lunes, 3 de abril de 2017

"afecto", la falsa moneda de los cuidados.


Proliferan las pautas y recomendaciones sobre la forma de gestionar los cuidados y el afecto en las relaciones. Sin embargo no logramos desprendernos de una fuerte suspicacia.

Varias preguntas comprometidas quedan siempre sin respuesta, constituyendo una base inestable sobre la que los discursos construidos nos resultan algo arbitrarios.

¿En qué se funda el supuesto carácter altruista del afecto? ¿Por qué carecemos de un término que designe su componente narcisista? ¿Qué se esconde tras la persistente reclamación de cuidados que observamos en los relatos sobre relaciones? ¿Qué necesidad específica satisface el afecto? Y, sobre todo, ¿cuánto podemos fiarnos de él?

En anteriores textos se apuntaba la dirección en la que parece más interesante buscar la respuesta a algunas de estas preguntas. En éste propongo dos conceptos que tal vez nos permitan dar ya una importante solidez tanto a la reflexión como a la práctica.
Diré antes de definirlos que un vínculo emocional sería el establecimiento consistente de consecuencias emocionales asociadas a otra persona. Es decir, no sería una emoción específica, sino la posibilidad de sentir una u otra emoción (fundamentalmente placer y dolor) en función de la conducta de otrx, especialmente hacia nosotrxs.

APEGO: vinculo emocional con quienes se juzga más adecuadxs para satisfacer nuestras necesidades.

Mientras que la ciencia se ve impelida a explicar la conducta mediante principios funcionales (adaptación, subsistencia, equilibrio…) los discursos relacionales son alérgicos a la idea de que el individuo busque vínculos afectivos para beneficiarse de ellos.

Por una vez, partamos de la idea de que al afecto, al cariño, al amor, subyace un fin, y que ese fin tiene mucho que ver con la conciencia de individualidad y con el interés propio.

AFECTO (no como sinónimo de “emoción”, sino de vínculo emocional concreto al que a veces llamamos “cariño”): vínculo emocional/expresivo hacia quienes se está en disposición de satisfacer necesidades, es decir, de recibir apego.

El simple apego es ineficaz a la hora de lograr satisfacer las necesidades que lo mueven, salvo en situaciones de indefensión extrema (infancia, urgencia…). Para sociabilizarse eficazmente debe ofrecer algo a cambio y debe ofrecerlo al costo emocional más reducido posible. El afecto, la disposición a hacer cosas por lxs demás, me permite realizarlas sin experimentar frustración o agotamiento demasiado pronto, e incluso recibiendo satisfacción. Gracias a esas necesidades satisfechas a otrxs, yo construyo la garantía de que otrxs, normalmente esxs mismxs, satisfarán las mías. Puedo, de este modo, asegurar mi apego.

Veamos ahora varias consecuencias que se extraen de estas dos definiciones y que resultan útiles a la hora de reflexionar sobre la gestión del afecto y los cuidados.

1   En primer lugar, tenemos que recordar que el carácter emocional de estos vínculos implica que van acompañados de experiencias psicofísicas de placer y sufrimiento, y que su existencia no queda demostrada sólo por su expresión. Un abrazo afectuoso sería, por lo tanto, una expresión de afecto, pero difícilmente una prueba.

2   Debido a este carácter emocional, el afecto y el apego tienen la posibilidad de ser satisfechos en sí mismos, pues son fuente de placer y dolor, sin que vaya acompañada su satisfacción de la de ninguna otra necesidad. Ese placer se satisface especialmente en la medida en que se produce mediante el encuentro de ambos, es decir, del apego de un lado con el afecto del otro, o mediante un encuentro cruzado de apego y afecto con apego y afecto. Si el apego sólo encuentra apego se convierte en una mutua solicitud de cuidados que aumenta la sensación de indefensión. Si el afecto sólo encuentra afecto se convierte en el intercambio de una disponibilidad estéril, como el característico abrazo masculino que transmite, entre otras cosas, completa autonomía y, por lo tanto, resistencia al cuidado que se ofrece.

3   Vemos también que el afecto es un vínculo fundamentalmente dependiente del apego para su aparición, es decir, que tendemos a sentir afecto por aquellas personas por quienes sentimos apego. En otros términos: nos ofrecemos dispuestxs a satisfacer sus necesidades a aquellas personas que consideramos necesarias para satisfacer las nuestras.

4   La dependencia que el apego tiene del afecto es, sin embargo, puramente práctica: difícilmente puede el apego sociabilizarse con éxito si no va acompañado de afecto. Por eso, el apego no suele hacer su aparición socialmente. Para ello debe revestirse, real o artificiosamente, de afecto.

