miércoles, 20 de junio de 2018

ligar desde la discriminación sexual positiva. la propuesta de Antiseductor.


Quizás porque lleva una temporada en segundo plano nos encontremos con distancia y frescura suficientes como para abordar una revisión del tema del ligue (seducción) a la luz de los nuevos debates sobre consentimiento y de la propuesta de discriminación sexual positiva que aquí se está planteando.

Sabemos que hasta ahora el tratamiento de la cuestión había sido estéril en el plano teórico. El único logro definitivo fue hacernos comprender que ligar es una práctica anegada en machismo y que prácticamente cualquier recorte le puede venir bien.

Pero, ¿hasta dónde llevar ese recorte? El “no es no” sacaba del tablero la insistencia y la idea de que los primeros rechazos son protocolarios. La interacción con mujeres desconocidas caía también bajo la lupa feminista y nos hacía plantearnos si es de recibo considerar “abordable” a una mujer por el hecho de serlo o por el de no estar acompañada de un hombre. Hemos llegado a plantearnos si la perpetua amenaza de requerimiento sexual no crea tal atmósfera de ahogo y falsedad para una mujer que incluso las iniciativas con fines sexuales o sexosentimentales llevadas a cabo por hombres situados dentro de su círculo de confianza quedan más allá de los límites del buen trato. Imposible construir vínculos afectivos heterosexuales si una mujer debe saber que tras cada amigo se esconde una propuesta sexual postergada pero inminente.
Se diría que el tema es un pozo sin fondo, y que no hay respuesta generalizable que no sea la de confiar en el sentido común y en la sensibilidad feminista de los hombres. O, al menos, esa es la desesperada situación hasta la fecha.

La solución se encontraba, sin embargo, en una entrada de agosto del 2015 del blog antiseductor.com: “Cómo ligar con mujeres sin molestar: No ligues”. Fin. Limpio y elegante. Cualquier otro discurso alienta el acoso, no excepcional, sino sistemático. Como decía, no existe norma posible que se pueda generalizar, así que la única alternativa es zanjar el tema.

La propuesta de antiseductor seduce, qué duda cabe, pero tiene un notable defecto: es inviable. Y no por argumentos forococheros tipo “la humanidad se extinguiría” o “que liguemos es lo que ellas esperan”.

Lo es por una cuestión política elemental: no es un trato que el enemigo vaya a aceptar. Se dirá: ¿por qué hay que preguntar al enemigo? Obliguémosle. Y será entonces cuando descubramos que no disponemos de la fuerza necesaria para hacerlo. Nos encontramos de vuelta en el mundo real, sobre el que la propuesta de antiseductor realizó su aterrizaje forzoso hace ya tiempo.

La idea tiene una importante carga de legitimidad, pero no tanta como para poner de su parte al necesario porcentaje de sujetos implicados. ¿Qué es lo que le falta a este plan para aglutinar fuerza suficiente o, traducido a términos sociales, apoyo suficiente?

Opino que el problema está en la estrategia misma. Su autor se sirvió del poderoso truco de expresar la propuesta de máximos del bando silenciado y adversario, haciéndola resonar en el bando opresor y propio. “No liguéis”, “dejadnos en paz”, “olvidadnos”, “iros definitivamente a la mierda” es un deseo que las mujeres han manifestado infinito número de veces con razón sobrada y que ahora era expresado por un hombre produciendo efectos de empatía y atención digamos, por ahorrarnos esta sangre, distintos.

Pero resultaba tan inasumible como siempre porque para los hombres seguía implicando, al menos bajo esta fórmula, el sacrificio de aquello que no es socialmente percibido como un privilegio, sino como una necesidad inalienable: (luchar por) establecer relaciones sexosentimentales.

