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lunes, 29 de agosto de 2011

terminología (reductiva)

            Me preguntan que de qué va esto. Me dicen que un título como “contra el amor” ya es suficientemente negativo como para que cada texto no se dedique después más que a criticar y cerrar puertas. Me dicen que el NO seduce poco. Que afirme algo. Que qué propongo yo. Que, al menos, le dé un nombre.
            Dos pegas a estas recomendaciones. Toda reflexión completa debe comenzar por la observación crítica, es decir, aquella que describe y señala los puntos débiles de lo real. Cambiar el frigorífico cuando se ha roto (aunque todavía enfríe un poquito) y, si no había noticia de la avería, anunciarla, por agorero que resulte. El anuncio es la parte negativa, el cambio, la positiva. Pero la segunda sólo puede ir tras la primera. Tengo, además, la impresión de que, dado el tema que aquí se trata, la negación será de límites, es decir, afirmación de libertades, aunque sean expresadas mediante rechazos.

            Si el amor no, entonces, ¿qué? En ocasiones, surgen interlocutores que manifiestan la desesperación de un adicto. “¡Amo el amor! ¡¡No puedo vivir sin él!! ¡¡¡No me lo arrebatarás!!! ¿¡¡¡Qué vida sería ésta si no amáramos!!!?” Y yo sin dejar de arrebatarlo, sembrando la desolación… ¡Canalla! Ya he explicado en algún momento que la pérdida de sentido de la vida sin amor es uno de las armas disuasorias que fundamenta el poder de éste (qué mal estamos con nuestra pareja y, el día que la dejamos, ¡qué vacío!), pero debo confesar que los yonquis, a veces, resultan irritantes.
Entiendo, sin embargo, que el formato blog deja el progreso de la reflexión demasiado en suspenso, sin saber si, en algún momento, se pasará de la crítica a la teoría y de la teoría a la propuestas o si, al menos, llegará a cambiar el tono destructivo. Así que, adelantemos…

            “Si estás en contra de la monogamia, ¿propones la poligamia? ¿Es el poliamor, entonces? ¿Es un nuevo poliamor con apellido? ¿El poliamor contraelamorístico?”
            Las palabras son muy útiles. Nunca acabaría uno de explicar lo útiles que son las palabras. Diría que la utilidad de las palabras es lo único que las palabras no alcanzan a expresar. Pero ni la vida ni el lenguaje se resuelven siempre mediante la reproducción.
            Desde el punto de vista terminológico, el gesto principal de este blog se realiza sobre el concepto “amor” y consiste, por un lado, en incluir en él no sólo una emoción, sino el sistema ideológico y preformativo que la sustenta; por otro, en una revalorización moral del concepto (a la baja) según la catadura de dicho sistema como conjunto coherente, responsable y opcional. Dicho alto y claro: empezar a pensar en el amor en términos de vicio y no de virtud.
            No establecer relaciones de amor no significa no establecer relaciones. Ni siquiera significa no intimar, no tener vida sexual o no asumir compromisos. Pero todos estos comportamientos tendrán su propia realización como finalidad, y no irán forzosamente articulados a otros que el amor dicte, arrastrándolos consigo y siendo arrastrados por ellos. Antes, por tanto, de describir una nueva tipología para las relaciones deberemos enfrentarnos a este espacio de libertad en sentido negativo (poder hacer sin saber qué hacer). Nada queda en él proscrito, salvo la aceptación acrítica de la mecánica del amor. Un panorama más sugerente que angustioso para quien no tema los espacios abiertos.
            Pero, por si seguimos necesitando un nombre, usemos, provisionalmente, el de “amistad”. Está sacado de la basura pero nos puede valer. Es, por excelencia, el término empleado cuando no se tiene otro, cuando no se sabe qué decir o cuando se quiere dejar el sentido en el aire. Desde el punto de vista de la consistencia semántica, es el último despojo así que, en cierto modo, no tiene dueño. Además, es el más universal: corresponde a la gran mayoría de las relaciones, hasta el punto de que casi es su sinónimo, salvo por el sesgo afectivo.
            Pero aun siendo el donnadie del vocabulario sobre relaciones, aporta una pátina ética que nos evitará caer en el cinismo. Su protocolo, a falta de uno de nuestro propio cuño, servirá de referente allí donde, habiendo impugnado el del amor, hayamos perdido el norte por completo.
            Así que, de momento, todos colegas.
            ¿Qué pasa, colega?

