jueves, 16 de enero de 2014

agamia y género (II)


La agamia es un modelo de relación construido sobre la negación absoluta del género. No es, por tanto, la añadidura de la negación del género al modelo gámico (como la mayoría de las prácticas homosexuales son la inclusión de la orientación sexual homosexual en el modelo de pareja tradicional fundamentado en la filosofía del amor), sino la creación de un modelo entre cuyos presupuestos se haya la negación del género.


La multiplicación de las opciones de género debe encauzarse como un recurso paródico que conduzca a la trivialización del género.
La agamia reconoce la existencia del género, y el hecho de que negarlo implica reconocer su existencia. Pero a ese reconocimiento se le añade la posibilidad de su negación, que la agamia pone en práctica inmersa en la cultura de género preexistente. No se trata de un presupuesto ingenuo que proclama la destrucción del género por su sola negación individual o marginal, ni la desaparición del género instalado en la personalidad del individuo por la toma de conciencia de éste sobre el progreso que implica su negación. Se trata de un activismo que persigue generar un espacio social e individual donde la ausencia de género pueda visibilizarse y desarrollarse.

Para ello, la agamia utiliza la herramienta de la “objeción de género”. La objeción de género es la progresiva eliminación de los componentes culturales del género en la medida en que se descubran y propongan mecanismos para dicha eliminación. La “objeción de género” es la autodesignación como individuo en busca de la reducción paulatina de su condición de individuo con género, en la confianza de que la desaparición de los comportamientos que producen el género reduce su magnitud social de manera efectiva.

Para hacer efectiva la máxima reducción de la presencia del género en la psique del individuo y en su entorno social, la “objeción de género” niega la diferencia de género en todas sus formas. La perfecta, ideal objeción de género, es la desaparición completa de los actos diferenciados, en pos del objetivo de la invisibilización de la categoría del género. La invisibilización del género lo equipara idealmente con otras categorías, como la raza, cuya relevancia para diferenciar personas se ha reducido notablemente a partir de la generalización de su condena como excusa justificada para la discriminación y, con ella, su visibilidad y relevancia como categoría misma.

Es necesario recordar que, en cualquier caso, es difícil encontrar la categoría discriminatoria que haya llegado a una desaparición total, y que las circunstancias proclives a generar discriminación lo son también a la recuperación de la importancia de estas categoría. También es necesario tener en cuenta que el género presenta la característica particularísima de ser una discriminación que ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su historia, y que no se conoce antecedente de la eliminación de la categoría de género. Eliminar el género, por lo tanto, sólo puede inspirarse en la eliminación de otras categorías, pero tendrá siempre un carácter pionero que hará difícilmente previsible su evolución.

La objeción de género, que es un acto eminentemente social y público, tiene su correlato erótico en la eliminación de la orientación erótica de género. Huelga decir que la superación de los condicionantes de género (y de otros muchos también opuestos ideológicamente a la agamia) requiere de algo más que una convicción o una decisión. Como es lógico, los obstáculos psíquicos, internos, requieren, como los sociales, externos, de un trabajo para su superación, que exime por completo de la estúpida premisa de seguir al pie de la letra el propio ideal de conducta. Actuar según el deber es hacerlo según los principios y en pos de los ideales, no según los ideales como si éstos hubieran sido ya alcanzados. Los medios (el enfrentamiento a los obstáculos) forman parte de los fines (la actuación según los ideales) y, si no se conocen aquéllos no puede saberse si, en cada actuación concreta, merecen la pena éstos.

                  La célebre imagen del padre alemán secundando a su hijo al preferir un vestido a unos pantalones.

2 comentarios:

Fernando Hernandez dijo...

A ver si se enteran de una vez..... el "género" es único: el humano. Si hablamos de identidades masculina y femenina, que hablen de sexo, que es lo correcto

Madame Calvitie dijo...

No existe una identidad masculina y una identidad femenina, Fernando. Hace ya mucho tiempo que las feministas acuñaron el término "género" para hablar de los condicionantes sociales que conforman aquello que se considera "masculino" y "femenino" socialmente. En este post, intenta irse más allá de esto, en la tónica de la teoría queer y etc. de los últimos tiempos. Pero en tu caso es mejor que empieces des del principio, estudiando las diferencias analíticas, reales y filosóficas entre "sexo" y "género". Luego quizás podrás empezar a disgregar las diferentes definiciones de "sexo" o a aquello a que nos referimos cuándo hablamos de "sexo" (genes? hormonas? genitales? etc.) y los temas del género o, en este caso, del no género o la práctica subversiva.