lunes, 27 de mayo de 2019

El problema no es el sexismo. Son los dragones.


Hace unos días, y tras habernos salvado por los pelos de un gobierno del Estado en España sostenido por un partido de extrema derecha, escribí en Facebook que tratar una serie de mierda como si fuera alta cultura también alimenta el fascismo, y la cosa no sentó bien. Se me tachó, por supuesto, de elitista.

Siempre me ha parecido que perder el sentido crítico hacia la cultura es algo que la izquierda, es decir, la sociedad, no se puede permitir si aspira al poder político. Una generación sin referentes culturales es una generación sin herramientas para el pensamiento estructurado y profundo, es decir, una generación manipulable que será manipulada. Y me ha parecido desde hace tiempo que el neoliberalismo ha logrado implantar un poderoso relativismo cultural que ha eclipsado la antigua distinción entre cultura popular sin pretensiones y alta cultura elitista y pedante. Pero con la excusa de la reivindicación de la dignidad popular y la crítica a la pedantería elitista hemos perdido la distinción cultural entre lo bueno y lo malo, regalándole la última palabra al mercado. Para que la cultura no nos ofenda con su clasismo le hemos dado la espalda. Hemos hecho, por lo tanto, el peor de los negocios. ¿En qué consiste desarrollar nuestra cultura? Ya no lo sabemos.

Hoy, que es un día aciago para Madrid, me parece también uno adecuado para reflexionar sobre cómo esta ausencia de criterio cultural mina nuestro desarrollo como sociedad y nuestra cultura política. Creo que Juego de Tronos es el ejemplo perfecto de un producto mediocre que adquiere la categoría de referente cultural incontrovertible gracias a la deslegitimación padecida por todos los criterios de calidad desde hace décadas. Sabemos que algún líder de izquierdas ha hecho repetidamente el ridículo recomendándolo a troche y moche como si de una clase magistral de política se tratara y validando con ello la posición de la serie en el canon audiovisual contemporáneo. Felipe González fue (y es) un personaje siniestro que hizo (y sigue haciendo) muchas cosas mal, pero no nos lo imaginamos recomendando Falcon Crest por las televisiones porque fuera una serie donde podía aprenderse de política. Lo que cogerá desprevenidxs a muchxs es saber que de Juego de Tronos no puede extraerse más reflexión política que de Falcon Crest. Se ha insistido en que la política es el contenido de peso de Juego de Tronos, y que su éxito en el fondo se debe a su fuerte carga política. Mi opinión es que el éxito de Juego de Tronos se debe a causas muy distintas, y que creer que estamos viendo una serie de contenido político o de calidad artística despolitiza a la sociedad y alimenta, por consiguiente, el fascismo. El caso de Juego de Tronos tiene una particularidad, y es que incide de manera especialmente dramática sobre el feminismo y, por lo tanto, sobre la despolitización del feminismo.

Intentaré persuadir de ello.

Durante la celebración de la muerte del Señor de la Noche, Sir Sandor Clegane, “El Perro”, se muestra, como siempre, taciturno y esquivo. Ni siquiera la victoria de las victorias logra arrancar una sonrisa a este personaje atormentado para siempre por una infancia torturante al lado de su hermano psicópata.

Una prostituta se le insinúa, entonces, pero él la rechaza con desprecio. Si algo sabe Sir Sandor es que el afecto leal y verdadero no es fácil de obtener, y el que puede ofrecer una puta es más falso y efímero que ningún otro. “Podría haberte hecho feliz”, le anima con cariño Sansa, su Reina en el Norte.

Es uno de los momentos de dramatismo más amargo de la serie, porque comprendemos en él que este personaje a veces despreciable, a veces noble, que oculta su herida sensibilidad tras una correosa coraza de escepticismo, no encontrará jamás la paz.
Y sin embargo no es la alegría, sino la sorpresa, lo que más se echa de menos en la secuencia. A pesar de la devastación llevada a cabo por el Señor de la Noche y su dragón poseído; a pesar de esas escenas en las que veíamos a los últimos héroes y heroínas representar el advenimiento definitivo del holocausto zombi al defenderse ya solxs contra enjambres de muertxs; a pesar de que solo un giro in extremis evitó que la historia diera ese último pequeñísimo paso que la separaba ya de la representación del exterminio de la humanidad, hay algo con lo que el Señor de la Noche parece que estuvo aún inesperadamente lejos de acabar: las putas.

