lunes, 29 de junio de 2020

AGAMIA. Programa para la emancipación relacional colectiva


TAMAÑO: 23x15, 422 págs.
ENCUADERNACIÓN: rústica con solapas
PRECIO: 22€ + gastos de envío

Han pasado más de seis años desde que la agamia viera la luz en este blog. Durante este tiempo el interés por ella ha ido creciendo hasta alcanzar tanto a gran parte de la comunidad no monógama como a muchas de las personas que cuestionan nuestra cultura relacional desde cualquier perspectiva. Se ha creado, además, una auténtica comunidad internacional específicamente ágama.

Paralelamente, su elaboración teórica ha crecido también, llegando a acumular una importante cantidad de textos. Hace tiempo que quienes se interesan por la agamia empezaron a encontrar complicado formarse una idea general a partir de estos abundantes textos breves, a pesar de sus interconexiones y de la transversalidad de los temas.

Ha llegado un momento en el que se ha hecho necesario articular el conjunto de la propuesta en un formato más integrado y manejable. Eso es este libro, que lleva por título: AGAMIA. PROGRAMA PARA LA EMANCIPACIÓN RELACIONAL COLECTIVA.

El objetivo ha sido recoger lo desarrollado hasta el momento para construir sobre ello una propuesta mucho más amplia, completa y manejable. En él se desarrollan pormenorizadamente los temas que esta propuesta relacional ha ido sacando a debate a lo largo de los años, con el superior nivel de profundidad, unidad y organización que aporta el formato libro. Quienes os animéis a echarle un vistazo descubriréis el resultado de estos dos últimos años de reflexión, práctica y activismo en los que el blog había sido parcialmente relegado en favor de este proyecto.

Encontraréis información actualizada sobre el libo en la página de facebook Agamia. Día uno. Además podréis encontrar vídeos introductorios a las distintas secciones del libro en el canal de youtube videoagamia.


Confío en que este trabajo nos ofrezca nuevas respuestas que nos ayuden a formularnos nuevas preguntas.

PEDIR LIBRO aquí



lunes, 3 de febrero de 2020

debatir sobre amor con efectividad, en 7 pasos.


Llevamos mucho tiempo hablando sobre amor e intentando explicarle a la gente por qué tenemos tan claro que esto del amor merece, siendo generosxs, un chequeo en profundidad.

Y estamos, lamentablemente, curtidxs en conversaciones trabadas, circulares, extraviadas en afirmaciones prerracionales que agotan nuestra energía y acaban transmitiendo la sensación de que no se ha llegado a nada y por tanto el tema, que tendría que ser clarísimo, quizás no lo sea tanto.

Luego, al volver sobre estas conversaciones, conseguimos poner orden, y comprendemos los mecanismos que han provocado que los razonamientos fallen o, más bien, que no hayan podido operar normalmente. Entendemos cuál ha sido la trampa que en cada ocasión ha hecho otra vez difícil llegar al punto de partida que proponemos, tan obvio, que es que el amor necesita esa revisión en profundidad y, muy probablemente, ser sustituido como referente relacional.

Opino que se trata de un problema fundamentalmente técnico. Nos faltan automatismos que nos conduzcan con agilidad al terreno del debate real, y que puedan, con la misma agilidad, evitar los lugares comunes en los que la ideología amorosa se refugia para poder postergar indefinidamente este debate.

Por eso he pensado que un esquema como el que os propongo puede ser útil. Tener claro este dibujo, o uno similar, y tener claras las razones por las que debe ser seguido en cada paso nos ayudará a salir airosxs de la gran mayoría de esos escollos. Con un poco de suerte lograremos el ansiado objetivo de llevarnos al amor al lugar en el que debe estar, es decir, el del debate y el análisis, y del que, como sabemos, es bien difícil que escape indemne.
He intentado no acumular demasiados eslabones ni dejar fuera ninguno relevante. Como veis el resultado es un esquema de siete pasos, que son otros tantos recursos que emplea el discurso amoroso para eludir el análisis. Mi idea ha sido ordenarlos según una serie más  o menos lógica para darles un sentido de recorrido que ayude a su comprensión y automatización, aunque es evidente que es raro que los siete aparezcan juntxs en la misma conversación o que se siga exactamente esta secuencia. Sin embargo, cada uno va cerrando un poco más las vías de escape al amor, y cada vez que este avanza un paso por el camino verde, condenando una salida roja, se encuentra un poco más cerca de la casilla final, es decir, se ve cada vez más atrapado en el espacio del debate verdadero.

Los detallaré tan sintéticamente como pueda. Recordad que el objetivo es que esta secuencia, u otra similar, se convierta en un camino automático y automatizado del que les sea difícil sacarnos. Que les sea complicado llevarnos a ningún otro sitio que no sea el espacio de la racionalidad ética.

PASO 1 – Este es el más general; el que constituye el necesario reconocimiento del acto mismo de la comunicación y de todxs lxs interlocutrxs como tales. Fuera de él la comunicación es imposición unilateral y, normalmente, violencia. Veamos en qué consiste.

En el Banquete de Platón comprobamos cómo ya entonces hablar de amor no era necesariamente hablar para entender el amor, o para aclarar nada sobre él, sino más bien un ejercicio de regodeo sensitivo con fines lejanos al análisis (enardecer la pasión amorosa, normalmente, calentar, hacer que el amor opere y tenga consecuencias). Es lo primero que deberemos señalar en nuestra conversación sobre amor. Vamos a exponer ideas, a PENSAR, no a MANIPULAR emociones. Esto último puede ser legítimo en otras circunstancias (un texto literario, por ejemplo) pero para eso, como para que te den un masaje, por más placentero que sea, hace falta consenso específico. Hablar conlleva, a priori, respetar las condiciones de racionalidad de la conversación. Conlleva poner las cartas, es decir, los argumentos, sobre la mesa, y dejar que sean ellos, y no un sujeto, los que persuadan. Respetarnos implica dejar de lado el lenguaje poético. Cuando queramos un masaje lo haremos saber.

