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miércoles, 30 de julio de 2014

ambigamia: lo mejor, el nombre


                No sé si algunx de vosotrxs se habrá topado ya con este concepto, si ha alcanzado una enorme difusión y es la alternativa de moda, o si me llega a mí porque, lógicamente, tengo una propensión algo más alta de lo normal a enterarme de estas cosas.
 
                El caso es que cuando me lo encontré en algún artículo de algún sitio que, de rebote en rebote, había dejado un reflejo en mi muro de Facebook, me produjo la aprehensión que os podéis imaginar.
                Reid de la crisis de narcisismo, tenéis todo el derecho. Pero también había alguna razón para la preocupación desinteresada. Convencido como estoy de que la agamia no es ni un matiz sobre un modelo anterior, ni una transición a un modelo futuro para llegar al cual la agamia deberá ser matizada, sino que se trata de una alternativa con entidad propia que establece una diferencia sustancial con todos los modelos anteriores (la ausencia de gamos) y que, de alcanzar algún desarrollo, será a partir de matices sobre sus principios sustanciales, y no de la sustitución de los mismos; convencido de todo eso, me parecía preocupante para la eficacia del concepto que empezaran a surgir variantes sexosentimentales que aprovecharan el mismo lexema. Si la cultura de los modelos de relación se puebla de ambigamias, contragamias, pregamias y heterogamias, aunque nada de esto afecte al sentido de la agamia, sí afectará a su legibilidad. Una ventaja comunicativa del término, a día de hoy, es que es el poliamor el que sigue derivando nombres y formando una sopa de letras de la que la agamia, de momento, permanece al margen.
                Una vez hojeado el tema, la conclusión es que hablar de ambigamia en un blog sobre agamia es tan pertinente como hablar de cualquier forma etnológicamente exótica de matrimonio. El tema es el mismo, pero la diferencia es radical y, de hecho, la ambigamia forma parte de la oleada reactiva que el sistema del amor produce como defensa frente a las consecuencias en tromba de su crisis, mediante la estrategia adaptativa de aparentar la generosa entrega del terreno perdido de facto.
                La teoría, más bien una terapia, del “especialista en teoría evolutiva”, o “evolutionary epistemoligist” (sic.), Jeremy Sherman, es una concesión a la realidad de la vivencia del amor, es decir, a la constatación ineludible de su imposibilidad y su condición de fraude premeditado.
                Así, la ambigamia (la verdad es que el término suena bien, promete) no hace referencia a ningún tipo de ambigüedad entre relaciones, es decir, a la posible alternancia o indefinición entre varias relaciones gámicas, a una especie de estado intermedio entre lo gámico y lo no gámico (ahora revivo mi angustia) que proyectara a los individuos, además, fuera de la ambigua pareja generando otras ambigüedades a su alrededor. No estaría mal esa idea, a decir verdad.
                Pero no es eso lo que propone su creador (de hecho, en el artículo que ha sido matriz de su reproducción viral empieza desligándose de la bigamia con tanto pavor como yo he desligado la ambigamia de la agamia: “¡¡¡suenan parecido pero no tienen nada que ver!!!”). Esta gamia es “ambi” porque sustituye los principios ideales de la filosofía del amor por dialécticas que los convierten en soportables sin destruirlos. En lugar del principio amoroso de la fidelidad, Sherman propone la dialéctica “amar-dejar ir”; en lugar del establecimiento del proyecto reproductivo (lo que la filosofía del amor suele llamar “compromiso”) se nos propone alternar entre la “libertad” y la “voluntad”. Y, así, se nos va aligerando la carga ideal a lo largo de seis pares que son otros tantos ensanchamientos de la jaula amorosa.
                En realidad, la ambigamia no consiste más que en aceptar la contradicción entre las exigencias ideales del amor y las posibilidades de su aplicación material. Dicha contradicción, sin embargo, no llega a resolverse; sólo se enuncia y, con ello, se admite. Es un paso, pero el habitual en una ideología problemática y en regresión: admitiendo un cierto margen de tolerancia en el cumplimiento de los preceptos, gano tiempo con respecto a la espantada de fieles. Esta escaramuza del subsistema del amor se entiende mejor en el marco de una guerra ideológica en la que alternará la tolerancia con las tentativas de vuelta al rigorismo. Como buen dictador, el amor nos da lo que no puede evitar darnos, procurará que olvidemos que lo hemos logrado nosotros y, al menos descuido, nos lo arrebatará de nuevo.
                La ambigamia puede considerarse progresiva en el ámbito de las libertades, pero regresiva en el de la conciencia, pues su reforma esquiva el peligroso escollo de la crítica radical al amor. Dado que no sabemos cuántas de estas estrategias pueden ser suficientes para que el amor supere el actual periodo crítico y construya un nuevo modelo hegemónico con el que oprimirnos de forma renovada, es importante no admitir soluciones de conveniencia.
                Tras la paradoja como principio, tras la condición “ambi”, suele esconderse la concesión mutua, la admisión de dos intereses contrapuestos: el del ciudadano, que necesita un modelo de relaciones vivible, y el del sistema, que necesita someterlo a la disciplina de la explotación reproductiva.
                Uno de esos intereses es ilegítimo, y la solución “ambi” suele ser indicio de que la ilegimitidad no ha sido erradicada.
 
