lunes, 26 de septiembre de 2016

lxs monógamxs tampoco son "normales".


Nos es de sobra conocido que las nuevas no monogamias son, a día de hoy, todavía minoritarias. Lo es también que esa característica no ayuda a su normalización.

Como me incomoda el discurso de la tolerancia y me parece proclive al apoliticismo, no diré eso de que la no monogamia debería ser tenida como normal, tan normal como la monogamia misma. Que gran parte de la monogamia trate a la no monogamia como un modelo equivocado es, reconozcámoslo, perfectamente coherente. Es la coherencia simétrica a esa otra que nos lleva la mayoría de las personas no monógamas a pensar que la no monogamia es un modelo mejor, y a muchas de nosotras a defenderlo abiertamente.

La superioridad e inferioridad de unos modelos u otros es discutible y debe ser discutida, dado que esta superioridad depende íntegramente de la forma en que dichos modelos se llevan a la práctica. Y el derecho de lxs monógamxs a desaconsejar la no monogamia es inalienable, o sólo alienable por un buen intercambio de argumentos.

Pero de ahí a aceptar sumisamente las desventajas logísticas que conlleva la condición de minoría hay una gran distancia. Una cosa es que la/el adversarix sea más numerosx. Otra, que se le reconozca por ello derecho a invisibilizar nuestro discurso mediante el ruido, el menosprecio o el avasallamiento. Tenga la/el adversarix a bien recordar que su pertenencia al modelo hegemónico le hace, con excesiva frecuencia, desatender la necesidad de sustentarlo con razones. La monogamia, señorxs monógamxs, se apoya demasiado en el arma de la “normalidad”, y esa arma tiene doble filo, porque una vez superada la sugestión de que la no monogamia va contra natura, la pro-monogamia suele aparecer como una elección arbitraria y exógena.

La mayoría monógama es una mayoría por inercia, y muchas de las ventajas logísticas de su discurso están ahí porque nunca hemos entrado a pelearlas. La que voy a refutar hoy es su apariencia de bloque coherente, ante la que la no monogamia, fragmentada en un importante número de corrientes, queda situada sobre un suelo frágil y discontinuo.

No es justo, y es justo no dejarlo pasar.

Nuestro recurso más frecuente frente a esta supuesta consistencia sobrevenida a la monogamia ha sido al aunar a las no monogamias (y a la no gamia, ¡y a todo!) en un bloque no monógamo. Ese bloque ha sido llamado así a veces, o ha sido llamado amor libre, o es llamado, aprovechando su modelo más practicado, simplemente “poliamor”. No es mala idea ni abogo por que se abandone, pero tiene desventajas de las que deberíamos ser conscientes para poder sortearlas cuando amenacen con relegarnos a la marginalidad.

La primera es que, sumadas todas las hormigas, seguimos sin construir un elefante, de modo que en ocasiones podemos estar, simplemente, sacrificando diversidad a cambio de un aumento de magnitud imperceptible. A la hora de denunciar la mononorma, que es en lo que la unidad no monógama resulta más interesante, el peligro de hacerlo desde otra normatividad monolítica se vuelve inminente.

La segunda es que la barrera situada entre la monogamia y la no monogamia no responde en absoluto a una realidad (lo explico aquí) salvo, en todo caso, desde una percepción estrictamente poliamorosa, que enfrenta a la monogamia infiel con el poliamor “honesto”. La unidad no monógama se antagoniza frente a la monogamia, haciendo el paso entre ambas propuestas menos gradual y mucho más traumático. La división entre monogamia y no monogamia obliga, como el amor hace con las categorías de “pareja” y de “amistad”, a dar saltos traumáticos entre una y otra.

Por último, la división binaria hace a la no monogamia fácilmente atacable, toda vez que la funde con las peores criaturas de depredación sexual neoliberal. En este sentido, más que en ningún otro, la no monogamia no puede aparecer como una sola cosa mas que allí donde la indiferenciación resulte netamente eficaz. Se le dirá, si lo hace, y con razón, que para eso mejor nos quedamos como estamos, con el amor convergente de Giddens, y demás cantos al sol.

Así que nos va a venir muy bien complementar la herramienta de la unidad no monógama con la de la fragmentación monógama. Dado que el discurso monógamo depende hasta lo patológico de su condición hegemónica, cuestionar que exista una hegemonía a la que pertenecer cortocircuitará todo el sistema de creencias.

¿A qué tipo de monogamia perteneces? ¿Por qué eliges ésa y no otra? ¿Cómo haces para encontrar gente como tú? ¿Tu pareja practica tu mismo tipo de monogamia?

Nos van a preguntar que de qué hablamos.
Pues hablamos de que la monogamia secuencial no tiene nada que ver con la monogamia indisoluble, porque, a diferencia de ésta, la primera concibe la relación como transitoria, y piensa, siente y actúa en consecuencia. Y de que una persona “indisoluble” y una “secuencial” que comienzan una relación sin tener consciencia de esta diferencia fundamental, no sólo construyen sobre un proyecto de manipulación, en el que el éxito de cada una depende de lograr transformar a la otra, sino que seguramente no necesiten nada más como garantía de fracaso, en el sentido de que será una experiencia poco edificante.
Pero es que una persona monógama cuyo objetivo relacional sea lograr descendencia no tiene nada que ver con otra cuyo objetivo sea disfrutar de la persona misma a la que se une. Que cada quién llame a cada uno de estos dos modelos como quiera. Si no tienen nombre hoy es porque el tenerlo pondría de manifiesto diferencias radicales que reducen el rango de personas compatibles a niveles preocupantes y contrarios a la voluntad sistémica de que se construyan parejas a troche y moche.

¿Y las diferencias radicales en cuanto a los proyectos de convivencia? ¿Y en cuanto a la idea de roles de género? ¿Y en cuanto a la presencia en la vida de otras personas emparejables (ex, amigxs enamorables, etc…)?

La respuesta de mala fe a la confusión existente entre todas estas “familias” monógamas es que la relación será lo que sea y dará de sí lo que dé. Esa respuesta es el reconocimiento tácito de que la relación se concibe como una partida en la que cada participante guarda sus cartas.

Justo eso que nos reprocharían a nosotrxs si no reconociéramos, en cuanto empieza el interrogatorio, que no tenemos carnet de monógamxs.



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