lunes, 26 de diciembre de 2016

HETEROSEXUALIDAD: la fuente de la eterna juventud del patriarcado


La igualdad de género no sólo no progresa al ritmo que nos gustaría. Ni siquiera progresa al ritmo que esperamos.

El trabajo de concienciación y de búsqueda de influencia social, política y económica es grande y, sin embargo, índices como la diferencia salarial o las muertes por violencia patriarcal parecen casi inamovibles.

La aparición de fenómenos como el auge de la pornografía y de la prostitución nos hace además preguntarnos si lo que se gana por un lado no se estará perdiendo por otro.

Creo que la mayoría estamos de acuerdo en que la relación entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos es pobre, a veces desalentadora. Eso no significa que no seamos capaces de valorar lo obtenido hasta ahora ni que vayamos por ello a arriesgarlo. Significa, más bien, que parecemos acercarnos peligrosamente al límite de lo que se puede lograr, y que empezar a imaginar ese límite puede ser el primer paso para empezar a conformarnos.

¿Cómo es posible que el patriarcado esté oponiendo al feminismo una fuerza equivalente, o incluso mayor, que la que el propio feminismo despliega? ¿De dónde la saca?

No es suficiente decir que el patriarcado controla los poderes fácticos, o que tiene una inercia milenaria, o que existe el espíritu de la fratría que hermana inconscientemente a los varones contra las mujeres. No lo es, porque a un patriarcado aún más poderoso fue al que arrebataron privilegios nuestras antecesoras. No lo es porque la fratría inconsciente y milenaria no tiene la capacidad de solidaridad que tiene una sororidad consciente, politizada y en expansión. Y no lo es porque el patriarcado defiende privilegios, y la defensa de privilegios, precisamente por su naturaleza insolidaria, corre siempre el peligro de convertirse en lucha individual: si la oferta que me hace mi enemigo es mejor que la que me hacía mi amigo, cambio de bando. Así de sencillo.

El patriarcado tiene que ser algo más que una herencia que necesitamos cambiar. Algo más que un fósil. Algo más que una idea equivocada que cualquiera corregiría si prestara oídos al discurso feminista. Para que su vigor sea tan fresco y poderoso tiene que tener, en algún lugar, un motor vivo; una energía renovable; una fuente de la eterna juventud.

Mi opinión es que esa función la está desempeñando la heterosexualidad como idea de una humanidad dividida en mujeres y varones (a la que se suman progresivamente identidades derivadas de estas dos) en la que cada individuo establece como objeto “natural” de su deseo sexual una (o varias) de esas identidades. La heterosexualidad entendida así, por tanto, no es sólo la diferenciación por género, sino que a ésta se le añaden las consecuencias de esa diferenciación en la conducta sexual: identidad de género más orientación sexual. La ausencia de heterosexualidad sería la ausencia de orientación sexual por género, de la que se seguiría la tan deseada pérdida de relevancia social de la identidad de género.
En este texto intenté representar esquemáticamente cómo procedería la mecánica patriarcal en un entorno laboral concreto desde una perspectiva masculina individual. En el primer caso el patriarcado es un legado. Algo que las personas encuentran y que transforman a medida que intereses emergentes no específicamente patriarcales lo van convirtiendo en una estructura obsoleta.

Pero ése no es nuestro caso. El nuestro es el segundo. El de un patriarcado que no sólo encontramos sino que, por intereses plenamente actuales, presentes y vividos, reforzamos y acrecentamos.

La diferencia entre ambas descripciones era el interés sexual. En la primera, el otro género, aprendido como enemigo gracias a la cultura patriarcal, se va manifestando como neutro a medida que la experiencia corrige el prejuicio. Al final sólo queda el enfrentamiento económico, porque ése es el que sigue presente, el que se renueva cada día, sepultando a cualquier otro.

Pero si introducimos la heterosexualidad, entonces tenemos una nueva fuerza que actúa específicamente sobre la diferenciación por género, convirtiendo a cada uno en el objetivo del otro, en aquello cuya voluntad debe someter si quiere alcanzar la felicidad. Y esta idea actúa sobre la conciencia 24 horas cada día, 365 días cada año. En el entorno laboral y en el doméstico, entre personas casadas o solteras, adolescentes o ancianas, sexualmente privilegiadas o desfavorecias, monógamas o poliamorosas. Lo mismo da.

