miércoles, 17 de septiembre de 2014

AGAMIA Y PROSTITUCIÓN (y III). propuesta


La designificación del sexo, la eliminación de sus significados culturales asignados en la construcción de su función social actual, conduce a un grado cero de la sexualidad en la que su valor queda en suspenso.

Pero para poder tratar al sexo como una mercancía más o, ya en el mejor de los casos, como una no mercancía, debemos estar dispuestos a realizar esa designificación; a renunciar al papel que el sexo tiene en nuestras vidas en sus componentes reproductivo, afectivo, fusional y posesivo. Ese proceso no es accesible a corto plazo a escala social, y sólo puede ser tratado como horizonte de acción.

En una sociedad hegemónicamente ágama (donde el género no existe o no es una categoría significativa) el sexo, el erotismo, no tendrá el valor y significados actuales, y cabe presumir que muchas cosas alcanzarán o superarán el valor del sexo. Extrapolando lo inextrapolable, podríamos decir que nada particularmente inmoral tendrá intercambiar ese erotismo por dinero allí donde se considere conveniente.


 

Y entiendo que lo conveniente será, ante todo, compensar las desigualdades.

El debate sobre la prostitución es tan hipócrita que jamás se plantea la función del bien que mercantiliza. Ante la pregunta “prostitución, ¿para qué?” todas las respuestas son, en última instancia, evasivas: para dar trabajo, para conservarlo, para empoderarse, para afirmar la libertad de la sociedad, para afirmar su madurez…

La prostitución ofrece placer sexual, (más o menos experto), por dinero. ¿Necesita la sociedad placer sexual por dinero?

No sabemos cuánto placer sexual (erótico, una vez designificado) necesitamos, ni de qué características, ni si lo necesitamos realmente o en qué medida. Pero por poco que haga falta, hay dos consideraciones de las que difícilmente va a quedar exento: una, que implicará algún tipo de aprendizaje, e incluso de maestría, y que, por lo tanto, se podrá enseñar. La otra, que todxs deberán tener el mismo derecho a acceder tanto al aprendizaje como a la satisfacción de la supuesta necesidad, incluso entendiendo el placer como una necesidad.
 
 

Pensar en una sociedad ágama es tan hipotético como pensar en una no patriarcal o no capitalista, de modo que resulta gratuito especular si deberá ser el dinero o cualquier otra cosa lo que regule esos derechos. Pero nosotrxs podemos utilizar estas consideraciones como horizonte de acción teórica. Desde una perspectiva ágama, por lo tanto, la prostitución, en la medida, y sólo en la medida, en que se desembarace de sus rasgos de opresión patriarcales, debe tener dos funciones: el aprendizaje sexual y el acceso de lxs discriminadxs sexuales al sexo.

“Nuestra” prostitución, la actual, no puede estar más lejos de este modelo. La sexualidad ya no sólo no se aprende, reproduciendo los esquemas automáticos, casi espontáneos, de satisfacción masculina inmediata, en que el patriarcado ha fundamentado su cultura sexual generalista. Ahora se “desaprende” mediante el brutal modelo pornográfico de acceso temprano, con el que el establecimiento de los comportamientos sexuales se adelanta a un supuesto descubrimiento ingenuo del sexo. La prostitución no educa, obviamente, ni aspira a educar, sino que es el lugar de realización de los deseos establecidos en el aprendizaje pornográfico.

En cuanto al acceso a ella, la dictadura económica obvia cualquier tipo de justicia social. Sólo quien tiene dinero puede acceder a la prostitución y sólo quien tiene mucho dinero puede acceder a una prostitución a la que se añada la función de ostentación social, es decir, la prostitución realmente deseada. Esta discriminación económica sería menos grave en una sociedad ágama, donde la designificación del sexo liberara gran parte de su represión. Pero, en la nuestra, las bolsas de probreza sexual extrema son fuentes de pandemias psíquicas que toda postura ideológica de derechas o izquierdas ha decidido ignorar. En nuestra mojigata cultura sexual, en la que la sexualidad misma es glorificada como la guinda de todas las satisfacciones, se acepta sin rubor, no ya que la gran mayoría de la población reconozca una frustración sexual crónica, sino que enormes masas de ella carezca por completo de relaciones sexuales. Para nosotros no importa que grupo sociales enteros estén condenados a priori, hagan lo que hagan, al peor de los sexos. No nos importa, de hecho, señalar a ancianxs y dependientes como inadecuadxs consumidores sexuales, como pertenecientes a una condición que debe ir acompañada de la renuncia total al sexo. Y la razón que aducimos para ello es que el sexo es algo demasiado importante para ser vendido o, al menos, para ensuciar nuestra idea de justicia con su venta. Su presencia, sin embargo, como la del ejército de parados, es muy útil para otorgar al sexo su condición de bien de consumo explotable y ostentoso; para clasificar a las personas en función de su vida sexual.
 
