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lunes, 21 de julio de 2014

fusión


Me dice una amiga que la pareja es lo que empieza cuando se pasa la fase del enamoramiento y sigues enamorado.
Le digo que las paradojas son fórmulas mnemotécnicas, pero que no expresan una verdad sino, precisamente, una mentira, un error que se debe solucionar. Le digo que no deberíamos ser condescendientes con las paradojas.
Reflexiona un momento y me dice que la diferencia entre el enamoramiento “1” y el enamoramiento “2” es el control. Me muestro de acuerdo hasta que me dice que se nota el final del primer enamoramiento porque empiezas a controlar, a ser capaz de hacer otras cosas, a recuperar tu vida. Que en el enamoramiento 1 no controlas y, cuando empiezas a controlar, ya se le puede llamar “pareja”.
-Entonces, ¿lo que piensas es que son tus emociones lo que controlas?
-Eso es. Al principio hay un descontrol total, y apenas puedes abordar ninguna otra tarea. Pero llega un momento en que te rencuentras con esa capacidad. Si, una vez aquí, sigues enamorada, da comienzo la pareja.
Me parece muy grave todo esto que expone mi amiga. Es una teoría y eso también es malo, porque seguramente habrá cogido cariño y le estará sirviendo para explicar multitud de casos. Es seguro que no es la primera vez que la expone, e incluso cabe que esté esperando por mi parte la reacción de reconocimiento que habrá visto ya en otras personas cuando la exposición llega a este punto.
Pero lo realmente peligroso es que mi amiga tiene pareja, desde hace un tiempo considerable, y me dice, la muy loca, que “ya controla”, es decir, que ella es el origen de sus propias emociones. Vive con alguien pero ha concebido a ese alguien como alguien incapaz de ser sujeto para ella, de “afectarla”. Lo malo no es que haya objetualizado a un sujeto, o que eso pueda significar que ya no lo quiere, o cualquier otra interpretación que constituya una decepción romántica. Lo malo es que cree que va en coche cuando, en realidad, está subida a un caballo, y si piensa que va a funcionar según las leyes de la mecánica se expone a desnucarse en cualquier seto. En realidad no es un caballo, es un dragón. Bueno, es una persona. Está subida a una persona y se cree que pasea en triciclo por el parque. Eso es.
Pero yo no sé cómo explicarle esto sin perder el hilo, porque me da la sensación de que el cambio de paradigma es tan amplio que, lo empiece por donde lo empiece, se me deshará la tortilla al darle la vuelta, y ése es un muy mal efecto si se quiere resultar persuasivo.
Así que sigo tocando botones, como si el triciclo fuera ella. Un triciclo de esos… con botones.
-Lo que no entiendo es por qué se produce el cambio. Me describes un cambio, pero no sé por qué llega.
-El descontrol acaba cuando te fusionas.
-¿Qué?
-“Fusionas”. Te fusionas con el otro.
-¿Me hablas en serio?
-Claro. Cuando los dos organismos se derriten para formar un magma informe e indisociable a unos 3000 grados centígrados… hablo en serio, lo cual no significa que lo haga literalmente.
 
