miércoles, 10 de septiembre de 2014

AGAMIA Y PROSTITUCIÓN (I). el aquí y el ahora

                No es del todo evidente cuál pueda ser la pregunta mediante la que deban relacionarse agamia y prostitución.

                ¿Es la agamia compatible con la prostitción?

¿Quedaría algún tipo de prostitución en una sociedad hegemónicamente ágama? ¿En qué consistiría?

                ¿A qué actitud frente a la prostitución actual debe llevar el consistente rigor ético que la agamia exige como principio?

                Y, además, ¿hay algún uso que la agamia deba hacer de la prostitución para realizarse eróticamente? Es decir, ¿conlleva el erotismo ágamo la existencia de algún tipo de prostitución?

                Dado que la renuncia al género, que implica un feminismo sustancialmente igualitario, es otro de sus principios, nada de particular tiene recordar la confrontación de posiciones que sobre la prostitución existe en las filas del feminismo, y que enfrenta a abolicionistas con reguladorxs. Éste es, por lo demás, el debate de más enjundia, si no el único que la tiene, que el tema ha suscitado.


                El abolicionismo ha dejado atrás el culto a la sexualidad libre y diversa que celebraba el empoderamiento de la mujer a través, también, de la prostitución como opción profesional o existencial elegida, y del uso de su cuerpo como herramienta de trabajo de la que ella, y sólo ella, debía beneficiarse. Esta prostitución idealizada choca con los datos ofrecidos por la prostitución real, que revelan una actividad mayoritariamente integrada por diversas formas e intensidades de esclavitud sexual. La trágica realidad de la prostitución ha convertido al abolicionismo en la voz más activa y predominante dentro del feminismo hoy.

                 Pero las réplicas de lxs reguladorxs señalan debilidades importantes en el discurso abolicionista. Frente a los datos más extremos que hablan de un 90% de esclavitud sexual, se recuerda que el otro 10% realizaría el ejercicio de la prostitución en condiciones de libertad, o significativamente próximas a ellas. ¿Qué hacemos con estas trabajadoras? Frente a la crítica esencialista de que la violencia de género es inherente a la prostitución, tanto por su carácter objetualizante y posesivo, como por tener lugar en el contexto económico y cultural del patriarcado, se especula sobre la posibilidad de una prostitución concebida fuera del patriarcado o en condiciones que lo compensen; de una prostitución que, coincidiendo en gran medida con la presentación que de ella ofrece el propio patriarcado, sería simplemente el uso que la mujer hace de una posibilidad que la sociedad le brinda. ¿Por qué no puede, entonces, construirse una prostitución íntegramente digna?

Estatus en el mundo. En rojo, ilegal. En azul, no regulada. En verde, legal.
 
                 Entre quienes sostienen las posiciones reguladoras se encuentran, por supuesto, asociaciones del ramo de todo tipo, desde las más sospechosas de vivir de la explotación, hasta aquéllas que se erigen públicamente en guardianas de los derechos laborales de las prostitutas y en perseguidoras de cualquier vestigio de trata del que tengan conocimiento.

                Contra ellas, sin embargo, se puede decir que las experiencias de regulación (Holanda, Alemania…) no parecen estar ofreciendo los resultados esperados y que justificarían la extensión del modelo.  Tampoco la abolición presenta mucho mejores perspectiva que el enconamiento de las condiciones de explotación (salvo, parece ser, en el modelo sueco).

                Nos encontramos, por lo que se ve, ante una encrucijada que, además, es políticamente útil, porque divide y estanca a importantes contingentes de un enemigo tan peligroso para el sistema como es el feminismo.

                Opino que la primera estrategia para resolverla debe ser escindir la teoría de la práctica. En la medida en que no gocemos de una línea teórica convergente, nuestra obligación es buscar el mal menor aquí y ahora. El problema práctico es tan grave, además, que pocas dudas pueden quedar con respecto a su urgencia. Sea cual sea la conclusión sobre lo que la prostitución deba ser, o si debe ser, difícilmente dejará de pasar por poner todos los medios para erradicar la trata de seres humanos.

                La pregunta no es, por lo tanto, si la prostitución debe ser regulada o abolida, sino cuál de las dos medidas es más eficaz en cada caso para eliminar la trata, o cómo implementar dichas medidas de modo que se optimice su reducción. Estoy seguro de que este planteamiento elimina gran parte de los enfrentamientos equivocadamente ideológicos en los que nos desgastamos. Lo mismo me da que existan o no prostitutas si podemos decir que la trata ha sido, no ya eliminada, sino simplemente mermada. Lo mismo me da que un sector laboral o seudolaboral en condiciones de marginalidad quede expuesto a una marginalidad mayor por la pérdida de su empleo o por el incremento de su explotación. Poco puede importarme el derecho de la mujer a hacer negocio con su cuerpo. Apenas merece reflexión el derecho del cliente a realizarse sexualmente. Si somos honestos, si realmente nos estamos creyendo el dato de la esclavitud, nada puede distraernos de poner todos los esfuerzos en resolverlo, y sólo en resolverlo. El problema de la prostitución, como tantos otros, tiene el nombre equivocado, y esa simple barrera simbólica le es suficiente para conservar la impunidad. Desde ella se puede, incluso, permitir el hacer concesiones en forma de cambios legislativos que después se revelarán inútiles, dejando a salvo la imagen de buena voluntad de los gobernantes.

                Ni siquiera se trata, como dicen algunxs, de separar trata de prostitución (lo que se denomina, con actitud buenista, “luchar contra las mafias”), sino de reconocer la subordinación de la una a la otra allí donde exista (es decir, casi en todas partes) y actuar en consecuencia. El desplazamiento del problema hacia la prostitución ayuda a legitimar los resultados de una iniciativa política, por desastrosos o inútiles que sean, tanto al gobierno que la aplica, como a los colectivos que se identifican con ella. Pero debemos recordar que cualquier regulación que incremente la trata será un acto antifeminista, como lo será una abolición que la haga aún más espantosa.

 
                Parece así más fácil decidir la actitud frente a la prostitución con la que convivimos a día de hoy, aunque quedan flecos prácticos con respecto a la prostitución misma que aún podrían tratarse. Intentaré englobarlos en la posterior reflexión teórica.

No hay comentarios: