sábado, 31 de diciembre de 2011

cazador. y PARTE III

BORRADOR INFORME VIGILANCIA... ??  a 11-Dic-2011 

02:15

Nadie camina sin rumbo. Ni los locos. Al final de cada trayecto espera algo con suficiente valor como para hacer el esfuerzo de cubrir la distancia. Yo lo sé bien. Hasta los paseantes que deambulan, cambian de rumbo, vuelven atrás, se detienen… hasta ellos persiguen algo, tal vez sólo una sensación de desembotamiento o de liberación, pero que puede rastrearse en sus idas y venidas.
Tú no caminas sin rumbo, por más que no llegues a ningún sitio. Al contrario, tu camino es seguramente el más exacto y minucioso que se puede realizar, mucho más que el avance tosco de quien se dirige a una meta localizada en un punto al que accede tras un puñado de pasos imprecisos y aproximados. Para llegar a donde tú vas hace falta acertar en cada movimiento, porque cada uno, si es incorrecto, puede alejarte de tu objetivo para siempre. Tu objetivo es no ser descubierto. Realizar tu actividad sin dar la menor pista de lo que buscas, aunque te obligue incluso a perderlo. Mientras no te descubran podrás seguir, da igual tras quién.
Pero yo te he descubierto. Ha sido difícil, lo reconozco. Estuviste a punto de convencerme de que eras la excepción. Sin embargo, hoy has cometido un error. O tal vez no has contado con que te siguieran tanto tiempo. O tuviste demasiada suerte, decidiste jugártela y has perdido. Tu éxito era lo que yo necesitaba para resolver el enigma. Sin esta pieza final, sin esta noche pasada en un hotel, tus comportamientos fragmentarios no habrían tenido nunca sentido para mí. Ahora, sin embargo, sé que no pierdes la mirada en la multitud, sino que la fijas en una mujer que pasa intentando detectar en ella claves que te permitan abordarla. Sé que tus caprichosos cambios de ritmo obedecen a los de ella, con respecto a la cual te sitúas para seguir observando, te preparas para abalanzarte desde la más perfectamente diseñada casualidad. Sé a ciencia cierta que cambias de área porque sabes que alguien pasará por allí, alguien para quien ya tienes un plan que ningún observador casual podría considerar premeditado. Y estoy seguro de que esas notas que tomas no son impresiones, ni reflexiones, ni recuerdos inesperados que deseas conservar, ni versos de un poema que dejas iniciado para terminar algún día. Estoy seguro de que llevas un diario pormenorizado de lo que observas y lo que haces que suceda, y estoy convencido de que lo consultas y analizas para confeccionar tu siguiente plan de la manera más eficaz que eres capaz de concebir.
Te tengo. Eres justo lo que tu mujer sospecha que eres. No, eres mucho más. Eres lo que ella no podrá sospechar nunca que llegas a ser. Porque ella piensa que la engañas, pero jamás imaginaría cuánto esfuerzo pones en engañarla, cuánto compromiso, cuánto ardor. Ella cree que tienes una amante. O quizá varias. Pero ni siquiera se le podría ocurrir que tu verdadera traición es este laberinto de ardides construido para tener una vida con ella y, a la vez, fuera de ella. Ella no puede imaginar que tu adulterio es continuo, sofisticado y furioso, no con otra, sino con otra forma de vivir. Me pagó para que descubriera si te ausentas para acostarte con otra mujer. Pero tú no tienes una doble vida con otra mujer. Tienes una doble vida contigo mismo, nada más, y de esa compañía nunca podrá separarte.
Esperaba encontrar a un adúltero con el que convencerla de que siguiera pagándome. Pero eres un monstruo, un monstruito, que ella no querría descubrir nunca y por el que no me va a dar nada. Disfruta de tu noche, aberración. Eres libre.


             Domingo, 11-Diciembre-2011
             Él no lo sabe, pero me ha salvado. No tiene idea de la situación en la que me encontraba, y hasta qué punto necesitaba que apareciera, aunque fuera de ningún sitio, como ha hecho. ¡Qué sorprendente que de pronto necesitara yo tanto afecto! ¡Qué generosamente me lo ha ofrecido, y qué poco ha pedido a cambio! Cualquier mujer necesita ser tratada así en alguna ocasión y, sin embargo, ¡qué pocas deben de tener la suerte de que he disfrutado yo!
             Me ha poseído enloquecidamente, haciéndome sentir más que deseada, irresistible, arrebatadora. Él, tan dulce, tan amable, parecía querer a cada momento que dejara la vida entre sus manos y, sin embargo, me llenaba de ella con su pasión; me entregaba su energía, que me hacía crecer más cuanto más se reducía él en mi regazo, acabándose, yéndose con la cara perdida en mi pecho y su boca intentando desesperadamente sujetar un último bocado de mi carne.
             ¡Qué diferente! Tú fuiste siempre un hombre en mí, chico alto, y él es ahora un niño que despertará para descubrir que su mamá se ha ido para siempre.             
             Y la culpa será tuya, que me dejaste, que me entregaste a él, que desapareciste sin entender que tenías aquí la felicidad, el amor perfecto por el que todos luchan.
             Pero tú no quieres amor, chico alto, tú vagas por la tierra en una aventura vacía de encuentros anónimos e ilusiones despreciadas. Tú no eres como él, y yo lo sabía. Tú eres un cazador.

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martes, 27 de diciembre de 2011

amor. SPIN-OFF. la gran pirámide II

             Es evidente que en todas partes no se vive igual. Con independencia de las razones particulares que puedan modificar las condiciones de felicidad en cada individuo, su posición en la pirámide determina la satisfacción eroticosentimental a la que puede aspirar en sus relaciones.
             La gran mayoría de los individuos aparecen, por pura norma estructural de la pirámide, o, si se quiere, por pura ley de orferta-demanda, en posiciones que no los convierten en objeto de aspiración inicial para el resto. Esta gran mayoría de individuos rechazados a priori son la fuerza que convierte a la pirámide en el mecanismo eficaz de perpetuación del sistema, el caso paradigmático, podríamos decir; aquellos para los que la pirámide está diseñada. Aprenden en la frustración a adaptarse a aspiraciones muy inferiores a las iniciales, y ceden resignadamente a emparejarse con individuos de su propio nivel sólo cuando pierden la esperanza de lograr verdadera satisfacción. La desesperación y pérdida de autoestima con la que llegan a la pareja aporta a ésta un ansia de compromiso que se traducirá en la tríada matrimonio-piso-hijos constitutiva de la finalización del ciclo vital que el sistema les asigna, tras el cual su vida erotico-sentimental queda en un limbo que invita a la extinción, salvo en lo que es sustituida por ese brusco desplazamiento del amor romántico que es el amor a los hijos, el cual conserva en forma perversa numerosos rasgos que delatan su origen.
             En dicho limbo se encontrarán, tal vez, con los otros olvidados: aquellos que quedaron por debajo de la norma de calidad mínima para ser elegidos y cuyas posibilidades de satisfacción son tan reducidas que apenas pierden jamás conciencia de su infelicidad. Hablaremos en otro lugar de este grupo masivo e invisible. Si los anteriores eran la base de la pirámide, seguramente éstos sean los sótanos, o los cimientos o, quizás, las catacumbas.
             Por encima de ambos pisos, el aire empieza a ser más fresco y el número de habitantes más reducido. Sin entrar en mayores subdivisiones distinguiremos la altura a partir de la cual el individuo obtiene tanta satisfacción eroticosentimental en sus relaciones que deja, mayoritariamente, de formar parejas estables (o las forma por razones no eroticosentimentales, reservando consolidadamente sus posibilidades de satisfacción fuera de la pareja). Estos individuos no se han educado en el fracaso sentimental, sino en un razonable éxito (que a los demás parece mucho, sin duda, pero a ellos no tanto en la medida en que la ideología romántica les lleva a idealizar sus fracasos). Su sentido crítico se mantiene razonablemente intacto. Siguen identificando la rutina y la frustración, y pueden permitirse rechazarla en favor de la renovación del placer a través de una nueva pareja. Su posición en la pirámide podrá evolucionar con la edad, y descender, lógicamente, llegado el declive físico, pero su conciencia ha madurado según unos referentes que difícilmente les harán perder la perspectiva de lo que están logrando en cada ocasión, optimizando así sus herramientas sea cual sea el piso en el que les toque desenvolverse. Cuando su mentalidad es suficientemente conservadora como para forzarles a entrar en el ciclo de reproducción del sistema, forman las parejas que habitualmente representan el ejemplo de felicidad para las del piso mayoritario, no siendo dicha felicidad otra cosa que la identificación por parte de los de arriba con la proyección de felicidad emanada desde abajo. La pareja feliz lo es en la medida en que puede seguir comparándose con las que no lo son, pero nunca por razones endógenas, que les llevarían al hastío y la búsqueda de la renovación del enamoramiento fuera de la pareja.
             Culminando la pirámide, sobre esta zona noble de individuos no sustancialmente perjudicados por la pirámide, se encuentran dioses y reyes. Aquéllos son las verdaderas princesas y caballeros, los que elegimos originalmente cuando todo el mercado estaba a la disposición de nuestra ficticia omnimpotencia. Éstos son los verdaderos dueños del sistema, los que acumulan tanto poder que tienen la pirámide a su disposición. Los poderes fácticos que subsumen la pirámide del amor como subsumen el resto de las escalas sociales en tanto que ellos son la cumbre del sistema mismo, la expresión máxima de su poder, del que el amor es sólo uno de sus pilares. Ambos recibirán también atención en otro texto. De momento quede dicho, o recordado, que tienen derecho de pernada.

viernes, 23 de diciembre de 2011

cazador. PARTE II

10-12-2011, 17.35
Sería difícil hacerte entender cómo lo descubrí. Siempre confié en que estaba allí y yo podría llegar a verlo. Por eso os observaba, os seguía, os grababa en mi memoria para poder reconoceros allí donde os volviera a encontrar; para poder descubrir los cambios que se produjeran en vosotras. Tenía que saberos bien, meteros dentro de mí para convertiros en uno más de mis sentidos, aquél que permitiera interpretar vuestro rostro con la inmediatez y precisión con la que reconozco los colores.
Pero contigo fue la primera vez que vi. Había llegado antes a intuir vaguedades, estados de ánimo, intenciones, situaciones personales… Pero nunca un simple encuentro había desplegado ante mis ojos la historia completa de lo que estaba sucediendo. Sólo presencié vuestra despedida y ya entendí inmediatamente lo que había pasado y lo que iba a pasar. Lo vi a él, tan bueno como la más exigente mujer podría aspirar a que fuera su hombre. Vi su sonrisa encantadora y complaciente, su satisfacción, su manera de besarte, protectora y, a la vez, despegada. Y te vi a ti, tan buena como las mujeres que nunca he tenido, como todas ésas que no renuncio a tener, por más que la vida haya decidido hurtármelas. Disimulabas mal tu emoción de amante deslumbrada incapaz de leer en los ojos de tu compañero otra cosa que no fuera el reflejo de su deseo.
Supe que tardarías pocos días en enamorarte, y supe también que no lo volverías a ver. Por eso te seguí.
Te acompañé en el metro. Me entretuve observando cómo seleccionabas tus recuerdos para que la idealización fuera rápida y perfecta. Te vi luchar contra el entusiasmo, proteger tu conciencia por si el desengaño decidía después cebarse en tu dignidad, convencerte a ti misma de que te era imposible evitar la ilusión. Por eso salí contigo, me adelanté a ti, y utilicé para hablarte un truco que había practicado mil veces para cuando llegara este momento. Dejé caer sobre ti una sombra de amabilidad que el recuerdo convirtiera en ternura añorada cuando apareciera el dolor.
Sabía que apenas me verías, que yo sería una anécdota de rostro borroso que añadiría encanto a tu noche mágica. Por eso esperé dos  semanas, justo lo que esperaste tú para comprobar que él no te llamaba, o que definitivamente no contestaba a tus llamadas. Aparecí otra vez para convertirme en lo único que podías rescatar de aquella noche. Nunca me habrías mirado en otra situación y, sin embargo, te sentiste halagada cuando te pedí una cita: encontré el único hueco en tu autoestima por el que yo cabía en tu vida.
Sigo observándote, ahora sin seguirte, ahora sólo pensando en ti, en lo que sé de ti, para saber lo que debo hacer contigo esta noche. Puedes estar segura de que te tendré. Y, si logro que te quedes, todo cambiará, y mucho. Todo aquello que ahora procuro conservar dejará de importarme, y tú serás mi nueva vida.

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jueves, 15 de diciembre de 2011

amor. SPIN-OFF. la gran pirámide I

             No todos los hóbbits empiezan desde el mismo sitio. Algunos están más cerca de Mórdor que otros, y esto les permite ahorrarse una parte del trabajo de autoengaño. Llegan antes y, menos doblegada su conciencia por el prolongado fracaso, también se vuelven críticos antes. Su vida sentimental se parece más a su propio modelo porque la distancia que los separa de él es más reducida. La falta de avance los frustrará también, pero obtendrán para desahogarse mejores satisfacciones que las de aquellos que empezaron rezagados.
             El camino intransitable al objetivo tiene una disposición vertical, no horizontal, porque cada inavanzable paso nos pone en una situación mejor y más deseable. Y como, además, se trata de una posición más exclusiva, la forma de esta estructura será la pirámide (cónica, si se quiere, pero “pirámide” en sentido arquitectónico), con la princesa prisionera en su cumbre.
             No estamos ante otra cosa que la pirámide social, la de siempre, la que jerarquiza a los miembros de la sociedad según los valores a los que en esa sociedad se atribuye poder o, dicho de modo más directo, según el poder que cada individuo tiene. En tanto que todos quieren más poder y luchan con todas sus fuerzas por obtenerlo, la pirámide será inmóvil (“inmóvil vibrante” podemos llamarla, porque en ella se producen tensiones y movimientos continuos, pero no significativos cambios de nivel si atendemos a las fuerzas que dependen de cada individuo). En tanto que pirámide, será jerarquizante, incluso en el caso imaginario de que amplios movimientos que involucren a una gran parte de sus componentes se produzcan en ella: la pirámide conservará la diferencia por su inmovilidad, pero también por su propia estructura. Todo ascenso de uno es injusto en ella, porque implica el descenso de otro.
             Llegamos al amor perteneciendo a uno de sus niveles, como pertenecemos a un nivel social particular, a una exactísima subclase social, desde la cuna a la sepultura. El amor, o la pareja a la que podemos aspirar, no es sino uno más de los indicadores objetivos de nuestro nivel social, traducido en nuestro nivel de vida, y a esa objetividad nos somete. Como sucede con los restantes indicadores, nuestra capacidad de elegir será de carácter horizontal, es decir, podremos realizar aquellos desplazamientos que no impliquen movilidad, que no impliquen subida o bajada, que no impliquen subversión de la fuerza de gravedad que conforma la pirámide.
             Estos movimientos horizontales, sin gasto de energía significativo, entre individuos que habitan la misma planta de la pirámide y que poseen un similar valor social, serán en los que fundamentemos el espejismo de la libertad de elección. Poco a poco nos volveremos ciegos al movimiento vertical, mediante ese proceso perverso que se llama “formación del gusto”. Nada bajo nuestro nivel será digno de atención, pues su aceptación como pareja implicaría una renuncia objetiva hacia parte de la calidad a la que podemos aspirar. Nada por encima de nosotros conserva tampoco su visibilidad, pues hemos aprendido que conservar el deseo de lo inaccesible dificulta el disfrute de lo poseído. El placebo del gusto personal contribuirá al éxito de estas dos ocultaciones de la realidad en su vertiginosa dimensión vertical. En tanto que nos convencemos de estar eligiendo algo, logramos convencernos de que rechazamos lo que no elegimos (si elijo a mi pareja de entre varias posibles, me es fácil convencerme de que la habría elegido entre todas, si todas fueran posibles), es decir, de que no queremos una pareja superior. Como el objeto de nuestra elección presenta elementos perceptiblemente defectuosos, logramos convencernos de que elegimos mediante el componente arbitrario del gusto personal, que no atiende a factores objetivos, de modo que quienes son rechazados por nosotros, sean del estrato social que sean, encontrarán a otros de nuestro propio estrato que los acepten (si mi pareja imperfecta es perfecta para mí, aquella que yo rechazo por imperfecciones que me resultan insoportables será vista como perfecta por otra), es decir, logramos convencernos de que no segregamos.
             ¿Qué hay de nuevo? Todo esto no es más que clasismo de toda la vida. Estamos hablando del amor como sabemos que debemos hablar de nuestra posición social en cualquier otra dimensión. La novedad es, precisamente, que ahora se trata del amor. Como dije en x, el amor desempeña el ignominioso papel de compensarnos del resto de las insatisfacciones que la sociedad jerarquizada nos causa: “Mi vida es deleznable, pero un día conoceré a alguien cuyo amor por mí me hará olvidar el resto hasta hacerme alcanzar la felicidad”. Es sobre el amor donde se concentra el principal esfuerzo que el sistema realiza para ocultar su propia injusticia. Aunque comprendamos que el sistema es injusto, éste no nos permitirá descubrir que el amor forma parte de él; concentrará su energía en convencernos de que el amor se le escapa. A él, precisamente, que nos habla incesantemente de amor.
             Que, precisamente nos habla, sobre todo, de amor. Porque todo habla de amor. En cada rincón de nuestra vida, especialmente en los más cotidianos y triviales, el discurso del amor aparece siempre de nuevo como por casualidad. Cuando el telediario ha terminado, cuando hemos silenciado la publicidad apagando el televisor, cuando hemos dejado de hacer números para cuadrar el presupuesto de las vacaciones, cuando el sistema ha dejado de someter nuestra atención a sus engranajes más crudos, entonces sólo queda esa cancioncilla, tal vez apenas audible en nuestra cabeza, que vuelve a hablarnos de amor. Y si retornamos  a los números, y a la publicidad, y al telediario, encontraremos por todas partes que esa, y otras mil cancioncillas, imágenes, historias, siembran concienzudamente en nuestro pensamiento la idea de que la alternativa es el amor, que el amor es otra cosa.
             Con cada una de sus amarguras, el sistema nos ofrece un pequeño dulce, “para que todo no sea malo” nos dice. Y gracias a ese momento de placer inspirado por una esperanza que el sistema puede acuñar sin coste, gracias a la aceptación de que el sistema que nos somete nos deja la puerta abierta a algo que escapa a él, se asegura que el conjunto queda engrasado y listo para seguir funcionando. El amor es la parte sagrada del sistema, que el sistema no debe mancillar jamás con su presencia para que el sistema pueda, precisamente, perpetuarse.
             Del capitalismo podríamos decir que es un sistema económico esclavizador cuyo poder de subyugación se fundamenta en la recompensa de un paraíso llamado “amor”.

viernes, 9 de diciembre de 2011

cazador. PARTE I

             Domingo, 27-Noviembre-2011
             No puedo dejar de pensar en él. Desde el instante en que lo he dejado para meterme en el metro, y a medida que el sabor de su último beso se me deshacía en la boca, el recuerdo de cada momento de esta noche se ha instalado en mi pensamiento. Es ahora cuando comprendo que he pasado con él la noche que quiero pasar siempre, y que en su mirada, sencilla, hermosa, amplia, me perderé si vuelvo a encontrar la oportunidad.
             Pienso en esta noche y comprendo que no he echado en falta nada, y que ahora, que pienso en ella, sólo echo de menos esta noche.
             Me gusto contigo, chico alto. Me divierto, me atraigo, me parezco lo que un hombre quiere tener. Es fácil sentir eso mirando tu cara bella y amable, tu sonrisa casi tímida, tu pelo negro y enmarañado. Es fácil sentirse bendecida y liberada, en paz con todos los que te rodean en el viejo y sucio vagón de metro de siempre. Todos ellos luchando por dar el siguiente paso, construyendo esforzadamente cada momento de su vida, arrancándole a ésta esa mínima gota de felicidad que esconde entre sus horas secas. Y yo, mientras, empujada por una fuerza milagrosa, volando entre ellos, haciendo nacer con mi presencia oasis de invisible y húmeda vegetación. Me he reído, chico alto, ha sido el colmo, cuando al salir de nuevo a la calle, me estaba esperando en el suelo ¡un billete de veinte euros! ¿Cuántas veces has encontrado tú dinero? ¿No es tentador pensar que no es casualidad? El dueño no estaba lejos, sólo unos pasos delante de mí, y cuando he probado a preguntarle he visto en su cara que, al devolvérselos, me convertía en su ángel de la guarda. Tanto lo ha agradecido que has aparecido tú de nuevo en él, más pequeñito, más tímido aún, más fugaz. He pagado veinte euros por verte un segundo más; porque me vinieras a buscar al metro.
             Todo ha sido tan fácil, tan liviano, que me atemoriza no obtener jamás otra cosa que la sensación de que el tiempo se precipita a tu siguiente ausencia, sin llegar a sentirme ni por un momento en la plenitud de tu posesión.
             Y también me atemoriza la otra posibilidad, la de que me hayas hecho creer que te gusto. La de que hayas vivido esta noche el ritual de mi captura y sacrificio, y haya yo pasado a ser justo lo que ya está hecho y nunca debe repetirse. Me atemoriza estar ya tan lejos de ti como tú estás cerca de mí y descubrir que el vacío, la nada, se parece tanto a la perfección. Me atemoriza no haber sido otra cosa que tu presa, chico alto. Necesito saberlo, ahora, cuanto antes: ¿Eres un cazador?
INFORME VIGILANCIA SIMPLE CONTINUA, a 30 de noviembre de 2011
Actuación: A requerimiento de la cliente, el sujeto es localizado y seguido desde la mañana del día 27 de Nov. por un periodo que se prolonga durante tres días a la redacción de este informe.
Hechos atestiguados: En los dichos tres días no se aprecia ningún comportamiento reseñable en relación a las sospechas expresadas por la cliente. Único contacto establecido con mujeres coincidentes con el perfil aportado: una breve conversación mantenida en la puerta del metro en la mañana del primer día de vigilancia.
Otros comportamientos reseñables: varios desplazamientos en transporte público y privado sin un objetivo evidente. Largos paseos erráticos con numerosas paradas en lugares arbitrarios, vueltas atrás, repeticiones de trayectos, y otras acciones que sugieren algún tipo de ritual obsesivo. Notable cuidado del aspecto personal en la realización de todas estas actividades.
Valoración provisional: el sujeto no presenta un perfil ajustado al propio del adúltero estable o esporádico, si bien se recomienda prolongar la observación durante, al menos, una semana más.
Apéndice: ésta segunda semana sería facturada según la tarifa de periodo medio, con lo que el presupuesto para diez días sólo ascendería al 165% del correspondiente a tres, cobrado hasta la fecha. La apertura de una segunda investigación sobre la persona de una presunta amante queda pendiente del descubrimiento de la misma. Dado el marcado interés hacia dicha investigación manifestado por Ud. en nuestra entrevista, nos permitimos informarle de que, en caso de solicitarla, se beneficiaría a su vez de nuestra oferta por doble investigación, que incluye la segunda al 70% del coste total de la primera.

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viernes, 2 de diciembre de 2011

amor. DESENLACE. siempre quedará Paris

Por fin alcanzamos la victoria, y por fin podemos entregarnos al anhelo que nace de nuestro enamoramiento, a ese éxtasis llamado amor. Ha llegado en el momento oportuno, pues nuestro esfuerzo se había prolongado casi hasta la extenuación. El éxito es sin duda el premio a la fe y la dedicación, ya que todo hasta ahora nos había salido mal (habiendo puesto nuestro mejor empeño) hasta que, ya casi perdida la esperanza, se produce el milagro en el que siempre creímos, el que siempre creímos que nos merecíamos. La puerta de la celda se abre y ¡ahí está el príncipe!
Toda relación amorosa dará comienzo con ese éxtasis, que durará tanto como la idealización logre eludir a la realidad. Los dos individuos iguales disfrutan del espejismo recíprocamente alimentado de estar siendo queridos por el mejor de los congéneres, demostración, y ésta es la verdadera fuente de placer, de que ellos son también los mejores.
El enamorado correspondido tardará un tiempo en asimilar su dicha, viviendo aún en el pánico de que su felicidad sea un sueño. Esta ansiedad, la del primer periodo del amor, se traduce en la experimentación de una alegría infinita a cada manifestación de afecto del otro, cuyo valor estrictamente afectivo nos es, en realidad, indiferente. Dicho afecto, la atención del otro, es la confirmación de que el milagro sigue ahí, es una nueva declaración de amor tras el periodo de incertidumbre transcurrido desde la última, en el que nuestro pasado de soledad y competencia interminables se cernía de nuevo sobre nosotros. Ese terror del que nos saca el objeto de nuestro amor no es más que el terror que él mismo provoca desde su imprevisibilidad, o provocamos nosotros desde nuestro desconocimiento de él. Es, por tanto, dentro del amor donde se encuentra el terror del que el amor nos alivia. En la medida en que atribuimos la felicidad a lo desconocido, lo desconocido nos aterroriza y nos rescata con su libertad imprevisible, generando la ciclotimia propia del enamoramiento, necesaria para producir la dependencia que dará alguna garantía de supervivencia a la pareja.
Ésta será, en adelante, la etapa mítica de la pareja. Aquella que justificará, por perfecta, la tolerancia de la insatisfacción futura; aquella antes de la cual sólo quedará la tiniebla terrorífica de la soledad. En ella se producirá de forma espontánea el deseo furioso de poseer de una vez al otro, tan escurridizo, y para ello no se escatimarán atenciones ni sacrificios. El que ama se entrega con todo, sin regatear nada: tiempo, admiración, fidelidad… pues es tanto lo que espera obtener, que siempre le parece estar pagando un precio miserable. Será más tarde cuando la idealización empiece a sucumbir a la realidad; los dos mundos polarizados, el mundo de nuestra pareja y el mundo restante y vulgar que queda fuera de ella, se aproximarán, empezando la pareja a ser mundo y dejando de ser amor.
Transcurrido el periodo mítico y la asunción estable del valor divino que el otro nos confiere en tanto que divinidad que nos elige, surge la época de la tensión entre dioses. Ambos lo son ya, y sólo a su igualdad en la cumbre se puede atribuir el encontrarle al otro la menor pega. Perdida la necesidad de que el otro nos eleve por sobre los demás, pues nos hemos instalado en las alturas, finalizada la exaltación del vuelo, nuestro juicio comienza a recuperar la sensatez. Lo que era la imperfección de la perfección reduce paulatinamente su categoría hasta aproximarse con gravísimo peligro a la más rutinaria de las normalidades. Nuestra pareja destaca cada vez menos por sobre el grosero mundo del que nos aislábamos en sus brazos. Un día miramos sus pies y… ahí están otra vez: los repugnantes y vulgares, repugnantes por vulgares, pelos del hóbbit.
Pero es demasiado tarde para la verdad. El camino recorrido para llegar hasta la pareja fue tan prolongado y trabajoso, los contendientes llegaron a ella tan agotados y heridos, el posterior periodo mítico ha sacrificado tanto esta vez la intensidad a la extensión que, a su fin, la pareja ya ha huido hacia delante convirtiéndose en proyecto de vida, comenzando sus inversiones a largo plazo y sustituyendo con ello la ética improvisada de la fe en el otro, por los estatutos ente socios copropietarios de una empresa.
Nos salvará entonces un concepto irrisorio e inaceptable para quien conserve la más mínima fe en sus fuerzas: el de “segundo amor”, también llamado “verdadero”.
Si el amor no es esto, entonces no habrá amor para nosotros, por lo que igual nos da negar cualquier otra cosa con pretensiones de serlo. Amor será, por tanto, eso que ahora tenemos, y la diferencia sustancial con lo que esperábamos debe ser entendida como un descubrimiento, como un nuevo logro de nuestra “madurez”. Aquello en lo que estamos embarcados, y cuya subsistencia nos es vital será, a partir de ahora, el “amor” presente, material, existente y demostrado. Una vez en él la idealización se vuelve secundaria, pues nuestras aspiraciones no apuntan al cambio sino a la conservación de lo presente en la medida en que sea soportable, es decir, a lograr ver como soportable lo presente. Habrá, sí, que describirlo en términos positivos, para explicar nuestra elección ante nosotros mismos, pero podremos reconocer sin pudor sus miserias, como reconocemos que el diamante, siendo es el más deseable de todos los bienes, no es agradable como, por ejemplo, condimento.
Amarse será no tratarse mal, sentir afecto esporádicamente, reconocer al otro como el compañero que recorre con uno la vida, aceptar al otro como es, no querer saber, no necesitar ser entendido (ése es el famoso “espacio personal” que los amantes prácticos establecen como primer movimiento adaptativo)… la habilidad de cada uno para extraer de su experiencia de pareja la idea que se convierta en mantra salvador de la rutina más evidente, la persecución de una clave que legitime el más inesperado de nuestros conformismos (pues éramos conformistas en todo ¡menos en el amor! Recordémoslo) es fuente de una interminable serie de ingeniosos elogios del tedio y, en muchos casos, incluso del desprecio, que lamentablemente nunca me he dedicado a recopilar con el interés que merece y no puedo pormenorizar aquí en toda su riqueza.
A medida que es el segundo amor el que se asienta, a medida que estamos seguros de que no perderemos lo que no nos podemos permitir perder, ahora que estamos del otro lado de nuestro mejor momento como aspirantes a ser amados y el exterior nos parece cada vez más peligroso y desolador, a medida que vamos descubriendo en el otro los síntomas de la resignación exitosa a cada una de esas cosas que en su momento nos parecieron amenazadoras para nuestra condición de merecedores del amor, y que siempre hemos considerado en los otros como miserias, a medida que nuestra frustración sexual va manifestando indicios de ser soportable indefinidamente, merced a pequeños (o grandes) trucos desarrollados desde dentro de la pareja (que no de la relación); a medida que todo esto va sucediendo, una idea toma forma en nuestro pensamiento de modo cada vez menos secreto: nos hemos equivocado; no era esto lo que buscábamos, ni repetiríamos nuestra decisión si tuviéramos de nuevo la posibilidad de elegir. Pero ya no la tenemos, y eso nos permite refugiarnos en el recuerdo de una cierta persona desenterrada del cementerio de los olvidados, que pudo haber sido; debió, tal vez. Ése nuevo caballero es ahora Paris, taimado, secreto, seductor y pecaminoso, que nos raptará del libremente escogido tálamo de Menelao convirtiéndonos ya hoy en desgarrados traidores a nuestro socio más comprometido.
Arrancamos así nuestra enésima idealización, nuestro enésimo y último autoengaño, que alimentaremos y nos alimentará ya hasta el final, pues el amor no nos ha permitido aprender a vivir de otra manera que refugiándonos en ficticias historias de amor.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

amor. NUDO. ¡no volveré a pasar hambre!

 
Habíamos dejado a un humilde hobbit con la mirada cautivada por su meta siniestra, y separado de ella por el camino más colosal e intransitable que imaginarse pueda. Ensimismado en esa imagen, lejana e incierta, no se percatará de la aparición a su alrededor de un interminable número de otros hobbits, todos humildes, todos ensimismados, todos dispuestos a echar a andar sin plantearse demasiado si tienen alguna posibilidad real de alcanzar su objetivo porque, al fin y al cabo, si es allí a donde tienen que llegar, no cabe pensar sino que encontrarán el medio, a pesar de lo improbable que parezca ahora.
El primer paso será, seguramente, el del primer tropiezo. Otro pretendiente a nuestro lado había echado a andar ya, de modo que se vuelve necesario rodearlo si queremos lograr el primer avance. Un tercero, en mejor posición para la circunvalación, la ha comenzado a su vez, y hace necesario esperar a que finalice para abordarla nosotros. El  cuarto no se ha percatado de nuestra presencia, y sólo si le hacemos notar que hemos llegado antes podremos persuadirle de que no se adelante.
Esos amontonamientos iniciales se transformarán pronto en encontronazos, altercados más tarde y, al final, estrategias concebidas para la eliminar definitivamente al otro. Ante la desproporción extrema entre la oferta y la demanda, aparece la competitividad, también extrema, y sin sometimiento a regla alguna. El camino no es una cuestión de voluntad; no es un examen del hombre frente a los elementos mediante el que probar si merece como premio al ser amado. Es una competencia, y poco importan los esfuerzos de cada uno, porque cada uno es uno, y lo que podemos hacer nosotros hay otros que también podrán hacerlo, devolviéndonos con ello a una mediocridad en la que no nos quedará el consuelo de ignorar qué habría pasado de haberlo intentado.
Por tanto, la competencia extrema por la felicidad extrema del amor nos devuelve una y otra vez al lugar más inesperado: el punto de partida. Somos tratados por el amor que nuestra cultura social nos proporciona del mismo modo que nos tratan el resto de las fuerzas de movilidad social. Salvo catástrofes, somos lo que somos, y eso seguiremos siendo a lo largo del inaccesible camino por el que la esperanza nos acompaña, con su frescura intacta.
O no. En la conciencia inconsciente de la perpetuidad de este fracaso, de la ausencia de avance, dicha esperanza se proyectará en lo que el lenguaje coloquial ha llegado a llamar “amor platónico” (que, paradójicamente, y para regocijo de Platón, será el verdadero) mientras en nuestra vida cotidiana va tomando forma la mentira adaptativa del “gusto personal”.
“Para gustos los colores”, se dice cuando se pretende explicar el discutible acierto de quien escoge como pareja a quien nosotros no escogeríamos. “Para gusto los fracasos” sería la versión onírica; aquella en la que el sueño liberaría la verdadera naturaleza de nuestras motivaciones. Olvidamos poco a poco que una vez nos creímos con derecho a desear lo que nos pareció deseable, y lo conservamos sólo como objeto de conversación frívola, atribuyéndole sólo las virtudes frente a las que nos sentimos capaces de elaborar un discurso de convincente insensibilidad (“qué bueno está, pero a mí no me importa el cuerpo”). Mientras tanto, vamos logrando soportar mutilaciones en el modelo original que nos acercan cada vez más a una posibilidad factible de triunfo. Cada rasgo ideal que logramos hacer desaparecer de nuestras exigencias es una aparente conquista de libertad que vivimos como libertad tout court. Presos de la, mal llamada, inmadurez de aspirar a lo bueno, “maduramos” a medida que vamos aceptando lo malo, es decir, a nosotros mismos, reflejados en el otro, gracias a lo cual realizamos aproximaciones significativas a la meta.
Efectivamente, “bajar el listón” se vive como un desahogo pues, intuido el inevitable fracaso más allá de la inane esperanza a la que nos aferramos, el descubrimiento de alguna satisfacción real originada en aquello a lo que sí se puede acceder conduce a su idealización parcial y oculta. A medida que cae en la desesperación, la conciencia va otorgando espacios a esta sustitución de lo inaccesible por lo accesible en el ideal. Orgullosa e insobornable cuando se siente segura, el sufrimiento de la soledad o el desamor extremos abrirán la puerta de la represión y desplazarán el deseo ideal hacia aquello que, en realidad, no es tan deseado, y que había sido rechazado hasta ahora por no alcanzar las máximas cotas de perfección.
La pareja ideal de un adolescente es un modelo universal: el ideal sociocultural, seguramente encarnado en un personaje popular, pero con dicha encarnación concedida en la medida en que conserve las cualidades ideales. La pareja ideal de un individuo que ha “madurado” su gusto, es decir, que ha aprendido a esperar del amor sólo aquello que él, el individuo, es, constituye un modelo completamente personalizado, quimera de de recuerdos y jirones subsistentes de idealización, que un adolescente rechazaría siempre desde la honestidad de quien aún sabe qué desea, aunque dicho deseo esté concebido según unos valores socioculturales discutibles que, por lo demás, el adulto tampoco transformará significativamente.
Al igual que en el desplazamiento genuino, aquél que haría descubrir al hobbit que la meta queda fuera de su alcance si una infinita horda de otros hobbits no bloqueran su camino impidiéndole siquiera empezar a avanzar, en este desplazamiento de la meta hacia el hobbit, aquélla va dejando por el camino su capacidad para satisfacerlo, pérdida cuya conciencia será reprimida junto con la imagen del ideal original. Así, la mercancía conserva su envoltorio y pierde calidad real a medida que se acerca a nuestra casa: el caballero que por fin nos salve no será, lógicamente, otro que nuestro vecino, a quien habremos revestido de una armadura que se rebelará ridícula, humillante para ambos, el día que el fulgor del amor pierda su cegadora intensidad.
Será en esta doble y prolongada lucha de avance fracasado hacia la meta ideal y de desplazamiento del ideal hacia nuestra posición original, donde iremos comprendiendo la categoría moral de esta competencia con nuestros congéneres. Empapados de la nobleza de nuestro fin, descubriremos con indignación que no sólo no bastará un virtuoso voluntarismo para triunfar sino que, haciendo todo lo mejor de que somos capaces, nuestra posición empeora paulatinamente.
“En el amor como en la guerra”, escucharemos alguna vez y, si tenemos suerte, le prestaremos oído a tiempo. Abandonados a una competencia sin regulación, las princesas y caballeros del amor se vuelven pronto despiadados. Todo aquél que se limita a luchar noblemente, como la meta a obtener parece inspirar, reduce sus recursos hasta un punto que hace inevitable el aumento incesante de la distancia que le separa del éxito. En cuestiones de amor no hay más juez que el objeto de deseo: la otra persona, que debe decidir si nos elige, y para quien la legitimidad de la lucha entre sus pretendientes constituirá un valor sólo y exclusivamente en la medida en que decida que lo constituya. Así, el sujeto, en su dimensión ética, se enfrenta al dilema que surge en la desaparición dicha dimensión a nivel social: si actúo bien y se me premia como si actuara mal, es decir, otorgándoseme un trato afectivo de inferior calidad, ¿qué sentido tiene la actuación ética? Sea cual sea la respuesta verdadera a este dilema, es indudable que la respuesta social sólo puede ser la renuncia a la ética, así como la invisibilidad de quien no renuncia a ella. En pocas palabras: la guerra.

Harto de fracasos, traiciones, frustraciones, insatisfacciones, cada individuo desarrolla el cinismo que, en el terreno del amor, es imprescindible para sobrevivir. Sea cual sea su compromiso ético original, confluirá con el resto en el pragmatismo extremo. Toda consideración que no lleve a mejorar los resultados deberá ser considerada un obstáculo. El otro es el enemigo y debe ser eliminado mediante cualquier estratagema antes de que nos elimine a nosotros cosa que, a pesar de esta prevención, seguirá sucediendo con frecuencia. Y el otro son todos los otros, sea cual sea el lazo que nos una con ellos pues, para todos, el dios amor es intocable y de él depende nuestra felicidad, de modo que, ausente una ley que castigue, ningún pacto de buena fe podrá protegernos del peligro de ser utilizados. La amenaza no es sólo el desconocido. La amenaza es el conocido, el amigo, el hermano y, por supuesto, el objeto de nuestro amor, víctima principal de nuestras estrategias y cuya conquista da y quita sentido a nuestras acciones. Si debemos ser despiadados con alguien debe ser, sobre todo, con él.
Y, una vez alcanzado el amor gracias a la erradicación de cualquier vestigio de ética, una vez ante nuestro espejismo de princesa, ante nuestra caricatura de caballero, nosotros, que estamos libres y degenerados por fin hasta la erradicación del más mínimo de los escrúpulos, nos disponemos a convertirnos en el sentido de la vida de otra persona; a disfrutar, por fin, del amor.

jueves, 10 de noviembre de 2011

mejor morirse

             “Con lo bonito que es el amor, ¡mira que estar en contra! Pero, ¿qué se puede decir en contra del amor? ¡Si el amor es lo único que de verdad merece la pena de la vida! Si el amor tampoco es bueno, entonces ¿qué nos queda? ¿Morirnos?”
            Parecerá que me lo invento, pero esto es una cita, y  no la he escuchado una ni dos veces. Ante la idea de que el amor no es bueno hay, mayoritariamente, dos tipos de reacción: el asesinato y el suicidio. Unos quieren matarme a mí, por poner en tela de juicio su proyecto vital; por villano antagonista del bien, directamente. Otros me preguntan si deben morir ellos. Para mi vergüenza confesaré que, de tal cosa, no los disuado.
            La atrocidad de la alternativa nos da la medida de la violencia con la que nuestra sociedad se aferra a la bondad del amor. Nuestro problema como críticos no es sólo enfrentarnos al consabido dogma “el amor es lo mejor de la vida”. Una vez desestabilizado principio tan arbitrario, aparece la amenaza de su consecuencia para quien se había comprometido sinceramente con él: a la vida, sin amor, no le queda nada. Entonces, a falta de argumentos que demuestren lo bueno que es el amor, se produce una idealización por defecto: el amor tiene que ser bueno, porque lo mejor no puede ser también malo; el amor tiene que proporcionar felicidad porque, que se sepa, ninguna otra cosa puede proporcionarla; el amor será eterno, porque necesitamos escapar a la muerte y sabemos que nada conocido lo logra.
            Cuando vamos realizando todas estas afirmaciones lo hacemos ya desde cierta incredulidad, cierta aceptación de lo que no es sino un sucedáneo de esperanza. Sentimos, cada vez con más claridad, que nos apoyamos sobre un decorado que primero fue de piedra, después de cartón, y ahora no es más que un frágil papel a punto de ceder a nuestro peso. Nuestros músculos agarrotados, que nos sujetan disimuladamente, transmiten un mensaje inequívoco: si te dejas caer sobre el amor, éste no logrará sostenerte.
            Esos desesperados son su propia refutación. Está de moda utilizar la imagen de El Coyote corriendo sobre el vacío, a punto de precipitarse en él, para representar a quienes aún creen en la sostenibilidad de nuestro sistema socioeconómico ante la evidencia de su destino catastrófico. Podemos decir que los retratados aquí son los coyotes del amor.
            De los lobos hablaremos pronto.

lunes, 7 de noviembre de 2011

amor. PLANTEAMIENTO. en un país multicolor

Llegamos al mundo poniendo en práctica el individualismo más estricto, y sólo poco a poco comprendemos que la igualdad de los otros va en serio. Los otros, esas herramientas de uso más complejo que nuestras manos o nuestros pies, porque tienen la capacidad de actuar de modo independiente. Los otros, que nos convierten a nosotros, a veces, en sus manos y pies, haciéndonos desear su ausencia, aunque ello tenga como consecuencia el dejar de poder instrumentalizarlos.

Afortunadamente, seremos educados en una adaptación a nuestras posibilidades considerablemente eficaz. Nuestro instinto nos conducirá a desear ilimitadamente, pero aprenderemos las ventajas de racionalizar nuestro deseo; de desear sólo aquello que realmente nos es útil y, de entre lo útil, sólo a lo que de manera factible podamos aspirar. La cultura de masas seguirá tendiendo trampas a nuestra ambición frustrada, seguirá diciéndonos que deseemos sin freno, porque el deseo mismo es la garantía del logro. Pero nuestra razón crítica ha despertado, al menos en alguna medida, y contrarresta de modo consciente una suficiente cantidad de esos mensajes como para conservar el sentido más útil en nuestros esfuerzos. Una cierta cantidad de represión completará la adaptación, haciéndonos olvidar el deseo cuando éste es demasiado doloroso, pero conservando nuestro juicio crítico a la hora de determinar la opinión que nos merece nuestra situación de satisfechos a medias. El individuo normal no es tan estúpidamente frívolo como para desearlo todo, ni tan estúpidamente acrítico como para considerarse feliz con lo que tiene.
Con el amor no tendremos esa suerte. En el complejo entramado de necesidades y deseos que el sistema satisface y frustra, y mediante el que, además, nos motiva y controla, nos ayuda y nos estafa, en dicho sistema, el amor debe realizar el desagradable papel de espejismo canalla gracias el que una importante cantidad de las más insoportables frustraciones quedan olvidadas y, por tanto, reprimidas. En nuestro sistema ideológico el amor será, por antonomasia, el lugar al que desplazar la eficacia no alcanzada, la libertad no canalizable, lo que le sobra al ser humano cuando el sistema no puede ya ofrecerle seguir siéndolo si quiere que cumpla su tarea de pieza solvente en la perpetuación. En pocas palabras: el basurero.
Y, para que el basurero contenga su basura, ésta deberá quedar sellada por la más hermética e inexpugnable de las barreras. Para que el individuo deje reposar allí su frustración sin pugnar por liberarla, el basurero deberá ofrecerle el mayor de los atractivos. No valdrá cualquier entretenimiento; el amor por sí mismo, con sus ventajas e inconvenientes, sus noblezas y sus miserias, no sería suficiente. Para que el amor compense de la opresión, el basurero tendrá que idealizarlo.
La propaganda que anima a desear el éxito social en su forma completa y perfecta, es decir, aquella que anima al triunfo del individuo sobre todos sus congéneres, la figura del mendigo-rey, tiene una repercusión insignificante si se compara con la del mendigo-Paris (valga el personaje de la Ilíada para dar nombre a la figura), aquel que alcanza el amor del congénere más deseable de entre todos los conocidos. Así, el caballero que mata al dragón lo hace para lograr el amor de la princesa, primera dama del reino; la chica que cambia de imagen logrará con ello ser pretendida por el capitán del equipo de fútbol, cumbre del éxito social del instituto; el joven que aprende a bailar no puede con ello sino aspirar a obtener un reconocimiento del grupo cuya máxima expresión es recibir el primer premio en materia de pareja.
La figura poética, infinidad de veces repetida en todo género de música popular, “si  te tengo a ti lo tengo todo”, junto con su inverso, “nada tengo si no te tengo a ti”, es a la vez expresión y mecanismo para la reproducción de esta fantasía (el castizo “contigo pan y cebolla” resulta menos extremo, y parece moderar su componente propagandístico con la idea realista de formación de equipo mediante el que enfrentarse a las adversidades). Efectivamente, será ése nuestro escapismo más recurrente. Allí donde el mundo no nos haga felices, acumularemos tarea para esa persona a la que accederemos mediante el ejercicio absolutamente espontáneo, irracional, caprichoso, incontrolado, de nuestra libertad de elección.
Así, nuestra maduración es acompañada por un omnipresente discurso de refuerzo a nuestro instinto individualista. Se nos hace crecer, debe decirse, mediante la inmadurez misma, sustituyendo cada una de las feroces ideas del animal solitario por eufemismos que pretenden reflejar un incremento, perfectamente ausente, del nivel de cooperación. Es este individualismo propio del recién nacido, que habita, disfrazado, el pensamiento de cada adulto, lo que se esconde tras eso que llamamos, henchidos de admiración y entrega, la inefabilidad, la ceguera, la locura del amor.
Animados y legitimados por nuestra cultura, nuestras ilusiones se lanzarán como depredadores hambrientos sobre lo que consideremos que representa el mayor de los logros. De nuestro mejor vecino a nuestro mejor compañero de colegio, de él al mejor del barrio y, un día, al mejor de todos los individuos susceptibles de ser deseados de los que jamás hayamos tenido noticia por cualquier medio. Alguien muy famoso, casi seguro.
Si nuestra fantasía alcanza a dibujarse la relación misma, entonces la idealización extenderá su presencia. Seremos, lógicamente, amados, admirados, protegidos y potenciados por nuestro objetivo, una vez lo atrapemos, hasta los límites de lo posible. Esto nos reportará, no por casualidad, la apertura de las puertas del mundo, que dejará de poseer la capacidad de cerrarse a nosotros de forma alguna. Cuando logremos nuestro amor podremos, literalmente, hacer lo que queramos.
Si la idealización persiste intacta más allá del despertar sexual, es decir, si la conciencia del sexo aparece por noticias externas, y no mediante la experiencia directa, dicha conciencia se convertirá en una víctima más, seguramente la más sacrificada, de una ambición desmadrada. Símbolo máximo de la unión en la pareja, su realización será la culminación de la misma y, al serlo, de nuestra vida entera. El sexo realizará el amor, y éste la vida, mediante el amor de nuestra vida, con quien haremos el amor. Mediante la aparición del sexo, el sentido de la vida se desplaza una vez más de lo grande a su símbolo. Lo hubo hecho ya de la vida al amor, y ahora lo hace del amor al sexo. En la exacerbación de este esquema de diana en el que acertar en lo pequeño constituye de por sí el éxito en lo grande, el nodo de todas las líneas de fuerza del universo aparecerá en el hito del orgasmo simultáneo. Hace tiempo que tuvimos la suerte de que los sexólogos se apiadaran de nosotros dispensándonos de la obligación de corrernos a la vez que nuestra pareja para poder considerarnos felices. Lo que desde entonces ha dado en llamarse “buen sexo” se ha vuelto algo más flexible, aunque nunca seriamente crítico. La diana se desenfoca, pero no se corrige.
Con estos mimbres aparecemos en el mundo. Caballeros y princesas dispuestos, por enésima vez en la tierra, unos a escalar la torre, otros a ser sacados de ella. Nuestra incomparable belleza, nuestra fuerza invencible, la nobleza de nuestras armas, la excelencia de nuestras virtudes, derribarán esa muralla que nos separa de la felicidad encarnada. Entonces las princesas se dispondrán a esperar. Y tardarán mucho, mucho tiempo en descubrir que no se encuentran en la torre de un alto castillo que se recorta contra el paisaje y al que el mejor de los caballeros se dispone ya a asediar, sino olvidadas en la más profunda mazmorra de una guarida perdida en tierra de nadie, que nadie encontraría si, en el mejor de los casos, pretendiera buscarla. Mientras tanto, en algún lugar, tal vez próximo, el caballero se mirará a sí mismo para descubrir que no tiene mejor presencia que la de un miserable hobbit, ni más arma que la resistencia de sus pies. Ante sí, para su sorpresa, no aparecerá castillo alguno. Sólo entornando los ojos llegará a intuir, más allá de innumerables regiones hostiles, cada una más tenebrosa que la anterior, cada una más dispuesta que la anterior a hacerle sucumbir, una torre oscura iluminada por un fuego sobrehumano. Hasta allí deberá llegar, porque allí, ¿en qué otro sitio?, debe de estar el amor, y por alto que sea el riesgo, por improbable que sea el éxito, ¿qué otra cosa merece la pena hacer que intentar conquistarlo?
Pero, de todos los hobbits que somos albergados por el mundo, sólo uno es Frodo: el de la película para niños.

jueves, 3 de noviembre de 2011

¿bailamos?

             Yo no sé bailar pero, por un capricho de mi fantasía, esta noche, al cerrar los ojos, he inventado un baile. En realidad es sólo un paso, una especie de caminata con salto lateral al final, cayendo en un equilibrio inestable que lleva a repetir la figura en sentido inverso. Cuanto más proyecto la secuencia en mi cabeza más detallada y precisa se vuelve.
            Me gustaría levantarme y probar si es posible realizarla. Pero bueno, ya estamos acostados, es algo tarde y mañana hay que trabajar. En realidad me gustaría conseguir interesarla a ella; que nos levantáramos cinco minutos y lo intentáramos los dos. Ella baila mucho mejor que yo, y seguro que lo conseguiría enseguida. Sería sólo un momento y no nos quitaría apenas tiempo de descanso. Pero suficientemente excéntrico me considera ya. Tardaría más en convencerla que en explicarle el paso, y si lograra levantarla lo haría de mala gana y se acabaría la magia.
            Ella no puede comprender la importancia de esta fantasía. Nunca le he explicado que cuando cierro los ojos por la noche siempre veo cosas. A veces es sólo una sucesión inconexa de retazos procedentes del día, como si sus decorados y personajes se fueran apagando. Pero lo más habitual es que las imágenes no lleguen a formarse, que sus componentes pugnen por tomar forma en mi mente sin lograrlo. O eso interpreto yo ante esas masas vibrantes de tonos rojos, negros, blancos, a veces azules. Juraría que alcanzo a reconocer en ellas cuerpos en creación, huesos recubriéndose de músculos, y éstos buscando sin éxito jirones de piel en mi mente desordenada. Eso quiero creer, porque me da miedo pensar que lo que realmente veo son cuerpos desgarrados, descompuestos, batidos y apelmazados en mi fantasía por alguna desviada necesidad de mi carácter.
            Me gustaría decirle que eso es lo que veo casi cada noche, que me perturba, y que me gustaría no verlo. Pero temo que se asuste, y que en lugar de tranquilizarme, su miedo me sumerja más en la sospecha de que algo terrible se oculta en mi cabeza y se libera a medida que me invade el sueño.
            Me gustaría que conociera esta aprehensión que siento por mí, como me gustaría compartir la que siento por ella. Querría explicarle que apenas soy capaz de olvidarme de su larga nariz; que la persigo constantemente cuando la miro, porque intento resolverla sin querer; encontrar la justificación estética que la convierta en armoniosa para el resto de su cara, y que en esa empresa obsesiva desperdicio gran parte de la atención que le debo cuando me habla. Querría que supiera que he renunciado a aceptar sus pies, y que hace tiempo que evito mirarlos, aunque cuando nos acostemos busque reconfortarme con su contacto.
            Quiero que sepa que es mi amiga, mi compañera, seguramente la persona más importante en mi vida, seguramente la que más me dolería perder, y que no hay día en que no la eche de menos, a veces cuando estoy solo, a veces cuando estamos juntos. Y que, a pesar de eso, hago el amor con ella porque no tengo con quién hacerlo; porque no puedo hacerlo con ninguna de las innumerables mujeres a las que deseo cada día. Me gustaría decirle que pienso en ellas cuando lo hacemos, incluso a veces cuando simplemente la abrazo, porque me tortura la idea de que se me escapen un día tras otro y el único consuelo que encuentro es la confusión que me permite el cerrar los ojos.
            Querría decirle que cada día soy más consciente de todo este silencio, y de su inmortalidad; que cada día crece más este desván donde se guarda todo lo que ella no sabe; este otro yo que ella no conoce y que vive una vida independiente y solitaria, solo conmigo, y que toma conciencia por la noche cuando, abrazados, nos quedamos en silencio.         
             Entonces ella me mira, escruta mi expresión buscando entender, porque sabe que hay algo. En cierta ocasión, hace ya tiempo, acarició mi frente, me sonrió y susurró: “¿Qué pasa aquí?” Y después acercó sus labios y la besó. En ese beso sentí que mi personaje oculto y ella se tocaban, que se miraban también, y que también se sonreían con respeto y con afecto. Y sé que ella lo sintió.
            Ahora me está mirando así. Lo ha hecho muchas veces desde entonces. En cada una de ellas ambos han fracasado en su intento de lograr el contacto de aquella noche. Sé que ahora me besará en la frente una vez más, esperando que ese gesto gastado me tranquilice, y que después escucharé esa pregunta que fue, un día, tan liberadora: “¿Qué pasa aquí?”
            Pues que quiero que bailemos. Pero no se puede.

