lunes, 9 de febrero de 2015

AGAMIA: RELACIONES SEXOSENTIMENTALES PARA INDIGNADXS. Nº17 de la revista YOUKALI

            gracias a Matías Escalera y a lxs editorxs de esta revista, recomendable del primer al último artículo (mejorando lo presente).

            http://www.youkali.net/youkali17-2e-Sanchez.pdf


lunes, 2 de febrero de 2015

Las ebriedades afectivas (i). SOBREDOSIS GÁMICA

por Jesús Gil



             Una de las primeras cosas que ocurre cuando nos enamoramos, es que experimentamos un cambio brusco en nuestra consciencia; el objeto de nuestro amor cobra un significado especial. La persona enamorada suele volcar todas las energías y expectativas en su amadx; muy seguido, en detrimento de las demás relaciones. Se sabe de sobra que el enamorado es capaz de todo por esa pasión desbordante que le inspira su amada. Helena, Julieta, Eloisa, Eurícide, Beatriz, Isolda: los sentimientos amorosos se elevan a lo más alto, lo mismo que caen en los más profundos y oscuros abismos. Es esta suerte de “consciencia alterada”, en la que centraremos ahora nuestra atención.


En esta obcecada carrera amorosa, la persona enamorada construye los cimientos definitivos de lo que, tentativamente, culminará con el sacramento gámico último del matrimonio. Los vaivenes emocionales que ocasiona esta carrera, emanan precisamente de la ansiedad que produce a la persona enamorada la posibilidad de no ver realizada la empresa gámica. Las circunstancias adversas obligan a lxs enamoradxs a tomar decisiones radicales, con tal de garantizar la culminación de sus anhelos gámicos; y ciertamente, ese estado de enamoramiento, esa especie de borrachera afectiva les faculta en gran medida para tal fin. Los tamiles del sur de la India tienen una palabra para definir ese estado de sufrimiento romántico: mayakkam, que significa embriaguez, mareo, delirio.


Ahora que sabemos que la naturaleza neurobioquímica de este estado está íntimamente ligada a los mecanismos con que accionan ciertos compuestos farmacológicos, podemos sugerir que si el sexo es el sacramento del gamos, el enamoramiento puede ser entendido como el vehículo eucarístico gámico por antonomasia. Bajo esta lente, el enamoramiento es una herramienta de comunión extática, una especie de soma endógeno que anuncia la voluntad para la consumación del gamos, en tanto que la persona enamorada “no tiene ojos para nadie más” y está dispuesta a todo por su ser amadx. Bajo los efectos de esta ebriedad gámica, se moldean los destinos de lxs enamoradxs, al amparo de un modelo que alienta la radicalidad de este pacto que termina por moldear también los destinos del grupo.


La experiencia de estar enamoradx no es más que una especie de embriaguez endógena, alimentada por la filosofía del amor y asumida como rito de comunión gámico. En la consumación de este rito eucarístico se encuentran las raíces de la categorización gámica; ya que, por una parte, solemos enamorarnos de lo que la agamia llama el/la “guapx”; y por otra, sellamos sin muchos reparos ese pacto de exclusividad gámica que tanto se dificulta cumplir cuando los efectos de la droga han cedido. El modelo gámico nos empuja a asumir compromisos definitivos, a través de un mecanismo que es, por naturaleza, pasajero, momentáneo. Ciertamente, “sigue a tu corazón”, no es la respuesta que solemos dar a una persona borracha. Sin embargo, es ese el axioma que dicta el devenir afectivo del individuo tanto como del colectivo.


De modo que, para desmantelar la sobredosificación afectiva impuesta por el modelo gámico, es necesario asumir al enamoramiento como una experiencia que, si bien llega a ser catártica, no deja de ser pasajera. Si las personas enamoradas pueden ser más creativas, sensibles, empáticas, amables, felices, la agamia debe plantearse como una alternativa que considere el potencial que tienen este tipo de experiencias como herramientas de cohesión social; bajo el principio de la “ebriedad sobria”, aquella que faculta para el goce, mientras minimiza el sufrimiento. La construcción de una noción de “ebriedades afectivas”, se hace imperante si se pretende desmontar el entramado gámico, fuertemente sostenido en el ritual eucarístico endógeno mencionado.



