lunes, 16 de octubre de 2017

amor (romántico) universal.



Oh, can’t you see? You belong to me.
How my poor heart aches with every breath you take!
Every Breath You Take, The Police


Uno (otro) de los lugares comunes del debate contraamoroso es la reivindicación del otro amor, ése que, a diferencia del amor romántico, sí es bueno. Y uno de los otros amores más frecuentemente reivindicados es el amor universal, ése que nos hermana a todxs, y a todxs con todo.

“Nada que ver” nos suelen decir, “con el amor como normalmente se entiende. Este amor no proviene de nuestra cultura, se opone a ella y la desarma. Es su antídoto, porque renuncia al egoísmo y a la ambición, y consiste en la celebración de la plenitud de la vida presente, del mundo y de lxs otrxs”.

Todo esto nos lo dicen como argumento contra el cuestionamiento del amor y, como sabemos por otras experiencias, como recurso para salvarlo. Para ello se ven obligadxs a defender su descontextualización (es decir, su condición de sucedáneo y de mala traducción cultural), su infrecuencia (por lo tanto no es que el amor sea eso, sino que “eso” es una propuesta amorosa personal) y, lo que más debilita la tentativa, su altruismo.

Lo que voy a contar no es una prueba de nada. Es sólo un ejemplo con ciertas pretensiones paradigmáticas. Pero estoy seguro de que habrá a quien le cuadre. Y a quien le suene.
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Aunque la presencia visual de Sting tuvo siempre un marcado componente de dandismo, las historias de las canciones de The Police habían dejado ya atrás el rock cipotudo de Rolling Stones, Led Zeppelin o AC/DC y se adscribían a una nueva masculinidad preochentera que problematizaba sus relaciones.

En muchas y significativas ocasiones, los machos de la música estaban abandonado la sensibilidad milleriana en la que el “sexo” que conformaba el primer pilar de la tríada legendaria, junto con las drogas y el rock’n’roll, consistía en la instrumentalización despectiva y sin complejos de las fans. No es ése el discurso general de la New Wave, y no será de lo que hablen las letras de The Police.

Lo que encontramos en sus temas, más bien, es la cartografía de una nueva vulnerabilidad masculina; de aquellos espacios en los que el hombre parece haber perdido el control y las cosas ya no van rodadas. Su descripición, eso sí, irá acompañada de elementos inquietantes, a veces de autohumillación, a veces de obsesión, a veces de delirio. Se diría que el nuevo hombre herido se muestra enfermo. O que alega enfermadad para justificar la revuelta contra su devaluación. Ese lugar de incertidumbre competitiva y de ambigüedad moral es parte del enorme atractivo de una larga lista de clásicos como “Do do do de da da da”, “Can’t stand losing you”, “Walking on the moon”, “Every Little thing she does is magic”, “Wrapped around yout finger” o “Don’t stand so close to me”. Y ha sido la fuente de la justificada controversia que desde no hace tanto acompaña a “Every Breath You Take”, una de las canciones más inspiradas y sobrecogedoras de la historia del pop.


En mi opinión, los temas de The Police son, en su conjunto, una buena descripción de la perspectiva masculina de lo que llamamos hoy amor romántico. El hombre que no puede someter directamente debe jugar la carta del amor, y ese juego consiste, sobre todo, en manifestar su propia agonía, la injusticia en la que consiste no poder realizar sus deseos mediante un simple mandato. Las letras de estas canciones, y por encima de todas Every Breath You Take, describen perspectivas así de atractivas, patológicas y amenazadoras.

Muchxs recordamos la transformación de Sting cuando se disolvió la banda (algunxs, no yo, con desprecio), y cómo se convirtió, de la noche a la mañana, y a pesar de competir con otras primeras figuras, en uno de los más destacados portavoces de la interculturalidad musical y, como parte fundamental de la ideología que la sustentaba, del amor universal de inspiración lennoniana.


“Love is the 7th wave” fue el himno personal con el que predicó la llegada de este nuevo amor en el que todxs cabíamos como iguales. Un tema luminoso y magnífico, perfecto para cantar a plena luz del día en los macroconciertos colectivos de Human Rights Watch, y al que sumar a Paul Simon, Peter Gabriel o Bob Geldof en interpretación colectiva. El fin del ego encontraba su símbolo musical en estos encuentros entre estrellas incompatibles, en la participación del público en los coros finales, y en los abrazos entre ídolos. 20 años después, la propuesta de All You Need is Love, que también se mostraba a sí misma como una obra de madurez y reconciliación, y que había dejado el amargo sabor a fracaso de la separación de The Beatles, se hacía canon y se convertía en el tipo de canción a cantar por todxs, en todo momento y en todas partes.
El amor había evolucionado por fin. Provenía de otra cultura, era escaso, pero en expansión, y se mostraba, ante todo, altruista. Era otro y se había salvado a sí mismo. Se trataba, en definitiva, de un amor defendible y reivindicable. Sting, con ropa blanca de yoga, coleta descuidada y sonrisa franca, nos animaba a sentirlo: “I say love!” y todxs contestábamos “is the 7th wave!” Y él, de nuevo, “I say love!” y otra vez todxs, “is the 7th wave!”, una vez, y otra, con la infinita paciencia del maestro, hasta que conseguía que la multitud se emancipara y cantara por sí sola el verso completo; hasta que el público mismo se convertía en depositario y fuente del nuevo amor. Sólo un enorme coro de voces empastadas diciendo una y otra vez que el amor es la séptima ola.
Y entonces, sin que nadie lo esperara, pero con una lógica que todxs experimentábamos como natural, Sting añadía a su coro de amor universal los versos de resonancia sagrada y maldita. Como un conjuro, como una invocación al siniestro espíritu verdadero de todo lo que allí pasaba, se escuchaba de nuevo, irresistible en su hermosura: “Every breath you take… every move you make… every vow you break… every single day…”. Como si Sting, sacerdote del amor, entregara a toda aquella muchedumbre, ahora altruista e indefensa, a las ávidas fauces del padre de los dioses.

El conjuro quedaba ultimado, exactamente como se propuso originalmente, con aquella voz destemplada de McCartney surgiendo de entre el coro que invocaba al amor maduro y universal diciendo “All you need is love”, ése que era lo único que necesitábamos, y contra el qué él gritó de nuevo “She loves you yeah, yeah, yeah!!!”

Ella te ama. Sí! Lo has vuelto a lograr.


miércoles, 11 de octubre de 2017

¿son tontxs lxs guapxs?


Lxs guapxs no son tontxs. Ya está bien. ¿Hasta donde vamos a llegar con el cliché de la rubia boba y el cachas cavernícola? Prejuicios, prejuicios y más prejuicios. ¿Qué tendrá que ver el cuerpo con la inteligencia?

Te propongo un experimento. Busca una imagen de una persona que corresponda a tu orientación sexual, a la que no conozcas, y que consideres muy guapa. Eso es, pon guapx en google y elige de entre los resultados que obtengas.

Ahora imagina una conversación con ella. Ya, ya sé que esa persona no se dignaría jamás a hablarte. El resto de la comunidad del blog se solidariza contigo. Va. Haz un alarde de fantasía. Ánimo.

Tómate tu tiempo, déjate llevar. Hablad.
¿Ya habéis charlado un rato? Bien. Déjame que te cuente algo.

En 1974, Berscheid y Dion estudiaron el efecto del atractivo físico en las atribuciones caracterológicas en la infancia. Para ello utilizaron a 77 niñxs, de diversas edades, y 14 adultxs. Lxs adultxs se encargaron de determinar el atractivo de lxs niñxs, y estxs de realizar las atribuciones caracterológicas (conductuales, en realidad).

La conclusión a la que llegaron, en resumidas cuentas, era que el atractivo percibido por lxs adultxs correlacionaba con la atribución de conductas positivas por parte de sus pares, especialmente si éstas coincidían con el correspondiente estereotipo de género. Es decir que las niñas más guapas eran consideradas por sus compañerxs como más afectuosas, responsables y ordenadas, y los niños más guapos eran valorados como mejores y más equitativos líderes.

Yo generalizaría, yo, y diría que la belleza (el atractivo) es leída como una marca de corrección, y que se extiende a todos los ámbitos, incluidos tanto el ético (ser buenx) como el dianoético (ser inteligente). El hecho mismo de identificar belleza y atractivo (error en el que cae el estudio) implica ya esta atribución, pues refleja que la cualidad de la belleza tiene un correlato automático en la voluntad (atrae), es decir, que el resto de los factores, dado que no pueden ser considerados triviales (bondad, inteligencia) han de ser considerados incluidos.

En el estudio no aparecía valorada explícitamente la inteligencia. No conozco, además, ningún estudio sobre adultos en el que se correlacione atribución de inteligencia y atractivo, aunque Berscheid y Dion realizaron otros en los que se correlacionaban con el atractivo diversas conductas, como la elección de pareja para una cita.

Mi hipótesis es que pensar que esta conducta es propia de niñxs es muy optimista (de hecho diría que lxs propixs investigadorxs no quisieron comprobar si algo así ocurría ente niñxs, sino si ocurría también entre niñxs, dando por hecho que ocurría entre adultxs).

Pero, como decía, no dispongo de datos. Aunque, si no recuerdo mal, teníamos un experimento a medias.

¿Volvemos a tu conversación?

Contéstate a una sencilla pregunta: ¿ha sido una conversación inteligente?

Estoy seguro de que sí. Estoy seguro de que no sólo has tendido a idealizar el encuentro, sino que has tenido la sensación de que necesitabas emplearte a fondo para estar a la altura.

Parece, se diría, que no es este prejuicio de atribuir estupidez a la gente guapa el que nos atenaza, sino, muy posiblemente, justo el inverso. No sólo la inteligencia, sino el resto de virtudes éticas y dianoéticas correlacionan con el atractivo. La persona atractiva no es sólo inteligente, también es equilibrada, justa, limpia… sí, sí. Limpia. ¿Verdad que la persona del experimento olía bien? ¿Y su voz? Templada. Perfecta.

Una persona inatractiva, al contrario, conlleva todas las atribuciones opuestas. Para qué regodearnos describiéndolas. Para qué.

Lo que me interesa señalar aquí es algo sencillísimo, pero que se nos suele pasar por alto. Estas atribuciones son atribuciones. Efectivamente. Son falsas. Con ellas le hacemos el juego a la lógica del valor sociosexual: Quien dispone de mayor valor sociosexual lo acumula continua y automáticamente. Quien no dispone de él lo pierde a chorros haga lo que haga. Y la culpa es nuestra, porque atribuimos mentiras. Porque juzgamos falsos olores. Falsas bondades. Falsas inteligencias. Y, por supuesto, por trivial que sea esto (para quien haya logrado que lo sea), falsas habilidades sexuales.

Pero entonces, ¿es que no existen los estereotipos de la rubia (guapa) tonta y del cachas cavernícola? Por supuesto que existen. Dos palabras sobre prejuicios:

Los prejuicios no son juicios equivocados, sino generalizaciones excesivas. Sí, a veces tan excesivas que su porcentaje de verdad se reduce dramáticamente. Pero eso no los invalida como recurso general. Ni siquiera a ésos tan supuestamente terribles en los que estáis pensando ahora.

Los prejuicios no se combaten con información, como se dice habitualmente (ni viajando, menuda chorrada), porque más información genera más espacios de conocimiento y más cuestiones nuevas sobre las que formamos prejuicios. Los prejuicios se combaten sabiendo que lo son, es decir, valorando equilibradamente su peso en la formación de nuestra opinión.

Deshagámonos de los prejuicios hacia los prejuicios.

Hay, ahora lo vemos, buenas razones para que se hayan formado prejuicios contra lxs guapxs normativxs.

La primera es que se trata de un prejuicio correctivo que sirve para compensar el otro que, como hemos visto, es mucho más universal.

La segunda es que un cuerpo normativo, bien leído, nos habla de obediencia y embrutecimiento. Claro que es una generalización grosera. Pero más grosero, o más estúpido, es obviar la evidencia de que quien se pasa el 50% de su ocio en un gimnasio pierde el 50% de oportunidades de estimular su psique con algo de más interés que su rutina laboral. Que quien realizar esa elección, y las infinitas elecciones restantes que le permiten coincidir con el aspecto normativo, es muy probable que venga ya perjudicadx de serie. Y que por muy inteligente y adaptativa que, concedamos la excepción, haya sido su elección, el tipo de entorno social al que lo entrega implica un exterminio neuronal.

Lxs guapxs no son imbéciles, porque están vinculadxs a la clase alta y, por ello, a la formación y la información. Y, ¿sabéis? De ahí parte la tercera razón por la que existe el prejuicio que ha suscitado esta reflexión. La atribución de estupidez al atractivo es, también, un prejuicio de clase. De entre las mujeres guapas, la tonta es la rubia tonta, porque es la guapa pobre. De entre los hombres guapos, el cachas cavernícola es el tonto, porque es el pobre machacado en el gimnasio municipal. Al cachas no cavernícola y a la guapa no tonta lxs tenemos tan naturalizadxs como atractivxs que ni vemos que están también forrados de ese aspecto forzosamente estúpido. Nuestro tan odioso prejuicio contra lxs pobres guapxs ni siquiera tiene poder suficiente como para alcanzar a quien debería ir dirigido e incorporarse a los mecanismos defensivos de clase. Es otra de las máximas que nos envían desde allí arriba para que nos despreciemos: vuestrxs guapxs son falsxs guapxs, porque aunque lleguen a ser guapxs, siempre serán tan tontxs como todxs vosotrxs. Nuestra belleza, al contrario, es verdadera, y como tal, síntoma del resto de las virtudes que nos adornan. Nuestra belleza es inteligencia. Repetidlo con nosotrxs: los ricxs nacen bellxs y fuertes. No necesitan pasar por el gimnasio.

El 99% de quienes hayáis llegado hasta aquí lo habréis hecho de corrido, sin realizar el experimento. O al menos es lo que habría hecho yo. Ahora tendréis vuestra opinión sobre lo que cuento, pero tal vez algunx de vosotrxs penséis “vaya, me gustaría tener la prueba empírica”.

No os preocupéis. No os preocupéis lo más mínimo.

La vais a tener.

En cuanto os olvidéis del texto y vuestro pensamiento vuelva a sus atribuciones automáticas sobre inteligencia os la vais a encontrar a raudales.

En unos minutos.

Tenemos el hábito arraigadísimo de esa lectura equivocada. Y la necesidad de cambiarlo; ésa también la tenemos.


miércoles, 4 de octubre de 2017

lo importante es la chispa.


Me dice un amigo que lo importante en una relación no es el físico.

Me echo a temblar.

Me cuenta que cuando vas conociendo a alguien el físico prácticamente desaparece, y que lo va sustituyendo una especie de cuerpo real, compuesto por lo que sabes de esa persona, y que a veces es mucho más feo que el cuerpo físico, y a veces mucho más hermoso.

“Por supuesto” -contesto.

Me explica que, independientemente del aspecto, las personas encuentran o no una armonía intuitiva y evidente, y que esa armonía es, sin duda, la mejor garantía para una relación. Me dice que no le gusta llamarla química, como se hace con frecuencia, ni energía. Me dice que imagina que es simple compatibilidad, y que no hay cuerpo, por muy atractivo que sea, que sustituya a la compatibilidad.

“Ajá” -digo yo.

-Pero claro, una cierta atracción previa es necesaria.

Le digo que me interesa mucho que desarrolle este ultimísimo punto.

-Es algo menor, pero sirve para que salte la chispa. Sin eso no se puede establecer la relación, porque las personas no llegan siquiera a planteársela. Tiene que haber algo, casi inmediato, y eso sí que entra por los ojos.
-Pero es menor, ¿no?
-Sí, menor.
-Pero previo.
-Previo, sí.
-Comprendo.

Mi amigo ya me está mirando como si yo pretendiera amargarle la conversación.