El enemigo va a decirle a las mujeres que no tiene intención de acosar, pero que qué herramienta sustitutoria le están ofreciendo, porque tiene derecho a una. Les va a preguntar, además, si eso que quieren ellas imponer va a funcionar universalmente o solo cuando les apetezca, favoreciendo a unos hombres y desfavoreciendo a otros. Y les va a decir, por último, que si le están ofreciendo un trato igualitario o solo quieren desposeerle del privilegio para apropiárselo ellas. Lo que el enemigo va a preguntar, en definitiva, es si en esta propuesta de convivencia se ha tenido en cuenta su inclusión. Y lo cierto es que no se ha hecho.

Con la gran mayoría de los hombres en contra solo hay tres caminos, todos ellos colectivamente cerrados y todos ellos llevados a la práctica individualmente para converger en un estancamiento que condena a las mujeres a seguir soportando esa forma de acoso a la que llamamos “ligar”. La primera propuesta es la patriarcal; la inmovilista propuesta del enemigo: “ligar no es tan grave en la forma en la que hoy se lleva a cabo”. La segunda es la propuesta de máximos de antiseductor: “no ligues”. Es la inversa, desde el punto de vista de la confrontación. El sujeto oprimido se muestra sordo a las razones y necesidades del opresor y expresa su deseo sin restricciones. El opresor queda reducido a opresor atemporal sin capacidad para dejar de serlo; es, por lo tanto, simbólica y marginalmente deshumanizado; el poder hegemónico, sin embargo, sigue siendo suyo. Por último tenemos un abanico de soluciones más o menos individuales, más o menos aspiracionales, que constituyen los puntos juzgados por cada sujeto o colectivo como “justo medio” y que, como sabemos, con frecuencia son injustos para los hombres y sistemáticamente son injustos para las mujeres. Este continuo no es inocente ni ingenuamente bienintencionado, porque está íntimamente relacionado con el valor sociosexual. Pero no tocaré ese tema aquí.

Creo, sin embargo, que la propuesta de antiseductor es rescatable desde el marco de la discriminación sexual positiva, porque la masa social susceptible de identificase con ella se vuelve crítica.

No ligar como una medida de discriminación sexual positiva implica la conciencia de que no solo se reivindica un derecho por parte del sujeto oprimido, sino que se pide un esfuerzo, medido y provisional, por parte del opresor. Las necesidades del opresor son escuchadas, valoradas y postergadas, pero no ignoradas o despreciadas. Se reconoce el hecho de que, en alguna medida, el propio opresor es víctima del sistema que le privilegia, pero que su condición de víctima no es comparable a la del sujeto oprimido. Se entiende el solapamiento entre necesidad y derecho, de modo que un sistema opresor hace al sujeto dominador dependiente de conculcar los derechos del dominado. Se incorporan las necesidades del opresor a un baremo único de necesidades, en el que, debido a su magnitud, no ocupan posiciones destacadas. En definitiva, se fuerza al oprimido a responsabilizarse de su empoderamiento, limitando la posibilidad del uso despótico del mismo.

Este sacrificio, por lo demás justo, enfrenta al opresor con una propuesta que ya no puede rechazar y que es, o está muy cerca de ser, coincidente con la reivindicación de máximos.

Creo que podemos empezar no solo a debatirla sino, ya, sobre la marcha, a llevarla a cabo.

Hombre: ¿te apuntas a no acosar? No ligues.



lunes, 11 de junio de 2018

discriminación sexual positiva.


El problema del consentimiento se ha convertido en un símbolo en sí mismo.

No solo porque es el Jerusalén de la guerra de género, lugar de enfrentamiento entre facciones feministas y entre feminismo y machismo, sino, sobre todo, porque es el paradigma de un problema teórico mucho más amplio.

Que no terminemos de encontrar el protocolo adecuado a la hora de valorar si determinadas relaciones (hetero)sexuales son legítimas es la punta del iceberg que representa nuestra impotencia a la hora de determinar qué interacciones son legítimas entre mujeres y hombres.

Ser capaces de resolver el dilema del consentimiento se percibe como la rosetta que daría respuesta al resto del conflicto. No lograr pasar de ahí desalienta para abordar cualquier otra cuestión relacionada.

