lunes, 20 de mayo de 2013

sexo. FORMA. X. la escuela de la pornografía (y 6)


La “presencia de todo en todo”, la complejidad con la que cada acto sexual puede ser interpretado analizando cada uno de sus momentos, el hecho de que estas cuatro funciones aparecen no sólo amalgamadas, sino incluso invertidas con respecto al género al que corresponden, todo ello, no debe distraernos del modo en que dichos géneros y dichas funciones se jerarquizan.
La escuela de la pornografía sadomasoquista mitiga la frustración de género que para el hombre es la lucha diaria por prevalecer frente a otros hombres, así como la de los individuos de ambos géneros en la lucha a la que la competitividad capitalista los condena y en la que se ven diariamente derrotados. El sexo, como realización principal del amor, mediante su vocación de aceptación de todo aquello que el individuo necesita desahogar o posee de inconfesable, ofrece cabida a la agresión mediante un lenguaje que, al actuar de manera plenamente inconsciente e irresponsable, se identifica con el mensaje atribuido al amor mismo y a su carácter supuestamente benéfico y edificante. La agresión se convierte así en agresión buena, y el sometimiento en nueva forma de supuesta igualdad.
A su vez, el machismo, en perpetua metamorfosis, vuelve a declararse vencido como estrategia de distracción para reconstruir su estructura opresiva en un territorio en el que crecerá proporcionalmente a la cantidad de tiempo que tarde en ser descubierto, denunciado y perseguido. Ignorantes de que la opresión es ejercida por fuerzas vivas y no inertes, nos dormimos en los laureles de cada nueva victoria de la lucha por la igualdad, sin terminar nunca de comprender que cada producto de una cultura machista tiene al machismo como determinación ideológica de partida. La liberación sexual, por ello, debía producir su alternativa machista. Lo que no era de esperar es que se impusiera de manera tan incontestable.
En esta forma de relación sexual, la mujer cae en la trampa de usar su recién adquirido carácter activo para entregarse a la activa complacencia. Asumiendo paulatinamente la normalidad de los comportamientos sadomasoquistas, y ofreciéndose de modo paulatinamente más dispuesto, su comportamiento sexual acaba imitando al sexo de pago desde la paradoja de no recibir siquiera compensación económica. En pleno combate por la dominación mutua, el placer propio es identificado con el placer del otro, a través del cual el otro es dominado. Pero la forma en que el acto sexual se dramatiza convierte la dominación masculina en positiva, en dominación del amo hacia el esclavo objetivamente esclavizado, y la dominación femenina en negativa, en dominación del amo por el esclavo mediante la ocupación de la posición de esclavo privilegiado frente a otros esclavos.
La mujer debe convertirse en el objeto sexual perfecto para la realización de la fantasía de dominación. En la práctica sadomasoquista se establece una medida escalada de agresiones en la que la mujer debe llegar más lejos que otras mujeres, pero nunca tanto como para que la agresión carezca de valor. La mujer deberá sorprender al hombre en su capacidad para recibir castigo, y esto como premio a la especial conexión creada entre los dos. La demostración de su amor tendrá lugar en el plus de tolerancia a la agresión y, con este regalo sexual, el hombre deberá quedar definitivamente atado a su esclavo.
La mujer, por lo tanto, se convierte en parte activa de su propia dominación, desde la miserable condición de creerse discípula aventajada de una liberación sexual que, por serlo, y por ser el sexo tradicional espacio clave de opresión para la mujer, debe de ser también liberación en los demás sentidos.
El sexo sadomasoquista, en resumen, es juego de dominación mediante el que se realiza la dominación verdadera. La fantasía realizada tiene sus límites, generados porque, precisamente, lo reprimido es lo deseado y la represión proviene del conflicto de género del capitalismo patriarcal. Se desea lo que no se puede porque al quererlo se descubre su prohibición. La mujer no puede regalar el sexo como hace en las fantasías porno, y tampoco puede dejarse humillar porque busca dignidad. La pornografía tantea y descubre caminos sinuosos para llegar a la expresión de estos deseos.
Mediante la educación de la fantasía sexual desde su condición de producto de consumo privado complementario del sexo real, el cine pornográfico sadomasoquista penetra en todo tipo de conciencias y educa a todo tipo de caracteres. No importa que el individuo sea un inadaptado sin vida sexual. El día en que encuentre la oportunidad de tener una relación sexual, sus impulsos le llevarán al sometimiento sadomasoquista de su compañera, sea cual sea la originaria relación de poder entre los dos. Da igual si él carece por completo de prestigio social y ella es una mujer de éxito. Da igual si en la vida pública ella es una directiva y él su asalariado. Desde el momento en que entren en el entorno del sexo, él dará por iniciada la satisfacción de sus fantasías, aquellas en las que la masturbación mediante el consumo de productos pornográficos lo ha educado, consistente en someter y humillar a su pareja. Curiosamente, y desdiciendo el supuesto carácter puramente lúdico de este sadomasoquismo, él encontrará mayor excitación precisamente cuanto más contraste exista entre el sometimiento y la relación previa; cuanto más eficaz resulte el sexo para combatir la igualdad de la mujer.

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