lunes, 29 de abril de 2013

sexo. FORMA. IV. el arropamiento afectivo. (3). el fraude de la fantasía sexual


Un breve apéndice a este modelo sexual con respecto a la cultura de la fantasía erótica.
El acto sexual con arropamiento afectivo tiene una alta expectativa emocional. Dicha expectativa, combinada con la escasez de recursos que ofrece, suscita pronto la suspicacia. El discurso cultural del amor nos dirá que ha llegado el momento de usar la imaginación, de aprovechar nuestros talentos ocultos (fantasías privadas, es decir, frustraciones esclerotizadas) y de pasar a la categoría de consumidores de complementos sexuales.

Así, el mercado se nos ofrece, como siempre, como solución a nuestra insatisfacción. Gracias a que el mercado propone, la solución queda dada y postergada antes de la crítica. Nuestra capacidad para resolver el problema de la satisfacción sexual dependerá del nivel de consumo que podamos alcanzar. Si no disfrutamos más es porque no disponemos de más dinero, de modo que, de nuevo, en la vida, busquemos dinero, o acomodémonos a una satisfacción muy limitada.

El concepto de fantasía que recomienda la ideología del amor no será literalmente la realización de lo deseado por cada individuo, que difícilmente puede ponerse en común y, más difícilmente todavía, adaptarse a la ideología del amor. Éste recomendará la fantasía, precisamente, como alternativa a la realidad. Será adecuado como fantasía todo aquello que frene el crecimiento de la crítica frente al modelo monógamo del amor y, especialmente, todo aquello que evite que dicha crítica acabe en ruptura con él. Por eso la fantasía, el uso de la imaginación, la búsqueda de alternativas, el desarrollo del juego, todo ello, vendrá siempre expresado en sentido negativo, sin forma explícita, o bajo una forma blanda e ineficaz que se enuncia como ejemplo de un mal ejemplo.

La fantasía de incluir a otra persona en la relación sexual, por ejemplo, se ofrecerá en la forma virtual de imaginar la presencia de esa tercera persona, o de ser interpretada por una de las dos que forman la pareja. Esta no realización de la fantasía desde la conciencia de que se realiza pretende satisfacer, a su vez, una fantasía que carece de forma definida, en tanto que dotarla de ella significaría un conflicto competitivo con la pareja. La tercera persona con la que se fantasea no es, lógicamente, cualquiera, sino mayoritariamente alguien a quien concebimos más excitante que la pareja disponible, rasgo éste que nunca llega a ser expresado ni, qué duda cabe, encarnado.

Las fantasías sexuales, con su aparente colorido, variedad y desenfado, aportan una mejora en la autoimagen del sexo, así como una distracción de las fuerzas disruptivas de la pareja cuando ésta tiene una firme fe en la ideología del amor. Así, las fantasías más frecuentes acaban siendo, o aquellas que mejor pueden ser contadas (“nos vestimos de”, “nos vamos a”, “nos untamos con”…) por más que su realización aporte una mejora poco significativa en la intensidad del placer, o aquellas que más se parecen a las verdaderas fantasías (“simulamos no conocernos”, “simulamos una violación”, “simulamos que nos mira gente”, “simulamos nuestra primera relación”, “simulamos estar con otra persona”, “simulamos un trío”…) con el objetivo de que, gracias a las simulaciones, dichas fantasías queden sin realizar.

Frente a esta fantasía sin realidad, la escuela pornográfica del sadomasoquismo simulará una fantasía de dominación y humillación, de conflicto de individualidades resuelto a favor del hombre mediante un acto, sin embargo, perfectamente real.

sábado, 27 de abril de 2013

sexo. FORMA. III. el arropamiento afectivo (2)


Queda sólo bosquejado por qué las manifestaciones afectivas propias del envolvimiento son insuficientes para satisfacer las necesidades de afecto más profundas de un individuo. Pero constátese el detalle de que, al perder la perspectiva sobre su componente sensual, este tipo de relación agota rápidamente su capacidad de sugestión por excitación. La habilidad para excitar de un afecto que no reconoce la excitación como objetivo es, lógicamente, muy limitada. El placer es necesitado, pero no buscado de modo consciente y activo. No se produce, más que a título testimonial, un verdadero aprendizaje de las técnicas del placer sensual que el sexo pone a disposición. Sin embargo, el relato amoroso proyecta una expectativa altamente exigente sobre la relación sexual. Se espera del sexo que, si no es mágico, al menos sea siempre tierno y entrañable. Pero no habrá satisfacción si el afecto no llega acompañado de cierto componente de placer sensual, y éste necesita, para garantizarse más allá del momento de su descubrimiento, de un cierto dominio de sus mecanismos. Por esta falta de autoconsciencia, el sexo de arropamiento afectivo pierde fuerza casi con la misma velocidad con la que en principio la gana, siendo pronto sustituido por una acción rutinaria aunque, a diferencia del modelo represivo, razonablemente amistosa.

Ya se ha dicho que la vocación del sexo en el amor sigue siendo el establecimiento de la pareja matrimonial. En el modelo afectivo el sexo deja de ser consumación, como sucedía en el represivo, y pasa a convertirse en prueba. Es el éxito de la relación, y el del sexo en ella como componente clave, el que nos indicará si debe o no existir unión. Pero ahí termina toda la emancipación con respecto a la vía única de la pareja monógama. La relación sexual no se establece para realizar un intercambio eróticosentimental, sino para ver si se produce dicho intercambio, en cuyo caso se habrá abierto la vía a la comunión y la formación de la pareja. Si el intercambio tuviera vocación circunstancial, de satisfacción de una necesidad afectiva puntual, no podría cumplir su función, pues la necesidad afectiva satisfecha sólo podría ser secundaria y, por lo tanto, razonablemente satisfecha también por otras formas de relación no sexual. Si el sexo debe dar afecto, lo hará de modo total y definitivo, o no lo hará en absoluto. Y si el afecto queda dado deberá ya darse siempre. El camino afectivo queda más cerrado todavía, y las carencias afectivas más abocadas a ser satisfechas mediante una relación sexual conducente a la monogamia. El amor nos dirá, en su relato, que quien no tiene amor está solo, y nos lo hará sufrir porque, o no tendremos relaciones sexuales, o sólo tendremos aquéllas en las que recibamos un estruendoso mensaje de desafección.

La necesidad o el deseo de sexo y de afecto, es superfluo señalarlo, surgen de modo independiente y a su aire, y sólo porque nuestra cultura asocia ambas cosas, presentan alguna coincidencia, más bien a posteriori, en su aparición. La necesidad de sexo se llegará a vivir como falta de afecto en su forma aguda, pues se interpretará que ni siquiera se tiene afecto como para logar una sencilla relación sexual (cuando la razón será que no hay deseo o que no hay proyecto de pareja). La falta de afecto profundo se vivirá también como una crisis sexual, por más que la vida sexual esté plenamente satisfecha en cualquier otro aspecto que no sea la generación de comunión monogamizante.

Ante esta nueva forma de represión, resumida en el poco elaborado principio de que “el sexo es afecto, y tratar de separarlos es una aberración degenerada”, ambos fines, tanto el sexual como el afectivo, se harán objeto de mercantilización y fraude. La oferta de sexo no deseado a cambio de afecto, así como la de afecto no deseado a cambio de sexo, pasan a ser el engaño a descubrir, el autoengaño a alcanzar, y el fraude a dominar, en la lucha por conservar un sentimiento de aceptable inserción social. Este fraude tiene ya lugar desde una marcadísima orientación de género, que es la cantinela cotidiana y sempiterna de nuestra lucha de géneros en el territorio del sexo.

Según la dialéctica amo-esclavo o consumidor-mercancía que otorga a un género el papel de acumular riqueza y al otro el de lograr ser poseída por el mejor de los amos, la mujer acepta tener relaciones sexuales aparentemente no afectivas para recibir afecto en el arropamiento y alcanzar así una comunión que la una al hombre. El hombre, por su parte, simula, en el arropamiento, ofrecer afecto con vocación de comunión que le dé acceso a un sexo destinado originalmente a la unión matrimonial. Muchas de estas manifestaciones afectivas no lo son más que al objeto de deseo, y no a su portador. Así, se besa y se abraza al otro como expresión de alegría y satisfacción sensual, por entusiasmo ante la expectativa de goce, y no siempre porque el otro, como individuo consciente, nos inspire dicho afecto. La paradoja llega al extremo cuando el afecto expresado va dirigido al hecho mismo de la posesión, al apoderamiento del otro mediante el sexo, a la conquista del símbolo de su libertad que el sexo significa. Así, se estaría mostrando afecto hacia la ausencia del otro en su acto sexual o, al menos, hacia su derrota y humillación; hacia el perjuicio del otro a través de su cuerpo objetuado y entregado. El destinatario del mensaje afectivo es el cuerpo sin consciencia, y la acción premiada con él es, precisamente, el liberarse de dicha consciencia para caer en manos de quien lo posee sexualmente.

Este comercio se vuelve especialmente confuso, inestable e inadaptativo (por más que pueda llegar a ser, según el caso, deseable síntoma de libertad frente al determinismo de los roles) cuando los objetivos entran en conflicto con el rol de género, es decir, cuando la mujer ofrece afecto para conseguir sexo y el hombre oculta sus carencias afectivas bajo una capa de acentuado deseo sexual. Esta confusión se denomina erróneamente “igualdad”, cuando podría mejor llamarse “desplazamiento de la opresión”.

El lenguaje erótico queda confundido con el afectivo, y las actitudes se descompensan en uno u otro sentido indeseado. La consecuencia sobre los celos es que todos los actos sexuales son afectivos, y por ello extremadamente íntimos y graves. La necesidad de afecto es aprovechada por la estructura de la pareja monógama con vocación familiar para consolidarse. Así, el sexo con arropamiento afectivo pasa de ser un medio para dar afecto a un medio para generar necesidad de afecto que sólo dicho sexo puede satisfacer. Se convierte, por tanto, en una adicción que acaba con nuestra libertad para elegir, o no, establecer el vínculo matrimonial.

martes, 23 de abril de 2013

sexo. FORMA. II. el arropamiento afectivo (1)



La segunda forma en que el acto sexual se propone y materializa en nuestra sociedad, a la que he llamado de "arropamiento afectivo", consiste en la derivación del placer sensorial sexual hacia manifestaciones de afecto. Éstas ocultarán, por un lado, la conflictividad de las funciones del acto sexual mismo, y aliviarán, por otro, la insatisfacción emocional generada por la cotidiana sucesión de conflictos eróticosentimentales a que nuestra cultura arrastra a cada uno.
 
