jueves, 13 de octubre de 2016

"me gusta que me peguen"


Me dice una amiga que le mola que le peguen. Que no quiere decir en general, claro, como maltrato, sino en la cama, como juego.

Le digo que ya, que normal, que eso le mola a cualquiera.

Que no me crea, me dice. Que hay muchas mujeres que lo critican. Que la moral cristiana pesa y que aún nos falta un largo camino por recorrer. Que yo porque soy una persona con la mente abierta.

Me dan ganas de sacar el móvil y enseñarle cómo describen otras personas mi mente. Me dan ganas de hacerle un pequeño recorrido que parta de los calificativos de temática religiosa a los de temática racionalista-psicopática y de ésta a la del extremismo incendiario nihilista violento. Me apetece sacar todas las descalificaciones juntas para que se visualicen solos los vínculos entre unas críticas y otras, porque tengo la fantasía de que, unidas, compondrían un razonamiento armónico que refutaría en sí mismo la crítica que contienen como fragmentos: “Tu mente, arrogante, piensa, y al hacerlo se cierra a todo lo que sea no pensar, y eso la conduce a la profunda y sórdida raíz, que es lo que buscas arrancar sin piedad para purificar la tierra.”

Me dan ganas de eso, pero de todos modos no lo hago porque, oye, algo me dice que faltan segundos para que deje de parecerle yo tan abierto.

Le digo que no he dicho que no sea criticable, sino que nos gusta a todxs.

Doy ante lxs lectorxs mi palabra de que sólo he contestado lo que me parecía lógico contestar pero, sin proponérmelo, he fundido algún fusible neoliberal, y mi amiga ya no procesa: lo que gusta y lo criticable no pueden ir juntos.
Duda un momento porque tiene que desechar una de las dos ideas, y no sabe cuál, si la que implica que estamos de acuerdo o la que implica que discrepamos. Su intuición acierta y decide pedirme explicaciones:

-¿Qué es lo criticable? ¿Quién eres tú para decirme lo que debo desear? ¿Hasta cuándo vais los varones a controlar el deseo de las mujeres?
-Has dicho que lo criticaban muchas mujeres.
-Pero tú eres un varón.
-Bueno, hazte cuenta de que sólo las cito.
-¿Y quiénes son ellas para criticarme?
-Pensé que si yo no podía criticarte por ser varón, ellas, al ser mujeres, sí podrían. Volveré a hablar por mí mismo, entonces, que me resulta más cómodo, ya que todxs estamos igual de desautorizados.

“Como nadie tiene derecho a criticarte,” prosigo, “te diré por qué me gusta a mí que me peguen, ya que a mí no me importa ser criticado. Me gusta que me peguen porque la cara que pone la persona con la que follo cuando me pega no la consigo ni haciéndole ochenta pajas. Me gusta que me peguen porque sé que no todo el mundo permite que le peguen y, por lo tanto, no todo el mundo puede producir el placer que yo produzco. Me gusta que me peguen porque me hace sexy y deseable, y porque me distingue al fin de todas esas personas que no pueden llegar a ser tan sexis y tan deseables como yo porque no permiten, aunque les gusta, que les peguen. Me gusta que me peguen como me gusta hacerle a mi jefe esa última hora extra gratuita que ni el más sumiso de sus subordinados le hará, porque siento en ese momento cómo él comprende que me necesita, y cómo soy el primero, el más importante, el más poderoso de todxs cuantxs le obedecen.
Por eso me gusta. Y por eso, también, justo por eso, no permito que nadie lo haga.”

Mi amiga está mirando para otro lado. Un lado donde no hay absolutamente nada que mirar.

-Prefiero no hablar más de este tema, –replica. –No puedo con los puritanos.

-A lxs puritanxs sí nos gusta hablar de él, –contesto,- porque podemos con vosotrxs.


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