 

Propongo esta “otra” prostitución, deseable y tan diferente, como objeto de trabajo y descripción teórica, con vistas a una implementación progresiva que sólo puede realizarse al margen de la prostitución actual y como diametralmente opuesta a ella. Propongo una doble cultura de la prostitución desarrollada plenamente al margen de la primera y que no admita con ella combinación ni alianza alguna. Propongo que aspire a erigirse como servicio social visible y necesario, y a relegar a la actual prostitución a la condena social general.

Y propongo que tenga su propio nombre. El nombre, sin embargo, no lo propongo.

               

lunes, 15 de septiembre de 2014

AGAMIA Y PROSTITUCIÓN (II). el debate (supuestamente) teórico


                Y es que el problema teórico es otro cantar. Porque, ¿qué es la prostitución?

                El patriarcado nos dirá que no es otra cosa que el uso del sexo como mercancía. No el uso de la persona, sino de la actividad sexual. El feminismo nos recuerda que ese comercio se da en condiciones de opresión, de modo que la realiza y la incrementa (hemos visto que las posiciones feministas deben dar un paso atrás y volver a la reflexión teórica para poner en primera línea práctica el verdadero asunto en juego: la esclavitud sexual). Pero, mientras que el abolicionismo entiende que la opresión es consustancial al comercio sexual, el feminismo regulador parte en general del principio de que sólo hay opresión en las condiciones concretas que impone el patriarcado.

                No deja de ser curioso que se entienda al patriarcado como eliminable de un ámbito que hasta tal punto lo representa, y que el hecho mismo de que la prostitución sea en su inmensa mayoría femenina no implique unas condiciones absolutamente “despatriarcalizables”. Parece claro que la conjunción de intereses, tanto profesionales como lúdicos, han reforzado hasta una posición algo conformista y cegata la defensa de la prostitución. Si hacemos por imaginar el arco de actividades englobadas bajo el concepto “prostitución”, así como la diversidad de clases sociales y poderes adquisitivos entre los que tiene lugar, sólo podemos concluir que su existencia refuerza tanto la opresión capitalista como la patriarcal, profundizando su poder de sometimiento hasta el territorio del sexo.

                Allí donde la mujer ejerce el poder inalienable del uso de su cuerpo, el patriarcado le replica que dispone de otros cuerpos para ese mismo uso. Allí donde las clases se aproximan entre sí, en torno al acceso a un bien que depende de rasgos caracterológicos, el capital salvaje contesta que, con dinero, lo puede comprar todo.

 
                La tesis abolicionista, que identifica al sexo de pago con la opresión, también cojea. Desmontar esta identificación es tan sencillo como imaginar una sociedad no patriarcal en la que se produjera algún tipo de comercio sexual, por testimonial que fuera. Parece que lo que mueve a transformar una identificación dentro de un contexto en esta identificación sustancial es una cierta forma de ver el sexo. Y si el sexo tiene una cierta forma de ser visto, es que estamos cayendo en el patriarcado de nuevo. Las justificaciones teóricas abolicionistas son, por decirlo de una vez, puritanas, y conllevan una condena a la libertad sexual misma.

                Pero, si el sexo no debe llevar esa condena, ¿por qué no regularlo como cualquier actividad, aunque implique la extensión, como decía, de la opresión patriarcal y de clase? Si aceptamos la regulación del resto de los intercambios comerciales, ¿no caemos en el puritanismo al denunciar esta opresión específica, aunque no la califiquemos de sustancial? El mundo no nos gusta, eso ya lo sabemos, pero, qué casualidad que, al final, siempre combatamos con aspiraciones de extinción este lado del mundo.