La heterosexualidad, lo vemos ahora, es la auténtica pila del patriarcado, del mismo modo que la lucha por la subsistencia es la del capitalismo. El patriarcado se va a renovar cada día, no sólo porque sea cómodo conservar viejas estructuras de opresión, sino, sobre todo, porque hay una razón muy presente y muy real que pone a todxs y cada unx de nosotrxs a trabajar en la revitalización diaria del conflicto entre mujeres y varones. Y en ese conflicto va a ganar, lógicamente, quien a día de hoy sea más fuerte. Con las mismas armas, a más conflicto, más desigualdad.

Ahora entendemos por qué los frentes actuales de crecimiento del patriarcado parecen, en su mayoría, lindar con lo específicamente sexual (prostitución, pornografía, violencia patriarcal entre adolescentes…). Entendemos también por qué la homosexualidad no es una alternativa salvo en la medida en que sirve para cuestionar la heterosexualidad naturalizada. Cuando mi objeto sexual es a la vez mi hermandad, el otro género pierde su lugar en mi mundo. Queda relegado y despreciado. Es un otro tan absoluto que mi empatía hacia él se reduce prácticamente a cero. Se convierte, por lo tanto, en el destino más probable de mi odio. Y ese conflicto se decantará de nuevo del lado del más fuerte.

La situación, por lo tanto, es la siguiente: Necesitamos asumir la lucha contra la heterosexualidad como componente forzoso de nuestro compromiso feminista. Combatirla debe ser uno de los ejes radicales, si no el más radical, del feminismo. Y, por supuesto, quienes primero debemos combatirla y expulsarla de nosotros mismos somos los varones.

Definirse como feminista radical y legitimar la heterosexualidad pasaría así a ser una nueva manifestación de feminismo liberal: “soy feminista en la medida en que el feminismo no entre en conflicto con mi proyecto de felicidad personal. Allí donde entre en conflicto diré que, dado que es mi legítimo derecho elegir la forma de mi felicidad, esa forma pasará a llamarse también `feminismo’.”

Ésta es la razón por la que considero que la agamia es el único modelo relacional radicalmente feminista. Sólo la agamia y la monogamia se atreven a ser prescriptivos en algunos de sus fundamentos. La monogamia lo hace con el fin de imponer el inmovilismo patriarcal. La agamia con el de progresar, pero no en la línea errática que determine nuestro ser deseante, sino en la que tracemos desde una conciencia colectiva y ética, es decir, igualitaria.

Pero la agamia no es una patada en el culo de nuestros deseos, ni una exigencia moral inasumible. Todo lo contrario. Describir y desarrollar la agamia conlleva no sólo establecer los objetivos, sino también construir las herramientas que nos permitan llegar a ellos por un camino en el que el fin y los medios vayan siempre de la mano. Un camino que pronto nos resulte más estimulante que nuestro viejo mecanismo deseante heterosexual.

Hablaré en algún otro texto de ese camino.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

recomendación de textos básicos (II)


Continúo con algunos de los temas cuyos textos más representativos quedaron sin indicar en el texto anterior.

-Hay una barbaridad de textos sobre sexo en el blog. Cuando, hace casi cuatro años, escribí la mayoría de ellos, tuve un cierto sentimiento de culpa. Que el tema me resultara tan prolífico en comparación con otros podía ser síntoma de que, como afirma el prejuicio ante cualquier no monogamia, el sexo era mi verdadero interés, y todo lo demás sólo un envoltorio para hacerlo presentable.

Hoy mi opinión ha cambiado. Ahora pienso que el sexo no sólo es mi verdadero interés, sino que debe ser nuestro verdadero interés. Pero no su realización, claro, y menos en su forma patriarcal o su evolución neoliberal. Pienso ahora que el sexo debe interesarnos, y mucho, porque es el lugar desde el que se cuecen la monogamia y el patriarcado. Es lo que más necesitamos entender y lo que más necesitamos transformar. Y además es uno de esos temas que podemos trabajar desde casa, sin necesidad de hacer activismo ni convencer, porque lo normal es que nos quede a todxs un largo, atractivo y fecundo camino personal e interpersonal por recorrer.

