lunes, 29 de agosto de 2016

las personas no están buenas. erradicando las valoraciones estéticas.


Estamos convencidxs de que debemos buscar un modelo relacional justo. Algunas personas incluso estamos convencidas de que el modelo hegemónico no lo es, y de que nos acercaremos más si proponemos una alternativa.

Pero tenemos pocas posibilidades de triunfar mientras ese modelo no vaya acompañado de un cambio creíble en el funcionamiento de la atracción.

Mientras las personas dispongan de atractivos desiguales y distribuidos al azar, ese azar se traducirá en desigualdad e injusticia. Cualquier igualdad alcanzada en cualquier otro ámbito sólo servirá para que la desigualdad en el del atractivo se convierta cada vez más en el centro y fuente de todas las desigualdades.

El mundo utópico en el que todas las personas nos relacionamos en igualdad de poder se convertiría, automáticamente, en distopía kalocrática, es decir, en el gobierno de lxs bellxs. Las personas más bellas tendrían la capacidad de disponer de todas las otras. Las personas menos bellas no dispondrían de nada y se verían en la obligación de someterse a los contratros sexosentimentales desiguales que las personas más bellas les ofrecieran. Inmediatamente la desigualdad en el atractivo se contagiaría otra vez al resto de los ámbitos hasta disolverse en un nuevo sistema de desigualdades múltiples, interseccionales y transversales.

Así que no nos engañemos: todo nuestro afán de justicia sexosentimental es un brindis al sol mientras nos sigan atrayendo los mismos arquetipos de belleza que conforman la desigualdad contra la que nos rebelamos.

Un saludo a todas las personas que han dejado de leer porque piensan que nada se puede hacer contra la atracción “natural”, o que sería muy bonito que nos gustaran las personas no atractivas, pero que ese mundo bonito les parece en sí tan inatractivo que prefieren resignarse a la lucha diaria por conseguir una pareja un poquito más guapa. Sigamos lxs fuertes.
Si un modelo alternativo generalizado nos parece una idea demasiado especulativa para tomarla en serio, pensemos entonces en un grupo reducido, en el que se consiguen unas buenas relaciones en términos generales y en el que el modelo relacional está aceptablemente consensuado. Ese grupo en el que las cosas funcionan como el mundo debería funcionar, y con el que todxs fantaseamos un poco, porque a todxs nos falta en alguna medida.

Pues bien, podemos imaginar perfectamente cómo se jerarquizaría este grupo y cuál sería el escape de poder arbitrario que lo desestabilizaría: la distribución azarosa del atractivo. El grupo estaría siempre condenado en alguna medida a subordinar su proyecto de convivencia a las aspiraciones de cada individuo a alcanzar sexosentimentalmente a miembros del grupo con mayor valor sociosexual, dado que esta aspiración sería necesariamente entendida como legítima (si otrxs disfrutan de ello, ¿por qué no yo?)

Nos encontramos frecuentemente con propuestas de diversificación del modelo. Se nos pide que dejemos de pensar sólo en el modelo hegemónico de belleza o que nos dejemos llevar por otros. El plan es convertir a todos los cuerpos en su propio arquetipo de belleza. Que desarrollemos la capacidad de ver a todas las personas como potenciales cuerpos perfectos.

Pero ese plan no funciona. Por razones que no terminamos de querer reconocer solemos dejar ese trabajo a lxs demás. Nos parece muy bien que otras personas adoren lo que para nosotrxs son defectos. Menos mal, en realidad, que lo hacen, porque nosotrxs seríamos incapaces. De ese trabajo solidario sí que no vamos a poder encargarnos. Nos gustaría, pero es que nos es imposible: a nosotrxs nos siguen gustando lxs guapxs de toda la vida.

La diversificación no funciona porque no tenemos buenas razones para diversificar. Por definición, la diversificación es el establecimiento de múltiples luchas individuales. En el caso del modelo de belleza, la lucha individual por imponerse a sí mismx como modelo alternativo de belleza. Cuando todo el mundo es un modelo de belleza, cada modelo de belleza tiene como fuerza de imposición social a una sola persona. Una gota más en un océano caótico donde la verdadera fuerza de la marea sigue estando en el modelo hegemónico, ya que ése sí recibe energía de cada individuo: el tributo universal a una supuesta belleza objetiva.

Necesitamos un movimiento coordinado. Y para coordinarnos necesitamos una alternativa.

Este texto no trata sobre el modelo alternativo y el modo de fortalecerlo. Trata de la otra parte necesaria en esta lucha: el debilitamiento del modelo hegemónico. Si queremos que el estereotipo de belleza deje de minar nuestra no monogamia necesitamos enfrentarnos directamente a él, desde nuestra condición de individuos deseantes.

Debemos elegir si queremos o no queremos desear a las personas por su belleza hegemónica. Será después cuando empecemos a plantearnos el modo y la medida en la que podemos lograrlo. Pero el punto de partida debe ser la declaración de principios, sin culpa por saber que no vamos a lograr una victoria inmediata ni sobre nuestro entorno cultural ni sobre nuestra forma de desear. Pero sin refugiarnos en la resignación para entregarnos de nuevo a la belleza impuesta.