Vamos con un ejemplo para entender la naturaleza de este punto muerto.

Los variados derroteros recorridos por los debates surgidos a raíz del juicio y sentencia a La Manada han servido, entre otras muchas cosas, para generalizar la idea de que una mujer ebria no está en condiciones de dar un consentimiento sexual válido y, por lo tanto, las relaciones sexuales con ella deben considerarse violación. Esa idea ha alcanzado hoy, y desde esos debates, la categoría de ley social: la sabe y respeta, ahora sí, la suficiente cantidad de gente como para que quien no la sepa o no la respete deba caer en alguna forma de ocultamiento o marginalidad.

Hasta ahí todo bien. Un avance.

Y entonces nos encontramos con esta imagen:
Me da igual si el dilema que plantea está resuelto a nivel legal. Lo que me interesa es la perplejidad, silencio y negación que suscitó. Nadie, yo por supuesto tampoco, se había planteado esto. Y nadie supo qué contestar.

Ante una buena jugada del enemigo la táctica adecuada puede ser el silencio. Tal vez la jugada se extinga. Pero si no es así necesitamos el tiempo que el silencio nos concede para elaborar una respuesta mejor con la que contraatacar cuando el silencio deje de ser suiciente. No podemos conformarnos con negar el dilema. Necesitamos resolverlo si no queremos correr el riesgo de que el dilema se convierta en el ariete con el que se nos derrote.

Es evidente que el consentimiento de una mujer con determinado nivel de embriaguez no es válido. Lo es también que lo que propone la imagen podría llevar a la cárcel a un quizás sorprendente número de mujeres. Y que eso sería, en la inmensa mayoría de los casos, injusto.

Se diría que no nos queda más remedio que elegir entre dos injusticias. Se podría decir también que nos faltan las herramientas teóricas para diferenciar de verdad lo que es justo de lo que no lo es, y que ésta, la de invalidar el consentimiento en estado de embriaguez ha encontrado aquí su límite y debe ser superada por otra mejor.

Pero esa herramienta nueva es esquiva. ¿Cuál es el siguiente nivel de finura en el hilo que estamos confeccionando? ¿Cómo enunciamos la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo de modo que pueda realmente aplicarse a todos los casos?

En mi opinión el problema está, precisamente, en esa aspiración.

Cuando hablamos de consentimiento, y cuando hablamos, en general, de interacción entre mujeres y hombres, presuponemos que debemos buscar una norma igualitaria. Pero sabemos que eso es justo lo que no hace la normativa en materia de igualdad. Cuando se habla de violencia de género, o de regulación del mercado laboral, se persigue la igualdad a partir de una norma, precisamente, no igualitaria.

Esta discriminación positiva, y no la igualdad, ha sido la respuesta cuando la igualdad formal se ha encontrado con cada correspondiente techo de cristal. A partir de determinado momento no hay forma de seguir avanzando porque la ley que pretende superar una desventaja de las mujeres se convierte en nueva fuente de ventaja para los hombres. En esas condiciones, y alcanzada una adecuada comprensión de la situación, la urgencia social hace que se legisle directamente en contra de esa ventaja, sacrificando la igualdad.

Así, la discriminación positiva hace una diferenciación en el tiempo. Distingue entre el tiempo de la igualdad, futuro, y el tiempo de la desigualdad, presente, otorgando a cada uno de esos tiempos la ley que le corresponde, y adquiriendo conciencia de la transitoriedad de esa ley.

Bien, pues este es el paradigma desde el que entiendo que debe resolverse el dilema de la imagen, el dilema del consentimiento y el dilema, en general, de la interacción heterosexual.