Hagamos un pequeño esfuerzo de empatía: hace pocas horas ibas a ser asesinada por un ejército de cadáveres. Con tu muerte terminaría, además, el mundo tal y como lo conoces. Pero os habéis salvado, el mundo y tú. Es un milagro. Es lo más grande y feliz que te ha sucedido jamás. ¿Tu celebración? Volver inmediatamente al servicio de chupar pollas y de ser despreciada por ello. No eres una persona ni un personaje, sino parte del entorno natural que completa a quienes sí lo son. Eres una prostituta. Eres una mujer.

Juego de Tronos ha sido así desde el primer minuto, y se ha conservado así hasta el último. Se ha dicho que el sexismo de la serie era más que evidente: era impúdico. Y, sin embargo, ha triunfado en todas partes, entre todas las sensibilidades ideológicas, incluido el feminismo.

¿Cómo ha obtenido este salvoconducto? ¿Con qué nos ha callado la boca Juego de Tronos? ¿Qué nos ha dado a cambio de que nos hayamos pasado ocho temporadas mirando para otro lado? ¿Qué ha logrado que nos sentemos todxs, amigxs y enemigxs, a la misma mesa? ¿Habrá sido su extraordinaria calidad como obra de arte? No. ¿Entonces?

El placer.
Y fue así desde la primera secuencia. Juego de Tronos no ocultó jamás sus cartas, así que no tenemos excusa. Lo primero que se nos mostró fue la combinación que, de momento, permanece infalible como generadora de expectativas favorables y fidelidades audiovisuales capaces de sobreponerse a cualquier presentación tediosa: fantasía y terror. Unas cuantas espadas mugrientas que evoquen un mundo donde la magia gana verosimilitud sumadas a un crimen de violencia insoportable. Si se empieza con eso la gran mayoría de la audiencia aguantará, se cuente después lo que se cuente, hasta el próximo capítulo; hasta el próximo crimen o hasta el próximo hechizo. Mientras tanto se presentarán o insinuarán mitos que generen en lxs espectadorxs el anhelo de algo más dulce, más fácil, más infantil, más seguro. Y un día, a quienes hayan aguantado se les premiará con la aparición justificada de tres dragones. Adiós espectadorxs críticos. Hola, audiencia fidelizada.

Otra secuencia. En su antepenúltima aparición tras muchos capítulos ausente, Bronn, ese superviviente vividor y alegre con el que nos identificamos todxs, es interrumpido por un emisario de la Reina que reclama su presencia para encargarle el asesinato de dos de sus, de él, amigos. Lo que le interrumpe es, por supuesto, una orgía con prostitutas, pues esa es su actividad por defecto.

Sabemos que la ética de Bronn es la falta de ética, y que su nobleza y previsibilidad propias están depositadas ahí. Bronn, como Juego de Tronos, no es un traidor, sino todo lo contrario: es un personaje leal a una moral que no oculta y en función de la cual todo el mundo puede tratar con él con la mayor campechanía y cordialidad. Su único principio es hacer aquello que es mejor para él. Mientras seas buenx para Bronn él lo será para ti, porque carece por completo de mala voluntad. Jamás te procurará un daño por el gusto de procurártelo, por una herida interna, por una amargura, por un rencor. Solo lo mueve el interés personal más transparente y saludable. Por eso, cuando la Reina le encarga la muerte de sus dos, de él, amigos, a un precio que no puede rechazar, él se apresta inmediatamente.

Su siguiente aparición es esa tan graciosa en la que los dos amigos improvisan una mejor oferta mientras Bronn les apunta con una ballesta. Lo divertido de la escena es esa nobleza, esa coherencia, esa obligación de seguir un juego cuyas reglas sabíamos pero que no hemos previsto con la claridad con la que es capaz de hacerlo quien vive inmerso en ellas. Los amigos se salvan, porque uno de ellos es muy listo y tiene mucho que ofrecer, y todo acaba en un susto que no sirve ni por asomo para cuestionar la nobleza de Bronn ni la sinceridad de su amistad.

