lunes, 30 de julio de 2018

queridxs bedesemerxs


Voy a hablar de BDSM, pero vaya por delante que soy de esas personas que no lo conocen.

Quiero decir con esto que no pertenezco a la comunidad BDSM, ni pública ni privadamente, no he recibido cursos de cuerdas, mis conductas sexuales no incluyen juegos de escenificación y no cultivo la experimentación con el intercambio de poder.

No hago, por lo tanto, prácticamente nada de lo que me parece éticamente cuestionable en el BDSM, y esto es así porque creo que no debo hacer aquellas cosas que considero éticamente cuestionables y encuentro, para mi caso particular, fácilmente accesible el no hacer las que se enmarcan en el BDSM.

Esta es la razón por la que todas mis conversaciones con bedesemerxs son respondidas con un “hablas sin saber”. Es la misma autoridad de la que adolezco para hablar sobre asesinato, caza, o sacerdocio, (sin querer decir con ello que el BDSM sea tan reprobable como el sacerdocio) y tengo por costumbre no permitir que me intimide, a pesar del riesgo a ser llamado prepotente o ignorante.

Sin embargo, hay otras muchas cosas sobre BDSM que sí sé. Las fuentes de este conocimiento son variadas. Está el omnipresente bedesemesplaining, siempre dispuesto a explicarnos que el BDSM rechaza el machismo, que es una autoexploración controlada, que hay femdoms, que la gente es switch, y que existe la palabra de seguridad. Qué es el consentimiento no es que lo haya aprendido gracias al BDSM, pero gracias a él no lo olvidaré jamás, porque no hay conversación sobre el tema en el que no se me deslumbre con tan novedosa propuesta.

Luego están mis ojos, mi curiosidad, y mi investigación, que hacen accesible a mi entendimiento todo aquello que queda fuera o sale de las secretos y reveladoras dioramas en los que el BDSM se lleva a cabo, y que me ofrece información sobrada, a mi humilde juicio, para contextualizar este mundillo en su mundo, es decir, para relacionar el BDSM con el patriarcado, y esto no de manera necesariamente superficial ni precipitada, sino de la otra.

Debo decir que estas fuentes de conocimiento no siempre resultan del todo inteligibes para las personas bedesemeras, y que con frecuencia no entienden cómo puedo yo reflexionar basándome en otra cosa que no sea la propia experiencia de agredir a mujeres que han dado su consentimiento para ello.

Y por último está, lógicamente, mi propia condición de sujeto deseante, que me permite empatizar sin ninguna dificultad con cualquier ambición de poder, cualquier objetualización de una persona convertida en producto erótico, y cualquier violencia hacia quienes ofrezcan resistencia a mis objetivos, deseos o satisfacción de necesidades. Debo lamentar que esta última fuente de conocimiento, en mi opinión la más inmediata y útil porque es común a todo el mundo, parece la más misteriosa de las tres, y que no solo suele asombrar a lxs paladines del BDSM sino también a sus infieles.

Es, por lo tanto, desde este frágil e insólito bagaje desde el que me dirijo a la querida comunidad bedesemera.
Mi intención no es deciros que el BDSM no es feminista. Tampoco deciros que es patriarcal. Ni siquiera deciros que es parte destacada de la vanguardia del patriarcado, y que desde él se normaliza el maltrato que pretendemos erradicar en su espacio tradicional. Eso ya sabéis que lo pensamos, y no sé si lo habréis escuchado tantas veces como yo he escuchado el pestiño de la palabra de seguridad, pero seguro que a muchxs os reusulta más que familiar.

