viernes, 6 de diciembre de 2013

propuesta erótica. I. DESIGNIFICACIÓN. (y xiv) ante una vida sin motivación sexual

            Tenemos relaciones sexuales para robar su valor simbólico. Una vez que designificamos este valor simbólico, el robo deja de tener atractivo. Nos quedamos solos ante el sexo; ante el sexo por el sexo. Pero el sexo nunca nos ha interesado, y ahora no sabemos qué hacer con él.

          Descubrimos una angustia contradictoria: ahora vemos que el sexo no tiene sentido, pero habíamos aprendido que la vida, sin él, tampoco.

          ¿Se trata de un bucle existencial que debe conducirnos al suicidio?

          No. Se trata de una liberación. Del primer encuentro libre con el sexo, al que ya no estamos obligados. De la primera ocasión en que podemos darle al sexo un uso no enajenado. Del momento cero del erotismo.



Éstos son nuestros “juegos sexuales”: Lamentablemente lejos de su pretensión de actividades lúdicas donde se aprende jugando, donde el juego crea, dinamiza, motiva y descubre; flagrantemente ajenos al juego colaborativo en el que los participantes se ayudan mutuamente a logar la satisfacción y el desarrollo. En nuestros verdaderos juegos sexuales, en los juegos sexuales que tienen lugar por debajo de nuestro discurso, y a las claras luces de nuestros actos, los participantes compiten entre ellos por el valor sexual, por el símbolo de la entrega gámica que especula con la esclavización.

Lxs participantes compiten entre sí y frente a la sociedad ausente, incrementando el valor subjetivo de ambos a la vez que lo depredan; generando una burbuja de valor que estallará en cuanto la realidad se aproxime con decisión a cualquiera de sus puntos débiles. Cuando descubran la falsedad del valor impostado del otro, la de la esclavización alcanzada del otro, que aspira, en realidad, a esclavizar; la del valor subjetivo de los otros, también hinchado hasta el límite de la resistencia del sentido de la realidad y, por tanto, próximo a estallar, pero también a adquirir dimensiones amenazantes; cuando descubran las trampas establecidas a medio plazo para atrapar el valor ganado hoy, que es siempre un préstamo a un interés tan alto que, salvo que logremos incrementar de nuevo nuestro valor, tendrá como resultado una operación con saldo negativo.

Follamos sin follar, porque lo hacemos para lograr de ello un resultado del que esperamos satisfacciones mucho mayores. Follamos como medio para haber follado, para dejar “bien folladxs”, que no es “satisfechos de follar”, sino con la despensa llena de follar en conserva, y segurxs de su valor como “follables”. “Dejar bien follado” es cerciorarse, a base de cantidad e intensidad, de que el deseo de follarnos no es impostado, es decir, carente de respaldo bancario, así como de que la miseria de nuestro valor como follables puede cubrirse razonablemente mediante una sola operación, gracias a un solo cliente, que consta ya en cartera.

Follamos sin follar y, al no follar, dejamos más y más de saber si queremos el follar para algo, o sólo participamos de su comercio porque no hay forma de socializarse fuera de él. Follamos con la ilusión de vernos crecer en el sexo, como hacemos un examen con la ilusión de convertirnos en personas tituladas. Si las condiciones de la realización de un examen fueran sensuales, si las notas se concedieran al azar, partiendo de un aprobado casi garantizado, si no hubiera que llegar a él tras un penoso esfuerzo cargado de estrés y renuncias, si examinarse fuera, no sólo agradable en su realización, sino garantizadamente rentable en sus resultados, entonces, simplemente, sería como follar.

Ésta es la razón por la que resulta especialmente difícil designificar el morbo del sexo. Es considerablemente complicado imaginar un sexo sin morbo, porque el morbo es tan sustancial a nuestra cultura sexual que, en muchas ocasiones, designificarlo conllevará vaciar el sexo por completo. Un sexo sin morbo no sólo carecerá de significado, de simbolismo, sino incluso de razón de ser y, por tanto, de intencionalidad. El sexo sin morbo es un sexo para nada.

