sábado, 8 de febrero de 2014

JUICIO AL AMOR. declaración del acusado: ¡llamen al sistema!


             El sistema socioeconómico en el que vivimos organiza la reproducción mediante el establecimiento de familias nucleares. Dichas familias conforman una unidad económica y sexual que se encarga de su propia manutención y la de los hijos que procrean. Las condiciones inhumanas a las que el sistema somete a estas familias, especialmente si llegan a tener hijos, produce un rechazo generalizado a su formación, especialmente por parte de los varones, que disponen de mayor autonomía económica previa, y encuentran su nivel de vida más deteriorado por la formación de la familia. Para contrarrestar este rechazo, el sistema genera todo un subsistema ideológico de marketing de la pareja mediante el que se procura convencer de la existencia de extraordinarias compensaciones sentimentales subjetivas. Ese subsistema ideológico es el amor.

Miguel Brieva
 
                El amor, por lo tanto, desde el punto de vista sociológico, es un subsistema ideológico que dimana del sistema socioeconómico, y cuya función es sacrificar a los individuos, en favor de la reproducción social (que no coincide con la de la especie), a través de la formación de pozos existenciales llamados “familias”.

                Es curioso constatar que el único argumento verdaderamente sólido a favor del amor, sólo esgrimido por opiniones netamente conservadoras, es que sin él no se formarían familias. Cuando la formación de una familia es el sentido de la vida y un bien definitivo en sí mismo, el amor adquiere sentido. En tanto que se rechace la necesidad de que el individuo sea engañado para ser esclavizado mediante su subsunción a la unidad familiar, el amor pierde su función y debe ser rechazado.
Uno de los iconos más inquietantes de nuestra cultura, junto con el del trabajador motivado y el de la guerra justa, es el de la familia feliz. Todas sus representaciones nos provocan un inesperado escalofrío.

                Desde el punto de vista de la experiencia individual, como se ha explicado ya, el amor consiste en un guión ciego, es decir, un compuesto heterogéneo de elementos que dan como resultado el seguimiento de una historia prescrita cuyo protagonista cumple engañado, guiado por pautas distintas que siempre le resultarán esquivas, hasta el cumplimiento de su función reproductora. Una vez realizada esta función, el guión termina abruptamente y el individuo queda vacío de sentido, fuera del mundo del amor, desechado por él.

                Al descubrir la función social del amor comprendemos esta experiencia individual, y rechazamos al amor también desde esta perspectiva, desde esta definición de guión ciego enajenante.

 "Lo último que haría es mentirte". "Si todo es mentira, entonces yo también tendría que ser mentira". El amor es nuestro último y más íntimo amigo. Es imposible que sea el sistema quien habla por él.

Éste es, de modo muy resumido, el verdadero significado del término “amor” en nuestra cultura, y es este amor el que la agamia rechaza. Pero debe entenderse la relación de subordinación que el resto de los “amores” mantienen con este amor central y sustancial. Tanto los amores de pareja no tradicional, como los amores afectivos familiares (especialmente los paternofiliales) o los amores espirituales, beben de la fuente irracionalista del amor formador de pareja, y utilizan el recurso de la exaltación afectiva enajenante para ocultar el sometimiento.

                Por eso, el rechazo del amor es el rechazo de todos los amores. La mejor estrategia es no dividir al amor, de modo que sea más sencillo eliminarlo por completo. Reformar al amor es, sin embargo, una operación muy poco práctica, pues requiere de una trabajosísima cirugía cuyo producto pierde claridad y queda a expensas de reincidir en su contaminación. Además, ¿para qué?

                Pero, para disfrutar del mejor argumento en favor de su abandono, debe entenderse que el amor es el producto creado para esta fase de la reproducción social; que es su razón de ser, su sustancia. No hay forma de salvar el amor sin separarlo de su sustancia, es decir, sin convertirlo en otra cosa que ya no sería amor. Por esta razón, la crítica a un tipo de amor se transforma en rechazo al amor, sin intento alguno de corregir, enmendar o rehacer al amor en un amor mejor.

Mejor que cualquier mejora al amor es el no amor.