                Esta postura “del sentido común” realiza dos falsas asunciones: en primer lugar, no aceptamos las regulaciones: las regulaciones nos las encontramos y las aceptamos ante la ausencia de alternativas estructuradas, desde la conciencia de que la falta de esas alternativas estructuradas, esa oferta del caos como alternativa, es el arma que utiliza el sistema para hacer oídos sordos. Nadie (de entre las posturas expuestas) quiere regulaciones económicas sobre ámbitos no regulados (el consumo del aire, por ejemplo), salvo si estos ámbitos son ya opresivos. Y, allí donde lo son, como en el de las drogas, somos suspicaces frente a la deriva que puede adoptar la regulación (¿a nadie se le ha ocurrido que en un sistema de consumo de drogas plena y universalmente regulado éstas se conviertan rápidamente en un mecanismo de opresión más, con drogas limpias, fascinantes y carísimas, por un lado, y drogas destructivas, enajenantes y muy accesibles, por otro? Sólo se trataría, en realidad, de un perfeccionamiento de la actual división entre consumo popular de marihuana y consumo como potenciador laboral de cocaína).

 
La segunda falsa asunción es que el sexo sea un bien igual a los otros. Recordemos que el puritanismo sustancializa la especificidad del sexo, es decir, afirma su carácter particular y sagrado en todo contexto. Pero la desmitificación del sexo no se ha producido aún. Antes al contrario, vivimos en una cultura donde el sexo es la segunda moneda, sólo menos universal, en su capacidad de intercambiarse por cualquier otra cosa, que el dinero mismo, y donde esa capacidad está otorgada por su condición (incontrastable) de placer supremo y fin en sí mismo. Vivimos en el mundo que el puritanismo describe, sólo que, según él, no podemos cambiarlo.

Es aquí donde la agamia tiene algo que decir.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

AGAMIA Y PROSTITUCIÓN (I). el aquí y el ahora

                No es del todo evidente cuál pueda ser la pregunta mediante la que deban relacionarse agamia y prostitución.

                ¿Es la agamia compatible con la prostitción?

¿Quedaría algún tipo de prostitución en una sociedad hegemónicamente ágama? ¿En qué consistiría?

                ¿A qué actitud frente a la prostitución actual debe llevar el consistente rigor ético que la agamia exige como principio?

                Y, además, ¿hay algún uso que la agamia deba hacer de la prostitución para realizarse eróticamente? Es decir, ¿conlleva el erotismo ágamo la existencia de algún tipo de prostitución?

                Dado que la renuncia al género, que implica un feminismo sustancialmente igualitario, es otro de sus principios, nada de particular tiene recordar la confrontación de posiciones que sobre la prostitución existe en las filas del feminismo, y que enfrenta a abolicionistas con reguladorxs. Éste es, por lo demás, el debate de más enjundia, si no el único que la tiene, que el tema ha suscitado.


                El abolicionismo ha dejado atrás el culto a la sexualidad libre y diversa que celebraba el empoderamiento de la mujer a través, también, de la prostitución como opción profesional o existencial elegida, y del uso de su cuerpo como herramienta de trabajo de la que ella, y sólo ella, debía beneficiarse. Esta prostitución idealizada choca con los datos ofrecidos por la prostitución real, que revelan una actividad mayoritariamente integrada por diversas formas e intensidades de esclavitud sexual. La trágica realidad de la prostitución ha convertido al abolicionismo en la voz más activa y predominante dentro del feminismo hoy.