                Dada la poca originalidad de la propuesta, la crítica a la ambigamia nos sirve más como un ejercicio de reflexión que como una verdadera práctica activista. En realidad, su momento de gloria en las redes sociales españolas se ha saldado con una victoria pírrica: ahora la ambigamia no es tan desconocida, pero habría que ver la cara de Sherman al comprobar que todos los artículos aparecen ilustrados con fotos de tríos. En el paso del texto a la imagen, la ambigamia se ha convertido en su némesis: la bigamia. Premonitorio.

sábado, 26 de julio de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La psicología de los celos y la envidia - Peter Salovey, compilador (1991)



                Debo disculparme por recomendar un texto en inglés y por carecer de información sobre traducciones parciales o totales, así como sobre la existencia de otros textos que pudieran remplazar a éste y que estén disponibles en nuestra lengua.
 
 
Pero la barrera idiomática no podía ser un impedimento para, al menos, señalar el interés que alberga para nosotrxs profundizar, desde la perspectiva más seria posible, en el tema de los celos.

El libro es una compilación de doce estudios realizados por algunas de las bibliografías académicas señalan como máximas autoridades en la materia.

Su lectura, que discurre sosegadamente por cauces formales perfectamente académicos, sin voluntad alguna de pasmar al lector o conducirlo a conclusiones demagógicas, derrumba, silenciosamente, dos mitos que son las columnas sustentadoras de nuestra manera de entender los celos:

-los celos no son una emoción simple, sino compuesta, y como tal, su comprensión debe remitirse a otras más elementales cuyas diversas combinaciones forman parte de nuestra vida de manera cotidiana. Es decir, continuamente, pero fuera de la pareja, ponemos en acción herramientas para combatir los celos o, mejor dicho, mantenerlos en el ámbito de las emociones eficaces y funcionales.

-no existe, o es despreciable, la propensión (natural, biológica, genética, o de cualquier tipo) a los celos. Los celos aparecen allí donde se producen las condiciones que los activan. Todos somos potencialmente celosos como reacción ajustada a determinadas circunstancias, de modo que el tratamiento actual de los celos como patología en sí (y su identificación con la inseguridad como rasgo de carácter) implica un error de enfoque.


 

Pero lo más divertido es ver cómo estas conclusiones son desperdiciadas en las reflexiones más generales con las que concluye cada texto. La ceguera sobre el amor es tanta que el simpe estudio psicológico aislado no tiene, sin una reflexión psicosocial previa, fuerza para hacer saltar la alarma crítica del psicólgo.
 