lunes, 1 de agosto de 2011

15M

Entre los modelos de relación sentimental que nos ofrece nuestra sociedad tampoco disfrutamos de muchas alternativas. Se podría decir, incluso, que ni siquiera disfrutamos de la insana división político-ideológica en dos Españas que durante tanto tiempo nos ha distraído del lógico objetivo de la mejora social. La propuesta es siempre la pareja monógama y, como, a decir verdad, sucede en política, si las distintas candidaturas representan lo mismo, entonces no hay tal diferencia sino (y es sólo un pequeño cambio con respecto a la obligación manifiesta) un espejismo de libertad.
Pero, abusando del símil, es posible que localicemos una frontera no del todo ficticia entre dos, llamémosles, “estilos” aplicados al mismo modelo. Uno nos recuerda con fuerza a la pareja tradicional por su consistente identificación con el patrón heredado. Los simpatizantes de este estilo no albergan grandes dudas sobre su conveniencia y eficacia si se siguen correctamente las reglas que lo afianzan. Desean encontrar a alguien con quien formar una familia y compartir sus vidas, y entienden que esa persona surgirá, tarde o temprano, de un modo más o menos natural. Será identificada, a partir de ciertos hitos, como la adecuada, la que corresponde, la que debe ser, y esta convicción ayudará a resolver conflictos, desarrollar proyectos, y experimentar cada paso con la satisfacción del éxito. En caso de ruptura quedará una fuerte unión psicológica, un problema de difícil solución y presencia perpetua, ya desemboque en reconciliación o en cese de contacto.
A una cierta distancia aparece el otro grupo mayoritario formado, como el primero, por aspirantes a encontrar una pareja con la que compartir íntegramente su vida, diversas circunstancias ideológicas o biográficas rebajan sus expectativas. Han reaccionado mediante la adaptación a una situación que será considerada como crónicamente provisional, en tanto que ni siendo satisfactoria hay garantías de que se cumpla el deseo de que dure a largo plazo. Esto les resta fuerza a la hora de luchar por conservar a su pareja, e incluso de decidirse por ella, toda vez que la figura de la persona adecuada no se les dibuja siempre con claridad. A cambio tienen el beneficio de la rápida recuperación, de una mejora en la capacidad de disfrutar de la relación actual sin el peso de la anterior, y del recurso extra de la ruptura no traumática como forma de resolver los problemas. En definitiva, más adaptabilidad y menos eficacia.
Salta a la vista que lo que une ambas opciones es más de lo que las separa. Si no fuera porque sus simpatizantes acostumbran a identificarse a sí mismos como pertenecientes a una u otra, se diría, desde cierta distancia, que sólo son dos matices, tal vez los más extremos, de un mismo color. Así, los Partidarios de la Pareja Perpetua (PPPs, podríamos llamarlos), tienen una educación sentimental enfocada a la obtención del logro final tras la superación de un determinado número de experiencias fallidas experimentales, conceden a la vida sexual un lugar clave en la identificación del sentimiento que debe mantenerlos unidos, y ven a los hijos como el fruto natural de la relación y la fuente de su alegría hasta el final de la existencia. Los Partidarios de la Separación Superable (PSSs) tienen, a veces, ciertas dificultades para saber cuándo acabó su formación sentimental y cuándo comenzó la aplicación de lo aprendido, pero hijos, vida sexual y educación sentimental juegan exactamente el mismo papel.
La verdadera brecha no aparece entre las distintas versiones del modelo, sino entre su generalizada aplicación y su perseverante fracaso. Porque en lo que PSSs y PPPs estarán siempre de acuerdo es en que el recorrido les ha sido complicado, en que se han encontrado con obstáculos desmoralizantes, casi hasta provocarles el abandono, y en que, por la causa que sea, en su entorno social tampoco se puede decir que haya una “normalidad” satisfactoria. Sumado (o restado) a esto el obligado optimismo necesario para acarrear la infelicidad diaria, amén del secretismo que la pareja impone en cuanto a su disfunción para no desestabilizarla aún más (optimismo de grupo, si se quiere) se diría que el panorama es perfecto para el surgimiento de alternativas “reales”.
Porque las existentes son poco más que extremos de los extremos, habitualmente más disfuncionales aún. Los Partidarios del Cinismo Sexual (PCSs) obtienen una precaria solución de la aceptación de la infidelidad y la utilización de la misma sin escrúpulos, ya sea con sus parejas estables o sus amantes esporádicos. Los que lo son del Cinismo Emocional (PCEs) dan por hecho que la pareja no es más que una convivencia sin comunicación íntima, plataforma para otros fines individuales, en la que el verdadero objetivo es una cordialidad estable. Los Partidarios de la No Agresión Sentimental (PNASs) han perdido la esperanza de compensar el dolor sufrido y el provocado, y se han refugiado en una soledad sociable pero sentimentalmente distante y escéptica, mientras que los Partidarios de las Relaciones Abiertas (PRAs) intentan compaginar placer sexual con estabilidad sentimental mediante voluntariosas y estériles negociaciones.

