martes, 28 de marzo de 2017

si os queréis, ¡respetaos!


NUNCA ENTRE AMIGOS

Las películas como Nunca Entre Amigos me encantan. Me gustan muchísimo.

Hay películas que se plantean cómo colarle un mensaje rancio a la población progre y se inventan un artefacto que pinta bien casi todo el tiempo. Pinta bien y huelen mal, como el barco de Benito Cereno.

Y cuando descubres el truco piensas “¡Vaya! ¡Buena táctica! Mejor suerte para la próxima” Y las mandas a la mierda.

Y luego están las películas que van directamente dedicadas a la gente rancia. Esto es muy importante, y solemos olvidarlo. La gente rancia existe, tiene una vida, y también consume cine. Es más, nos equivocamos profundamente si creemos que lo único que ven es Fast & Furious. La gente rancia también tiene mantita, y también se aovilla el domingo por la tarde a disfrutar del placer “intrascendente” de que le cuenten una historia “intrascendente” de ese género completamente inocuo por “intrascendente” que es la comedia romántica.

Y vaya si se la cuentan.

Lo bueno de contarle una historia de amor a una persona rancia es que puedes dejarte llevar abiertamente por la psicopatía. No necesitas cumplir ciertos códigos éticos, como, por ejemplo, que la historia parezca igualitaria. Puedes perfectamente convertir en pareja de una actriz de físico estereotipado a un actor con la presencia de un Jim Carrey rural, como el tal Jason Sudeikis. A todo el mundo le va a parecer lo más natural, porque el Jim Carrey rural es un tío sano, y una chica que merezca la pena no debe fijarse en otra cosa, por muy buena que esté.
La lógica también se transforma en un espacio de libertad para ti, como narrador/a (éste es un gran atractivo de la narrativa rancia, tengamos cuidado). Por ejemplo, supervisar una fiesta de cumpleaños infantil hasta arriba de éxtasis no es algo que unx tenga que presentar desde una perspectiva crítica o contracultural. No es necesario. Puedes mostrarlo como situación normal con final feliz. Incluso si la fiesta se celebra en un chalet con piscina que cubre. ¡Y es tan divertido!

Alegría. El mejor cine de mierda.

Y gracias a él vamos sabiendo de las nuevas tesis que se van sembrando en la cabeza de lxs otrxs, y que difícilmente seríamos capaces de descubrir por simple deducción sociocultural.

En este caso, la moraleja de Nunca Entre Amigos es digna de un Frankenstein becado en Princeton.

Lo que nos viene a contar, como resultado del más delirante patchwork neoliberal, es que el nuevo amor perfecto, el ideal, la pareja modelo que tiene todas las cartas para petarlo, es la que se forma entre adictxs al sexo. Sí, sí… tomaos vuestro tiempo. Asimilad.

¡Claro! ¿No lo entendéis? Os lo voy a explicar, desnaturalizadxs: Lo que pasa es que ser adictx al sexo es no haber encontrado aún a La Persona. ¡Y buscarla con muchas ganas!

Incluso puede ser el resultado de algo más bonito todavía, como les pasa a lxs protagonistas de esta película de mierda. Puede ser que hayáis perdido la viriginidad juntxs, y que después las circunstancias os hayan separado (ella era más guapa y se fue, pero mira, ¡mira cómo vuelve, la muy soberbia!). Y desde entonces os devore ese comecome que es la nostalgia del amor verdadero, el de la primera vez.

el cine de mierda suele recordarnos que una de las mejores estrategias para formar una pareja feliz es ser muy imbécil.

Y, claro, cuando os encontráis de nuevo, os respetáis, aunque sois adictxs al sexo, porque os queréis de verdad, no como al resto de la gente, que es toda tan sucia. Y cuando por fin el amor se cae de maduro, en cuanto os lo declaráis, pues, por supuesto, inmediatamente, esa misma mañana, os casáis.

Eso sí, antes de la boda, como no se aguantan las ganas, un polvito. Porque lo que tiene que quedar claro aquí es que cuando dos verdaderxs enamoradxs se unen para siempre, si son verdaderxs, verdaderxs de verdad, es decir, si son adictxs al sexo, entonces se lo van a pasar genial, porque no se van a bajar de la cama ya ni para sacar la basura. ¿¡No es fantástico!?

Pues esto, por estrambótico y degenerado que os parezca, es lo que les están contando a vuestrxs vecinxs. Y seguramente muchxs se lo estén creyendo.
Así que id con cuidado ahí fuera.


martes, 21 de marzo de 2017

5 claves para llevar la agamia a la práctica.


“Pues muy bien, ya sé lo que es la agamia. Ya puedo diferenciarla de un gibón, de la estética trascendental e, incluso, del poliamor.

