jueves, 20 de febrero de 2014

razón y emoción: HISTORIA DEL CORAZONCITO BUENO (y II)

               En el capítulo anterior:              

             Los habitantes del País del Amor eran casi felices.
             Allí, en la entrañable Comarca, su vida transcurría sin pesar, deleitados por la amable sucesión de las estaciones y entregados a infinitas manifestaciones de afecto mutuo.
               Pero, desde las tierras del Este, la más terrible de las amenazas se cernía sobre sus vidas: El Cerebro aumentaba su poder día a día, poseído por la mortífera ambición de extender el pensamiento por todo lo largo y ancho del mundo.
             La única esperanza de salvación era encontrar un corazón puro...


                El corazón tiene la habilidad de devolver la naturalidad al mundo, y ése es su trabajo cotidiano. Para ello dispone de múltiples recursos. Como corresponde a todo buen héroe, su ingenio le permite reaccionar con solvencia a las complejas maquinaciones del cerebro. El cerebro es laborioso, concienzudo, perseverante, exhaustivo, pero el corazón tiene la creatividad de los genios, y con frecuencia logra prevalecer mediante un habilidoso golpe de mano. Esta habilidad para devolver las cosas a su cauce, para restaurar el orden natural, es la mejor prueba de que actúa del lado del bien. Mientras que el cerebro tuerce la realidad para convertirla en su realidad, poniendo para ello en juego una fuerza titánica, el corazón utiliza la energía de la realidad misma, es decir, la inercia. El debilucho y acomplejado cerebro quiere compensar su inferioridad mediante el megalomaníaco proyecto de ser más grande que el mundo. El corazón, sin embargo, no persigue que se le atribuyan falsos méritos. Él se conforma con que las cosas estén bien, con que sean lo que tienen que ser, con pulsar la tecla que hará renacer el esplendor de la naturaleza.

                Pero su espontánea humildad, su propensión a la buena fe, lo tienen siempre en jaque frente a la incorregible ambición del cerebro, cuyo pensamiento no descansa. El pensamiento siempre está extendiendo sus redes filamentosas, como un autómata, como un esclavo de su adicción, como un fantasma que se moviera siempre a nuestras espaldas, volviendo a colocar las cosas a su modo, volviendo a cubrirlo todo con sus sábanas de bruma y aburrimiento.

                El corazón no parece rival frente a tanto tesón. El cerebro piensa  y piensa, sin descanso. Pero el corazón sólo vive, aunque cada uno de sus actos constituya todo un gesto consciente que persigue la recuperación de la espontaneidad. El corazón deja ser al mundo, porque él no es más importante que el mundo. Y entre las cosas que deja ser, está el cerebro mismo, de quien siempre espera que se corrija, que aprenda la lección, que se integre. Como el corazón no es un enfermo obsesivo, no puede abarcar el ingente trabajo que pone en juego el cerebro. Su derrota, a la larga, es inevitable.

                …O lo sería, si no dispusiera de un arma especial, diferente y definitiva, cuya capacidad de extenderse, de irradiar, de crecer de forma contagiosa y automática es aún mayor que la del laborioso pensamiento del cerebro. Se trata del amor: Si quiere evitar que el cerebro extienda sus marchitas redes por toda la Creación, el corazón debe generar amor, en la confianza de que el amor crece y se multiplica, de que sólo hay que alimentarlo, de que se puede dejar todo en sus manos, de que es infalible.

El amor no precisa de supervisión alguna. Toda la portentosa fuerza creadora que el amor despliega es de fiar. Es gracias a esta virtud que el corazón puede, por fin, tomar las riendas. Aunque situaciones particulares vayan aún a requerir de ciertas atenciones específicas, el modo de evitar la dictadura del pensamiento es poner el corazón en “modo amor”. Así, el amor será el acto último de humildad del corazón. El momento en el que culmine el merecimiento de la victoria, por la infinita generosidad que habrá manifestado al dejar el mérito del triunfo en manos del automatismo natural del amor. El amor es la bofetada final en el gelatinoso rostro del cerebro: “podría volver a vencerte”, le dice el corazón, “pero, sin embargo, te doy amor. Te demuestro así, que, para vencerte, en realidad, no necesito nada, porque sólo eres pensamiento, y el pensamiento no es nada”.

Escuchamos, leemos, vemos dibujada esta historia mil veces cada día. Cada día se representa mil veces ante nuestros ojos el mito de la lucha entre el cerebro y el corazón. Este mito en el que, en resumidas cuentas, se nos procura convencer de que el cerebro es, y debe seguir siendo, un órgano subordinado; de que no debemos darle demasiada importancia a la idea de que tenemos capacidad para pensar. Este mito, en definitiva, es una herramienta propagandística de castración intelectual.