Este modelo es el propuesto por el amor, que tiene propuesta para todo, y dispone por ello, para fortalecer su implantación, de la inestimable ventaja de un extenso beneplácito social. No quiero decir con ello que el ser el más practicado lo convierta en el de mayor poder social. Lo que quiero decir es que, sin serlo necesariamente, tiene la prebenda, con respecto a los dos modelos con los que convive, de constituir para nuestra cultura su utopía sexual y lo que cada acto sexual debería ser; la aspiración de todos ellos. Hasta la llegada de los primeros productos culturales sadomasoquistas de consumo masivo (en forma de trilogías, repárese en la alusión), éste era el único modelo que los productos culturales presentaban dentro del contexto semántico de sexo adecuado.
Es necesario añadir que, si bien el arropamiento afectivo no surge como vía necesaria para encontrar satisfacción afectiva, sino como endulzamiento de la crudeza de las funciones del sexo, su uso lo convierte a la vez en mecanismo privilegiado y principal para dicha satisfacción. La muy lamentable consecuencia es que el afecto queda así en gran medida recluido en el acto sexual y ambas cosas, por trágico ende, identificadas.
El modelo del envolvimiento secuestra al afecto invirtiendo la dinámica y obligando a vehicularlo a través del sexo. El acto sexual bajo este modelo, que se origina como ocultación del sexo mediante el afecto, aparece también bajo su forma simétrica de ocultación del afecto mediante el sexo hasta eclipsar a su finalidad originaria. Si la ausencia de sexo allí donde sea o se convierta en necesario incita a la realización del acto sexual incluso al pago del precio desproporcionado de la procreación, la oclusión de las vías afectivas por invasión sexual puede conducir a un chantaje aún más eficaz, o eficaz para individuos de mayor desarrollo emocional, o más expuestos emocionalmente. El afecto se vuelve inaccesible en su forma completa e independiente porque el lugar del afecto completo es el acto sexual de arropamiento afectivo. Quien carece de él se encuentra sustancialmente solo, sea o no mitigada su soledad por manifestaciones afectivas menores. Ni siquiera la constitución de una pareja garantiza la liberación de esa soledad profunda. La pareja debe consumar su afecto por nosotros mediante un acto sexual. En su forma perfecta, ideal, imposible, la manifestación de afecto en el entorno sexual es devuelta por otra similar y similarmente profunda que conduce no sólo a un sentimiento de protección y pertenencia al grupo, sino que dispara su satisfacción hasta la sugestión de la comunión con la pareja. Y esto en cada ocasión.
El sexo realizado mediante el modelo del envolvimiento afectivo ha puesto mimbres para una mayor comunicación e igualdad, pero a costa de establecer un sistema eróticoafectivo profundamente confuso, contradictorio y frustrante. Por su causa, el sexo y el afecto alcanzan un ineficacísimo maridaje (monógamo, además) que deja a ambas cosas en mutua y condicionante dependencia. El afecto no sólo no podrá ser fuera del sexo sino que, cuando aparezca, implicará sexo (sin dudar el carácter homosexual latente de la relación entre algunas famosas parejas no sentimentales de ficción y no ficción, la obsesión por hacer aparecer la homosexualidad en todas ellas viene alimentada por la identificación entre afecto y sexo. Efectivamente, en nuestra cultura, difícilmente sabrían sentir un afecto profundo cada uno por el otro, por más que estuvieran decididos a ello, sin que la más ligera de las espontaneidades afectivas les condujera a oscuros y culpables pensamientos, sean Batman y Robin, Mortadelo y Filemón o Enrique y Ana. Así, las manifestaciones heterosexuales de afecto son sustituidas por juegos de agresión, abrazos rompecostillas, e insultos-caricia, que pretenden disipar cualquier duda sobre el posible componente sexual. Esta es la regla, y la supuesta excepción del afecto abiertamente “afectuoso” entre mujeres, no es más que una anomalía).
El sexo, a su vez, implicará afecto hasta el punto de forzar a un pronunciamiento afectivo negativo allí donde no se quiera entender la relación como de afecto profundo. La relación sexual que no tenga lugar en la forma de arropamiento afectivo, inspirado por la comunión sexual, será considerada de expresa desafección. El sexo será de máximo afecto o de desprendimiento absoluto y, por ello, próximo ya a la degeneración, la utilización y el conflicto.
Allí donde no haya sexo, además, no podrá considerarse tampoco que haya afecto completo y verdadero, aceptación integral del individuo. La carencia de vida sexual, cuyas motivaciones son normalmente otras, se interpreta en su línea maestra como negación fatal del afecto básico, irremplazable por cualquier otra forma afectiva, por intensa que pretenda mostrarse. El modelo del arropamiento afectivo obliga a tener relaciones sexuales si se quiere ser aceptado, no ya como sexualmente valioso en tanto que hombre o mujer, útil para la procreación, para la formación y ostentación de la familia como bien suntuario, sino si se quiere, simplemente, no vivir en la conciencia de la exclusión social.
En sí mismo, el acto sexual con arropamiento afectivo se mirará en el espejo del acto sexual como comunión (que es una aspiración, un ideal, y no una práctica real salvo de forma excepcionalísima), sustituyendo de manera característica los comportamientos destinados a producir placer sensorial por expresiones de afecto cuyo factor táctil facilitará la excitación. El acto sexual se convierte así en un acto de donación y recepción de cariño que, de modo más o menos abrupto, se transforma en un acto de donación y recepción de placer allí donde ya no es posible la ocultación del objetivo personal mediante los gestos afectivos, o donde éstos hacen irrumpir el deseo en las mejores circunstancias para convertirlo en el motor principal (salto cuya previsión se camufla con subsiguientes manifestaciones de perplejidad del tipo “¿qué nos ha pasado?” o búsquedas de explicación a lo inesperado como “claro, llevábamos mucho sin hacerlo”).

 