El tema en el blog está muy abierto y, mientras sigo buscando la forma y el tiempo para sintetizar todo el contenido en un solo texto (que no podrá ser una breve post de blog, me temo) dejo aquí tres entradas que, sobre todo si se leen en orden, pueden dar una idea tanto de cuál es la propuesta ágama con respecto al sexo, como de cuál ha sido su evolución en el tiempo. Como en algunos otros temas, hay aún más propuesta en negativo (deconstructiva) que afirmativa. No es que pretenda dejarlo así, pero es importante no confundir la negación con la impotencia. La negación de la cadena es la libertad.

            designificación (texto en negrita)
            grado cero del deseo
            sexo sin objeto

-no estoy nada satisfecho con la exposición de la idea de género, y de crítica al género, que se deriva de la agamia. Es sabido que el énfasis no se pone sobre el ser del género, sino sobre su deber ser, es decir, no sobre la descripción sociológica del género sino sobre el camino que nos puede permitir desembarazarnos de él. 

El texto básico es ya antiguo e ingénuo, y los textos más recientes (1, 2) tratan cuestiones parciales. Pero como identidad de género y orientación sexual son, en mi opinión, dos caras de absolutamente la misma moneda, os remito a este texto sobre heterosexualidad (próxima publicación).
-el tratamiento (en sentido tanto analítico como pseudoterapéutico) de los celos, y su transformación en indignación, sí están ordenadamente presentados, desde éste hasta éste. Tenemos, además, este texto más reciente sobre su herramienta más importante: las expectativas razonables.

-los textos de la etiqueta ORIENTACIÓN RELACIONAL están escritos con la intención de ser claros y prácticos (no os riáis. Lo serán aún más, y entonces la agamia se convertirá en un plan cristalino que nos transportará como por encanto a la felicidad relacional. Lo sabéis tan bien como yo). Tratan temas diversos y están enfocados a modelos y esquemas relacionales variados. En ningún caso pueden sustituir a las sesiones de orientación relacional, donde, sobre todo, analizamos situaciones individuales y esquemas personales, y donde la reflexión distanciada y en común nos permite entender nuestra situación relacional con una perspectiva amplia. Pero los textos pueden ser muy útiles como ejemplos, o como exposiciones concretas de aspectos puntuales de la propuesta ágama. Dejo aquí algunos de los que han parecido gustar más.

            ¿de quién nos enamoramos?
            ¿cómo se abre una pareja?


Por último, quiero recordar que no hay diálogo más fértil que el que se establece entre la teoría y la práctica, y que si queréis conocer gente ágama o próxima a la agamia podéis solicitar vuestro ingreso en el grupo de Facebook mandando un mensaje privado tanto a las comunidades “Agamia” y “contrael amor”, como poniéndoos en contacto conmigo de cualquier otro modo que se os ocurra.



lunes, 19 de diciembre de 2016

¿por qué se regenera el patriarcado?


Llego esta mañana a la oficina y encuentro que, en el puesto que dejó Raúl, y que lleva tantas semanas vacante, hay una mujer.

Mis alarmas se disparan. Tengo experiencia en mi trabajo y he desarrollado un cierto instinto que me dice cuándo algo es una mala decisión.

Por otro lado, tampoco hace falta ser un genio: Nunca había trabajado una mujer aquí. Y todos sabemos que la empresa lleva años funcionando óptimamente. ¿Qué sentido tiene hacer un cambio en la política de contratación? Es un riesgo innecesario y, por lo tanto, estúpido.

Pasan las semanas y la nueva se ha adaptado. Es competente, no cabe duda, como cualquiera de nosotros. Desde ese punto de vista no espero ninguna repercusión negativa. Pero me preocupa su relación con el resto de la plantilla. Me preocupa el ambiente. Hasta ahora nuestro trato, dentro de las tiranteces propias del trabajo, era próximo y amistoso. Es cierto que todos no nos llevamos igual, y que se puede hablar de grupos, pero esos grupos tienen suficientes cosas en común como para que podamos compartir un café, una cerveza o una cena. Sin embargo, una mujer… ¿Cómo va a superar sus diferencias con nosotros? ¿Cómo se va a integrar?

Hace cuatro meses que Silvia está aquí. Es uno más. No se lleva igual con todo el mundo, claro. Sus temas de conversación favoritos no siempre son los nuestros. Pero “los nuestros” es una generalización inadecuada. A mí mismo me aburre el obligatorio repaso del lunes a la jornada de liga. En cuanto al resto, mi compañero peruano vuelve a resultarme la presencia más incómoda, y su eficacia infalible, sus posibilidades de ascender por delante de mí, aparecen entre mis pensamientos más de lo que yo querría. Lo he comentado con ella, y me ha confesado que le sucede lo mismo. Dicen que no, que no me preocupe, que todo el mundo, incluso el jefe, lo mira con recelo, y que siempre cobrará menos que nosotros. Pero, aun así, no me fío.