Todo esto lo cuento porque cuando todo es ya feliz y el Reino ha renacido de la mano del sabia y democráticamente designado Bran el Tullido, Bronn está sentado a la mesa de gobierno, nombrado uno de los tres consejeros del Rey; el de la moneda, concretamente. Bronn ha sido considerado, parece ser, una edificante influencia para la política de Poniente. Y lo que más nos divierte de esta escena es que, de todas las cosas que en Desembarco necesitan ser atendidas tras la furia de Daenerys, Bronn considera, como si se tratara de un guionista de Juego de Tronos que se enfrenta a una nueva temporada, que lo más importante son los burdeles. Así comienza, por lo tanto, la nueva era: reconstruyendo su civilización desde sus pilares más básicos. Nada que no hayamos visto a lo largo de cada minuto de la serie. Solo que esta vez el descaro es tan extremo que nos invita a pensar en una audiencia definitivamente abotargada.

La furia de Daenerys.
No conozco a nadie que no haya escrito sobre esta secuencia. Y no recuerdo a nadie que no haya elegido entre reprochar a la serie el haber traicionado el espíritu altruista de su personaje político central o alinearse con Daenerys como representación de la ira incontenible y justa de las mujeres. En ambos casos la secuencia es juzgada como incoherente y fallida. Se diría que la gente se ha sentido traicionada, o por lo que ha hecho Daenerys o por lo que se ha hecho de Daenerys. Parece que todo el mundo confiaba en Daenerys.

Estoy muy a favor de esa secuencia y es, sin duda, mi secuencia favorita de toda la serie. Creo que, tras verla, estuve casi una semana sin criticar Juego de Tronos. He pasado, eso sí, mis bochornos leyendo a voces influyentes, como Irantzu Varela, elegir a su nuevo personaje femenino favorito, como si ese personaje fuera una persona, y no el resultado del trabajo de los mismos que crearon a Daenerys y su inolvidable genocidio. Ella se ha quedado con Sansa, por diversas razones, por ejemplo cómo ha convertido las violaciones sufridas en motivación para la sororidad. Sansa es, recuerdo, esa que animaba a El Perro a “ser feliz” violando a una puta pocas horas después de que esa misma puta hubiera estado a punto de ser asesinada por una horda de cadáveres enloquecidos.

La secuencia de la furia de Daenerys me conmueve por su franqueza. Desde el principio resultó evidente que el personaje no era, ni este ni ningún otro, un referente feminista. En Juego de Tronos las mujeres están representando cuota, y reciben atributos y poder al azar allí donde su condición de mujer no incomoda demasiado al desarrollo de la historia o emerge la necesidad de reconciliación con la audiencia femenina: por cada personaje femenino maltratado, violado o humillado, una nueva reina. Juego de Tronos es uno de esos productos culturales que resultan aparentemente vanguardistas en cuanto al papel de las mujeres solo y exclusivamente porque intentan adaptarse al signo de los tiempos. Satisfacer a los hombres y a las mujeres desde sus intereses enfrentados se ha realizado en la serie mediante la fórmula femdom de significar a las mujeres para violarlas con más placer. Los supuestos grandes personajes femeninos emancipados, como Brienne o Arya, son caricaturas de feminidad frustrada que la última temporada ha tratado con crueldad. Las otras, las verdaderamente femeninas, lo pagan siempre. Daenerys es otra caricatura, pero en este caso la de la feminidad triunfante, incombustible, muy mujer y a la vez muy políticamente igual a los hombres. Esa feminidad triunfante es la que ha servido de atrapamoscas para muchas sensibilidades feministas, y en ella han quedado pegadas tanto a las lacras de la feminidad preservada como a los estigmas de la mujer poderosa. Daenerys, es decir, el feminismo triunfante según la mirada de los guionistas de Juego de Tronos, con todo su discurso emancipador y sus grandes gestos políticos, no es más que una loca peligrosa con delirios de grandeza, y su reinado no puede ser otra cosa que un nuevo y desconocido nivel de terror. Frente a ella Jon es el representante de la legitimidad moral, el Rey por defecto, el que todo el mundo querría si hubiera elecciones, porque España, se nos dice, y cualquier sociedad, en realidad, es de centro. Frente a Daenerys, cuya conducta, como en el caso de Cersei, es pura traslación de lo personal a lo político, pura emergencia del carácter y por lo tanto, en el fondo, pura inestabilidad, Jon es pura política de la carencia de lo personal y, por lo tanto, pura estabilidad. Nada malo cabe esperar de Jon, porque Jon, más que Jon Nieve, es Jon Nadie. Jon está ahí como la sal de la tierra, como los valores profundos y sencillos, siempre reconocibles. Jon no te puede fallar, porque no hay ningún Jon. Jon es el ser humano mismo y su bondad natural. Juego de Tronos es la epopeya individual del más vacío de sus personajes, narrada por Tyrion, su alter ego.