PASO 2Stilla olei ardentis − Ya estamos en el espacio del diálogo. Y como sabemos que el amor es tramposamente polisémico vamos a preguntar qué es el amor. DEFINIR debe ser nuestro punto de partida. Cualquier ladrillo que pongamos antes que este se estará apoyando sobre el aire. Entonces nuestrx interlocutor/a nos mirará compasivx y nos explicará que el amor no puede definirse. Es el momento perfecto para devolverle el favor y explicarle a su vez que, si bien lo que afirma parece poco probable porque se trataría del único concepto conocido que no puede definirse, vamos tomando nota de esta exigencia como característica relevante a la hora de dar, precisamente, su definición (“concepto que enuncia sobre sí mismo que no puede definirse”. Vaya, ¿a qué me suena esta prohibición sobre el saber?). Si nuestrx interlocutor/a colapsa ante la necesidad de especificar qué quiere decir cuando emplea el término “amor” podemos ofrecerle la salida de la NULIDAD: un concepto cuyo contenido no puede especificarse es un concepto sin poder comunicativo. No puedo entender lo que dices, hablas un idioma absolutamente individual. Es, literalmente, una sucesión arbitraria de sonidos, una no-palabra y, por lo tanto, queda fuera del vocabulario. Por nosotrxs, perfecto. Que no la volvamos a oír.

PASO 3 – Algunxs interlocutorxs se avendrán a definir, y algunxs se mostrarán encantadxs con ello, porque disponen de una bellísima definición de amor que están ansiosxs por compartir. Este es su momento. Escuchémosles: “El amor es desear a la otra persona lo mejor para ella”. “El amor es sentir la armonía de la conciencia”. “El amor es la fuerza que mantiene unida toda la naturaleza”. Cuando la lágrima de emoción haya terminado de correr por su mejilla digámosles que es muy bonito pero que, lamentablemente, resulta IRRELEVANTE (cuidado aquí con los egos heridos, porque nuestrx interlocutor/a cree que nos acaba de hacer un regalo). De lo que estamos hablando no es de lo que el amor debería ser, sino de lo que realmente es; lo que nos interesa no es el tutifruti orientalista que descompone la masa gris de nuestrx interlocutor/a, sino el fenómeno social llamado “amor”, y cómo se manifiesta en el uso popular de ese término. Nuestro objetivo no es proponer un nuevo o viejo amor, sino DESCRIBIR. Queremos saber lo que el amor es. Eso que esta persona ha señalado quizás sea un plan perfecto, pero dado que se apoya en el desprecio hacia la realidad, podemos ya decir de él que empieza mal.

PASO 4 – Hay términos que no necesitan demasiado del uso popular para ser definidxs. No todo el mundo sabe lo que es un quark, por ejemplo, aunque mucha gente estará familiarizada con el término. Pero si al dar su definición esta no coincidiera con la que ejerce como oficial en el campo de la física, la consideraríamos simplemente incorrecta, incluso aunque se tratara de una definición mayoritaria en el uso social. Pero el amor no es un concepto de esa naturaleza. El amor no tiene un libro oficial, aunque muchos libros hayan tenido la pretensión de ser el libro oficial sobre el amor (Fromm, Giddens, Herrera…), y algunos ejerzan parcialmente de ello sin que seamos conscientes. En cualquier caso, a pesar de que estos textos son influyentes, ninguno, ni ninguna de estas definiciones, tiene la categoría de definición correcta. Nunca se la otorgaríamos porque todxs entendemos que antes debe producirse en torno a ello una aceptación explícita y colectiva que jamás se ha producido. Sobre el significado del concepto amor no hay consenso porque no puede haber compromiso, ya que el amor necesita flotar sobre diversos significados de uso coyuntural. Si hiciéramos explícito lo que significa “amor” el concepto se destruiría en su incoherencia. Mañana mismo seríamos lxs primerxs que inclumpliríamos ese compromiso, usando el término de otra manera.

Mientras tanto “amor” será lo que la gente esté dando a entender con el término amor, es decir, aquello que sea más general, funcional y poderoso en esos infinitos usos. Para descubrirlo necesitamos OBSERVAR (escuchar, en realidad, y analizar lo escuchado). Frente a ello nuestrx interlocutor/a, tal vez el mismo que el del paso anterior, puede intentar convertir el concepto amor en un concepto del tipo “quark”. Quizás nos diga que “amor es lo que dijo Ortega y Gasset”, por ejemplo, aunque será fácil explicarle que, con respecto al amor, Ortega es solo otra opinión, muy prestigiosa, qué duda cabe, pero una opinión más frente a la que, entre otras cosas, podrían exponerse opiniones tanto o más prestigiosas que la suya. Es más probable y peligroso que nuestrx interlocutor/a se refiera a una información de la que carecemos (porque aunque no sepamos o recordemos lo que opinaba Ortega sobre el amor, sí sabemos quién es Ortega y podemos calcular cuál es su autoridad). Quizás nos diga que no sabemos lo que es el amor si no hemos leído a Osho, porque Osho no es Osho, sino toda la sabiduría milenaria que tiene detrás y que ignoramos (lo más probable es que estx interlocutor/a la ignore aún más, pero no hagamos sangre). Debemos callar, por lo tanto, ante una REVELACIÓN. O quizás esta revelación se le ha producido directamente a él/ella. Os suena, ¿verdad?: “Para saber lo que es el amor hay que vivirlo. Vosotrxs lo cuestionáis porque no lo habéis vivido, experimentado, sentido…”. En estos casos recordemos, sin reírnos, que este es el mismo tipo de prueba que aportan lxs avistadorxs de OVNIs o de apariciones marianas. Es eso: puro avistamiento. Lo que alguien dice que experimenta pero no puede ser experimentado por otrxs son cosas que sirven para tratar en Cuarto Milenio, pero no en una conversación entre personas serias.

PASO 5 – Hay gente que habla del amor mirando directamente a la realidad, usando datos, experiencias y hechos. El problema llega cuando tienen que INTEGRAR estos datos y nos ofrecen una distribución arbitraria de la importancia de los mismos. “El amor tiene muchas cosas buenas”, nos recuerdan, “no debéis olvidarlas. Las malas a las que os referís son verdaderas, no lo niego, pero no pertenecen a la esencia del amor”.

Seguro que ya habéis reconocido a estxs interlocutrxs. Son quienes distinguen entre (buen) amor y amor romántico, o a través de cualquier otro arbitrario par de conceptos. Y son legión, aunque su obstáculo, una vez entendido, es tan impotente como los anteriores. Lo que parece en ellxs un verdadero análisis sociológico se apoya en una división apriorística e innecesaria cuya misión es, una vez más, salvar al amor: “Aunque lo que analizamos es el amor, es decir, un solo concepto, hablaremos de dos”. Esta conculcación evidente del principio de economía es el resultado de una IDEALIZACIÓN (“el amor es ideal, y todo lo que en él no sea ideal no es amor”) y resulta perfectamente inconsistente, porque en nuestra cultura amorosa ambas cosas van íntimamente unidas y se retroalimentan. Pero eso ahora nos da igual. Lo que verdaderamente nos importa es que esta operación no puede ser previa a la descripción, porque forma parte de la prescripción, es decir, de lo que viene justamente después. De nuevo nos quieren colar un plan antes de que tengamos claro por qué y para qué queremos un plan. Que nos ofrezcan un plan, si quieren, pero cuando llegue el momento. Entonces les recordaremos que nosotrxs tenemos uno mucho mejor. Eso, y no otra cosa, es lo que intentan eludir poniendo el carro antes que los bueyes. Intentan no enfrentar jamás la posibilidad de tener que rechazar el amor.

PASO 6 – “Bien, el amor es cruel. Pero siempre ha sido así y, por lo tanto, siempre lo será (opcional: “está en nuestra naturaleza”). Aprendamos en qué consiste para fluir con él y que no nos destruya su corriente”. Llegaron lxs BIOLOGICISTAS. Lxs estábamos esperando.

Acabemos pronto: la biología, cuando es digna de llamarse así, no habla de amor, porque este no forma parte de su campo de conocimiento. El amor, como toda conducta humana, pertenece a las ciencias sociales. La influencia de las ciencias naturales cae dentro de los factores condicionantes (a veces con una influencia mínima) siempre subordinados al desarrollo de herramientas, materiales o intelectuales, que los domestiquen. Para comprobar este aserto solo tenemos que echar la vista atrás. Nada más falso que la idea de que el amor siempre ha sido así. El amor ha sido siempre diferente, adaptándose a las diversas condiciones sociales que se ha encontrado o, mejor dicho, de las que ha nacido. Lo que para nosotrxs es la esencia misma del amor, por ejemplo su asociación a la pareja, es un fenómeno bien reciente. Otros algo más estables, como su asociación al sexo, nos resultan, sin embargo, inadmisibles como esencia del amor. El término mismo es de una inestabilidad asombrosa. Más allá de unas pocas décadas y unos pocos grupos humanos se produce un vertiginoso vacío con respecto al vocabulario amoroso: otras palabras diciendo otras cosas, que acaban siendo traducidas como “amor”. El amor es, casi casi, algo que estamos inventándonos aquí y ahora. HISTORIZARLO es comprender la responsabilidad que conlleva su construcción.

PASO 7 – Ahí es donde se nos van a intentar escapar lxs últimxs. “¡El amor es malo! ¡Malísimo! ¡Claro que sí! ¡Ya era hora de que alguien lo dijera!” Parece que nos lo concedieran todo, pero no. Lo siguiente que nos van a decir es que ya han sufrido mucho, que ya han luchado mucho, que ya han perdido mucho… y que ahora tienen que mirar por sus intereses. Así que sí, hay que analizar el amor, y hay que hacerlo desde todo tipo de rigor histórico y cultural, y sin compasión, y con la valentía y el escepticismo de un espíritu libre… lo que no hay que hacer es oponerse a él.

¿Creíais que llegadxs al séptimo paso se iban a haber agotado lxs defensorxs (en la práctica) del amor? Pues aquí tenéis a todxs lxs escépticxs, individualistas, solterxs felices (no ágamxs, claro, sino parásitxs de la monogamia) y personas que se aman a sí mismas. Estxs son quienes admiten que el amor es un mal, pero dicen que es “su mal”, y que matarán por él. Son lxs peores, porque son los más conscientes, los que más cerca están, los que no se han perdido por el camino y quieren, ahora que lo tienen todo, quedarse a las puertas. No buscan una mejora o un cambio, sino las reglas de funcionamiento de la máquina. Quieren saber cómo va para pasarse al bando de quienes más eficazmente la explotan. No quieren hacer POLÍTICA, sino que deciden, abiertamente, NEGLIGIR su responsabilidad como miembrxs de la comunidad. Son estxs lxs que nos van a llamar “moralistas”.
 
Es ellxs a lxs que hay que señalar, por lo tanto, como enemigxs confesxs de la comunidad. Es a estxs a lxs que no oponemos ya una norma relacionada con las condiciones del diálogo, el análisis y la comprensión, sino de la acción y la ética. Es a estxs, por lo tanto, a lxs que, simplemente, llamaremos “malxs”, dado que son de quienes más podemos decir que actúan con plena conciencia. A no ser que quieran acompañarnos hasta la siguiente casilla. Es solo un paso más.




martes, 21 de enero de 2020

el peón parental



“No se puede vencer si no se sabe en qué consiste la victoria”.

La frase ni es mía ni es así. Esta es la forma que le doy yo para exponer algo que considero útil sobre el peregrino asunto de la propiedad de lxs hijxs.

Estamos escandalizadxs ante el grado de reacción que está logrando traer a la actualidad la ultraderecha. Nuestra lectura es que tener que volver a luchar por obviedades como la necesidad de que lxs niñxs reciban información sobre violencia de género es un retroceso que nos acerca al momento histórico en el que hubo que luchar por ello la primera vez. Hemos perdido mucho, por lo tanto, con demasiada facilidad, y es desmoralizador.

Pero, pensémoslo un momento: ¿en qué habría consistido ganar? Y, ¿sería tan diferente de esto?

El comienzo de una partida de ajedrez es un empate (no es cierto, pero vamos a simplificar). Ambos grupos de fichas tienen las mismas posibilidades y aspiran, igualmente, a la victoria. Pero a partir de cierto momento uno de ellos adquiere una cierta ventaja y el otro comprende que la expectativa de vencer se aleja. Decide olvidarse de atacar y cierra su defensa. Se enroca, por ejemplo.
Esto genera un cambio desconcertante en el grupo de fichas que van ganando. En pocas jugadas la disposición sobre el tablero se ha transformado, y de una posición abierta y llena de posibilidades se ha pasado a otra en la que apenas hay fisuras. Es cierto que la amenaza parece prácticamente haber desaparecido, pero también que eso convierte el ataque casi en una obligación, y una obligación mucho más peligrosa que antes, pues el adversario se ha vuelto consistente y hermético, como si sus fichas se hubieran, de pronto, electrificado.

Si no se tiene cierta experiencia en lo que se refiere a abordar esta fase del juego el fracaso del grupo atacante puede no reducirse a chocar contra la defensa, sino que llegará, incluso, a hacerle perder su ventaja primera y desatar con ello un contraataque definitivo. Y, sin embargo, desde fuera nos dan ganas de gritar: “Pero, ¿¡qué esperabais!? ¿Que se rindieran al primer revés? ¿Que no se reorganizaran? ¿Que no optimizaran sus posibilidades? ¿Que por una victoria parcial os regalaran la victoria completa?”

