lunes, 31 de julio de 2017

¡hablamos de ligar!


Hoy en el recreo les pregunté a mis compañeros si ligaban.

Estaba preocupado, porque no ligo, y quiero ligar, pero no sé cómo hacerlo y no sabía si a ellos les pasaba lo mismo, así que les pregunté.

-¡Mira éste con lo que sale! ¡Pues claro que ligo! Todo el mundo lo sabe – contestó Damián. Y es verdad, porque es bárbaro ligando. Liga siempre con las chicas más guapas, y todos lo sabemos.
-¿Y los demás? –dije yo.
-¿Qué pasa con los demás? –contestó Benito. No entendí esa pregunta, porque acababa de hacer yo la mía, pero se la repetí igualmente.
-Pues claro que ligamos. ¡Yo ligo todo lo que quiero! –dijo Benito.
-¿Tú? –preguntó David-. ¡Pero si tú no has ligado en la vida!

Entonces Benito le dio un puñetazo y a David le salió sangre de la nariz. Son tremendos los puñetazos de Benito. Todo el mundo sabe eso también, porque todos hemos recibido alguno alguna vez. Lo de que Damián liga no lo sabemos porque haya ligado con nosotros, claro, aunque también lo sabemos. Diría que lo sabemos tan bien como lo de los puñetazos de Benito.
-Yo también ligo –dijo Amadeo-. Los altos siempre ligamos. En todas partes donde estés notas que las chicas te están mirando.

Yo no sabía que Amadeo ligaba, pero es verdad que es el más alto de todos, aunque tiene las piernas un poco arqueadas, y siempre parece que estuviera agarrándose al suelo con los dedos de los pies para no desequilibrarse.

-Yo podría ligar si quisiera, porque sé mucho. –dijo Adolfo-. Y es verdad, porque tiene los mejores resultados y siempre es el mejor en todo-. Pero sería abusar. Además, tendría que perder tiempo y mis resultados empeorarían.
-¿Y tú? –le pregunté a Vicente, porque Vicente es manco, y pensé que quizás eso no les gustara a las chicas.
-¿¡Por qué me lo preguntas?! ¡¿Sólo porque soy manco no voy a poder ligar?! ¡¡Yo ligo como todo el mundo!!

Por último pregunté a David, que tenía aún un poco de sangre en la nariz, pero me dijo que si quería un puñetazo y entendí que él también liga.

Como me quedé un poco preocupado fui a buscar a Manuela para preguntarle si las chicas también ligaban. Manuela es genial, porque es mi mejor amiga chica, y puedo hablar con ella de cualquier cosa.

-Claro. Para una chica es muy fácil ligar –me dijo-. Pero no todas quieren. Por ejemplo, Delia dice que prefiere no ligar, porque los chicos son imbéciles y está bien sola. Y a Begoña sólo le gusta Damián, así que no le apetece ligar con nadie más. Pero Rosaura, por ejemplo, que le gustan todos, liga todo el rato. Luego llora cuando la dejan, pero no pasa nada porque siempre consigue otro. Berta también liga mucho, porque tiene la suerte de que le gustan los chicos feos y, claro, con los chicos feos es muy fácil ligar. Y luego está Marimar, que no liga, pero dice que es porque no encuentra al chico adecuado, pero que tiene oportunidades. Y será verdad, porque una chica siempre tiene oportunidades.
-¿Y tú? –le pregunté.
-¿Qué? –me dijo. Y me acordé de que Benito tampoco había recordado la pregunta aunque estábamos hablando de ella.
-¿Tú ligas?
-¡Pues claro que ligo! –contestó. –Para una chica es muy fácil ligar-. Y me creo de verdad que Manuela ligue, porque conmigo, por ejemplo, podría ligar cuando quisiera.
-¿Y por qué crees que no ligo yo?
-Pues porque habrás tenido mala suerte. Tú no te preocupes, ya verás como empiezas a ligar pronto. Todo el mundo liga. No hay ninguna razón para que no ligues tú. Seguro que en realidad sí que ligas, pero ni siquiera te estás dando cuenta.

Entonces sonó la sirena y terminó el recreo.
Yo subí mucho más tranquilo a clase, porque ahora ya sé que no es que me pase nada, sino que ha sido una casualidad. Incluso me sentía ilusionado, porque lo más seguro es que ligue enseguida, y tengo tantas ganas de hacerlo que creo que voy a pasármelo muy bien y a disfrutar mucho en los próximos tiempos.

Tan ilusionado estaba que las siguientes clases me salieron muy bien y los alumnos estuvieron atentos y en silencio, no como normalmente, que parece que tuvieran no sé qué intranquilidad, o insatisfacción, o falta de algo que no supieran qué es, pero que les impide centrarse.


lunes, 24 de julio de 2017

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad II. DESOBEDECIENDO AL VSS


Convoca a tu grupo de amigxs en la Plaza de España. No les digas para qué. Diles que es para una cosa.

Como sabes, tu grupo de amigxs está latentemente jerarquizado por una escala de valor sociosexual, que determina quién puede ser pareja de quién y, por extensión, quién tiene poder sobre quién.

Como si fuera un carnaval herético, vamos a saltarnos la estricta norma social del vss.

¿Recuerdas la última vez que paseaste cogidx de la mano o del brazo con una pareja?

Hazlo con detalle. Evoca la posición, la actitud, los gestos. Cuando lleguen todxs tus amigxs, diles que evoquen también este recuerdo tan pormenorizadamente como puedan.

Bien, ya estáis listx para el ejercicio.

Distribuíos por grupos de dos. El ejercicio consistirá en recorrer la Gran Vía reproduciendo el recuerdo evocado de pasear en pareja. Simplemente eso.

No vayáis todas las parejas juntas. Cuando una salga que la siguiente espere hasta que prácticamente la haya perdido de vista.

Cogeos de la mano, o del brazo, o de la cintura, y subid tranquilamente hasta Callao. Intentad no dejaros llevar por la resistencia. Intentad reproducir fielmente la situación. Sed pareja durante ese trayecto. Sentid vuestra condición de pareja. Sentid, también, la mirada ajena.
¿Ya habéis llegado? Perfecto. Esperad al resto de las parejas. Cuando todxs estéis arriba, cambiad la distribución. Recombinaos. Con vuestra nueva pareja repetid la actividad, esta vez calle abajo, de vuelta a Plaza de España. Intentad no caer en la rutina. Intentad no sólo observar lo que pasa y lo que sentís, sino cómo evolucionan ambas cosas con respecto al paseo anterior.

Una vez que todo el mundo haya llegado abajo hay que repetir la redistribución. Como podrás imaginar, hay que realizar el ejercicio tantas veces como personas estéis haciendo esto, menos una.

Intentad ser conscientes de lo que sucede en cada paseo, pero también de lo que sucede a medida que se van acumulando los paseos. Cada paseo es una historia. El conjunto de paseos también es una historia.
Cuando terminéis no os precipitéis en iros a un local con mucho ruido. Concedeos antes un rato en un sitio donde podáis hablar en grupo, escuchar lo que dice cada persona, y miraros a los ojos después de haber sido todxs pareja de todxs.

Después sí, después ya podéis descontrolar. Ya veréis como pasan cosas.

Si no estás en Madrid no podrás hacer este ejercicio, claro, porque no tendrás cerca la Plaza de España.


lunes, 17 de julio de 2017

sobre lo que ES y NO ES sexo.


Vamos con una idea muy sencilla sobre sexo.

Si la miramos en función del sexo, nuestra vida se puede dividir en “vida sexual” y el resto, a la que podemos llamar “vida no sexual”. La vida sexual se compone de todo eso a lo que llamamos “sexo”, que son conductas sexuales, en situaciones sexuales, con personas con las que tenemos relaciones sexuales. Fuera del sexo queda todo lo demás, y tenemos claro que todo eso otro no es sexo.

Hasta aquí está todo muy claro, y podemos estar perfectamente de acuerdo.

Yo, de todos modos, lo voy a ilustar.
Está claro que ahí, entre medias de esas dos áreas claramente diferenciadas, la barrera debería ser algo más que una línea. Hay, qué duda cabe, un pequeño espacio ambiguo que se compone de ésas conductas que han estado a punto de ser sexuales, o que eran sexuales de intención, o que fueron sexuales sin que nos diéramos cuenta en el momento. Y también hay gente, claro. Está la gente con la que hace poco que tuvimos una relación sexual y no está claro si la repetiremos. Y las personas con las que hemos tenido esa relación y son vistas desde fuera como relaciones sexuales para nosotrxs. Y algunas otras. La barrera no es una línea. Es un área fina.

O no tan fina.

Porque si de lo que hablamos no es de conceptos normativos, sino descriptivos, que sirvan para distinguir entre qué es sexo y qué no lo es, nos vamos a encontrar con un espacio indefinido bastante amplio. Tomemos como ejemplo una tienda de objetos eróticos. El tema de esa tienda es el sexo, qué duda cabe. Si enfrente tenemos una tienda donde se venden, por ejemplo, miel y derivados, sabemos también, con claridad, que ésta última no es una “tienda sexual”.

Pero, ¿qué es una farmacia, donde se vender preservativos, lubricantes, etc…? ¿Y qué es una tienda de ropa, donde gran parte de los artículos tienen como objetivo realzar el valor sociosexual? ¿Y qué es un bar, si en él se liga?

Se dirá “establecimientos sexuales no”. Pues no sexuales tampoco. Así que engrosan el espacio indefinido de lo sexual que no es sólo sexual.

