lunes, 9 de octubre de 2023

Agamia. Primera noche

 


Durante el ya largo periplo de este blog, cuya razón de ser es exponer la propuesta relacional ágama, he procurado que a los textos teóricos o ensayísticos acompañara la literatura, casi siempre a través del relato breve.

La razón es que la teoría resulta insuficiente. No solo porque lo es a efectos divulgativos, sino principalmente porque la especulación no alcanza el aliento posible si no puede poner en movimiento toda la libertad de la ficción.

No incidiré en las razones que ligan inseparablemente a uno y otro lenguaje, expresadas de muy buena manera millones de veces en tantos lugares como el ser humano ha llegado a encontrar un momento, no para pensar, pues ese momento es cualquira, sino para pensar en cómo piensa. Solo confesaré, como humilde prueba de ello, que, para mí, todo esto empezó, hace justo treinta años, a través del lenguaje literario, y que fue mediante pequeñas, y tal vez extrañas, historias de amor, como logré esculpir unas primeras ideas que ya ni eran ni debían ser cuentos, porque podían asirse con claridad tanto por su autor como, presumo, por quienes las escuchaban. Hasta el hastío me reprocharon que traicionaba al amor al expresarlo a través del lenguaje de la filosofía, pero yo sabía que con la literatura lo había traicionado ya mucho antes.

Nunca concebí dejar de contar la agamia a través de la ficción, y hoy sigo concediéndole un lugar prioritario. Por eso he vivido la redacción del volumen de relatos que acabo de concluir con pasión y, a la vez, con urgencia. Todo en Agamia. Día uno, tan sistemático, está, a la vez, incompleto. A nadie se le escapa esto. Pero no solo porque el día dos debe necesariamente sucederle, sino porque si queremos que ese día amanezca, es necesario antes bajar un poco la luz, difuminar las formas, y volver al terreno de la especulación más nocturna e íntima.

Este post pretende solo anunciar que la redacción del libro está concluida. Aún tardará en dejar de ser un sueño, porque debe revisarse con el mimo obsesivo a que obliga no saber dónde está la verdad, si es que la hay, del envoltorio enigmático que manejamos.

Pero ya viene.

Cerrad los ojos.


EL LABORATORIO ERÓTICO DE SOFÍA. DISCÍPULO PERFECTO

(si no conocéis a Sofía ni su proyecto experimental quizá prefiráis ojear los textos anteriores antes de leer este relato.)

He forzado hueco en mi apretada agenda porque tengo una cuestión importante que tratar con Sofía.

Le escribo para decirle que, si no tiene inconveniente, si no la cojo ocupada, voy para allá, para su casa. Le digo que así se lo facilito, que no necesita moverse, que puede aprovechar mejor el tiempo.

Me contesta que “de acuerdo”, y entiendo que ha llegado a barajar la opción de darme cita en lugar de despachar el asunto de inmediato. A pesar de mi discreción ha adivinado la prisa y lo ha hecho bien. Cada vez nos entendemos mejor, y hay más cosas que llegamos a decirnos sin palabras. Es justo de eso de lo que quiero hablarle. Justo de eso.

-¿Qué tal he respondido a la última actividad? – pregunto con un temblor en la voz que es muy ligero, pero que puede no habérsele escapado.

La ceremonia de recepción no es más que la entrega de un vaso de agua que, sin embargo, ya lo enciende todo. No sucede siempre. A veces estar en casa de Sofía conlleva la amenidad limpia de una lectura. Entiéndaseme: puede o no haber lectura, pero el tiempo, la acción, pasa como si alguien se hubiera encargado de procurarle el ritmo de una buena historia. No voy a cometer la vulgaridad de decir que son momentos “deliciosos”. Prefiero equivocarme a mi manera y llamarlos “perfectos”.

Pero otras veces la atmósfera se prende. Es torpe, ¿no? Pensamos invariablemente en calor cuando una interacción se carga. Decimos que se caldea, que se pone al rojo, que hierve. Lo pensamos porque la energía puede ser calor, pero sobre todo porque vemos la nuestra como ardor guerrero. Cargarse es inflamarse de la fuerza con la que entraremos temerariamente al choque, o con la inconsciencia, más temeraria todavía, con la que ahondaremos entusiasmadxs en nuestra derrota.

En casa de Sofía la carga es gélida. Allí el incendio es el que se siente en el vagón de una montaña rusa, cuando se avanza lenta e inescapablemente hacia un despeñadero. Ese giro de la vía que tú ya no ves, pero que tienes la necesidad de imaginar porque no quieres que el pánico te haga saltar del coche y precipitarte sobre una fantasía esquizoide de maderas oscuras y crujientes: ese giro es frío, porque es miedo.

