jueves, 28 de julio de 2011

el dilema del beduino. PARTE 1

             Ah, si yo discurriera como Mosca -se dijo Fabricio- cuando me repite que los peligros que corre un hombre son siempre la medida de sus derechos sobre el vecino.
               Stendhal - La Cartuja de Parma

             Un hombre se encuentra en medio de un viaje por el desierto. Lleva lo necesario para completarlo con éxito. Está solo y se siente solo. Añora la cercanía de otros hombres.
             A lo lejos surge una minúscula forma que parece corresponder a otro hombre. El viajero se alegra ante la perspectiva de encontrar compañía. Está tan lejos que no sabe hacia dónde camina. No sabe si lo ve porque se dirige a su encuentro o porque, avanzando en el mismo sentido, le está dando alcance. Tampoco sabe si el otro lo ha visto. Tal vez no lo haya hecho aún. Tal vez lleve largo rato viéndolo.
             Entonces mira a su alrededor y recuerda dónde está: el desierto. Nada a la vista más que arena y ese punto lejano, probablemente vivo y humano. Ningún testigo ni cosa alguna que lo proteja. Solos los dos. Y nada que le revele las intenciones del otro.
             El hombre recuerda historias de ladrones y asesinos. De desapariciones entre las dunas, de crímenes sin castigo. Aquel punto oscuro, tan oscuro como él mismo a centenares de metros, puede ser su última hora acercándosele pausadamente. O puede no serlo. Puede ser alguien que le necesita; un hombre herido que depende de la fortuna de un encuentro para escapar a una muerte segura. O puede ser alguien que, como él, desee, por encima de todo, un poco de compañía. Cualquiera de esas tres cosas puede ser, así que el hombre saca su rifle.

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