Si de verdad creemos que este modelo debe ser combatido, entonces la belleza hegemónica pasa a la cesta de las categorías condenables. Tenemos mucha práctica. Deconstruimos continuamente nuestra moral opresora. Aprendemos un día que no debemos hacer chistes de negrxs, porque la gracia de lo negro se encuentra, sobre todo, en el desprecio hacia lo negro, y nuestro chiste refuerza ese desprecio. Del mismo modo aprendemos a no ensalzar lo blanco, porque entendemos que aunque en lo más profundo lo blanco nos gusta un poquito más, esto sucede porque no hemos terminado nuestro trabajo, y aunque a veces nos viene bien confesar que el trabajo se resiste, tenemos que medir esas confesiones, porque con ellas podemos poner en peligro el trabajo de otrxs.

Por eso debemos erradicar las valoraciones sobre la belleza. Se acabó. No más “tíxs buenxs”. No más miradas devotas, no más análisis justificativos. Fuera de nuestro lenguaje ese reconocimiento supuestamente objetivo e inevitable. Fuera de nuestro discurso y de nuestra conversación esa verdad que contribuimos a imponer cada vez que la traemos de nuevo al espacio común.

Aprendamos a vivir con ello mientras lo matamos por inanición. Aprendamos a despreciarlo y a distinguir los espacios en los que aún manda de aquellos espacios que le vamos a pelear. Aprendamos a integrar en nuestra moral la justicia estética como aprendemos cada día a integrar la justicia de clase, raza o género.

-¿Has visto qué buenx está esx?

-No, no lo he visto. Y no me lo vuelvas a señalar.

sesiones de ORIENTACIÓN RELACIONAL

lunes, 22 de agosto de 2016

agamia. muestra gratuita


Normalmente, cuando me dirijo a la comunidad ágama, uso la fórmula “ágamxs y filoágamxs”. La intención, al incluir la cateogoría “filoágamxs”, no es sólo interpelar a toda persona que muestre simpatía o curiosidad por la agamia. Se trata también de incluir a aquellas personas para las que la agamia es una opción deseable pero sentida como imposible.

He escuchado muchas veces que “la agamia está muy bien, pero hay que ser muy valiente para llevarla a la práctica”.

Mi respuesta es siempre que no es verdad (porque no lo es), y que todo el dolor que se anticipa al imaginar el paso de la monogamia (o de cualquier otro modelo) a la agamia es prácticamente el único dolor verdadero que se va a experimentar. El poder de la frontera entre ambos modelos está en el símbolo de esa frontera, y no en ningún sistema represivo verdaderamente eficaz del que la frontera disponga.

Por eso siempre digo que, si se quiere salir de la monogamia, lo más cómodo es la salida radical, es decir, la agamia, y que si la salida de la monogamia duele es porque se ha ido de la monogamia a otro modelo, pero no a la agamia.

Con esto, lógicamente, se puede estar de acuerdo o no, y mis argumentos pueden parecer más o menos verídicos.

Pero para quienes consideráis que tengo una visión demasiado optimista de la transición os traigo hoy una propuesta que no podéis rechazar. Va dirigida a las personas que, ahora, no tienen pareja (lo cual puede incluir a quienes la tienen desde hace poco y a quienes parezca que, dentro de poco, dejarán de tenerla).

¿Te has planteado ser ágamx mientras no tienes pareja?

Sé que suena a fraude, a sucedáneo y a traición. Explicaré por qué considero que no lo es.

No es un sucedáneo porque nuestros modelos relacionales, como no podría ser de otra manera, son siempre experimentales. Decir que vamos a probar a ser ágamxs mientras no tenemos pareja puede ser un salto con red, pero eso no significa que vayamos a caer en la red. Sería un sucedáneo si lo que hubiera tras el salto fuera una versión rebajada de la agamia. Pero debo advertir de que cabe la posibilidad de que si pruebas la agamia dejes la monogamia para siempre.

No es un fraude en la medida en que no engañes. No tenemos la obligación de desnudar nuestras intenciones a todo el mundo. Pero hay personas a las que debemos contar algunas de ellas, porque les afectan directamente. Entre esas personas estamos, por cierto, nosotrxs mismxs. No se trata con esto de demonizar el engaño, que forma parte necesaria de la condición política de nuestra vida privada. Se trata de recordar que el engaño, normalmente, no está justificado, y que las justificaciones para los engaños son, normalmente, muy engañosas.

De modo que, como decía, no es un fraude en la medida en que no engañes. Si otras personas saben que se están vinculando contigo a pesar de que tú puedas romper esa vinculación el día que decidas abandonar el experimento ágamo, entonces no debes preocuparte. Ellas estarán (o deberían estar) preparadas para ese momento.
Y, ¿cómo lo llevamos a cabo?

Es muy sencillo, porque la agamia es muy sencilla. Dejaremos de ver nuestras relaciones como divididas en dos grupos incomunicados: parejas y no parejas. Dejaremos, por tanto, de angustiarnos porque uno de los grupos esté completamente vacío, a pesar de que el otro esté aceptablemente lleno. Lo que no tenemos, porque no tenemos pareja, lo buscaremos en quienes no son nuestra pareja. Encontraremos algunas cosas, otras no, pero ya no nos hará falta una pareja para encontrarlas, porque parte de las necesidades que una pareja satisface estarán ya satisfechas.

Dejaremos, además, de angustiarnos porque tenemos demasiadas parejas. No hay incompatibilidad alguna, porque nadie es nuestra pareja. No necesitaremos reprimir la formación de ningún vínculo deseado porque su lugar esté ocupado ya. Si aparecen tus celos, no temas. O, al menos, no temas a la agamia por ellos. Lo que los celos te vienen a decir es que quieres controlar la vida sexosentimental de una de las personas con las que estás vinculadx. Recuerda que eso te obligará a dejar que tu vida sexosentimental quede controlada también. Pero recuerda, además, que si es realmente lo que quieres, ya habías avisado de que podría ocurrir, y que es legítimo que lo intentes.