-No quiero decir que el atractivo físico normativo sea muy importante –aclara. No se trata de aceptar la dictadura de la belleza ni nada por el estilo. Es todo lo contrario. Ya he dicho que eso desaparece enseguida, y que en lo que hay que fijarse de verdad es en la compatibilidad y en la imagen que vamos formando a partir de lo que conocemos. Pero no podemos negar que hay una influencia del físico, por mínima que sea. Tú siempre defiendes que no hay que negar la realidad. Pues esto es una realidad. Si la negamos chocaremos contra ella.
-Tienes razón. Y se trata de devolverla a su verdadera proporción. En vez de tratarla como algo importantísimo, hacer hincapié en que sólo es un detalle.
-¡Eso! Exactamente eso.
-Me gusta la imagen de la chispa.
-¡Ah, me alegro! Si la quieres usar…
-La chispa no es nada. No es la madera, no es el oxígeno y, por supuesto, no es el fuego. Antes del fuego no hay chispa, durante el fuego tampoco. Se puede decir, prácticamente, que la chispa no existe.
-Sí, es imperceptible.
-“imperceptible”. También me gusta.
-…
-Imperceptible pero, sin embargo, lo aglutina todo: la madera, el oxígeno, el fuego… Es la condición necesaria. E invisible. Es el ser en la sombra. Es el juicio. Es la nota. Es el aprobado de todo lo demás.
-Bueno…
-El valor sociosexual es algo mucho más importante, si no te he entendido mal.
-Es la condición necesaria.
-Pero tiene mucha más importancia.
-Determina qué relaciones son y no son posibles. Es la condición necesaria.
-¡Pero la chispa es imperceptible!
-El valor sociosexual también. Tú sigues sin verlo. Hablas de compatibilidad, de conductas… de cuestiones humanas. Todo lo que sucede antes lo consideras sobrehumano, física, naturaleza. Algo sobre lo que no se proyecta tu atención porque has aprendido que ante ello estás indefenso. Sólo pasa. Y estás esperando a que pase. Es el hecho que determina si empieza o no el juego de la modesta libertad de las personas. Tu chispa es la chispa de la creación. Eso, a lo que no das importancia pero que no puedes impedir situar al principio de todo, es el aliento divino. Es el valor sociosexual diciéndote en qué categoría te está permitido competir; determinando tu nivel; bidimensionalizando tu vida relacional. La chispa te dice qué es lo que el mundo te permite hacer. La compatibilidad determinará si puedes soportarlo.
-No lo creo.
-Lógico. La creencia no rinde cuentas a nadie. Es libre. No se elige la verdadera, sino la que gusta.
-Entonces dime, a ver, ¿cómo se establece una relación con alguien que no te atrae? Si no hay deseo, si no hay…chispa, ¡si no hay nada! ¿Qué tenemos que hacer? ¡¿Ir contra nosotrxs mismxs?!
-No lo sé. Si por “nosotrx mismxs” te refieres a “esxs” que hace un momento se consideraban liberadxs del valor sosciosexual, entonces sí, porque su mala fe y sus engaños entre sonrisas son muy peligrosos. Si te refieres a los que ahora reconocen que son presa del valor sociosexual y que se muestran impotententes frente a él, entonces también. También tienes que ir contra esxs “nosotrxs mismxs”, porque son conformistas y cobardes. De momento no veo ningúnxs “nosotrxs mismxs” más. Si encuentras otrxs y me lxs muestras ya te daré mi opinión sobre ellxs. Pero abre bien los ojos, porque puede que, si esxs merecen la pena, no se autodenominen “nosotrxs mismxs”.

Se queda muy ofendido, mi amigo. No sé qué le he dicho.


lunes, 25 de septiembre de 2017

lo llamas "sexo", pero es sometimiento.


Afirmo con frecuencia que no sabemos qué es el sexo porque nuestro sexo no es sexo sino otra cosa.

Y como no tenemos nada más que eso a lo que llamamos sexo pero que no lo es, pues eso, el sexo, o no existe, o existe en un espacio tan reducido y oculto que no alcanzamos ni a verlo ni, mucho menos, a conocerlo.

Es una exageración, claro. El sexo aparece de vez en cuando, concretamente en cada ocasión en que lo otro a lo que llamamos sexo desaparece o se agota. Lo otro es el sometimiento, y cada vez que el sexo deja de ser atractivo, excitante y enloquecedor sometimiento, entonces aparece el sexo como actividad específica, propiamente sexual, esto es, referida a lo que el sexo dice de sí mismo: disfrute del placer facilitador del coito. No lo suele decir así, porque el sexo casi nunca usa un lenguaje preciso, pero esto es lo que pretende decir.

Sí, el sexo es eso que pasa cuando se acaba lo que llamamos “deseo”. Los desechos del sexo son el sexo. Por eso suelo simplificar diciendo que no tenemos sexo. Porque lo tenemos, pero no hacemos absolutamente nada con él. El sexo carece de cultura sexual. Es poco más que algo que pasa, casi por casualidad.

A lo que quiero dedicar el post es a reforzar la hipótesis primera: El sexo al que llamamos sexo hoy, nuestro sexo, no es sexo, sino sometimiento. Daré para ello cuatro razones. Así habrá una cierta variedad, como en las tiendas eróticas.


Históricamente, el sexo implica posesión.

Quienes estén familiarizadxs con el blog lo estarán también con este argumento.

“Poseer” ha sido siempre poseer a una mujer, y la ceremonia que realizaba la posesión era el coito. Poseer no es una figura retórica. Es la carga histórica de un término que hoy se pretende poético, pero que es siniestro, porque hace remover todas las implicaciones conservadas en nuestro contexto cultural traídas directamente desde el suyo. Que un hombre no adquiera posesión real sobre la vida de una mujer mediante la penetración no significa que la alusión a esa idea, tan próxima no sólo en el tiempo sino en el espacio, no vaya a remover emociones definitivas. Lo que el sexo ha sido hasta hace bien poco no desaparece de la cultura sexual de un día para otro.

No parece difícil entender el atractivo enajenante que implica la posesión sobre la vida, es decir, la adquisición de una esclava. El placer sexual (facilitador del coito) es absolutamente innecesario para explicarlo. Si se diera mediante una simple compraventa, o mediante una pura apropiación, el atractivo permanecería intacto.

¿Alguna vez habéis cogido setas? ¿Recordáis la excitación? Sólo eran setas. Imaginad lo que sería coger personas. Pues eso es el sexo: Coger y, por supuesto, ser cogida.
Nuestra cultura sexual es sometimiento explícito.

Hasta hace poco no era tan obvio, pero hoy a nadie se le escapa que “profundizar” en el sexo es, simple y llanamente, acercarse al BDSM. El BDSM es el mainstream de la masterclass. Por mucho que el mundo bedesemero se victimice y diga que la sociedad no respeta su idiosincrasia, lo cierto es que ocupa un lugar en nuestra cultura al que no podría haber aspirado ni en sus sueños más utópicos. El BDSM, es decir, la antítesis del modelo igualitario del sexo, está cerca de ser aceptado como sexo normal para quienes se sienten especialmente atraídxs por el sexo. Es decir, para todo el mundo.
Si más sexo significa más sometimiento, el razonamiento está claro. Lo que hay que agradecerle al BDSM es que muestre las cosas tal y como son.

Lo que el feminismo avanza por un lado lo recupera el machismo por el otro. A día de hoy la pornografía y el BDSM avanzan a galope tendido devastando el territorio de la igualdad.


Sin sometimiento no hay deseo.

Es casi el argumento complementario. De hecho, al BDSM no se accede siempre porque se busque más sexo, sino porque, en muchas ocasiones, el que se tiene se ha agotado. La manera de reverdecerlo es recuperar el carácter dominante y, para ello, hacerlo más y más explícito.

Volvamos a esa cama cenicienta en la que lxs dos amantes (heteros, para mayor claridad y perfección del estereotipo) se miran, desnudxs, impotentes, sin interés alguno por hacer nada unx con otrx.
Atrás quedó la fase de la conquista, en la que la incertidumbre azuzaba el deseo. Atrás quedó la fase de la ejecución de la conquista, en la que el sexo era salvaje y olía ligeramente a muerte

Atrás quedó la fase de afianzamiento de la conquista, en la que el deseo renacía cada vez que la conquista parecía peligrar ante la presencia de una nueva figura conquistadora. Atrás quedó también la fase en la que se intentó reavivar la sensación de conquista y, una y otra vez, se jugó a la primera cita, a ser desconocidxs, a violaciones y a control de la guardia civil.

Atrás quedó, por lo tanto, hasta el último vestigio de posesión posible. La posesión es ya definitiva y convincente. Está firmemente asentada en nuestra conciencia. El cuerpo que tenemos delante ha dejado de resistirse de manera alguna. Carece, por lo tanto de interés. El sexo mismo no nos atrae. Ahora que podemos hacer con él lo que queramos descubrimos que no hay nada que queramos hacer.


El sexo es insociabilizable.

¿Nunca os ha llamado la atención lo naturalizada que está la idea de que el sexo necesita privacidad?

A primera vista parece todo muy lógico. Estamos desnudxs, hacemos gestos feos, emitimos sonidos aún más feos, nos ensuciamos, nos decimos cosas íntimas…

El sexo público sigue siendo entendido como una parafilia, un añadido a lo que, en principio, parece que el sexo necesita ser.

Pero, ¿por qué va el sexo acompañado de todos estos elementos que dificultan su realización en espacios colectivos? ¿Por qué no puede el sexo moderar su expresividad hasta convertirla en algo civilizado, del mismo modo que se modera la expresividad al comer, por más canina que sea el hambre que tengamos?

Pensémoslo. Si lo que comiéramos fueran personas tampoco lo haríamos en público. Si lo que hacemos en vez de comer personas, que parece complicado, es escenificar su sometimiento de un modo que nos resulte convincente, tampoco parece que el espacio público, pretendidamente igualitario, sea el lugar más cómodo. Nuestro sexo no es público porque nuestro sexo no es tolerable para nuestros propios estándares éticos.

No es que seamos reprimidxs sexuales (que también, pero es una cuestión muy diferente). Es que nuestro sexo nos compromete, y elegimos la ausencia de testigos.
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Es manifiesto, por lo tanto, que el sexo, de suyo, no nos interesa, y que quienes abandonan lo que llamamos sexo es o porque están hartxs de perder en el juego del sometimiento, o están hartxs de no ser entendidxs como objeto digno de ser sometido, o porque, excepcionalmente, han entendido de qué va esto y, directamente, lo rechazan.

