miércoles, 3 de agosto de 2011

CONTRALOVE FILMS presenta: bienaventurado el que no ve...

             Son escasísimas las películas que no hablan de amor, al menos tangencialmente. No digo ya que no tengan el amor de fondo, como se tienen de fondo, normalmente, el resto de los valores de la cultura que las produce. Digo que el amor forma parte de la narración misma en la gran mayoría de los casos. Vamos, que ver una película implica tragarse una historia de amor casi seguro. Los guionistas saben que hay ciertas expectativas cuya frustración el espectador no perdonará: la personificación del mal en alguien sobre quien descargar nuestro odio; la asunción, por parte del protagonista, del control de su propio destino, arrebatándoselo al entorno; y, en fin, que haya una historia de amor. Hasta los más reacios a los tópicos sentimentales, hasta los que antes huiríamos si nos dijeran que nos disponemos a ver una película (vulgar) “de” amor, nos sentiríamos incómodos si éste no formara parte de la trama. Y es que, ¿qué clase de victoria logra el protagonista sobre su oponente o sobre su propio destino si el premio no es el amor, narrado en más o menos metraje?
            Alguna hay. O alguna habrá, ahora no sé. Pero apuesto sin ver a que aún son menos las que reflexionan seriamente sobre el asunto; las que se hacen para decir algo al respecto que no aparezca en la receta estándar. Porque tan arriesgado o más que eludir al amor dándolo por hecho, es denunciarlo y dejarnos huérfanos de él. Al analizarlas veremos que, como la ciencia ficción apocalíptica, nos dejan la incomodidad, la indignación como sabor final; y, a partir de esa inestabilidad, la necesidad de pensar. Analizarlas no será sólo eso, sino también convertirlas en referencia con la que remplazar nuestra educación monógama transmitida por legiones de acríticos guionistas clonadores de la ideología que les ofrece el lucrativo final feliz. Esos que nos quieren convencer en las entrevistas de que se emocionan con su propio relato romántico.
La ventaja de la escasez es que se siente uno capaz de dedicar un texto a cada película explicando que interés les ve en relación con nuestro tema. Eso sí, la lista está abierta y se admiten sugerencias.


 EYES WIDE SHUT

             Si el símbolo del amor ciego comprendiera sólo la fase del enamoramiento se complementaría con otro en el que Cupido recuperara la visión. Pero lo que nos pretende contar no es que el amor es ciego, sino que el amor deja ciego: único momento privilegiado en que los opuestos colisionan. Es en ése en el que sobrevaloramos a la persona amada, paradigma de la sinrazón romántica. Pero, después, la obnubilación ocultará otras realidades, todas ellas desarrollo de aquel momento originario en que la razón y la sensibilidad perdieron contacto.

            Kubrick nos dejará claro desde el título de su obra póstuma que la responsabilidad sobre lo que decidimos ver la tenemos sólo nosotros. El cambio de nombre a Cupido es su primer juicio de valor. Si el dios se llamara Eyes Wide Shut no tendría la fisionomía de un cándido y optimista putti, sino la de un cobarde.
            Entre todas las películas críticas con la monogamia o el amor, no he encontrado aún otra tan clara y despiadada. Dicen que una obra de arte debe mostrar lo superficial para representar lo profundo, pero Kubrick no se ayuda de subterfugios y decide ir tan al corazón del problema que no sabemos si estamos ante una narración o un ensayo.
            Cuando, tras una velada controvertida, Alice Harford decide que tanto ella como su marido deben quitarse la venda que les impide ver su vida sexual en toda su sordidez, ignora que lo condena al vía crucis de descubrir esa misma sordidez en toda la sociedad a la que pertenecen. A partir de ese momento, y con los caballos del deseo y los celos desbocados, el Doctor Harford atravesará, una tras otra, las, hasta entonces, invisibles puertas rojas donde el mundo esconde su sexualidad basura. Sin abandonar la irreprochabilidad moral que le ha venido guiando, se ve obligado, en cada ocasión, a rechazar lo que le tienta buscando siempre el nivel superior: allí donde, por fin, el hombre podrá permitirse satisfacer higiénicamente el recién descubierto deseo reprimido. Su odisea le conduce a la cima de la pirámide social, representada por una superorgía, apoteosis de la objetualización y la divinización del objeto; exaltación, y no superación, de la conflictividad con que la vida sexual atraviesa el cuerpo social de punta a punta.
            El horror y la repugnancia por el mundo y por sí mismo lo devuelven a Alice. Ella, superada en un primer momento, encontrará al final la propuesta más pragmática: la revalorización de la pareja como castillo en el que protegerse de la amenaza sexual del exterior. La conciencia de estado de sitio es la que debe corresponder a la pareja madura y consciente. Su sexualidad estará ahora gobernada por la idea de liberarse de sí misma: el deseo debe alimentarse del ansia de hacerlo desaparecer. Follar por la desatada ambición de no follar.

            Se haría largo hablar de las máscaras, de la estética simbolista, del guiño al cinismo antimonógamo de Woody Allen, de la elección de la pareja Kidman-Cruise y su condición de actores-cobaya, de la relación entre el marinero y el médico y entre el médico y el profesor, de la figura de la esposa-puta y de la puta-madre… Pero hay un elemento tan crucial que no es de recibo pasar por alto. El discurso final de la señora Harford tiene lugar en una tienda de juguetes donde su hija elige los regalos que a Santa Claus le corresponderá despeñar por la chimenea. Al ver esto recordamos que todos los escenarios han tenido esa voluntariosa, artificial, ingenua decoración navideña que contrastaba estridentemente con la seriedad del asunto.
Ahora comprendemos que uno de los relatos latentes ha sido esa pugna: el subconsciente y la Navidad, como gran celebración de la familia capitalista y procreadora, en guerra, y ésta última ganando la batalla para el statu quo, cuando parecía tenerlo todo perdido. ¿Cuál es su arma definitiva, la que ninguna de las fuerzas telúricas desplegadas en una narración de pretensiones míticas ha podido doblegar? Esa niña.

2 comentarios:

El antipático dijo...

Esa deber ser a la que se refería Rajoy. Estupendo análisis, ahora libro: "Ada o el ardor", V. Nabokov.

contraelamor dijo...

Anotado.
En breve, una pequeña bibliografía. Abierta, como la filmo.