¿Hacemos el mismo ejercicio con las relaciones? ¿Y si extraemos de las no sexuales a aquellas donde una de las dos personas tiene aspiraciones sexuales sobre la otra? ¿Y si incluimos en el espacio indefinido las relaciones que no tienen sexo pero que tienen, como uno de sus vínculos principales, el procurárselo mutuamente (lo que ha sido siempre un “grupo para salir/ligar”)? ¿Y si dejamos de decir algo tan extraño como que las personas cuyo tema de conversación más frecuente es el sexo no tienen una relación sexual?

En cuanto a las actividades en sí mismas… ¿A partir de qué nivel de excitación de alguna de las personas imlplicadas podemos decir que el sexo está presente en aquello que se esté haciendo, sea lo que sea? Si el sexo tiene preliminares que sirven para construir un espacio amigable dentro del cual realizar la actividad sexual, ¿esos preliminares no son sexuales? Y si una orgía es un lugar donde varias personas follan, aunque no folle yo… ¿a qué distancia debe estar la persona excitada más próxima para poder decir que no estoy formando parte de un entorno sexualizado? ¿He dicho entorno sexualizado? Había olvidado mencionar la omnipresencia del lenguaje audiovisual y de su monotema: el sexo. ¿Se puede decir que actividad alguna pertenece al ámbito del no sexo si en la tele están poniendo el vídeo de Despacito? ¿Y si suena la canción?

El amor está en el aire”, decían. Lo que ha estado siempre en el aire es el sexo. El amor es el guardián que lo vigila para confinarlo al espacio del gamos y su sexo coital.

Parece que estábamos equivocadxs con nuestro esquema. Las dos áreas que habíamos representado son, en realidad, minúsculas, comparadas con la que habíamos dibujado como una simple línea. Ésta, sin embargo, crece hasta abarcarlo prácticamente todo.
Así que éste es el estado de cosas: la vida parece difícilmente desexualizable en cualquiera de sus ámbitos. Prácticamente todo es algo sexual pero no del todo sexual. Sin embargo la entendemos justo al revés. Como si el sexo estuviera guardado en un espacio concreto donde, por lo demás, apenas hay otra cosa que sexo. Esto último tampoco es cierto. Lo específicamente sexual no es, ni mucho menos, sólo sexual, y no podría ni entenderse ni realizarse sin la inclusión de esos otros elementos que, fuera del sexo, entendemos como aislados del sexo. Cuando el sexo prevalece depende completamente de todo aquello que no es sexo y lo acompaña: el contexto, el lenguaje, los estímulos no sexuales…

Bueno, y, si es así, ¿qué?

Todo. Si es así, todo.

Porque si las cosas no son sexuales ni no sexuales, sino más o menos sexuales, entonces se acabó lo de tener o no tener relaciones sexuales, porque estaremos teniendo relaciones sexuales siempre. Y se acabó lo de la orientación sexual, porque tenemos relaciones sexuales con todo tipo de personas, animales y cosas. Y se acabó lo del valor sociosexual, porque ni las personas más deseadas pueden dejar de tener relaciones sexuales con nosotrxs, ni nosotrxs podemos evitar tenerlas con las que lo son menos.

En definitiva, que todo consistiría en determinar qué hacemos y qué no hacemos en cada ocasión. Pero esas cosas que hagamos y dejemos de hacer ya no se distinguirán de las otras porque sean sexo, de modo que el que den o no paso al establecimiento de relaciones sexuales dejará de condicionar nuestra decisión.

Habrá quien diga que esto da para mucho desarrollo. Pues sí, muchísimo. Algo tremendo. Pero este texto acaba aquí.


lunes, 10 de julio de 2017

parar la ESCALERA MECÁNICA en las RELACIONES POLIAMOROSAS.


Como todo el mundo sabe, la gestión de los celos es el tema estrella de cualquier taller, charla o conferencia sobre nuevos modelos relacionales (si en vez de “nuevos” hubiera que llamarlos “no normativos” tendríamos que entretenernos demasiado con las matizaciones).

Los celos son la medalla de oro indiscutida entre los caminos de vuelta a la monogamia.

A considerable distancia, pero ocupando un nada desdeñable segundo puesto, aparece el tema de la escalera mecánica relacional: eso de que empiezo no queriendo ser monógamx pero no sé qué pasa, no sé qué pasa… que al final no sólo lo soy, sino que ¡no me saques de ahí!

Es obvio que ambos están íntimamente relacionados y que la explicación para ambas fuentes de conflicto van a parecerse mucho. Pero dejemos por un momento la visión de conjunto y vamos a centrarnos en la escalera, que la tenemos abandonada.

El análisis con el que más frecuentemente nos toparemos nos ofrece dos causas para este ascenso aparentemente irresistible: el hábito y la presión cultural. Estamos tan acostumbradxs a hacer que las relaciones “avancen” que nos llenamos de perplejidad si se paran. Avanzamos poco menos que por horror vacui; porque no sabemos qué otra cosa hacer. A esta tendencia se suma que todo el entorno monógamo nos dice constantemente esa cosa tan chorra y tan desagradable de la luna: que si no crece, es que mengua.

Así es, en dos palabras, la explicación que se nos está dando. La herramienta que se nos invita a utilizar es la consciencia: tenemos que darnos cuenta de que damos esos pasos para no darlos; para no permitir que la monogamia corrompa nuestra propuesta.

Bueno, yo tengo otra explicación. A mí no me parece que el problema esté (sólo) fuera de las no mogamias, sino (sobre todo) dentro.

Se llama AMOR.

Como he afirmado en otras ocasiones, el amor es la ideología del gamos, es decir, el discurso cuya finalidad es la formación de éste. Así, nada de misterioso tiene que no haya forma, por más que se quiera, de evitar la monogamia, mientras se conserve el culto a su libro sagrado.

En demasiadas ocasiones, las no monogamias se defienden de la crítica monógama a la deshumanización sobreidentificándose con el amor, del mismo modo que hemos visto recientemente al PSOE defenderse de su rechazo al CETA sobreidentificándose con la globalización. Para convencer de que el cambio es responsable se acepta la presencia de una instancia supervisora impuesta por el sistema. Una vez aceptada esa presencia, la revolución está abortada.

Veamos por qué:

-El amor invita a la sobrevaloración de la persona amada. Si la persona amada es cada vez más valiosa, lo lógico es que deseemos estrechar cada vez más nuestro vínculo con ella.

-El amor invita a “disfrutar sin complejos de la experiencia amorosa” AKA “descuidar el entorno relacional”. Si estar enamoradx es excusa suficiente para rebajar mi autoexigencia ética, mis vínculos se van a deteriorar, de modo que el vínculo amoroso resaltará cada vez más sobre el resto.

-El amor invita a la impulsividad. Si no estoy enamoradx, prevalece la decisión de no ascender por la escalera mecánica relacional. Si lo estoy prevalece el mandato amoroso del dejarse llevar, del no pensar. El resultado es la repetición del hábito adquirido.
Son tres ejemplos importantes, pero se podrían encontrar muchos más. El objetivo no es hacer la lista definitiva, sino entender que el enemigo está dentro, no fuera, y que no se llama “amor romántico”. Se llama AMOR, y cuanto más nos identificamos con él más inútil son nuestros esfuerzos por construir cualquier otra cosa que lo que él ordena.

Y está por todas partes. No sólo en el nombre de la no monogamia hegemónica, el poliamor, y en la iconografía de todas y cada una de las no monogamias.

Está en la incorporación de otros conceptos como NRE (New Relationship Energy, Energía de Nueva Relación) que vienen a disimular el origen amatonormativo de la exaltación amorosa.

Está en las prácticas identitarias de los colectivos no monógamos, entre los que las manifestaciones de amor, el culto al amor y la carga amorosa del discurso constituyen el eje central de su cohesión. Lo que construye o mantiene unidos a los grupos no monógamos es el amor mismo como referencia.

Pero, si volvemos a las herramientas que se ofrecen desde dentro de esos mismos grupos para evitar el indeseado ascenso encontramos que, reinterpretadas, son perfectamente rescatables. Veámoslo.

La presión cultural está dentro de los propios modelos. Son ellos los que someten a sus integrantes a una tensión insoportable entre una escalera mecánica a la que todo el mundo debe subir y una posición de la que, sin embargo, es obligatorio no moverse. Identificada esta presión dentro, las posibilidades de impermeabilizarse ante ella son mucho mayores. El vehículo para esa presión es la exaltación del amor.

El hábito no está sólo en el desarrollo personal de cada individuo que practica la no monogamia, sino en el de lxs creadorxs de opinión de los entornos no monógamos. No nos enfrentamos sólo al hábito de avanzar en la escalera relacional, sino al de escuchar a quienes también avanzan y nos hablan desde su hábito, y al de producir discursos influyentes a pesar de permanecer atrapadxs en el lenguaje amoroso.


lunes, 3 de julio de 2017

sobre la absurda idea de igualar a mujeres y hombres


Fruto de la inquietud consustancial a nuestra especie, de su incesante deseo de mejorarse, y de especialísimas circunstancias históricas que son hoy  proclives a la creación y difusión de nuevas ideas e investigaciones, nos encontramos ante un momento de extraordinaria fecundidad intelectual.

Disfrutemos como se merece el privilegio de ser partícipes de tan estimulante periodo de la historia.

Pero complacernos en ese gozo es el primer paso para poner nuestra dicha en peligro. Junto con ella debe nacer en nosotras el deseo de ser fieles guardianas de este tesoro, para que sus frutos sean no sólo numerosos, sino también sanos y duraderos.

Es este sentido de la responsabilidad el que me lleva a dirigirme a vosotras para contribuir, no a aumentar el número de las ideas nuevas, sino a reducirlo, separando el polvo de la paja, y lo admirable de lo ridículo.