viernes, 19 de abril de 2013

sexo. FORMA. I. la forma de la tradición represiva



Heredera de la tradición previa a la liberación sexual, esta forma se plasma en relaciones fuertemente incomunicativas y genitalizadas, es decir, centradas en aquellos órganos y áreas del cuerpo que hacen acto de presencia pública exclusivamente en la relación sexual, separando así de manera inmiscible la relación sexual de cualquier otra. Dichas áreas han adquirido su enorme relevancia mediante la prohibición previa, relevancia que no deja duda ni escapatoria frente al carácter reproductivo de esta forma sexual, y que conduce el acto por una vía sin escapatoria hacia la penetración y el orgasmo masculino. Se permite así, precisamente, sortear el componente comunicativo, que pondría al descubierto el profundo conflicto de género que subyace a este estilo de relación, en el que el hombre y la mujer se reparten los papeles activo y pasivo con rotunda claridad. Siendo el hombre el motor, también será objeto de la finalidad inmediata de la acción: el desahogo mediante el orgasmo.
Vemos que la forma de la tradición represiva se adapta casi perfectamente a la función reproductiva asignada al sexo por el capitalismo patriarcal. Hay poca distancia entre su función sensual primera, aquella que mueve mayoritariamente a los actuantes, y su función reproductiva última, aquella que subyace en sus conciencias o que se convierte enseguida en la consecuencia de la acción. Dicho de otro modo: resulta tan evidente que la relación sexual así llevada a cabo conduce a la reproducción, por más que llegue a abordarse a través de la conciencia de una finalidad sensual, que difícilmente podría ser realizada desde el acuerdo si los participantes no compartieran, además, dicha finalidad reproductiva.
Ambas funciones se jerarquizan de modo no conflictivo. El conflicto surge, sin embargo, en esta forma de sexo, cuando éstas se disocian: ni el hombre ni la mujer (ella siempre mucho menos) están legitimados a eludir la función reproductiva que de la satisfacción se deriva. Las dos funciones son tan próximas que la pretensión de su separación será tratada como traición al fin último no expresado. Su proximidad permite, a su vez, escapar del fracaso en la primera para recaer en la segunda, allí donde no se exige una coherencia estricta. El sexo frustrante de la tradición represiva conduce a la aceptación paulatina de su insustancialidad en beneficio de la relevancia de la reproducción. Los miembros de la pareja descubren, como parte de su proceso de maduración, que el sexo no tiene la gracia que en otro momento le atribuyeron. Juzgarán el cambio como desengaño de un error de juventud y nunca como fraude sociocultural que se materializa en su decepción actual. Con la experiencia, la distancia se cubre; el fin de la unión sexual deja de ser la unión misma y pasa a ser directamente la reproducción, mucho más cargada de contenido, con todo lo que ello conlleva. En su forma última, allí donde el proceso reproductivo ha concluido de manera incontestable, la relación sexual puede desaparecer definitivamente u ocupar un lugar residual de desahogo cuya finalidad sea, no ya la originaria sensualidad directa del orgasmo, sino la simple paz conyugal y la actualización de la posesión sexual que asegura legitimidad y fluidez en la herencia.
El individuo que reacciona ante el fraude de la transición de funciones, ante la sustitución de la función sensual por la función reproductiva, adquiere una conciencia sobre dicha función sensual que lo aleja espontáneamente de la forma de ejecución tradicional, introduciéndolo en otras que veremos a continuación. Dicho individuo dejará de ser clasificable y reconocible como representante de la forma tradicional represiva y, por ello, dejamos aquí de seguir su rastro.

sábado, 13 de abril de 2013

Fanny Hill, memorias de una cortesana, o de la inmortalidad de la novela erótica

por Óscar Sánchez.

 

Hoy tengo por experiencia averiguado que únicamente los grandes santos y los grandes pecadores, poseen la virtud necesaria para huir de las tentaciones del amor.
Ramón María del Valle Inclán, Sonata de Verano.



El Poder, la Sabiduría, el Sexo… con estos u otros nombres, y seguramente en ese orden de importancia (en tanto que cada uno suele adueñarse fácilmente del siguiente), tal vez sean estos tres los juegos de los que más goza el ser humano, sus propias obsesiones predilectas, sus deportes más específicos, una vez que ve sus necesidades primordiales cubiertas, juegos a menudo peligrosos, amorales, duros, pero por ello mismo intensos, absorbentes, irresistibles. Al Poder juegan siempre unos pocos -el “Gran Juego” del Kim de Kipling-, como ocurre con la Sabiduría, a la que suele tener tan sospechosamente cerca, pero nos gusta pensar que en el juego del Sexo, es decir, del erotismo, participamos todos, efectiva o potencialmente. Y puede que sea así, en una mínima medida (para la cual, por cierto, también sería válido decir que todos participamos del poder y de la sabiduría: en tal reducido y oscuro nivel todos los gatos son pardos…), pero, desde luego, ni remotamente en igualdad de condiciones. La función de la literatura o el cine eróticos de hoy y de ayer quizá no sea más que la de democratizar no, por supuesto, el sexo mismo en su más lograda expresión, que es un bien suntuario o al menos decididamente escaso[1], sino la información, ilustración y edificación acerca de su uso y posibilidades. La avalancha actual de consumo “pornográfico” (en griego antiguo, exposición de la prostitución) en la red y fuera de ella en realidad no puede impedir esta sagrada misión, puesto que más bien ratifica la ignorancia, la violencia y el complejo de inferioridad al mostrarnos unas relaciones falseadas en las que especímenes hipertrofiados fornican con desgana. De hecho, no lo hace: la trilogía de Cincuenta sombras de Grey, al margen de su calidad o cuestionable moralidad, vende en todo el mundo casi tanto como Harry Potter, sin que este fenómeno nos lleve a pensar únicamente que de lo que se trata es de presentar la misma pornografía pero envuelta en el prestigio secular del formato/libro –más bien al contrario creo que, con la amplísima oferta del mercado sexual que nos rodea, nunca encontraremos a la lascivia acuciada en sus momentos de máxima urgencia hojeando febrilmente tomos de alta temperatura en una biblioteca o librería... 

Memoirs of a Woman of Pleasure, más conocido como Fanny Hill, es una novela de John Cleland publicada con el consabido escándalo en 1749 en Londres, y pronto condenada por las autoridades como era de esperar, pero cuyo éxito clandestino fue explosivo y creciente hasta que su edición legal fue aprobada en Reino Unido tan tarde como en 1970, o sea, 230 años después. Cleland estudió en Westminster, fue cónsul en Esmirna y se empleó en un puesto de relevancia en la Compañía de las Indias, con sede en Bombay. De vuelta a Londres, terminó en prisión por deudas y allí pulió, según parece, este relato erótico que había esbozado en los años 30. Cleland hubo de abjurar de su propia obra reprobándola de modo lamentable ante un juez, al cual suplicó perdón alegando los graves problemas económicos por los que atravesaba. Como estaba lejos de ser socialmente un Don Nadie, para que no volviera a suceder el gobierno le concedió una pensión vitalicia de 100 libras mensuales, pero, ¡derroteros guadianescos del vicio!, en 1765 incumplió su promesa escribiendo otro libro casquivano, para regocijo de su entonces amigo James Boswell, aquel golfo que escribió la que dicen mejor biografía literaria de la historia. El librero londinense que publicó Fanny Hill, Ralph Griffith, compró el manuscrito a su autor por veinte guineas, y en sucesivas ediciones del mismo ganó hasta diez mil libras esterlinas. Traducido desde el principio a numerosos idiomas, imitado, teatralizado, televisado, filmado… estamos, pues, ante un auténtico best-seller nacido del siglo ilustrado, del cual se ha escrito en los círculos académicos y eruditos -ignoro si maliciosa o elogiosamente-, que se trata de "la primera prosa pornográfica inglesa, y la primera pornografía que usa la forma de novela". Aquí no voy a incurrir en graves spoilers ni a transcribir pasajes escabrosos, que para eso está la degustación de la novela misma (mi edición es la de Akal de 1977, el año del punk); sólo comentaré algunos momentos literarios e ideológicos, dando los escarceos por supuestos, ya que, en este aspecto, el relato erótico no varía demasiado ni tiene por qué hacerlo, como el propio autor reconoce al inicio de la carta segunda por boca de Fanny:

 Imaginaba que os cansaríais y hastiaríais de la uniformidad de aventuras y expresiones, inseparables de un tema de esta especie, cuyo fondo o cimientos, por la naturaleza de las cosas, es eternamente el mismo, pues por mucha que sea la posible variedad de formas y modos a que las situaciones sean susceptibles, no es posible escapar de la repetición de casi las mismas imágenes, de iguales metáforas, de idénticas expresiones, y ha de aumentar este tedio que las palabras "gozo", "ardores", "transportes", "éxtasis", "deliquio" y los demás de estos términos tan propios al "ejercicio del placer" y tan usados en él que quedan manidos con el sobo y pierden gran parte del conveniente espíritu y vigor de resultas de la frecuencia con que es indispensable recurrir a ellos en un relato en el que ese "ejercicio" forma reconocidamente toda la base.

Lo cual significa que el propio Cleland sabía de una vasta tradición de escritura erótica, que casi podríamos remontar a la noche de los tiempos, de manera que siempre que hagamos una cala nos  encontraremos ya al final del género, sea cual sea su consideración literaria o la censura o represión epocales que la opriman. De hecho, dice Fanny, de lo que se trata siempre es de "experimentar alegrías cuyo único pecado me pareció ser el de su exceso", lo cual no es poco, y vivido lo cual con fruición otras prácticas más valoradas socialmente tal vez comiencen a parecernos de menos monta:

¿Acaso su capacidad de causar placer de tanta exquisitez no le elevaba y ennoblecía, a lo menor para mí? En cuanto a mí, que otros admiren y reverencien y recompensen el arte del pintor, del escultor o del músico en proporción a la delicia que en él hallen; más a mi edad y con mi afición al placer, el cual tan manifiesto se advierte en mi manera de ser, el talento para complacer que de la naturaleza dota a una persona constituía el mayor de los méritos, comparado con cual las vulgares preocupaciones que alaban los títulos, las dignidades, los honores y cosas de semejante especie tienen bien menguado valor. Y las bellezas corporales no se tendrían en tan poco si pudieran comprarse. 

Títulos, dignidades y honores que traicionan a sus propios poseedores, sobre todo a las mujeres:

Nos hacíamos visitas e imitábamos en todo lo que nos era dado las ruindades, insulseces e impertinencias en que las damas encopetadas se ocupan sin que nunca les pase por la cabeza que no puede darse en esta tierra nada más necio, vano, insípido y baladí que su forma de vida considerada en general. ¡Si los hombres las condenan, a ellos deberían tenerlos por tiranos!        

Hay más humanidad, más sentido de comunidad en la fraternidad del cálido prostíbulo al que va a parar Fanny, más allá o más acá de la Historia, de las convenciones, de la visibilidad social:   

El desprecio del temor, la modestia y la envidia era la regla, lo que hacía que, según los principios de su sociedad, cualquier satisfacción de los sentimientos que se perdiera quedaba compensada por el sabor picante de la variedad y por los encantos del desahogo y el lujo.  Las inventoras y patrocinadoras de esta institución secreta solían definirse en momentos en que sus humores bullían con más pujanza como las restauradoras de la edad de oro y de sus sencillos placeres antes de que su candor quedara injustamente estigmatizado como culpado y bochornoso.  

No obstante, ello no excluye el refinamiento de las demás dimensiones de la persona entregada al placer, pues se trata de no renunciar a nada que potencie las pasiones alegres, como diría Spinoza:

(...) Él fue quien me enseño antes que nadie que los placeres de la mente son superiores a los del cuerpo y que no son por ello contradictorios o incompatibles; y que además de ofrecernos el deleite del cambio y la diversidad, el uno sirve para exaltar y depurar el gusto del otro en grado que los sentidos por sí solos no pueden alcanzar.        


Tiene lugar, incluso, un episodio de sadismo avant la lettre al que el Divino Marqués jamás hubiera dado entrada en su obra, puesto que se muestra respetuoso con las aficiones del desdichado perverso así como con los dolores libremente aceptados de Fanny, a la que no se pretende convencer de nada. Cleland es anterior a Sade, y su estilo de aleccionar es menos rudo, su pedagogía erótica benéfica y no violenta, y hasta su prosa es florida, sin los exabruptos y groserías típicas del francés:

Permitidme asimismo que os presente una excusa que sé os debo por haber recurrido quizá desmedidamente al estilo figurado, aunque en nada debiera juzgársele más legítimo que tratando de un tema que tan propiamente pertenece al campo de la poesía, que en realidad es poesía en sí mismo y tan colmado está de todas las flores de la imaginación y de amables metáforas incluso si los términos naturales no quedaran necesariamente prohibidos por el respeto debido a las costumbres y a la eufonía.        

Es cierto que Cleland idealiza la vida marginal, y en general Fanny tiene una suerte inverosímil en su carrera de cortesana -en “los usos de la ciudad”, dice ella- proveniente de la miseria del campo. Los clientes del establecimiento, adinerados, educados, son constantemente un dechado de galantería:

  Los hombres no saben en general lo mucho que perjudican sus propios placeres cuando olvidan el respeto y la ternura que nuestro sexo merece incluso cuando se trata de quienes viven de complacerlos.