 
-Es una metáfora.
-Sí.
-¿De qué?
-De un estado psíquico.
-Que consiste, ¿en?
-En haber recorrido la vida del otro de forma completa, haberte unido a él en todas sus facetas y habértelo encontrado uniéndose a ti en todas las tuyas. Es como un acoplamiento existencial. Lleva un tiempo y se coge con tanta ansia que trastorna toda tu vida, pero, a partir de cierto momento, ya está: te has fusionado y, si el enamoramiento permanece, entonces comienza a existir la verdadera pareja.
A mi amiga le gusta tanto este concepto de “fusión” que se ha olvidado de justificarlo. De hecho, ni siquiera ha caído en que eso es lo que yo le estaba pidiendo desde el principio, y que la aparición del concepto de fusión no cambia nada.
-Sigo sin entender por qué se produce.
-Es un anhelo natural.
-No esperaba ese concepto de ti.
-Perdón, perdón. Quiero decir que está ontogenéticamente muy arraigado, que casi desde el principio nos desgarramos del mundo, del útero, de la madre, y buscamos siempre volver a fusionarnos con ellos o con símbolos de ellos.
-¿Eso es todo?
-Es un sentimiento muy fuerte.
-¿Un desgarramiento originario lleva a repetir la pauta una y otra vez a lo largo de toda nuestra vida, sin más evolución que el objeto amoroso, que una vez fijado no vuelve a cambiar? ¿Y funciona? ¿Resulta que nos sustituyen el mundo, el útero, la madre, por una pareja, y es justo lo que nos pedía el cuerpo? Entonces somos esencialmente neuróticos, ¿no? Nacemos neuróticos hasta que el amor nos desneurotiza mediante la fusión. Estamos biológicamente predeterminados para formar parejas. La selección natural ha introducido en nosotros el desgarro primigenio con el fin de perpetuar la especie.
-No sé de dónde viene, pero yo lo vivo de una forma muy clara. Primero busco fusionarme, y paso una época enfebrecida. Después, un día, descubro que ya lo he logrado, y se recupera la calma, pero, si hay suerte, con pareja.
-No creo que vayas a encontrar la explicación de la fusión si la llamas “fusión”, y menos si la conciber como un proceso de perfeccionamiento mutuo y, sobre todo, bien intencionado. Haz memoria, recuerda la primera época, recupera las emociones de entonces y dime qué generaba el desasosiego. Y no te trates bien.
-A priorizas el mal en el amor.
-No. Levanto la prohibición. Lo hago pensable. ¿Qué sentías? ¿Qué te desasosegaba?
-Supongo que todo. Era una montaña rusa de emociones.
-No supongas. Recuerda. ¿Cuáles prevalecían?
-A veces emociones muy malas, de mucha angustia; otras de felicidad exultante.
-Esfuérzate por recordar. Dime qué sentías en concreto. Lo más frecuente. La ideas más marcada.
-Cuando estaba bien, que éramos uno, que era mágico. Cuando estaba mal, que tal vez no me quisiera.
-Hasta que te convenciste de que te quería.
-Me convenció él. Tuvimos una conversación muy seria. Nos dimos cuenta de muchas cosas.
-Y ése es el punto de inflexión a partir del cual estableces el nacimiento de tu estabilidad. El día que has marcado en el calendario como aquél en el que recibiste la noticia de que no te iban a abandonar.
-De que me querían de verdad.
-Eso ya lo sabías. O tal vez no lo sabes aún. Pero ya no te preocupa, porque tu vida no depende de ello. Te quieran lo que te quieran, y como te quieran, ahora sabes que tienes pareja. Que no es un proyecto, sino una realidad, que funciona como tal, con la estabilidad incluida.
-Eso es lo que digo. Que primero buscas fusionarte, como una loca, y cuando te fusionas vuelve la cordura.
-Tiras una moneda al aire y, mientras está en el aire, no puedes pensar en otra cosa porque todo el futuro depende de la cara de la que caiga. Cuando por fin lo hace, se restablece la vida segura.
-Pero aquí no hay ninguna moneda, no existe ese elemento artificioso de azar. No hay momento clave de transformación.
-No. Aquí el azar es previo. Aquí no se lanza una moneda a que vuele libre por los aires, sino que nos abalanzamos sobre la moneda que vuela libre para bajarla al suelo y determinar cuanto antes la cara con la que jugaremos. A ese abalanzarse lo llamas “fusión”, y consiste en unirse al otro en todas sus facetas vitales para llegar a una idea fiable sobre si va a ser nuestra pareja o no, sobre si es cara o cruz.
Lo que se descontrola en la fase de descontrol no son las propias emociones, sino al otro. Alcanzar la fase de control significa llegar a la conclusión de que el otro está controlado.
 