Mi objetivo aquí es desmontar, de manera completa y definitiva, la más absurda de las invenciones que, aprovechando esta tempestad de vigor creativo, ha conseguido alcanzar ya una atención muy superior a la que merece y a la que, sin duda, habría obtenido en cualquier otra época.

Como muchas ya habréis adivinado, me estoy refiriendo a la absurda afirmación, tan atractiva para algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, de que los hombres son iguales a las mujeres o, fruto de un cambio social, podrían llegar a serlo.

El verme obligada a realizar esta exposición refleja ya que nuestro sentido de la verdad ha debilitado su más importante herramienta, que no es otra que atenerse rigurosamente a lo que dicta la evidencia empírica y toda aquella información incontrovertible a la que accedemos a través de nuestros, cuando son correctamente interpretados, infalibles sentidos.

¿Es necesario recordar hasta qué punto salta a la vista que la distancia que separa a un hombre de una mujer es clara y distinta? ¿Y no es la mejor prueba de dicha distancia el que, en defensa de esa supuesta igualdad, hayamos perdido el sentido de lo científico? La historia del saber ha avanzado hasta hoy por un camino crecientemente riguroso. Sólo ahora, para demostrar lo indemostrable, ha dado por primera vez un paso atrás, poniendo ante nuestros asombrados ojos argumentos propios de otras épocas; épocas donde la demagogia y la superstición disfrutaban de un prestigio similar al de la ciencia.

¿Y no ha sido éste, precisamente, el resultado de incluir en nuestras discusiones argumentos que provienen de lo que se ha dado en llamar “pensamiento masculino”? No debería hacer falta decir más. En el momento en el que los templos del saber, donde se había congregado lo mejor de nuestra especie, han recibido la visita de quienes no estaban naturalmente preparados para ellos, se han convertido en mercados de la argumentación y santuarios del “todo vale”. Las ágoras son ahora zoos filosóficos, donde un ladrido es tan bueno como un silogismo.

Se me dirá que odio a los hombres, y que pretendo conservar privilegios usurpados a ellos. Nada más fácil de refutar.
Admiro a los hombres, hasta el punto de considerarlos infinitamente más hermosos que nosotras. Sí, no me arredra decirlo, porque nada que los ojos puedan constatar debe encontrar escollo en su expresión. ¿Cómo no admirar su fuerza, su resistencia, su agilidad? ¿Cómo no extasiarse en la contemplación de esos cuerpos musculados, armónicos, cargados de energía, nosotras, que apenas tenemos la constitución suficiente como para acarrear un par de tomos de derecho civil, o una simple pistola? Un hombre es como un puma. ¿Qué digo como un puma? ¡Como un león! ¿Qué sería de nosotras sin su fuerza? Justo es reconocerlo. Hagámoslo, pues, con toda generosidad.

¿Quién construiría nuestras edificaciones? Recordad que no siempre dispusimos de máquinas. Hubo un tiempo en que sólo sus vigorosos brazos podían mover los inmensos bloques de piedra con que nuestras mentes concebían los proyectos más faraónicos. Sin ellos habrían sido imposibles, y nos habríamos tenido que conformar con modestas construcciones de piezas minúsculas, adaptadas a nuestras delicadas manos. ¡Y con qué noble resignación lo hicieron! ¡Cuántos nombres de hombres anónimos podrían escribirse sobre los muros de nuestras ambiciosas creaciones, en justo pago por la entrega de su fuerza, y hasta de su vida!

Mirad, mujeres, a vuestro alrededor. Sed justas. La fuerza de los hombres os da de comer y de beber, porque los campos son labrados con sus brazos y los pozos excavados con los embates que nacen en sus anchas espaldas. Vuestras calles están limpias porque ellos las barren, vuestras casas están ordenadas porque ellos las atienden, vuestra ropa está impoluta, porque ellos la lavan, la planchan y le proporcionan los mil cuidados necesarios e invisibles que vosotras nunca podríais dar y, con demasiada frecuencia, no sabéis apreciar.

¿Y vuestras hijas? ¿Cómo podríais disfrutar de sus mejores momentos si no hubiera quien se encargara de todo lo demás? Una sola niña requiere el cuidado de uno o dos hombres a tiempo completo. ¿Sabemos reconocerlo? No. ¿Sabemos agradecerlo? Aún menos. ¿Somos capaces de imaginar lo que sería de nuestra vida sin ellos? Ni por un momento.

La naturaleza nos ha concedido el mejor regalo posible. El complemento perfecto a nuestra imaginación: Un brazo con el que ejecutarla. Nuestro agradecimiento y nuestra admiración no deberían tener fin y, sin embargo, sí, hemos sido demasiado arrogantes para concederlas.

Pero ese brazo, no nos engañemos, es un brazo. Con cerebro, sin duda, y a veces asombroso y capaz de producir mil habilidades chocantes y singulares, pero siempre subordinado a su función primordial: Manejar un juego de músculos.

Nos están hablando de ciencia, dicen, y apelan, precisamente, al tamaño de nuestros cerebros, como si el simple tamaño de un cerebro fuera en consonancia con la inteligencia que éste es capaz de desplegar. Ésa es la ciencia con la que juegan y, probablemente, la única que su pensamiento puede llegar a entender. Si por ellos fuera, pondrían en la cima de la evolución a los cetáceos, deslumbrados por las dimensiones colosales del encéfalo de estos animales.

Pero permitidme, de entre una infinidad de datos verdaderamente científicos disponibles, a cuál más persuasivo, uno sencillo y contundente. ¿Sabéis cuál es el peso del cerebro de un hombre? Efectivamente: el mismo que el de una mujer. ¿Y sabéis cuál es el peso de su cuerpo? ¡Casi el doble! Esto significa que su coeficiente de encefalización es poco más de la mitad que el nuestro. Significa, por tanto, que la mayor parte de esa masa cerebral está destinada a la coordinación de un cuerpo sobredesarrollado, y que poco queda para la conciencia reflexiva. Significa, por decirlo en términos coloquiales, que la diferencia de inteligencia entre una mujer y un hombre es aproximadamente la que existe entre un hombre y el más desarrollado de los primates. Efectivamente, queridas amigas, haced que los hombres den un solo paso atrás en el desarrollo evolutivo de su intelecto, y os los encontraréis de nuevo subidos a los árboles y jugando con sus heces. No lo olvidéis cuando porfiéis en argumentar con ellos, ni cuando tratéis de explicarles estos cálculos y sutilezas.

Aún os ofreceré una razón más, dado que es el lenguaje de las razones, y no el de las pasiones, aquél que nos caracteriza como mujeres. Muchas de vosotras estaréis al corriente de las investigaciones realizadas sobre la inteligencia social de los animales. Sabréis que, entre especies similares, son más inteligentes aquéllas que tienden a establecer comunidades más numerosas. Así, inteligencia y socialización van unidas. Y yo os pregunto: ¿cuál es el acto de socialización por excelencia, aquél que implica una unión más prolongada, íntima y completa entre seres diferentes? No cabe duda: la gestación. Nuestra capacidad para ser madres nos convierte de forma automática en seres intelectualmente mejor dotados. Hemos nacido maestras, psicólogas, doctoras y filósofas, porque en nuestras manos está la conservación de la especie y la transmisión de su cultura desde antes mismo del nacimiento. Si un grupo de mujeres y hombres fueran aisladas en una isla desierta y tuvieran que hacer surgir su organización social desde cero, la maternidad sería suficiente para convertir a las mujeres en líderes, y a los hombres en abnegados servidores dedicados a las tareas domésticas y elementales. Su estúpida fuerza caería de inmediato bajo el dominio de nuestra inventiva, como caería el uso del fuego o de un palo.

De modo que nada puede concebirse más forzado e insensato que esa supuesta igualdad latente en el seno de nuestras diferencias. ¿Imagináis que, por un inesperado capricho de la historia, los hombres lograran que se llevara a efecto en alguna de las dimensiones que sus delirantes discursos nos proponen?

¿Imagináis que los hombres pudieran redactar leyes? ¿O que fueran jueces? ¿O siquiera abogados? ¿En qué parodia se convertiría entonces un tribunal? ¿Serían capaces de refrenar sus impulsos musculares, su estúpida sensiblería, sus hormonas disparadas, la frustración al ver su raciocinio al límite de sus posibilidades, y fuera de sus habilidades naturales, o se echarían a llorar, como acostumbran, al primer fracaso? Es más, dado que su corta inteligencia les lleva tantas veces por las vías del delito, ¿cómo podrían juzgarse a sí mismos? ¿De cuál de sus músculos extraerían la necesaria objetividad? Y si no pueden juzgar, ¿qué diremos de dirigir? Una familia, una empresa, ¡un Estado! ¿Qué haría un hombre al frente de un Estado? ¿Convertirlo en un continuo espectáculo circense? ¿Cuál sería su industria? ¿La de barrer y fregar? ¿En qué consistiría un comercio dirigido por hombres? ¿Lavanderías? ¿Y una guerra donde pudieran ser otra cosa que soldados? ¿Imagináis un Estado Mayor compuesto por hombres? ¿Imagináis el tipo de estrategia que se pergeñaría allí? ¿Una guerra de besos, tal vez? No os burléis, amigas. No pretendo hacer escarnio de los hombres, sino reflexionar serena y objetivamente, ya que a ellos no les ha sido concedido ese don, y reprobar, en todo caso, a las que, como algunas de vosotras, habéis cedido a sus ruegos por una blandura de corazón que os es impropia.

Dejémoslos a ellos, esos brutos admirables, con las tareas propias de su sexo, entre las que se encuentra, no lo olvidemos, satisfacer nuestro apetito más primitivo. Y dediquémonos, con más ahínco si cabe, a aquello que mejor sabemos hacer, tal vez, seamos humildes, lo único para lo que estamos llamadas, pues ningún otro ser lo está tanto como nosotras: pensar, organizar y dirigir. 


lunes, 26 de junio de 2017

poliamor y feminismo radical


Una de las defensas a las que con más frecuencia recurre la monogamia es la que consiste en afirmar que siempre ha habido quien ha intentado escapar de ella y que esas personas, iniciativas y movimientos, han fracasado sin excepción, y de una manera tirando a estrepitosa.

Es una defensa, eso sí, del gusto de entornos poco familiarizados con los nuevos modelos relacionales, que pasa por encima de los presupuestos de cada uno de estos modelos y, por supuesto, de las diferencias entre ellos. Normalmente carece también de perspectiva sobre los índices de fracaso de la no monogamia y de su comparación con los de fracaso de la monogamia. En general se trata de un discurso carente de contacto con lo que critica y resulta vano rebatirlo con seriedad porque no hay verdadera interlocución.

Una de sus variantes, sin embargo, nos toca mucho más de cerca y, para nuestra sorpresa, o quizás no tanto, proviene de algunos sectores del feminismo radical, a los que erróneamente suponemos entregados, entre otros quehaceres, a la demolición de una institución tan radicalmente opresiva como el matrimonio y sus derivados hipocalóricos. En este caso el argumento suele dirigirse al espacio más visible de la no monogamia, el poliamor, y adopta más o menos la siguiente forma: el poliamor no cambia nada, porque los hombres siempre han dispuesto de varias mujeres. Aunque el poliamor se entiende a sí mismo como igualitario y simétrico, en realidad tiende a establecer relaciones donde se reproduce la vieja estructura de harén, ahora normalizada por un tosco lavado feminista. Está próximo, por lo tanto, a poder entenderse como una nueva estrategia patriarcal, que constituye un paso atrás con respecto a la monogamia; prácticamente un neomachismo.
Gran parte de la fuerza que pudiera tener este discurso se pierde ya al ir acompañado de una sospechosa complacencia con la monogamia. La crítica al poliamor suele acabar en sí misma y rara vez se convierte en una reivindicación positiva coherente. Como dice Andrea Momoitio en un artículo reciente, poca credibilidad tiene la crítica feminista a cualquier forma de sexualidad patriarcal si, sin embargo, se invita por defecto a seguir “follando con el enemigo”.

Pero mi intención con este texto es ir más allá de los síntomas, hasta el contenido mismo de la crítica. ¿Es el poliamor lo mismo de siempre? Yo no lo creo.

Para explicar por qué debo antes recordar qué es el gamos.

Cuando hablamos de gamos nos estamos refiriendo a la sustancia de la pareja; aquello que da forma a toda relación amorosa actual y cuya presencia puede rastrearse en toda forma de institución matrimonial conocida. Consiste en el contrato explícito o sobrentendido por el que una persona mujer se convierte, a todos los efectos, en propiedad de una persona hombre, y esto a través del sexo como símbolo que rubrica dicha propiedad.

Frente a lo que cualquier modelo no monógamo concibe como enemigo a derrocar, esto es, la propiedad mutua en la pareja que impide a cada individuo establecer nuevas relaciones, especialmente si éstas tienen un componente sexual, el gamos se nos revela como una propiedad asimétrica y unidireccional. El fundamento de la pareja no es la pérdida de libertad sexual, sino la pérdida de la libertad sexual de las mujeres que, según clase, lugar y momento histórico, irá o no acompañada de una cierta renuncia a la libertad sexual de los hombres. La estructura gámica es, por lo tanto, una simple relación de propiedad:  

Así, la reducción del número de esposas (oficiales o no) a una sola puede entenderse como una reducción de la asimetría gámica original. El derecho conquistado por la monogamia sobre la poligamia (poliginia en la práctica) es la equiparación formal en la exclusividad. El amo del harén sólo podrá disponer de una concubina. La diferencia entre ambos roles, sin embargo, no tiene por qué verse alterada en ningún otro aspecto. La única esclava es, en cualquier caso, una esclava. Y, dado que lo es, verá muy probablemente conculcado su derecho a la exclusividad, cerrándose de nuevo el círculo de la poliginia.

Desde esta perspectiva podemos entender que las tentativas liberadoras del gamos hayan estado siempre contagiadas de una búsqueda de retorno al harén múltiple. Las libertades con las que se animaba a las mujeres a participar de esta supuesta liberación eran siempre muy inferiores a aquéllas que podían obtener los hombres. Sabemos que la relación entre de Beauvoir y Sartre es un gamos, porque ella obtiene su la libertad sexual formal a cambio de una libertad sexual plenamente práctica preservada por él, y esto sin perjuicio alguno sobre el resto de asimetrías. No pretendo decir que la relación entre ambxs carece de interés en la cadena de precedentes que nos permiten cuestionar hoy el gamos. Lo que busco poner de manifiesto es que, esa relación, y tantos otros ejemplos que podríamos rastrear en el catálogo de precedentes, es rechazada con toda razón como alternativa válida por parte de las feministas radicales

¿En qué se diferencia de esto el poliamor? En que somete al gamos a una tensión contraria a la que ha sido históricamente su naturaleza: la convivencia de varios esposos. Si las propuestas tradicionales de relación abierta se traducían en la conservación por parte del esposo de la llave de la libertad, el poliamor incluye como presupuesto la posibilidad de que se realicen copias de esa llave. Dado que la relación no puede ya abrirse y cerrase a conveniencia, tampoco pueden imponerse a conveniencia las condiciones leoninas bajo las que el esposo concede libertad. Por primera vez, los esposos compiten entre ellos, no ya fuera, sino dentro del gamos, y esa competencia pone en suspenso la propiedad. El ficticio poder electivo de la esposa antes del sacramento sexual (una mujer era algo mientras era virgen, y la presencia de múltiples pretendientes constituía una forma de poder. Después era la propiedad de quien, mediante la penetración, se apoderaba de ella) cruza el umbral gámico y aparece también tras él, completándose y volviéndose real. Ahora ambxs sujetos comparten la condición de comprador/a y de mercancía.

Sería ingenuo afirmar que el poliamor es un movimiento autoconsciente y feminista que ha buscado atacar al poder masculino en su raíz. Mucho más fiel a la realidad es decir que se trata de la precaria formulación, en un espacio típicamente masculino, de las nuevas libertades relacionales obtenidas por las mujeres gracias a las luchas feministas. Más que feminista, el poliamor sería una consecuencia del feminismo; un reflejo de su repercusión en un ámbito que originalmente no le es propio.

Así, vemos que la conflictividad relacional que le es característica y en la que la monogamia se escuda, no es tanto fruto de su fracaso como de su éxito a la hora de empoderar al sujeto sometido del gamos. Los celos son la gran fuente de conflicto del poliamor. Pero por primera vez en la historia los verdaderos celos, los del sujeto sometido que se rebela contra la asimetría, son visibilizados frente a los viejos celos del esposo que se autoerigía en parte, juez y verdugo.

El poliamor no es, por tanto, una revolución definitiva sino, más bien, un espacio de extraordinaria inestabilidad que obliga a elegir entre retroceder y avanzar. El gamos, a través de la ideología amorosa, sigue exigiendo posesión muy real. Pero el sujeto ya sólo puede obtenerla a través de trampear los presupuestos del modelo relacional de un modo demasiado explícito como para ser tolerado por la comunidad.

No es una revolución definitiva, digo, pero lo que el poliamor hace que le suceda a la masculinidad es una humillación que ésta aún no conocía. La masculinidad sólo conocía el sometimiento a sus iguales superiores de clase. Ahora debe someterse también a sus superiores de género cuando éstos alcanzan el poder suficiente.

Y el poliamor es sólo el más amable de los enemigos que le han surgido al gamos. Tal vez por eso sea el más visible. Tal vez sea ésa la tregua que el patriarcado les propone a las mujeres: os concedo el poliamor, pero con la condición de que no sigáis socavando el gamos.


lunes, 12 de junio de 2017

daños amorosos colaterales


Me he portado muy bien y me he tragado esta película de principio a fin, sólo para contárosla. Se llama No es mi tipo. No la veáis.

Tomé la decisión cuando llegué al minuto 40, más o menos. Me lo propuse porque empezaban a pasar cosas raras, de ésas que considero propias de esta sección. Los sentimientos amorosos y monógamos empezaban a buscar asociaciones nuevas. Se sentía la fuerza de la mutación evolutiva. El patriarcado amoroso transformándose para introducirse en nuestra conciencia por la última grieta descubierta.

Pero a partir de ese momento me quedé pegado a la pantalla. Así que no tiene ningún mérito. Nunca lo habría tenido, pero así menos… Ya veis que ni yendo sobre aviso se está protegidx frente a estas películas.

Os invito a que perdáis el tiempo leyendo la crítica de Javier Ocaña en El País, sólo para comprobar el éxito del artefacto a la hora de disimular sus seguramente inconscientes propósitos. “La película no juzga y deja preguntas abiertas”, dice. Javier, si no tienes respuestas para las preguntas que “abre” esta película, míratelo con lupa.

En esta sección no caben, literalmente, espoliers, porque me impongo brevedad. Pero me da igual destriparla, así que alguna víscera veremos relucir.