Tenemos, sin embargo, el espacio sexual disponible para construir algún tipo de cultura sexual. ¿La queremos para algo? Si decidimos probar sólo tenemos que ir al cubo de la basura y recoger todos esos trozos que habíamos tirado. A ver qué se nos ocurre hacer con ellos.

Porque lo otro que estamos haciendo, y que tanto nos atrae, y tanto nos preocupa perder, no es sexo. El sexo está siendo una coartada. Hemos disfrazado al asesino de payaso para poder decir que estamos en el circo. Y luego, cínicamente, advertimos: “cuidado con el circo, que tiene peligros. Al circo sólo con consentimiento”.


lunes, 4 de septiembre de 2017

pero, ¿qué te ha hecho a ti el gamos?


“Yo supliqué a mi amo que me impusiera más prohibiciones." 
Pamela (1740) Samuel Richardson


La idea de construir relaciones fuera del gamos no ha caído del todo mal.

A veces se ha propuesto su identificación con alguna de las modalidades no monógamas previas y conocidas, pero en general ha sido respetada incluso en el nombre que se daba a sí misma, ha sido considerada amable y enriquecedora, y hasta ha llegado a despertar cierta curiosidad.

La idea de rechazar abiertamente el gamos ha recibido una acogida muy diferente.

“¿Rechazarlo? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que alguien lo elija libremente? ¿Es que no puede ser la fórmula adecuada para nadie? ¿No es mejor disponer del mayor número de opciones posibles?” Y, por supuesto: “Decir qué es lo que el resto de la gente debe hacer, ¿no es fascismo?”

Es curioso que el término “agamia” ha sido, como decía, aceptablemente respetado allí donde ha sido leído como “vivir al margen del gamos”. “Soy ágamx. YO no establezco parejas. Podría llamarme anarcorrelacional o polisolterx, pero ME IDENTIFICO MÁS con el término ‘agamia’”. Todo bien.

Sin embargo, el derecho a la especificidad se ha perdido allí donde se ha entendido la agamia en sentido completo, no como libre opción, sino como pronunciamiento ético y político contra la pareja. Es entonces, insisto que esto es curioso y divertido, cuando se dice con vehemencia que “la agamia no es nada. Sólo es anarquía relacional con un nombre más pretencioso” (¡¡¿más pretencioso?!!). Si la agamia no se diferencia de los modelos previos, entonces puede disfrutar de un nombre propio. Seguramente se le deje incluso elegir color y bandera. En el momento en que se distingue radicalmente debe ser asimilada. El término exacto sería, claro, “fagocitada”.

Justo aquello que se considera inaceptable es lo que se dice que ya estaba antes. Entonces habrá que destruir lo que ya estaba antes, ¿no? Y si es algo que se está destruyendo, ¿a qué se va a sumar la agamia? Bueno… no seamos abusones con las contradicciones ajenas. Suficiente tienen.
Voy a intentar contestar a la pregunta sobre la conveniencia del rechazo al gamos más allá de la máxima liberal de que nada debe ser rechazadx porque todo está bien y todo enriquece.

Empecemos por el principio:

¿Qué es el gamos?

El gamos no es la pareja.

No es desencaminado asimilar los dos conceptos (yo lo hago a veces para facilitar la comprensión de los textos más enrevesados), pero el gamos es un categoría mucho más amplia. La pareja sólo es una forma de gamos. Concretamente es la forma de gamos que decide llamarse a sí misma “pareja”. Pero hubo gamos antes de la pareja y queda gamos en abundancia incluso allí donde el término “pareja” ha desaparecido o se considera superado.

El gamos es el vínculo por el que, en cualquier cultura y sociedad, quedan unidas de manera específica las personas que se disponen a reproducirse.

No soy etnólogo, y lo de “en cualquier cultura y sociedad” me queda grande. Pero me parece más que válida la hipótesis de que una cultura sin gamos es, por lo menos, algo absolutamente excepcional.

Así que el gamos es una especie de asignación, por la que al menos una mujer y un hombre quedan unidxs con un fin concreto. Esta asignación, para que tenga efecto, deberá ir envuelta de una normatividad concreta.

¿Cómo es el gamos?

Profanada la etnología, aprovecharé también para hablar de etimología como si supiera. Lo que voy a exponer es sólo una curiosidad imprecisa y circunstancial que agradecerle a wikipedia, nada más. Si la reflejo aquí es porque me parece, incluso con ese lastre, reveladora.

Nuestro lexema “gamos” proviene, sabemos, del griego clásico. Su traducción más aceptable es, precisamente, matrimonio. El matrimonio griego se parecía ya al nuestro en que se realizaba sólo entre dos personas, por entonces necesariamente mujer y hombre.

El término utilizado para el contrayente (hombre) era “gametos”. El feliz gametos, por lo tanto, desposaba a la… ¿gamea? ¿gametai? ¿gama?. No. Su nombre era “upametos”. Así, el gametos y la upametos formaban un gamos. O, como la relación etimológica invita a pensar, la upametos se asimilaba al gametos en el gamos, mientras que el gametos permanecía prácticamente inalterado. El gamos era, por lo tanto, algo que sólo le sucedía al hombre, porque el hombre era el sujeto.

Obsérvese que, si esto es así, el sentido del lexema se ha invertido desde entonces. Hoy llamamos “poligamia” al establecimiento de varias asimilaciones gámicas, normalmente poligínicas (varias mujeres asimiladas a un hombre). Sin embargo, y siendo rigurosxs con la etimología sugerida, la poliginia seguiría siendo monogamia, porque el gametos permanece único. Es precisamente el poliamor el que hace estallar realmente la monogamia. No, como se defiende a veces, porque introduce la pluralidad, sino porque introduce la pluralidad de gametos, de amos. El polidrama sería, en muchos sentidos, el conflicto entre gametos dentro de una institución, el gamos, que los entiende como incompatibles.

Sombras, pero también luces, del poliamor.

El gamos moderno.

Bueno, pero esa asimetría está ya superada. No hay más que leer a Carole Pateman para comprobar que, efectivamente, el advenimiento de la burguesía y la ciudadanía universal obligó al gamos a convertirse en matrimonio igualitario por el que ambas partes contraían las mismas obligaciones y preservaban los mismos derechos.
Si, es broma. Lo que nos cuenta Pateman es que el matrimonio burgués adaptó la esclavitud gámica de las mujeres a los nuevos valores de la libertad y que, inspirado en otras esclavitudes “libres” previas, desarrolló un discurso que conciliaba lo irreconciliable, es decir, libertad y esclavitud; un sujeto que se objetualiza a sí mismo convirtiéndose en algo así como un “objeto animado”. La más completa expresión de ese discurso, y esto ya lo digo yo, se llama “amor”.

Conclusión.

Nuestro gamos, es decir, el “matrimonio”, y su alternativa seglar e informal, la “pareja”, tienen estos ilustres antepasados.

Pocos argumentos tan jugosos se pueden esgrimir contra el gamos (al menos contra el nuestro, aunque suena lógico pensar que, en lo que se refiere al sometimiento de una parte por la otra, la mayoría habrán tenido y tendrán mucho en común) como que es el heredero de una institución esclavista. Empeñarnos en organizarnos mediante la readaptación de una forma de esclavitud, seguir intentando que las rejas sirvan de alas, parece algo más que irracional.
Pedir respeto frente a la equidistancia entre agamia y gamos suena a una de esos debates sociales que resultan extremadamente controvertidos mientras el sentido común y la legislación igualitaria no logran imponerse. Pero, cuando lo hacen, el debate queda, de pronto, obsoleto e irrecuperable, como si la sociedad hubiera dado un salto en el tiempo.

Y es que, sinceramente, ¿podemos imaginar una sociedad sin gamos que decidiera, como forma de progreso y de ampliación de opciones deseables, inventar el gamos?

Pues ése es el asunto.


lunes, 28 de agosto de 2017

ASEXUALIDAD y AUTOSUFICIENCIA SEXUAL: la avanzadilla de la distopía.


Pretendo en este texto exponer la relación entre dos corrientes sexuales aparentemente independientes cuyo crecimiento resulta inquietante. Que estén relacionadas, es decir, que se puedan considerar sumables y, por lo tanto, partes de una corriente aún mayor, puede resultar más inquietante aún. Pero a la vez es posible que nos aproxime a su comprensión.