Pero, de momento, PPPs y PSSs, PCEs y PCSs, PNASs y PRAs se atribuyen la culpa o, al menos, la causa de su rareza. El elemento colectivo, el amor, sigue siendo una sacrosantidad intocable e infalible: un dios. Quien no dice amor está diciendo odio, está blasfemando, y es más culpable que nadie de que el milagro no se produzca.
En realidad, es otro milagro el que necesitamos: el del fin de la superstición.

martes, 26 de julio de 2011

una buena causa

            Todo tiene sus pros y sus contras pero, si se encuentra forma de suprimir contras conservando pros, entonces se tiene una propuesta de mejora. Es el caso. El que sigue puede ser un argumento convincente y una referencia razonablemente ordenada para comenzar la crítica que se pretende tratar aquí.

            La pareja monógama y el concepto de amor que conduce a ella presentan la desventaja de deteriorar las siguientes formas de relación entre personas:
            - relaciones entre los miembros de la pareja, que se ven impelidos a realizar, de manera consistente y continuada, aquello que los constituye como tal: relaciones sexuales, convivencia, manifestaciones de afecto, monogamia… El mínimo de vida en común para que la pareja se conserve es tan alto que siempre resulta una carga notable, si no insoportable, en, al menos, alguno de sus aspectos. La consecuencia es que la relación más importante en nuestra vida está sometida a presiones tan poderosas que reducen significativamente su carácter de trato libre entre personas afines.
            - relaciones con parejas anteriores, que se ven reducidas al mínimo o llevadas a la desaparición. Si no olvidamos que la expareja ganó el “ex” después de haber ganado el “pareja” seremos capaces de dar el valor correspondiente a la pérdida de muchas de las personas más importantes de nuestras vidas a causa de la incompatibilidad postulada por la estructura monógama. De hecho, otro gallo cantaría ahora de no haber tenido que pasar por el infierno de romper.
            - relaciones de “amistad”, que resultan limitadas por un grueso colchón de comportamientos prohibidos que garantiza su diferencia con respecto a la relación de pareja. Esto influye profundamente en la comunicación, la disponibilidad, las manifestaciones de afecto, el contacto sexual, etc… La amistad queda convertida en una relación que nunca puede ser ni profunda ni satisfactoria para no solaparse con el territorio distintivo y principal de la pareja. Así, desaparece cualquier modelo de relación cordial profunda con nuestros congéneres (que no implique elegir a uno de ellos y convertirlo en sustituto de nuestra pareja actual). Habría tanto que decir sobre el insulto “amigo”…

            Panorama: TODAS nuestras relaciones son gravemente perjudicadas por la monogamia (de la familia no he hablado; ese tema merece su propio chiste), sorprendentemente más en su calidad que en su número. Está claro que, si se puede evitar, vale la pena hacerlo.
            Este texto no debe extenderse tanto como para demostrar esa posibilidad, pero sí puede caber en él su descripción:
            -las relaciones de pareja serán más satisfactorias si los individuos que las forman encuentran una manera fluida y libre de acordar y modificar su contenido en cualquiera de sus niveles.
            -las relaciones de expareja recuperarán el valor como relaciones si, en aplicación de la libertad de elección ejercida, ésta se ha transformado por sí misma en exrelación, y no forzada por la necesidad de dejar espacio a la siguiente monogamia. Hay que añadir que la conservación de las exparejas como parejas evolucionadas se antoja de una riqueza emocional digna de ambición.
            -las relaciones de amistad carecerán de límites artificiales externos e inconscientes. De ese modo la amistad asumirá el significado general de relación cordial de mayor o menor profundidad, base real (y no tipo opuesto) de cualquier forma de trato a la que cada una progrese.

            Huelga decir (de modo que lo diré) que, construidas así las relaciones, las categorías “pareja”, “expareja” y “amigo” pierden vigencia y requieren revisión y, quizás, bautismo. ¿Y qué?

domingo, 17 de julio de 2011

paso 1

Todos hemos aprendido que el amor es imprescindible para alcanzar la felicidad. Todos sentimos en lo más íntimo que, si esto es así, jamás seremos felices.
Hay un problema, no cabe duda... ¿O no hay un problema, sino que la vida es el problema y el amor su trabajosa e improbable solución? La única salida, la única esperanza frente a la soledad a la que el ser humano está condenado por su naturaleza, por la sociedad, por el destino… Alcanzar el amor es, sí, extremadamente difícil, pero eso no debe desalentarnos, pues la alternativa es una aceptación estéril de la infelicidad. Además, el amor premia a quien lo persigue con fe, a quien se prepara para él, a quien se entrega a él sin esperar nada a cambio. En el momento en que se deja de esperar… entonces llega.