¿Te parece buena idea? Probemos algo que quizás haga que parezca aún mejor.

Imagina que se pudiera cuantificar todo aquello que esperas de una pareja. Ninguna pareja te lo dará todo, está claro, pero puede que te conformes sólo con un porcentaje razonable. Digamos, el 75%.
Hoy no tienes pareja (o estás a punto de dejar de tenerla, como tú y yo sabemos). ¿Qué porcentaje tienes lleno? Desde una perspectiva monógama 0%.

Estás a 0. No me extraña que te sientas solx. Y que tengas prisa.

Ahora planteémonos una perspectiva ágama. Supongo que algunas, o muchas, de las cosas que esperas de una pareja las obtienes, o podrías obtenerlas, de otras personas (claro, hay una que no obtienes, que es “que todo se dé en la misma persona”, pero eso es sólo una cosa). ¿Hablamos de un 20%? ¿De un 40%? ¿¡Del 60%!? Cualquiera de esas cantidades te proporciona una posición mucho más satisfactoria que la lectura monógama. Y desde esa relativa satisfacción, tu capacidad para gestionar la búsqueda de la satisfacción del resto de tus necesidades y deseos es mucho más flexible y capaz. Cualquier pequeña mejora en tu vinculación es una mejora real, porque no te obliga a prescindir de otra parte de vinculación que ya tenías.

Pruébalo. Prueba a vivir así, ahora que puedes.

Si la agamia te parece el modelo deseable y estás en condiciones de hacer este experimento , pero prefieres evitarlo, entonces lo que te preocupa no es el dolor que pueda causarte la transición a la agamia, sino el hecho mismo de que la agamia te vaya a funcionar y te encuentres en un par de meses considerándote ágamx de hecho.

No te preocupes más. Puedes fiarte de esa persona que serás tú dentro de dos meses. Al menos tanto como de ti mismx justo ahora.


jueves, 18 de agosto de 2016

La fuente sagrada - Henry James (1901)


He sido invitado a disfrutar de unos días en Newmarch,  junto con otras personas distinguidas. En el tren que me lleva allí encuentro a Mrs. Brissenden y a Gilbert Long, dos viejos conocidos, con quienes, según ellos mismos me informan, compartiré estancia.

Long no parece el caballero apuesto pero simplón de siempre. Da la impresión de estar más despierto, más perspicaz de lo habitual. Pero la verdadera sorpresa es Grace Brissenden. Si no recuerdo mal, ha superado ya la mediana edad. Y, sin embargo, se diría que es más joven que su compañero. ¿De dónde viene esta notoria transformación? ¿Es posible que un idilio entre ambos haya obrado un cambio físico tan evidente a simple vista?
Mis sospechas se confirman cuando en Newmarch aparece Guy Brissenden, esposo de Grace. Aunque su edad es cercana a la de ella, su aspecto es el de un hombre que se acerca a la vejez.

Mi carácter indagador me lleva enseguida, sin embargo, a descubrir que no hay tal adulterio.

¿Quién es, entonces, el beneficiario de la juventud perdida de Mr. Bissenden? ¿De dónde provienen las novedosas virtudes de Long? El resto de invitados a Newmarch disponen, sin duda, de numerosas claves que pueden ayudarme a resolver estos enigmas. Y entre ellos también se aprecian extrañas transformaciones.

Por otro lado, y quizás sea ésta la cuestión más importante, ¿apreciarán ellos algún cambio en mí?

La fuente sagrada no es una lectura larga, pero tampoco cómoda. Tal vez porque nos propone el adiestramiento en un juego al que sólo sabemos jugar inconscientemente: la comprensión de los efectos producidos por el flujo del valor sociosexual.


martes, 16 de agosto de 2016

lo que esperas, y nunca obtendrás, de tu pareja.


Tanto si comparamos modelos relacionales como si intentamos adaptarnos a uno de ellos, nos conviene ser realistas. La monogamia, concretamente, tiene suficientes dificultades de por sí como para que podamos permitirnos añadirle las que provienen de la idealización.

Sin embargo, la idealización es uno de sus vicios más recalcitrantes. A veces aparece en forma de idealización estadística, es decir, bajo el modelo de la lotería: lo que es muy improbable que pase a cualquiera, es casi seguro que me pasará a mí.

Otras, aún más graves, aparece en forma de milagro: lo que no puede ser, será.

Mi intención en este texto es aplicar las expectativas razonables a este segundo tipo de idealización, especialmente en la forma en que aparece en las relaciones monógamas. Veremos qué es lo que tendemos a creer que tenemos, o deberíamos tener, cuando tenemos una relación, y que no tenemos ni tendremos jamás, porque tenerlo es imposible.

Sólo reconociendo estas limitaciones (que lo son en la medida en que unx quiera llegar hasta los lugares cuyo acceso ellas limitan, pero que pueden ser también pilares para construir mejores relaciones), podremos esperar un buen funcionamiento de las relaciones monógamas.

1-Quien tiene una pareja no tiene completamente una pareja.

Este aparente juego de palabras se constata bien gracias a la experiencia que nos proporciona la monogamia secuencial.

Si somos realistas es fácil descubrir cómo los diversos espacios que esperamos que ocupe la pareja han sido llenados con éxito desigual por las distintas parejas que forman nuestro historial. Unas parejas han sido mejores y otras peores, pero ninguna ha producido un encaje perfecto, ni en nuestras necesidades, ni en nuestras expectativas, ni en los hábitos generados junto a las anteriores parejas y que llegamos a considerar deseables o incluso irrenunciables en las siguientes.

La literatura terapéutica y de autoayuda para parejas está plagada de mensajes conformistas sobre este asunto, centrándose sobre todo en el gran tema del sexo. “Tal vez tu pareja actual no sea la mejor pareja sexual de tu vida”, nos dicen, “pero seguramente te ofrece otras cosas que la convierten, en conjunto, en una pareja mejor”.

Este planteamiento conformista parte de una premisa falsa, rígidamente monógama: las relaciones deben ser comparadas siempre como unidades indivisibles. La relación es un pack: o lo tomas o lo dejas. Si lo tomas, interioriza la adaptación hasta olvidarla. Subyace a ello la idea de que debemos vivir nuestras parejas como experiencias acabadas y definitivas, aunque luego demuestren no serlo. 

Nuestra pareja debe ser entendida bajo alguna forma de perfección, y se escoge la única posible: es la mejor hasta la fecha.

En el fondo no es tan difícil aceptar la idea de que el sexo debe ser insatisfactorio. Una larga tradición muy afianzada en la cultura popular nos dice todavía, contra el discurso mediático sexopositivo, que la vida sexual es una flor que pronto se marchita.

Pero no se trata sólo de sexo. Nuestra pareja puede no ser aquella con la que mejor nos hemos comunicado hasta ahora, aquélla con la que más nos ha gustado convivir o aquélla que mejor nos ha hecho sentir en sociedad.

La expectativa razonable es saber que esas insatisfacciones, algunas muy importantes, siempre van a estar presentes. Podemos aspirar a reducirlas, pero no a eliminarlas, porque en la medida en que aumentemos nuestra exigencia nos encontraremos con nuevas virtudes que también querremos en nuestra pareja.

Tener pareja no es tenerla del todo, o puede no serlo ni siquiera mucho. En cierto modo siempre estamos sin pareja, la tengamos o no. Recordarlo es el único modo de evaluarla correctamente.


2-Nuestra pareja cambia.

Tener pareja no es tampoco tener algo indefinidamente estable, o que sólo puede mejorar porque nos vamos adaptando con el tiempo, o que sólo cambia en tanto que cambia la relación.

Quien tiene pareja no tiene YA pareja. “Conseguir” pareja no es un estado final.

La monogamia secuencial vuelve a salir en nuestra ayuda para recordarnos cómo corrientes invisibles transformaron tantas veces, y tan rápido, a nuestras parejas, mostrándonos una mañana, no sólo que nuestra pareja había cambiado, sino que ya no era nuestra pareja.

Solemos leer estas experiencias como parejas fallidas, como errores de apreciación, o incluso como ocultaciones y traiciones. Pueden haberlo sido, claro, pero no porque se produjeran cambios, ni porque esos cambios alteraran la relación.

Las personas cambian constantemente, y sus cambios no sólo pueden sorprender a lxs testigos más cercanxs. Pueden sorprender a la misma persona cambiante. Si una persona no cambia es porque ha reprimido el cambio o porque su cambio es invisible. Lo que no cambia también cambia, o su defecto es, precisamente, no cambiar. La falta de cambio la cambiará tarde o temprano, o nos cambiará a nosotrxs.

Lo que tenemos hoy no tiene por qué, y normalmente no debería, revolucionarse y ser algo completamente diferente mañana. Pero mañana no será ya exactamente lo mismo. Cada día que volvamos los ojos al cambio aumentamos la fuerza con la que éste nos golpeará cuando nos obligue a mirarle a la cara.
3-Nuestra pareja no es fiel

¡Vaya! ¡Ya estaba tardando!

Nuestra pareja no es fiel. La tuya tampoco. Pero vamos, tú no lo has sido nunca. ¿Por qué lo esperas de ella? Es evidente: porque aceptar la idea de que ella sea como tú parece insoportable. Pero, claro, mentirnos es aún peor.

Intentemos salir de este embrollo.

Sólo hay dos formas de entender la fidelidad.

Una es la entrega sexual total, de deseo y de hecho. Nuestra pareja es la persona con la que tenemos relaciones sexuales y la única con la que queremos tenerlas. El amor, o lo que sea, nos ha cerrado a cualquier otra. Somos fieles porque queremos ser fieles y sólo esperamos y aceptamos lo mismo por parte de nuestra pareja. Si nuestra pareja es fiel a la fuerza no queremos su fidelidad.

Esta idea es una fantasía.

El debate sobre la monogamia sexual vocacional, sobre si somos naturalmente monógamxs o polígamxs, es un falso debate. Da igual lo que hagan o se interprete que hacen lxs bonobxs o lxs agapornis. Somos polisexuales porque el mundo es múltiple y diverso. La elección de una persona a la que dedicar nuestra vida sexual de manera exclusiva es lo que necesita explicación. Y de momento esa explicación no existe. La polisexualidad no la necesita, porque es nuestra condición a priori.

Quien se declara de vocación sexual monógama (de manera íntegra, aceptable según el primer tipo de fidelidad), o lo hace de mala fe o simplemente ignora cómo ha interiorizado el mandato cultural de la fidelidad. El día en que esa persona nos traicione dirá que no entiende lo que le ha pasado. La polisexualidad estaba ahí, latente, en un lugar cómodo y ventajista que, de todos modos, si nos hubiéramos mirado al espejo con valentía, deberíamos haber deducido.