Bonita historia. Aceptable, al menos. Las estructuras patriarcales ceden lenta pero inexorablemente al sentido común hasta que se alcanza una igualdad similar a la que existe en el resto de nuestras relaciones. No una verdadera igualdad, pero sí algo bastante parecido a la supuesta igualdad de la que disfruta el colectivo privilegiado entre sus pares. Homeostasis.

Pero ésta no es la historia que estamos viviendo. En la que vivimos esa progresión es muy lenta, casi inexistente. A veces se diría que avanza hacia atrás. ¿Por qué? Porque nos falta un dato. Nos falta El Dato.

Incluyámoslo, y veamos cuánto cambia la historia:

Hace seis semanas que Silvia está aquí. He de reconocer que estaba equivocado. Su trabajo no sólo es tan bueno como el de cualquiera. Además ha aportado un toque de color y de alegría a la oficina. Ahora hay más vida. Nuestro compañero peruano está especialmente transformado. El otro día apareció con un ramo de flores. Eso provocó un momento de recochineo, pero todo acabo con buen tono. Creo que es la primera vez que me hace verdadera ilusión la cena de Navidad.

Han pasado cinco meses desde que llegó. La atmósfera es irrespirable. A estas alturas no sé si hay algo de ella que salvaría. Es el silencio, sí. Pero también es la tensión, incluso el odio. No diré que me dejara indiferente la sorpresita de la cena, con las atenciones del jefe, y las sonrisas de ella. Que haga lo que quiera. Pero, ¿le da eso derecho a comportarse con altivez hacia mí? ¿Qué pensó que quería cuando le propuse tomar algo después del trabajo? ¿Puede soportarse tanta vanidad?

Suenan rumores de ascenso, y dicen que apuntan a ella. Si el jefe fuera ecuánime, si mirara por la empresa, lo que tendría que hacer es despedirla. Y largar de paso a su amiguito peruano, su pañuelo de lágrimas. Pero no: tanta sonrisa, y tanto arreglarse, y tanto victimismo, la van a colocar en cinco meses donde siete años de trabajo no me han colocado a mí. No quiero decir lo que me parece. Sé que no debo escribirlo, ni siquiera aquí. Pero lo estoy pensando. La palabra está escrita ahora mismo en mi cabeza. La estoy leyendo con completa claridad.
Efectivamente: El factor que nos faltaba era la heterosexualidad.

Ya la hemos aislado. Seguiremos informando.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

gracias "Patria".


Se creían los puteros y los porneros que éramos idiotas.

Se pensaban que dándonos un poquito de coba ya nos iban a tener comiendo de su mano. Se habían hecho a la idea de que nos la iban a meter, que es el tipo de imagen a través del que se conforman sus pensamientos.

Habían dicho: “Venga, que el año pasado encontramos el truco. Que con colocar a alguien que se nos haya hecho famoso por lo que sea (aunque sea por hacer el ridículo) y ponerle a decir cuatro chorradas buenistas (aunque no haya quien se las crea), ya todo el mundo traga. Lo único que necesitamos es que repita mucho “follar”. Tenemos la gallina de los huevos de oro de la ideología. Tenemos “follar”.”

Y habían pensado que con el feminismo iba a ser igual: “La chica ésta nos viene de miedo. Y como es mujer, y por lo visto va de feminista, de paso engañamos a las rancias de las feministas, que son un grano en el culo.”

Se pensaban que el feminismo es un producto, como lo que ellos hacen, o que le vale todo, como al porno, o que está corrompido, como ellos.

Pues la cagaron bien.

El día de su lanzamiento “Patria” fue un exitazo sin matices. Todo el mundo lo vio, lo compartió y lo elogió. “¡Qué atrevido!” “¡Eso es hablar claro!” “¡Zasca a la hipocresía!”

Pero el segundo ya se vio que algo no estaba saliendo bien. El vídeo seguía compartiéndose. Pero ya aparecían preguntas incómodas “¿Aquí hay verdadero contenido o es el uso de cuatro tópicos?” “¿Pero esto no lo paga Apricot?” “¿Un proxeneta tiene legitimidad para dar lecciones morales?”

