lunes, 23 de mayo de 2016

¿de quién nos enamoramos? (II - el valor sociosexual)


Si todas las personas nos conociéramos unxs a otrxs y pidiéramos a cada una que clasificara a las demás según lo atractivas que las demás le resultan, podríamos agregar todas esas valoraciones y establecer una escala.

Discreparemos sobre lo horizontal, lo igualitaria que sería esa escala, pero parece difícilmente cuestionable que habría una cierta verticalidad, una cierta tendencia a poner a unas personas de un determinado tipo mucho más arriba que a otras. Parece difícilmente cuestionable también que, aunque esta escala es irrealizable, todxs tenemos en nuestra cabeza una idea más o menos esquemática de ella.

Pues bien, si volviéramos a molestar a todas las personas pidiéndoles que volvieran a ordenar a todas las demás según el lugar que creen que habrán obtenido en esa primera escala, y volviéramos a agregar todos los datos, obtendríamos una segunda escala, lógicamente mucho más vertical.

A esta segunda escala la llamo “escala de valor sociosexual”, y nuestra idea de ella es nuestro criterio principal a la hora de determinar el objeto amoroso.
Si la conformación de una pareja fuera una elección libre y unilateral, la primera escala sería la verdaderamente importante, y todxs elegiríamos a la persona que estuviera en su cúspide. Eso tan simple es lo que el amor dice que hacemos.

Pero las parejas se forman por elección recíproca entre dos personas y, claro, la cosa se complica, porque esa persona a la que elijo y que está en la cúspide, bueno, no es que no me vaya a elegir, no es eso. Es que ni tiene noción alguna de mi existencia ni, seguramente, crea que merezca la pena tenerla. Esa persona habrá elegido, por supuesto, a otra persona que estará también en las más inhóspitas alturas de la escala, y entre ellxs puede que hasta cumplan sus sueños correspondientes y formen una pareja. Esas personas de ahí arriba son, lógicamente, las primeras que eligen. Lxs demás esperamos turno.

A lo largo de nuestra vida vamos tanteando hasta tener una idea bastante precisa de cuándo nos toca turno o, dicho de otro modo, a qué altura de la escala podremos elegir con posibilidades reales de éxito. Y el sentido común nos dirá que ese nivel en el que podemos elegir es nuestro nivel, el nivel en el que lxs demás nos han puesto a nosotrxs mismxs: nuestro valor sociosexual.

Estoy completamente seguro de que no hay una sola persona que, llegada a este punto, esté extrañada por el razonamiento. Escandalizada tal vez, pero extrañada imposible, porque estos procesos de valoración nos acompañan todos los días ocupando un lugar muy preciso en nuestra psique, suficientemente lejos de la conciencia como para que podamos soportarlos y suficientemente cerca como para que optimicemos sus resultados.

El verdadero misterio en la elección del objeto amoroso son todos esos matices personales a los que llamamos “gusto”, y que se definen por oposición al criterio general en la escala de valor sociosexual. “Me gustan las narices grandes. ¿Cómo se explica eso?”

Para que la aceptación del valor sociosexual propio no sea una insoportable acumulación de frustraciones, nuestro sistema emocional tiene sus recursos adaptativos. Si fuéramos universal y constantemente conscientes de que no nos queda mucho más remedio que asumir lo que nos toca, tan alejado de lo que les toca a otrxs y de lo que nos gustaría que nos tocara, ¿cómo podríamos disfrutar en lo más mínimo de esa correspondencia?

El gusto que se construye como rechazo al canon no es otra cosa. Casi cualquiera puede suscribir que no le gustan las “personas perfectas”. Casi. Menos las personas perfectas. A ellas sí que les gustan, porque no han necesitado adaptarse a la evidencia de que nunca las obtendrán. La negación del superior inaccesible y la afirmación del inferior accesible explica el ejemplo de la nariz. Mi experiencia me dice que una nariz lo suficientemente grande como para constituir una imperfección es una vía de acceso a la obtención del objeto amoroso, sin la cual se me escaparía por arriba con absoluta certeza. En mi experiencia, la nariz grande “baja” al objeto amoroso y lo pone a mi alcance. ¿¡Cómo no me va a gustar!?