Por un lado tenemos a la comunidad asexual. Lo que voy a decir de ella es sólo mi percepción de algunos de sus rasgos, que no pretende ser exhaustiva ni extensible a cada individuo

Hasta donde sé, es posible que esta comunidad, de amable e inocua imagen pública, sólo me despierte inquietud a mí. La comunidad asexual, resumiendo groseramente, está formada por personas que, en alguna medida, no quieren tener sexo. Las diversas estigmatizaciones (más o menos fundamentadas) del sexo hacen que su rechazo adquiera un cierto halo romántico. Como el sexo, además, es para nuestra cultura un bien por el que se compite, quien sale voluntariamente de la competición no es echado de menos en ella hasta que el mercado descubre cómo reintegrarlo. La comunidad asexual nos parece, por lo tanto, muy bien, y nos lo parece desde la más desacomplejada de las condescendencias. Lxs asexuales son muy monxs, con sus orejas de gatx y sus tartas de chocolate. No os metáis con ellxs, que ellxs no se meten con nadie.

Sin embargo, si asumimos la responsabilidad de mirar un poco más allá de nuestra comodidad, nos encontraremos que esta comunidad se caracteriza, como otras que cuestionamos, por un sospechoso “consentimiento”. Lxs asexuales son quienes rechazan de muy buen grado aquello a lo que el resto consideramos que no seríamos capaces de renunciar. Quedarnos tan contentxs con esta conclusión dice, reconozcámoslo, muy poco de nuestra coherencia activista y justiciera.

Un paralelismo económico nos dice que el mercado intensamente competitivo del sexo debe necesariamente generar una gran masa de perdedorxs, desposeídxs, parias y expulsadxs de esa competición. Un vistazo a nuestra cultura sexual nos descubre, sin embargo, que esa gran masa humana no aparece por ningún sitio. En su lugar surge una inesperada y muy creciente comunidad de personas que rechazan al mercado del sexo, no porque se sientan expulsadas de él, sino porque no les interesa. Y nadie sospecha.

El otro colectivo al que me quiero referir es el de las personas sexualmente autosuficientes: aquellas cuya sexualidad no requiere de la colaboración directa de ninguna otra persona para ser realizada satisfactoriamente. Se trata de otro grupo creciente y de creciente visibilidad, aunque, como sus características nos permiten inferir, no precisamente porque quienes lo forman se hayan erigido en colectivo. Su fama tiene que ver con la preocupación que genera la idea de un sexo deshumanizado, donde la persona-objeto sexual es sustituida por herramientas sexuales o material pornográfico, y donde la ausencia de interactuación humana real hace que los límites éticos queden desdibujados.

Al llamar “sexualmente autosuficientes” a lxs viejxs y estigmatizadxs “pajerxs” pretendo abundar en la imagen que de ellxs, y sobre todo para ellxs, proyecta el mercado: desarrollar la vida sexual al margen de compañía humana alguna es (de nuevo) una elección. Si eres demasiado cómodx, estás demasiado ocupadx, o directamente te consideras demasiado por encima del resto del mundo para molestarte en procurarte compañía sexual, no es que tengas ningún problema. Simplemente perteneces a un nicho de mercado, equivalente a cualquier otro, y cuya demanda debe ser satisfecha: enhorabuena, estás integradx.

Puede verse ya que lo que ambos grupos tienen en común es ser resultados inadaptados (todos lo son, en realidad, pero éstos lo son para las exigencias mismas del sistema, aunque él los celebre) de la sobresignificación sexual competitiva que es propia de nuestra cultura. En ella el sexo no es sólo el mayor bien en sí (esto no es contradictorio con que lo sea el amor, pues sabemos que el amor se caracteriza por dar a la posesión sexual un envoltorio de apariencia ética), lo más deseable, lo que produce un placer más definitivo y verdadero, sino que además es un bien escaso por el que hay que luchar hasta extenuar las fuerzas y, en la mayoría de las ocasiones, perder frente a adversarios más fuertes.

De las grandes masas de perdedorxs emergen dos estrategias principales. La primera, propia de la comunidad asexual, es el abandono del sexo. Dado que el sexo no es una necesidad primaria, esto se puede hacer sin peligro inmediato para la vida. Dado que es una necesidad secundaria, tanto de inclusión como de energización del desarrollo personal (así la hemos construido) la libido y la pertenencia al mundo de la comunidad asexual se desploman. Sin contacto con la realidad, y sin fuerza para volver a ella, lxs asexualxs se convierten en una comunidad infantilizada y construida en torno a la libido secundaria de la comida (dulces, “chuches”) y el amor por lxs animales. Así, su capacidad para combatir su propia exclusión queda prácticamente extinguida.

La estrategia de lxs autosuficientes es la opuesta, y presenta una coherencia perversa digna de tener en cuenta: dado que el sexo es, por excelencia, el bien en sí que afirma nuestra cultura, y dado que lo es más que las propias personas que construyen esta cultura, para seguir participando de lo social se vuelve necesario renunciar a las personas y aferrarse al último tablón flotante del sexo individual. Dicho de otro modo: si el sexo consiste en tener sexo con personas (poseerlas sexualmente) pero no puedo “obtener” personas, mi último recurso será elegir al sexo y abandonar a las personas, pues dicen las personas que lo verdaderamente importante es el sexo. Por lo demás, las personas, una vez que no pueden ser poseídas sexualmente, pierden cualquier otro interés. Al carecer del símbolo que atesora la savia libidinal, los vínculos sociales se marchitan. Lxs autosuficientes sexuales no se aíslan activamente, sino que descubren, un día, que han quedado aisladxs. Pertenecen, sin embargo, al sistema, y no lo combatirán. Al contrario: son sus emprendedores más precarixs. Aquellxs que fantasean aún con realizar alguna vez sus sueños sexuales, consistentes en ascender algún día en la escala sociosexual y tener relaciones sexuales “verdaderas”.

Como se ve, todos estos inquietantes movimientos con respecto al sexo no provienen tanto de una visión aberrante del sexo (término que podríamos reservar para aquellos desplazamientos que busquen preservar la dominación sobre sujetos reales cuando ésta resulte inaccesible en términos convencionales, como sucede en la pederastia) como de la sobresignificación misma del sexo que, siempre desde su binarismo de género (en el par descrito se ve muy bien ese binarismo en el que más mujeres son asexuales y más hombres son individualistas del sexo) deposita el sentido de la vida en él y obliga a construir la vida en función de su satisfacción.
En mi opinión esto sólo lo resolvemos deshaciendo el conjuro sexual y despojando al sexo de todo cuanto no le corresponde, para que la libido pueda distribuirse por el resto de ámbitos de la vida. Y para eso tenemos que pensar contra nuestro deseo, contra nuestra vanidad y contra nuestra repulsión. Y actuar en consecuencia.

Tenemos, además, que pensar contra el gamos, que es la fuente de esa sobresignificación.

Y tenemos, por supuesto, que pensar en colectivo. Porque ni lxs asexualxs (un poco, o un mucho, todxs nosotrxs) van a recuperar su libido regodeándose en su asexualidad, ni lxs autosuficientes (un poco, o un mucho, todxs nosotrxs) van a recuperar sus vínculos sociales a base de buscar sexo.

¿Sabéis cómo hace Neo, antes de su desconexión, para cumplir perfectamente con su función de pila, de alimento de Matrix, para la que ha sido creado? ¿Sabéis a lo que se dedica día y noche, completamente aislado, en su cápsula? Pues sólo y exclusivamente a hacerse pajas.

Y, de momento, ése es el destino que se nos aproxima.


lunes, 21 de agosto de 2017

las guerras del feminismo: un paralelismo con Juego de Tronos


Ya sé que en otras ocasiones no he tratado a esta serie precisamente como un referente feminista. 

Sigo sin hacerlo (y me reafirmo desde que he visto como le tiembla la voz a Daenerys cuando habla con Jon Nieve), pero he encontrado un sentido en el que quizás nos pueda servir de ilustración con alcance.

Imagino que el título incitará inmediatamente a pensar lo obvio, aplicable a prácticamente cualquier tipo de conflicto mínimamente complejo: nos estamos desangrando en guerras intestinas, tenemos que descubrir lo que nos une en vez de hacer hincapié en lo que nos diferencia, hasta lxs malxs son buenos comparados con el verdadero mal común, etc…

Pero no se trata de eso. No voy a decir que Cersei representa también a un feminismo y que necesitamos entendernos con él, por imposible que nos parezca, para poder enfrentar al terrible enemigo exterior. No. Lo que voy a explicar es cómo uno de los feminismos en liza puede identificarse con el mismísimo Ejército de la Noche (o como se llame). Veréis a lo que me refiero.

Una vez transcurrida la mayor parte de la serie y desvelados los misterios que subyacían a este ejército, conocemos aceptablemente sus características. Sabemos que está formado por unos pocos seres poderosos, los caminantes blancos, y por un inmenso contingente de resucitadxs. 