En el fragor de la batalla, y en el renovado impulso que el enemigo parece adquirir con su cambio de estrategia, resulta fácil olvidar que nos encontramos en una fase mejor para nuestros intereses, y que a pesar de que esta fase tiene también peligros y dificultades, nuestra ventaja debe traducirse de alguna manera en resultados. Olvidamos que nuestro desconcierto tiene que ver, en parte, con que hemos ganado terreno, que pisamos suelo conquistado, y que nos movemos aún con cierta torpeza en él. Olvidamos que aquello que parece renovar las fuerzas de nuestro enemigo es ahora un objetivo mucho más modesto que el que lo motivaba antes, y más modesto, lógicamente, que el nuestro. Olvidamos que su ilusión, tras el golpe de la primera derrota, está puesta en no perder más, y que su eficacia es producto de la desesperación y de la lucha por la supervivencia.

Volvamos al tablero de la política. “Los hijos no pertenecen a los padres”, dijo Irene Montero, y se diría que fue un error político a tenor de la violenta reacción suscitada en la derecha. ¿Se equivocó la ministra y volvió peligroso un terreno en el que era más acertado avanzar con cautela? No lo creo.
Lo que creo es que Irene Montero, ministra de Igualdad, nada menos, es ahora mucho más poderosa y, con ella, lo es el feminismo, lo son los derechos sociales y lo es, en definitiva, la justicia. Sus mensajes ya no son la expresión parlamentaria de unas ideas que buscan participar en el debate, sino el anuncio de aquellas medidas que con toda probabilidad van a ser ejecutadas. Esto significa que los espléndidos 52 escaños de VOX se quedan en un grito ahogado, y que para no perder el enorme terreno que conlleva no formar gobierno necesitan medidas desesperadas de visibilización. Significa también que el PP, en una posición más desesperada todavía, necesita acompañar a VOX en su escaramuza suicida.

La batalla por el pin parental es una batalla perdida para la derecha. Eso no significa que no pueda ganarla. Significa que si actuamos con precaución, compromiso y responsabilidad, es casi seguro que de ella saldremos reforzadxs nosotrxs y debilitados ellos. La razón por la que desatan este tipo de encontronazos pírricos es la simple lógica de la derrota: cuando pierdes una vez se vuelve más probable que pierdas la siguiente porque llegas a ella con peores recursos y menos poder para determinar las condiciones del enfrentamiento: montan la del pin porque las otras que podrían montar son todavía más histriónicas. Hay poco más.

Pero podemos perder. Perderemos, seguramente, si creemos que ya hemos ganado, o que ya hemos perdido, o que es difícil que seamos capaces de volver a motivarnos para luchar una vez terminada la batalla anterior. Perderemos, en definitiva, si no recordamos que la lucha sigue, y no cumplimos con nuestro deber de afrontar el conflicto tal cual es, con todo el trabajo que conlleve. Perderemos si, ahora que somos más fuertes, actuamos peor.

Ojalá todas las batallas políticas fueran tan sencillas como recordarle a la gente por qué lxs hijxs no son de los padres. Ojalá fuera siempre tan sencillo acceder al argumentario y acorralar a nuestros adversarios dialécticamente. Ojalá comprendiéramos con toda claridad que el terreno que ahora podemos conquistar a galope tendido ha sido, en otras ocasiones, peleado metro a metro. Ojalá entendiéramos con toda claridad el valor que tiene galopar.

Volvamos al tablero abstracto y sugerente del ajedrez. En ocasiones el enfrentamiento más violento de toda una partida se produce en torno a un simple peón. Un peón se considera, en ajedrez, una ventaja definitiva: quien tiene un peón más debe ganar; tiene la obligación de ganar. Pero una vez conquistado ese peón extra la partida puede, sin embargo, enquistarse. El grupo de figuras con ventaja no consigue incrementar esta. Se encuentra en superioridad teórica pero esta no logra traducirse en la práctica: a pesar de su figura de más en todos los frentes que aborda hay empate.

Debe entonces recordarse una de las reglas más básicas del juego, y de todo enfrentamiento, sea en el tipo de tablero que sea: activa tu ventaja. No dejes que ese peón diferencial languidezca mientras se desarrollan luchas espectaculares pero igualadas entre caballos, torres y alfiles. El peón es la clave. 
Tu peón no ha sido salvado in extremis de un fatal intercambio de peones, que ha dejado sobre él la marca de la vulnerabilidad, de que un peón no es nada, de que está aquí, pero podía no estar. Tu peón no es eso. Tu peón es aquello frente a lo que el adversario no puede oponer ya su peón; y si no puede oponer su peón no puede oponer nada. Tu peón es quien puede galopar.
Esta batalla del pin parental no debe quedarse en evitar el pin parental. Debe continuar después mucho más allá, llegando tan lejos como se pueda en el avance del feminismo, de la calidad educativa y de los derechos sociales, y debe hacerlo galopando impetuosamente por el terreno que el descrédito, el extravío y la desesperación de la derecha dejará en nuestras manos cuando su grotesco y endeble pin parental no pueda resistir más. Debemos, para ello, ser capaces de ver nuestra victoria actual. Y debemos ser capaces de imaginar la siguiente.


martes, 20 de agosto de 2019

Rosario de Acuña y la trampa de la transfobia.


Una joven, desconocida para muchas de las presentes, pronuncia las primeras frases de su ponencia en la Escuela Feminista Rosario de Acuña. Se traduce en ellas la esperable inseguridad correspondiente tanto a su inexperiencia como a la importancia del lugar y de la compañía. En su presentación no ha salido a relucir un gran currículum ni un mérito personal particular, sino más bien una condición generacional. Está allí, parece ser, como representante de una sensibilidad que merece la pena dar a conocer o, al menos, dotar de voz: la del joven feminismo radical. Esta condición anima aún más a la indulgencia y el cuidado. Las dificultades a las que se expone con valentía recuerdan a aquellas a las que constantemente se exponen miles de mujeres a las que se obliga a ofrecer un plus de valía o esfuerzo en su competencia con los homólogos varones. Eso no sucederá aquí. Ella ha sido invitada a la mesa, seguramente con buen criterio, y lo que corresponde es escuchar desde la empatía y la paciencia. Nada más.

La joven ponente bebe agua.