Por eso pensé siempre que la historia elegiría entre dos soluciones igual de mezquinas: o un desplazamiento discreto del peso del poder hacia Jon Nieve, haciendo confluir por fin sobre él la legitimidad y el poder, o un triunfo total de Daenerys que tuviera como resultado un gobierno del bien, infantilizado y políticamente trivial, como expresión misógina de la condición de mujer.

Y por eso el ataque de sinceridad me ha sorprendido tan gratamente. Harto de Darth Vaders o Jaimes Lannister cuyo buen fondo se nos mete con calzador en cuanto su encarnación de la maldad nos resulta interesante o atractiva, he agradecido el paso del bien al mal sin fisuras, sin miedo a reconocer el desprecio hacia lo que el personaje representa. Daenerys a lomos de su dragón y arrasando el mundo es la imagen que para los guionistas tiene la mujer poderosa, que será siempre demasiado poderosa, no por su poder interior, su fuerza de voluntad o su autocuidado, sino poderosa porque acumula mil veces más poder, y puede acabar contigo con el movimiento de un dedo, del mismo modo que los hombres han podido siempre. Es el mal injustificable que, por serlo, da sentido y presencia a la misoginia de la que rebosa la serie. Es el enemigo desatado contra el que, ahora sí, puede despertar la audiencia feminista y, con un poco de suerte, evitar la adopción de otro peluche favorito. Daeerys ha sido siempre una feminazi, pero ahora lo es abiertamente, y es ahora, por ello, cuando se libera nuestra capacidad para reapropiárnosla. Si algo hay que agradecerle a Juego de Tronos es el trauma de ver que Daenerys, nuestra gran esperanza, es, en realidad, una iluminada demente. Pocas generaciones podrán compartir una experiencia común tan universal de las nefastas consecuencias de equivocar el referente.

Pero es posible que eso no sea suficiente, porque quedan los dragones. Eso es lo que realmente necesitamos aprender: no hemos sido capaces de resistirnos a la misoginia cuando esta ha llegado montada sobre dragones. Independientemente de cual sea la razón por la que los dragones nos provocan placer, el problema de los dragones es, precisamente, que nos provocan placer, y no sabemos que disponemos de una capacidad de resistirnos al placer que conlleva la responsabilidad de resistirnos al placer allí donde el placer no sea legítimo. Resistirnos al placer es, además, algo que hacemos en favor de un bien mayor, de modo que el placer al que nos resistimos es, normalmente, aparente, y solo triunfa sobre nuestra voluntad por su proximidad. Dejarnos llevar por él es, en realidad, una reducción de placer.

Pero estamos lejos de distinguir la calidad de un producto cultural del placer que nos provoca. Hemos aprendido activamente a identificar ambas cosas y a guiarnos, como en el amor, por la brújula única del placer inmediato. Pasó el tiempo en el que se hablaba del remordimiento de consumir un mal producto cultural. Hoy el producto es bueno si existe deseo de consumirlo. Lo que en otro tiempo fue el conflicto intelectual entre la crítica pedante favorable hacia un producto cultural y nuestra incomprensión o nuestra crítica a la crítica, hoy se tiene lugar entre nuestro deseo de consumirlo, que conlleva una atribución espontánea de calidad, y la decepción que la obra nos produce. “Tengo que verla otra vez”, nos decimos ante la perplejidad de que no nos haya gustado el nuevo episodio de Star Wars, como si el deseo primero fuera incontrovertible.

