sábado, 13 de abril de 2013

Fanny Hill, memorias de una cortesana, o de la inmortalidad de la novela erótica

por Óscar Sánchez.

 

Hoy tengo por experiencia averiguado que únicamente los grandes santos y los grandes pecadores, poseen la virtud necesaria para huir de las tentaciones del amor.
Ramón María del Valle Inclán, Sonata de Verano.



El Poder, la Sabiduría, el Sexo… con estos u otros nombres, y seguramente en ese orden de importancia (en tanto que cada uno suele adueñarse fácilmente del siguiente), tal vez sean estos tres los juegos de los que más goza el ser humano, sus propias obsesiones predilectas, sus deportes más específicos, una vez que ve sus necesidades primordiales cubiertas, juegos a menudo peligrosos, amorales, duros, pero por ello mismo intensos, absorbentes, irresistibles. Al Poder juegan siempre unos pocos -el “Gran Juego” del Kim de Kipling-, como ocurre con la Sabiduría, a la que suele tener tan sospechosamente cerca, pero nos gusta pensar que en el juego del Sexo, es decir, del erotismo, participamos todos, efectiva o potencialmente. Y puede que sea así, en una mínima medida (para la cual, por cierto, también sería válido decir que todos participamos del poder y de la sabiduría: en tal reducido y oscuro nivel todos los gatos son pardos…), pero, desde luego, ni remotamente en igualdad de condiciones. La función de la literatura o el cine eróticos de hoy y de ayer quizá no sea más que la de democratizar no, por supuesto, el sexo mismo en su más lograda expresión, que es un bien suntuario o al menos decididamente escaso[1], sino la información, ilustración y edificación acerca de su uso y posibilidades. La avalancha actual de consumo “pornográfico” (en griego antiguo, exposición de la prostitución) en la red y fuera de ella en realidad no puede impedir esta sagrada misión, puesto que más bien ratifica la ignorancia, la violencia y el complejo de inferioridad al mostrarnos unas relaciones falseadas en las que especímenes hipertrofiados fornican con desgana. De hecho, no lo hace: la trilogía de Cincuenta sombras de Grey, al margen de su calidad o cuestionable moralidad, vende en todo el mundo casi tanto como Harry Potter, sin que este fenómeno nos lleve a pensar únicamente que de lo que se trata es de presentar la misma pornografía pero envuelta en el prestigio secular del formato/libro –más bien al contrario creo que, con la amplísima oferta del mercado sexual que nos rodea, nunca encontraremos a la lascivia acuciada en sus momentos de máxima urgencia hojeando febrilmente tomos de alta temperatura en una biblioteca o librería... 

Memoirs of a Woman of Pleasure, más conocido como Fanny Hill, es una novela de John Cleland publicada con el consabido escándalo en 1749 en Londres, y pronto condenada por las autoridades como era de esperar, pero cuyo éxito clandestino fue explosivo y creciente hasta que su edición legal fue aprobada en Reino Unido tan tarde como en 1970, o sea, 230 años después. Cleland estudió en Westminster, fue cónsul en Esmirna y se empleó en un puesto de relevancia en la Compañía de las Indias, con sede en Bombay. De vuelta a Londres, terminó en prisión por deudas y allí pulió, según parece, este relato erótico que había esbozado en los años 30. Cleland hubo de abjurar de su propia obra reprobándola de modo lamentable ante un juez, al cual suplicó perdón alegando los graves problemas económicos por los que atravesaba. Como estaba lejos de ser socialmente un Don Nadie, para que no volviera a suceder el gobierno le concedió una pensión vitalicia de 100 libras mensuales, pero, ¡derroteros guadianescos del vicio!, en 1765 incumplió su promesa escribiendo otro libro casquivano, para regocijo de su entonces amigo James Boswell, aquel golfo que escribió la que dicen mejor biografía literaria de la historia. El librero londinense que publicó Fanny Hill, Ralph Griffith, compró el manuscrito a su autor por veinte guineas, y en sucesivas ediciones del mismo ganó hasta diez mil libras esterlinas. Traducido desde el principio a numerosos idiomas, imitado, teatralizado, televisado, filmado… estamos, pues, ante un auténtico best-seller nacido del siglo ilustrado, del cual se ha escrito en los círculos académicos y eruditos -ignoro si maliciosa o elogiosamente-, que se trata de "la primera prosa pornográfica inglesa, y la primera pornografía que usa la forma de novela". Aquí no voy a incurrir en graves spoilers ni a transcribir pasajes escabrosos, que para eso está la degustación de la novela misma (mi edición es la de Akal de 1977, el año del punk); sólo comentaré algunos momentos literarios e ideológicos, dando los escarceos por supuestos, ya que, en este aspecto, el relato erótico no varía demasiado ni tiene por qué hacerlo, como el propio autor reconoce al inicio de la carta segunda por boca de Fanny:

 Imaginaba que os cansaríais y hastiaríais de la uniformidad de aventuras y expresiones, inseparables de un tema de esta especie, cuyo fondo o cimientos, por la naturaleza de las cosas, es eternamente el mismo, pues por mucha que sea la posible variedad de formas y modos a que las situaciones sean susceptibles, no es posible escapar de la repetición de casi las mismas imágenes, de iguales metáforas, de idénticas expresiones, y ha de aumentar este tedio que las palabras "gozo", "ardores", "transportes", "éxtasis", "deliquio" y los demás de estos términos tan propios al "ejercicio del placer" y tan usados en él que quedan manidos con el sobo y pierden gran parte del conveniente espíritu y vigor de resultas de la frecuencia con que es indispensable recurrir a ellos en un relato en el que ese "ejercicio" forma reconocidamente toda la base.

Lo cual significa que el propio Cleland sabía de una vasta tradición de escritura erótica, que casi podríamos remontar a la noche de los tiempos, de manera que siempre que hagamos una cala nos  encontraremos ya al final del género, sea cual sea su consideración literaria o la censura o represión epocales que la opriman. De hecho, dice Fanny, de lo que se trata siempre es de "experimentar alegrías cuyo único pecado me pareció ser el de su exceso", lo cual no es poco, y vivido lo cual con fruición otras prácticas más valoradas socialmente tal vez comiencen a parecernos de menos monta:

¿Acaso su capacidad de causar placer de tanta exquisitez no le elevaba y ennoblecía, a lo menor para mí? En cuanto a mí, que otros admiren y reverencien y recompensen el arte del pintor, del escultor o del músico en proporción a la delicia que en él hallen; más a mi edad y con mi afición al placer, el cual tan manifiesto se advierte en mi manera de ser, el talento para complacer que de la naturaleza dota a una persona constituía el mayor de los méritos, comparado con cual las vulgares preocupaciones que alaban los títulos, las dignidades, los honores y cosas de semejante especie tienen bien menguado valor. Y las bellezas corporales no se tendrían en tan poco si pudieran comprarse. 

Títulos, dignidades y honores que traicionan a sus propios poseedores, sobre todo a las mujeres:

Nos hacíamos visitas e imitábamos en todo lo que nos era dado las ruindades, insulseces e impertinencias en que las damas encopetadas se ocupan sin que nunca les pase por la cabeza que no puede darse en esta tierra nada más necio, vano, insípido y baladí que su forma de vida considerada en general. ¡Si los hombres las condenan, a ellos deberían tenerlos por tiranos!        

Hay más humanidad, más sentido de comunidad en la fraternidad del cálido prostíbulo al que va a parar Fanny, más allá o más acá de la Historia, de las convenciones, de la visibilidad social:   

El desprecio del temor, la modestia y la envidia era la regla, lo que hacía que, según los principios de su sociedad, cualquier satisfacción de los sentimientos que se perdiera quedaba compensada por el sabor picante de la variedad y por los encantos del desahogo y el lujo.  Las inventoras y patrocinadoras de esta institución secreta solían definirse en momentos en que sus humores bullían con más pujanza como las restauradoras de la edad de oro y de sus sencillos placeres antes de que su candor quedara injustamente estigmatizado como culpado y bochornoso.  

No obstante, ello no excluye el refinamiento de las demás dimensiones de la persona entregada al placer, pues se trata de no renunciar a nada que potencie las pasiones alegres, como diría Spinoza:

(...) Él fue quien me enseño antes que nadie que los placeres de la mente son superiores a los del cuerpo y que no son por ello contradictorios o incompatibles; y que además de ofrecernos el deleite del cambio y la diversidad, el uno sirve para exaltar y depurar el gusto del otro en grado que los sentidos por sí solos no pueden alcanzar.        