La designificación del morbo será reconocible, normalmente, en este vacío. Por fin sucede aquello que parecía que sucedería con los significados anteriores: si no puedo poseer a la persona con la que realizo una actividad susceptible de procurarme placer sensual, dicho placer sensual, desnudo, no es capaz de motivarme ni, por supuesto, de hacerlo lo necesario como para superar la mayoría de los obstáculos que habitualmente me separan del acto sexual.

Efectivamente, dado el mundo en que vivimos, si no fuera por el morbo, no se follaría. El sexo dejaría de ser el nudo significativo en el que se enraíza el amor, y no habría potencia capaz de convertir a los individuos en proyectos monógamos susceptibles de adaptarse a la estructura familiar instituida. Como se ve, el desplazamiento de cualquiera de sus piezas claves afecta a la sustentación del edificio completo.

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Hemos llegado al final de la cebolla, y nos encontramos con las manos vacías. Si queremos recuperar el “sexo para algo” tendremos nosotrxs mismxs que desarrollar su “para qué”. Pero ¿para qué desarrollarlo? El sexo nos ofrece un medio, pero no un fin, de modo que difícilmente podremos abordarlo desde otra perspectiva que la curiosidad. Pero la curiosidad verdadera tiene que saber reconocerse a sí misma. Su fin es el descubrimiento de la materia sobre la que se proyecta; su ánimo, equilibrado y sereno. Deberemos, a partir de ahora, familiarizarnos con esta serenidad. El entusiasmo excesivo será, o indicio de que el morbo vuelve a abrirse paso entre nuestras motivaciones, o de que el placer sensual como fin en sí mismo nos atrae por encima de lo que corresponde a su propia trivialidad.

Evidentemente, no podemos proceder en la vida con el artificioso orden de una teoría, pero si pudiéramos, habríamos ya alcanzado el primer objetivo en la construcción de un sexo contra el amor, antipatriarcal y anticapitalista. Llegados a este punto estaríamos libres de cada una de las motivaciones insidiosas que el sexo tiene en nuestras vidas, aquellas que lo convierten en la trampa de la monogamia, en el vehículo para instrumentalizarnos como perpetuadores irracionales de la especie, en objeto y medio de una pandemia adictiva, sólo testimonialmente sacada a la luz, en mercancía estrella de la cultura del consumo, producto por el que vincular unos consumismos con otros para que todos sean deseados más allá de cualquier razón de ser de ese deseo, en pieza clave de la despolitización y el control sobre la ciudadanía, pulverizada en res familiar,  todos miembros de un inmenso rebaño de microformaciones independientes, pasivas y sin conciencia colectiva. Y, por ende, en seres enajenados de su placer sensual.

De todo eso nos hemos ya librado. Creíamos que carecer de deseo sexual era perder la razón de vivir, y sin embargo es perder la compulsión consumista de someter a lxs otrxs para adquirir valor social subjetivo y prestigio a nuestros propios ojos. Creíamos que el sexo daba sentido a la vida y, en realidad, no sabíamos qué era la vida porque estábamos enajenados por el trabajo sexual. Llamábamos “ilusión” a la adicción, y ahora, sin adicción, como a cualquier adictx, se nos viene encima el peso del sentido de una vida que se resolvería inmediatamente si volviéramos al viejo vicio.

Pero, si vamos a superar nuestra cultura adictiva debemos ser capaces de enfrentarnos a la transformación de las motivaciones mediante la superación de las que son irracionales y adictivas. Que la propia estupidez de la pregunta nos sirva de asidero: “¿Qué sentido tiene una vida sin sexo?” Si el sentido de la vida depende del sexo, entonces es evidente que el ser humano no ha encontrado sentido a su vida. El papel que el sexo vaya a tener en la vida tendrá que formar parte de una vida a la que él encuentre ya con sentido.

Con la designificación completa, si somos capaces de llevarla a fin, hemos dejado de vivir para el sexo. Deberíamos celebrarlo.

La designificación no es sólo una crítica. Es una práctica, y debe ser entendida, además de como la descripción de las líneas de significado que conforman la vida sexual que la condena del amor rechaza, como la primera propuesta conducente a la transformación de la vida sexual o, si se quiere, del sexo en erotismo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tedioso, pedante, confuso, infumable.