El tercero empezaron los calificativos: “ridículo”, “vergonzoso” y, por supuesto “HIPÓCRITA”.

Y el cuarto las redes se inundaron de artículos poniendo en negro sobre blanco lo que era esa repugnante estrategia de marketing para vender mujeres convertidas en carne consumible y desechable, y para convencer al resto de las mujeres de que lo mejor que podían hacer era pasar por la carnicería e irse quitando la ropa.
Entonces empezaron las polémicas, los debates, el rebrote de los viejos enconamientos y, cómo olvidarlo, la omnipresencia de la inefable Amarna Miller, explicándonos a tantxs tontxs como en el mundo somos cuál es la verdadera definición de “pornografía”, cómo se distingue realidad de ficción, y lo feliz que es ella y que son todas las otras prostituidas y pornografiadas a las que ella, desde su infinita y generosa modestia, representa.

Pero ya era demasiado tarde, porque la máquina crítica feminista estaba en marcha, y esta vez había hecho presa de verdad. Así que el vídeo pasó del cuestionamiento al descrédito, del descrédito al desprecio, y de éste al escarnio más acerbo y a la parodia más demoledora. En algún sitio leí que se pedía a @ivánlagarto hacer un montaje de denuncia de su cinismo, como aquél en el que le puso un bolero al mensaje navideño de Felipe VI. Yo todavía no pierdo la ilusión.

Y la evolución de la imagen de Mi Patria se tradujo en la evolución de la opinión de personas concretas. Por todas partes aparecían matizaciones, correcciones, cambios de 180 grados: “Me encantó el vídeo cuando lo vi. Ahora me da asco”. Eso una y otra vez. Y se ganaban todos los debates. Todos. En todas partes. Daba igual si era un grupo abolicionista o de “familiares y amigxs de Amarna”.

Pero lo que se estaba ganando, o decidiendo, no era el destino del vídeo del Salón. Era mucho más. Era la gran controversia feminista entre proprostitución y propornografía frente a antiprostitución y antipornografía. Sin quererlo, los muy lumbreras de Apricot nos habían dado la herramienta perfecta para analizar, ponernos de acuerdo y llegar a conclusiones. Por fin.

Y por fin se vio de una manera clara y distinta que tras los argumentos “pro” no había nada. Que desde hace mucho tiempo se alimenta el fantasma de un debate, pero ese debate está más que terminado. Que la imagen que se construye de lo “anti” es un espantajo para dar miedo, y que la mayoría de las personas “anti” y de sus posiciones no se parecen a él en nada. Que la gente “pro” hace guerra de guerrillas argumentativa, porque ha perdido toda la confianza en el enfrentamiento abierto de las razones. Que llegaban, insultaban y huían. Que decían que estaban hartxs del feminismo blanco hetero, que qué pereza, que si las SWERF. Pero siempre quedaban en evidencia.

Así que, vista la situación desesperada, las pocas personas que fueron quedando comprometidas a muerte con el “pro”, lxs recalcitrantes del “pro”, esa gente que pone al “pro” antes que al feminismo, tuvieron que recurrir a la invocación disciplinaria de la sacrosanta unidad: “¡No dividamos al feminismo!”.

Y, claro, nadie quiere dividir al feminismo. Así que volvimos al respeto, al “es sólo mi opinión”, y al “ante todo, sororidad”.

Y ahora estamos con la duda de si el consenso fue un espejismo producto del entusiasmo, o un paso adelante, una enorme oportunidad que, eso sí, se nos puede escapar de las manos.

Y yo, es sólo mi opinión, creo lo segundo. Creo que se ha escenificado definitivamente la falta de argumentos feministas del lado “pro”, y que hay que llevar la escenificación a sus últimas consecuencias. Creo que hay que dar por zanjado el debate sobre prostitución y pornografía, al menos en lo que se refiere al enfrentamiento entre “anti” y “pro”. Y creo que hay que hacerlo a todos los efectos que son, sobre todo, la divulgación de sus conclusiones. Creo que hay que decir, de una vez, y sin complejos ni culpas, que las posiciones “pro” no son feministas.

Creo, repito, que hay que llevar la escenificación hasta el final, porque “Mi Patria” ha producido una notable deserción en el bando “pro”, pero lo que necesitamos es una desbandada: que todo el feminismo esté unido. Unido, eso sí, del lado del feminismo. Por eso hay que decirlo claro y público. 
Y quien quiera refutar, que refute. Pierden siempre.