lunes, 21 de julio de 2014

fusión


Me dice una amiga que la pareja es lo que empieza cuando se pasa la fase del enamoramiento y sigues enamorado.
Le digo que las paradojas son fórmulas mnemotécnicas, pero que no expresan una verdad sino, precisamente, una mentira, un error que se debe solucionar. Le digo que no deberíamos ser condescendientes con las paradojas.
Reflexiona un momento y me dice que la diferencia entre el enamoramiento “1” y el enamoramiento “2” es el control. Me muestro de acuerdo hasta que me dice que se nota el final del primer enamoramiento porque empiezas a controlar, a ser capaz de hacer otras cosas, a recuperar tu vida. Que en el enamoramiento 1 no controlas y, cuando empiezas a controlar, ya se le puede llamar “pareja”.
-Entonces, ¿lo que piensas es que son tus emociones lo que controlas?
-Eso es. Al principio hay un descontrol total, y apenas puedes abordar ninguna otra tarea. Pero llega un momento en que te rencuentras con esa capacidad. Si, una vez aquí, sigues enamorada, da comienzo la pareja.
Me parece muy grave todo esto que expone mi amiga. Es una teoría y eso también es malo, porque seguramente habrá cogido cariño y le estará sirviendo para explicar multitud de casos. Es seguro que no es la primera vez que la expone, e incluso cabe que esté esperando por mi parte la reacción de reconocimiento que habrá visto ya en otras personas cuando la exposición llega a este punto.
Pero lo realmente peligroso es que mi amiga tiene pareja, desde hace un tiempo considerable, y me dice, la muy loca, que “ya controla”, es decir, que ella es el origen de sus propias emociones. Vive con alguien pero ha concebido a ese alguien como alguien incapaz de ser sujeto para ella, de “afectarla”. Lo malo no es que haya objetualizado a un sujeto, o que eso pueda significar que ya no lo quiere, o cualquier otra interpretación que constituya una decepción romántica. Lo malo es que cree que va en coche cuando, en realidad, está subida a un caballo, y si piensa que va a funcionar según las leyes de la mecánica se expone a desnucarse en cualquier seto. En realidad no es un caballo, es un dragón. Bueno, es una persona. Está subida a una persona y se cree que pasea en triciclo por el parque. Eso es.
Pero yo no sé cómo explicarle esto sin perder el hilo, porque me da la sensación de que el cambio de paradigma es tan amplio que, lo empiece por donde lo empiece, se me deshará la tortilla al darle la vuelta, y ése es un muy mal efecto si se quiere resultar persuasivo.
Así que sigo tocando botones, como si el triciclo fuera ella. Un triciclo de esos… con botones.
-Lo que no entiendo es por qué se produce el cambio. Me describes un cambio, pero no sé por qué llega.
-El descontrol acaba cuando te fusionas.
-¿Qué?
-“Fusionas”. Te fusionas con el otro.
-¿Me hablas en serio?
-Claro. Cuando los dos organismos se derriten para formar un magma informe e indisociable a unos 3000 grados centígrados… hablo en serio, lo cual no significa que lo haga literalmente.
 