Tiene lugar, incluso, un episodio de sadismo avant la lettre al que el Divino Marqués jamás hubiera dado entrada en su obra, puesto que se muestra respetuoso con las aficiones del desdichado perverso así como con los dolores libremente aceptados de Fanny, a la que no se pretende convencer de nada. Cleland es anterior a Sade, y su estilo de aleccionar es menos rudo, su pedagogía erótica benéfica y no violenta, y hasta su prosa es florida, sin los exabruptos y groserías típicas del francés:

Permitidme asimismo que os presente una excusa que sé os debo por haber recurrido quizá desmedidamente al estilo figurado, aunque en nada debiera juzgársele más legítimo que tratando de un tema que tan propiamente pertenece al campo de la poesía, que en realidad es poesía en sí mismo y tan colmado está de todas las flores de la imaginación y de amables metáforas incluso si los términos naturales no quedaran necesariamente prohibidos por el respeto debido a las costumbres y a la eufonía.        

Es cierto que Cleland idealiza la vida marginal, y en general Fanny tiene una suerte inverosímil en su carrera de cortesana -en “los usos de la ciudad”, dice ella- proveniente de la miseria del campo. Los clientes del establecimiento, adinerados, educados, son constantemente un dechado de galantería:

  Los hombres no saben en general lo mucho que perjudican sus propios placeres cuando olvidan el respeto y la ternura que nuestro sexo merece incluso cuando se trata de quienes viven de complacerlos.

Fanny ha tenido una iniciación sáfica, pero prefiere decididamente a los hombres. Cleland hace una descripción del descubrimiento del cuerpo masculino (incluso los testículos le parecen a la protagonista dotados de las "únicas arrugas que complacen") que seguramente sea pionera y escasamente imitada después, pero que le valió la acusación de homosexualidad, por lo cual, en mi opinión, introduce más adelante un vislumbre del amor entre hombres al que tacha, más que de antinatural o inmoral -que es lo mismo-, de ridículo. Es decir, su forzada homofobia se encuentra más cómoda denunciando lo grotesco del comportamiento de varones que hacen el papel de hembras que por el acto sexual en sí. Igualmente, y adivinando los peligros que se ciernen sobre su persona cuando el libro se difunda, termina esbozando una apología de la realización en plenitud del sexo en el amor que él mismo ofrece indicios clarísimos de no creerse en absoluto más que de cara a la galería. Por ejemplo, y mucho antes de la famosa conclusión, cuando escribe que cierto hombre quiso  "apoderarse de mi persona, cuyos encantos, por cierto, fueron el único objeto de su pasión, lo cual, naturalmente, no podía cimentar un amor delicado ni uno muy duradero", se contradice con esto otro:

y la verdad es que tan extremado era el gusto que en él hallaba que es distinción bizantina decir que no le amaba.

Genial. ¿Y es que no es el Amor otra de las trampas en las que el erotismo es secuestrado, manipulado, enajenado, por el Poder, por la Sabiduría...? La clave del sexo probablemente resida en el fracaso de la masturbación (la maldición de Onán, que en la novela llaman "el fantasma del placer en lugar de su substancia”), por un lado, que nos obliga a salir del encierro de nuestros propios cuerpos, y, después, en la negación eventual del imperativo biológico de la reproducción (Onán, de hecho, no es castigado por su acto, sino por no dar lugar a descendencia, como ocurre prácticamente en toda la Biblia), en favor del derroche gratuito de las fuerzas. Decenas miles de adolescentes lo están experimentando ahora mismo sobre toda la faz de la Tierra, y su vida ya no volverá nunca a ser la misma, para bien y para mal. La literatura erótica se compone de esos relatos "especiales" que reclaman no el lector ideal o "modelo" de Umberto Eco, sino un lector ciertamente impuro, que desea pasar a la acción y no sólo leer, o leer acerca de los que pasan a la acción, como hiciera a su manera Alonso Quijano, con todo su cuerpo y también con su alma, y para el cual cierta Edad de Oro puede ser evocada un instante antes de que llegue inexorablemente la de plata, y luego la de bronce, y finalmente la de hierro... "Poesía en sí mismo", dice Fanny guiada por Cleland, el género erótico puede cansar, pero también crear afición, precisamente porque las señas de identidad de una época o una cultura determinada no lo alteran demasiado, de ahí que nos entendamos con él inmediatamente y logre su efecto -estético y sensual- sin excesivas preparaciones cultas o eruditas, rompiendo las pesadas barreras del espacio y el tiempo a favor de una simulación sensorial de aquella eternidad en el instante que buscaba Heine.

El dos de marzo de1750 se produjo un pequeño terremoto cerca de Londres: he leído que algunos estudiosos ingleses lo atribuyen al impacto de estas Memoirs of a Woman of Pleasure.


[1] Acerca de la dificultad de acceso al sexo bueno, no envilecido, aquel que no sirve a otro fin que al de fundar relaciones erótico-sentimentales entre personas, el blog de mi amigo Israel Sánchez: http://www.contraelamor.com/

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