 
Mi amiga sonríe. Encuentra divertida la idea de que su pareja lo es como conclusión de ella y no de él. Le hace sentir, supongo, que “controla” la situación.
-Me suena bien.
-Eso es lo malo.
-¿Por qué?
-Porque olvidas que hemos pasado de un modelo cordial a uno hostil. De la fusión al control. Del acuerdo al contrato. Y todo cambia. En realidad, todo se derrumba. ¿En qué se basa ahora tu supuesta tranquilidad? Piensa en la de él, piensa en lo tranquilo que se siente él porque tú eres su pareja. Piensa en cuánto has cedido tú, a lo largo de la supuesta fusión, para generar en él un espejismo de control y conservar tu libertad secreta. Piensa cuanto has sofisticado esa libertad a medida que el control se sofisticaba. Piensa en lo compleja que te has vuelto, piensa en lo ingenuo que es él al pensar que te controla y, ahora, coge todo eso, y aplícatelo a ti misma.
-Lo estás magnificando.
-¿Sabe él que estás aquí?
-… No.

jueves, 5 de junio de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La guerra de las salamandras - Karel Čapek (1936)


 
                ¿Qué tiene que suceder para que el ser humano reconozca la existencia del otro como ser también humano?

                ¿Qué le hace descubrir en el otro una conciencia como la suya y, por ello, actuar en función de esa igualdad?

                O, invirtiendo la pregunta: ¿Hasta dónde puede el ser humano llevar la negación de la condición humana allí donde ésta se hace evidente?

                Čapek sólo responde, en realidad, a esta última pregunta: hasta que el reconocimiento se impone por la fuerza.

                Según la pesimista visión del escritor checo, el ser humano está especialmente dotado para anteponer su interés a su empatía o, dicho de otro modo, para utilizar su empatía sólo cuando ésta ofrece la ventaja de hacer aumentar el poder.

                Si esto es así, debemos pensar que nosotros mismos, orgullosos habitantes del s XXI, estamos negando la condición humana a todo aquél colectivo que no haya encontrado el poder para imponérnosla. Se nos abre, por lo tanto, un inmenso trabajo de identificación y comprensión de lo humano en aquellos espacios, precisamente, en que ningún interés particular nos hace ir a buscarlo.

                La mujer es, tal vez, el paradigma de esos colectivos, presente en toda nuestra historia como evidentemente igual y, a pesar de ello, carente de ese reconocimiento, aún hoy, salvo cuando su poder o el interés del hombre ha logrado imponerlos.

                Pero conformarnos con “mujer” como otredad a identificar es negligir la oportunidad, precisamente, de incorporar la más inclusiva categoría de “otro”. La clase genera a ese otro, sobre todo la superclase producida por las fronteras económicas. Hoy día, África está habitada por “salamandras” cuya muerte sistemática trataremos un día con la hipócrita indignación con la que nosotros tratamos la esclavitud americana del XIX. En los ancianos que potencialmente contenemos, es decir, en nuestro mismo futuro, en nosotros, fragmentados por el tiempo, somos capaces de establecer esa misma otredad. E incluso el género masculino es simplificado como el otro opresor de un modo que permite su deshumanización instrumental.

                El ser humano lo es, y el no reconocerlo como tal constituye una confusión de identidad, es decir, un recurso humorístico clásico que La Guerra de las Salamandras utiliza con una inteligencia deslumbrante, ofreciéndonos, en cada carcajada, la oportunidad de recordar, no lo que somos, sino en lo que nos convertimos al no reconocer lo que son los demás.

                Lo más frecuente es desaprovechar esta prodigiosa oportunidad.

sábado, 31 de mayo de 2014

CONTRALOVE FILMS PRESENTA: el "ex" nunca muere

            

             DRÁCULA, DE BRAM STOKER



El final feliz romántico tiene un poder del que  un guión apenas puede escapar. La extinción de la historia sin amor es, en nuestra cultura, una grave condena moral. Identificarnos con un personaje y acabar viendo cómo sucumbe, y nosotros con él, a la desgracia sentimental es, además, veneno para la taquilla, por lo que tiene en sí mismo de desagradable como experiencia narrativa. Sólo un espectador adulto y profundamente concienciado del problema que la historia trate está dispuesto a aceptar el desasosiego de verse advertido, precisamente en su espacio de ocio, de que algunos caminos, no lejanos, conducen a la soledad.