 
Existen factores espontáneamente favorables a la generación de la estructura de este mito, qué duda cabe. La percepción de la actividad psíquica como una lucha entre voluntades separadas, una habitualmente más apetitiva que la otra, nos inclina a buscar en nuestro interior la sede de un segundo yo. El corazón, único órgano con actividad evidente cuando un cuerpo vivo es abierto, reúne las mejores condiciones. Se encuentra próximo al centro del cuerpo, su color es extremadamente vistoso (virtud, la de que el rojo sea vistoso, que hay que atribuir a la sangre, no al corazón mismo, pues es la sangre, indicadora del peligro para la salud, de la carne herida o del alimento disponible, lo que el ojo ha aprendido a detectar como color por antonomasia), y su comportamiento, el bombeo, la distribución, lo hacen aparecer como un organizador. Por esta razón (excepción hecha de la circulación de la sangre, descubrimiento relativamente reciente), el corazón aparece en las culturas primitivas como el más frecuente depositario del alma, como el representante de la vida y del individuo mismo que la vive. Arrancar la vida es arrancar el corazón. El estómago, esa “caldera del cuerpo” cuya función de generador de energía es también fácilmente reconocible, sólo posee la ventaja de estar situado en un lugar aún más central. Pero el simple hecho de quemar combustible para obtener fuerza es un trabajo jerárquicamente inferior. Además, el estómago tiene con respecto al corazón una desventaja notable a la hora de representar la jefatura del organismo: su posición no está protegida. El estómago está perfectamente expuesto, como si el cuerpo no temiera demasiado perderlo. El corazón, sin embargo, se encuentra resguardado por la fortaleza de la caja torácica, oculto como una joya de inmenso valor, casi escondido entre la masa distractora de los pulmones. Alcanzarlo es un triunfo sobre la estructura defensiva del cuerpo, y verlo palpitar mientras el resto del cuerpo permanece prácticamente inerte nos sugiere la identidad con la vida misma.

Nosotros sabemos, sin embargo, que el corazón no piensa. En realidad, su metafórico atributo psíquico original ha sido siempre el sentimiento. Decimos, o decíamos, que el cerebro piensa y el corazón siente. Pero esto no ha parecido suficientemente eficaz para la campaña contra el cerebro. Hoy hablamos de pensar con el corazón para significar que ese sentimiento no tiene un valor inferior al pensamiento mental; que no debe ser tratado desde una inferioridad jerárquica. Decimos que debemos pensar con el corazón para otorgar al sentimiento, al personaje del corazón, la condición de entidad independiente, completa y autónoma; para poder preparar el siguiente paso: el golpe de mano sobre el poder del cerebro.

Sin embargo, no dejan de resultar curiosos algunos componentes del carácter del corazón. Si recordamos la fábula, el cerebro piensa, y piensa mucho, pero el corazón también utiliza ardides que sólo pueden provenir de alguna forma de pensar. De hecho, su forma de pensar es más eficaz, pues acostumbra a desmantelar los extensos trabajos del cerebro mediante un moderado esfuerzo que se revela, sin embargo, especialmente clave. Por supuesto, parte de esta eficacia hay que atribuírsela al deseo. Para vencer al cerebro el corazón sólo tiene que dar rienda suelta a los deseos a que conduzcan sus sentimientos. El trabajo organizador del cerebro se viene abajo una vez que se consigue romper el dique de la consciencia. Pero, ¿cómo se rompe este dique? ¿De dónde saca el corazón la llave que abre la compuerta de unos deseos que, por más fuertes que resulten, no lo han sido lo suficiente como para evitar su encierro?

Parece que el corazón dispusiera, efectivamente, no sólo de la capacidad de sentir y desear sino, según un paralelismo informático, de algún pequeño núcleo de proceso de pensamiento especialmente brillante y de función completamente diferente a la torpe y mastodóntica inteligencia del cerebro.

Esta inteligencia especial no puede ser la inteligencia emocional. La inteligencia emocional, una vez quemados todos los libros de autoayuda que le hacen referencia, sólo es la inteligencia clásica, una vez que aprende el funcionamiento de las emociones. Dispone de inteligencia emocional quien es capaz de traducir a pensamiento el mensaje de las emociones, de modo que pueda gestionar sus actos con una información mucho más rica. Es emocionalmente inteligente quien no desprecia las emociones como fuente de conocimiento. Esto no significa jamás entregar las riendas a las emociones. En rigor, la inteligencia emocional no sólo conserva la jerarquía culminada por el pensamiento consciente. En realidad viene a reforzar esta jerarquía, porque constituye un nuevo canal de información para este pensamiento, antes desconectado de las fuerzas preconscientes generadoras de emociones cuyo crecimiento podía hacerle perder el control.

Si no es, entonces, mediante la inteligencia emocional, ¿cómo piensa el corazón?
Cuando por fin habla el corazón, nos transmite edificantísimas ideas como las del inolvidable final de "Con derecho a roce": "Cuando oigo que un niño se ha curado de cáncer, ruego a dios que no la haya curado aquél cabrón que te dejó" o "Todos tenemos traumas; eso nos hace fantásticos".
 ¿Qué haríamos sin su sabiduría?

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