Fanny ha tenido una iniciación sáfica, pero prefiere decididamente a los hombres. Cleland hace una descripción del descubrimiento del cuerpo masculino (incluso los testículos le parecen a la protagonista dotados de las "únicas arrugas que complacen") que seguramente sea pionera y escasamente imitada después, pero que le valió la acusación de homosexualidad, por lo cual, en mi opinión, introduce más adelante un vislumbre del amor entre hombres al que tacha, más que de antinatural o inmoral -que es lo mismo-, de ridículo. Es decir, su forzada homofobia se encuentra más cómoda denunciando lo grotesco del comportamiento de varones que hacen el papel de hembras que por el acto sexual en sí. Igualmente, y adivinando los peligros que se ciernen sobre su persona cuando el libro se difunda, termina esbozando una apología de la realización en plenitud del sexo en el amor que él mismo ofrece indicios clarísimos de no creerse en absoluto más que de cara a la galería. Por ejemplo, y mucho antes de la famosa conclusión, cuando escribe que cierto hombre quiso  "apoderarse de mi persona, cuyos encantos, por cierto, fueron el único objeto de su pasión, lo cual, naturalmente, no podía cimentar un amor delicado ni uno muy duradero", se contradice con esto otro:

y la verdad es que tan extremado era el gusto que en él hallaba que es distinción bizantina decir que no le amaba.

Genial. ¿Y es que no es el Amor otra de las trampas en las que el erotismo es secuestrado, manipulado, enajenado, por el Poder, por la Sabiduría...? La clave del sexo probablemente resida en el fracaso de la masturbación (la maldición de Onán, que en la novela llaman "el fantasma del placer en lugar de su substancia”), por un lado, que nos obliga a salir del encierro de nuestros propios cuerpos, y, después, en la negación eventual del imperativo biológico de la reproducción (Onán, de hecho, no es castigado por su acto, sino por no dar lugar a descendencia, como ocurre prácticamente en toda la Biblia), en favor del derroche gratuito de las fuerzas. Decenas miles de adolescentes lo están experimentando ahora mismo sobre toda la faz de la Tierra, y su vida ya no volverá nunca a ser la misma, para bien y para mal. La literatura erótica se compone de esos relatos "especiales" que reclaman no el lector ideal o "modelo" de Umberto Eco, sino un lector ciertamente impuro, que desea pasar a la acción y no sólo leer, o leer acerca de los que pasan a la acción, como hiciera a su manera Alonso Quijano, con todo su cuerpo y también con su alma, y para el cual cierta Edad de Oro puede ser evocada un instante antes de que llegue inexorablemente la de plata, y luego la de bronce, y finalmente la de hierro... "Poesía en sí mismo", dice Fanny guiada por Cleland, el género erótico puede cansar, pero también crear afición, precisamente porque las señas de identidad de una época o una cultura determinada no lo alteran demasiado, de ahí que nos entendamos con él inmediatamente y logre su efecto -estético y sensual- sin excesivas preparaciones cultas o eruditas, rompiendo las pesadas barreras del espacio y el tiempo a favor de una simulación sensorial de aquella eternidad en el instante que buscaba Heine.

El dos de marzo de1750 se produjo un pequeño terremoto cerca de Londres: he leído que algunos estudiosos ingleses lo atribuyen al impacto de estas Memoirs of a Woman of Pleasure.


[1] Acerca de la dificultad de acceso al sexo bueno, no envilecido, aquel que no sirve a otro fin que al de fundar relaciones erótico-sentimentales entre personas, el blog de mi amigo Israel Sánchez: http://www.contraelamor.com/

viernes, 12 de abril de 2013

sexo. FORMA. presentación



Un resumen muy somero de nuestra vida sociosexual nos presenta, ante todo, un sorprendente contraste a priori entre el tratamiento mediático y cultural del sexo y su realidad privada. A pesar de que aparece en todas partes, ya sea de modo explícito o sugerido, desaparece por todas partes, al menos por todas las partes conocidas (especialmente si discriminamos entre sexo satisfactorio e insatisfactorio), cuando analizamos su realidad práctica. El discurso, la narración, que resuelven esta contradicción aparente, nos dicen que los medios de comunicación y, por extensión, nuestra cultura, nos invitan desinhibidamente a un sexo al que nosotros nos liberamos, nos entregamos, aún con reticencias y cierta mojigatería. Así, los medios de comunicación realizarían el papel de educadores de una falta residual de formación. Heredarían el papel de divulgadores (ya no fanáticos y desquiciados, como fueron los del amor libre, sino sometidos al filtro de la sensatez), de la ideología de la liberación sexual, frente a una sociedad que ya ha aprendido los rudimentos de la misma y se dedica ahora a asentarlos, afianzarlos, perfeccionarlos y universalizarlos. 
La historia está, por lo tanto, resuelta con final feliz y, como en todas las historias bien contadas, no se exige el relato de las consecuencias de la resolución, sino un ejemplo de ellas a título de inventario. La cultura nos da la respuesta al problema, con lo que lo despoja de interés, y el que dicha respuesta se aplique hasta acabar con él se deja a que caiga por su propio peso gracias al trabajo automático del tiempo. Pero este trabajo queda ya fuera del foco de atención.
En resumen, la línea argumental de la historia sería que, una vez, hace tiempo, tuvimos un problema de represión sexual. Ese problema se resolvió (mediante el descubrimiento de lo que nos extraña hoy que no fuera siempre una obviedad: la “naturalidad” del sexo), y ahora la solución está a nuestra disposición para ser usada por cualquiera que decida requerirla. No habría ya, estrictamente hablando, ni problema ni historia que contar. El sexo ha dejado de necesitar teoría y nada importante cabe nunca más ser dicho sobre él. El problema se ha vuelto, por lo tanto, exclusivamente individual. No hay un problema sexual, pero hay gente con problemas sexuales por razones que son de su absoluta responsabilidad y cuya solución conoce cualquier persona medianamente informada.
Estos problemas, sin embargo, llevan extendiéndose en el tiempo desde la revolución sexual sin grandes síntomas de mejora, y eso es algo que podría inducir la sospecha de que siguen presentes. Pero, afortunadamente, hemos encontrado la cura explicativa que nos faltaba: Si localizamos el problema del sexo en la pareja en vez de en el conjunto social, podemos pasar a denominarlo “conflicto de género” (en el sentido no feminista del término), “guerra de sexos” o “incompatibilidad entre las propensiones sexuales femenina y masculina”. Con ello, desplazamos el campo de la explicación a lo natural, biológico, pudiendo así decir que todo aquello que la liberación sexual no ha liberado no puede liberarse jamás porque forma parte de lo que no podemos dejar de ser: animales sexuales con instintos insoslayables e irreconciliables. El sexo que quiere el hombre no es ni puede ser el que quiere la mujer, y ambos, perfectamente liberados en su diferencia, en su ideal de sexo perfecto, deberán negociar y conciliar con el otro sexo, al que llega a llamarse “opuesto”, una actividad sexual viable que satisfaga a ambos del modo más ecuánime posible.
Apenas es necesario bosquejar por encima ambos modelos y su marcada condición de género (esta vez sí, en sentido feminista, es decir, género como estructura discriminadora y opresiva), porque son de dominio público, y el dominio público alimenta sin control su estereotipia. La mujer busca un sexo monógamo, duradero y afectivo conciliable con y conducente a la maternidad. El hombre busca un sexo que, siendo polígamo para él, no lo sea para su o sus parejas, cuya realización se caracteriza a partes iguales por la novedad, la violencia y el consumo de usar y tirar. El encuentro de ambas sensibilidades da como resultado la suma de nuestras vidas sexuales que, tapándome la nariz, paso a describir.
Las tres fuentes de las que nuestra educación sexual se sacia con más frecuencia son la tradición del sexo reprimido y pudoroso, el modelo del arropamiento afectivo, y la muy noble, refinada y moderna escuela de la pornografía sadomasoquista.