A medida que entra en faena, su tono va ganando seguridad. Ahora ya no titubea indiscriminadamente, sino solo cuando se encuentra a sí misma repitiendo una idea. Las formulaciones estereotipadas no expresan agradecimientos introductorios, sino pensamientos cocinados para la ponencia en los días previos a las jornadas. Las torpezas no parecen fruto del estrés, sino el objeto mismo de la exposición. Las mujeres de la sala se encuentran ante un inesperado repaso básico de la historia del feminismo; ante la repetición insistente y caótica de ideas perfectamente formuladas en ponencias anteriores; ante gozosos descuidos en las formas al referirse al sujeto de análisis; ante la intuición de una sensibilidad que no parecía tener cabida en la Escuela. Seguramente una parte de la audiencia, formada sobre todo por quienes ya conocían a la ponente y sus antecedentes, se incomoda.

Cuando acaba, la maestra Valcárcel toma la palabra y, en pocos instantes, todo vuelve a su sitio. El pensamiento recupera la agudeza esperada, la pertinencia, la novedad. El comentario de la maestra no parece una nota a pie de ponencia sino, efectivamente, el de un jurado evaluador. Escuchándolo tenemos la sensación de entender qué hacer con lo oído, qué valor darle, dónde ponerlo.

La Escuela Feminista Rosario de Acuña es así, y es eso: una escuela con forma de jornadas de conferencias que tienen como objetivo el tratamiento de una cuestión de actualidad para el feminismo a través de la mirada experta y brillante de Amelia Valcárcel. Sus discípulas más cualificadas se encargan del desarrollo del detalle, de la maduración de los frutos, del riego minifundista. Y tras ellas algunas jóvenes tienen la oportunidad de compartir mesa como si realizaran una práctica universitaria, necesaria tanto para ellas como para la renovación y perpetuación de la labor realizada en la Escuela. La Escuela Feminista Rosario de Acuña es un vehículo para la divulgación del pensamiento y la mirada de Amelia Valcárcel, y ojalá siga siendo eso por muchos años. La sesión introductoria, la suya, es siempre, por supuesto, la mejor. Es en ella donde se dibuja el mapa del tema y se deja este colocado allí donde le corresponde, listo para su disección al pormenor. Es en ella donde se expresan las poderosas razones que han llevado a su elección, y es también en esa sesión de presentación donde se esbozan las líneas de reflexión más originales y fértiles, y se hace referencia a las fuentes más cruciales.

La aparición en youtube, cada principio de Julio, de las conferencias de Rosario de Acuña es el lanzamiento de una estimulante andanada de reflexiones que alimentará el curso académico por empezar y es parte fundamental de lo que será la actualidad del feminismo a partir de ese momento. Tiene, para mí, el sabor de ser el principio del verano, y acompaña durante días mis faenas hogareñas, llenándolas de pensamiento y asociando el uso de los utensilios de limpieza con el aprendizaje denso y transformador. Cuando tengo vídeos de Rosario de Acuña pendientes estoy deseando tener que planchar.
Este año, bajo el título “política feminista: libertades e identidades”, el verdadero tema ha sido, como todo el mundo sabe, el conflicto con el colectivo de mujeres trans. Y ha habido luces y sombras.

Las luces han estado donde siempre: en la elección valiente de un tema necesario pero comprometedor, quizás el más comprometedor; en su contextualización y análisis más allá de la hojarasca de las redes sociales y el debate en los grandes medios, hasta situarlo, ordenarlo y apuntarlo en la dirección que el feminismo exige como lucha que mira al futuro y que necesita dibujar con claridad su camino; en la determinación del enemigo en esta lucha, tanto donde es claro y manifiesto como donde es inesperado y aparentemente amistoso o aliado.

Las sombras han estado justo allí donde a ese enemigo le habría gustado que estuvieran: en los errores de forma que le están sirviendo para victimizar al colectivo de mujeres trans y convertirlo en escudo humano contra un movimiento abolicionista que está, o estaba, ganando la batalla a medida que la explosión social del feminismo se asienta y crece en consistencia ideológica.

Así, junto con las razones bien hiladas se han trenzado los desprecios mal templados, como si lo segundo fuera el merecido desahogo que algunas ponentes se otorgaban a sí mismas en premio al esfuerzo intelectual o activista realizado. Tan cómodas se sentían, tan en casa, tan ajenas, quizás solo por un momento, a la vulnerabilidad de su causa, que no ha habido no ya un reproche, un toque de atención, una discreta llamada a la responsabilidad, sino ni siquiera el reconocimiento por las tardes de los desprecios vertidos por las mañanas. Tantas veces como se han escuchado desafortunadísimos comentarios tránsfobos ha habido que soportar a su vez la indignada cantinela preguntando: “¿Dónde?, por favor, ¡¿dónde está nuestra transfobia?!”. Se lograba así esa joya de la discriminación que es el insulto que no se sabe insulto, que carece de la capacidad para verse insulto, que se constituye en naturalización del insulto.

Tanto horacias como curiacias, por tanto, han podido recoger los frutos esperados. Las unas, ponentes valcarcelianas, han acumulado un argumentario sólido y difícilmente rebatible por sus enemigxs al que podrán remitirse seguidoras y simpatizantes. Las otras han logrado justificar como nunca su desprecio hacia las abolos, TERFs, “viejas” y “sociatas”, y extender ese desprecio como una plaga. Han logrado justo lo que necesitan para llevar el conflicto al único sitio en el que pueden ganarlo: el prejuicio. Apenas dos días después de concluidas las jornadas circulaba ya por todas las redes feministas liberales un vídeo con la selección de los mejores momentos TERF de la Escuela Rosario de Acuña. La estrella en él era, por supuesto, Alicia Miyares, mano derecha de Valcárcel, y cota más alta sobre la que la crítica ha podido impactar, ya que la maestra se mantuvo prácticamente en todo momento en una actitud tan implacable como respetuosa. Allí donde ese vídeo ha ido apareciendo como señalamiento definitivo de la obsolescencia de la Escuela al completo era inútil remitir al contenido de las ponencias. La respuesta era: “Alguien con tanto odio no puede tener razón”. El feminismo ilustrado quedaba así descabezado en su nacimiento por el feminismo emocional que tanto gusta de ridiculizar, precisamente, Miyares.

En la Escuela se vivieron, sí, algunos momentos sonrojantes. Lo que el feminismo liberal ha hecho después con ellos supera con creces el bochorno y cae en la miseria táctica que le es natural. Pero esto no nos importa, porque el feminismo liberal es parte del enemigo, y el enemigo, que no tiene razón, va a emplear siempre estrategias que eluden la razón. Como sucede en cualquier lucha justa, la posesión de la razón es el arma que distingue al feminismo de su enemigo, y es en la que la causa justa confía, en última instancia, como poder que acabará decantando la lucha. Pero no es suficiente, y pensar que es suficiente y que es lo único que debe ser revisado y engrasado es regalarle la victoria a un enemigo que ya se ha enfrentado muchas veces con éxito a rebeliones que solo poseían la razón. Imagino que una pensadora política como Valcárcel estará de acuerdo con esto.