Individualmente, los caminantes blancos, aunque fuertes, son vulnerables al vidriagón. Su auténtico poder no es, por lo tanto, su fuerza personal, sino su capacidad para traer de la muerte, una y otra vez, a hordas de cadáveres para luchar a su lado. Ésa es su arma determinante y, hasta el momento, en la serie, incontestable.
Así, encontramos, de un lado, al ejército de lxs vivxs, formado por individuos razonablemente fuertes, pero cuyo número es limitado y cuya cohesión depende de las coyunturas de sus rencillas. 

Del otro, el ejército de lxs muertxs. Su fuerza promedio es inferior, pero lucha como una sola conciencia, y su número, sin ser infinito, es inagotable porque los muertos no necesitan alistarse en él. Gracias al poder de los caminantes, los muertos les pertenecen por defecto. Y ésta es la clave.

Apliquemos el esquema al feminismo.

Tendríamos un feminismo formado por un importante número de mujeres (y algún hombre) conscientes y fuertes, sin demasiada cohesión, eso sí, salvo en puntuales momentos felices donde aparecen objetivos muy claros. En ese ejército habría de todo, desde heroínas extraordinarias hasta villanas de libro. Su número crecería lentamente, como el del ejército de los vivxs, porque estaría integrado por sujetos que, primero, deben ser formados.

En este feminismo están integradas, hoy por hoy, la mayoría de las “baronías” feministas: sus Reinos. Es el feminismo de las instituciones, de los partidos políticos, de buena parte del activismo de base, de otra fundamental de la academia y, por supuesto, el feminismo de nuestra legislación.

De otro lado tendríamos un feminismo masivo, de número alucinante, fantástico (y con generosa dotación de hombres), que a veces parece amenazar incluso con convertirse en ideología hegemónica y asimilarse a la normalidad. Un feminismo, como digo, capaz de invocar a legiones de sujetos de todo tipo bajo la etiqueta de “feminista”, y capaz de sepultar a cualquier opositor, feminista o no, bajo un alud de consenso emergente. Sabemos que está liderado por un número reducido de sujetos, cuya pertenencia a la categoría “feminista” (como la pertenencia a la condición de “vivxs” de los caminantes) es discutible. Pero el número de sus huestes crece y crece y, aunque ahora sólo resuena como un multitudinario grito de fondo, como un lejano retumbar de cascos galopando, parece obvio que, tarde o temprano, lo ocuparán todo.

A estas alturas del texto a nadie se os escapará que este feminismo responde al nombre de guerra de “libfem”, feminismo liberal, ése cuyas causas son, entre otras, la regulación de la prostitución, la sexopositividad (que incluye la defensa de la pornografía en nombre de un ser mitológico llamado “pornografía feminista”, del BDSM, y de las no monogamias gámicas, es decir, neomatrimonialistas), la proliferación de identidades de género autocomplacientes y, hoy, la legalización de los vientres de alquiler.

Del otro lado está el viejo, magullado “radfem”, feminismo radical, verdadero cuerpo de hoplitas del feminismo, que sigue resistiendo, de momento, los embates de ese enemigo espectral. Por el camino ha perdido una parte vital de sus rasgos identitarios (¿alguien sabe en qué ha quedado su lucha por la desaparición del género, más allá de la igualación de derechos, o su, en otra época, feroz oposición al matrimonio?), pero conserva lo sustancial, es decir, la inspiración colectivista: lo importante no es el derecho de una mujer al uso de su capital sexual, o a la satisfacción de su deseo de ser madre, o a que nadie juzgue el modo en que vive sus relaciones personales. Lo importante es cómo afectan las decisiones individuales al colectivo de mujeres; lo importante es no dejar nunca atrás a las más vulnerables.

Y podemos dejarnos cegar por la sororidad, si queremos, pero la realidad es que estos dos grupos, a día de hoy, están tan enfrentados entre sí como supuestamente lo está cada uno con el patriarcado, porque ambos identifican al otro como el caballo de troya de aquél.

Así parece que está hoy el campo de batalla. Un ejército limitado y voluntarioso que resiste, uno ilimitado e irracional que asedia. La estrategia de ambos es confiar en el tiempo. A lxs últimos les traerá la victoria. A lxs primeros una estrategia que permita invertir la situación antes de que sea demasiado tarde. Pero esa estrategia no llega, y el tiempo se acaba.

¿De qué estrategia estamos hablando? Sin duda, de aquella que anule la capacidad del ejército libfem de alinear a su favor a la sociedad entera, por poco feminista que sea. Necesitamos quitarles el poder de convocar a lxs muertxs. No podemos seguir permitiendo que, a un gesto suyo, rebaños de machunos purpurados clamen contra el feminismo radical como si éste fuera el verdadero problema de las mujeres.

Este poder es el sexo. La apropiación sistemática y sin resistencia del sexo por parte del libfem es lo que convierte a éste, ante la mirada lega, en el feminismo de la vida, de la ilusión, de la motivación, de la alegría y de la fuerza, frente al feminismo radical, que pasa, paradójicamente, a ser el feminismo de la represión y la muerte.

El sexo, como principal motivación específica de nuestra cultura (el dinero sería inespecífico), como principal razón por la que vivir, es capaz de dar vida y convocar fuerza de la nada. La vida sin sexo carece de fuerza de vida, y nada, en esta cultura, tiene fuerza suficiente como para responder a su llamada. El feminismo radical, en definitiva, sólo tiene poder de convocatoria a través de la concienciación que, como sabemos, es un proceso lento e incierto. El feminismo liberal levanta a los muertos aquí y ahora, porque les transmite el siguiente mensaje: este feminismo no amenaza tu libido, tu gasolina; es más, te llenará el depósito satisfaciéndola.

Los tics de sexopositividad son los identificados por la masa social no feminista o vagamente feminista para determinar de qué lado del feminismo debe dejarse caer. De ahí que cuando la evidencia de la injusticia hace que esa masa social no termine de decantarse por el libfem (como sucede en el caso de la defensa de los vientres de alquiler) éste emita señales aún más claras, amenazando con la deseaxualización a la que conduce el apoyo a las radicales: “¡si no defendéis la gestación subrogada os ponéis del lado del rancio abolicionismo antiprostitución!” Ante luz tan cegadora las volubles polillas deciden de una vez la dirección de su aleteo.
El radfem se ha conformado hasta ahora con despreciar esta cultura de la libido hipersexualizada, señalando que es un eje más del sometimiento patriarcal. Que acierte en el diagnóstico no significa que lo haga en la solución. Haber dejado la libido en manos del enemigo es una decisión estratégica de primera magnitud que sólo es eficaz si dispones de un plan de victoria relámpago. Si el conflicto se estanca, la derrota es segura.

Evidentemente, el feminismo radical no puede ofrecer lo mismo que ha ofrecido el libfem. Para éste último es muy fácil convertirse en adalid de la exacerbación de la sexualidad machista sin caer en contradicciones. El radfem necesita reinterpretar el sexo. Necesita una mirada profunda, sincera y transformadora sobre el sexo, que no se conforme con criticarlo ni con devolverlo a la caverna, sino que realice una propuesta suficientemente construida como para ser atractiva; es decir, no con el atractivo como guía, sino con él como consecuencia de la coherencia. Necesita confiar en que mirar en el sexo profundamente no llevará a una doble hipersexualización, sino precisamente al rescate de la libido para la vida.

Para eso tendrá que ser muy valiente, claro, y desempoltronarse mucho en lo privado. Tendrá que abandonar la autocondescendencia del descanso del/a guerrerx, que llega a casa a perdonarse para sí mismx aquello que acaba de combatir. Tendrá que abandonar muchas fantasías cómplices y muchos privilegios secretos.

Pero es que de eso se trata.

Se trata de que el radfem, para serlo, haga honor a su nombre y vaya a la raíz del sexo, o a la raíz de sí mismo, que es, precisamente, la radicalidad, prácticamente abandonada. Quizás encuentre en ella una fuente de energía incluso más poderosa que el sexo: aquella que, en vez de convocar infinitos turbas de babeantes y descerebrados zombis patriarcales, sea capaz de devolverlos a la verdadera vida consciente del feminismo.
















lunes, 31 de julio de 2017

¡hablamos de ligar!


Hoy en el recreo les pregunté a mis compañeros si ligaban.

Estaba preocupado, porque no ligo, y quiero ligar, pero no sé cómo hacerlo y no sabía si a ellos les pasaba lo mismo, así que les pregunté.

-¡Mira éste con lo que sale! ¡Pues claro que ligo! Todo el mundo lo sabe – contestó Damián. Y es verdad, porque es bárbaro ligando. Liga siempre con las chicas más guapas, y todos lo sabemos.
-¿Y los demás? –dije yo.
-¿Qué pasa con los demás? –contestó Benito. No entendí esa pregunta, porque acababa de hacer yo la mía, pero se la repetí igualmente.
-Pues claro que ligamos. ¡Yo ligo todo lo que quiero! –dijo Benito.
-¿Tú? –preguntó David-. ¡Pero si tú no has ligado en la vida!