Claro que, para estar en condiciones de construir cualquier noción asertiva de ebriedad afectiva, es necesario desmantelar de forma conjunta la noción prohibicionista que asegura que la ebriedad es un artificio potencialmente devastador para el ser humano. Sin la reintroducción cultural de los “vehículos embriagantes”, será imposible construir una noción efectiva en torno a la ebriedad que supone el estado de enamoramiento. Hace falta reconocer en la intoxicación una herramienta culturalmente válida, antes de estar en condiciones de demoler el rascacielos de la ebriedad gámica.








martes, 20 de enero de 2015

¡¡¡indignación!!! (y vi). LA LLAVE QUE ABRE LA PAREJA



Resumiendo: En la agamia los celos quedan sustituidos por la indignación, que es una protesta de contenido no limitado a lo sexosentimental.


El funcionamiento de la indignación, al contrario que el de los celos, impide que estos se conviertan en una fuente crónica de sufrimiento y, por supuesto, que fuercen a la exclusividad sexual.


Nuestras expectativas hacia alguien tienen un fundamento real, de modo que es difícil que sufran una grave decepción (el donjuanismo queda completamente desactivado como fuente de celos, pues la expectativa se concreta cuando se conoce la personalidad del don juan o cuando se comprende que no se va a llegar a conocer, pudiendo entonces adaptarse a esta circunstancia). En el caso de que la decepción llegue, nuestras expectativas en la relación son modificadas, con lo que se modifica la relación misma, lo cual, normalmente, ni siquiera tiene por qué implicar cambios destructivos notables.


A la vez, las expectativas no coartan la libertad, dado que son concebidas desde la conciencia de que la libertad es un bien. Aquellas expectativas que limitan en la/el otrx una libertad de la que puede necesitar o querer hacer un uso más importante que el que nosotros hacemos de la limitación son, obviamente, ilegítimas, y nuestro sentimiento de indignación sólo vendrá a señalar que debemos corregir la expectativa.


Éste cambio es clave a la hora de evitar la formación del gamos. Pero la gran pregunta es cómo se aplica esto a un gamos ya formado o, como se expresa en el entorno de los modelos no monógamos, cómo se “abre” la pareja.


Aunque hay que evitar que el gamos llegue a formarse, es evidente que para algunxs es demasiado tarde, y dichas expectativas ya están asumidas e incorporadas de manera estructural a la vida. Hay quien ya vive en un gamos, y lo que necesita es encontrar el modo de salir de él sin que el sufrimiento resulte insoportable.


En ese caso se debe buscar una salida paulatina sincronizada. La construcción de soportes emocionales que ofrezcan integración social fuera del gamos debe producirse a un ritmo suficientemente coordinado como para que lo que cada uno pierda de su gamos, es decir, del sentido que le otorga la entrega del otro, sea remplazado por el sentido que le otorgan otros vínculos. A medida que el sexo se incorpore a esta sustitución, la libertad para disociar el ritmo de liberación del gamos será mayor.


Abrir la cerradura del gamos requiere de un movimiento compaginado. Ambxs miembros del gamos deberán girar la llave a la vez, porque ambos parten de una muy particular circunstancia que los implica en lo mismo. Ésa es la única manera de escapar. Cualquier movimiento de iniciativa individual entregará al otro, mientras yo escapo, a los perros de los celos. Aunque seamos nosotrxs los que salgamos mejor parados, los perros serán más grandes y rápidos si los hemos dejado tan bien alimentados. Y nuestra futura libertad dependerá, en gran medida, de que no nos sangren las heridas.


jueves, 8 de enero de 2015

¡¡¡indignación!!! (v). EL DISPARATE DE LA EXCLUSIVIDAD SEXUAL


Si hubiéramos estado hablando de relaciones de amistad, es decir, no gámicas dentro del paradigma ágamo, apenas habríamos obtenido hasta aquí más que una vulgar descripción de su dinámica. Nada a partir de lo que mejorarlas, salvo, tal vez, algo de claridad.

Sin embargo, desde el momento en que trasladamos el uso de la indignación al gamos, aparecemos en Saturno sin viaje interplanetario previo.

Dije más arriba que uno de los mayores obstáculos para juzgar racionalmente nuestras expectativas es nuestra necesidad inducida de conservar el gamos. Como queremos que, ante todo, no se pierda, aceptamos aquello que el sentido común nos dice que ya no debe ser aceptado, convirtiendo la protesta inútil en una indignación extrema sin salida.