Pero también porque es control. Es la captación violenta de que lo que queda por hacer es abrir los ojos cuanto sea posible a todo lo que viene, dado que ya nada, salvo aprovechar la oportunidad, está en tu mano. Se encuentra en las de Sofía. Ella ya ha trazado el camino. Y siempre, sin excepción alguna, es vertiginoso. ¿Cómo no iba a declamar mi frase preparada con un ligero temblor, si le proponía con ello que me arrojara al vacío?

-Bien – contesta, y da así comienzo al juego.
-Le estoy pillando el truco. No quiero decir que haya truco. O que sea un solo truco. Pero hay algo general que parece que estoy entendiendo, ¿no?
-Estas cambiando de fase.

Mi rostro se ilumina. Yo no lo veo, pero si tuviera que describir mi rostro iluminado por la alegría querría tener una foto de este momento.

-¿Cómo es la nueva fase? – Es ella quien lo pregunta. No soy yo, aunque la voz ha parecido salir de algún lugar dentro de mi cabeza.
-Más avanzada. En todo.
-¿Con más pruebas?
-Sí.
-¿Con más encuentros físicos?
-Claro.
-¿Más personales, esos encuentros? ¿Más exclusivos?
-Eso es.
-¿Dirías que es una fase más intensiva?
-¡Sí! Más intensiva.
-¿O prefieres la palabra “intensa”?
-…

El carro ha llegado al final visible del raíl. Solo ella sabe en qué dirección voy a abismarme. Pienso que todo ha sido demasiado rápido. ¿Cómo ha podido haber sucedido ya? ¿Cómo puedo estar ya aquí? Si apenas he ascendido unos metros, ¿por qué voy a caer desde un precipicio?

-Israel, ¿te has enamorado?
-¡¿Cómo?!

Sofía guarda silencio. Mucha gente lo hace ante una respuesta que no es una respuesta. Ella, a veces, también.

-¿¡De quién?!

Sigue esperando. Si yo estuviera enamorado de otra persona, ella aspiraría ese amor con la mirada que me clava ahora. Si yo no estuviera enamorado tendría, ante ella, la obligación moral de enamorarme. Es mármol transparente, como los ojos de lxs inmortales. Incisiva, fuerte, buena y despiadada. Invita a la verdad, pero solo reaccionará a la verdad.

-No.

Silencio.

-Sí.

¿Dónde estoy? ¿Qué acabo de decir? ¿Cómo puedo ser yo ese, si soy justo su contrario?

-¿Y qué vas a hacer?

No puedo creer lo que pasa. No sé si me encuentro en el fondo de un pozo desde el que estoy viendo por última vez la cara de Sofía, o en una nave espacial, abandonando la atmósfera, a punto de empezar a recorrer con mi maestra un número infinito de galaxias. Es el punto cero de la vida y la muerte. Nacer sabiendo, esta vez, que naces.

Pero su pregunta no alude a cielos ni a infiernos, sino a la vida humana que, de momento, sigue transcurriendo emparedada entre ellos. Me acaba de recordar que soy libre, como no lo son los ángeles ni los demonios. Y que me encuentro ante el duro trabajo de decidir.

Estoy convencido de que no esperaba esto y, sin embargo, tengo un discurso totalmente premeditado que pronunciar. Aparezco, como en un sueño, en un lugar inesperado que he elaborado yo mismo. Pero me ha traído ella. Ella es el sueño. No el sueño que cierra los ojos a la vigilia, sino el que los abre a ese único otro mundo que habitamos y en el que lamentamos la inconcebible paradoja de ser impotentes y, a la vez, diosxs.

-Es un enamoramiento virtuoso.

Sofía me invita a proseguir con un gesto de la mano. Se diría que algo en ella se ha suavizado. Es la mirada, de nuevo. Cuando mira así apetece explicar cosas. No. Apetece explicarlo todo. Eso es. Apetece enseñarle el alma como si se le enseñara la casa.

-Sabemos que llamamos “amor” a dos tipos de exaltación afectiva. La primera es la alegría resultante de anticipar la realización segura de un deseo hacia alguien. La segunda es la angustia resultante de la incertidumbre ante esa realización.
-¿También de un deseo, quieres decir?
-También, sí.
-El deseo, entonces, es común a los dos amores.
-Sí, la diferencia es la adecuación en la designación del deseo. Si el deseo va a ser realizado, el amor es una exaltación alegre, pero si no…
-También exalta –interrumpe.
-Sí, pero en sentido opuesto. Generando ansiedad, tristeza, hipomanía… ciclotimia amorosa.
-En las dos ocasiones hay un deseo exaltado.
-Sí.
-Y en ambas el sujeto concibe que realizará su deseo.
-Sí.
-Solo que en uno de los casos no lo hace.
-Eso es, cuando las expectativas están mal concebidas.
-La diferencia es la calidad de las expectativas.
-Esa es la clave.
-Pero desconocemos su calidad hasta que comprobamos si el deseo se realiza o no.
-Hmm… vale.
-De modo que tu enamoramiento será virtuoso o no en función de cómo yo responda al deseo que contiene.

Recuerdo aquellos sketches de Barrio Sésamo en los que Epi repartía alguna golosina entre él y Blas. Blas la aportaba, por supuesto, de su propiedad, y Epi se ofrecía a hacer una justa distribución entre compañeros que el otro, para su perjuicio, no podía rechazar. Entonces Epi dividía la galleta, o el plátano, o una tarta, en dos partes claramente desiguales. La pequeña era para Blas. Mientras Epi comenzaba a engullir su pedazo Blas protestaba diciendo que no era justo que a uno le tocara más que al otro. Epi dejaba entonces de comer, reflexionaba y le concedía la razón: los dos trozos de tarta eran distintos, solo que el mayor, ahora que el de Epi había sido menguado, era el de Blas. Así que Epi cortaba un buen pedazo de la tarta de su amigo y lo unía a lo que restaba de la suya, dejándole de nuevo peor provisto. Blas caía en el error de protestar las veces suficientes como para no llegar a probar su propia tarta, o para obtener de ella un fragmento tan reducido que la humillación resultaba un castigo aún peor.

Sofía acaba de dividir en dos mi tarta de enamorado. Se ha quedado, me temo, con la mejor parte. Pero estoy casi seguro de que cualquier cosa que yo diga solo va a servir para reducir aún más las dimensiones de lo virtuoso en mi enamoramiento.

-Sin embargo no puedo responderte, porque todavía no me has dicho qué deseas.

Es verdad: no le he dicho qué deseo. He admitido que estoy enamorado. También le he dicho que aspiro a un cambio de nivel como discípulo de su laboratorio erótico. Ella me ha sonsacado que de ello espero más tiempo, dedicación y exclusividad. Todo eso es verdad. Pero ya ha quedado claro y, a pesar de ello, me pregunta ahora qué deseo. Eso significa que deseo otra cosa. Y que no sé cuál es. Y que ella, para variar, sí lo sabe.

Es demasiado tarde para tomármelo con tranquilidad. No tengo nada qué decir. En casa de Sofía no se reflexiona con el reloj en la mano, pero la precipitación acaba demostrando ser una pérdida de tiempo. Pérdida de tiempo con ella. Del que se pasa con ella, quiero decir. El que se pasa con ella se pierde, como si no se hubiera pasado. Y después es trabajoso perdonártelo.

¿Qué deseo? Tengo la pista de mi, ahora en apariencia ridícula, propuesta de ascenso, y de las ventajas que Sofía le ha atribuido. Ya sé que me está diciendo que lo que deseo es más de ella y nada más, incluso todo lo posible. Incluso, bueno… Cualquier cosa.

Pero no es esto lo que intuyo. Lo que llega a mi conciencia es un sentimiento que tengo que calificar de puro y de bueno. Quiero algo que está bien, y es por eso por lo que he concebido el subterfugio de dedicarme con más ímpetu al laboratorio. ¿Hago mal? Si mi deseo no es este he actuado virtuosamente derivándolo hacia algo noble y útil, y conformándome con ello. Quizá esté relacionado con el sexo, o con alguna forma de fantasía de pareja, o incluso con una apropiación sexual… ¿Qué más da, si acaba adquiriendo esta forma? Parece una conclusión defendible, y me aferro a ella.

-Quiero ese cambio de fase.
-No te he concedido un deseo. Te he preguntado por uno. Te pido la verdad y me devuelvas una elección.
-No conozco la verdad de mi deseo.
-¿Y cómo te atreves, entonces, a llamarlo “virtuoso”?
-Porque está inspirado por ti. Porque es un deseo hacia ti.

A veces me pregunto si Sofía debate con nosotrxs para poder hacerlo consigo misma; para poder encontrar en nosotrxs justo aquello para lo que aún no tiene respuestas. Estas cosas, estos oráculos llegados con el eco cavernoso de la inconsciencia, son los tesoros que diría que aspira a extraernos, y que nosotrxs le proporcionamos como muelas valiosísimas, invisible y originalísimamente cariadas.