Entonces Benito le dio un puñetazo y a David le salió sangre de la nariz. Son tremendos los puñetazos de Benito. Todo el mundo sabe eso también, porque todos hemos recibido alguno alguna vez. Lo de que Damián liga no lo sabemos porque haya ligado con nosotros, claro, aunque también lo sabemos. Diría que lo sabemos tan bien como lo de los puñetazos de Benito.
-Yo también ligo –dijo Amadeo-. Los altos siempre ligamos. En todas partes donde estés notas que las chicas te están mirando.

Yo no sabía que Amadeo ligaba, pero es verdad que es el más alto de todos, aunque tiene las piernas un poco arqueadas, y siempre parece que estuviera agarrándose al suelo con los dedos de los pies para no desequilibrarse.

-Yo podría ligar si quisiera, porque sé mucho. –dijo Adolfo-. Y es verdad, porque tiene los mejores resultados y siempre es el mejor en todo-. Pero sería abusar. Además, tendría que perder tiempo y mis resultados empeorarían.
-¿Y tú? –le pregunté a Vicente, porque Vicente es manco, y pensé que quizás eso no les gustara a las chicas.
-¿¡Por qué me lo preguntas?! ¡¿Sólo porque soy manco no voy a poder ligar?! ¡¡Yo ligo como todo el mundo!!

Por último pregunté a David, que tenía aún un poco de sangre en la nariz, pero me dijo que si quería un puñetazo y entendí que él también liga.

Como me quedé un poco preocupado fui a buscar a Manuela para preguntarle si las chicas también ligaban. Manuela es genial, porque es mi mejor amiga chica, y puedo hablar con ella de cualquier cosa.

-Claro. Para una chica es muy fácil ligar –me dijo-. Pero no todas quieren. Por ejemplo, Delia dice que prefiere no ligar, porque los chicos son imbéciles y está bien sola. Y a Begoña sólo le gusta Damián, así que no le apetece ligar con nadie más. Pero Rosaura, por ejemplo, que le gustan todos, liga todo el rato. Luego llora cuando la dejan, pero no pasa nada porque siempre consigue otro. Berta también liga mucho, porque tiene la suerte de que le gustan los chicos feos y, claro, con los chicos feos es muy fácil ligar. Y luego está Marimar, que no liga, pero dice que es porque no encuentra al chico adecuado, pero que tiene oportunidades. Y será verdad, porque una chica siempre tiene oportunidades.
-¿Y tú? –le pregunté.
-¿Qué? –me dijo. Y me acordé de que Benito tampoco había recordado la pregunta aunque estábamos hablando de ella.
-¿Tú ligas?
-¡Pues claro que ligo! –contestó. –Para una chica es muy fácil ligar-. Y me creo de verdad que Manuela ligue, porque conmigo, por ejemplo, podría ligar cuando quisiera.
-¿Y por qué crees que no ligo yo?
-Pues porque habrás tenido mala suerte. Tú no te preocupes, ya verás como empiezas a ligar pronto. Todo el mundo liga. No hay ninguna razón para que no ligues tú. Seguro que en realidad sí que ligas, pero ni siquiera te estás dando cuenta.

Entonces sonó la sirena y terminó el recreo.
Yo subí mucho más tranquilo a clase, porque ahora ya sé que no es que me pase nada, sino que ha sido una casualidad. Incluso me sentía ilusionado, porque lo más seguro es que ligue enseguida, y tengo tantas ganas de hacerlo que creo que voy a pasármelo muy bien y a disfrutar mucho en los próximos tiempos.

Tan ilusionado estaba que las siguientes clases me salieron muy bien y los alumnos estuvieron atentos y en silencio, no como normalmente, que parece que tuvieran no sé qué intranquilidad, o insatisfacción, o falta de algo que no supieran qué es, pero que les impide centrarse.


lunes, 24 de julio de 2017

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad II. DESOBEDECIENDO AL VSS


Convoca a tu grupo de amigxs en la Plaza de España. No les digas para qué. Diles que es para una cosa.

Como sabes, tu grupo de amigxs está latentemente jerarquizado por una escala de valor sociosexual, que determina quién puede ser pareja de quién y, por extensión, quién tiene poder sobre quién.

Como si fuera un carnaval herético, vamos a saltarnos la estricta norma social del vss.

¿Recuerdas la última vez que paseaste cogidx de la mano o del brazo con una pareja?

Hazlo con detalle. Evoca la posición, la actitud, los gestos. Cuando lleguen todxs tus amigxs, diles que evoquen también este recuerdo tan pormenorizadamente como puedan.

Bien, ya estáis listx para el ejercicio.

Distribuíos por grupos de dos. El ejercicio consistirá en recorrer la Gran Vía reproduciendo el recuerdo evocado de pasear en pareja. Simplemente eso.

No vayáis todas las parejas juntas. Cuando una salga que la siguiente espere hasta que prácticamente la haya perdido de vista.

Cogeos de la mano, o del brazo, o de la cintura, y subid tranquilamente hasta Callao. Intentad no dejaros llevar por la resistencia. Intentad reproducir fielmente la situación. Sed pareja durante ese trayecto. Sentid vuestra condición de pareja. Sentid, también, la mirada ajena.
¿Ya habéis llegado? Perfecto. Esperad al resto de las parejas. Cuando todxs estéis arriba, cambiad la distribución. Recombinaos. Con vuestra nueva pareja repetid la actividad, esta vez calle abajo, de vuelta a Plaza de España. Intentad no caer en la rutina. Intentad no sólo observar lo que pasa y lo que sentís, sino cómo evolucionan ambas cosas con respecto al paseo anterior.

Una vez que todo el mundo haya llegado abajo hay que repetir la redistribución. Como podrás imaginar, hay que realizar el ejercicio tantas veces como personas estéis haciendo esto, menos una.

Intentad ser conscientes de lo que sucede en cada paseo, pero también de lo que sucede a medida que se van acumulando los paseos. Cada paseo es una historia. El conjunto de paseos también es una historia.
Cuando terminéis no os precipitéis en iros a un local con mucho ruido. Concedeos antes un rato en un sitio donde podáis hablar en grupo, escuchar lo que dice cada persona, y miraros a los ojos después de haber sido todxs pareja de todxs.

Después sí, después ya podéis descontrolar. Ya veréis como pasan cosas.

Si no estás en Madrid no podrás hacer este ejercicio, claro, porque no tendrás cerca la Plaza de España.


lunes, 17 de julio de 2017

sobre lo que ES y NO ES sexo.


Vamos con una idea muy sencilla sobre sexo.

Si la miramos en función del sexo, nuestra vida se puede dividir en “vida sexual” y el resto, a la que podemos llamar “vida no sexual”. La vida sexual se compone de todo eso a lo que llamamos “sexo”, que son conductas sexuales, en situaciones sexuales, con personas con las que tenemos relaciones sexuales. Fuera del sexo queda todo lo demás, y tenemos claro que todo eso otro no es sexo.

Hasta aquí está todo muy claro, y podemos estar perfectamente de acuerdo.

Yo, de todos modos, lo voy a ilustar.
Está claro que ahí, entre medias de esas dos áreas claramente diferenciadas, la barrera debería ser algo más que una línea. Hay, qué duda cabe, un pequeño espacio ambiguo que se compone de ésas conductas que han estado a punto de ser sexuales, o que eran sexuales de intención, o que fueron sexuales sin que nos diéramos cuenta en el momento. Y también hay gente, claro. Está la gente con la que hace poco que tuvimos una relación sexual y no está claro si la repetiremos. Y las personas con las que hemos tenido esa relación y son vistas desde fuera como relaciones sexuales para nosotrxs. Y algunas otras. La barrera no es una línea. Es un área fina.

O no tan fina.

Porque si de lo que hablamos no es de conceptos normativos, sino descriptivos, que sirvan para distinguir entre qué es sexo y qué no lo es, nos vamos a encontrar con un espacio indefinido bastante amplio. Tomemos como ejemplo una tienda de objetos eróticos. El tema de esa tienda es el sexo, qué duda cabe. Si enfrente tenemos una tienda donde se venden, por ejemplo, miel y derivados, sabemos también, con claridad, que ésta última no es una “tienda sexual”.

Pero, ¿qué es una farmacia, donde se vender preservativos, lubricantes, etc…? ¿Y qué es una tienda de ropa, donde gran parte de los artículos tienen como objetivo realzar el valor sociosexual? ¿Y qué es un bar, si en él se liga?

Se dirá “establecimientos sexuales no”. Pues no sexuales tampoco. Así que engrosan el espacio indefinido de lo sexual que no es sólo sexual.