El punto de partida es una pareja con evidente desequilibrio en su valor sociosexual: él, profe de filosofía guapo y metropolitano; ella, peluquera guapa y de provincias (podría decirse que la diferencia, en realidad, está en el capital cultural, pero analizar la relación entre los dos conceptos aquí es imposible. Digamos, simplemente, que se aprecia desde el primer momento la superioridad de él).
Una pareja al estilo convencional (monógama y amorosa) con diferente vss constituye un conflicto latente que debe estallar por algún sitio. Así que te quedas ahí, esperando a que estalle, porque entiendes que lo que el director (es un hombre, aunque no hacía falta ni decirlo) pretende contarte es cómo estalla, cómo se gestiona, qué implica, etc, etc… Y piensas “seguro que aparece en el minuto 30, como punto de giro de la presentación al desarrollo”. Entonces miras la barra de tiempo y descubres que estás ya en el 40, y que lxs tortolitxs siguen arrullándose, y que ella le corta el pelo y lo lleva al karaoke, y que él le lee poesía y le regala libros de Dostoievski. Y es entonces cuando te preguntas qué demonios es lo que quiere contar este tío, por qué no salta ya la liebre, de qué cabeza retorcida habrá salido esto, y, por supuesto, qué es exactamente lo que vas a contar tú en el post que ya no te queda más remedio que escribir sobre la peli.

Pues lo que la peli nos cuenta es la vieja historia del hombre culto y arrogante, incapaz de experimentar amor real, frente a la “muchacha” sencilla y transparente, llena de vitalidad, verdadero sentido de la vida, a quien el hombre demasiado complejo ha perdido la capacidad de amar.

Es de nuevo el mito del corazoncito bueno y sintiente, maltratado por el cerebro pensante y malo. Pero en este caso el cerebro es un auténtico encanto. Amable, respetuoso, tranquilo, sonriente, detallista, sereno… ¡y sincero! Un cielo de chico. ¿Por qué no es esto suficiente para que la relación sea presentada como exitosa? Pues porque el pensamiento no está tratado en la película como una obsesión, sino como un virus. El problema de él no es que sea un obseso del autocontrol y el discurso racionalizador. El problema es que está contagiado por la enfermedad del pensar, y a lo primero que eso afecta es a la facultad de amar.

Así que, como no podía ser menos, ella (recuérdese que es un “ella” construido por un hombre, cuyo parecido físico con el protagonista es, además, sonrojante) como buena experta en amor por obra de la ciencia infusa de lo femenino, descubrirá un par de síntomas de tibieza invisibles a personajes menos maravillosos. De estos síntomas se seguirán los correspondientes pollos, en los que reforzará sus conclusiones con otras pruebas incontrovertibles, como no sentir celos (“todas mis parejas han sido celosas. Antes me parecían pesados, pero ahora lo echo de menos”) y, por último, comprobaremos que su vida queda devastada con toda naturalidad.

En definitiva, que un señor intelectual nos cuenta la historia de un señor intelectual que se enrolla con una chica “sencilla”, a la que no deja de elogiar en ningún minuto del metraje, y a la que, debido a una patología incurable (llamada “consciencia”) no puede seguir en su justificadísimo desbarro amoroso, porque ya sabemos que una mujer sana y telúrica como dios manda se va de la pinza con el amor que es una gloria.

Y luego llega otro señor intelectual y nos dice que la peli “deja preguntas abiertas”.

imagen de la repugnante escena final, donde ella canta I will survive para dejar claro que una verdadera chica sencilla supera cualquier trauma amoroso, de modo que no debemos sentir remordimientos por el que le causemos.

¿Sabéis cuáles son las preguntas verdaderamente abiertas? El nombre de las verdaderas peluqueras, y qué es lo que piensan realmente de esta peli de mierda con la que se ha hipertrofiado el discurso autoexculpatorio masculino para la seducción y la invitación al amor abusivo como tecnología de extracción de vss. El “no eres tú, soy yo”. La verdadera peluquera del director, pero también la del crítico. Las damnificadas, en definitiva, y cómo contarían ellas esto mismo.

Otra vez me he alargado…


miércoles, 24 de mayo de 2017

¡cuestionando la belleza normativa!... pero no tanto.


Como el tema de la próxima quedada del grupo de Facebook es el valor sociosexual (VSS) he posteado en él este ya celebérrimo vídeo con el texto “veis/oís algo raro?”

Ha sido un error, porque yo ya tenía pensado qué era eso raro de lo que quería hablar, y con lo que me he encontrado ha sido con que la gente del grupo se/nos ha regalado un montón de análisis diferentes, relacionando siempre el vídeo con el VSS, a cuál más interesante, y que darían, todos, para su propio texto.

Así que he decidido hacer una entrada con mi idea original. Para ver las restantes os remito al grupo y a que, si no sois miembros, me solicitéis que os agregue por el medio que prefiráis.

En fin, éste es el chirrido que a mí me ha sonado más estridente:

Resulta obvio que lo que se nos presenta es una apología de la desnormativización del canon de belleza. Se nos está transmitiendo ese mensaje tan popular de que cualquier persona es hermosa, de que las cosas que habitualmente hemos considerado desagradables no lo son tanto si superamos prejuicios, de que la belleza se da en muchas formas, no sólo en las más frecuentes, promediadas o convencionales,… Mil etcéteras; os sonarán todas.
Se nos dice esto mediante un ejemplo exitoso en el que una persona con una característica que el patrón normativo considera un defecto “triunfa” en su cita, en vez de ser rechazada por aquella otra a la que ha sido presentada.

Y mientras nos regodeamos en el final feliz que representa la realización de la utopía, ella nos cuenta lo mucho que la apoyó su padre desde niña, y nos dice: “me enamoraría de alguien como mi padre. Bueno, un poco más alto.”

Espera…

¿Quieres decir que si te hubieran presentado a alguien con la altura de tu padre le habrías dicho “aspiro a que mi alopecia se integre en el canon de belleza, del que te dejo fuera por enano”?

Pues claro. Exactamente eso.

Los ataques al canon de belleza normativa vienen siendo así de ingenuos y, por supuesto, de estériles. Parece que la lógica del VSS, ésa que dice, simple y llanamente, que el VSS es el mejor predictor en la formación de relaciones porque los sujetos procuran, por encima de cualquier otra consideración, obtener el máximo VSS posible, es algo más que el síntoma de una moda.

Lo que quiero traer aquí, apoyado precisamente por el ejemplo del vídeo, son algunas características de estos supuestos ataques al canon que demostrarían que no hay tales ataques, dado que estos se realiza estrictamente dentro de la lógica de la optimización del VSS y, por lo tanto, de la competitividad clasista e, incluso, de la exacerbación, tanto de ésta, como de la estética que dice cuestionar.

Estas características no están sólo presentes en campañas mediáticas y grandes hits hiperretuiteados. Están en nuestro discurso, en nuestra manera de hacer como que combatimos el canon sin poner en peligro nuestro VSS, en nuestra reivindicación constante de que nosotrxs no participamos de eso que todxs hacen. Y, por supuesto, en nuestra resistencia desesperada, traumatizada, a reconocer que, en la búsqueda del amor, estamos representados por una cifra.

Veámoslas:

1-En todos estos cuestionamientos hay un sujeto estéticamente marginal que se reivindica a sí mismo cómo objeto de deseo. La razón que respalda esta reivindicación es el derecho inalienable a considerarse especial y, por lo tanto, “como las personas guapas” (es decir, no hay razón alguna, más allá de la fe voluntarista en unx mismx. Frente a la lógica del VSS, el mismo pensamiento mágico que el neoliberalismo impone a lxs emprendedorxs).

2-En todos ellos, el sujeto protagonista no se cuestiona su propio deseo. Parte inalienable de la dignidad reivindicada es poder elegir, y la posibilidad de elegir sólo puede representarse eligiendo aquello que todo el mundo elegiría. Escapando del disciplinamiento al que la lógica del VSS somete a las personas reales, estos sujetos creados por su propio discurso se caracterizan porque nunca se desearían a sí mismxs.

3-Mediante la separación entre personajes sujeto y personajes objeto, se invisibiliza la contradicción entre el punto 1 y el punto 2. Si echamos un vistazo general al conjunto de todos estos discursos reivindicativos, el resultado es un paisaje absurdo: un montón de personas ejerciendo a la vez su derecho a pedir algo y su derecho a no escuchar las peticiones del resto. La propuesta es una sociedad en la que cada individuo grita “¡soy más guapx de lo que creéis!” mientras se tapa los oídos para no oír el grito de todxs lxs restantes, confiando en que eso le ayude a ser escuchado. Es decir, una exacerbación suicida de la competición, en la que todas las energías están puestas en competir.

4-Se representa una elección contra la lógica del VSS que es siempre tramposa. Quien dice elegir sin atender al canon lo hace sólo en la medida en la que su opción corresponde con su VSS. No cuestionamos la lógica del VSS por elegir personas con poco VSS, sino por elegir a aquellas que tienen menos VSS que nosotrxs. Y no por elegir a quien tiene menos VSS del que nos atribuimos en nuestro discurso (que es, por lo tanto, una forma de marketing) sino del que tenemos en realidad. Y eso no es lo que aparece en estos supuestos cuestionamientos.

La lógica del VSS es respetada como una ley de hierro. En el ejemplo del vídeo, la mujer, una vez mostrada su alopecia, no reduce su VSS a uno por debajo del hombre con el que cena; antes al contrario, lo aproxima al de él. Si bien se produce un efecto normalizador (y por lo tanto deseable) de la alopecia, esta normalización sólo consiste en la inclusión de la alopecia en lo cuantificable como VSS. La inclusión de la característica marginal reivindicada se realiza a cambio de características normativas compensatorias, de modo que el VSS no sufra merma. El objetivo es evitar que haya individuos que se consideren a sí mismxs fuera del mercado.

