesto su identificación con alguna de las modalidades no monógamas previas y conocidas, pero en general ha sido respetada incluso en el nombre que se daba a sí misma, ha sido considerada amable y enriquecedora, y hasta ha llegado a despertar cierta curiosidad.

La idea de rechazar abiertamente el gamos ha recibido una acogida muy diferente.

“¿Rechazarlo? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que alguien lo elija libremente? ¿Es que no puede ser la fórmula adecuada para nadie? ¿No es mejor disponer del mayor número de opciones posibles?” Y, por supuesto: “Decir qué es lo que el resto de la gente debe hacer, ¿no es fascismo?”

Es curioso que el término “agamia” ha sido, como decía, aceptablemente respetado allí donde ha sido leído como “vivir al margen del gamos”. “Soy ágamx. YO no establezco parejas. Podría llamarme anarcorrelacional o polisolterx, pero ME IDENTIFICO MÁS con el término ‘agamia’”. Todo bien.

Sin embargo, el derecho a la especificidad se ha perdido allí donde se ha entendido la agamia en sentido completo, no como libre opción, sino como pronunciamiento ético y político contra la pareja. Es entonces, insisto que esto es curioso y divertido, cuando se dice con vehemencia que “la agamia no es nada. Sólo es anarquía relacional con un nombre más pretencioso” (¡¡¿más pretencioso?!!). Si la agamia no se diferencia de los modelos previos, entonces puede disfrutar de un nombre propio. Seguramente se le deje incluso elegir color y bandera. En el momento en que se distingue radicalmente debe ser asimilada. El término exacto sería, claro, “fagocitada”.

Justo aquello que se considera inaceptable es lo que se dice que ya estaba antes. Entonces habrá que destruir lo que ya estaba antes, ¿no? Y si es algo que se está destruyendo, ¿a qué se va a sumar la agamia? Bueno… no seamos abusones con las contradicciones ajenas. Suficiente tienen.
Voy a intentar contestar a la pregunta sobre la conveniencia del rechazo al gamos más allá de la máxima liberal de que nada debe ser rechazadx porque todo está bien y todo enriquece.

Empecemos por el principio:

¿Qué es el gamos?

El gamos no es la pareja.

No es desencaminado asimilar los dos conceptos (yo lo hago a veces para facilitar la comprensión de los textos más enrevesados), pero el gamos es un categoría mucho más amplia. La pareja sólo es una forma de gamos. Concretamente es la forma de gamos que decide llamarse a sí misma “pareja”. Pero hubo gamos antes de la pareja y queda gamos en abundancia incluso allí donde el término “pareja” ha desaparecido o se considera superado.

El gamos es el vínculo por el que, en cualquier cultura y sociedad, quedan unidas de manera específica las personas que se disponen a reproducirse.

No soy etnólogo, y lo de “en cualquier cultura y sociedad” me queda grande. Pero me parece más que válida la hipótesis de que una cultura sin gamos es, por lo menos, algo absolutamente excepcional.

Así que el gamos es una especie de asignación, por la que al menos una mujer y un hombre quedan unidxs con un fin concreto. Esta asignación, para que tenga efecto, deberá ir envuelta de una normatividad concreta.

¿Cómo es el gamos?

Profanada la etnología, aprovecharé también para hablar de etimología como si supiera. Lo que voy a exponer es sólo una curiosidad imprecisa y circunstancial que agradecerle a wikipedia, nada más. Si la reflejo aquí es porque me parece, incluso con ese lastre, reveladora.

Nuestro lexema “gamos” proviene, sabemos, del griego clásico. Su traducción más aceptable es, precisamente, matrimonio. El matrimonio griego se parecía ya al nuestro en que se realizaba sólo entre dos personas, por entonces necesariamente mujer y hombre.

El término utilizado para el contrayente (hombre) era “gametos”. El feliz gametos, por lo tanto, desposaba a la… ¿gamea? ¿gametai? ¿gama?. No. Su nombre era “upametos”. Así, el gametos y la upametos formaban un gamos. O, como la relación etimológica invita a pensar, la upametos se asimilaba al gametos en el gamos, mientras que el gametos permanecía prácticamente inalterado. El gamos era, por lo tanto, algo que sólo le sucedía al hombre, porque el hombre era el sujeto.

Obsérvese que, si esto es así, el sentido del lexema se ha invertido desde entonces. Hoy llamamos “poligamia” al establecimiento de varias asimilaciones gámicas, normalmente poligínicas (varias mujeres asimiladas a un hombre). Sin embargo, y siendo rigurosxs con la etimología sugerida, la poliginia seguiría siendo monogamia, porque el gametos permanece único. Es precisamente el poliamor el que hace estallar realmente la monogamia. No, como se defiende a veces, porque introduce la pluralidad, sino porque introduce la pluralidad de gametos, de amos. El polidrama sería, en muchos sentidos, el conflicto entre gametos dentro de una institución, el gamos, que los entiende como incompatibles.

Sombras, pero también luces, del poliamor.

El gamos moderno.

Bueno, pero esa asimetría está ya superada. No hay más que leer a Carole Pateman para comprobar que, efectivamente, el advenimiento de la burguesía y la ciudadanía universal obligó al gamos a convertirse en matrimonio igualitario por el que ambas partes contraían las mismas obligaciones y preservaban los mismos derechos.
Si, es broma. Lo que nos cuenta Pateman es que el matrimonio burgués adaptó la esclavitud gámica de las mujeres a los nuevos valores de la libertad y que, inspirado en otras esclavitudes “libres” previas, desarrolló un discurso que conciliaba lo irreconciliable, es decir, libertad y esclavitud; un sujeto que se objetualiza a sí mismo convirtiéndose en algo así como un “objeto animado”. La más completa expresión de ese discurso, y esto ya lo digo yo, se llama “amor”.

Conclusión.

Nuestro gamos, es decir, el “matrimonio”, y su alternativa seglar e informal, la “pareja”, tienen estos ilustres antepasados.

Pocos argumentos tan jugosos se pueden esgrimir contra el gamos (al menos contra el nuestro, aunque suena lógico pensar que, en lo que se refiere al sometimiento de una parte por la otra, la mayoría habrán tenido y tendrán mucho en común) como que es el heredero de una institución esclavista. Empeñarnos en organizarnos mediante la readaptación de una forma de esclavitud, seguir intentando que las rejas sirvan de alas, parece algo más que irracional.
Pedir respeto frente a la equidistancia entre agamia y gamos suena a una de esos debates sociales que resultan extremadamente controvertidos mientras el sentido común y la legislación igualitaria no logran imponerse. Pero, cuando lo hacen, el debate queda, de pronto, obsoleto e irrecuperable, como si la sociedad hubiera dado un salto en el tiempo.

Y es que, sinceramente, ¿podemos imaginar una sociedad sin gamos que decidiera, como forma de progreso y de ampliación de opciones deseables, inventar el gamos?

Pues ése es el asunto.