 
-Es una metáfora.
-Sí.
-¿De qué?
-De un estado psíquico.
-Que consiste, ¿en?
-En haber recorrido la vida del otro de forma completa, haberte unido a él en todas sus facetas y habértelo encontrado uniéndose a ti en todas las tuyas. Es como un acoplamiento existencial. Lleva un tiempo y se coge con tanta ansia que trastorna toda tu vida, pero, a partir de cierto momento, ya está: te has fusionado y, si el enamoramiento permanece, entonces comienza a existir la verdadera pareja.
A mi amiga le gusta tanto este concepto de “fusión” que se ha olvidado de justificarlo. De hecho, ni siquiera ha caído en que eso es lo que yo le estaba pidiendo desde el principio, y que la aparición del concepto de fusión no cambia nada.
-Sigo sin entender por qué se produce.
-Es un anhelo natural.
-No esperaba ese concepto de ti.
-Perdón, perdón. Quiero decir que está ontogenéticamente muy arraigado, que casi desde el principio nos desgarramos del mundo, del útero, de la madre, y buscamos siempre volver a fusionarnos con ellos o con símbolos de ellos.
-¿Eso es todo?
-Es un sentimiento muy fuerte.
-¿Un desgarramiento originario lleva a repetir la pauta una y otra vez a lo largo de toda nuestra vida, sin más evolución que el objeto amoroso, que una vez fijado no vuelve a cambiar? ¿Y funciona? ¿Resulta que nos sustituyen el mundo, el útero, la madre, por una pareja, y es justo lo que nos pedía el cuerpo? Entonces somos esencialmente neuróticos, ¿no? Nacemos neuróticos hasta que el amor nos desneurotiza mediante la fusión. Estamos biológicamente predeterminados para formar parejas. La selección natural ha introducido en nosotros el desgarro primigenio con el fin de perpetuar la especie.
-No sé de dónde viene, pero yo lo vivo de una forma muy clara. Primero busco fusionarme, y paso una época enfebrecida. Después, un día, descubro que ya lo he logrado, y se recupera la calma, pero, si hay suerte, con pareja.
-No creo que vayas a encontrar la explicación de la fusión si la llamas “fusión”, y menos si la conciber como un proceso de perfeccionamiento mutuo y, sobre todo, bien intencionado. Haz memoria, recuerda la primera época, recupera las emociones de entonces y dime qué generaba el desasosiego. Y no te trates bien.
-A priorizas el mal en el amor.
-No. Levanto la prohibición. Lo hago pensable. ¿Qué sentías? ¿Qué te desasosegaba?
-Supongo que todo. Era una montaña rusa de emociones.
-No supongas. Recuerda. ¿Cuáles prevalecían?
-A veces emociones muy malas, de mucha angustia; otras de felicidad exultante.
-Esfuérzate por recordar. Dime qué sentías en concreto. Lo más frecuente. La ideas más marcada.
-Cuando estaba bien, que éramos uno, que era mágico. Cuando estaba mal, que tal vez no me quisiera.
-Hasta que te convenciste de que te quería.
-Me convenció él. Tuvimos una conversación muy seria. Nos dimos cuenta de muchas cosas.
-Y ése es el punto de inflexión a partir del cual estableces el nacimiento de tu estabilidad. El día que has marcado en el calendario como aquél en el que recibiste la noticia de que no te iban a abandonar.
-De que me querían de verdad.
-Eso ya lo sabías. O tal vez no lo sabes aún. Pero ya no te preocupa, porque tu vida no depende de ello. Te quieran lo que te quieran, y como te quieran, ahora sabes que tienes pareja. Que no es un proyecto, sino una realidad, que funciona como tal, con la estabilidad incluida.
-Eso es lo que digo. Que primero buscas fusionarte, como una loca, y cuando te fusionas vuelve la cordura.
-Tiras una moneda al aire y, mientras está en el aire, no puedes pensar en otra cosa porque todo el futuro depende de la cara de la que caiga. Cuando por fin lo hace, se restablece la vida segura.
-Pero aquí no hay ninguna moneda, no existe ese elemento artificioso de azar. No hay momento clave de transformación.
-No. Aquí el azar es previo. Aquí no se lanza una moneda a que vuele libre por los aires, sino que nos abalanzamos sobre la moneda que vuela libre para bajarla al suelo y determinar cuanto antes la cara con la que jugaremos. A ese abalanzarse lo llamas “fusión”, y consiste en unirse al otro en todas sus facetas vitales para llegar a una idea fiable sobre si va a ser nuestra pareja o no, sobre si es cara o cruz.
Lo que se descontrola en la fase de descontrol no son las propias emociones, sino al otro. Alcanzar la fase de control significa llegar a la conclusión de que el otro está controlado.
 
 
Mi amiga sonríe. Encuentra divertida la idea de que su pareja lo es como conclusión de ella y no de él. Le hace sentir, supongo, que “controla” la situación.
-Me suena bien.
-Eso es lo malo.
-¿Por qué?
-Porque olvidas que hemos pasado de un modelo cordial a uno hostil. De la fusión al control. Del acuerdo al contrato. Y todo cambia. En realidad, todo se derrumba. ¿En qué se basa ahora tu supuesta tranquilidad? Piensa en la de él, piensa en lo tranquilo que se siente él porque tú eres su pareja. Piensa en cuánto has cedido tú, a lo largo de la supuesta fusión, para generar en él un espejismo de control y conservar tu libertad secreta. Piensa cuanto has sofisticado esa libertad a medida que el control se sofisticaba. Piensa en lo compleja que te has vuelto, piensa en lo ingenuo que es él al pensar que te controla y, ahora, coge todo eso, y aplícatelo a ti misma.
-Lo estás magnificando.
-¿Sabe él que estás aquí?
-… No.

jueves, 5 de junio de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La guerra de las salamandras - Karel Čapek (1936)


 
                ¿Qué tiene que suceder para que el ser humano reconozca la existencia del otro como ser también humano?

