sábado, 15 de febrero de 2014

razón y emoción: HISTORIA DEL CORAZONCITO BUENO (I)


                La metáfora de “pensar con el corazón” ha llegado demasiado lejos.

Hemos hecho tanto uso de ella que se diría que la hemos convertido en una realidad paralela cuya creencia llegamos a rozar. El corazón, símbolo del amor, aparece representado por todas partes, no ya como un simple símbolo, sino como todo un personaje consciente, activo e independiente. Nosotros, llevados por ese imaginario superdesarrollado, por esos dibujos animados del corazón, extraemos conclusiones que guardan coherencia con la metáfora, y no con la realidad que la metáfora pretende representar parcialmente.

 
                Así, decimos que el corazón nos habla, que nos duele el corazón, que el corazón manda, o que debemos actuar desde el corazón. En este Disneyheart en el que nuestro corazón tiene ojos y patitas, en el que nos sonríe con cara de Bob Esponja cuando obedecemos sus supuestas órdenes, y se deprime (claro, porque él es todo emoción), cuando actuamos por nuestra cuenta; en esta Pitufilandia roja hay, también, un Gargamel.

                El malo de la película es un personaje frío y calculador (dos términos inseparables y que, en la ficción, a diferencia de la realidad, van casi indefectiblemente ligados a la maldad), soberbio y distante, deforme y viscoso, y de un insalubre color grisáceo que lo aleja del aspecto noble y saludable del corazón. Se trata, evidentemente, del cerebro. El cerebro, que vive en su torre de marfil (ahí la metáfora casi acierta), sin escuchar a nadie, sin igualarse con nadie, sin empatía alguna, ignorante, sobre todo, de su lejanía con respecto al “mundo real”.

                Cada capítulo de esta serie infantil, cada una de las recomendaciones anecdotizadas que la propaganda de nuestra cultura nos impone diariamente, es una nueva batalla entre estos dos personajes inmortales en la que la mejoría del mundo depende de que el corazón logre prevalecer sobre el despótico cerebro imperante.
 

                Las cosas van mal por una razón clarísima: el cerebro ha extendido su poder sobre ellas y las organiza a su desnaturalizado modo. El cerebro tiene un vicio: lo piensa todo. Cada vez que piensa algo deja sobre ello la huella de su mezquindad. El cerebro todo lo toca y todo lo vuelve impuro. El mundo es hermoso, la naturaleza es extraordinariamente variada y colorida, pero el cerebro quiere cambiarla, participar de su mérito, ser su creador, y cuando lo intenta sólo logra acabar con su espontaneidad y apagar sus vivos tonos. El cerebro, en su obsesión, todo lo vuelve triste, todo lo vuelve gris, todo lo vuelve igual.

                CONTINUARÁ...

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