-Me amas, Israel.
-De acuerdo.
-¿Y tu libro?
-¿Qué le pasa a mi libro?
-Allí escribiste que no debemos amar.
-Escribí que amar no es recomendable, porque es un placer derivado de una idealización alienante. Pero no escribí que no debamos amar como experimento controlado, puntual, a baja escala.
-¿Tu amor por mí es un experimento controlado, puntual y a baja escala?
-No. Es un buen amor. Es un amor virtuoso, simplemente porque es por ti, que lo eres. Es la integración de la teoría con la vida; de la conciencia con su objeto. Es la realización definitiva; la finalidad de este laboratorio. Este laboratorio me busca a mí. Y tú puedes compartir mi exaltación. Puedes recibir mi amor con tu propio entusiasmo amoroso por haber encontrado al discípulo perfecto. Eso también es un amor virtuoso. Siéntelo, Sofía.
-Me estás cambiando las reglas.

Veo claro que me he hecho con la iniciativa y quiero contestar automáticamente, insistir en un razonamiento que encuentro poderoso y que estoy seguro de que está mellando su convicción, pero hay una fuerza superior que me detiene como si fuera yo un bebé que gateaba despreocupado y al que unos brazos adultos han elevado del suelo inesperadamente. Intento comprender qué acaba de pasar mientras agito en el aire mis tiernas piernecitas. Es como si ella me hubiera hecho un pequeño gesto con la cabeza indicándome la aparición de una amenaza ominosa a mi espalda.

Lo entiendo enseguida. Ha pulsado el botón rojo con el que se apela a la autoridad que nos gobierna. No puedo, no logro hablar, porque yo ya no tengo la palabra, dado que no tengo palabra. Al contrario, me he convertido en objeto de la palabra. Soy aquello de lo que se debe hablar. Acabo de ser denunciado ante el más alto de los tribunales.

He conculcado la ley. Mi propia ley. Podría contestar de inmediato que escribí ese libro hace tres años, y que muchas cosas pueden haber cambiado desde entonces. ¿Por qué no reivindicar la evolución? Podría, incluso, seguir cavando el mismo agujero y decir que he trascendido mi pensamiento mediante el encuentro con un pensamiento superior: el suyo. Pero recurrir a cualquiera de esos trucos sería volver a delinquir. Si fuera simplemente capaz de decir alguna de esas cosas no estaría aquí; nunca habría sido admitido por Sofía.

Lo sé sin saber si ella alguna vez me ha puesto como condición saberlo. La ley no es inamovible. Puede ser cambiada. Pero no por la voluntad de los individuos que deben cumplirla, sino por el procedimiento que ellos han establecido para abstraerse de su propia voluntad. La justicia debe vigilar que no se confunda el cambio de ley con su incumplimiento. Y debe castigar esto último. Pero la justicia no tiene forma de castigar el incumplimiento de la ley que se imponen dos personas. Dos personas están solas, y su respeto a la ley depende de que ellas hayan logrado proyectar esa entidad superior capaz de castigarlas. Esa entidad se llama “dignidad”. Yo estoy a un pequeño paso de perderla. De dejar de ser digno de Sofía, de estar aquí, de todo.

-¿Qué deseas, Israel?
-Ya te lo he dicho: no lo sé.
-Y, sin embargo, estás luchando con todas tus fuerzas por lograrlo.

Con todas mis fuerzas. El entusiasmo amoroso. Sí. Con todas. No cabe duda. No debo de haberme dejado ni una pizca de fuerza, porque no siento ninguna.

-Es tu siguiente prueba. Debes descubrirlo y traérmelo. Me pedías más frecuencia. Esta es mi respuesta: ven cuando lo tengas. No vengas si no lo tienes.
-¿Y qué harás con ello?
-Diseccionarlo, por supuesto.
-Sabes a qué me refiero. Mi deseo. ¿Qué será de él?
-¿Quieres que te lo traduzca? Muy bien: juzgarlo.
-¿Y entonces?
-No hay ningún “entonces”. Si es un buen deseo será cumplido. Si no lo es…
-Lo rechazarás –interrumpo, desolado.

Soy un niño llorando, como tantas otras veces, pero ella no lo condena, porque sabe que ahora he quedado indefenso, y está bien que sienta miedo.

-No lo haré yo –me dice, y es como si el espíritu de Sofía entrara en mi cuerpo para abrazarse a mi estómago aterrado, para cuidarme y protegerme- Lo harás tú.