                ¿Qué le hace descubrir en el otro una conciencia como la suya y, por ello, actuar en función de esa igualdad?

                O, invirtiendo la pregunta: ¿Hasta dónde puede el ser humano llevar la negación de la condición humana allí donde ésta se hace evidente?

                Čapek sólo responde, en realidad, a esta última pregunta: hasta que el reconocimiento se impone por la fuerza.

                Según la pesimista visión del escritor checo, el ser humano está especialmente dotado para anteponer su interés a su empatía o, dicho de otro modo, para utilizar su empatía sólo cuando ésta ofrece la ventaja de hacer aumentar el poder.

                Si esto es así, debemos pensar que nosotros mismos, orgullosos habitantes del s XXI, estamos negando la condición humana a todo aquél colectivo que no haya encontrado el poder para imponérnosla. Se nos abre, por lo tanto, un inmenso trabajo de identificación y comprensión de lo humano en aquellos espacios, precisamente, en que ningún interés particular nos hace ir a buscarlo.

                La mujer es, tal vez, el paradigma de esos colectivos, presente en toda nuestra historia como evidentemente igual y, a pesar de ello, carente de ese reconocimiento, aún hoy, salvo cuando su poder o el interés del hombre ha logrado imponerlos.

                Pero conformarnos con “mujer” como otredad a identificar es negligir la oportunidad, precisamente, de incorporar la más inclusiva categoría de “otro”. La clase genera a ese otro, sobre todo la superclase producida por las fronteras económicas. Hoy día, África está habitada por “salamandras” cuya muerte sistemática trataremos un día con la hipócrita indignación con la que nosotros tratamos la esclavitud americana del XIX. En los ancianos que potencialmente contenemos, es decir, en nuestro mismo futuro, en nosotros, fragmentados por el tiempo, somos capaces de establecer esa misma otredad. E incluso el género masculino es simplificado como el otro opresor de un modo que permite su deshumanización instrumental.

                El ser humano lo es, y el no reconocerlo como tal constituye una confusión de identidad, es decir, un recurso humorístico clásico que La Guerra de las Salamandras utiliza con una inteligencia deslumbrante, ofreciéndonos, en cada carcajada, la oportunidad de recordar, no lo que somos, sino en lo que nos convertimos al no reconocer lo que son los demás.

                Lo más frecuente es desaprovechar esta prodigiosa oportunidad.

sábado, 31 de mayo de 2014

CONTRALOVE FILMS PRESENTA: el "ex" nunca muere

            

             DRÁCULA, DE BRAM STOKER



El final feliz romántico tiene un poder del que  un guión apenas puede escapar. La extinción de la historia sin amor es, en nuestra cultura, una grave condena moral. Identificarnos con un personaje y acabar viendo cómo sucumbe, y nosotros con él, a la desgracia sentimental es, además, veneno para la taquilla, por lo que tiene en sí mismo de desagradable como experiencia narrativa. Sólo un espectador adulto y profundamente concienciado del problema que la historia trate está dispuesto a aceptar el desasosiego de verse advertido, precisamente en su espacio de ocio, de que algunos caminos, no lejanos, conducen a la soledad.

Nos han dicho que somos demasiado tontos como para ir al cine a pensar; que nuestro cerebro no está capacitado para ser sometido al estrés de hacer otra cosa que flotar en una nube de soma durante todo el tiempo que dure nuestro ocio. Nosotros, como nos regalaban los sentidos, lo hemos creído. Tenemos la obligación de actuar como si no fuera demasiado tarde, pero eso no garantiza nada.

El caso es que, hoy, rara es la producción que puede permitirse escapar a esta norma autoimpuesta por la industria cinematográfica. Para que toleremos que el personaje que nos acompaña dos horas, y al que a veces incluso dedicamos nuestra sagrada tarde del sábado, va a acabar como nosotros no podemos soportar pensar que acabaremos, es necesario que antes hayamos concedido que, encantador como es, encarna un vicio que la película nos va a ilustrar en detalle y del que nos va a enseñar a escapar. No le queremos mal, pero entendemos que, en el fondo, lo merecía. Nosotros no seremos como él.