Pero el gamos mismo es un obstáculo aún mayor, en tanto que constituye una expectativa que sería tibio llamar no razonable, porque en realidad es absolutamente descabellada. Lo que esperamos a partir del momento en que establecemos el gamos, es decir, a partir del momento en el que empezamos a ver en la/el otrx un proyecto de pareja, escapa a toda sensatez. No hace falta ir a buscar estos excesos en el supuesto amor romántico. Cualquier descripción del amor, por igualitaria que pretenda ser, nos llenará la cabeza de expectativas a priori, estandarizadas e independientes de las circunstancias de nuestra relación y de la persona con la que nos relacionamos.
El gamos, ese contrato tipo, a través de la filosofía del amor que le da contenido, aparta de nuestra vista a la persona con la que nos relacionábamos, y pone delante un corsé de cuerpo entero en el que ella tiene que encajar. El gamos ciega la relación, convirtiéndonos en potenciales indignados ilegítimos; en bombas de relojería celopáticas.

A la hora de modificar nuestras expectativas, el gamos tampoco nos dejará opción alguna. Un paso atrás es el fin. No hay parejas que sean “un poco menos pareja”, o que involucionen, o que “se abran”. Todo eso se llama “pareja fracasada” y es la antesala de la separación. Así lo manda el gamos: O estás con él, en su galope desbocado, o quedas fuera, el tren pasa, y tú lo miras ya desde tierra. Tú ya estas solx de nuevo. Completamente. Vuelta al punto cero.

Y su expectativa por excelencia es, como todos sabemos, esa extravagancia llamada “exclusividad sexual”. El resto de las expectativas tendrán su fundamento en ella, es decir, que tendrán sentido en la medida en que exista exclusividad (el gamos sin exclusividad no es tal, mientras que, habiendo exclusividad, aunque sea un mal gamos, podrá contarse con que éste existe). La no exclusividad sexual puede aparecer como una fase previa que aproxima a la exclusividad sin vuelta atrás, rodeándola, cercándola, conquistando cada centímetro de apertura hasta que la jaula se cierra. En los modelos no monógamos, el amor exigirá, al menos, partir de las formas de la exclusividad para construir la libertad. Y lo hará así porque sabe que este camino es imposible. A la expectativa a priori de la exclusividad se añadirá un laberinto de reglas, pactos y acuerdos que buscarán sustituir lo insustituible: el carácter sexual de la esencia del gamos. En la medida en que el sexo escape sustancialmente del gamos (es decir, en la medida en que el sexo con mayúsculas se realice fuera) el gamos se va con él. El pacto “atrapagamos” es una hechicería vacía; una superchería que la pareja sin gamos finge para impedir que se desate la fuerza destructora de la melancolía del gamos.
Las expectativas razonables y, por supuesto, las legítimas, quedan fuera de las exigencias de la filosofía del amor. Apenas es concebible una relación en la que la exclusividad sexual pueda, no ya darse, sino beneficiar de modo alguno a las personas implicadas. El resto de las exigencias del gamos, ya sean emocionales o convivenciales, y que acompañan y siguen a la exclusividad sexual, son igualmente estériles. La posibilidad transitoria de ser logradas no legitima su expectativa. La indignación ante su incumplimiento es ilegítima porque, incluso aunque haya un compromiso expreso, dicho compromiso resulta irrealizable.
 
             Lo que se puede esperar en las formas máximas del desarrollo de las relaciones no es cuantitativamente superior o inferior al gamos, sino siempre otro. Lo que el gamos ofrece cuando sus expectativas hacen por ser cumplidas es la frustración en el cumplimiento, porque dichas expectativas no son el fin del gamos, sino el medio por el que alcanza la familia reproductiva, que sí es obtenida.

martes, 30 de diciembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (iv). COMPROMISOS Y EXPECTATIVAS


La construcción de nuestra vida social requiere de la conformación de vínculos estables. Este anatema, que más parece un precepto heteronormativo que una ley universal de la socialización, es, en realidad, una obviedad. Dejemos para otro momento las disquisiciones sobre el concepto de libertad positiva y negativa. Recordemos aquí, simplemente, que para la realización de cualquier acción compartida necesito saber que la/el otrx va a realizarla conmigo. Si voy a cenar con alguien, necesito saber que esa persona acudirá a la cita, y que no la interrumpirá, e incluso que ofrecerá cierta disposición de ánimo adecuada a un encuentro. Hay cosas que requerirán de una estabilidad muy segura (conducir con cuidado), y otras de una muy prolongada (escribir un libro), y las hay que, como el ejemplo de la cena, serán menos exigentes.
 
Mis posibilidades en sociedad, y las posibilidades de la sociedad misma, crecen en la medida en que establezco vínculos adecuados, que aumentan mi libertad, y decrecen en la medida en que esos vínculos son inadecuados o, simplemente, no existen. Dicho de otro modo: mi libertad aumenta en la medida en que puedo contar con lxs otrxs.