6 comentarios:

gafasparamujeres dijo...

Los juicios al amor simbolizan una ventana abierta a un horizonte interminable, inhóspito, tenebroso pero excitante.
Me gusta tu parte de " Desde el punto de vista de la experiencia individual, como se ha explicado ya, el amor consiste en un guión ciego, es decir, un compuesto heterogéneo de elementos que dan como resultado el seguimiento de una historia prescrita cuyo protagonista cumple engañado"

Antonio Palacio dijo...

Contra el amor, un par de objeciones:

- Si no te he entendido mal, afirmas que el capitalismo necesita de la institución familiar para funcionar (y luego, la familia se apoya en la trampa del amor para constituirse, ésto lo comparto). Pero olvidas que la familia ha sido también un pilar fundamental en otros sistemas socio-económicos diferentes del nuestro. Por ejemplo, el sistema comunista, incluso diría que de modo aún más conservador. Y se puede uno remontar a épocas muy pretéritas y encontrar sociedades organizadas en torno a las familias, ya sean éstas más o menos extendidas. La institución familiar no la inventó el capitalismo, acaso tuvo que adaptarse a algo ya existente.

Más bien yo diría que la familia es un lastre para el capitalismo. Ten en cuenta que este sistema económico necesita de la movilidad de los trabajadores, que éstos emigren allá donde se oferte empleo, ya sea el pueblo de al lado u otro continente. La familia arraiga a las personas a un territorio; ya sabes, cuando tienes hijos no dispones de tanta libertad de movimientos, te has comprado una casa, el colegio y amigos de los niños, etc. Apuesto a que el actual capitalismo depredador chino considera los valores familiares como un sentimentalismo absurdo que atenta contra el progreso.

Aunque te pese, el capitalismo sería más eficaz en una sociedad basada en la agamia, donde las relaciones serían más flexibles y los lazos entre las personas más fáciles de cortar. Por supuesto, esto no implica que la agamia no se pudiera establecer en sociedades no capitalistas.

- Por otra parte, algunas de tus observaciones son altamente chocantes. Decir "las condiciones inhumanas a las que el sistema somete a estas familias, especialmente si llegan a tener hijos..." parece una auténtica "marcianada" y exige una aclaración urgente. Sin duda, la mayoría de tus lectores no estarán de acuerdo; ¡si se mueren por tener la familia ideal de la foto! Muchos se preguntarán atónitos de qué condiciones inhumanas habla este tío. Te replicarán que tener una buena familia es lo mejor que se puede tener en la vida, y lo que cabe rechazar son las malas familias, que no vamos a tirar todo por la borda porque a unos pocos les haya ido mal.

contraelamor dijo...

Contestaré primero a la segunda de estas dos objeciones tan pertinentes, porque creo que puedo ser en ella más claro.
Si la familia es una estructura opresiva, entonces debe quedar en los individuos que la forman la impronta de esa opresión, independientemente de que la oculten, o de que no estén pasando por la etapa en que dicha opresión se vive de una manera más dramática. La agamia no pretende ser la creación de un problema, sino el camino para resolver uno ya existente. Por ello, el objetivo de su divulgación no es convencer, sino simplemente mostrar la viabilidad de una alternativa más satisfactoria. De ella debe seguirse su adopción espontánea.
En cuanto al problema “sistémico”, efectivamente la relación entre el capitalismo y el patriarcado familiarista no es una armonía perfecta, y se compone tanto de sinergias como de tensiones, que lo convierten en una entidad dinámica y evolutiva, y en la que ambas fuerzas no sólo colaboran, sino que también compiten (algo parecido ocurre entre el poder del capital y el poder religioso). Lo contrario sería, en realidad, aproximar abusivamente la imagen del sistema a la del organismo vivo.
Enfrentarse a uno de los subsistemas de ese sistema complejo significa también enfrentarse a aquellos aspectos de los otros subsistemas que interactúan con él de modo más comprometido (enfrentarse a la pérdida de libertad afectiva que conlleva la creación de una familia implica enfrentarse también a la exigencia capitalista de construir la familia en tanto que unidad donde se maximiza el consumo y se reduce la participación política). Pero, además, significa encontrarse con inercias aliadas en estos otros subsistemas (por ejemplo ésta de la que hablas: la posibilidad de aumentar la movilidad de la fuerza de trabajo). Esto no significa que esas fuerzas aliadas lo sean de un modo consistente con la lucha contra el sistema. En realidad, se trata de los mecanismos mediante los que el sistema se perpetúa en las alternativas que surgen a él, y de las que hay también que defenderse.
No estoy de acuerdo, sin embargo, con que ésta en concreto sea más que una debilidad circunstancial de la agamia. Dado que desestructuraría las unidades familiares, debilitaría, en un primer momento, la cohesión social que resiste al avance de la atomización; pero sólo en tanto que la agamia no se realizara, del mismo modo que el sistema patriarcal familiarista se debilita si las unidades familiares no llegan a formarse, aunque esté el deseo de que se formen en la conciencia de sus individuos. Lejos de constituir ese paso más en la atomización que tan útil sería al capitalismo, los lazos sociales de la agamia, cuando se realizan, son más extensos, estables y operativos que los de la familia patriarcal.