Mi intención con este texto es deciros que tenéis razón en algunas cosas, pero que no la tenéis en el conjunto, y por lo tanto disponéis de dos opciones: o separáis esas cosas en las que tenéis razón y las oponéis a aquellas en las que no la tenéis, desarrollando una actividad de naturaleza diferente y opuesta al BDSM, un antiBDSM verdaderamente feminista en el que se recojan resignifiquen algunas de las cosas que hoy están confundidas en la cultura patriarcal bedesemera, o mantenéis el frente común con maltratadores y proxenetas de las cuerdas mientras preparáis los flotadores por si el tsunami feminista y metooero decide asomarse a vuestra casita de papel. Quizás no está tan lejos, pensadlo, el día en el que una mujer decida hacer público, no un abuso en el despacho de una productora cinematográfica, sino en uno de esos decorados con pinta de dormitorio de adolescente sin dignidad estética a los que llamáis “mazmorras”. Pensad en cómo puede transformarse este entorno si lxs periodistas descubren el filón de mujeres manipuladas y maltratadas del que esta práctica se alimenta. Es posible que ese día empecéis a lamentar de verdad, y no como hasta ahora, el empujón de 50 sombras.

Es cierto que a veces confundimos placer con dolor, y que, dado que nuestra cultura sexual es tan agresiva que necesitamos aislar nuestros cuerpos para que no sean sistemáticamente violentados, estos no reciben la intensidad de contacto que les resultaría más grata. Y es cierto que conocer los límites da poder, y sobrepasar controladamente los límites los amplía y da más poder aún, o al menos hace sentir que se tiene.

Pero no es cierto que la simbología de la dominación aumente el placer. La simbología de la dominación aumenta siempre el placer de quien domina: el de aquél sujeto cuyo cuerpo queda fuera de la interacción. La simbología de la dominación es la prueba de que los placeres mencionados son la excusa sobrevenida para dominar. Es la legitimación del asqueroso “sé que te gusta”. No le gusta. Le gusta, en el mejor de los casos, que te guste. De lo que le gusta ya se ha olvidado, porque tú has sobrepuesto tu placer al suyo.

Y es verdad, justo es reconocerlo, que “explorar las relaciones de poder” tiene interés. Pero no olvidemos que se trata, en su mayor parte, de un interés terapéutico. Exploramos las relaciones de poder porque necesitamos desembarazarnos de la dominación sufrida en el pasado o en el presente, y a veces un método de exploración interesante puede ser escenificar las relaciones de poder según una práctica sexual controlada. A veces. No es ni la Vía Magna ni el paso obligado. Y debe conllevar una evolución, un desarrollo, un recorrido con puerta de salida. Tenéis convertido sin embargo el BDSM en una identidad. Algo que se hace porque unx (unO) es así, y ahí le gusta estar, y ahí piensa quedarse. Y eso es porque poco tiene que ver la exploración de las relaciones de poder con el objetivo de aprender a establecer relaciones sin dominación, y mucho, todo, con el de establecer relaciones de poder y sentir cómo nos disparan la libido. Es decir, con ser una práctica, una cultura, un mundo, plenamente patriarcal.

Y es cierto, lo apuntaba más arriba y ahora lo destaco, que la dominación nos produce placer, y que estamos educadxs en ese placer, y que a veces se nos hace cuesta arriba pensar que no podremos volver a dominar, y que la última vez, que solo un poco más, que solo flojito. Pero eso se califica por sí solo. Sabemos que lo deseamos porque está mal, y lo acertado es clavarle bien claro esa etiqueta. Y luego, desde ella, ir elaborando vías eficaces de transformación y abandono. Eficaces, recordad: eficaces.

Lo que el BDSM es a día de hoy no tiene discusión. Y las primeras personas interesadas en que deje de serlo sois vosotrxs. Pero mirad a vuestro alrededor. Estáis rodeadxs de gente que no lo cambiará jamás, porque quiere exactamente eso que está pasando, e incluso quiere que sea mucho peor. La salida es que los dejéis con ello y que lideréis otra cosa. Y que señaléis la diferencia con una claridad inequívoca. Y que seáis vosotrxs mismxs quienes llaméis al tsunami denunciando lo que ya sabéis que pasa y ahora os sentís obligadxs a justificar. Y que el tsunami los devore, como ellos quisieron devoraros.



No hay comentarios: