sábado, 6 de agosto de 2011

el dilema del beduino. y PARTE 2

             El hombre apunta hacia la mancha oscura para evitar ser víctima de un ataque. No quiere hacer daño a nadie inocente, de modo que decide no disparar, salvo si se ve claramente amenazado. Espera. Pretende controlar la situación: él pondrá las reglas. Cuando esté completamente seguro restablecerá la cordialidad. No se puede hacer de otra manera.
             Observa por su mira telescópica, que apenas le aclara la imagen. Aún no puede distinguir formas con claridad, pero sabe que, en cuanto esté un poco más cerca quedará a tiro.

             Entonces descubre que está siendo un idiota. Es un pobre conejillo indefenso que se refugia tras unas pocas briznas de hierba esperando que los perros pierdan su rastro. Ha confiado en su flamante rifle como sólo lo haría un niño ingenuo, y se ha dado cuenta demasiado tarde. Si aquel hombre al que vigila pretende acabar con él, si pretende matarle, como puede haber hecho antes con otros, su arma será mucho mejor, mucho más precisa, de mucho más alcance. ¿Cuántos hombres se habrán apostado a esperarle confiando estúpidamente en la distancia que los separa? ¿A cuántos ha ejecutado así, inmóviles e inconscientes, complaciéndose en apuntar cuidadosamente hacia su frente un disparo infalible? Se siente minúsculo. Tal vez le esté apuntando ya. Tal vez éste sea su último segundo de vida.
             ¡Echar a correr, entonces, hasta ser perdido de vista! Pero, ¿para qué? Puede tardar varios minutos en escapar al radio de acción de su enemigo. Puede tardar una hora. Si el otro le ve huir adelantará el ataque y, ¿cuántas veces puede fallar? ¿Una, dos? Al tercer disparo estará muerto. No hay que moverse. Aquí, al menos, sigue vivo. Desde aquí, al menos, él también apunta.
             El hombre se descubre deseando disparar; anhelando incontroladamente que su vida deje de estar amenazada. Ya no recuerda su deseo de encontrar un compañero. No recuerda más ambición que seguir vivo. ¡Seguir vivo! De pronto se horroriza. Comprende lo cerca que está de matar a otro hombre del que no sabe nada. Comprende cómo su instinto de supervivencia le ha conducido a aislar la posibilidad más amenazante, tal vez la menos plausible. Siente que la calma vuelve a su ánimo y, con ella, la sensatez. Sigue observando por su mira telescópica la mancha tal vez inmóvil. Existe una amenaza, sí, pero bajo ningún concepto puede disparar sobre alguien que podría ser como él mismo.

             Como él mismo. Solo, desprotegido, asustado. Tirado en el suelo, mirándole a través de una mirilla sucia que no se atreve a limpiar por miedo a conceder un tiempo fatal. Intentando tomar una decisión correcta. Apuntándole con un rifle tembloroso. Presa del pánico.
            
             Dispara.

             La figura lejana se ha movido esta vez, sin duda. Ya no se recorta contra el horizonte. Ahora más bien se funde con la arena, como si se preparara para unirse con ella. El hombre se incorpora y se dispone a reanudar su marcha. Mira la mancha en el suelo. No quiere saber nada de ella. Nada. Dará un gran rodeo y retomará su camino varios kilómetros más allá. Él sabe cómo hacerlo.
             Más tarde (no hoy, no durante este viaje, algún día), comprenderá que, fuera quien fuera aquel hombre, su última voluntad sólo pudo haber consistido en que su verdugo se acercara a mirarlo.

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