Antonio Palacio dijo...

Comparto contigo la crítica que realizas a la familia tradicional (patriarcal o no) en cuanto pilar casi exclusivo de la socialización y educación afectiva de las personas, subrayando el papel alienante de la misma. Aparte de la pérdida de la libertad afectiva que señalas, no hay que olvidar la inmoralidad que supone considerar al propio vástago como el centro del universo; o que los padres se arroguen el derecho de imponer a sus hijos sus prejuicios y obsesiones (lo llaman modelo educativo), como si éstos fueran de su propiedad y la sociedad no tuviera nada que decir al respecto. En mi comentario me refería a que esta situación negativa no es percibida por la mayoría, y que es necesario entrar en detalles para retirar la venda de los ojos (la píldora roja de Matriz). Con esto no quiero decir que en la familia tradicional no haya aspectos positivos que podrían perderse si elegimos otras posibilidades de convivencia.
No obstante lo anterior, insisto en que sobrevaloras el papel de la familia patriarcal como elemento esencial del capitalismo, "en tanto que unidad donde se maximiza el consumo y se reduce la participación política". Aunque no dispongo de datos estadísticos que me avalen, pongo la mano en el fuego a que las alternativas a la familia tradicional existentes en nuestra sociedad (individuos solteros o parejas sin hijos, se me ocurre) no son menos consumistas ni más comprometidas ética o políticamente que las familias.
Y viajando en el tiempo, cabe descubrir propuestas muy próximas a la agamia que tampoco destacaron por su fortaleza moral. Estoy pensando en la aristocracia europea del siglo XVIII, por ejemplo. La nobleza de esa época tenía una mentalidad muy liberal en sus relaciones: los matrimonios eran de conveniencia y había libertad erotico-afectiva; los hijos eran criados por nodrizas y los padres disponían de abundante tiempo libre; en los salones y fuera de ellos las amistades prosperaban; el amor, una pasión impertinente que había que vigilar ... Y no creo que este grupo privilegiado sea un paradigma de consumo austero y participación política por el bien de la humanidad.
Que "los lazos sociales de la agamia, cuando se realizan, son más extensos, estables y operativos que los de la familia patriarcal", es una afirmación gratuita, producto del deseo de quien lo escribe. Aparte de la posible contradicción en los términos utilizados. Relaciones "extensas" implica necesariamente dedicar poco tiempo a cada una de ellas, es decir, superficialidad; y si hay que abrir el campo de las relaciones humanas, la "estabilidad" corre serio peligro ya que alguna amistad habrá que desechar para dejar hueco a las nuevas. Al final, todas las relaciones pasarán a la precariedad, los individuos inteligentes no se han de comprometer demasiado pendientes de las nuevas oportunidades que puedan surgir. Como ves, toda propuesta tiene sus pros y sus contras, y lo que protege a la agamia de la crítica es la novedad. Esto sin desmerecer el obvio interés y atractivo del modelo agámico, sin duda una reflexión seria que cuestiona dogmas tan idolatrados como son el amor y la familia tradicional, en comunión diabólica con el sistema capitalista.
Imaginando el futuro cercano, me viene a la mente una sociedad capitalista bañada en la opulencia debido a la tecnología (al menos en algunos lugares), en la que el hedonismo es el valor supremo y la agamia su consecuencia natural, dada la libertad que necesita todo egoísmo. Aunque, como dije en mi anterior comentario, es posible también fantasear con civilizaciones solidarias en lo económico y agámicas en lo social, no hay contradicción en ello, y parecen más deseables. Pero esto lo veo en el futuro lejano.