¿Hacemos el mismo ejercicio con las relaciones? ¿Y si extraemos de las no sexuales a aquellas donde una de las dos personas tiene aspiraciones sexuales sobre la otra? ¿Y si incluimos en el espacio indefinido las relaciones que no tienen sexo pero que tienen, como uno de sus vínculos principales, el procurárselo mutuamente (lo que ha sido siempre un “grupo para salir/ligar”)? ¿Y si dejamos de decir algo tan extraño como que las personas cuyo tema de conversación más frecuente es el sexo no tienen una relación sexual?

En cuanto a las actividades en sí mismas… ¿A partir de qué nivel de excitación de alguna de las personas imlplicadas podemos decir que el sexo está presente en aquello que se esté haciendo, sea lo que sea? Si el sexo tiene preliminares que sirven para construir un espacio amigable dentro del cual realizar la actividad sexual, ¿esos preliminares no son sexuales? Y si una orgía es un lugar donde varias personas follan, aunque no folle yo… ¿a qué distancia debe estar la persona excitada más próxima para poder decir que no estoy formando parte de un entorno sexualizado? ¿He dicho entorno sexualizado? Había olvidado mencionar la omnipresencia del lenguaje audiovisual y de su monotema: el sexo. ¿Se puede decir que actividad alguna pertenece al ámbito del no sexo si en la tele están poniendo el vídeo de Despacito? ¿Y si suena la canción?

El amor está en el aire”, decían. Lo que ha estado siempre en el aire es el sexo. El amor es el guardián que lo vigila para confinarlo al espacio del gamos y su sexo coital.

Parece que estábamos equivocadxs con nuestro esquema. Las dos áreas que habíamos representado son, en realidad, minúsculas, comparadas con la que habíamos dibujado como una simple línea. Ésta, sin embargo, crece hasta abarcarlo prácticamente todo.
Así que éste es el estado de cosas: la vida parece difícilmente desexualizable en cualquiera de sus ámbitos. Prácticamente todo es algo sexual pero no del todo sexual. Sin embargo la entendemos justo al revés. Como si el sexo estuviera guardado en un espacio concreto donde, por lo demás, apenas hay otra cosa que sexo. Esto último tampoco es cierto. Lo específicamente sexual no es, ni mucho menos, sólo sexual, y no podría ni entenderse ni realizarse sin la inclusión de esos otros elementos que, fuera del sexo, entendemos como aislados del sexo. Cuando el sexo prevalece depende completamente de todo aquello que no es sexo y lo acompaña: el contexto, el lenguaje, los estímulos no sexuales…

Bueno, y, si es así, ¿qué?

Todo. Si es así, todo.

Porque si las cosas no son sexuales ni no sexuales, sino más o menos sexuales, entonces se acabó lo de tener o no tener relaciones sexuales, porque estaremos teniendo relaciones sexuales siempre. Y se acabó lo de la orientación sexual, porque tenemos relaciones sexuales con todo tipo de personas, animales y cosas. Y se acabó lo del valor sociosexual, porque ni las personas más deseadas pueden dejar de tener relaciones sexuales con nosotrxs, ni nosotrxs podemos evitar tenerlas con las que lo son menos.

En definitiva, que todo consistiría en determinar qué hacemos y qué no hacemos en cada ocasión. Pero esas cosas que hagamos y dejemos de hacer ya no se distinguirán de las otras porque sean sexo, de modo que el que den o no paso al establecimiento de relaciones sexuales dejará de condicionar nuestra decisión.

Habrá quien diga que esto da para mucho desarrollo. Pues sí, muchísimo. Algo tremendo. Pero este texto acaba aquí.


lunes, 10 de julio de 2017

parar la ESCALERA MECÁNICA en las RELACIONES POLIAMOROSAS.


Como todo el mundo sabe, la gestión de los celos es el tema estrella de cualquier taller, charla o conferencia sobre nuevos modelos relacionales (si en vez de “nuevos” hubiera que llamarlos “no normativos” tendríamos que entretenernos demasiado con las matizaciones).

Los celos son la medalla de oro indiscutida entre los caminos de vuelta a la monogamia.

A considerable distancia, pero ocupando un nada desdeñable segundo puesto, aparece el tema de la escalera mecánica relacional: eso de que empiezo no queriendo ser monógamx pero no sé qué pasa, no sé qué pasa… que al final no sólo lo soy, sino que ¡no me saques de ahí!

Es obvio que ambos están íntimamente relacionados y que la explicación para ambas fuentes de conflicto van a parecerse mucho. Pero dejemos por un momento la visión de conjunto y vamos a centrarnos en la escalera, que la tenemos abandonada.

El análisis con el que más frecuentemente nos toparemos nos ofrece dos causas para este ascenso aparentemente irresistible: el hábito y la presión cultural. Estamos tan acostumbradxs a hacer que las relaciones “avancen” que nos llenamos de perplejidad si se paran. Avanzamos poco menos que por horror vacui; porque no sabemos qué otra cosa hacer. A esta tendencia se suma que todo el entorno monógamo nos dice constantemente esa cosa tan chorra y tan desagradable de la luna: que si no crece, es que mengua.

Así es, en dos palabras, la explicación que se nos está dando. La herramienta que se nos invita a utilizar es la consciencia: tenemos que darnos cuenta de que damos esos pasos para no darlos; para no permitir que la monogamia corrompa nuestra propuesta.

Bueno, yo tengo otra explicación. A mí no me parece que el problema esté (sólo) fuera de las no mogamias, sino (sobre todo) dentro.

Se llama AMOR.

Como he afirmado en otras ocasiones, el amor es la ideología del gamos, es decir, el discurso cuya finalidad es la formación de éste. Así, nada de misterioso tiene que no haya forma, por más que se quiera, de evitar la monogamia, mientras se conserve el culto a su libro sagrado.

En demasiadas ocasiones, las no monogamias se defienden de la crítica monógama a la deshumanización sobreidentificándose con el amor, del mismo modo que hemos visto recientemente al PSOE defenderse de su rechazo al CETA sobreidentificándose con la globalización. Para convencer de que el cambio es responsable se acepta la presencia de una instancia supervisora impuesta por el sistema. Una vez aceptada esa presencia, la revolución está abortada.

Veamos por qué:

-El amor invita a la sobrevaloración de la persona amada. Si la persona amada es cada vez más valiosa, lo lógico es que deseemos estrechar cada vez más nuestro vínculo con ella.

-El amor invita a “disfrutar sin complejos de la experiencia amorosa” AKA “descuidar el entorno relacional”. Si estar enamoradx es excusa suficiente para rebajar mi autoexigencia ética, mis vínculos se van a deteriorar, de modo que el vínculo amoroso resaltará cada vez más sobre el resto.

-El amor invita a la impulsividad. Si no estoy enamoradx, prevalece la decisión de no ascender por la escalera mecánica relacional. Si lo estoy prevalece el mandato amoroso del dejarse llevar, del no pensar. El resultado es la repetición del hábito adquirido.
Son tres ejemplos importantes, pero se podrían encontrar muchos más. El objetivo no es hacer la lista definitiva, sino entender que el enemigo está dentro, no fuera, y que no se llama “amor romántico”. Se llama AMOR, y cuanto más nos identificamos con él más inútil son nuestros esfuerzos por construir cualquier otra cosa que lo que él ordena.

Y está por todas partes. No sólo en el nombre de la no monogamia hegemónica, el poliamor, y en la iconografía de todas y cada una de las no monogamias.

Está en la incorporación de otros conceptos como NRE (New Relationship Energy, Energía de Nueva Relación) que vienen a disimular el origen amatonormativo de la exaltación amorosa.

Está en las prácticas identitarias de los colectivos no monógamos, entre los que las manifestaciones de amor, el culto al amor y la carga amorosa del discurso constituyen el eje central de su cohesión. Lo que construye o mantiene unidos a los grupos no monógamos es el amor mismo como referencia.

Pero, si volvemos a las herramientas que se ofrecen desde dentro de esos mismos grupos para evitar el indeseado ascenso encontramos que, reinterpretadas, son perfectamente rescatables. Veámoslo.

La presión cultural está dentro de los propios modelos. Son ellos los que someten a sus integrantes a una tensión insoportable entre una escalera mecánica a la que todo el mundo debe subir y una posición de la que, sin embargo, es obligatorio no moverse. Identificada esta presión dentro, las posibilidades de impermeabilizarse ante ella son mucho mayores. El vehículo para esa presión es la exaltación del amor.

El hábito no está sólo en el desarrollo personal de cada individuo que practica la no monogamia, sino en el de lxs creadorxs de opinión de los entornos no monógamos. No nos enfrentamos sólo al hábito de avanzar en la escalera relacional, sino al de escuchar a quienes también avanzan y nos hablan desde su hábito, y al de producir discursos influyentes a pesar de permanecer atrapadxs en el lenguaje amoroso.