El feminismo radical no es TERF porque no es tránsfobo en tanto que feminista, sino en tanto que sujeto no trans que lleva su transfobia a cuestas como cualquier otro. Es, por lo tanto, tránsfobo, y tiene, como todxs, la obligación de supervisar su higiene transinclusiva de manera diligente. Pero con respecto a esa higiene imperó la desidia. Se cayó en el error flagrante de identificar la transfobia privada con la transfobia del movimiento: “El feminismo liberal quiere desactivarnos mediante la etiqueta “TERF”, pero, dado que el radfem no es TERF, yo, que soy radfem, no soy tránsfoba”. Y una vez que las ponentes se repartieron así los carnets de transincusividad garantizada se entregaron a abochornar generosamente a la concurrencia mediante la espontánea expresión de sus sentires.

Las medidas a tomar ante lo estratégicamente delicado de la situación estaban, sin embargo, al alcance de cualquier conciencia mínimamente despejada, y allí sobran:

1-si sospechas que no tienes demasiado bien trabajada tu transfobia, vigila lo que dices.
2-si sospechas que algunas de las ponentes elegibles excede el grado prudente de transfobia tolerable en el evento, no la invites. Ya la invitarás a otra cosa. O no.
3-si sospechas que, a pesar de todo, es muy probable que la transfobia haga acto de presencia, prepara previamente a tus ponentes, tanto para que tengan especial cuidado como para que reciban de buen grado cualquier respetuoso toque de atención público.
4-como no te representas solo a ti misma, ni siquiera solo a la Escuela, sino en gran medida a todo el radfem, pide disculpas. Tu movimiento está formado por sujetos individuales, y entre ellas hay transinclusivas, tránsfobas y muy tránsfobas, como en todas partes. Es de suponer que el radfeminismo ha sido utilizado por algunas de estas personas para dar rienda suelta a su transfobia, o que se ha utilizado la transfobia para obtener victorias radfem de manera ilegítima. Reconócelo, incluso aunque no te conste.

¿Qué sucede, entonces, para que el uso de un arma tan poderosa como Rosario de Acuña haya producido resultados tan dudosamente beneficiosos? De eso es de lo que me gustaría que tratara este texto. Pero no tengo respuesta.

Tengo, sin embargo, algunas preguntas que considero necesarias para encontrar esas respuestas y que quizás otras personas mejor informadas puedan recoger.

La primera es qué criterio se está empleando para seleccionar a las ponentes jóvenes. ¿Es posible que a oídos de quienes deben realizar esa selección no hayan llegado sus hazañas? ¿Qué eficacia comunicativa se espera de dar semejante altavoz a personas que son bien conocidas en redes sociales por el uso de una violencia chabacana, arbitraria y ajena a los objetivos de la agenda política del feminismo? ¿Cuál es el valor que compensa los riesgos generados por su presencia? En términos de brillantez hemos constatado que ninguno. ¿Se trata de la especificidad de su discurso? Anna Prats nos contó, precisamente, los entresijos del conflicto en los espacios activistas, especialmente en redes. Si hubiera incluido un mínimo de autocrítica tal vez su aportación habría podido considerarse necesaria. Pero, ¿Elena de la Vara dándonos su opinión sobre el papel del género en la historia del feminismo? Su presencia no es solo un misterio, sino sobre todo una muy imprudente provocación que lanza el mensaje de que la Escuela es ciega a la transfobia si esta llega de la mano de una de sus cachorras.

Soy un ignorante en cuanto a práctica política y política académica, y me cuesta entender de qué modo son estas presencias, o cualesquiera otras similares, rentables, no a la Escuela o al feminismo, que no pueden serlo, sino a cualquiera de sus organizadoras. Me resisto a pensar que hay precios que pagar, de arriba abajo, tan caros a la lucha. Y me resisto a pensar que no hay otras personas más indicadas, sino que estas que, como bien puede apreciar quien tenga tragaderas para escuchar algunas partes de sus ponencias, destacan sobre todo en aquello que el feminismo liberal necesita que destaquen, sean las estrellas emergentes del feminismo.

Otra pregunta es, precisamente, si no existe comunicación entre generaciones. Algunas de las personas que llevamos un tiempo con cierto dinamismo en redes sociales apreciamos una diferencia cualitativa manifiesta entre las feministas radicales, o abolicionistas, veteranas, y la generación que se ha dado a conocer a través de twitter y facebook y que ha utilizado estas plataformas para erigirse en la imagen del joven feminismo radical. A algunas de estas personas nos resulta inverosímil que se pase de una a otra categoría sin solución de continuidad, como si el nuevo currículum necesario para ser una feminista de referencia fuera el número de memes hirientes diseñados mediante producción industrial o la cantidad de gente que te ha bloqueado porque ha llegado a sentirse acosada por ti. ¿Es de verdad posible esta ceguera? ¿Y cómo se explica la nuestra ante sus verdaderos méritos, que las veteranas parecen econtrar con tanta facilidad?

La última pregunta tiene que ver con el sentido general de la lucha feminista y el papel que el conflicto con el colectivo de mujeres trans está desempeñando en ella. Me extrañaría mucho que las intelectuales más expertas, formadas y actualizadas no estén teniendo presente cómo la lucha por la abolición de la prostitución se ha transfigurado milagrosamente en un cortísimo espacio de tiempo en una lucha entre mujeres trans y feministas radicales. Me asombraría que no entendieran esta batalla como una más de las guerras del sexo que el feminismo viene librando desde los años ochenta contra la tentación neoliberal del empoderamiento individual a través de la complicidad con el opresor, y como un desplazamiento del conflicto a un espacio en el que el enemigo dispone de una significativa ventaja.

Pero, si es así, si lo ven, entonces, ¿qué sentido tiene entrar con todos los recursos en esa batalla, y entrar en ella, además, a sangre y fuego? Si ya es difícil evitar que las victorias sobre los proxenetas y puteros sean presentadas por estos como victorias sobre las putas, ¿cómo esperan evitar que las victorias sobre el activismo trans, por más justas que algunas de ellas sean, no se conviertan en la tumba del abolicionismo, señalado por toda la sociedad como sanguinaria jauría de mujeres privilegiadas ensañadas sobre un colectivo históricamente vulnerable y desfavorecido que solo pide ser tratado según el género elegido? ¿Es tan poderoso el contexto como para generar esta ilusión de invulnerabilidad? ¿Tanto se dora la píldora en Rosario de Acuña? ¿Tan invencible parece el PSOE?