Cuando digo que “debe resolverse” quiero decir que debe llegarse mucho más lejos que el punto al que hoy lo llevan la intuición y el sentido común individuales porque, como no podría ser de otra manera, ese paradigma está instalado oficiosa y preconscientemente en nuestra práctica. Pasémoslo a la oficialidad, a la conciencia, al debate y a la ley:

El consentimiento de un hombre ebrio no es igual de inválido que el de una mujer ebria, porque en nuestra sociedad se trata de dos consentimientos de naturaleza distinta cuyas transgresiones tienen consecuencias distintas que deben traducirse en distintas consecuencias penales.
Pero la extensión de la discriminación positiva hasta una discriminación sexual positiva debe dar un segundo salto porque, como sabemos, la vida sexual tiene, por su privacidad, particulares dificultades para ser legislada y regulada. La discriminación sexual positiva no puede restringirse a la ley, sino que debe ocupar el espacio de la norma social. La interacción heterosexual no puede ser igual para ambos géneros, y esta desigualdad debe alcanzar a la conducta cotidiana.

Se dirá que siempre ha existido esa diferencia, y que no ha traído la igualdad. Se nos hablará de la “galantería”. Sabemos que la galantería tiene como fin la infantilización y el desempoderamiento de las mujeres, y no alcanzar la igualdad real. Sabemos que se aplica a cuestiones menores, como los pequeños favores físicos, para ocultar las mayores, como la legitimación del abuso de la fuerza. Sabemos, entonces, que podemos diferenciar sin problema alguno la galantería de la discriminación sexual positiva, del mismo modo que diferenciamos la discriminación laboral positiva del hecho de que las modelos de pasarela cobren más que los hombres.

Lo que necesitaremos, eso sí, será paciencia para concretar con acierto en qué debe consistir esa discriminación sexual positiva. Y necesitaremos madurez política para entender que la norma extraordinaria implica la asunción de responsabilidades por parte de quien es objeto de la ventaja que comporta. Y necesitaremos, por supuesto, pronunciamientos en favor de la discriminación sexual positiva.

Por lo que a mí respecta digo ya que, en mi opinión, la agamia solo puede moverse en el ámbito de la discriminación sexual positiva, y que es responsabilidad de las personas ágamas incorporar esa discriminación a su reflexión y a su conducta.



lunes, 21 de mayo de 2018

gurú



Estoy viendo con entusiasmo Wild Wild Country, y me apetece mucho hablar de gurús (o gurúes), así que os voy a contar la historia de uno.
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Hace muchos años, en la época de los maestros, vivió un Gran Maestro de la Espada cuyas enseñanzas eran solicitadas por los más expertos guerreros.

El Arte de la Espada, según lo enseñaba aquel Maestro, no se reducía a la técnica de lucha ni a la disciplina del cuerpo, sino que incluía la disciplina de la mente y la filosofía de la vida.

Cuando hablaba del mundo, de las mujeres y de los hombres, de los animales y de las plantas, de las ciudades y de los reinos, de la muerte y de los océanos y de las estrellas, siempre utilizaba imágenes relacionadas con la espada.

“¿Veis el afilado filo de vuestro acero?” decía. “Podréis llegar a ser tan expertos que con él seáis capaces de separar cualquier cosa de cualquier otra. Pero de nada os servirá si no sabéis qué es lo que debe ser separado”.

“¿Ves cómo avanza la gota de sangre de tu enemigo por el filo de tu espada? Así avanza el pensamiento. De su herida nace el deseo de saber, y si posee tesón suficiente descubrirá tarde o temprano qué mano lo hirió. ¡Que vuestra sangre nunca deje de buscar!”.

“Recuerda”, decía en otra ocasión, “tu espada nunca está guardada. Incluso cuando permanece en su vaina apunta a todos cuantos te rodean. Ellos no lo olvidan. No lo olvides tú”.

Y así seguía y seguía…

En la puerta de su casa se leía esta inscripción en letras sencillas y solemnes: LA ESPADA ES LA VIDA. HAZ DE LA ESPADA TU VIDA. HAZ DE TU VIDA UNA ESPADA.
Tanta fama tenía este Maestro que incluso quienes no amaban la espada conocían las historias que se contaban sobre él, y lo admiraban. En una ocasión varios hombres que odiaban el uso de las armas acudieron a su casa y solicitaron respetuosamente hablar con él.