Anónimo dijo...

Me gusta tu réplica

contraelamor dijo...

Los problemas que planteas son todos clave y no creo poder darles respuesta en un solo comentario, pero intentaré convertirlos en un nuevo post de preguntas sobre la agamia.
De momento, mi respuesta es la siguiente:
Discrepo en cuanto a la proximidad que esas estructuras históricas tienen con la agamia. Es cierto que no tratan el vínculo de la pareja como lo trata la monogamia heteronormativa, pero del mismo modo organizan en torno a la herencia reproductiva sus relaciones entre género y sexuales. Desde nuestra perspectiva resulta espectacular el aspecto no monógamo, o no convivencial, o no nuclear de su organización, pero precisamente porque nuestra visión de los modelos de relación posible es extremadamente rígida y concebimos la pareja como su única culminación posible.
La agamia, en cualquier caso, no puede ser concebida ajena a sus presupuestos éticos. Hay que afirmar con rotundidad que, a diferencia del amor, cuya moral es autónoma, la agamia está éticamente vinculada al entorno. La ausencia de relaciones de pareja es condición necesaria, pero no garantía, del establecimiento de relaciones éticas. Éstas son, evidentemente, deseo del que lo escribe, pero es un deseo formalizado en un presupuesto, de modo que se convierte en condición objetiva. En realidad, todos los modelos de relación tienen unos presupuestos morales. El poliamor, sin ir más lejos, se define a sí mismo como “ético”, por distinción con respecto a la monogamia. Que luego no lo sea del todo es consecuencia de su profundo compromiso con el amor mismo.
Esa misma circunstancia tiene lugar con respecto al consumo. La familia está forzada al consumo porque su rigidez estructural económica y afectiva la hacen víctima de las corrientes ideológicas mediáticas. Las estructuras flexibles que permite la agamia establecen un espacio de libertad. Hablas de que la soltería o la ausencia de descendencia no reduce el consumismo en nuestra sociedad, y estoy de acuerdo. Lo relevante es que posibilita esa reducción. Tampoco tengo datos, pero a lo que yo apuesto es a que los niveles de consumo elegidos (no forzado por las condiciones salariales) son más variables entre estos colectivos que, por una u otra razón, han quedado fuera de la estructura familiar ultraexplotada.
Imaginar las relaciones ágamas como precarias por su amplitud y variabilidad implica entender que la afectividad es insaciable. Sin embargo, el afecto protector queda satisfecho desde el momento en el que se exorciza la amenaza del entorno. La integración en un colectivo cordial reduce las necesidades afectivas de protección privadas al mínimo, en vez de exacerbarlas. Esto mismo sucede con el resto de las funciones afectivas. La flexibilidad permite, lógicamente, regular las descompensaciones y establecer una dinámica de propensión a la mejoría mediante, precisamente, el premio afectivo. Pero en un entorno cordial es improbable que una persecución obsesiva de los mejores afectos reporte mejores resultados que el reforzamiento del grupo (del subgrupo, habría que decir) mediante esa misma dinámica. La mejoría se busca a favor del grupo, no en contra de él.
Recordemos que la agamia no es la atomización de las relaciones hasta convertirlas en partículas elementales, sino la apropiación de las relaciones por parte de los individuos libres. Cualquier razón que implique la superioridad de las relaciones “naturales” sobre las relaciones libres es una delegación de responsabilidad en manos de virtualidades superiores, ya sean humanas o divinas.