lunes, 8 de abril de 2013

sexo. FONDO. III. función resultante


El sexo es, de este modo, el fundador del matrimonio mediante el establecimiento del pacto sagrado que su realización implica sin necesidad, siquiera, de afirmarlo expresamente. Ésa será su forma de existir en nuestra cultura, y en cada una de sus actos de presencia, en cada uno de los actos sexuales, habrá una participación de dicha forma. Los individuos que realizan un acto sexual son conscientes de que transitan un espacio capaz de invocar la trascendencia propia y ajena, y esto sin menoscabo de una completa incomunicación con su compañero de recorrido. Dicha trascendencia consiste en la toma de posesión matrimonial del otro, ya sea completa o simbólica, que es una forma de poseerlo o de afirmar de manera tajante que queda a la disposición de nuestro poder, en tanto que contraer matrimonio con nosotros implica darnos un poder privilegiado sobre su vida.

El pacto sagrado del matrimonio que el sexo establece se diferencia del matrimonio como pacto jurídico en que cada uno de los individuos lo establece sin contar con el otro. Mediante el sexo nos entregamos al otro en pacto sagrado sin previa solicitud de nuestra entrega, o logramos que el otro se nos entregue sin haberlo nosotros ni pedido ni habernos, por supuesto, responsabilizado de ello.



Como decía, esta entrega tiene un valor simbólico autónomo, independiente en parte de que la entrega misma al pacto matrimonial sea real. Es por ello que el acto sexual que no conlleva la sacralización de la unión para  de ninguna de las dos partes conserva, a pesar de eso, un juego de entrega en el que se deposita el valor simbólico autónomo de dicho acto.

El acto sexual es, por esto, una gran apuesta que, en el más trivial y menos comprometido de los casos, posee una codiciable carga simbólica. Es enorme el valor simbólico que se pone en juego y enorme el que se puede ganar y perder. Por eso nuestra cultura individualista lo tiene claro: el sexo es un lugar de lucha, una partida, un regateo, un bazar, un ring, al que se debe entrar si se quiere triunfar, pero en el que sólo triunfará el fuerte, experto y hábil. El resto sufrirá una sangría en su valor que le obligará a conformarse con carecer de él o a volver de nuevo a la arena, en busca del valor que constituye la posesión simbólica o real de los otros.

Si a esta batalla solapamos la lucha de clases y género, es decir, caracterizamos a cada uno de los contendientes o jugadores según las particularidades sociales en que los comprende el capitalismo patriarcal, queda el sexo, y por extensión el amor y la vida eróticosentimental, dibujados como uno más de los territorios en que nuestra sociedad pone en práctica e incrementa el juego de la explotación y la desigualdad. Lejos de ser convertido sólo en un producto más del mercado del ocio del que disfrutar cuando se dispone del poder del capital, más allá incluso de su condición de objeto de ostentación que indica el estatus de cada individuo, el sexo como vida sexual personal es un poder clave que hace más fuerte a quien lo explota y domina, y más débil a quien es desposeído de él y de la capacidad de dominación de otros que le proporciona, en cada una de las ocasiones en que se realiza un acto sexual.

Tanto la clase como el género establecen una dialéctica amo-esclavo que el capitalismo patriarcal orienta en la forma consumidor-mercancía, repartiendo el papel de hombre amo acumulador y consumidor, por un lado, y el de mujer esclava mercancía desechable por otro, de manera más marcada cuanto más marcados aparezcan clase y género. A todos los fondos y formas afectará transversalmente la búsqueda de la máxima acumulación, posesión y consumo del hombre-amo y del máximo bienestar y seguridad de la mujer-esclava. La posesión simbólica a través del sexo tendrá la tendencia de presentar una orientación ascendente, donde la posesión se desplaza, desde la esclava mujer proletaria mercancía que pasa a ser poseída y habitar el capital de su poseedor, hacia el hombre amo capitalista consumidor que pasa a poseer y proyectarse, una vez consumada la posesión, hacia nuevas cargas simbólicas sexuales, más susceptibles de ser poseídas cuanto mayor siga siendo la posesión ya acumulada.

Cual es la doble moral capitalista del capitalismo que conocemos, es decir, aquel que dice creer en la redistribución automática de los bienes mediante la competitividad, mientras contempla y practica la acumulación salvaje a costa incluso de la ley que, sólo excepcionalmente, alcanza a algo más que a denunciarle en el vacío; así la moral sexual del capitalismo patriarcal deja en manos del proletariado esclavo femenino la responsabilidad de defender el modelo sancionado, mientras la clase opresora capitalista masculina se dedica a conculcarla en secreto. La mujer será la representante de la moral que la oprime y, por ello, ostentadora de la verdad y el bien desde el concepto de ambos que ostenta dicho sistema. El hombre capitalista, beneficiario del mismo, soportará la tolerable carga de reconocer en sí mismo al villano viéndose, sin embargo, obligado por su condición genética a entregarse a ese destino.



