miércoles, 22 de agosto de 2012

historia de amor: desglose por indicadores. XXII. la intuición es una espada de oro


5 Marzo 2012, Martes 03:22

Álvaro está terminando de preparar la comida en casa de Raquel. Lleva puesto un cinturón con bolsillos de tela en cada uno de los cuales guarda una especia diferente. Prueba las verduras estofadas, piensa un momento, introduce la mano en uno de los bolsillitos y saca una pequeña cantidad de pimienta que espolvorea sobre ellas. Remueve, vuelve a probar y sonríe.
Raquel ya se ha sentado a la mesa. Álvaro acerca la sartén a su plato y le sirve una ración. Raquel se pone una pequeña cantidad en la boca, degusta y sonríe también. “Están riquísimas, pero les falta algo.” Álvaro saca un pellizco de nuez moscada de otro de los bolsillos y lo reparte con cuidado sobre el plato de Raquel. “Ahora sí”, dice ella tras remover y volver a probarlo.
La conversación durante la comida es algo apagada. Los dos parecen darse cuenta y Raquel baja los ojos resignada. Entonces Álvaro busca en su cinturón y saca un poco de sal que deja caer sobre la mesa. Raquel ríe y, a partir de ese momento, la situación se anima mucho más. Álvaro sigue usando el truco del cinturón cada vez que algo parece mejorable. La temperatura, la luz, el programa de la tele…
Poco después aparece en el comedor una niña de unos seis años. Tiene cierto parecido con Iratxe, la nueva amiga de Álvaro, pero es la hija de los dos. Se diría que algo le estuviera molestando y, tras pensar un momento, Álvaro deja caer sobre ella unos granos de comino. La niña se muestra ahora mucho más contenta.
Aparece otra niña. Tiene aproximadamente la misma edad que la anterior. También es hija de los dos, pero su rostro recuerda a Susana, la amiga de uno de los programadores compañeros de Softsolve. Él deja caer una generosa cantidad de albahaca sobre ella y su estado de ánimo mejora ostensiblemente.
Siguen entrando niñas, todas de la misma edad, aunque aparentemente cada vez más mayores. Álvaro ya no tiene claro si son hijas de Raquel y suyas, pero sigue usando con ellas las especias y acertando en cada delicada elección.
El comedor está tan poblado que prácticamente ha perdido contacto con Raquel. Entonces aparece la niña que se parece a ella y que, en realidad, no aparenta una edad muy diferente a la de Raquel misma. Álvaro busca acomodarla en la mesa, atestada ya de las otras niñas o mujeres, y casi sin espacio. Raquel se sienta y toma su plato de comida, que no parece gustarle demasiado. Álvaro pone en práctica su técnica de condimentación, pero esta vez no surte efecto. Raquel come sin ganas, y su tamaño y vitalidad parecen reducirse. A estas alturas, Álvaro ya sabe que está soñando, pero no le importa. Quiere alimentar a Raquel, quiere cuidarla y hacerla tan feliz como a las otras, aunque el resto del sueño se venga abajo. Prueba sacando especias de todos los bolsillos, cada vez en mayor cantidad, cada vez agotando más sus existencias. Raquel decrece y decrece, y se apaga y se apaga. En su plato hace tiempo que no se aprecia la verdura, y ahora es ella la que empieza a estar tan cubierta de especias que casi es imposible encontrarla. Una de las chicas se acerca a Álvaro y le pregunta: “¿Se ha muerto ya tu hija?”. Álvaro busca entre el polvo pastoso, pero no encuentra nada. “No se ha muerto”, contesta. “Está anegada en especias.”
           

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