Así, el método para sobreponerse a un bloqueo por razones ideológicas es ofrecer un placer fácil y evidente: habrá machismo a raudales, pero habrá dragones, y si eres feminista, pero te gustan los dragones, el dilema en términos morales queda resuelto, porque el placer es en sí mismo moral, se solapa a lo moral y es síntoma de moralidad. El placer que me provoquen los dragones se entiende como el sumatorio de todos mis juicios morales. Mi placer es el indicador de la calidad moral de la historia que se me cuenta. No es algo nuevo. Siempre ha existido el chantaje por placer. Lo verdaderamente nuevo es que nos hemos olvidado de su posibilidad. Si hay dragones es mi revolución.

Y, mientras tanto, mientras nosotrxs dejábamos pasar con la misma generosidad la falta de calidad narrativa y los evidentes conflictos morales a cambio de nuestra dosis de dragones, el enemigo político disfrutaba con el espectáculo de la violencia sexual. Como acertadísimamente dijo Jason Momoa: “Es genial trabajar en una serie como Juego de Tronos, porque puedes violar a mujeres hermosas”.

Quiero mencionar una secuencia más. Se trata, no por casualidad, del desenlace político: la coronación de Bran. Si nada en esa secuencia os llamó la atención en su momento repasadla ahora. Es el gran triunfo del feminismo: al igual que la democracia propuesta por Samwell, la guerra solo ha tenido como resultado un progreso parcial. No habrá urnas por los pueblos, pero tampoco se heredará el trono. No habrá matriarcado Targaryen, pero el Rey no será un paradigma de virilidad, las mujeres están mucho más representadas, con Brienne, Arya y Yara, y habrá una Reina en el Norte. Casi el Consejo de Ministras de Pedro Sánchez. La lucha ha sido dura y se ha perdido a muchos grandes personajes femeninos por el camino, de modo que podemos darnos por satisfechxs.
Pero, ¿es esta configuración la representación de una sensibilidad feminista que se adelanta a su tiempo, o justo lo contrario, aquello con lo que no se puede dejar de comulgar si no se quiere arriesgar el éxito del producto?

Recordad la composición de personajes de nuevo. Volved a mirar. También está Bran, y Davos, y el tío tonto Stark, y Tyrion, por supuesto. Empate. Paridad.
Y luego están el resto. Todos esos actores casi extras que han tenido el honor de representar por un día al señor de alguno de los otros reinos. Actores todos, sí. Todos tíos. ¿Por qué? Sencillísimo: para estar en ese consejo, si eres mujer, tendrás que haber vivido la puñetera serie completa. Eso es lo único que te otorgará los méritos suficientes. Porque aunque lo que se ha contado es una historia donde los personajes emergían en proporciones igualitarias y entendíamos, por tanto, que la historia la hacían tanto mujeres como hombres, cuando de lo que se trata es de representar el contexto se sobreentiende que las mujeres no tienen papel, o que solo lo tienen si son excepcionales. El mensaje, expresado de otro modo, es que estamos, en ese plano, ante todas las mujeres realmente excepcionales de Poniente y son, literalmente, cuatro. Ya se ve que cuando una mujer se lo gana obtiene una silla. Las otras están ocupadas por hombres, porque ninguna mujer se lo ha ganado. O dicho de otro modo más: todo aquello que no está especificado en las cuotas es para los hombres. Paridad en la superficie, patriarcado en todo lo demás.

Algo tan grande y evidente que solo puede ser ocultado por un dragón.


1 comentario:

Ama S. dijo...

Yo no pasé del primer episodio debido a la violencia sexual y, por lo que parece, la utilización de desnudos femeninos gratuitos tiene mucho que ver con su éxito.
Una puntualización. "Satisfacer a los hombres y a las mujeres desde sus intereses enfrentados se ha realizado en la serie mediante la fórmula femdom de significar a las mujeres para violarlas con más placer." Quizá esa sea la intención, pero tal como está redactado suena a que femdom sea sinónimo de eso que comentas, y no, eso no es femdom. No niego que exista en el porno femdom hecho por y para hombres la figura de la mujer en apariencia poderosa que al final se rinde como una sumisa, pero femdom es algo radicalmente opuesto (que no feminazi). Como no se aclara en el texto, femdom significa female domination, o sea, dominación femenina, que consiste, en su versión real y no pornográfica, por resumir mucho, en la predominancia de los deseos femeninos como algo placentero para ambos, en una asimetría consensuada y feliz, en la que cada cual asume un lugar (dominadora-sometido) y se siente realizado con ello.