Que puntualmente queramos algo con mucho ahínco y sea eso y sólo eso lo que deseamos no conlleva estabilidad en el deseo. Es más, lo normal es que, una vez que lo tengamos, dejemos de desearlo. No es mezquindad o superficialidad. Es la lógica del deseo: quiero algo para poder obtenerlo. Si lo obtengo, el esfuerzo del deseo exclusivo deja de ser necesario y, seguramente, se diversifique.

Así que la otra forma de fidelidad es el establecimiento de una barrera en algún lugar entre el deseo y la realización del deseo. Ese lugar puede ser cualquiera. Sea cual sea su eficacia dependerá de en qué medida ambas partes seamos fiables a la hora de respetar barreras autoimpuestas, y flexibles a la hora de entender cuándo es conveniente desplazarlas.


miércoles, 10 de agosto de 2016

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad I. DETERMINAR MI ORIENTACIÓN SEXUAL


Piensa en algún pequeño grupo de personas al que pertenezcas, y con el que estés en contacto con regularidad.

En un papel, ordena a todas las personas que lo forman según una escala de valor sociosexual.

Ya sabes que el valor sociosexual no es el valor que cada persona atribuye a cada una de las otras, sino el que piensa que las demás le atribuyen. No es lo que pensamos que cada persona vale, sino lo que pensamos que “nos van a dar” por ella.

Puedes hacerlo rápidamente, a ojo, o puedes aprovechar para entender mejor la dinámica sociosexual del grupo e ir persona por persona, como en las votaciones de eurovisión. Si haces esto recuerda que el grupo tiene su propia escala de valores, dependiente de la escala social, pero modificada por el ecosistema del grupo. Encontrarás diferencias entre ambas escalas y es útil que las identifiques.

Ya lo tienes. Ahora sabes quién está arriba y quién está abajo. Incluso puedes apreciar una estructura. 

Si todas las personas están muy próximas, si hay secciones marcadas, si los criterios individuales coinciden en general con el criterio conjunto (es decir, si hay personas que se equivocan en cuanto al valor sociosexual de algunas personas del grupo o, directamente, si se oponen activamente a la escala general).

Has establecido una escala de valor sociosexual real.

Ésa es la primera parte.

Ahora realiza una segunda escala. Ordena a las personas en función de su valor personal según los criterios éticos que tú consideres más justos. Seguramente esto te sea más fácil, o al menos más inmediato.

Ésta es una escala de valor sociosexual debido. Es la escala que debería ser si nuestra orientación sexual estuviera construida sobre principios éticos, y no sobre principios heteropatriarcales derivados de la reproducción social.

Ahora compara las dos escalas. Entre ellas habrá diferencias.

Tal vez hayas dado puntuaciones a cada persona según una serie de parámetros, y cada nombre tenga ahora una puntuación acumulada. O tal vez sólo has establecido un orden de 1 a n. En cualquier caso, la comparación entre ambas escalas va ofrecer como resultado tres tipos de personas en el grupo:  

Aquéllas que ocupan, en la realidad, un puesto superior al que éticamente les corresponde. Aquéllas que ocupan más o menos el mismo puesto. Aquéllas que ocupan un puesto inferior al que les corresponde según la segunda escala.

Ordena de nuevo a todas las personas del grupo. Pon arriba a aquéllas que presentan más déficit real con respecto al debido, es decir, aquéllas que, estando muy abajo en la escala real, están muy arriba en la debida. Pon abajo a las que presentan más superávit.

Lo que has obtenido es una escala de intervención sociosexual. Ahora ya sabes quiénes son las personas a las que debes orientar tu reconocimiento sexual. Ahora ya sabes cuál debería ser tu “orientación” sexual en el grupo.
Recuerda que eres tú quien debe gestionar ese deber. Recuerda que tú también perteneces al grupo, que también te corresponde un reconocimiento y que el que tú te des a ti mismx mediante tu búsqueda de reconocimiento también debes gestionarlo tú. Recuerda que el reconocimiento sexual es una forma fundamental de inclusión, y que quienes están más abajo en la escala de valor debido también lo necesitan. No es una escala capitalista de 0 a infinito, sino una escala social en la que la variación del máximo al mínimo no debería ser grande. Recuerda que hay gente cuyos deméritos tienen que ver, precisamente, con una reivindicación o con un abandono de la reivindicación de su reconocimiento sexual, y que pueden estar perdidxs en un círculo vicioso.
Recuerda todo esto, pero no olvides la escala de intervención que has construido. De hecho, ya no vas a poder olvidarla. De hecho ya la has empezado, en alguna medida, a actuar en consecuencia.


lunes, 8 de agosto de 2016

el error invisible en las relaciones.


Mejorar el modo en el que se organiza nuestra vida relacional va más allá de declararnos críticxs con esa organización.

El amor da sus contradictorias respuestas para todo, y necesitamos sustituir esas respuestas por las nuestras. Allí donde no nos cuestionemos la norma social, esta norma se impondrá como opción única, e incluso puede que logre reconstruirse por completo.

El tema que planteo hoy es un buen ejemplo de lo anterior. Apenas sí cabe que nos preguntemos cuáles son los objetivos en una relación. Sin embargo, podría argumentarse que no hay otra pregunta más importante. Pero la respuesta está tan naturalizada que olvidamos que existe la posibilidad de preguntar.
Más allá de usos instrumentales, de mala fe, de hipocresías y de abusos, las relaciones, ya sean monógamas o poliamorosas, son entendidas como fines en sí mismas

Se nos dice, y nos repetimos, que las relaciones son beneficiosas y su beneficio se encuentra en la propia relación, en tenerla, realizarla, vivirla. Este beneficio aumenta con el mejoramiento de la relación, se reduce con su deterioro, empieza cuando la relación empieza y acaba, si es que lo hace, con ella. La relación, por lo tanto, es una experiencia fundamentalmente aislada, y su aislamiento se idealiza mediante el discurso del desinterés: no quiero nada de la relación. Quiero la relación.