Algunos otros “defectos” no me gustan, porque en mi experiencia han dañado tanto el valor sociosexual del potencial objeto amoroso que han acabado ofreciéndome personas que eran accesibles sólo porque su valor sociosexual era inferior al mío, es decir, personas “objetivamente” inatractivas y que, por lo tanto, no amo.

No pudo extenderme en más detalles sobre la conformación del gusto, pero el resto no es otra cosa que una serie de consecuencias de la experiencia personal en su relación con la escala de valor sociosexual. Este gusto personal determinaría las personas de las que nos enamoramos. El enamoramiento no sería otra cosa que el entusiasmo experimentado ante el descubrimiento de un objeto amoroso posible, y sería más intenso, más repentino, más violento, cuanto más alto fuera su valor sociosexual.

Pero entonces, ¿el valor sociosexual al que accedemos no es fijo e idéntico al nuestro?

Sí lo es, pero nuestro valor sociosexual no es una moneda objetivada que podamos mostrar como si fuera un billete, a cambio del cual podamos exigir un objeto amoroso de calidad equivalente. Recordemos que el valor sociosexual es una valoración subjetiva sobre el valor objetivo. Sería algo así como adivinar el valor del billete de la otra persona en función de los innumerables indicadores que me ofrece, al tiempo que intento que atribuya a mi billete el máximo valor posible.
Esta dinámica se llama “seducir” y es una forma de competición. Tiene la supuesta ventaja de que flexibiliza un poquito el valor sociosexual al que tenemos acceso. Tiene la desventaja, muy superior, de que transforma las relaciones en sistemas de competición, donde el valor sociosexual debe ser peleado en todo momento, convirtiendo a todas las personas, ya sean objetos amorosos o no, en objetos secundarios de seducción cuya idea sobre mi valor sociosexual debo mantener lo más alta posible para que influyan positivamente en los resultados de mis seducciones principales. Esa competencia, como la económica, hace que la escala sea aún más vertical, es decir, más desigual, y que tienda a hundir a quienes no compiten.

El enamoramiento representa así el triunfo del individuo sobre el conjunto de la sociedad, a la que entiende que ha logrado robar un objeto amoroso más alto de lo que le correspondía. Es decir que no sólo es insolidario. Además es entrañablemente ingenuo. No hay momento más enternecedor que escuchar a una persona enamorada hablar del idealizado objeto de su amor, mientras sabemos, conozcamos a dicho objeto o no, que no será ni más ni menos que lo que es la enamorada misma.
A mí también me parece todo horrible. Cambiémoslo.

volver a la primera parte.

4 comentarios:

itzumi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Apsinthion dijo...

Es una muy acertada reflexión.

Vicky Torres dijo...

Me parece muy sólida la explicación. Concuerdo con las ideas centrales.Especialmente al decir que el valor sociosexual de una persona se da desde una mirada subjetiva del valor "objetivo". He ahí todo el meollo del asunto. Cabe mencionar, entonces, que el valor sociosexual es diferente a través del tiempo y en las diferentes sociedades.

Lilian Cruz dijo...

Esas escalas que mencionas aparecen también en las sociedades premodernas (como la mía, escribo desde México), con todas las connotaciones que se pueden deducir e imaginar. El modelo hegemónico no se anda por las ramas y bueno, la comparación con la verticalidad económica resulta más que pertinente ya que ambas hacen parte de la misma línea vertical. Encuentro muy adecuada la explicación a nuestra resignación ante el valor sociosexual que nos es asignado. Sólo agregaría el asunto de la brecha de género, tanto en la competencia como en la no competencia. Me queda mucho por aprender, gracias!