Y que nos digan, cómo no, que eso es dividir al feminismo. Sabemos que el feminismo ya estaba dividido, porque a día de hoy hay neoliberalismo en el feminismo, y decir que hay un feminismo neoliberal y uno que no lo es, pero que los dos son feminismos, es como decir que hay un feminismo feminista y un feminismo antifeminista. Y sabemos que esta división bloquea su eficacia, su difusión, su expansión. Nos dirán que eso es partirlo por la mitad, pero a mí me parece que es justo lo contrario. Si conseguimos terminar esta escenificación de la elección definitiva del “anti” lo que haremos será romper la cáscara neoliberal que atenazaba nuestro crecimiento y disponernos para una nueva expansión social. El feminismo ha crecido mucho, pero en ese crecimiento ha absorbido, o se le ha infiltrado, mucho no feminismo que, en parte, lo ata. Que crezca de nuevo, y que quede fuera, si lo desea, quien no sepa cómo defender sus posiciones con argumentos feministas.

Es cierto que Mi Patria ha conquistado corazones fuera del feminismo, y seguramente ahora hay más gente “pro” que antes del vídeo. Pero en el feminismo hay menos. Mucha menos. Y lo que hace falta para que toda esa gente no feminista nos escuche a nosotrxs, en vez de a puteros y porneros, es que les hablemos con una sola voz. Si la conseguimos, y estamos a un paso de hacerlo, dará igual a cuánta gente se haya ganado el engendrito publicitario.

lunes, 12 de diciembre de 2016

el vacío gámico


Nos quejamos con frecuencia, con mucha frecuencia, de que las parejas alejan a las personas de sus amistades.

Y nos quejamos porque lo comprobamos continuamente: El entusiasmo amoroso siempre tiene como víctima colateral una parte de las relaciones.

A veces se trata de una reducción selectiva (dejo de quedar con el grupo de patinadorxs, con los que tampoco tengo tanta implicación, pero sigo saliendo con la gente del trabajo); a veces de una reducción general (sólo veo a alguien fuera de mi pareja una vez a la semana, le toque a quien le toque); a veces de la eliminación de mi vida de varias personas concretas (algunas relaciones conflictivas dejan de merecerme la pena).

Quien lo vive desde fuera de esa pareja, decía, suele quejarse: Otra vez la misma historia. Crees que tienes amigxs hasta que se lían. Luego ya volverán. Pero, mientras tanto, ¿dónde están? ¿Y si es ahora cuando lxs necesito? Además, ¿no decían que ellxs nunca lo harían?

Desde dentro, sin embargo, hay mucha más tolerancia con el abandono: No tengo tiempo para todo. Hay que disfrutar de las cosas cuando se tiene la oportunidad. Mi relación tiene problemas propios que tengo que resolver, pero que tampoco me apetece airear.

Afortunadamente, esta tolerancia no es ya lo que era, y la idea de que las relaciones de pareja no deberían repercutir negativamente sobre el resto se está convirtiendo en norma general. Incluso se dice que es insano para la pareja misma, y que puede ser síntoma de que estamos ante una “relación tóxica” o de “amor romántico”. Se propone entonces como receta, por el bien de la propia pareja, y por el bien de las relaciones sociales en general, alimentar el resto de las relaciones, las no-parejas, de un modo más “horizontal”.

Estamos viendo, de todos modos, que la receta es insuficiente, y que una cosa es decir que eso es lo que tenemos que hacer y otra muy diferente que logremos parar la escabechina. Algo sigue pasando cuando aparece la pareja que convierte la vida relacional anterior en un sueño inaprensible.

La receta no funciona porque no hemos diagnosticado bien el problema. Voy a intentar acercarme un poco más a él. Para ello hablaré de “gamos”, y no de pareja, porque es el término genérico para la pareja y para todas sus formas homólogas, sea cual sea su nombre o el disfraz con el que se engalanen.

Si representamos nuestras relaciones en un esquema vertical donde la altura determine la calidad, profundidad e importancia de cada relación, el conjunto adoptará, en la mayoría de los casos, el aspecto de una pirámide. Abajo encontraremos una amplia base de relaciones poco desarrolladas, y en la cúspide el pequeño grupo de aquellas que son más importantes para nosotrxs.
Lo normal es que esta pirámide sea un continuo, o que sus discontinuidades sean escasas y poco definidas (que estén dispersas, que no ocupen un espacio claro, que evolucionen en breves lapsos de tiempo, etc…). Cuando establecemos un gamos, sin embargo, la pirámide se corona con un “piso flotante”. Por encima de su cúspide, y a una notable distancia del resto de ella, aparece esta relación superior llamada “gamos”.
Lo que caracteriza al gamos es, precisamente, ocupar esa posición. Se llama “ser especial”. Si el gamos tuviera contacto con la pirámide sólo se distinguiría de otras relaciones por la persona con la que la mantenemos. Llamar a esa relación “gamos”, “pareja” o cualquier otro nombre que la distinguiera no tendría sentido. Incluso si estuviera en la cumbre entraría en contacto con las relaciones que también lo están, y tendríamos que decir que las otras relaciones también son gamos, también son parejas. Pero entonces todo ese grupo de parejas tendría que separarse del resto para que el continuo de la pirámide no volviera confusa a la relación gámica.

El espacio intermedio es imprescindible.

Bien. Volvamos a la pirámide anterior al gamos.

Puede ocurrir, aunque parece improbable, que la pirámide constituida por el conjunto de todas las relaciones de una persona esté claramente rota, y que falte, por decirlo así, algún piso en ella. Más improbable aún es que ese piso sea justo el situado precisamente entre la persona con la que nuestra relación es más importante (con nuestrx mejor amigx, por ejemplo), y el resto. Puede ocurrir, por qué no. Puede suceder que dos personas hayan encontrado tal grado de sintonía que a lo largo del tiempo su relación haya llegado a ser incontestablemente más importante que la que tienen con lxs demás. No es lo normal en entornos donde nuestras relaciones son numerosas y diversas, pero puede ser relativamente frecuente allí donde las circunstancias sociales hacen que el número de personas con las que entramos en contacto se reduzca dramáticamente.

Pero el gamos no funciona a posteriori. El gamos no se establece como constatación de que una persona ha llegado a ser mucho más importante que el resto. El gamos se decide por un pacto cuya velocidad, si se compara con la velocidad a la que se forman los otros vínculos, es supersónica. A veces hace falta un mes. A veces un día. A veces un momento: “¿Quieres salir conmigo? Sí.”

Por eso el gamos no puede ocupar la posición que se atribuye a sí mismo. El gamos no puede ser más importante que las más importantes de nuestras relaciones. Queremos que lo sea pero, al menos de momento, no lo es.

Para lograrlo recurrimos al vacío gámico. El vacío gámico es el hueco relacional que creamos entre nuestro gamos y las siguientes personas más importantes, aquéllas que amenazan con hacer confuso el gamos: las que más vemos, las que más queremos, las que más deseamos. Como el gamos no puede ascender milagrosamente, es necesario que toda esa gente baje.
A nosotros esa gente nos molesta sólo un poco, el poco que nos incomoda a la hora de pensar que tenemos una relación maravillosa, y una conexión mágica, y muchas veleidades así. Pero a quien de verdad molestan esas relaciones es a la persona con la que formamos el gamos. Y a nosotrxs, por supuesto, nos molestan las suyas. Somos nosotrxs quienes exigimos el vacío gámico en su pirámide (aunque lo disfracemos de otro tipo de exigencia). Nosotrxs somos las termitas de su construcción relacional, el peligro que se cierne sobre ella una vez que se pone a nuestro alcance. Y a cambio de mutilarla para que nos quede claro que somos especiales (millones de mensajes legitimadores nos dicen por todas partes que sólo aceptemos como pareja a aquella persona que nos haga sentir especiales) toleramos, qué remedio, que nuestra pareja destruya las nuestras.

Ahora entendemos en qué consistían las estrategias que mencionaba al principio. Si elimino a unas pocas personas incómodas es muy probable que me esté refiriendo a exparejas o amantes potenciales, y que marque con ello una distancia sexual entre el gamos y el mundo. Si establezco una cuota reducida de vida social envío un mensaje general: todo queda subordinado al gamos, y el gamos no se subordina a nada. Si elimino de mi vida al grupo de patinadorxs, que no eran demasiado importantes, la pirámide pierde su base y el conjunto se desploma, dejando en lo alto el anhelado hueco entre el gamos y todo lo demás. Consagrando la pareja gracias al vacío gámico.