martes, 21 de enero de 2014

JUICIO AL AMOR. primer testigo: sr. amor (I)


               Tres perspectivas desde las que abordar el concepto de amor.

Al tratar las tres se pretende dar una respuesta razonablemente completa y sencilla a la pretendida complejidad del concepto.

Así, analizaré el significado del concepto desde su propia perspectiva, es decir, lo que el amor enuncia de sí mismo (ya que el amor dispone de este discurso). En segundo lugar, analizaré lo que es el amor desde la perspectiva del individuo, es decir, lo que es el amor como experiencia real, mucho más unánime, y unánime en su fracaso, de lo que el discurso del amor nos transmite. Por último, intentaré trazar una muy rudimentaria perspectiva sistémica que dará la versión que entiendo más ajustada sobre la verdadera naturaleza del amor.


                El amor del amor

El amor se presenta ante el individuo como una promesa de felicidad y plenitud.

Para ello hace coincidir dos perfecciones que son las dos líneas ideológicas de sus afirmaciones inconexas. La primera línea es que el amor es la realización de todos los deseos. La segunda es que el amor es el bien. Como estas dos líneas son evidentemente contradictorias y así se pone de manifiesto en cada contradicción amorosa, la fricción genera una tercera línea, la de las afirmaciones parche: adaptaciones a cada una de las heridas surgidas en el enfrentamiento de estos dos presupuestos (ambos falsos, pero no por ello bien avenidos). La realización de todos los deseos, es decir, la apoteosis del narcisismo, no puede llegar muy lejos de la mano del bien, que de modo automático incluye los deseos, no ya del otro, sino de todos los otros.
 
 
Más allá de la autoría de las ideas que le dan cuerpo, el amor nos llega masivamente como una sucesión de dogmas liberadores envueltos en un aura espiritual. Hablar de amor es arrodillarse y enardecer el espíritu, de un modo sospechosa y familiarmente místico. El amor nos llega en la forma de una religión individualista.

A la hora de desplegar su propaganda, el dominio de estas tres líneas ideológicas acaba adoptando el mecanismo preexistente de la divinización en la forma de un dios personal, que paso a analizar.

El significado del término “amor” es incierto. Más allá de una simple polisemia, “amor” ha desarrollado la misma condición de comodín semántico que el término “dios”. Amor es tal infinidad de cosas que no cabe, es decir, no se permite, hablar más que de formas personales de entender el amor, del mismo modo que la antigua relación personal con dios se ha convertido hoy en formas personales de concebir a dios; en la supuesta existencia de tantos dioses como hombres. Un curioso y contradictorio monoteísmo.

La razón de este comportamiento es también común a ambos conceptos. Tanto “amor” como “dios” realizan una huida semántica, un cambio continuo y alocado de significado, como mecanismo defensivo frente a una razón que los acorrala. Allí donde la razón localiza la debilidad en la argumentación sobre la existencia o bondad de dios, el defensor de las mismas escabulle a dios dejando un vacío semántico en forma de negación. Ya que no cabe negar la obviedad de la inexistencia o de la perversidad de ese tipo de dios, se dirá que, efectivamente, ese dios no existe, o no es el dios al que él sigue, pero que dios, su dios, no es eso.

Comer del Árbol del Bien y del Mal implica la expulsión del Paraíso. Del mismo modo, el amor amenaza con arrebatar la felicidad a cualquiera que pretenda reflexionar sobre él.
 
“Amor” pretende jugar también a este escondite, pero, aunque nos encuentra mucho más expertos, en su huida dialéctica su identidad se vuelve farragosa y nuestra perspicacia se extenúa. Pronto estamos cansados de acorralar a un amor que siempre escapa porque ha descubierto el truco de no fidelizarse a definición alguna. Normalmente tenemos nuestras críticas construidas, nuestro escepticismo, nuestros argumentos incontrovertibles. Pero el amor no dudará en conducirnos a alguno de sus múltiples espacios alternativos; lugares familiares para otros donde nosotros disponemos de menos experiencia y recursos argumentativos. Nos encontraremos enseguida con ideas que no sabremos rebatir contundentemente. Sobre nosotros recaerá la obligación de agotar todos estos espacios. Se nos pedirá ser infalibles en la crítica al amor. Si algún argumento, algún tipo de amor no queda perfectamente desarticulado, se constituirá en la cepa de la que el amor volverá a brotar como una enredadera bulímica, listo para ocupar el mundo entero de nuevo, aun sabiendo que, a la primera confrontación, tendrá que regurgitar gran parte de él.

Este comportamiento, en un combate justo, significaría la descalificación inmediata del amor. Pero los jueces están de parte de su subsistencia, porque está en juego un valor estructural de nuestro sistema socioeconómico, y su resurrección sin fin, producto del simple deseo de afirmar la fe en él, se considerará tramposamente prueba suficiente de que no existe contra él una crítica verdaderamente seria.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sentencia poética: https://www.youtube.com/watch?v=cu3K1njbYqs
... me cago en el amor!