Nos han dicho que somos demasiado tontos como para ir al cine a pensar; que nuestro cerebro no está capacitado para ser sometido al estrés de hacer otra cosa que flotar en una nube de soma durante todo el tiempo que dure nuestro ocio. Nosotros, como nos regalaban los sentidos, lo hemos creído. Tenemos la obligación de actuar como si no fuera demasiado tarde, pero eso no garantiza nada.

El caso es que, hoy, rara es la producción que puede permitirse escapar a esta norma autoimpuesta por la industria cinematográfica. Para que toleremos que el personaje que nos acompaña dos horas, y al que a veces incluso dedicamos nuestra sagrada tarde del sábado, va a acabar como nosotros no podemos soportar pensar que acabaremos, es necesario que antes hayamos concedido que, encantador como es, encarna un vicio que la película nos va a ilustrar en detalle y del que nos va a enseñar a escapar. No le queremos mal, pero entendemos que, en el fondo, lo merecía. Nosotros no seremos como él.

Entonces, ¿qué sentido tiene contar la historia del hombre que, enamorado como dios manda, acaba condenado? Y, ¿cómo es posible que sea un éxito? ¿No es justo ésta la historia que no nos apetece encontrarnos?

Al primer golpe de vista, ni a mí me cae bien Drácula, ni creo que la intención sea que lo haga. Demasiadas cosas responden en él al cliché del villano como para que nos identifiquemos con su desgracia amorosa. Tanto los rasgos físicos (cara angulosa, bigote, mirada extraviada), como los caracterológicos, exaltación, violencia, crueldad, nos presentan al tipo de personaje a quien estamos habituados a odiar. Pero su segunda aparición, ya como vampiro, es definitiva. Lejos, lejísimos, de Cristopher Lee, o incluso de Bela Lugosi, Oldman se vuelve, no sólo odioso, sino generosamente repugnante. Esa especie de viejo afeminado, macilento y libidinoso es, seguramente, lo más lejos que Coppola ha sido capaz de llevar al personaje en su deseo por que nos inspire asco y, través del asco, aversión. Se diría que, mientras Reeves se encuentra en su mansión, más que los peligros que se ciernen sobre él, nos preocupan las interminables secreciones a las que parece ir a quedarse pegado.

 
Por eso tenemos claro que la historia debe favorecer al amor de los personajes vivos, y que el no-muerto debe, tarde o temprano, encontrar la horma de su zapato y sucumbir al final feliz. Lo constatamos, además, con cada uno de sus actos. El asesinato, la promiscuidad, el acoso, son casi el estereotipo del maltratador.

Sin embargo, todos sus movimientos lo aproximan al amor de Mina. Creemos que ella vive un engaño, que despertará cuando descubra toda la maldad que yace escondida bajo el proceso de seducción de Drácula. Esa esperanza se desvanece ante dos frases de Mina, la una pronunciada sin solución de continuidad con la otra, sin reflexión entre ellas, como si la barrera que debería separarlas fuera sobrepasada por la anegadora fuerza del amor.

-Has matado a Lucy. Te amo.

Muchos espectadores caemos en ese momento en que los engañados éramos nosotros. La declaración, la toma de partido, el contrato verbal, invierte el orden de valores de la narración. Nos habíamos equivocado de bando: el bueno era Drácula. Toca dejar las estacas, los ajos y los crucifijos, y desplegar nuestras alas de murciélago para no ser alcanzados por el fundamentalismo plebeyo y terrenal de Van Helsing. De hecho, será éste el primer momento en el que Drácula se encuentre amenazado y en inferioridad de condiciones y, como buen héroe, escape por los pelos.

Ya he hablado recientemente de la amoralidad del amor.

El amor establece unas reglas de comportamiento que deben ser seguidas para triunfar en el amor. Quien se aferra a ellas es bueno en el amor, y debe esperar que el amor sea bueno con él; quien las abandona sufrirá el castigo de la soledad. Pero el amor no necesita de sus feligreses para romperlas. Así, su camino sacramental es un viacrucis a lo largo del que se descubre la contradictoriedad de las reglas, y que culmina en el descreimiento total. Normalmente, el descreimiento llega demasiado tarde, cuando el mundo del amor nos ha considerado desechables. Entendemos entonces que no había tal moral, sino que era una zanahoria para que tiráramos de ese carro llamado familia, o llamado sistema, que considerábamos lo otro del amor y que era, en realidad, su razón de ser.

El amor nos la juega bien, el cabrón. Entran ganas de vengarse. Drácula, por ejemplo, lo hace.

A él no le salen las cuentas. Ha sido escrupulosamente obediente a todos los dioses sentimentales  y, sin embargo, éstos le traicionan. Su decisión es clara, y experimentaríamos su lógica como un humillante desprecio a nuestra mezquina resignación vulgo-romántica si no fuera porque estamos tentados de seguirle en su furia vengadora. El amor ya no es dios, puesto que falla. Ahora es un igual, y le debe algo, que se cobrará, aunque sea del propio amor.

Así, Drácula es el cobrador del frac del amor: la deuda incondonable que esa filosofía fraudulenta adquiere con nosotros en cada una de nuestras relaciones. Más allá de ser el espectro de la relación pasada, se trata del presente mismo de esa relación, convertido en eternidad inexcusable. El amor nos dijo que si obedecíamos nos ofrecería la felicidad. Y mira lo que nos da: no sólo ella muere, no sólo se nos dice que no nos espera más allá de nuestra propia muerte. Es que, para más burla hacia todo aquello que da sentido a nuestra existencia, resucita con otro. El fiel Drácula, que se atuvo al pie de la letra de sus promesas amorosas, se encuentra a Mina convertida en una monógama secuencial.

El amor no nos predispuso para esto de la secuencialidad. Lo que nos dijo es que era un sentimiento tan fuerte que nos cambiaría la vida entera; que nos ligaría a alguien de manera tan profunda que no podríamos jamás separarnos; que todo lo que hiciéramos inspirados por él tenía más valor que la vida y que la muerte; que dejáramos el alma, porque estaba bien segura. ¿Qué pinta, entonces, el advenedizo y profanador Jonathan Harker?

Drácula, como único y verdadero seguidor fiel de los preceptos amorosos, reencarnará la monogamia indisoluble, pese al futuro novio al que pese, y tenga el concepto de “ex” la prensa que tenga. En su siniestra condición de ex que no reconoce ese estatus, adquirirá rasgos absolutamente singulares y, a la vez, profundamente arraigados en nuestro inconsciente, tanto privado como colectivo. Es un murciélago, porque su capacidad para desplazarse, aparecer y desaparecer es la propia de quien no tiene otra ocupación que la obsesiva persecución de su amada. Es un lobo, porque su deseo sexual frustrado y arcaicamente romántico debe saciarse frecuentemente con seres inferiores, a los que devasta. Es un anciano repugnante, porque viene de un pasado que se abandonó y del que se quiere escapar por corrupto y vergonzante. Es un príncipe seductor, porque sabe todo de su amada, hasta sus sentimientos más íntimos, que convierte en debilidades emocionales por las que acceder a su corazón. Es un superhombre, más fuerte que cualquier hombre normal, porque en realidad es el único hombre entero, que se enfrenta a otros que son menos que hombres porque sus fuerzas están sensatamente repartidas entre diversos amores y ocupaciones en los que no les va la vida. Y es, ante todo, un vampiro, porque sólo él dispone del poder de inocular, con su mordedura, el veneno incurable del amor verdadero. Es este veneno el que contamina al convencionalmente secuencial Harker desde el momento en el que empieza a luchar por Mina, porque la lucha es, en sí, consecuencia del seguimiento literal de los preceptos del amor, que no concibe la sustitución del objeto del amor. Es el que empodera sexualmente a la casta Mina, dispuesta a seducir a Van Helsing como medio, pues la fidelidad real expulsa del reino del amor, hacia los territorios vírgenes donde machismo y feminismo, conservadurismo y progresismo, se confunden (y caen ambos, tal vez, bajo el calificativo peyorativo de “extremismos”).