Entonces, ¿qué sentido tiene contar la historia del hombre que, enamorado como dios manda, acaba condenado? Y, ¿cómo es posible que sea un éxito? ¿No es justo ésta la historia que no nos apetece encontrarnos?

Al primer golpe de vista, ni a mí me cae bien Drácula, ni creo que la intención sea que lo haga. Demasiadas cosas responden en él al cliché del villano como para que nos identifiquemos con su desgracia amorosa. Tanto los rasgos físicos (cara angulosa, bigote, mirada extraviada), como los caracterológicos, exaltación, violencia, crueldad, nos presentan al tipo de personaje a quien estamos habituados a odiar. Pero su segunda aparición, ya como vampiro, es definitiva. Lejos, lejísimos, de Cristopher Lee, o incluso de Bela Lugosi, Oldman se vuelve, no sólo odioso, sino generosamente repugnante. Esa especie de viejo afeminado, macilento y libidinoso es, seguramente, lo más lejos que Coppola ha sido capaz de llevar al personaje en su deseo por que nos inspire asco y, través del asco, aversión. Se diría que, mientras Reeves se encuentra en su mansión, más que los peligros que se ciernen sobre él, nos preocupan las interminables secreciones a las que parece ir a quedarse pegado.

 
Por eso tenemos claro que la historia debe favorecer al amor de los personajes vivos, y que el no-muerto debe, tarde o temprano, encontrar la horma de su zapato y sucumbir al final feliz. Lo constatamos, además, con cada uno de sus actos. El asesinato, la promiscuidad, el acoso, son casi el estereotipo del maltratador.

Sin embargo, todos sus movimientos lo aproximan al amor de Mina. Creemos que ella vive un engaño, que despertará cuando descubra toda la maldad que yace escondida bajo el proceso de seducción de Drácula. Esa esperanza se desvanece ante dos frases de Mina, la una pronunciada sin solución de continuidad con la otra, sin reflexión entre ellas, como si la barrera que debería separarlas fuera sobrepasada por la anegadora fuerza del amor.

-Has matado a Lucy. Te amo.

Muchos espectadores caemos en ese momento en que los engañados éramos nosotros. La declaración, la toma de partido, el contrato verbal, invierte el orden de valores de la narración. Nos habíamos equivocado de bando: el bueno era Drácula. Toca dejar las estacas, los ajos y los crucifijos, y desplegar nuestras alas de murciélago para no ser alcanzados por el fundamentalismo plebeyo y terrenal de Van Helsing. De hecho, será éste el primer momento en el que Drácula se encuentre amenazado y en inferioridad de condiciones y, como buen héroe, escape por los pelos.

Ya he hablado recientemente de la amoralidad del amor.

El amor establece unas reglas de comportamiento que deben ser seguidas para triunfar en el amor. Quien se aferra a ellas es bueno en el amor, y debe esperar que el amor sea bueno con él; quien las abandona sufrirá el castigo de la soledad. Pero el amor no necesita de sus feligreses para romperlas. Así, su camino sacramental es un viacrucis a lo largo del que se descubre la contradictoriedad de las reglas, y que culmina en el descreimiento total. Normalmente, el descreimiento llega demasiado tarde, cuando el mundo del amor nos ha considerado desechables. Entendemos entonces que no había tal moral, sino que era una zanahoria para que tiráramos de ese carro llamado familia, o llamado sistema, que considerábamos lo otro del amor y que era, en realidad, su razón de ser.

El amor nos la juega bien, el cabrón. Entran ganas de vengarse. Drácula, por ejemplo, lo hace.

A él no le salen las cuentas. Ha sido escrupulosamente obediente a todos los dioses sentimentales  y, sin embargo, éstos le traicionan. Su decisión es clara, y experimentaríamos su lógica como un humillante desprecio a nuestra mezquina resignación vulgo-romántica si no fuera porque estamos tentados de seguirle en su furia vengadora. El amor ya no es dios, puesto que falla. Ahora es un igual, y le debe algo, que se cobrará, aunque sea del propio amor.