Existe una corriente poliamorosa y anarcorrelacional que considera la absoluta no generación de expectativas como la forma adecuada de acabar con los celos: la/el otrx hace y hará siempre lo que desee, y nuestra responsabilidad es no esperar nada en concreto, de modo que evitemos después la frustración y el sentimiento de injusticia que produce la decepción de una ilusión relevante. Se llega a hablar de compromisos elementales, de sentido común, de civismo (fregar los cacharros, no robar…), pero nada más, sobre todo en lo que se refiere a la vida íntima.

La intuición que conduce a esa reflexión es que cualquier compromiso es una amenaza para la libertad; y es correcta. Pero vemos ya que la norma en la que toma cuerpo es contradictoria. Este poliamor hablaría de una completa falta de libertad íntima (una absoluta incapacidad para hacer nada con nadie, salvo por pura coincidencia), por ejemplo, dado que, en ese ámbito, nunca podríamos contar con lxs otrxs para nada. Volvería al temido punto de partida de la monogamia heteronormativa: la jaula sexosentimental.

Mi libertad aumenta, decía, en la medida en que puedo contar con lxs otrxs. Pero, ¿en qué puedo contar con lxs otrxs?

Una expectativa legítima es la que se forma en base a lo que razonablemente podemos esperar del/a otrx, ya sea porque nos lo determina así nuestro sentido de la justicia o porque la relación entre ambxs produce un acuerdo implícito.

No necesito un acuerdo implícito ni explícito para esperar del/a otrx que no me agreda. Mi sentido de la justicia me dice que no puede hacerlo. Si lo hace protestaré pidiendo, precisamente, justicia, y si mi protesta es inútil, si se repite la agresión, o ésta era originalmente abusiva, mi protesta se transformará en indignación y necesitaré tomar medidas que desempoderen a la/el otrx. Mal que bien, la ley suele recoger estas medidas. O al menos así debería hacerlo.

Para que se produzca un acuerdo implícito necesito, sin embargo, remitirme a la relación. Habrá acuerdos implícitos allí donde se entienda así a partir de una observación realista que juzgue también de manera realista. Lo que la relación, en su práctica, no me dice, no puedo sobrentenderlo. Si valoré la existencia de un acuerdo sin que pueda deducirse de la relación, si generé una expectativa a partir de ese acuerdo, si este acuerdo no se cumplió y yo me indigno, entonces mi indignación es ilegítima, porque la expectativa también lo era, ya que no era razonable.

Veámoslo volviendo al ejemplo de la cena.

Las personas 1 y 2 han quedado para cenar juntas, y una persona 3 lo hace en otra mesa. Ésta última tiene una relación mínima con ellas, que puede remitirse a una idea general de respeto social. Ya se sabe: No montarla, no eructar, pagar su propia cuenta… Aunque cabe que la escasísima relación propiciada por la cena produzca pactos implícitos (si 3 deja libre su lado del perchero, 1 y 2 podrán ocuparlo sin esperar que, de pronto, 3 decida usarlo para colgar, por ejemplo, la camisa, a pesar de que, en justicia, ese lado del perchero le corresponde a 3).

Entre 1 y 2 el pacto es más amplio, pero no por ello complejo o difícil de manejar. Ambxs dan por hecho que la cena se desarrollará hasta su final, y que se le concederán las diversas atenciones que correspondan al motivo de la cena, ya se trate de una celebración, de una muestra de agradecimiento, o de una cita para que 1 se desahogue con 2 contándole un problema. Si ambxs han dado pie a generar una expectativa razonable sobre el buen discurrir de la cena (es decir, si ambos saben que la/el otrx no es un/a aguafiestas en quien no se puede confiar el éxito de una noche), el incumplimiento del pacto implícito por parte de cualquiera de lxs dos generará, en la/el otrx, protesta o, incluso, indignación. Si dicha protesta no es atendida y satisfecha, será responsabilidad de/la indignadx modificar las expectativas de la relación y, con ello, la relación misma (en algo afectará, seguramente, a sus siguientes cenas, si es que éstas tienen lugar).

Para que este mecanismo tan sencillo pueda actuar con la fluidez que sería deseable, debe presentar una diferencia radical con respecto a la relación gámica: lo llamaré “desinterés”, como en los juicios kantianos, a riesgo de que se confunda con algo así como “despreocupación”. A diferencia de las relaciones gámicas, contaminadas del deseo perturbador de conservarlas y hacerlas crecer a cualquier precio, las relaciones ágamas deben ser libres para evolucionar según las expectativas razonables que en ellas se vayan estableciendo. Tanto su crecimiento como su retracción deben ser consecuencia, no del deseo, sino de lo más oportuno en cada caso. Ésa será la manera de optimizarlas.