No sé cómo seguir. Si con un corte tajante:
Bien, ésa es una de las dos respuestas posibles. No va a ser la nuestra.
Con un sarcasmo:
¿Quién sabrá tanto como para haber respaldado estas afirmaciones? (porque aquellos a los que yo se las he oído estaban todos en la fase de entrega, pero aún no habían recibido la nómina).
            O con este emoticono:    



La otra respuesta es que esté fallando la máquina; que no sea así. Que no sea así… ¿qué? Pues nada. Todo. Todo funciona mal, desde el comienzo hasta el fin. No hay parte a la que agarrase como principio sano. Y no tenemos idea de dónde está la avería. El amor es un aeroplano renqueante con el que un panadero náufrago debe escapar de una isla en mitad del océano. "¿¿¡Qué le pasará a esto!?? Uf… hombre, moverse se mueve… "
Con un poco de suerte el panadero no estará contaminado de la máxima suicida “el que no arriesga no gana”. Tendremos que olvidarnos de escapar, al menos de momento, y desmontar el mecanismo entero.
            Replantearnos el amor es, principalmente, reconsiderar la monogamia. Ésa es la forma que le damos al amor, y es dentro de sus leyes donde experimentamos tantas insatisfacciones,  Debemos, además, replantearnos el amor en sí (aunque en la práctica tenga menos peso que la forma que le damos), con todo lo que evoca: afecto, pasión, entrega… Nos replantearemos el sexo, eso seguro (que es siempre lo más urgente), y, en fin, todo lo que nos vaya saliendo al paso.
            Pero eso será en otro lugar. Antes nos desharemos de algunos lastres ideológicos cuya consistencia, se verá, es muy inferior a su peso. Lo haremos sin exhaustividad ni regodeo, como si tuvieran tan poca importancia como merecen.
            Cántame, musa:
           
- La naturaleza nos ha hecho para estar con una sola persona. Se habla de la naturaleza con mucha frivolidad. Cuando (y éste será el mejor de los casos) estemos ante un biólogo reduccionista, ofrezcámosle bibliografía sociológica, psicológica o filosófica. Cuando, por el contrario, estemos ante la cita de un documental oído desde el baño, pidámosla. Que nos ilustren.
- Quien no cree en el amor es porque aún no lo conoce. Éste es el más fácil. Si se replica seriamente diremos que el argumento es subjetivo, tautológico y “ad hominem”. Subjetivo porque otorga superioridad a una subjetividad sobre otra (“yo sé lo que siento y lo que sientes tú, pero tú no puedes saber lo que siento yo”). Tautológico porque da por demostrado aquello que pretende demostrar (“la inexistencia no puede existir”, vamos, que no afirma nada). “Ad hominem” porque nos pone en la incómoda tesitura de argumentar con nuestra biografía y no con nuestras razones. Por eso, si no nos apetece concederle seriedad podremos darle la vuelta y contestar que sí, que conocemos el amor en cualquier forma e intensidad imaginables y que lo que él no conoce es el sufrimiento que le espera. Qué más da. Total, él también está mintiendo…
- Quien quiere a más de una persona a la vez no quiere de verdad. Tautológico de nuevo. Si querer a más de uno no es querer, entonces cuando se quiere a más de uno no se está queriendo. No es un gran avance. El amor queda recluido a priori en el amor a uno, independientemente de que alguien quiera mejor a varios de lo que otro quiere en exclusividad. Es la apropiación del término, vacío de contenido. Luego está lo de que a todos los hijos se les quiere (“igual”, añaden los padres). Aquí dirán “es un amor distinto”. Tautología de nuevo.
            - Cuando alguien nos llena del todo no necesitamos a nadie más (y su corolario: cuando nos fijamos en alguien más es porque ya no queremos a nuestra pareja). Encontrar aspectos en los que cada uno se siente insatisfecho, hasta en la más perfecta de las parejas, es muy fácil. Hagámoslo. Incluso se puede, con un poco de maña, demostrar que el más enamorado se siente atraído por terceras personas. Descubrir infidelidades suele requerir sólo un poco más de esfuerzo, pero ése dejémoslo a su pareja, que sabe desbloquear el móvil.
- El amor es lo más bonito de la vida. Soy esclavo de mis palabras y he escrito “sin regodeo” de modo que: alguna de las cosas más monstruosas de la vida también forman parte del amor (no del imaginado, claro, sino del real). El objetivo no es eliminar todo lo que el amor abarca hoy, sino encontrar la manera de separar sus funciones legítimas de sus inmoralidades.
            - Sin amor la vida es soledad. Éste es interesante porque desplaza el problema llevándolo a un terreno en el que es más abordable. La soledad no es algo que se supere necesariamente en pareja, me temo, ni algo que no se pueda superar fuera de ella. La soledad a la que coloquialmente nos referimos tiene dos componentes básicos: convivencia y comunicación. La convivencia no requiere pareja. La comunicación requiere mucho más que eso.

