miércoles, 28 de septiembre de 2016

pasa de la @. se dice "NOSOTRAS".


Ni soy lingüista, ni gramático, ni pronominólogo, de modo que igual la pedrada es de gravedad. A mí, desde mi borrosa intuición, me parece que preguntarle al lenguaje por la igualdad es aún tan nuevo que debe de seguir reservándonos tesoros deslumbrantes. Diría que éste es uno. Seguramente, por lo demás, no habré sido, ni mucho menos, el primero en encontrarlo.

En fin, el chirrido que me lleva a pararme sobre el análisis sintáctico lo escuché de mi propio discurso en la redacción del ultimo post. “Nosotros, las personas interesadas en la no monogamia…” o algo así venía a contener algún lugar del borrador.

¿’Nosotros, las personas’? ¿Qué falta de concordancia de género es ésa? Si “las personas” es el sujeto, y es femenino… “Nosotras, las personas” es lo correcto, ¿no?

No sé si es lo correcto o no. Lo que sé es que jamás en mi vida he dicho “nosotras, las personas”. Eso se siente. Y siento que sea cual sea el sujeto de la primera persona del plural al que sustituya el pronombre “nosotros” yo siempre he dicho “nosotros”, salvo, claro está, cuando digo “nosotras y nosotros” o cuando me salto voluntariamente la regla gramatical y me entrego a la vida loca de decir “nosotras”.

¡Ah, espera! Ese “las personas” que añado entre comas no es el núcleo del sujeto. Ya no me acuerdo cómo se llamaba, pero es otra cosa. El sujeto al que sustituye el pronombre sigue oculto por el pronombre. Si añado “las personas” es precisamente porque “las personas” no es lo que representa “nosotros”. Sin el uso del pronombre, la frase sería, por ejemplo, “Sofía e Israel, las personas interesadas en la no monogamia”. Hace falta que “las personas…” aporte algo. Un momento… ¿Y si digo “Nosotros, María e Israel…”? ¿Qué estoy aportando sobre el sujeto “nosotros”? Si la redundancia es correcta, entonces “nosotros” puede sustituir a “las personas”. Y, si sustituye a las personas, es “nosotras”.

Pero, a ver, aquí tiene que haber un error. Si cada vez que el sujeto plural es femenino, el pronombre debe ser femenino, entonces esto del “Nosotras, las personas”… ¡sería frecuentísimo! ¿¡Cuántas veces un pronombre plural está sustituyendo a un sujeto femenino plural!? Si tenemos en cuanta sólo el sustantivo “persona”… ¡La mayoría! ¿Qué otro sustantivo utilizamos precisamente para hablar de los individuos? “Individuos” no. Y “hombres” tampoco, o al menos ya no. ¿”Seres humanos”? ¡Qué va! Cuando hablamos de un grupo de… personas, y nos referimos a él con un pronombre, el pronombre está sustituyendo a un sustantivo femenino que es estas u otras “personas”. Lo correcto es el femenino: “Nosotras”, “vosotras” y aquellas personas, es decir, “ellas”.
Me huelo que aquí me van a decir que, en rigor, al hablar de personas se habla de grupo de sujetos individuales con nombre propio, y que independientemente de que “personas” sea la sustitución natural, el pronombre hace referencia a una lista de nombres propios, de modo que el plural, siguiendo a la RAE y su reglas inclusivas según criterios del s XVII, lo que toca es el masculino.

Pues no se sostiene. No sólo porque lo de que el lenguaje hace referencia ideal a un grupo de sujetos etc, etc… no parece atenerse mucho a una visión práctica del habla: Las oraciones no tienen sujetos de más de tres o cuatro elementos desde la lista de naves de la Ilíada. No es que no hablemos así, es que no pensamos así. Y si nos dicen que así es como tenemos que pensar, me temo que la única razón va a ser justificar el masculino general a posteriori. Pero es que, además, hay frases en que la sustitución tiene una relación directa con un sujeto expresado previamente en femenino plural. Si digo “Las personas que acabamos de llegar tenemos hambre. Nosotras no hemos comido aún”, ¿se me puede decir que el “nosotras” es incorrecto porque no hace referencia a “las personas que acabamos de llegar” sino a una hipotética lista de nombres a la que yo me estaría refiriendo? Pero, ¡si a lo mejor ni me los sé! Y, mucho más importante, ¡A lo mejor no conozco su género, ni su sexo, ni su nada! ¿El pronombre se desvincula de su relación gramatical con el sujeto al que se refiere y da el salto a la realidad, haciendo un chequeo de género individualizado? ¿Eso lo hace el pronombre o lo hace el inmovilismo de según qué señores gramáticos escandalizados?

La verdad es que no encuentro excusa para no generalizar el “nosotras”, el “vosotras” y el “ellas”. Ya no hace falta explicar que es lenguaje inclusivo, ni hace falta explicar que lo usa un individuo masculino por concienciación, por compensación sociohistórica, ni por nada. Es que lo correcto es el femenino.

“¿Y por qué no se usa NUNCA? ¿¡Eh!? ¿Sólo por machismo? ¡Qué raro!”

¡¡¡Ay, amigo!!! (eres amigo, ¿no?) ¿Y si te digo que sí se usa?

¿Os acordáis de Félix Rodríguez de la Fuente? Yo tampoco. Pero él era muy proclive a referirse a las camadas de los animales que documentaba con el sujeto plural “las crías”. Como era muy redicho y muy formal en su estilo, para no repetirse y conservar la propiedad, en la siguiente frase decía siempre “ellas”. “Las crías de nutria probarán hoy por primera vez la carne. Ellas…” (Ese “ellas” enfático, que parecía que se iban a volver las bestezuelas, ellas, a mirar a la cámara).

¿Era sexador de nutrias Félix Rodríguez de la Fuente? No que se sepa.

“¡Son animales!” Ya salió… (la propensión, sí, a mezclar animales y mujeres)

¿Sabéis cuándo se utiliza con toda naturalidad el pronombre femenino plural sustituyendo a un sujeto plural HUMANO? Cuando se habla de “víctimas”. No voy a entrar en el cargadísimo sesgo de género que tiene esto. Pero pensadlo: “Las víctimas. Ellas.”

“Bueno, también se dice a veces “Las personas, ellas”. Tiene que ver con la lejanía, con el uso de la tercera persona. No se dice “Las personas, nosotras””. Venga, vamos a por el último baluarte de resistencia machista (y en este caso homófoba), aunque ya está claro que es rebatir al rebatido.

Es cierto que no se dice “Nosotras, las personas que estamos aquí”, sino “Nosotros”. Pero, ¿a que “Nosotras las víctimas” no sonaba mal? Es el sesgo de género. “Víctima” se puede feminizar. Cuando nos llamamos víctimas aceptamos ser tratados “como mujeres”, porque se produce una facilitación del significado. El femenino ilustra mejor la condición de víctima. Vaya si lo hace... Mira, al final sí he entrado.

reverte arrojándose por un barranco al comprender que debe decir "nosotras".
Es decir, que si no decimos “Nosotros las personas” es, simple y llanamente, porque nos duele el alma el femenino plural, y porque estamos todas de acuerdo en cometer solecismos con tal de respetar nuestra campante misoginia y homofobia, especialmente en lo que se refiere a que nosotras presentemos un género dudoso. O que lo presente la de delante, la segunda persona, que al fin y al cabo todavía me puede partir la cara. La que no está delante, ésa sí puede ser feminizada, que se joda, que la gramática es la gramática.

Pues me temo que no hay excusa. Cuanto más invoques a la RAE más te nosotrasizas, te vosotrasizas y te ellasizas. Ahora pídeme la arroba. Vamos, pídemela.

Pues no te la doy.


lunes, 26 de septiembre de 2016

lxs monógamxs tampoco son "normales".


Nos es de sobra conocido que las nuevas no monogamias son, a día de hoy, todavía minoritarias. Lo es también que esa característica no ayuda a su normalización.

Como me incomoda el discurso de la tolerancia y me parece proclive al apoliticismo, no diré eso de que la no monogamia debería ser tenida como normal, tan normal como la monogamia misma. Que gran parte de la monogamia trate a la no monogamia como un modelo equivocado es, reconozcámoslo, perfectamente coherente. Es la coherencia simétrica a esa otra que nos lleva a la mayoría de las personas no monógamas a pensar que la no monogamia es un modelo mejor, y a muchas de nosotras a defenderlo abiertamente.

La superioridad e inferioridad de unos modelos u otros es discutible y debe ser discutida, dado que esta superioridad depende íntegramente de la forma en que dichos modelos se llevan a la práctica. Y el derecho de lxs monógamxs a desaconsejar la no monogamia es inalienable, o sólo alienable por un buen intercambio de argumentos.

Pero de ahí a aceptar sumisamente las desventajas logísticas que conlleva la condición de minoría hay una gran distancia. Una cosa es que la/el adversarix sea más numerosx. Otra, que se le reconozca por ello derecho a invisibilizar nuestro discurso mediante el ruido, el menosprecio o el avasallamiento. Tenga la/el adversarix a bien recordar que su pertenencia al modelo hegemónico le hace, con excesiva frecuencia, desatender la necesidad de sustentarlo con razones. La monogamia, señorxs monógamxs, se apoya demasiado en el arma de la “normalidad”, y esa arma tiene doble filo, porque una vez superada la sugestión de que la no monogamia va contra natura, la pro-monogamia suele aparecer como una elección arbitraria y exógena.

La mayoría monógama es una mayoría por inercia, y muchas de las ventajas logísticas de su discurso están ahí porque nunca hemos entrado a pelearlas. La que voy a refutar hoy es su apariencia de bloque coherente, ante la que la no monogamia, fragmentada en un importante número de corrientes, queda situada sobre un suelo frágil y discontinuo.

No es justo, y es justo no dejarlo pasar.

Nuestro recurso más frecuente frente a esta supuesta consistencia sobrevenida a la monogamia ha sido al aunar a las no monogamias (y a la no gamia, ¡y a todo!) en un bloque no monógamo. Ese bloque ha sido llamado así a veces, o ha sido llamado "amor libre", o es llamado, aprovechando su modelo más practicado, simplemente “poliamor”. No es mala idea ni abogo por que se abandone, pero tiene desventajas de las que deberíamos ser conscientes para poder sortearlas cuando amenacen con relegarnos a la marginalidad.

La primera es que, sumadas todas las hormigas, seguimos sin construir un elefante, de modo que en ocasiones podemos estar, simplemente, sacrificando diversidad a cambio de un aumento de magnitud imperceptible. A la hora de denunciar la mononorma, que es en lo que la unidad no monógama resulta más interesante, el peligro de hacerlo desde otra normatividad monolítica se vuelve inminente.

La segunda es que la barrera situada entre la monogamia y la no monogamia no responde en absoluto a una realidad (lo explico aquí) salvo, en todo caso, desde una percepción estrictamente poliamorosa, que enfrenta a la monogamia infiel con el poliamor “honesto”. La unidad no monógama se antagoniza frente a la monogamia, haciendo el paso entre ambas propuestas menos gradual y mucho más traumático. La división entre monogamia y no monogamia obliga, como el amor hace con las categorías de “pareja” y de “amistad”, a dar saltos traumáticos entre una y otra.

Por último, la división binaria hace a la no monogamia fácilmente atacable, toda vez que la funde con las peores criaturas de depredación sexual neoliberal. En este sentido, más que en ningún otro, la no monogamia no puede aparecer como una sola cosa mas que allí donde la indiferenciación resulte netamente eficaz. Se le dirá, si lo hace, y con razón, que para eso mejor nos quedamos como estamos, con el amor convergente de Giddens, y demás cantos al sol.

Así que nos va a venir muy bien complementar la herramienta de la unidad no monógama con la de la fragmentación monógama. Dado que el discurso monógamo depende hasta lo patológico de su condición hegemónica, cuestionar que exista una hegemonía a la que pertenecer cortocircuitará todo el sistema de creencias.

¿A qué tipo de monogamia perteneces? ¿Por qué eliges ésa y no otra? ¿Cómo haces para encontrar gente como tú? ¿Tu pareja practica tu mismo tipo de monogamia?

Nos van a preguntar que de qué hablamos.
Pues hablamos de que la monogamia secuencial no tiene nada que ver con la monogamia indisoluble, porque, a diferencia de ésta, la primera concibe la relación como transitoria, y piensa, siente y actúa en consecuencia. Y de que una persona “indisoluble” y una “secuencial” que comienzan una relación sin tener consciencia de esta diferencia fundamental, no sólo construyen sobre un proyecto de manipulación, en el que el éxito de cada una depende de lograr transformar a la otra, sino que seguramente no necesiten nada más como garantía de fracaso, en el sentido de que será una experiencia poco edificante.
Pero es que una persona monógama cuyo objetivo relacional sea lograr descendencia no tiene nada que ver con otra cuyo objetivo sea disfrutar de la persona misma a la que se une. Que cada quién llame a cada uno de estos dos modelos como quiera. Si no tienen nombre hoy es porque el tenerlo pondría de manifiesto diferencias radicales que reducen el rango de personas compatibles a niveles preocupantes y contrarios a la voluntad sistémica de que se construyan parejas a troche y moche.

¿Y las diferencias radicales en cuanto a los proyectos de convivencia? ¿Y en cuanto a la idea de roles de género? ¿Y en cuanto a la presencia en la vida de otras personas emparejables (ex, amigxs enamorables, etc…)?

La respuesta de mala fe a la confusión existente entre todas estas “familias” monógamas es que la relación será lo que sea y dará de sí lo que dé. Esa respuesta es el reconocimiento tácito de que la relación se concibe como una partida en la que cada participante guarda bien sus cartas.

Justo eso que nos reprocharían a nosotrxs si no reconociéramos, en cuanto empieza el interrogatorio, que no tenemos carnet de monógamxs.



miércoles, 21 de septiembre de 2016

nueva sección: CINE DE MIERDA.


Sería mejor que existiera tanto cine interesante y de calidad, y que fuera tan accesible, que nos perdiéramos en él y pudiéramos despreciar el resto.

También sería bueno que los medios no estuvieran tan vendidos a cualquier producción pesetera, y que no acaben llevándonos de los pelos a tragarnos memeces incluso cuando hacemos lo posible por resistirnos a ellas.

Lo que no sería nada bueno es que nos pusiéramos dignxs y despreciáramos la experiencia (anti)cultural de nuestro entorno como si no fuera nuestro entorno y como si ésa fuera una manera razonable de relacionarse con él.

A veces hay que mirar algo. Casi siempre hay que mirar mucho. Y en ocasiones llega el momento de buscarle salida a tanta mierda machista y mononormativa como nos tenemos que comer. Así que de eso irá esta sección.

Como no tiene sentido que sea un desahogo personal, y como no soy un crítico cinematográfico que pueda ofrecer amplios, precisos y definitivos análisis sobre cada obra, procuraré atenerme a dos reglas. La primera, brevedad. La segunda, extraer de cada abominación comentada alguna reflexión que nos pueda servir de algo, especialmente para entender cómo funcionan estas abominaciones al tratar los temas amorosos, y cómo evolucionan unas sobre otras con el fin de seducirnos camino del infierno.

Ah! Con respecto a los espoilers la regla es que, si puedo, os ahorro la peli.

Voy con la primera.


SEXO FÁCIL, PELÍCULAS TRISTES.

-¿Qué te ha parecido el guión? Aún estoy buscando un título.
-Me parece una película fácil de sexo triste.
-Pero así no puedo llamarla.
-Pues no sé… ¡dale la vuelta!
Las comedias románticas suelen reunir dos características que adoro (amén de la recientemente señalada por Vigalondo: “Son una apología del acoso”. Viene él con una. Veremos).
La primera es que no te ríes ni aunque te paguen. En ésta sale Areces, que no necesita texto para satirizar situaciones. Menos mal…

La segunda es que todas empiezan con un ganchito que te está diciendo “las comedias románticas son una mierda, pero ésta es distinta. Ésta es de verdad, es actual, y es sobre ti”. Todas. Y luego, por supuesto, son cine de mierda.

Ese gancho lo utilizan, lógicamente, para sobreponerse a la sensación que dejó en la/el espectador/a el último bodrio graciosoamoroso que le tocó tragarse. Pero cumple, de paso, la encomiable función sistémica de resignificar la mononorma y la amatonorma. Vamos, que el cuestionamiento amoroso y monógamo que hayas hecho o tenido la suerte de encontrar desde el último soponcio, viene la peli y te lo cuestiona a ti. ¿Qué te has creído?

La película que nos ocupa es cinematográficamente mala; sólo mala. Su mensaje, sin embargo, sí merece un lugar de honor en el panteón de los horrores. La ingeniosa estrategia que lo vehicula es la de meter una historia dentro de otra historia. ¿De qué modo? ¡Gran idea! Un guionista sentimentalmente jodido y especializado en comedias románticas ultraconvencionales escribe a lo largo de la película el guión de una comedia romántica ultraconvencional. ¿Qué mayor cuestionamiento que ése? ¿Y qué mejor planteamiento para escribir desde la autoridad que concede la experiencia? Hay bombillas que se encienden para dentro.

Lo malo de la historia no son los mil tópicos machistas y mononormativos en los que era de prever que cayera y cae (por ejemplo, eso de que nos presenten a las dos novias como dos mujeres con su correspondiente habilidad artística, correspondientemente despreciada por los correspondientes novios, y correspondientemente despreciada por los creadores de esta obra maestra, que deciden mostrar planos reales de esa habilidad que las correspondientes actrices sólo poseen a un nivel como mucho amateur, pero que, claro, será correspondientemente valorado por unos espectadores que entenderán que, para ser mujeres, ya les va bien con bailar un poquito y con tocar un poquito el piano).

algunxs de sus responsables, se diría que orgullosxs.
Lo malo no son las patéticas tentativas de darle profundidad al recurso de la historia dentro de la historia (¡Uau! ¡Tanto el escritor como su creación engañan –perdón, son seducidos, pero es que el párrafo sobre los tópicos machistas era el anterior- a sus novias con ¡el mismo personaje! –del que, por cierto, no volvemos a saber nada, el artificio por el artificio-. Me pierdo en tan rico arabesco diegético…).

Lo malo ni siquiera es que la comedia romántica estrictamente convencional (hasta el sonrojo) ocupe inútilmente la mitad del metraje, lo que nos aboca a escuchar a Quim Gutiérrez su enésimo monólogo final abriendo el corazón de un personaje mediocre y mezquino para explicar que va a seguir siendo mediocre y mezquino, pero mediocre y mezquino enamorado, con un encanto tan idéntico al de todos sus monólogos anteriores que resulta, no ya previsible, sino absolutamente estomagante.

                                                                                           os dejo el monólogo de Quim, que me gusta regalaros cosas.

Lo verdaderamente malo de morir es la moraleja. Porque, ojo aquí, este escritor, que previamente nos había explicado que no quiere escribir historias reales porque la realidad es una mierda (¡como la peli! Casualidad…), descubre que, si quiere ser feliz en el amor, atención, ¡debe seguir los pasos de sus propios personajes! Vamos (perdón por la aclaración) que esto es metacomediromanticismo: el fallo de la comedia romántica es que nos la tomamos demasiado a la ligera cuando ¡Es la Biblia!

Si no fuera todo tan tonto diríamos que es retorcidamente manipulador. Pero es que los sistemas se defienden así a veces: generando mil respuestas estúpidas y desesperadas y confiando en que alguna posea una cierta eficacia.

Mierda pura.


lunes, 19 de septiembre de 2016

ya he renunciado a la pareja. ¡¡¡¿Y AHORA QUÉ?!!! (y ii) sociabilizar la intimidad


Parece que nuestro mayor problema a la hora de abandonar el modelo relacional de la pareja está relacionado con ese cajón de sastre que llamamos “afecto” o “satisfacción de las necesidades afectivas”.

Qué sea el afecto que necesitamos y qué afectos esperamos que nos sean proporcionados por la pareja son preguntas que abren un agujero de espesa oscuridad en cualquier teoría o modelo relacional.

Se habla del afecto, se le pone en el centro de todo lo imprescindible, pero apenas se concreta qué es (salvo algunas definiciones o listas sumamente generales), hasta el punto de que prácticamente queda identificado con la pareja misma. El afecto, en el fondo, sería aquello que nos da la pareja y que no nos da nadie más porque nadie más está en situación de darlo. Casi da igual en qué consista, afecto es “resultado de la pareja sobre mi vida emocional”.

Desde esa perspectiva está claro que la pareja es insustituible, porque nada que no sea la pareja puede serlo tan bien como ella. Pero lo que hemos decidido preguntarnos testarudamente es si podemos obtener fuera de la pareja, no una imitación de la pareja, sino aquello que de la pareja nos parece digno de ser deseado. Y nos lo preguntamos porque sospechamos que la pareja es, tal vez, un pésimo medio para conseguirlo.

Ni éste, ni éste, ni el presente texto pueden ser una exposición sistemática de esas necesidades ni de esa sustitución. Pero cada uno de ellos pretende dar un bocado sustancial a los cimientos que sustentan la idea de que fuera de la pareja no hay más que tentativas agónicas y contrahechas de reproducir el paraíso perdido del gamos.

En este caso quiero proponer una categoría que considero útil como herramienta teórica y práctica, y que puede desmitificar definitivamente la idea de que somos un pozo de afecto que sólo la pareja puede llenar. Tal vez se pueda decir que no se trata más que de otra forma de afecto, o tal vez tenga tanta autonomía y ocupe el espacio de tanto afecto que el afecto mismo quede reducido a un ámbito de acción sorprendentemente pequeño.

En cualquier caso, creo que podemos afirmar que el afecto que los modelos gámicos, especialmente la monogamia, hacen recaer sobre la pareja, quedan satisfechos mediante la sociabilización de la vida íntima, es decir, mediante lo que coloquialmente conocemos como “compañía”.

Cuando la pareja acaba hay una gran masa de vida privada e íntima que queda repentinamente aislada. El espacio destinado al gamos es inmenso, y a medida que nuestra vida relacional se desarrolla (dado que nos alejamos progresivamente del núcleo familiar de origen, de lxs amigxs, de la convivencia colectiva…) ese espacio se incrementa y se hace específico. A partir de cierto momento la mayor parte de nuestra vida está formada por un gran espacio que a nadie interesa salvo a una posible pareja. Somos, literalmente, el andrógino demediado de Platón. Seres deformes que sólo pueden recuperar una forma armónica mediante la fusión con otro ser deforme. Sin pareja no existimos, porque carecemos de testigos.

La angustia generada por ese vacío, por esa repentina inexistencia para el mundo, es el origen de uno de las necesidades afectivas más importantes que la pareja viene a satisfacer. Ella la crea y ella la cubre. Y ella es tan eficaz comparada con cualquier otra cosa conocida para cubrirla que pensamos que ella es la necesidad misma. Pero nosotrxs somos gente suspicaz…

¿Qué pasa con ese espacio? ¿Cómo está constituido? ¿Necesitamos llenarlo todo? ¿Cuánta de esa necesidad es real y cuánta es un espejismo creado por la idea y forma de la pareja? ¿Está a nuestro creativo alcance hacerlo de un modo más eficaz del que utiliza la pareja?

Bisturí.

No es ninguna idiotez la necesidad de testigxs en nuestro espacio íntimo. No es narcisismo, ni inmadurez, ni inseguridad. Es sociabilización de una parte de nuestra vida que es constitutiva de su conjunto, que es causa, que es consecuencia y que es imprescindible. Si la pareja no acaba (¡ah, que no lo hace!) con nuestra sensación de soledad íntima no es porque se trate de una mala pareja y no sea el testigo adecuado de esa vida, sino porque no es testigo suficiente; porque una sola persona no presencia, no explica, no se empapa de la parte suficiente de esa vida, o desde una perspectiva suficientemente amplia. Necesitamos otra persona, y otra, y otra más, con las que compartir nuestra manera de ducharnos, el orden del cajón de los calcetines, la actitud al despertar, la frecuencia con la que fregamos el baño, para entender nuestro propio comportamiento, para mejorarlo, para conocer su historia, para que adquiera valor, para que deje de ser el relleno de la vida y pase a ser parte de la vida.
Y necesitamos el laboratorio de la soledad en el que diseñar nuevos experimentos, en el que llevar a la práctica lo aprendido en compañía, en el que corregir errores y perfeccionar virtudes, en el que fraguar las revoluciones de nuestra vida relacional. Necesitamos que nuestra vida íntima no sea secuestrada hasta su disolución en vida con pareja. Necesitamos no renunciar a lo construido en nuestra intimidad, no tratarlo como un caparazón vergonzante del que deshacernos y del que olvidarnos tan gravemente que somos incapaces de encontrarlo cuando la ruptura de la pareja nos hace echarlo de menos.

Por eso, también, estamos solxs en pareja, porque aquella intimidad ha sido abandonada, y con ella parte de nosotrxs que ya nadie puede testificar ni reconocer, ni ayudar a mejorar, ni hacer formar parte de nuestra historia. Y por eso es tan fácil cerrar el círculo de acusaciones contra la pareja: porque ni es suficiente donde la necesitamos, ni es invitada donde la tenemos. Porque lo que la pareja hace se hace mejor de otras formas.

Ahora, qué formas sean ésas, bueno… pensé que con mil palabras le haría una brechita al tema. Pero apenas le he rascado la pintura.

Tendremos que volver a quedar.

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