                 Pero las réplicas de lxs reguladorxs señalan debilidades importantes en el discurso abolicionista. Frente a los datos más extremos que hablan de un 90% de esclavitud sexual, se recuerda que el otro 10% realizaría el ejercicio de la prostitución en condiciones de libertad, o significativamente próximas a ellas. ¿Qué hacemos con estas trabajadoras? Frente a la crítica esencialista de que la violencia de género es inherente a la prostitución, tanto por su carácter objetualizante y posesivo, como por tener lugar en el contexto económico y cultural del patriarcado, se especula sobre la posibilidad de una prostitución concebida fuera del patriarcado o en condiciones que lo compensen; de una prostitución que, coincidiendo en gran medida con la presentación que de ella ofrece el propio patriarcado, sería simplemente el uso que la mujer hace de una posibilidad que la sociedad le brinda. ¿Por qué no puede, entonces, construirse una prostitución íntegramente digna?

Estatus en el mundo. En rojo, ilegal. En azul, no regulada. En verde, legal.
 
                 Entre quienes sostienen las posiciones reguladoras se encuentran, por supuesto, asociaciones del ramo de todo tipo, desde las más sospechosas de vivir de la explotación, hasta aquéllas que se erigen públicamente en guardianas de los derechos laborales de las prostitutas y en perseguidoras de cualquier vestigio de trata del que tengan conocimiento.

                Contra ellas, sin embargo, se puede decir que las experiencias de regulación (Holanda, Alemania…) no parecen estar ofreciendo los resultados esperados y que justificarían la extensión del modelo.  Tampoco la abolición presenta mucho mejores perspectiva que el enconamiento de las condiciones de explotación (salvo, parece ser, en el modelo sueco).

                Nos encontramos, por lo que se ve, ante una encrucijada que, además, es políticamente útil, porque divide y estanca a importantes contingentes de un enemigo tan peligroso para el sistema como es el feminismo.

                Opino que la primera estrategia para resolverla debe ser escindir la teoría de la práctica. En la medida en que no gocemos de una línea teórica convergente, nuestra obligación es buscar el mal menor aquí y ahora. El problema práctico es tan grave, además, que pocas dudas pueden quedar con respecto a su urgencia. Sea cual sea la conclusión sobre lo que la prostitución deba ser, o si debe ser, difícilmente dejará de pasar por poner todos los medios para erradicar la trata de seres humanos.

                La pregunta no es, por lo tanto, si la prostitución debe ser regulada o abolida, sino cuál de las dos medidas es más eficaz en cada caso para eliminar la trata, o cómo implementar dichas medidas de modo que se optimice su reducción. Estoy seguro de que este planteamiento elimina gran parte de los enfrentamientos equivocadamente ideológicos en los que nos desgastamos. Lo mismo me da que existan o no prostitutas si podemos decir que la trata ha sido, no ya eliminada, sino simplemente mermada. Lo mismo me da que un sector laboral o seudolaboral en condiciones de marginalidad quede expuesto a una marginalidad mayor por la pérdida de su empleo o por el incremento de su explotación. Poco puede importarme el derecho de la mujer a hacer negocio con su cuerpo. Apenas merece reflexión el derecho del cliente a realizarse sexualmente. Si somos honestos, si realmente nos estamos creyendo el dato de la esclavitud, nada puede distraernos de poner todos los esfuerzos en resolverlo, y sólo en resolverlo. El problema de la prostitución, como tantos otros, tiene el nombre equivocado, y esa simple barrera simbólica le es suficiente para conservar la impunidad. Desde ella se puede, incluso, permitir el hacer concesiones en forma de cambios legislativos que después se revelarán inútiles, dejando a salvo la imagen de buena voluntad de los gobernantes.

                Ni siquiera se trata, como dicen algunxs, de separar trata de prostitución (lo que se denomina, con actitud buenista, “luchar contra las mafias”), sino de reconocer la subordinación de la una a la otra allí donde exista (es decir, casi en todas partes) y actuar en consecuencia. El desplazamiento del problema hacia la prostitución ayuda a legitimar los resultados de una iniciativa política, por desastrosos o inútiles que sean, tanto al gobierno que la aplica, como a los colectivos que se identifican con ella. Pero debemos recordar que cualquier regulación que incremente la trata será un acto antifeminista, como lo será una abolición que la haga aún más espantosa.

 
                Parece así más fácil decidir la actitud frente a la prostitución con la que convivimos a día de hoy, aunque quedan flecos prácticos con respecto a la prostitución misma que aún podrían tratarse. Intentaré englobarlos en la posterior reflexión teórica.