-Maestro, -dijeron. -Nuestra región se ve atribulada por continuos actos violentos. Todos creen que amenazar, batirse, herir y matar son los caminos para solucionar los problemas. Muchos de ellos incluso enarbolan tu nombre cuando atraviesan a niños con sus armas. Te pedimos ayuda.
-Quienes usan mi nombre para realizar actos viles no conocen mis enseñanzas –lamentó el Maestro.
-Maestro, eso no los frena. Dicen que no son tus discípulos, sino los discípulos de tus discípulos, o los discípulos de los discípulos de tus discípulos. Algunos dicen que son seguidores directos de El Arte de la Espada.
-Todos mienten. Y todos deben ser condenados –fue la sentenciosa respuesta del Maestro.
-¿Podrías condenarlos tú, Maestro? ¿Podrías pedir a la gente que abandone El Arte de la Espada?
-¿Cómo podría hacer eso? –contestó el Maestro con sorpresa. –La espada es la vida y su Arte es el arte de la vida.
-Maestro, la espada también es la muerte. Lo es para nuestras familias, para nuestras aldeas y para toda nuestra región. La espada es lo que nos está quitando la vida. Sin la espada habría vida…
-¡Silencio! -Interrumpió el Maestro. –Mira bien a tu alrededor antes de pronunciar palabras cuyas consecuencias no sabes calcular. Dime, ¿no es cierto que la violencia se ejerce con todo tipo de armas, no solo con la espada, y que, a falta de armas, son las manos desnudas las que se convierten en verdugos?
-Así es, Maestro.
-¿Y no es cierto que esa violencia es a veces tan espantosa o más aún que la que pueda ejercerse con la espada?
-Es cierto, Maestro.
-¿Por qué culpáis, entonces, a la espada de lo que hacen los hombres?

Los visitantes guardaron silencio, cabizbajos. La pregunta del Maestro quedó resonando en el aire como un imponente paisaje dibujado con su voz. Nada más podía oírse, salvo el agua de un arroyo corriendo sorda e impasible. Una breve ráfaga recorrió el patio y alcanzó algunas ramas del hermoso avellano que sombreaba el arroyo, y estas se agitaron levemente.

Sin levantar la mirada, uno de los visitantes dijo:

-La espada los alienta. Las espadas están por todas partes y los hombres se sienten atraídos por su poder. Cuando tienen en sus manos la espada desean usarla y cuando la usan desean hacerlo aún más. Cuantas más espadas existen más escuchan a quienes les hablan de El Arte de la Espada, y cuanto más les hablan de él, más espadas fabrican, más poseen, y más matan con ellas. Maestro, cuando nuestra gente oye hablar de El Arte de la Espada sabe que la espada viene detrás, y detrás de ella la muerte. Acudimos a ti para pedirte que reconsideres tu arte, porque lo que tú estás enseñando como vida es lo que está acabando con nuestra vida. Te pedimos que anuncies al pueblo que condenas el Arte de la Espada. ¿No podrías decirnos que siguiéramos el arte de la música, o de los tejidos, o de la tierra? ¿No podría expresarse la vida con un arte que diera vida? Muchos te escucharán y se avergonzarán de sus espadas, y las guardarán en lugares escondidos donde quedarán olvidadas. Y entonces habrá menos dolor en nuestro pueblo, porque habiendo menos espadas habrá menos heridas y la sangre dejará de teñir cada gota de agua.
-Eso es una estupidez –respondió el Maestro con desprecio. -¿Veis muchos laúdes en mi casa? ¿Y telares? ¿Y arados? Mi casa está llena de espadas, y puedo decir que jamás se ha herido a nadie con ellas.



miércoles, 16 de mayo de 2018

mitos del amor: REFUTACIÓN RÁPIDA contra interlocutorxs cansinxs



Lo que hace un tiempo denominé Mitos del Buen Amor sigue siendo una herramienta eficaz para cuestionar, desglosar y refutar tanto la ideología amorosa como la actualización y lavado de cara que de ella realiza la Crítica al Amor Romántico.