Esta pregunta me devuelve a la primera. ¿Es quizás el ímpetu de la juventud lo que está distorsionando la percepción de la realidad de las académicas? ¿Son los cafés compartidos entre bromas, las cuitas personales machaconamente repetidas, las pequeñas venganzas pedidas por favor a las grandes piezas del tablero, la ilusión de la renovación del movimiento…? En una palabra, ¿están las académicas, en algunos casos, accediendo al conflicto del que nos hablan a través de sus corrompidas jóvenes señoras de la guerra locales?

Si es así solo nos quedan dos esperanzas. Y digo “esperanzas” porque de no hacer nada es posible que el futuro del feminismo esté irrevocablemente en manos de un libfem que va a tener en la nueva generación de feministas radicales a una adversaria centrada más en su identidad femenina que feminista, en sus inquietudes personales que políticas, y en el enemigo con quien se acuestan por la noche que en el que combaten por el día. Esa adversaria, lo estamos viendo, es muy torpe, y va a ser muy fácil de vencer.

La primera esperanza es que las académicas, las veteranas, las maestras, se den cuenta, más pronto que tarde, de qué tipo de herederas están acunando en algunas de sus camadas. La otra es actuar desde abajo, y que el feminismo de base se revuelva contra algunas de sus autodesignadas nuevas representantes, las señale y las sustituya. Ya ha habido casos, lo sabemos, de feministas radicales erigidas en líderes en redes que han sido apartadas por el activismo de base debido a lo que primero parecía fuerte carácter luchador y acabó revelándose como despotismo ególatra indiscriminado sin respeto por la causa común. Se ha dicho muchas veces que hay que perdonar esos pequeños defectos en favor de la lucha. Pero en Rosario de Acuña hemos visto, si es que no lo habíamos visto antes, que el poder tiene consecuencias, y que dar poder a quien no va a hacer uso responsable de él es una amenaza para el colectivo al que representa.

Pero, y, ¿entonces? ¿Qué pasa con el género, y con las identidades, y con el cuir, y con las mujeres trans?

Creo, francamente, que la cuestión no está ahí, y que se ha desplazado ahí, y se ha anudado, y se ha enrevesado ahí a base de ignorar la verdadera cuestión. La idea de superar el género es correcta, da igual si vamos a reducir la diferencia sexual a una relevancia cultural del 5, del 1 o del 0%. También da igual si lo llamamos género o sexo, porque llamándolo de un modo u otro tenemos la obligación de distinguir entre lo cultural, que es todo lo relevante y sobre lo que actuamos y con respecto a lo que luchamos, y cualquier otra cosa, que debe llegar a ser irrelevante. La diferencia de genitales, como la diferencia de epidermis, o de altura, o de edad, debe dejar de conllevar no solo diferencias políticas, sino diferencias sociales y de rol que faciliten la diferenciación susceptible de traducirse de nuevo en diferencias políticas y micropolíticas.

La rebiologización del sujeto “mujer” es una reacción defensiva que cae en la trampa a la que el libfem identitario ha empujado al feminismo. Ante el impulso y la urgencia, la categoría “mujer” se refugia en el viejo grosero concepto genital. Ante el constante desprecio que parte del activismo trans proyecta sobre la vagina, el radfem se reapropia de la injuria identificándose con la vagina: “Qué otra cosa somos, sino hembras?”.

Es necesario recordar que las mujeres no son hembras, porque el patriarcado no es un producto biológico. Las mujeres no son lo que la naturaleza determine, sino lo que el patriarcado diga que son; son mujeres, por tanto, aquellas personas a las que el patriarcado designe como objeto de su explotación, y en la medida, diferenciada, en la que el patriarcado las explota. El patriarcado se escuda para ello en una ley biológica, pero esa ley no es ley para el opresor, sino solo para la oprimida. Es la designada mujer la que, por ley biológica, no puede escapar a su condición de mujer. 
El hombre, sin embargo, puede feminizar y designar “mujer” a pesar de la ley que a sí mismo se impone, porque para el opresor no hay ley. Es el hombre el que dice: “Hagas lo que hagas solo puedes ser una vagina que desea una polla”, desde el aparente respeto a la ley, y el que la transgrede diciendo: “Eres una falsa polla que desea una polla verdadera”.

Esto es algo que ya sabíamos. ¿Por qué ahora nos encontramos desconcertadxs ante la emergencia de sofisticados discursos sobre el sexo-género, ya no solo desde el lado del feminismo liberal, sino también del radical?

Pues porque ambos, no solo el liberal, han renunciado a la deconstrucción del sexo. Cuando era evidente que el feminismo liberal se había acomodado en las identidades diversas como nichos de poder desde los que beneficiarse del régimen heterosexual la respuesta evidente era catalogar al discurso queer como “postmoderno”. ¿Cómo avanzaba el queer hacia el fin del género? De una manera muy compleja que él sabía explicar pero que ni sus seguidores entendían. Es decir, de ninguna manera, y disimulando su inmovilismo tras una nube de discurso. Ahora la nube se ha extendido también a la reserva espiritual de la lucha contra el género. Cuando unas avanzan y las otras no es fácil distinguir al grupo correcto a partir de la exposición de su estrategia. Cuando ninguna de la dos avanza la distinción de quién se acerca un milímetro más al objetivo es casi imposible, coyuntural, subjetiva…

Si el queer regalaba los nichos identitarios intergenéricos como puestos de caza desde lo que apuntar a la presa de género que pasara por ahí, ahora algunas jóvenes feministas radicales nos vuelven a hablar de feminidad legítima y de la irreductibilidad de la sensibilidad de la mujer, y de los anhelos propios de su sexo. Y citan para ello a El Segundo Sexo. Es una lástima que no recuerden también este párrafo que, si bien a mi juicio es injustamente equidistante, nos invita a una suspicacia muy saludablemente feminista contra los resurgimientos de la feminidad:

“La disputa durará mientras los hombres y las mujeres no se reconozcan como semejantes, es decir, mientras se perpetúe la feminidad como tal. ¿Cuál de los dos se obstina más en mantenerla? La mujer que se libera quiere conservar no obstante sus prerrogativas; y el hombre exige que entonces asuma sus limitaciones”.