No se trata de que la mujer del vídeo deje de ser juzgada por su alopecia, sino, precisamente, de que sea juzgada por ella; de que la alopecia aparezca también como factor mercantilizable. “Te queda bien”, le dice su compañero. “Aunque te quedaría mejor tener pelo”, podría haber añadido. “Si tuviera pelo no estaría cenando contigo”, apostillaría entonces el VSS.


miércoles, 17 de mayo de 2017

instrucciones para deshacernos del amor.


Parece que es mucho más fácil criticar al amor que encontrar qué hacer una vez que se ha rechazado. De hecho, la mayoría de los cuestionamientos acaban llevándose a la práctica reintegrando al amor de un modo u otro, a veces porque se le echa de menos, a veces porque no se encuentra forma de evitarlo.

Voy a intentar esbozar una propuesta práctica construida íntegramente al margen del amor. Estoy seguro de que nos entenderemos y trataremos mejor en la medida en que consigamos inventar y llevar a cabo un rechazo decidido del amor como sistema, y de que esto repercuta en el fin de su hegemonía en nuestro discurso y, por extensión, en nuestra vida.


1 – Descompón el amor.

La resistencia del amor a todo intento de superarlo se basa, principalmente, en su primer mito: el amor es. Hay una cosa que se llama amor y que está por todas partes. Es incontrovertible que la hay y el mundo no se puede explicar sin referirnos a ella.

Pero, si tienes a mano una lupa, podrás comprobar enseguida que el amor no es un elemento puro. Está formado por un montón de partículas, y cada una tiene su propio nombre. Así que abandona el trazo grueso y empieza a llamarlas por él. Distingue al afecto del apego, la indignación legítima de la ilegítima, las diferentes necesidades, las emociones básicas…

A medida que hables con mayor propiedad (y eso no significa adoptar la terminología del blog, sino disponer de una terminología suficientemente sutil como para despiezar al amor) la presencia del amor en tu discurso y en tu manera de entender las relaciones se irá diluyendo.

Al final, el término sólo quedará para referirse a lo que el amor realmente es: la ideología cuya finalidad es establecer gamos (o, habría tal vez que actualizar, buscarlo compulsivamente). Te servirá, además, para señalar las situaciones en las que esa ideología es llevada a la práctica.

Y recuerda: el amor exige para sí autoridad total. Si no pugna por imponerse por sobre la justicia y la razón, entonces no es amor. Mira bien a ver qué es.


2 - Júzgalo

Cuando tenemos al amor acorralado nos suele poner cara de cachorritx. Pero no dejes que te camele. Él te dirá que sus intenciones sonbuenas, pero su palabra carece de garantías. Compruébala.
Podemos llegar a abandonar con cierta facilidad el hábito de sentirnos segurxs cuando nos ofrecen amor. Requiere algo más de valentía recordar que cuando lo ofrecemos nosotrxs tampoco estamos garantizando nada. En realidad, estamos pidiendo carta blanca. Por eso no sólo debemos aceptar que nuestro amor no es garantía para otrxs. En realidad, ni siquiera nos deberíamos sentir mejores por amar.


3 – Apaga la tele.

Es broma. Además, una tele apagada no se puede volver a apagar, ¿verdad?
Lo que quiero decir es que el discurso presente en los productos de la cultura del ocio (y, en gran parte, de la otra) no es el de una persona que te dice que ama. En el “amor” de una persona, una vez descompuesto, puedes encontrar algo rescatable. Pero lo que te ofrece una canción o una película (eso que veíamos antes de que llegaran las series) es ideología amorosa directa de la fábrica. Propaganda. Muy interesante si te dedicas a analizarla, pero muy contaminante si le das algún crédito.
Lo más rápido: un filtro antiamoroso. Donde se hable de amor, una cruz. Exactamente lo que hacemos con la difusión de otras ideas. Hagámoslo también con el amor. Nos vamos a quitar un montón de trabajo inútil, y además vamos a mejorar muchísimo nuestro gusto cultural.


4 – Analiza tus renuncias.

Éste es el favor que te vas a hacer a cambio de todo lo anterior (bueno, de los dos primeros puntos, porque el tercero es también un favor, reconozcámoslo).
Cada vez que creas que dejar de lado el paradigma amoroso te quita algo, piensa con detenimiento qué es eso que te está quitando. Saca otra vez la lupa. Si miras con cuidado descubrirás que sólo hay dos cosas a las que debes renunciar realmente: al amor como sistema general mediante el que organizar tu vida, y al amor como patente de corso. Todo lo demás se vuelve posible de nuevo en cuanto encuentre su propio nombre y éste designe a algo legítimo. Y, si no es legítimo, cuanto antes lo descubramos, mejor.


5 – Recuerda: lxs demás.

El amor ha dejado de ocuparse de tu entorno relacional. Ya no eres buenx sólo por amar mucho. Ahora tu bondad no depende de lo que sientas sino de lo que hagas. Encárgate de ello. Es sólo adquirir esa costumbre. Y en gran parte ya la tienes. Sólo se trata de llevarla a la más deslumbrante de las excelencias. 


domingo, 14 de mayo de 2017

FESTIVAL DEL AMOR


No me lo vais a saber agradecer, pero he realizado la tediosa tarea de hojear las letras de las canciones del Festival de Eurovisión con la ilusión de tener algo que contar.
he llegado a la mitad, casi (20), y doy aquí fe de que:

-hay dos en idiomas que no entiendo (ni me he molestado en que me traduzcan).
-de las 18 restantes hay dos de mensajes eurovisivos (viva Europa, viva el mundo)
-de las 16 restantes 11 HABLAN DE AMOR.

¿De qué hablan las 5 restantes?
-dos hablan de vivir el presente.
-dos hablan de sobrevivir a las hostias del presente.
-una es un mensaje de ánimo a una persona hundida (¿por el presente?)

Yo me esperaba un gran mensaje consumista neoliberal, animando a emprender, a crecer y a gastar, autopromoción capitalista y bla bla bla...
No, claro que no. esperaba lo que he encontrado, poco más o menos.
El sistema que odiamos no se vende a sí mismo. nos vende amor.
Pero las alarmas no nos saltan.

O, expuesto de otra manera: el neoliberalismo se justifica a sí mismo por el amor. El éxito amoroso es la razón por la que debemos asumir el neoliberalismo.

Y en los huecos que le quedan nos dice que vivamos la vida. "¿qué es la vida?" podríamos preguntarle. "¿cómo se vive?"
“¡Pero si te lo he dicho once vece!”, nos contestaría.

Así que la vivimos (=amamos), fracasamos, nos hundimos y, excepcionalmente, nos mandan un mensaje de ánimo.

La historia presentada es la de todo producto de ocio generalista: un marco político no cuestionado, monarquía perfecta y sobreentendida, en el que se nos cuenta una historia de amor con la que nos identificamos gracias a la representación de algún que otro altibajo.

Lo dicho: el enemigo pasándonos la mano por el lomo. Y nosotrxs le ronroneamos desde la mantita.

A lo mejor el gallo de Manel es un buen símbolo de esta paradoja. Como un fallo en Mátrix.


lunes, 8 de mayo de 2017

el laboratorio erótico de Sofía: LA AMIGA DE SOFÍA


Recibo un inesperado wsp de Sofía: “ven. Quiero presentarte a alguien.”

“Inesperado”, unido a “de Sofía” es un pleonasmo. Un pleonasmo es una figura retórica consistente en añadir palabras innecesarias cuya función expresiva es el énfasis. Pero es que los mensajes que recibo de Sofía son inasequibles a la generalización. Incluso bajo la categoría de “inesperado”. Da igual que ya sepa que me van a sorprender. Aun así, siempre me sorprenden.

“Ok”, es mi insulsa respuesta. Si cualquier otra persona me dijera “quiero presentarte a alguien” le contestaría “¿por qué?” y, respondiera lo que respondiera, crearía un colchón de seguridad entre la petición y su satisfacción diciendo “hoy no puedo”. Pero si Sofía me propone algo todo lo que pueda retenerme se vuelve de papel. Una propuesta de Sofía cambia automáticamente mi disposición anímica como si se pulsara un botón. Son mis propias tareas las que parecen indicarme que la mejor manera de realizarlas es abandonándolas por algo de lo que sólo conozco la fuente.

Antes de comprometerme con ello, ya lo estoy haciendo.

“Ok”, le digo. Pero no hace falta. Eso sí que es un pleonasmo.
Cuando llego al lugar acordado Sofía ya está allí. Ella y Diego, un conocido de ambxs por quien no siento especial simpatía. Hay una cuarta persona, a la que me presenta como “Fredi”. De modo que Sofía va a aprovechar para que Diego también le conozca. Bueno.

Pero Fredi no es el objeto de nuestra cita. O eso nos cuenta Sofía, a saber con qué intención. Nos dice que Carla, una gran amiga suya, está a punto de aparecer, que hacía tiempo que no venía a Madrid, y que quería aprovechar para presentárnosla. “Sé que os va a gustar”, nos dice.

Apenas cinco minutos después aparece Carla. Está claro que es una mujer interesante y de carácter absolutamente encantador. Está claro, porque Sofía ha dicho que nos va a gustar, y es evidente que no podía referirse a su aspecto. No describiré ese aspecto, pero cuando toma asiento junto a la anfitriona, el contraste es extremo. No es que Carla me genere ningún tipo de repulsión. Es, simplemente, que, ante ella, el deseo se ausenta. Nada que ver con lo que me pasa cuando miro a Sofía.