Ya aprobaría un test sobre agamia, pero lo que de verdad quiero saber es cómo llevarla a cabo. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se es ágamx?”

No han sido pocas las veces en que he recibido críticas por definir y describir la agamia en sentido negativo, desde lo que la agamia rechaza.

Voy a intentar dar a esas críticas parte de la satisfacción que merecen con un texto tan claro y concreto como me sea posible. Y, sobre todo, tan positivo.

Y para ello voy a aprovechar el formato bloguero por excelencia: la lista de claves, o reglas, o principios, o consejos, o como se quieran llamar. Cinco ideas, que también es una cifra apetitosa.

Vamos con ellas.

1-NO TENGAS PAREJA.

¡No, no, no! No es empezar con las negaciones otra vez. Aunque es la regla que da sustancia a la agamia, y todo el mundo se la sabe, no está de más recordarla en una lista de “trucos básicos”. 

Comprobarás, si no lo has hecho ya, que no formar pareja es algo absolutamente positivo, es decir, que requiere de una actitud muy consciente con consecuencias muy visibles. Que es, en definitiva, lo contrario a no hacer nada.

Y, si aun así, esta primera regla te resulta insípida, añádele, además, el decirlo.

Que tu entorno (o la parte que consideres segura en él) sepa que no formas pareja. Que no es que no tengas. Que es que no la quieres. Que tú lo haces de otra manera.

Te garantizo dos cosas: La primera, muchas conversaciones sobre agamia que te obligarán a reflexionar sobre tus propias ideas relacionales. La segunda, muchas sorpresas. Mucha gente pensando en ti, en cómo vives, en cómo lo haces, tal vez sin decírtelo nunca, tal vez, cuando menos te lo esperes, diciéndote: “¿sabes una cosa? Yo también soy ágamx”.

2-DISFRUTA DE TU SITUACIÓN.

La agamia tiene desventajas que, en general, conocemos: poca gente que la practique, que la entienda o que ni tan siquiera parezca preparadx para concebirla; cierta discriminación a la que la amatonormatividad nos somete; incertidumbre por no saber exactamente en qué consiste lo que tenemos que hacer ni si llegaremos a satisfacer nuestras necesidades con ella…

Pero hay ventajas que tendemos a olvidar, simplemente porque no podemos cambiarnos de modelo como cambiamos de menú, y es tan fácil acostumbrarnos a lo bueno y dejar de verlo como obsesionarnos con aquello que parecemos haber perdido incluso aunque no lo consideráramos antes de gran valor.

Es muy posible que la agamia te esté ofreciendo varias cosas que merece la pena recordar para disfrutar plenamente de ella. Sobre todo estas dos:

En primer lugar te ofrece paz. Es muy posible (aunque no seguro) que la montaña rusa emocional haya pasado a mejor vida. Los conflictos no se han extinguido, pero han dejado de ser un trastorno sistemático. No sólo hemos dejado de jugárnoslo todo a una carta; en realidad hemos dejado de vivir las relaciones como si fueran la visita a un casino, del que aspiras a salir forradx pero es muy probable que ocurra todo lo contrario. Ahora esto se parece más a un jardín o un huerto, y la felicidad tendrá más que ver con disfrutar del crecimiento diario de las cosas que con la posibilidad de que de repente nos broten tomates de oro.  ¿Demasiada paz? Eso sería malo si viniéramos de la felicidad. 
Pero no venimos de ella. Lo que la paz nos trae no es aburrimiento. El aburrimiento ya estaba aquí, y se ocultaba, sobre todo, tras una gruesa capa de problemas. Ahora lo que tienes no es aburrimiento, sino la oportunidad de pensar cómo salir de él.

En segundo lugar te ofrece crecimiento, o descubrimiento, o deconstrucción, llámalo como quieras. ¿Sabes esas personas que descubren un día, tal vez a los 45 años, que llevan toda la vida reproduciendo en bucle su proyecto sentimental, como si aún tuvieran 20, como si la vida se hubiera parado entonces? Pues tú ya no eres de ésxs. Tú has vuelto a poner el motor en marcha. Y, del mismo modo que entonces tenías la sensación de que no sabías muy bien a dónde ibas, y de que descubrías e inventabas el mundo a partes iguales, ahora el camino vuelve a ser nuevo, y vuelve a ser hacia delante. Da un poco de vértigo, pero recuerda que es justo lo que a todo el mundo le gustaría hacer. Es el tipo de vida que lxs demás lamentan continua y cansinamente no estar viviendo.

3-¡PROPÓN!

La pregunta que verdaderamente asedia a quienes practicamos la agamia es “¿cómo vamos a conseguir ahora aquello que sólo se conseguía en pareja?”

La vieja amistad gámica está muy bien para tomar un café, y a veces para algunas cosas más. Pero sabemos que tiene las alas cortadas.

Nos toca, ahora, pegarle de nuevo cada pluma.

¿Te apetece pasar el fin de semana con alguien? Piensa en quién sería la persona adecuada y hazle una propuesta concreta, respetuosa y clara.

El mundo gámico lo va a entender todo según un plano en pendiente: si tú estás arriba y la otra persona está abajo, no propongas, que se puede enamorar. Si la situación es inversa, no propongas, no vaya a ser que te enamores tú.

No aceptes esa pendiente. Construye en ella espacios llanos, terrazas, y queda en ellas: “ésta es la idea de lo que quiero hacer, ni más ni menos. ¿Te apetece?” Si no quiere hacer todo eso, que recorte la propuesta; si quiere ampliarla, que lo diga explícitamente. Pero la terraza es la terraza. No es el paso previo para ir a ningún otro sitio. La terraza es buena y útil en sí misma, y usarla bien consiste en disfrutarla.
Y si nadie quiere disfrutar de tus terrazas, entonces puede que te venga bien ampliar un poco el círculo. Aunque, como te decía en el primer punto, te aseguro que pronto empezarás a recibir visitas inesperadas.

4-PIENSA EN COLECTIVO.

Esto no va de preguntarnos qué necesitamos e írselo pidiendo a la gente. Esto va de preguntarnos qué necesita la gente, entre la que, por supuesto, nos contamos nosotrxs, y proponer terrazas para satisfacer esas necesidades.

Vas a construir mucho mejor tus propuestas cuando descubras qué están necesitando quienes hay a tu alrededor. Y no quiero decir que te preguntes qué es lo que está necesitando aquella persona con la que quieres pasar el fin de semana, de modo que tengas algo que ofrecerle a cambio. Me refiero a las personas de tu entorno en general. Lo que más necesita tu entorno, sin duda alguna, es lo que más necesita la persona más necesitada de tu entorno. Ésa es la necesidad que más urge satisfacer. Cuanto más integrado está ese entorno más propia se hace para cualquiera la necesidad de la persona más necesitada, es decir, más pasa a ser mi/nuestra necesidad. En esa situación es muy fácil hacer propuestas, y muy fácil que sean aceptadas.

De hecho es muy fácil que te propongan, precisamente, aquello que tú necesitas y que no sabías cómo proponer.

5-ROMPE LA BARRERA PSICOLÓGICA DEL GAMOS: NO HAY NINGUNA BARRERA.

El gamos nos induce a pensar que no hay nada fuera de él y que, por lo tanto, fuera de él no se hace nada.

La pregunta “¿cómo se practica la agamia?” es el resultado de esta idea inducida.

En realidad, lo que tienes que hacer, que es comprometerte con la satisfacción de las necesidades de susbsistencia y desarrollo de tu entorno, en el que estás incluidx tú mismx, te va a ir dando respuestas.

Ahora has llegado a una muy importante: no construir parejas.

El resto también lo vas a deducir por simple sentido común. La vida crecerá de modo espontáneo en el espacio ágamo aunque alguien haya dicho que sólo pueden ser malas hierbas y que deberías arrancarlas.
Seguramente va a salir de ti el realizar propuestas, sin necesidad de que lo consideres una técnica de superviviencia ágama. Y saldrán otras cosas, poco a poco, o tal vez más rápido, como diluir tu identificación de género, promover un canon justo de belleza, o ir eliminando el objeto de deseo en tu erotismo.

No necesitas técnicas secretas para ser ágamx, ni necesitas a nadie en especial que te las cuente (“¿y los talleres?” Bueno, no digo que no venga bien un empujón. A veces ayuda). Lo que necesitas es pensar sin miedo, hasta el final. Hasta que los actos aparezcan por sí solos.

martes, 14 de marzo de 2017

pero, ¿qué es AGAMIA?


La agamia vio la luz hace poco más de tres años, y desde entonces la idea ha agarrado con fuerza. 

Hoy ya es un término utilizado normalmente en las referencias a nuevos modelos relacionales, y por todas partes aparecen personas que se identifican a sí mismas como ágamas.

Eso a pesar de que el cambio de marco conceptual es tan completo que a veces se es ágamx sin entender del todo en qué consiste eso que se está siendo.

Explicado de una forma gráfica, se puede decir que la agamia es un viaje a un lugar tan distinto a aquél del que partíamos que, tras un cierto recorrido… bueno, si no somos exactamente ágamxs, al menos podemos decir que somos viajerxs de la agamia; tan lejanos de nuestro origen que apenas podemos ya decir que pertenezcamos a él.

Pero entonces, ¿qué es “agamia”?

Según su definición más general, la agamia es un modelo relacional consistente en no formar pareja.
Así de sencillo.

Si no formas pareja, eres ágamx. Otra cosa, eso sí, es cómo lleves a cabo tu agamia.

“Ah, pero entonces… ¡Siempre he sido ágamx!”

Probablemente, pero vamos a aclarar algunos equívocos para evitar que el trazo se pase de grueso.

Ni todas las personas sin pareja son ágamas, ni todas las parejas dejan a las personas completamente fuera de la agamia.

¿Complicado? Qué va. Veámoslo con los ejemplos más característicos:
Llevo mucho tiempo sin pareja. Eso es ser ágamx, ¿no? Por fuerza, pero ágamx al fin y al cabo”

Pues no. La agamia no se “está”. Se “es”. Si se “estuviera”, entonces sería ágama cualquier persona con pareja cuando bajara sola a comprar el pan. Si no tienes pareja, pero quieres pareja o haces por construir una pareja, entonces eres una persona monógama fracasada (como casi todo el mundo, eh, incluida la gente que la tiene, no lo tomes a mal). Pero cuando dices “¿y si dejo de buscar pareja y me organizo así, tal y como estoy?”. Hmm… ¡Eso ya es otra cosa!

Tengo pareja, pero no es una pareja convencional. Somos igualitarixs y respetamos nuestro espacio. Más bien somos compañerxs. Compañerxs ágamxs”.

Bueno… lo igualitarix que se puede ser cuando se hereda y reforma una estructura patriarcal, ¿no? 

Que conste que es perfectamente posible que tengáis una relación estupenda. Pero si lo es no será gracias a lo que el formato pareja os ofrece, sino a vuestro sentido común, a vuestra sensatez, a vuestra capacidad, en definitiva, para oponeros a lo que una pareja tiende a ser. Es perfectamente posible que tengáis una relación estupenda, digo. Pero desengáñate: no es probable.

Y no es agamia. Es monogamia normal y corriente. Monogamia entre buena gente, si quieres.

No soy monógamx. Tengo relaciones múltiples”.

Pues por eso no eres ágamx. Porque tienes “relaciones”, es decir, porque hay un grupo de personas con las que te relaciones a las que llamas “relaciones” y un grupo de personas con las que te relaciones a las que no llamas “relaciones”. Incluso, si lo piensas, existe una cierta relación con la humanidad entera que también se está quedando del lado del no. Eres tú quien ha decidido dónde está esa barrera que separa a un grupo de otro. Y el ponerla es lo que te separa a ti de la agamia.

Por cierto, cuando hablas de “relaciones”, ¿te refieres a las personas con las que tienes relaciones sexuales? Entonces ya está claro: no eres ágamx para nada.

No hago diferencia entre mis parejas y mis otras relaciones. Para mí son todas iguales y ninguna tiene privilegios sobre las demás”.

¿Y no te vuelves locx? Lo primero que haces es diferenciar a tus parejas de tus relaciones, y después intentar que esa diferenciación no tenga consecuencias. ¡Cuánto trabajo inútil!

Las relaciones entre las personas son diferentes, y no hay nada de malo en ello. Lo malo es que sean injustas. No se trata de que a todo el mundo le proporciones lo mismo, sino de que le proporciones a cada quién aquello que es tu responsabilidad proporcionarle. No sé muy bien qué eres, pero creo que vas a dejar de serlo en cuanto encajes algunas piezas.

Ni tengo pareja ni la quiero. Yo vivo mi vida, que son cuatro días. Lo que hay que hacer es disfrutar sin ataduras. Soy agamx, ¿a que sí? ¿A que yo lo he clavado?”

Tengo una mala noticia para ti: Si lees algún texto sobre valor sociosexual descubrirás que eres carne de pareja, y que te resistes a ella fetichizando sexualmente a personas que consideras inferiores a ti. 

No voy a desarrollar esto, pero de momento te digo que, aunque pasas por ágamx, ni lo eres ni nos interesas, y que si en algún momento la agamia llega a estar representada por gente como tú, entonces dejará de ser agamia y pasará a ser el lado oscuro de la agamia, que no es otra cosa que el futuro atomizado de nuestras relaciones, y que es justo aquello que la agamia rechaza con más ímpetu y con más decisión. Mucho más intensamente que la monogamia misma.

“Pero, entonces… ¡¿Es que nada es agamia?!”

Sí que lo es. Como dije al principio, agamia es no formar pareja. Simplemente. Eso sí, con todas las consecuencias.

Por eso, en realidad, hay una cierta agamia en cada uno de los ejemplos anteriores. Porque allí donde la pareja no logra realizarse a la perfección, lo único que tiene para tapar los agujeros es su opuesto: la agamia. Un poquito de agamia.

Pero ya lo veremos en el próximo texto.