Pero mucho mejor de lo que pueda explicarlo yo lo hacen Guerra Palmero, Rodríguez Magda, la propia Miyares, a pesar de sus salidas de tono y, por supuesto, Valcárcel, en la Escuela Feminista Rosario de Acuña 2019.




miércoles, 26 de junio de 2019

Neoliberalismo relacional: el mercado lo es todo.


Como me parece útil que dispongamos de él como herramienta de análisis, dejo aquí un esbozo de las ideas generales que expuse el sábado 21 en el CS La Ingobernable, en nuestro encuentro mensual Agamia3D, sobre el concepto de NEOLIBERALISMO RELACIONAL.

-el concepto NEOLIBERALISMO RELACIONAL es consistente con el NEOLIBERALISMO SEXUAL expuesto por Ana de Miguel en su libro homónimo. La diferencia entre ambos sería el lugar asignado al patriarcado. Mientras que para el neoliberalismo sexual es el sexo el lugar en el que el patriarcado se expresa y que resulta por lo tanto más susceptible de neoliberalizarse, para el neoliberalismo relacional sexo y amor son conceptos solidarios, estableciendo un continuo relacional, todo él patriarcal y todo él susceptible de ser reorganizado mediante estructuras neoliberales.

-propongo el concepto de NEOLIBERALISMO RELACIONAL para designar una CULTURA RELACIONAL. El neoliberalismo relacional no sería un modelo relacional, ni una tendencia, ni una práctica concreta, sino la fase histórica que sucede a la de la MONOGAMIA CLÁSICA INDISOLUBLE, y a la que llegamos a través de la fase histórica presente, correspondiente a la cultura de la MONOGAMIA SECUENCIAL, a la que podemos considerar una fase de TRANSICIÓN.

-así, el NEOLIBERALISMO RELACIONAL no sería, tampoco, la descripción del presente, sino una distopía esquemática, perfecta y perfectamente convergente con el neoliberalismo económico, un ARQUETIPO que utilizamos de referencia para entender la dirección en la que evoluciona nuestra cultura relacional. Nuestro presente apuntaría hacia el neoliberalismo relacional, y estaríamos asistiendo a su expresión solo parcial y fragmentaria, pero cada vez más completa.

-el NEOLIBERALISMO RELACIONAL se caracteriza por la eliminación de la FASE DE USO de las relaciones, siendo esta fase ocupada por el espíritu de la FASE DE CAMBIO. Mientras que para la monogamia clásica las relaciones son un bien de consumo que debe pasar un periodo en el mercado, tras el cual la relación es adquirida y entra en una fase de uso que constituye su finalidad última, en el neoliberalismo relacional las relaciones se acortan primero y se multiplican después, no llegando los sujetos a escapar nunca del mercado, de modo que el uso de las relaciones es un uso de cara a la conservación de la competitividad en el mercado. Así, el fenómeno transformador no sería la exacerbación del mercado, su crecimiento cuantitativo, sino el cambio en la relación mercado/no mercado en favor del primero mediante la ocupación completa del segundo, es decir, la desaparición del espacio de uso que conlleva la permanencia constante de los sujetos en el mercado. Es la carencia del uso y la de la posibilidad de comparar el uso con el mercado lo que caracterizaría a la etapa histórica correspondiente al neoliberalismo relacional. Los sujetos estarían casados, de manera “indisoluble”, con el mercado. En esto consistiría el amor al amor y de aquí nacería su defensa a ultranza.

-el AMOR es la herramienta que engrasa el mercado relacional, y que permite la extensión del mercado a todo el espacio y todos los momentos relacionales. Allí donde llega el amor desaparece cualquier tipo de limitación moral. Gracias al amor las relaciones son un mercado plenamente libre donde ninguna ley puede restringir el flujo comercial.
-la CRÍTICA AL AMOR ROMÁNTICO sustituye la moral de la monogamia indisoluble por la moral de la monogamia secuencial, agilizando el mercado relacional y reduciendo los aranceles en una línea temporal monógama. las NO MONOGAMIAS ÉTICAS aportan alternativas morales amorosas que rompen las barreras del mercado monógamo. Tanto la crítica al amor romántico como las no monogamias éticas son pseudorregulaciones cuya vocación no es sustituir un modelo injusto por uno justo, sino aumentar la libertad del mercado. Cada vez que una de estas morales, es decir, una de estas libertades, entra en escena, lo hace defendiendo su superioridad moral frente a la moral precedente. Una vez que la moral es asimilada, ella misma pasa a defender la legitimidad tanto de sí misma como del resto de las morales anteriores, constituyendo así solo un aumento de libertades mediante morales teóricamente incompatibles que no colisionan en la práctica. Si el poliamor es la precarización de la vida relacional (la acumulación de relaciones tiene como resultado una reducción neta de mis recursos relacionales) la anarquía relacional es su uberización (para sobrevivir relacionalmente debo introducir en el mercado gámico el espacio no gámico de la amistad haciéndolo caer bajo su moral competitiva gámica y reduciendo aún más mis recursos a medio plazo).

DOS EJEMPLOS.

-los modelos monógamos siempre han entendido que existe algún tipo de compromiso de apropiación sexual y relacional en el gamos, de modo que el cambio de pareja, cambio de gamos, constituye una traición al gamos, más grave cuanto más ligero y cortoplacista es dicho cambio. Quien dice “te amo” adquiere, según la monogamia, un considerable compromiso al que debe atenerse.
Bajo los preceptos del neoliberalismo relacional el cambio de compañerx sexual no se supedita a lealtad alguna, sino que todas los cambios van acompañados de la legitimación de la variabilidad del amor. Decir “te amo” no implica ya un compromiso ni tan siquiera a corto plazo, sino solo un ornamento del disfrute del presente que será reutilizado sin consecuencias en el cambio de relación. Todos los cambios de pareja son legítimos en el neoliberalismo relacional, y la forma de presentar su legitimidad es el llamarlos “amor”.

-existe, cada vez más, una cierta condena al abandono en el que caen las relaciones no amorosas cada vez que aparece una relación amorosa. Hemos entendido hasta ahora que la amistad tenía un conjunto último de derechos que no podía ser conculcado por el amor. Lo que se le hacía a la antigua pareja al abandonarla por la nueva pareja no podía hacérsele a lxs amigxs.
En virtud de la nueva ley anarcorrelacional las amistades adquieren la misma jerarquía que los amores. Esta supuesta dignificación de la amistad nos ofrece un horizonte menos esperanzador de lo que parece. Ahora que todas las relaciones son amores, todas pueden ser abandonadas por igual ante el surgimiento de un nueva relación. Ya no eres mi amigx; ahora eres mi amor. Por eso te dejo.