            Libres de morralla, nos hemos ganado el derecho a pensar. Será agradable remitir a “textos anteriores” cuando se esgriman estas… razones. Pero, ¡qué barbaridad! ¿No? ¡Cómo ha habido que ponerse!

miércoles, 13 de julio de 2011

¡¡¿Quién manda aquí?!!

Partamos de una base firme: la recuperación de la jerarquía original entre amor y felicidad.

Ambos son conceptos que nuestra cultura entiende como netamente positivos. Sin embargo, su presencia y relevancia son muy distintas. El amor es nuestro concepto bueno por antonomasia, y su evocación conlleva dos grandes ventajas: la concreción y el entusiasmo. La felicidad no sólo tiene un carácter plano y estático que empaña su atractivo. Es, además, notablemente indefinida, pudiendo tomar cualquier forma siempre que haya alguien dispuesto a identificarla con ella ("Mi felicidad son las motos","Soy feliz con muy poco", "De vacaciones soy feliz"...).
 
Preferimos al amor, sin duda, porque no sólo sabemos que no nos aburrirá (“Es una montaña rusa”) sino que podemos localizarlo con claridad allí donde se forma la pareja. Con estas dos grandes ventajas es lógico que resulte una mercancía mucho más demandada y un reclamo publicitario, es decir, una presencia cultural, mucho más extensa.
 
Por eso la relación entre ambos es una sorpresa cruel. Decimos que el amor da la felicidad, y no a la inversa (salvo para hacer juegos de palabras). Y porque da la felicidad tiene sentido que lo busquemos. En buena lógica, si diera otra cosa que felicidad, o si diera infelicidad, en fin… en teoría no deberíamos buscarlo, salvo en nuestro perjuicio.


La idea es tan tonta que se ignora, así que repitámosla. La felicidad ES LA FINALIDAD del amor. Esto la convierte en un concepto jerárquicamente superior. Entre ambos no hay controversia posible. Allí donde el amor haga feliz, tendrá sentido. Allí donde no lo haga habremos perdido el norte y hasta la justicia se quedará corta como argumento en nuestra contra. Será la lógica misma la que nos diga “buscar algo por el camino que no conduce a ello no es injusto; es irracional. Hacerlo acaba con nuestra condición humana, en tanto que hemos dejado de ser libres (no somos libres porque no podemos hacer nada, ya que hacemos las cosas por el camino que no lleva a su consecución)". La justicia no suele extenderse tanto en sus explicaciones. Soy más bien yo, que resumo alargando.
 
Es duro pero SÍ: si llegáramos a la improbable conclusión de que el amor no nos hace felices, deberíamos abandonarlo, para nuestra desesperación. Y sin embargo... ¡magia!: la consecuencia es que seríamos ¡¡¡más felices!!!
 
Suena mal. Parece que habláramos de una felicidad infeliz, indeseable, tediosa, indigna de ser perseguida. Bien, lo que sea. ¿Qué podría importar si sería, a fin de cuentas, mejor? Desear lo malo, o desear que sea bueno, no lo hace portador de ninguna bondad extra. Ese “mal amor”, mejor que la “buena felicidad”, sólo es un error lógico y así debemos verlo. Si perdura es porque conlleva prejuicios, verbigracia: la pasión hace más feliz que la simple felicidad, aunque sea una pasión dolorosa. Pero no se trata de juzgar si la pasión es mejor que estar todo el día sentado en un sillón (imagen demagógica de la felicidad como mera tranquilidad), sino de conservar la felicidad como concepto abstracto del que sólo valoramos si es mayor o menor, es decir, mejor o peor.

Buscamos la felicidad. El amor lo buscaremos en la medida en que sea el medio para lograr aquella.
 
Ya lo hemos recordado. Ahora no olvidemos que tuvimos que hacerlo.