Es probable, sin embargo, que quien se haya servido de estos mitos en el debate haya encontrado fatigoso responder a según qué réplicas e, incluso, que el enredo haya generado ciertas dudas sobre la idoneidad de la forma dada a los mitos como herramienta de cuestionamiento del amor.

Quiero analizar una familia de estas réplicas a la que nos tenemos que enfrentar en casi cualquier ocasión. Aunque sobre el papel son fácilmente refutables resulta útil exponerlas aquí para agilizar la contrarréplica e impedir que la confusión, objetivo favorito de la ideología amorosa, se adueñe del debate.

Me estoy refiriendo al bien conocido recurso demagógico de deducir de una negación la afirmación de su contrario. Si, ante un vaso cuyo volumen está ocupado por agua hasta la mitad, la persona interlocutora afirma que está lleno, y yo contesto que no lo está, ella podrá intentar refutar mi crítica diciendo que, “dado que afirmo que el vaso no está lleno, estoy diciendo que el vaso está vacío, lo que es evidentemente falso”. Esto le permitirá recuperar su primera afirmación, la de que el vaso está lleno, aduciendo que no es peor que la que yo propongo, y eludiendo el verdadero contenido de la mía, que es que la suya no es cierta. Así, reduciendo las opciones a que el vaso sea juzgado o lleno o vacío, podrá evitar la refutación de su afirmación primera. La confusión creada, las tablas alcanzadas entre ambas afirmaciones, son ventajosas para quien sostiene la que es falsa. La conclusión será que no se puede afirmar con total seguridad cómo está el vaso, pues algunas personas opinan que está lleno, otras que está vacío, y ninguna parece tener la razón completamente de su parte.

Nadie nos va a colar que un vaso medio lleno está tal vez lleno porque no está vacío. Pero cuando hablamos de amor la complejidad crece un poco y da aliento a la demagogia.

Veamos cómo se utiliza este recurso contra cada uno de los mitos. Normalmente la persona interlocutora hará una afirmación verdadera pretendiendo que se trata de un ejemplo de aquello que hemos afirmado que no hay ejemplo posible. La mayoría de estas falacias os van a sonar. Familiaricémonos con ellas para poder anticiparnos y desactivarlas sin perder un minuto.


1-“El amor existe”.

Es la respuesta a la crítica del Primer Mito del Buen Amor, cuyo enunciado es: “el amor es”.

Se pretende con ella decir que lo que la crítica afirma es que el amor no existe, y dado que el amor tiene formas innegables o difícilmente negables de existencia, dicha crítica queda refutada.

Pero lo que la crítica cuestiona no es la existencia del amor, sino la necesidad de esta existencia.

Aunque se podría defender que el amor no existe si debe darse en la forma en la que el amor dice de sí mismo que existe, la crítica tiene otro objetivo, que es la supuesta ininteligibilidad de las relaciones cuando estas no son explicadas a través del amor o realizadas según su discurso. En otras palabras: el mito afirma que no podemos escapar al concepto “amor”, que nadie ha escapado jamás, y que nadie escapará nunca. La crítica dice que eso es simple superstición, y que solo se sostiene por la imposición que ejerce el propio mito; porque el mito naturaliza esa idea.

2-“Todo el mundo necesita amor”.

Así se responde a la crítica al Segundo Mito, cuyo enunciado es: “el amor es el fin supremo”.

Se nos dice que la crítica niega la necesidad de relacionarnos sexosentimentalmente, así como el hecho evidente de que las personas que renuncian a, o no disponen de, pareja(s) sufren una carencia grave en su realización y desarrollo personales.