Estoy seguro de que no soy el único que está pensando algo parecido. Y estoy seguro de que Sofía es consciente, porque de vez en cuando reorienta la atención del grupo sobre Carla. Efectivamente, no sólo es interesante y sensata, sino que combina la empatía con el protagonismo en dosis perfectas. Carla nos ha convencido sin esfuerzo de que valía la pena conocerla. Eso hace que la diferencia de atractivo destaque aún más, porque ahora es prácticamente la única diferencia.

Pero Carla tiene que irse. Es muy probable que haya más gente por la que tenga que ser conocida, de modo que se despide afectuosamente y lxs tres convocadxs nos quedamos solxs con Sofía. Lxs tres a solas con Sofía.

“Ofrezco sexo al primero que sienta deseo por Carla”, nos dice.

Nos lo ha comunicado como quien informa de que tiene que ir al servicio. En cualquier otra situación, con cualquier otra persona, habrían surgido risas nerviosas. Pero aquí, nosotrxs, con ella, nos hemos saltado esa fase y pasado directamente a mirarnos con mutua desconfianza.

Comprendemos que acaba de empezar la parte práctica del ejercicio. Y es una competición.

-¡Un momento! ¡Un momento! ¡Un momento! – interrumpo, sea lo que sea, aquello que está teniendo lugar - ¿Quieres decir que la condición para acostarte con nosotrxs es que nosotrxs nos acostemos con Carla?
-No.

Nos seguimos mirando lxs tres. No podemos dejar de mirarnos. Estamos atadxs a mirarnos, lxs unxs a lxs otrxs.

El idiota de Diego es el primero que salta:
-¡Ya está! ¡La deseo! – afirma con convicción.
-¿Por qué? – pregunta Sofía, como si hubiera estado esperando exactamente esa declaración.
¿Ahora qué, idiota? Vamos, Sofía. Machácalo.
-Porque es una mujer muy interesante. Siento deseo. En serio.

Diego sólo ha hablado para poder dejar de hacerlo. Ni siquiera buscaba convencer. Sólo escapar. Ningunx le ha contestado. Sofía ya lo había hecho. Su “¿por qué?” era más que suficiente.

Ahora nadie mira a nadie. Todo el mundo parece mirarse a sí mismx. Todo el mundo escarbando en el pozo de su deseo en busca de Carla, para poder encontrar detrás a Sofía. O construyendo algún tipo de engendro estratégico, allí, en el fondo de su pozo.

Entonces habla Fredi. Con mucha serenidad. Como si la serenidad fuera su verdadero mensaje.
-Deseo a Carla. Es normal que la desee. Lo he pensado despacio y, sí, por supuesto que su cuerpo no me llama la atención a primera vista. Pero sé que eso después me dará igual. Que ese cuerpo se llenará de significado porque el significado ya está en ella y se asociará poco a poco a su cuerpo. Así que sí: la deseo. Me parece lo más sencillo del mundo. Y si no nos lo hubieras propuesto en estas condiciones tarde o temprano la habría deseado.
-¡¡¡¡¡No, no, no, no, no!!!!! – vuelvo a interrumpir. – ¡Vamos a ver! Aquí se están produciendo cosas que… ¡No, no, no! Esto no es así. O sea, la idea está bien, pero esto no es así. ¿¡Dónde está la legitimidad de todo esto!? ¿Qué sentido tiene? Es que hay mil cosas… Se me ocurren mil cosas que decir. ¡Sofía, no lo has planteado bien! ¡…objeciones! ¡Eso es! ¡Tengo mil objeciones!
-Israel – dice, mirándome profundamente, y su mirada me calma como si yo fuera un cachorro al que cogen por la nuca. Me sonríe afectuosamente - Eres lento.

_
Regreso a casa con un desasosiego sexual parecido al de otras veces. No sé si siento indignación, sincera curiosidad intelectual, o simplemente estoy excitadísimo. Mi cabaza, eso sí lo sé, hierve con cada detalle de lo que acaba de pasar. Se encuentra en modo “Sofía”. “Velocidad Sofía”.

Y soy lento.

No entiendo cómo se puede correr más. Cómo se puede gestionar esa situación en unos minutos. Todavía me es imposible obtener una idea clara de las implicaciones éticas, no sólo para cada unx de lxs tres, sino para la propia Sofía. Y, por supuesto, para Carla. La había olvidado por completo. ¿En qué ha consistido esa presencia? ¿La había preparado con Sofía? ¿Era todo una actuación?

Busco en mi memoria pistas que me puedan dar una respuesta, y me retrotraigo al momento en el que ha llegado. Su aparición adquiere ahora un carácter perturbador, y tengo la sensación de estar mirándola más en mi recuerdo de lo que lo hice cuando el recuerdo se formó. Llego al momento en el que se sienta junto a Sofía y encuentro que algo ha cambiado con respecto a lo que esperaba. Ambas están unidas ahora por un vínculo nuevo. Aquella neta diferencia, entre alguien que atrae y alguien que no, ha desaparecido…

“Sin hacer trampas”, pienso, mientras me reclino contra la ventana del vagón, y dejo que la satisfacción me inunde. Mientras disfruto de la experiencia sexual que Sofía acaba de regalarme.


lunes, 1 de mayo de 2017

experiencias y reflexiones de 5 personas ágamas.


A raíz del post 5 claves para llevar la agamia a la práctica surgió en el grupo de facebook un jugoso debate sobre las diversas formas en que la agamia se iba entendiendo y construyendo en la vida de cada unx.

Nos ha parecido interesante traer al blog la voz de cinxo de lxs compañerxs del grupo, que dialogan tanto con aquel texto como con su propia experiencia como agamxs.


ELI. 31. (Agora)fóbica superviviente. Propiedad de un gato c*brón. Nombrarse y existir al margen de las parejas o no-parejas le parece una bonita manera de crecer y construir una realidad más amable para todes:


Mi texto va a estar dispersito y desorganizado. Como yo. Pero espero que aporte algo.

Al margen de superhéroes con poderes, unicornios que saben lo que quieren y lo que no en todo momento y además saben pedirlo o rechazarlo con asertividad y seguridad y en un tono agradable para oídos ajenos, a pesar de un posible encabronamiento eventual, que poseen una red afectiva sólida y circundante, probablemente son bellos y sin ninguna tara física o mental... Existimos seres humanos vulnerables y/o de gamas más bajas, bueno, en fin, seres humanos en general, y creo que si los modelos relacionales alternativos a la trampa gámica no son capaces de ofrecer un marco teórico en el que desarrollar cuidados para todos, se convierten en otra mierdecilla al servicio de una élite inalcanzable. Al final, otro producto capitalista al que pocos pueden acceder sin hipotecarse emocionalmente.
Hablo entonces de lo que me aporta el pensamiento ágamo desde mi vulnerabilidad de ser humano, y cada una de estas aportaciones las convertiría en "puntos", si bien ya entran en cierto modo en los cinco de Israel, o son de por sí bastante obvias.

1. Valorar mi red afectiva como individuos totalmente insustituibles a los que cuido y para quien busco espaciotiempos.

2. Cuidarme a mi primero. Comer bien, aceptar ese trabajo, leer, pasar tiempo conmigo... Sin culpa ninguna y con un disfrute absoluto.

3. Liberarme de la promiscuidad en sí misma. Para mí personalmente es el gozo del "no" (y seguir leyendo en pijama o diciendo chorradas con una primah) lo más importante del-no gamos. Creo que el sexo, como evento que se celebra con tantísimo más jolgorio que cualquier otro, es otra trampa.

4. La consciencia de que los momentos compartidos son auténticos y no persiguen un fin último de posesión.

5. Aceptación de mis deseos como válidos, sean cuales sean...

Me dejo seguro cosas, pero, al final, creo que todo esto contribuye a construir una existencia más feminista, más igualitaria y más libre y plena.


GUILLERMO, turolense de 27 años, estudiante de filosofía, nos habla de la relación entre agamia y amistad:
Haciendo mía la expresión de Protágoras, diré que para mí la amistad es “la medida de todas las relaciones”.

Al principio creí que la agamia se trataba de una especie de excusa formal para la promiscuidad -suponiendo que se necesite una excusa-, pero, pasado ese primer bache, entendí que la promiscuidad (sola) no va a ninguna parte, y quien dice a ninguna parte, dice a los mismos senderos monógamos y desiguales de siempre para cubrir necesidades afectivas no vinculadas con el sexo.

Mi experiencia es corta y está sembrada de dudas a cada paso que doy, pero de lo que me he dado cuenta “practicando” la agamia es de que quiero mantener relaciones al nivel al que se dan dentro de mis círculos de amistades, es decir: cuidándolas, dándoles tiempo para madurar -o incluso para que se pudran-, sin esperar que me exijan imposibles -y sin exigirlos yo-, con una relación entre personas iguales y libres de hacer lo que les venga en gana sin pedir permiso o, necesariamente, dar/exigir explicaciones. Ya es hora de que primen nuestros valores sobre los de la cultura normativa del amor.
En definitiva, creo que independientemente de las relaciones sexuales, y sorteando las dificultades que nuestra mente -domesticada a fuerza de latigazos amorosos y al ritmo marcado por los esclavistas de la monogamia, con la canción del momento retumbando en nuestra psique- yo me planteo qué es lo que quiero de un/a amigx y cómo trato a mis amigxs, y con estas premisas construimos, o destruimos, la relación sin caer en la falsa necesidad de una pareja, y de la forma más horizontal posible.