5   Así, apego y afecto serían vínculos diferentes pero complementarios. El primero produciría placer al interpretar que hay disposición por parte de otrxs a satisfacer las necesidades propias (que hay afecto). El segundo recibiría placer al interpretar que hay disposición por parte de otrxs a dejar que sus necesidades sean satisfechas por nosotrxs (que hay apego).

6   Entendemos que no hay razón para manifestar más apego del que realmente se tiene (incluso puede ser conveniente manifestar menos). Hay, sin embargo, fuertes razones para manifestar más afecto del que se tiene, ya que el afecto funciona como una garantía de cuidados futuros a cambio de la cual se pueden a su vez solicitar otros cuidados en el presente.

El afecto debe, por lo tanto, ser objeto de suspicacia. La expresión de afecto puede indicarnos que alguien está dispuestx a cuidarnos, pero puede también funcionar como exigencia de que le cuidemos, amparada en que, dado que tiene con nosotrxs un vínculo afectivo, no podrá evitar cuidarnos cuando lo necesitemos, pues de lo contrario su vínculo afectivo le producirá dolor.
7   Estamos viendo que ni el apego ni el afecto son necesidades originarias. Si tuviéramos plena garantía de que nuestras necesidades fueran siempre a estar satisfechas es altamente probable que no desarrollaríamos apegos (es una hipótesis extrema, porque en última instancia necesitamos interactuar libremente con otras personas para desarrollar nuestras capacidades más complejas), del mismo modo que si no percibiéramos la existencia de necesidades en lxs otrxs no desarrollaríamos afectos (y nos veríamos obligadxs a mostrarnos como personas simplemente dependientes).

Por lo tanto el afecto (y el apego que le subyace) se convierte en necesidad por sí misma una vez que se ha construido sobre la base de las otras que busca originalmente satisfacer. El afecto se convierte en el símbolo de la satisfacción de necesidades. Cuando pedimos expresiones de afecto estaríamos pidiendo un cuidado específico que actuaría como moneda inespecífica de cuidados. Estaríamos pidiendo garantías de que nos van a cuidar, no ya con más afecto, sino con cuidados adaptados a otras necesidades.

8   Pero estaríamos, también, alimentando la inflación del valor del afecto. Estaríamos invitando a crear afecto sin fondos, que no se va a traducir en cuidados, que no satisface, por tanto, y que nos llevará a pedir más afecto, a recibir aún más afecto sin fondos, y a generar una adicción afectiva por desplazamiento de nuestras verdaderas necesidades a la necesidad de afecto.

9   Esta adicción afectiva producirá también su correspondiente reflejo sobre el apego, creando una adicción al apego que necesite de personas a las que dar afecto, a las que pedir que se dejen dar afecto, y que no constituirá ya afecto sino, de nuevo, otra forma de apego.

10   Ni que decir tiene que este modelo explicativo establece su virtud en el equilibrio (no en la igualdad) entre apego y afecto, en el equilibrio entre estos vínculos y los cuidados generales que expresan y gestionan, y que desestima absurdas propuestas de vida relacional sin apego o de construcción de afecto “sano” puramente desinteresado.


3 comentarios:

Caminante dijo...

¿Qué ocurre en el caso de "hospitalismo" a lo largo de la vida humana?

israel sánchez dijo...

parece que en las primeras etapas de la vida el apego es imprescindible para el desarollo y se establece por aprendizaje inmediato e incluso por identificación bioquímica.
pero esas fuerzas motivacionales primarias van pasando a segundo plano a medida que la conciencia va creciendo y ocupando su lugar en la supervisión de la conducta.
no sé si he contestado a tu pregunta.

Caminante dijo...

Sí Israel, gracias por la respuesta. Ahora comprendo mejor que la estimulación temprana, tiene mucho sentido como tal, y como lo indica su nombre, en etapas tempranas de desarrollo. Tal vez los conflictos surgen cuando durante la primera, segunda y tercera infancias, se carece de esa estimulación física, emocional y afectiva, que produzca el llamado por Bowlby, "apego seguro", o el excesivo traspaso intergeneracional de la "monotropía" también descrita por Bowlby.
Tocará desarrollar identificadores para estos tipos de dependencias excesvias en la etapa adulta, pues venimos de entornos poco funcionales en esos aspectos, y ante todo conocer las carencias en la propia infancia para no sobrecargar nuestras relaciones con demandas de afecto y apego.