Esta manera aislada de entender las relaciones, herencia de la monogamia indisoluble donde la pareja era una y para siempre, así como el fundamento de la posición social, alimenta tanto la falta de perspectiva relacional como el tratamiento de las relaciones según un esquema de todo o nada: las relaciones son o no son. Si son, tengo algo; si no son, no tengo nada. Las relaciones son autónomas y absolutas. Y lo que pasa en ellas ni interacciona con el entorno relacional ni, por supuesto, es reinterpretado en función de esa interacción.

Frente a esta perspectiva aislacionista, donde cada relación es una burbuja en el tiempo y en el espacio, con sentido en sí misma y sin sentido más allá de sí misma, burbuja en la que entramos y de la que salimos como si nos moviéramos entre dos mundos incomunicados, necesitamos una perspectiva integradora. 

Nuestra vida relacional es, en sí, en su conjunto, nuestra Relación. Crece, decrece, mejora, empeora, pero siempre como una unidad que ni empieza ni termina, en la que todo tiene la capacidad de repercutir en todo y en la que se produce una evolución general y constante.

Intentaré aclarar este cambio de paradigma mediante algunas ideas concretas. Son ideas que nos van a resultar familiares y de sentido común, porque ocupan ya un lugar, aunque marginal, dentro del modelo amoroso. Son parches con los que el amor sutura sus espacios vacíos. Su interés estriba en que nuestro modelo relacional actual, al ser disfuncional, carece de la capacidad para erradicarlas e imponerse de una manera definitiva sin tener que recurrir periódicamente a ellas. El sentido común vuelve a brotar cada vez que nuestras relaciones se derrumban, y hasta que vuelve a ser ahogado por la propaganda amorosa. Necesitamos invertir el esquema, y poner esas ideas en el centro del modelo.

-más importante que la relación sexosentimental es la relación misma. Una relación sexosentimental se inscribe dentro de una relación, que empieza antes de la sexosentimental y que, estrictamente hablando, no acaba nunca. Creer en esa relación general (respetar dicha relación más allá de su papel de excusa sobre el que plantar nuestro amor) no es sólo lo que nos permite construir una buena relación sexosentimental, sino lo que nos permite construir relaciones con un mundo relacional sólido (donde todo nuestro entorno social no se estructure en función de si las personas son o no nuestras parejas o de las relaciones que tienen ellas).

-la o las relaciones sexosentimentales repercuten poderosamente en el conjunto de las relaciones. Lo afianzan o lo desestabilizan, lo enriquecen o lo deterioran. Mucho más importante que la relación sexosentimental es el ecosistema relacional en su conjunto.

-una relación sexosentimental es parte de una historia relacional. Nuestras relaciones deben ser entendidas en función de su lugar en nuestra historia de aprendizaje relacional, más que como historias aisladas cuya estructura se traslada de unas a otras. Cada relación ocupa un lugar y nosotrxs ocupamos un lugar en la historia evolutiva relacional de las personas con las que establecemos relaciones. Sólo con esta perspectiva pueden las relaciones ser verdaderamente específicas. Más importante que cada historia es que el conjunto de ellas se construya armónicamente.
Así, el objetivo de las relaciones varía sustancialmente. Las relaciones sexosentimentales, monógamas o no, sólo tienen sentido como ampliación de una relación no sexosentimental, cuya trascendencia es mayor, no sólo por lo que se extiende antes y después de la relación sexosentiental, sino por la credibilidad que le aporta durante la misma.

Además, una relación sólo tiene sentido en la medida en la que mejore mi mundo relacional, no en la que lo sustituya y, por supuesto, no a pesar de que lo deteriore. Los perjuicios de la relación a nuestros mundos relacionales (lo cual incluye el perjuicio a las otras personas con las que nos relacionamos) entran en el debe de la relación, y lo hacen a un precio muy alto.

Por último, las relaciones pasan a ser entendidas como parte de un proceso en el que desarrollamos y maduramos nuestro mundo relacional. Gracias a ellas aprendemos a relacionarnos y construimos sucesivamente las distintas ramas de nuestro árbol relacional. Más importante que la historia de nuestra relación es su lugar en nuestras (las de lxs dos) historias y lo que nos aportamos para seguir escribiéndolas.

Todo esto ya lo hacemos. Se trata de que pase a ser lo que hacemos.


miércoles, 3 de agosto de 2016

nuevas sugerencias para entender el sexo sin objeto.


curiosidades del sexo con objeto

Estamos tan condicionadxs por el sexo con objeto que con frecuencia imaginamos la objetualización de un cuerpo para poder excitarnos cuando carecemos de objeto. Como, por ejemplo, al masturbarnos.

Las conductas sexuales pueden utilizar la imaginación sexual, pero en principio no necesitan de ella porque ellas mismas ya son sexo. No es malo usar la imaginación sexual para excitarse. Pero, ¿para qué excitarse? Normalmente usamos la imaginación sexual para imaginar que objetualizamos un cuerpo, y así excitarnos, y así alcanzar un orgasmo que signifique la posesión de ese cuerpo.

El sexo con objeto es el verdadero sucedáneo del sexo (del erotismo) y es una actividad que consiste en objetualizar personas reales a través del sexo.

Puede ser que no nos guste el erotismo, y que en realidad sólo nos apetezca objetualizar. En ese caso lo correcto sería llamarlo así. O entender que hablar de sexo, o de follar, es hablar de objetualizar.

Objetualizar mediante el sexo no tiene por qué diferenciarse demasiado de objetualizar mediante cualquier otra actividad. Objetualizar es objetualizar. No podemos objetualizar sin al menos otra persona a la que objetualizar.

Si el erotismo se parecía tanto a la objetualización era porque nuestro erotismo tenía mucha objetualización, no porque la objetualización fuera parte del erotismo.

Se puede concertar un encuentro para realizar actividades sexuales. Seducir, sin embargo, es convencer para que alguien se deje objetualizar. En realidad consiste en convencer a alguien de que nos vamos a dejar objetualizar por ella/él cuando, en realidad, nuestro objetivo es objetualizarlx.

Porque éste es el verdadero contenido de la seducción, la seducción es necesaria para que dicho objetivo se lleve a cabo. Si se propusiera abiertamente es muy probable que fracasara. Sería algo así: “¿intentamos objetualizarnos mutuamente a ver quién logra seguir siendo sujeto?”
claves para entender el sexo sin objeto

El deseo sexual no necesita la determinación de otra persona como objeto de deseo.

De hecho, no necesita determinar objeto de deseo alguno. En principio, el objeto de deseo que le es propio al erotismo es una conducta que proporcione placer o satisfacción eróticxs. Una acción. Humana o no, orgánica o mecánica, propia o ajena.

Establecer un objeto de deseo es simple y llanamente premeditar, predecir, incluso vaticinar, qué puede ser satisfactorio o placentero sexualmente.

Una persona que cocina no es objeto de mi hambre.

Lo que una persona cocina puede ser objeto de mi hambre.

Una persona puede compartir el objeto de su hambre conmigo. Se llama “quedar para comer”.

Cuando quedamos para comer en ningún momento, por mucha hambre que tengamos, ninguna de las personas llega a alimentarse de ninguna otra. Es más, ninguna de las personas llega a desear hacerlo. 

En todo momento la diferencia entre sujeto de deseo y objeto de deseo permanece clara y distinta. Es interesante recordar que los seres humanos somos omnívoros y podríamos comernos mutuamente. Podríamos incluso llegar a acostumbrarnos a ello. Podría incluso ser nuestro mayor deseo y el sentido de nuestra vida. Podríamos incluso llegar a la conclusión de que es una necesidad.

Cuando las personas que han quedado para comer terminan de comer no suelen tener más hambre. Algunas cosas de las que se hacen cuando se queda para comer sacian el hambre. Normalmente la más importante de ellas es comer.

Las personas siempre hemos sido objetos de deseo. Esto es cierto. También es cierto que de ello no puede concluirse ninguna predicción sobre cuál será el objeto de deseo en el futuro, o si habrá objeto de deseo.


¿qué consecuencias tiene?

Que los cuerpos dejan de ser objetos de deseo.

Que la belleza de los cuerpos deja de condicionar la vida sexual.

Que el canon de belleza deja de condicionar la vida.

Que la utilización sexual de las personas deja de ser el objetivo que subyace a nuestras relaciones.

Que los cuerpos de las personas dejan de ser tratados como lo son, por ejemplo, los alimentos. Con todo lo que ello implica.

Eso sólo, claro está, para quienes practiquen un sexo sin objeto.

O en la medida en que lo hagan.


¿dónde podemos encontrarlo?

El sexo sin objeto ya existe y está presente en nuestra vida. La masturbación es una, de innumerables, formas de sexo sin objeto que ya forman parte de ella. Normalmente lo consideramos un sucedáneo del sexo porque no hay un cuerpo al que objetualizar.


¿cómo se hace?

Separando el placer y la satisfacción que provocan las actividades eróticas, del placer y la satisfacción que provoca la disponibilidad de un determinado cuerpo en las actividades eróticas.

Reapropiándonos de nuestro propio cuerpo en las actividades eróticas.

Realizando actividades sexuales sin sujetos sexuales objetualizados, ya sea individuales o compartidas, colectivas.

Aceptando sin frustración el placer y la satisfacción que nos produzcan las actividades sexuales sin objeto.

Tratando al sexo como otro objeto más de nuestra curiosidad, y no exclusivamente como un medio para la obtención de placer.

Haciéndolo. Escuchando con paciencia cómo nuestro cuerpo desplaza su objeto de deseo de los sujetos objetualizados a las actividades eróticas, a sí mismo y a la comunicación sexual.

Contándolo. Proponiéndolo.

Leyendo sobre ello. Como ahora.

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lunes, 1 de agosto de 2016

tengo una mala noticia para ti: no eres monógamx.


Aunque seguimos en el tiempo en el que se da por hecho que todo el mundo es monógamx hasta que diga lo contrario, al menos hemos llegado al tiempo en el que sabemos que ya no deberíamos hacerlo.

Es muy recomendable tener una idea del espectro relacional al que pertenece la persona con la que queremos establecer una relación. Vamos, que lo suyo es preguntarle a la gente cómo se relaciona, porque hay muchas formas, y al fin y al cabo eso es lo que vamos a hacer con ella. Eso es lo que ya estamos haciendo, si es que estamos en disposición de realizar la pregunta.

Y, ¿qué hacemos con la respuesta? Parece que lo lógico es que si hay “match”, vía libre. Y, si no lo hay, fin de la historia. Cuanto más se avance en la unión de dos personas con modelos incompatibles, más duro será el batacazo.

La experiencia nos dice que se hacen más esfuerzos por compatibilizar lo incompatible de los que recomiendan tanto la sabiduría popular como los consejos a posteriori de las amistades ventajistas (“¿Para qué te lías, si sabías que sois diferentes?”). Pero el vértigo entre modelos permanece, y ese vértigo es especialmente sensible en la barrera monogamia-no monogamia.

La mala noticia, si es que esa barrera te generaba algún tipo de seguridad, es que es muy poco consistente. En realidad sólo existe mientras la nombres. Mientras ambxs la nombréis.
Aparentemente, la barrera sí corresponde a una distinción enjundiosa: sirve para diferenciar a las personas que tienen una sola relación a la vez, de las que tienen o aceptan tener varias relaciones a la vez.

Pero, a ver cómo explico esto… lo cierto es que todo se juega en esa barrera. Apenas existe otra cosa que esa barrera, y en ella estamos la mayoría, como Humpty Dumpty, peligrosamente subidxs a la verja sin terminar de decidirnos. O, visualizado de otro modo: La barrera es muy amplia, es anchísima. Tanto que ocupa casi todo el espacio a uno y otro lado. No se trata de una hipérbole alucinada. Se trata de la consecuencia normal en un conflicto generalizado e irresoluble. Cuanto más se alarga, se bloquea, se exacerba, más densa, más compleja, se hace la muralla que separa ambas partes, hasta que al final la muralla lo es todo. Se vive en la muralla y para la muralla. Y se muere de la muralla. Que se lo digan, si no, a los atenienses que sitiaron Siracusa, con un ejército tan poderoso, pero a la vez tan incapaz de vencer, que acabó asfixiado por las barreras en las que se encerró.

Toda, o casi toda, la no monogamia está impregnada de monogamia. Pero no es eso lo que me interesa explicar, porque entre personas no monógamas hay (¿todavía?) una cierta cultura de permeabilidad entre modelos. Lo que me interesa explicar es que toda, o casi toda la monogamia está impregnada de no monogamia. Querer vivir del lado monógamo de la muralla es, salvo contadísimas y fundamentalistas excepciones, una ficción.

desde dentro, la muralla es un gran laberinto. desde fuera, el laberinto es, en sí, la muralla.
El espectro monógamo es tan amplio como el no monógamo. Esto quiere decir que el hecho de que dos personas sean monógamas no garantiza en absoluto que su modelo relacional sea el mismo; ni tan siquiera que se parezca. No sólo porque quien busca casarse puede experimentar incompatibilidad con quien busca relaciones de una noche, y viceversa. Quien busca relaciones en las que todo se comparte puede ser incompatible con quien prefiere conservar un mayor espacio de independencia. Quien busca una relación socialmente abierta puede rechazar a quien busca encerrarse en la pareja. Quien busca una relación estabilizada puede sentir rechazo hacia quien gusta de acelerarla. Quien cultiva las relaciones con sus ex tal vez considere inaceptable a quien no lo hace o, casi seguro, a quien quiere que deje de hacerlo.

El etcétera es muy largo. Las familias monógamas son variadísimas, entre otras cosas porque la monogamia es vieja y abundante y ha tenido tiempo para crecer en múltiples y espesas ramas. Pero del mismo modo que cada rama de un árbol representa una diferente estrategia para aproximarse al sol, cada familia monógama es una nueva batalla entre la monogamia y la no monogamia. Un nuevo tramo en el muro, que vuelve a crecer cada vez que se encuentra un nuevo espacio por el que uno de los dos ejércitos podría filtrarse en campo enemigo.

Así, todas las incompatibilidades mencionadas arriba pueden leerse en términos de enfrentamiento entre monogamia y no monogamia. Quien sólo busca una relación duradera no quiere participar de esa especie de swinger secuencial que son las relaciones de una noche. Quien cultiva las relaciones con sus ex entiende que un poliamor jerárquico sin sexo, o sin sexo ahora, es la única forma civilizada de relacionarse. Quien conserva su espacio, o aspira a que la relación avance sólo lentamente, está compartiendo con la agamia el rechazo al suicidio amoroso, y entendiendo que sólo existe relación allí donde ésta ha demostrado fiabilidad. Y así en todas y cada una de las familias monógamas.

jon snow al ser preguntado de qué lado del muro se considera a sí mismo.
Debemos, por lo tanto, asumir que relacionarse en monogamia implica dos trabajos ineludibles. El primero es descubrir a quién tenemos delante, en qué medida hay compatibilidad con nuestra idea de relación, y en qué medida esa compatibilidad es para nosotrxs suficiente.

El segundo es entender que nuestros límites, nuestras compatibilidades e incompatibilidades varían con el tiempo y con la experiencia, y que es mejor coger las riendas de ellas que dejarnos llevar por el prejuicio al que nos conducen clasificaciones groseras. Del otro lado de casi cualquier barrera siempre hay gente mucho más próxima a nosotrxs de lo que lo está mucha otra que comparte nuestro lado. Cualquier persona monógama puede concebir una monogamia mucho más intolerable que algunas agamias o algunos poliamores. Cualquier persona monógama puede, en realidad, descubrir que las personas con las que mejor puede relacionarse no están sólo de su lado del muro, y que el muro es, en muchas ocasiones, la menos importante de las barreras.