martes, 1 de noviembre de 2011

amor. INTRODUCCIÓN. el guión ciego

No es blasfemo intentar entender el amor. Ni siquiera es ambicioso. Pero al hacerlo nos encontramos con ese obstáculo propio de lo mistérico que consiste en juzgar como un error el deseo mismo de comprender. Es curioso contemplar cómo fracasan en sus investigaciones todos aquellos que creen en la existencia de lo incognoscible. Divierte escuchar al feriante Iker Jiménez decir “nosotros planteamos preguntas, no damos respuestas”. Esa discutible “actitud científica” les viene obligada por la cuenta corriente. Cada respuesta que dieran tendría que ser siempre y sistemáticamente la misma: no hay misterio. Poco duraría la atracción.
El amor utiliza el mismo truco sacerdotal. La única manera de evitar que el Mago de Oz se convierta en anciano con megáfono es no permitir mirar entre bambalinas. Pero aquí, ¿quién es la Iglesia? Una de las fuerzas claves que sustentan esta ocultación es la puesta en ejercicio por la mala conciencia de cada uno generada al realizar cada acto de amor. Los más fervorosos creyentes suelen ser aquellos cuya valoración como individuos éticos saldría peor parada si el amor perdiera la capacidad para legitimar sus acciones pasadas, ya sea por el daño que hicieron, ya por el que se han hecho a sí mismos.
Afirmé en ¡Ni! que la negación irracional no requiere de contraargumentación, y que debe ser valorada como una simple expresión de la voluntad. La negación irracional no juzga, sino que enuncia un deseo, trivial desde el punto de vista de la determinación de la verdad. Independientemente de opiniones sobre si el amor se puede conocer o no, el amor es algo, incluso aunque sea una ficción, pues todos lo utilizamos y todos requerimos de dicho concepto como herramienta para explicar la realidad. Todos señalamos una cosa cuando hablamos de amor. ¿Cuál?
Nuestra cultura social ofrece también respuestas menos cerradas. Conservando siempre la capitulación de partida en la aspiración a conocer de manera eficaz e instrumental, es decir, más allá de lo que puede constituir una opinión vaga, se dice que el amor es un sentimiento. Quienes así lo clasifican convienen en varias características del mismo: Que es, o tiene que ver con, una forma de afecto, que su intensidad es mayor que la de otros afectos, y que tiene un componente de pérdida del juicio. Es la mania griega, la locura de amor, la atracción desestabilizadora que los clásicos valoraron en ocasiones como una enfermedad y que nosotros llamamos también “enamoramiento” para distinguir la fiebre individual de la satisfacción de la misma sobre su objeto, que sería la realización en sí del “amor”.
No quería adelantarme pero… ¿entonces el amor no es un sentimiento? Decimos que lo es aunque, por otro lado, necesitamos rescatarlo de ese significado para designar otra cosa. ¿Y de qué otras teorías disponemos? El resto de las usos coloquiales no lo hacen escapar demasiado a la categoría anterior. Se hablará de emoción, de pasión, de estado de ánimo… Intuida la insuficiencia de esta definición se llegará a hablar de “sentimientos complejos”, “compuestos”, “contradictorios”… Como último recurso para describir dicha complejidad, se utilizarán condiciones de consecuencia: “El amor es un sentimiento que te lleva a aceptar al otro tal y como es”, o, “a dar sin esperar recibir”, o, “a no necesitar nada más”. Hay que decir que estos esfuerzos se alejan cada vez más de cualquier eficacia descriptiva y que, atractivos como principios, son incapaces de diferenciar en lo más mínimo qué es y qué deja de ser “amor”.
Ya sabemos que el amor no parece ser lo que se dice que es, y hemos concluido esto porque el objeto designado amenaza con ir a no encajar en la definición. En la práctica comprobamos que la definición del amor-sentimiento supera un número notable de filtros prácticos. Si alguien nos dice que siente amor, aceptaremos llamar amor a un sentimiento. Si alguien nos dice que un tercero siente amor es posible que desconfiemos y pidamos nuestras propias pruebas en forma, tal vez, de síntomas de un sentimiento: ¿Se muestra obsesionado? ¿Tiene un comportamiento diferente? ¿Tergiversa involuntariamente la realidad en lo que se refiere al objeto de su amor?
Pero si los síntomas son contradictorios, la teoría del sentimiento se tambalea. Se nos da a juzgar el caso de alguien que dice sentir amor, pero no está dispuesto a tener una relación de pareja con la persona amada. O el de alguien más, completamente obsesionado con su pareja que, a la vez, mantiene relaciones sexuales con otros. En ambos casos diremos que no hay amor. Habremos dispuesto de indicios fehacientes de que el sentimiento de enamoramiento existe y, sin embargo, otra categoría de factores ha pesado más: los actos.
Son unos actos concretos los determinantes a la hora de que concluyamos si estamos en presencia de ese ente llamado amor. En la medida en que un sentimiento, simple o complejo, sea suficiente a veces para alcanzar dicha conclusión, podremos hablar de una condición secundaria, o subordinada, o consecuencia de la primera. Pero llegados aquí podemos realizar ya ese giro capital que nos llevará a partir de ahora a hablar del amor en términos chocantes. El amor es un conjunto de actos; amar es realizar una serie de cosas, y todos aceptaremos, para nuestra sorpresa que, en el fondo, nunca hemos llamado amor a nada diferente que a la realización de estos actos.
Sabemos que los actos son varios, y adelantaré que son sucesivos y ordenados, de modo que podemos decir que no se trata sólo de un conjunto informe de actos, sino de una estructura organizada de los mismos: un guión. Un último componente, cuya explicación también ampliaré más adelante, nos permitirá llegar a la definición completa. El individuo que, por realizar los actos del amor, ama, ignora a qué actos se verá obligado tras los que realiza ahora aunque, paradójicamente, éstos sean los mismos para todo el mundo. Así, el amor no es sólo un guión, como lo es El Sueño Eterno, en el que cada actor comprende, estudia y planifica su personaje. El amor es un guión representado a ciegas, del que se nos entrega una secuencia si, y sólo sí, hemos terminado la anterior, cumpliendo ese milagro de la ignorancia que es sorprendernos siempre con lo que ya deberíamos haber esperado.
Dicen que El Sueño Eterno también fue un guión ciego, en el que Chandler y Hawks decidían cada día cómo avanzaría la oscura trama. Tal vez por eso, o tal vez por ser oscura, surgió el amor entre sus protagonistas.


viernes, 28 de octubre de 2011

bebesito

Transcripción aproximada de una conversación presenciada en un bar de un castizo barrio madrileño.

Entro al establecimiento. Dentro, el camarero y un par de clientes firmemente acodados sobre la barra conversan cansinamente.
Camarero: Buenos días, caballero. ¿Qué desea?
Yo: Un café con leche, por favor.
Camarero: Un cafetito con leche… Pues una de esas estuvo aquí el otro día.
Cliente 1: ¿Sola?
Camarero: Sola, sola. Y me dice:Bebesito, ¿me pones una coca-cola?” Señor,
¿cómo quiere la leche?
Cliente 1: ¿“Bebesito” te dijo?
Yo: Templada, por favor.
Camarero: ¡“Bebesito”! Aquí tiene.
Cojo mi café y me siento en una mesa junto a una amplia ventana cerrada.
Cliente 1: ¡Joder…!
Cliente 2: ¿Lo ves? ¡Se lo buscan ellas solas!
Camarero: Sí, sí. Me dieron ganas de decirle: Te voy a agarrar y te voy a abrir de piernas aquí en medio y vas a ver tú, el “bebesito”.
Cliente 1: Ya ves…
Camarero: ¡¡¡Te voy a meter bien con el “bebesito”!!!
Yo: Disculpa, ¿un vaso de agua, me darías?
Camarero: Por supuesto caballero. ¿Hielo?
Yo: Sí, por favor.
Soy diligentemente servido, y vuelvo a mi mesa.
Cliente 2: ¡Dos varas tenías que haberle puesto!
Cliente 1: ¡Por delante y por detrás! ¿Cómo era? ¿Tenías buenas “bebesitas”?
Camarero: ¡Sí tenía, sí! ¡Para darle tenía! Eso la agarras del pelo ahí mismo… y como si fuera un caballo.
Cliente 1: Y, ¿pa qué quieres más?
Cliente 2: Y que te pague la coca-cola.
Camarero: ¡Hombre, que me la pague, fijo! De hecho, la que le puse me la pagó.
Cliente 1: ¡Que se joda!

A mí me parece que esta escena delata una notable represión sexual. Y también me parece que no fue tanto un hecho aislado, explicable sólo mediante una singular carga de xenofobia, machismo y mala educación, como la consecuencia de una indiscreción propia de cualquiera que se siente confiado. Lo singular, en mi opinión, no es la conversación, sino la circunstancia.  
Seré raro.