Nombre de guerra: ALTAVISTA BASURTO
Modelo relacional: peripatético resistente al gamos
Estado civil: al loro
Se trata de buscar la vida buena. Es un afán que de una u otra manera nos empuja a todxs desde siempre.

Si nos retrotraemos a la cuna en plan freudiano, todo quisqui ha necesitado abrazos y protección para desarrollarse. Unxs más y otros menos lo tuvimos, y unxs más y otrxs menos venían con la ontogénesis colocadita para recibir el empujón necesario a la supervivencia y de ahí a seguir con la evolución propia y de la especie.

Cojamos la pértiga del tiempo, plantémonos en el momento actual y miremos cuántas veces y por qué nos hemos enredado en la madeja del amor, en la creación de una pareja, en la tendencia a formar un hogar, en repetir patrones de idealidad que en la imaginación eran putos anuncios de Coca-cola y en la realidad una película de neorrealismo italiano emocional.

Creo que es evidente la búsqueda de la seguridad perdida o, en su defecto, la sustitución melancólica de un hogar originario que nunca fue como lo pintaba la propaganda de la tribu.

Y como hijxs de nuestro tiempo que somos, cargados en nuestra memoria colectiva con los recuerdos de una vida fabulosa del New-Deal americano, del hippismo de la anterior generación, de razones ya masticadas en contra del modelo tradicional de la familia, de drogas que se cargaron a la generación de nuestrxs primxs mayores, de sexo libre pero no tanto, de libertad para sentir, nos aferramos al viaje que nos daba el enamoramiento y quisimos construir desde ahí, en nuestra burbuja individual y narcisísticamente única, nuestra arcadia del amor entre dos, del amor original que no era como el de nuestros padres.
Pero entonces vino Ikea y nos empezó a bombardear con la construcción de una república independiente entre cuatro paredes, y nos daban imágenes de mamás despeinadas, papás buenorros con jerseys de punto grueso y niños monísimos en calcetines entretenidos con juguetes de madera. Además nos tragamos cientos de comedias románticas las sobremesas de los fines de semana y seguimos obviando una y otra vez las cabezas de hidra del aburrimiento, del sinsentido, de la manipulación, de los celos y la dominación que se estaban instalando en nuestras parejas.

Fue a base de acostumbrar al cerebro una y otra vez a la disociación de cómo funcionaba el imaginario y chocaba con la realidad, como acabamos por negar la realidad. Pero la insatisfacción permanente, como una cuerda de un bajo en un concierto para chelo, resonaba como una irritación cada vez más extendida.

Y no entendíamos las broncas. Y no entendíamos los dramas. Y nos desgarrábamos en la incomunicación. Y no había forma de poner nada en común. PERO SI YA ÍBAMOS A IKEA LOS SABADOS, JO-DER.

Y en la resolución entraban los demonios de las malas artes. Y el poder, el puto poder y el patriarcado que ya sabemos a quién se lo da. Y salíamos malparadas, despechadas, con sensación de estafa y recurríamos a la justicia y unas veces nos daban la razón y otras nos hundían aún más.

Así que… por qué no parar el juego y plantearse seriamente qué es lo que merece ser vivido y cómo hacer(nos) justicia.

Yo, desde luego, empiezo por el respeto y por la realidad tal cual es huyendo de narraciones y ficciones que me lleven de nuevo a la ciénaga. La Ciénaga, por cierto, que buena peli. No dejéis de verla.


MARIA, sin acento ya que tengo la suerte o desgracia, según la época que se mire, de ser valenciana y vivir en Valencia. Soltera y sin hijos por vocación, sin embargo, volcada profesional, corporal y anímicamente en la infancia. Esquivadora de obstáculos y ataques desde que defiendo otra forma de relacionarnos que no esté necesariamente vinculada al enamoramiento. Definitivamente en estado de constante construcción:
El tema del afecto me ha estado rondando desde que leí el post en "Contra el amor".

El afecto es problemático, tan intangible como necesario, se puede analizar, ahora bien, no creo que se pueda diseccionar o clasificar.

Todos de acuerdo aquí en la necesidad de separar radicalmente el afecto del amor romántico. Es, de hecho, cuando ambos aparecen relacionados cuando todo se pervierte.

Me parece fundamental, para funcionar medianamente bien en nuestras relaciones, que entendamos qué es un buen afecto, cómo y cuándo darlo y cómo recibirlo, que tampoco es siempre fácil.

¿Implica el afecto atención y cuidados? Considero que éstos son una manifestación básica del mismo, resulta que la palabra "manifestación" es clave. ¿Debe ser el afecto manifestado o de lo contrario se convierte en algo bastante estéril? Personalmente creo en la necesidad de la manifestación. Pero, ¿cómo? Bueno, aquí, irremediablemente, voy a ser simplista. Esto es muy complejo, claro.
Pienso que una buena manifestación afectiva debe ser considerada, siempre, a través de unos filtros. ¿Es este sentimiento compatible con mi bienestar? ¿Quiero dar afecto? ¿Puedo dar afecto? ¿La persona receptora quiere y acepta mi manifestación afectuosa?

Otra idea interesante es la relación entre sexo y afecto, siempre y cuando el afecto no sea entendido, tampoco en este caso, como un sinónimo de amor romántico.

Me quedo cortísima. Es un tema complejo.


CLARA ha gastado 33 años y vive en Madrid. Ha pasado por distintas visiones sobre las relaciones: monogamia, anarquía relacional...Hace menos de un año que encontró en la agamia qué nombre poner a su visión. Desde entonces se considera ágama y eso le hace reflexionar sobre la educación:
A los cinco puntos aportaría alguno sobre cómo nos planteamos la educación, porque gran parte de los problemas que tenemos para la práctica son debidos a la educación que hemos recibido, y si seguimos reproduciendo eso no conseguiremos crear la sociedad que buscamos.

Educación en dos aspectos: como asimetría, porque si defendemos la no jerarquía de las relaciones tendríamos que ser coherentes con ello en cada tipo de relación, incluidas las relaciones con los hijos o los menores en general. Un modelo jerárquico no se mueve, un modelo asimétrico está en constante movimiento.

Sobre los tres clásicos modelos educacionales definidos desde los años 70: autoritario, permisivo, democrático; considero que no nos serviría ninguno dentro de la agamia. Creo que se conocen los peligros de los dos primeros y el democrático, vendido como dialogante, con lo gastada y falsamente usada que está tanto la palabra como el concepto de democracia, tampoco me parece que sirva. Es un engaño pretender colocar en la posición de diálogo cosas que a veces no pretendemos dialogar o incluso que no son dialogables. 

El modelo de la terraza que se expone aquí para las relaciones me parece fabuloso y creo que es aplicable, bajo esta asimetría, a la educación. En este modelo, que es asimétrico porque no se parte de la misma situación entre cada una de las dos personas, dado que sus circunstancias son inconmensurables, no se niega la igualdad de ellas, es decir, la igualdad de los elementos que forman las relaciones. Habrá fricciones, movimientos, pero los acuerdos, que equivalen a las terrazas, se cumplen. No pueden no cumplirse porque nacen de las dos partes. Podrán cambiar o caducar, pero no generan principios ni finales, sino una continuidad. Siguiendo el modelo de la terraza, hay una naturaleza que es la tierra y sus propiedades, pero ésta se modifica según las necesidades tanto de ambiente como de consumo. Con consumo me refiero a necesidad de que esa relación asimétrica aporte algo y no la producción, porque la relación no tiene nada que producir en sí, es válida por sí sola, pero sí defiendo que tiene que enriquecer. Si no, no merecería la pena vivir en comunidad.
El otro aspecto en el que quiero hablar de educación es el de la educación emocional. Creo que los avances que se han hecho desde la psicología y otras materias en terreno de educar emociones son aprovechables para nuestra práctica.

Uno de los puntos del texto al que nos referimos trata expresamente de las montañas emocionales, que se disiparán con la práctica de la agamia. Esto no es no dejarse sentir ni experimentar, sino todo lo contrario. Cuando comencé a ver textos sobre la agamia le achaqué la falta de explicación sobre esto y en un principio interpreté que se pretendía tapar esas emociones. Ahora que lo practico y que he leído, hablado y reflexionado un poco más sobre el tema, lo conjugo con otras prácticas de mi día a día, como son la atención plena y el ejercicio de manejar las emociones.

Como todo lo que estamos hablando, a más práctica, mejor. La práctica hace al maestro. Desde este punto de vista, considero que el entrenarnos en reconocer emociones y poderlas manejar, que no controlar ni ocultar, es útil para una vida sana e íntegra. Las emociones nos sobrevienen como nos sobreviene el tiempo meteorológico, pero nosotros no somos la emoción. Somos la conciencia que observa la emoción, somos los observadores de nuestras propias emociones.

Lo mismo ocurre con los pensamientos en bucle. Si podemos observar las estructuras creadas en torno al género y reestructurarlo, observar lo que rodea e implica al sexo o a las relaciones sexuales y resignificarlo, podemos observar también que estos procesos no van a ser gratuitos, pensaremos muchas cosas y sentiremos muchas cosas. Ahora bien, de la misma manera que nos colocamos en posición de observadores, de testigos, para estar pendientes sobre el sexo y el género, podemos hacerlo con las emociones. Clasificar los registros emocionales que podemos tener y poderlos seleccionar en su expresión o momentos oportunos, creo que nos será útil en la práctica de la agamia.

Estas dos vías a mí me sirven para ejercitarme en vivir plenamente, cada instante con cada persona, ya sean mis hijos o mis vecinos o quien sea. Todos los días me equivoco. Cómo, si no, podría aprender.