Salvo el orgullo, salvo la dignidad de quien exige a hombres y dioses que cumplan su palabra, todo en Drácula es odioso. Pero todos reconocemos al odioso Dracúla que, dentro de nosotros, permanece desgarrado por la traición que lo destruyó, lo corrompió y lo convirtió en un monstruo que clama por salir a la fatal luz del día. Nos resulta tan sensual encontrar la oportunidad de identificarnos con ello, de reconocernos en las formas antisociales del amor, de entregarnos libremente a la amoralidad de la lucha amorosa, donde el bien y el mal han sido definitivamente relegados, que aceptamos jugar durante dos horas al monstruo maldito, a sabiendas de que, al final, tendremos que aceptar la muerte, y quitarnos el disfraz de carnaval que, en realidad, encarnaba nuestro yo íntimo.

Nada en Drácula nos es ajeno, salvo que él tuvo la valentía de enfrentarse hasta la muerte con el traicionero dios del Amor. Su derrota estaba predestinada desde el instante mismo en que acepto sus reglas.
 
Si algo de sentido se ha encontrado a esta interpretación de la película de Coppola, recomiendo vivamente la revisión de su famoso tema principal, junto con la letra, y la inspirada interpretación de Annie Lenox

martes, 27 de mayo de 2014

Agamia como lugar único para la ética de lo sentimental (y II)


Esta moral en continuo derrumbe que construye el amor, cuyo horizonte es el crecimiento del algoritmo “subjetivo” hasta la “relativización” completa de la moral, hasta la ocupación completa del espacio moral por las normas personales nacidas de la biografía adaptativa del individuo, carece de sostén ético alguno.

Puede afirmarse que en el amor no hay más ética, es decir, más distinción entre el bien y el mal según principios que el individuo pueda entender y valorar, que la simple adaptación creciente a las necesidades sexosentimentales del individuo mismo. En el crecimiento de la ira crítica frente a las traiciones del amor, el individuo se individualiza, se disocia moralmente de los restantes miembros de la sociedad, para aprender a reconocer y ocultar sus exigencias. Descubre así que la moral del amor adquiere coherencia sólo en el individualismo radical, es decir, allí donde el bien y el mal empiezan y acaban en el apetito de la misma conciencia que juzga.


Descubrir la coherencia subyacente a la ética contradictoria del amor es sustituir los principios contradictorios por el deseo subjetivo, por la “subjetividad” y el “relativismo” completos, para encontrarse con que, una vez realizada dicha sustitución, los principios contradictorios adquieren sentido conjunto. Su abandono como principios rectores de la vida colectiva los grana de sentido porque aporta el único principio que ellos no reconocen: la moral del amor no es la moral de una convivencia, sino del enfrentamiento de unos contra otros en pos de la satisfacción del apetito sexosentimental.

Tras la regla del “todos contra todos” deben necesariamente ocultarse  condiciones generadoras de ventajas que determinen una dinámica de explotación. El “todos contra todos” sólo puede ser un juego de cartas marcadas donde la victoria caiga siempre del mismo lado. El otro lado de la ética poética del amor es la explotación capitalista y patriarcal. El amor es presentado por el sistema como el ámbito donde logramos escapar del sistema, donde los principios rectores del sistema son abandonados a favor de una utopía moral en la que no sólo merece la pena refugiarse cuando el sistema nos concede una tregua, sino en el que merece la pena creer como alternativa sobre la que construir la oposición al mismo. Sin embargo, construir el sistema del amor es avanzar en el desvelamiento del sistema explotador que se pretende estar abandonando. El otro lado del sistema es el sistema mismo, dándonos la espalda.

Mediante los principios contradictorios que nos condenan al relativismo, el sistema nos discapacita paulatinamente para toda armonía social. A medida que ocultamos las adaptaciones personales de la moral del amor tras el telón de la subjetividad; a medida que acumulamos elecciones en favor del interés propio a costa de los principios que parecía proteger el interés común, y que lo hacemos legitimados por el relativismo amoroso; a medida que el amor nos descubre que su búsqueda es la búsqueda del interés personal, y que el amor es amor por el objeto de deseo propio; a medida que todo esto sucede, nos desligamos de nuestro compromiso con el bien común, de nuestra conciencia de colectividad, de nuestra condición de seres sociales. En el retraimiento de nuestra dedicación, del bien común al deseo individual, éste empieza a adquirir relieve. La auténtica ciencia del amor se convierte en descubrir las características de lo deseado. Saber de amor es, en última instancia, saber qué se quiere y, una vez “descubierto”, lanzarse a lograrlo con todos los medios que la amoralidad pone a nuestra disposición. Si hacemos un balance de nuestro entorno descubriremos con frecuencia que son las personas que más aman (junto con aquellas que menos lo hacen), quienes exhiben un egoísmo más fraguado.