Así, Drácula es el cobrador del frac del amor: la deuda incondonable que esa filosofía fraudulenta adquiere con nosotros en cada una de nuestras relaciones. Más allá de ser el espectro de la relación pasada, se trata del presente mismo de esa relación, convertido en eternidad inexcusable. El amor nos dijo que si obedecíamos nos ofrecería la felicidad. Y mira lo que nos da: no sólo ella muere, no sólo se nos dice que no nos espera más allá de nuestra propia muerte. Es que, para más burla hacia todo aquello que da sentido a nuestra existencia, resucita con otro. El fiel Drácula, que se atuvo al pie de la letra de sus promesas amorosas, se encuentra a Mina convertida en una monógama secuencial.

El amor no nos predispuso para esto de la secuencialidad. Lo que nos dijo es que era un sentimiento tan fuerte que nos cambiaría la vida entera; que nos ligaría a alguien de manera tan profunda que no podríamos jamás separarnos; que todo lo que hiciéramos inspirados por él tenía más valor que la vida y que la muerte; que dejáramos el alma, porque estaba bien segura. ¿Qué pinta, entonces, el advenedizo y profanador Jonathan Harker?

Drácula, como único y verdadero seguidor fiel de los preceptos amorosos, reencarnará la monogamia indisoluble, pese al futuro novio al que pese, y tenga el concepto de “ex” la prensa que tenga. En su siniestra condición de ex que no reconoce ese estatus, adquirirá rasgos absolutamente singulares y, a la vez, profundamente arraigados en nuestro inconsciente, tanto privado como colectivo. Es un murciélago, porque su capacidad para desplazarse, aparecer y desaparecer es la propia de quien no tiene otra ocupación que la obsesiva persecución de su amada. Es un lobo, porque su deseo sexual frustrado y arcaicamente romántico debe saciarse frecuentemente con seres inferiores, a los que devasta. Es un anciano repugnante, porque viene de un pasado que se abandonó y del que se quiere escapar por corrupto y vergonzante. Es un príncipe seductor, porque sabe todo de su amada, hasta sus sentimientos más íntimos, que convierte en debilidades emocionales por las que acceder a su corazón. Es un superhombre, más fuerte que cualquier hombre normal, porque en realidad es el único hombre entero, que se enfrenta a otros que son menos que hombres porque sus fuerzas están sensatamente repartidas entre diversos amores y ocupaciones en los que no les va la vida. Y es, ante todo, un vampiro, porque sólo él dispone del poder de inocular, con su mordedura, el veneno incurable del amor verdadero. Es este veneno el que contamina al convencionalmente secuencial Harker desde el momento en el que empieza a luchar por Mina, porque la lucha es, en sí, consecuencia del seguimiento literal de los preceptos del amor, que no concibe la sustitución del objeto del amor. Es el que empodera sexualmente a la casta Mina, dispuesta a seducir a Van Helsing como medio, pues la fidelidad real expulsa del reino del amor, hacia los territorios vírgenes donde machismo y feminismo, conservadurismo y progresismo, se confunden (y caen ambos, tal vez, bajo el calificativo peyorativo de “extremismos”).

Salvo el orgullo, salvo la dignidad de quien exige a hombres y dioses que cumplan su palabra, todo en Drácula es odioso. Pero todos reconocemos al odioso Dracúla que, dentro de nosotros, permanece desgarrado por la traición que lo destruyó, lo corrompió y lo convirtió en un monstruo que clama por salir a la fatal luz del día. Nos resulta tan sensual encontrar la oportunidad de identificarnos con ello, de reconocernos en las formas antisociales del amor, de entregarnos libremente a la amoralidad de la lucha amorosa, donde el bien y el mal han sido definitivamente relegados, que aceptamos jugar durante dos horas al monstruo maldito, a sabiendas de que, al final, tendremos que aceptar la muerte, y quitarnos el disfraz de carnaval que, en realidad, encarnaba nuestro yo íntimo.

Nada en Drácula nos es ajeno, salvo que él tuvo la valentía de enfrentarse hasta la muerte con el traicionero dios del Amor. Su derrota estaba predestinada desde el instante mismo en que acepto sus reglas.
 
Si algo de sentido se ha encontrado a esta interpretación de la película de Coppola, recomiendo vivamente la revisión de su famoso tema principal, junto con la letra, y la inspirada interpretación de Annie Lenox