Pero la crítica no dice que la(s) pareja(s) no ocupe(n) un lugar en el desarrollo personal. Dice que ese lugar no es ni el principal, ni el más interesante, ni la realización última del sujeto, ni el sentido final de la vida, sino algo mucho menos relevante de lo que se nos pretende hacer creer. Y dice, apoyándose en la crítica al primer mito, que eso que la(s) pareja(s) realiza(n) y desarrolla(n) de manera tan deficitaria puede realizarse y desarrollarse de formas mucho más edificantes si, precisamente, prescindimos de las parejas y, por ende, del amor.

3-“El amor hace feliz a mucha gente e inspira, con frecuencia, buenas acciones”.

Se contesta así a la crítica al Tercer Mito: “el amor es el bien”.

Se nos pretende hacer creer que criticando el mito afirmamos que todas las conductas inspiradas por el amor tienen un carácter directa y evidentemente egoísta, y que todo lo que nos llegue como expresión de amor redundará en nuestro perjuicio.

La crítica, sin embargo, está muy lejos de afirmar que el amor no pueda ir acompañado de algún bien. Lo que denuncia es que cualquier cosa que vaya acompañada de amor, tanto lo que damos como lo que recibimos, es automáticamente considerada un bien, y que esto es así incluso cuando es evidente que, de no llevar esa favorecedora compañía, esa misma cosa sería indiscutiblemente considerada un mal.

Afirma además que, gracias a este mito, el amor legitima cualquier acción, función esta para la que ha sido creado.

4-“No todo lo que sucede por amor tiene explicación”.

Es la respuesta más habitual a la crítica al Cuarto Mito: “el amor es inviolable por la razón”.

La afirmación sugiere que esa crítica entiende el conjunto de conductas humanas enmarcadas en el ámbito del amor como una mecánica sencilla, y a quienes conozcan dicha mecánica como sujetos omniscientes en el amor.

La crítica no propone esta estupidez de ninguna manera, sino que reivindica el derecho de la razón a incluir en su dominio al ámbito del amor, único que le permanece vetado. El amor, como cualquier otra cosa, puede conocerse, entenderse e incluso predecirse. Si a día de hoy no se conoce, se entiende y se predice no es porque se trate de una materia especialmente compleja o de una naturaleza particular, sino porque nuestra cultura proyecta una prohibición sobre ese conocimiento.

5-“El sexo es mejor con afecto” o “la falta de afecto deshumaniza al sexo”.

El Quinto Mito delBuen Amor dice que “el sexo y el afecto son inseparables”.

Cuestionar este mito no es, como aquí se pretende, decir que el afecto debe quedar fuera del sexo ni el sexo fuera del afecto, (aunque esta última posibilidad resulta menos controvertida).

Cuestionarlo es decir que el sexo y el afecto no son un continuo, ni diferentes manifestaciones de una misma cosa, ni los dos componentes imprescindibles para nada en particular. Cuestionarlo es bajar esa mística a la realidad diciendo algo tan sencillo y a la vez tan extraordinario como que el afecto es una disposición general a procurar el bien de la otra persona, y que eso, lógicamente, puede ser beneficioso en el sexo como lo es en cualquier ámbito de nuestras relaciones.

Es decir, también, que ni el sexo genera afecto ni el afecto sexo más allá de lo que cada una de estas cosas pueda circunstancialmente reforzar a la otra, o sea, más allá de las formas en que el sexo genere afecto o el afecto sexo, como cualquier tercer ámbito de las relaciones pueda reforzar a cualquiera de estos dos. Más allá, por ejemplo, de lo que la lectura de un mismo libro pueda llevar a tener relaciones sexuales, sentir afecto, o a ambas cosas.

Ánimo con el debate.

Son muchxs. Son muy pesadxs. Pero no tienen razón.




jueves, 3 de mayo de 2018

prejuicios en la no monogamia (ii): "la no monogamia no es para todo el mundo"


¿te han dicho esto alguna vez?
¿han intentado zanjar con ello los conflictos de tu vida no monógama?

está claro:
¡es el momento de cambiar de interlocutorxs!