 
Es curioso que lo deseado deba ser descubierto. Se diría que si algo se desea con tanta fuerza como para que merezca la pena poner en ello todo el esfuerzo, incluso a costa de la eliminación definitiva de la moral, que si un deseo resulta tan perturbador y obsesionante, al menos en la mayoría de las ocasiones debería presentar un objeto evidente. Sin embargo, el apetito omnipotente sacado a la luz por la amoralidad del amor desea con fuerza, o al menos con perturbación, pero no con claridad. El apetito omnipotente no reacciona a su proclamación con la expresión de un deseo, sino con la manifestación de una angustia. Esta angustia es conducida de manera nada espontánea hacia la determinación de un objeto de deseo del que se esperará que sea su satisfacción.

Ante la necesidad de conformar un deseo por el que pronunciarse de manera determinante, el apetito se vuelve aún más permeable a la influencia externa. En su condición de rey absoluto de las facultades del individuo, a cuyo servicio quedan todas una vez que la moral ha sido extinguida, el apetito se convierte en aprendiz desesperado de la escuela más reputada que encuentre a su disposición. El rey busca un maestro, un consejero, alguien en quien declinar su poder y sus decisiones hasta que él sea capaz de tomarlas desde la madurez, desde la asimilación del conocimiento que dicho maestro imbuirá en él. Así, el individuo amoralizado por el amor, en la exacerbación de su condición de individuo amoroso, vuelve su entera mirada hacia la propaganda del sistema y le entrega, desnuda, desprotegida y desesperada, su capacidad de desear. El sistema, cuyo aparente mensaje autodescriptivo es “debo conseguir convencerte de que desees lo que te ofrezco” recibe, gracias a la culminación del trabajo de amoralización inoculado por la moral del amor, un mensaje, no sólo mucho más poderoso que el que el sistema emite al individuo, sino capaz de reaccionar con dicho mensaje para multiplicar su efecto como una enzima nuclear. El individuo busca a la voz autoritaria y prestigiosa de la propaganda del sistema y le inquiere: “¡Dime qué debo desear!”

domingo, 18 de mayo de 2014

Agamia como lugar único para la ética de lo sentimental (I)


Lejos de la libertad ética del amor, que valora sus acciones desde una perspectiva particular e independiente expresada en multitud de aforismos (“en el amor como en la guerra”, “quien te quiere te hará llorar…), la agamia se manifiesta estrictamente ética. La agamia es la reinserción de los intereses personales sexosentimentales al marco del bien y del mal.

Para la agamia el bien y el mal no son “relativos” o “subjetivos”. El uso coloquial y erróneo de ambos términos pretende significar que no hay más valoración ética de cada acto que la que cada individuo quiera, decida o acabe dándole. Según este principio (que, por supuesto, no puede ser sino otro tipo de ética, qué si no), los juicios discrepantes de dos individuos diferentes no pueden ser puestos en común, porque responden a circunstancias judicativas (psíquicas y contextuales) diferentes. Para esta ética de la no ética, cada uno está legitimado para actuar sin dar cuentas a nadie. Esto acaba siendo así en todo el sistema emanado del capital (aunque no sea privativo de este sistema), pues su principio rector es el deber de la acumulación, una forma de ventaja individual, frente al que el resto de las consideraciones constituyen valores menores.




Pero sabemos ya que el amor es el centro y paradigma de las contradicciones ideológicas del sistema o, si se quiere, la joya de sus contradicciones, el lugar en que las contradicciones internas, u ocultas, se convierten en vestimenta y ostentación. En el amor, la contradicción ética es tan grande que la única solución para no agotar las fuerzas intentando abarcarla es convertirla en ideología. Es en el amor donde el capital exhibe, forzado a la impudicia, su más descarnada sociopatía.

Así, el “relativismo” del amor no es tal, pues el juicio no es relativo a algo, es decir, en función de algo cuya referencia lo vuelve absoluto (disponer de un melón para comer a lo largo de un día es una cantidad “relativamente” adecuada. Su relatividad nos refiere, por ejemplo, a la cantidad de personas que deban comer de él. Una vez conocido el número de personas, el juicio sobre su adecuación al alimento de una jornada será ya absoluto o, al menos, su relativismo se habrá reducido). No es tampoco “subjetivo”, porque no se forma en una conciencia conectada con la objetividad de lo real a través de los sentidos y, por tanto, forzada a unas determinadas formas de objetividad judicativa por esa objetividad percibida.
 


Se dice que los juicios del amor son relativos o subjetivos, queriendo decir que carecen de contacto necesario alguno con la objetividad. El elemento referente de la relatividad se ausenta de manera definitiva. El juicio amoroso es relativo, pero no se desvelará en referencia a qué, de modo que nunca alcanzaremos la objetividad que nos permita juzgarlo. La subjetividad, la psique judicativa, desconecta tanto de los sentidos como de la intuición de evidencia, de modo que el juicio amoroso subjetivo se vuelve el producto algorítmico de una caja negra: el insondable cráneo amoroso.

En realidad, el elemento oculto que deforma ambos términos es la voluntad en su condición deseante. El juicio amoroso es relativo al poder y mezquindad de un deseo que no puedo confesar, pues en su confesión permito esclarecer en mi perjuicio la incógnita de la corrección moral de mi juicio. Si reconozco que juzgo así porque deseo algo, y ese algo es inconfesable, reconozco con ello que estoy siendo inmoral por amor y, con ello, que el amor es inmoral.

El juicio amoroso es, además, subjetivo, porque el prisma a través del que se filtra la luz de la realidad posee una forma que desconozco, es decir, que decido desconocer, y que no reconoceré jamás, pero cuyo producto sí puedo constatar. Si reconozco que ese prisma es, de nuevo, mi voluntad deseante inmoral, estaré reconociendo la misma incorrección del juicio que oculto con el malentendido relativismo.

Ambos términos son sinónimos en el lenguaje coloquial, y su objeto de aplicación paradigmático es el discurso sobre los juicios de amor. Ése es el sistema de decodificación al que el individuo debe apelar en cuestiones amorosas.

La razón por la que es difícil encuadrar esta ética de la negación normativa en el marco de una ausencia de ética es que a los principios no judicativos del subjetivismo y el relativismo subyace una plétora de normas profundamente contradictorias pero del todo afirmativas y concretas. Este conjunto de normas, como no puede ser menos, se presenta a sí mismo como expresión de una moral definida y consistente. El individuo, sin embargo, sólo puede intuirla, y sus esfuerzos por encontrar la jerarquía de sus principios rectores le conducen de vuelta a la intuición a través de lo que podríamos llamar una ética poética, donde el pensamiento intuitivo prefilosófico es orientado por factores estéticos que mejoran su unidad.

El individuo sabe que hay cosas que están bien y cosas que están mal para el amor, y pretende que un comportamiento intachable le haga merecedor de ese mismo comportamiento para con él. El individuo confía en que este intercambio de comportamientos ajustados a la moral del amor le permita permanecer orientado, comprendiendo las consecuencias judicativas de sus actos (las opiniones que sus actos generan) y previendo los actos de los otros en función de su catadura moral. El individuo espera que el subjetivismo y el relativismo, así como el conjunto de principios contradictorios que los acompañan, apunten en una misma dirección, incluso de un modo más eficiente y de más larga mira que la moral de consistencia consciente que se atribuye a los restantes ámbitos de la vida social.

Paulatinamente descubrirá que aquello a lo que la moral del amor apunta es algo que él no discierne, y su “subjetividad” se poblará de “relativismos”. Su necesidad de sobrevivir a la imprevisibilidad de comportamientos y juicios amorosos generará una biografía de la contradicción personal que constituirá el algoritmo a través del que él juzga, y cuya contradicción con los principios afirmativos del amor permanecerá oculta al resto tras el telón del relativismo y la subjetividad.