martes, 23 de abril de 2013

sexo. FORMA. II. el arropamiento afectivo (1)



La segunda forma en que el acto sexual se propone y materializa en nuestra sociedad, a la que he llamado de "arropamiento afectivo", consiste en la derivación del placer sensorial sexual hacia manifestaciones de afecto. Éstas ocultarán, por un lado, la conflictividad de las funciones del acto sexual mismo, y aliviarán, por otro, la insatisfacción emocional generada por la cotidiana sucesión de conflictos eróticosentimentales a que nuestra cultura arrastra a cada uno.
 
Este modelo es el propuesto por el amor, que tiene propuesta para todo, y dispone por ello, para fortalecer su implantación, de la inestimable ventaja de un extenso beneplácito social. No quiero decir con ello que el ser el más practicado lo convierta en el de mayor poder social. Lo que quiero decir es que, sin serlo necesariamente, tiene la prebenda, con respecto a los dos modelos con los que convive, de constituir para nuestra cultura su utopía sexual y lo que cada acto sexual debería ser; la aspiración de todos ellos. Hasta la llegada de los primeros productos culturales sadomasoquistas de consumo masivo (en forma de trilogías, repárese en la alusión), éste era el único modelo que los productos culturales presentaban dentro del contexto semántico de sexo adecuado.
Es necesario añadir que, si bien el arropamiento afectivo no surge como vía necesaria para encontrar satisfacción afectiva, sino como endulzamiento de la crudeza de las funciones del sexo, su uso lo convierte a la vez en mecanismo privilegiado y principal para dicha satisfacción. La muy lamentable consecuencia es que el afecto queda así en gran medida recluido en el acto sexual y ambas cosas, por trágico ende, identificadas.
El modelo del envolvimiento secuestra al afecto invirtiendo la dinámica y obligando a vehicularlo a través del sexo. El acto sexual bajo este modelo, que se origina como ocultación del sexo mediante el afecto, aparece también bajo su forma simétrica de ocultación del afecto mediante el sexo hasta eclipsar a su finalidad originaria. Si la ausencia de sexo allí donde sea o se convierta en necesario incita a la realización del acto sexual incluso al pago del precio desproporcionado de la procreación, la oclusión de las vías afectivas por invasión sexual puede conducir a un chantaje aún más eficaz, o eficaz para individuos de mayor desarrollo emocional, o más expuestos emocionalmente. El afecto se vuelve inaccesible en su forma completa e independiente porque el lugar del afecto completo es el acto sexual de arropamiento afectivo. Quien carece de él se encuentra sustancialmente solo, sea o no mitigada su soledad por manifestaciones afectivas menores. Ni siquiera la constitución de una pareja garantiza la liberación de esa soledad profunda. La pareja debe consumar su afecto por nosotros mediante un acto sexual. En su forma perfecta, ideal, imposible, la manifestación de afecto en el entorno sexual es devuelta por otra similar y similarmente profunda que conduce no sólo a un sentimiento de protección y pertenencia al grupo, sino que dispara su satisfacción hasta la sugestión de la comunión con la pareja. Y esto en cada ocasión.
El sexo realizado mediante el modelo del envolvimiento afectivo ha puesto mimbres para una mayor comunicación e igualdad, pero a costa de establecer un sistema eróticoafectivo profundamente confuso, contradictorio y frustrante. Por su causa, el sexo y el afecto alcanzan un ineficacísimo maridaje (monógamo, además) que deja a ambas cosas en mutua y condicionante dependencia. El afecto no sólo no podrá ser fuera del sexo sino que, cuando aparezca, implicará sexo (sin dudar el carácter homosexual latente de la relación entre algunas famosas parejas no sentimentales de ficción y no ficción, la obsesión por hacer aparecer la homosexualidad en todas ellas viene alimentada por la identificación entre afecto y sexo. Efectivamente, en nuestra cultura, difícilmente sabrían sentir un afecto profundo cada uno por el otro, por más que estuvieran decididos a ello, sin que la más ligera de las espontaneidades afectivas les condujera a oscuros y culpables pensamientos, sean Batman y Robin, Mortadelo y Filemón o Enrique y Ana. Así, las manifestaciones heterosexuales de afecto son sustituidas por juegos de agresión, abrazos rompecostillas, e insultos-caricia, que pretenden disipar cualquier duda sobre el posible componente sexual. Esta es la regla, y la supuesta excepción del afecto abiertamente “afectuoso” entre mujeres, no es más que una anomalía).
El sexo, a su vez, implicará afecto hasta el punto de forzar a un pronunciamiento afectivo negativo allí donde no se quiera entender la relación como de afecto profundo. La relación sexual que no tenga lugar en la forma de arropamiento afectivo, inspirado por la comunión sexual, será considerada de expresa desafección. El sexo será de máximo afecto o de desprendimiento absoluto y, por ello, próximo ya a la degeneración, la utilización y el conflicto.
Allí donde no haya sexo, además, no podrá considerarse tampoco que haya afecto completo y verdadero, aceptación integral del individuo. La carencia de vida sexual, cuyas motivaciones son normalmente otras, se interpreta en su línea maestra como negación fatal del afecto básico, irremplazable por cualquier otra forma afectiva, por intensa que pretenda mostrarse. El modelo del arropamiento afectivo obliga a tener relaciones sexuales si se quiere ser aceptado, no ya como sexualmente valioso en tanto que hombre o mujer, útil para la procreación, para la formación y ostentación de la familia como bien suntuario, sino si se quiere, simplemente, no vivir en la conciencia de la exclusión social.
En sí mismo, el acto sexual con arropamiento afectivo se mirará en el espejo del acto sexual como comunión (que es una aspiración, un ideal, y no una práctica real salvo de forma excepcionalísima), sustituyendo de manera característica los comportamientos destinados a producir placer sensorial por expresiones de afecto cuyo factor táctil facilitará la excitación. El acto sexual se convierte así en un acto de donación y recepción de cariño que, de modo más o menos abrupto, se transforma en un acto de donación y recepción de placer allí donde ya no es posible la ocultación del objetivo personal mediante los gestos afectivos, o donde éstos hacen irrumpir el deseo en las mejores circunstancias para convertirlo en el motor principal (salto cuya previsión se camufla con subsiguientes manifestaciones de perplejidad del tipo “¿qué nos ha pasado?” o búsquedas de explicación a lo inesperado como “claro, llevábamos mucho sin hacerlo”).

 

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