No es mi intención sostener que el sexo debe ser liberado de cualquier significación. Sí lo es recordar lo que debería ser obvio: que dicha significación debe someterse a un análisis crítico que, muy probablemente, reduzca su trascendencia simbólica y transforme de manera sustancial su significado adaptándolo a funciones infinitamente más edificantes y, en muchos sentidos, irrelevantes.

miércoles, 3 de abril de 2013

sexo. FONDO. II. función amorosa: la comunión



Cuando el individuo se siente incompatible con los principios de organización social que propone el capitalismo, el amor, ideología engrasante de sus asperezas, toma el mando. La fría programación del plan familiar, con sus necesarias y groseras consideraciones económicas, deja paso al desinterés puro, a costa de eliminar cualquier plan o, al menos, relegarlo a estratos menos conscientes del pensamiento. Esta identificación del plan con el interés estrictamente ilegítimo y del desinterés como bien absoluto se extiende también al sexo.
La función que el amor asigna a la pareja es diametralmente opuesta a la del capital, precisamente porque la función de que el amor asigne una función es distraer de la que asigna el sistema para todo aquél que se sienta incómodo con sus principios. Pero la forma irracionalista entregará a su seguidor al pensamiento dominante con suma facilidad. Cuanto más contrario es el individuo a las reglas que rigen el capitalismo patriarcal, más cae en la trampa del amor, asumiéndolas mediante lo que podríamos llamar el “camino largo”. Que dos vías aparentemente opuestas conduzcan al mismo final tiene la virtud añadida de reforzar el argumento del determinismo natural. Cualquier opción es entendida a priori como ocupando necesariamente un punto intermedio entre ambos extremos, y por tanto incapaz de proponer alternativa real alguna. Nada digno de ser considerado como modelo estable o definitivo escapa a la pareja monógama. Quede dicho de pasada que no se trata ya de monogamia heterosexual sino, simplemente, monogamia de género, porque la definición de los roles de género, necesarios para generar la célula familiar, ha sustituido a la obligatoriedad de la heterosexualidad, necesaria para la reproducción. Tanto la procreación como el amor son inconcebibles, sin embargo, fuera de dicha definición de género, que fundamenta la idea de la complementariedad aristofánica entre dos, y sólo dos, personas.
Para el amor, el sexo es el lugar de la comunión entre los amantes. La plenitud de la realización del amor, así como su prueba definitiva e imprescindible, es el acto sexual. En una relación que debe carecer de plan y cuya fuente de sentido es la gratificación en el presente, el sexo se convierte en territorio privilegiado, realización paradigmática de la intrascendencia. Dado que nuestra cultura no reivindica su propio fundamento histórico filosófico y racional, sino que ha desarrollado a nivel popular un profundo desprecio hacia él, el carácter comunicativo de dicha comunión queda eclipsado por su componente emocional. Ésta emoción sin contenido y, por consiguiente, sin comunicación, deja de ser un acto común, para volverse acto en común, es decir, coincidencia simultánea del mismo acto y las mismas emociones en dos individuos encerrados en su solipsismo emocionalmente potenciado. El sexo del amor es, entonces, una sugestión común que hace las veces de encuentro. Su eficacia estriba precisamente en su naturaleza sensual. La capacidad del sexo para generar sensaciones poderosas permite convertirlas en emociones tratadas mediante las interpretaciones pertinentes que el amor pone a nuestra disposición. El amor nos dirá qué emoción cabe esperar de la relación sexual satisfactoria, y dicha relación nos proporcionará una serie de sensaciones que convertiremos en emociones gracias, precisamente, a esas expectativas.
Estrictamente hablando, ignoraremos si las emociones del otro son las mismas, es decir, si son las mismas sensaciones acompañadas de las mismas interpretaciones de esas sensaciones, pero nos conformaremos con indicios superficiales en su comportamiento y, sobre todo, con la interpretación añadida de que nuestras emociones son las emociones de una comunión, es decir, que si tienen lugar en nosotros es porque también tienen lugar en el otro.
Si las emociones tienen lugar según el relato que el amor les vaticina, dicho acto sexual funcionará como demostración de que la pareja debe formarse según los presupuestos de la monogamia con definición de género.
En caso de no aparecer estas emociones, se entiende que el acto sexual, incluso resultando placentero, tiene una relevancia de segundo orden y absolutamente efímera. Así, en su persecución del acto de vital trascendencia, el amor condena a la vida sexual a ser percibida siempre como fracasada, insatisfactoria o, al menos, incompleta. A la espera de la llegada de la gran revelación sexual, cada individuo vaga por el mundo del sexo (dentro o fuera de su pareja) como un desterrado del amor, culpable por sentir placer o desearlo allí donde sólo hay frivolidad, o fracasado por no encontrar, o reencontrar, la comunión, y demostrarse, con cada acto sexual, que el amor o no ha llegado, o ya se ha ido.
La función de comunión afectiva implica la sacralización y “fidelización” por razonamiento deductivo. El acto sexual se eleva a tales cimas de ficticia empatía que impone su singularidad. Lo que pasa entre dos individuos que alcanzan la comunión amorosa por medio del sexo no necesita de ulterior puesta en común, pues su forma presenta los rasgos de lo irrepetible, y el hecho mismo de su repetición fuera de la pareja consagrada por el acto implicaría falta de sinceridad en el acto sexoamoroso (aunque, cómo no, esa puesta en común tendrá lugar para terminar de construir la ficción de la comunión).
Vemos que el sexo del amor tiene una carga significativa tan potente o más que la que le asigna el capitalismo patriarcal cuando actúa sin la mediación del amor, con la diferencia de que si aquél ponía el énfasis en la realización del acto, éste lo desplaza hacia la emoción sentida en dicha realización.
Ésta es la característica determinante del sexo en nuestra cultura. Su enorme valor significativo lo convierten en un símbolo tan poderoso y trascendente que su tratamiento constituye siempre una carga de profundidad sobre las bases sociales. La confluencia de la desmedida importancia del sexo con la ocultación a la que el discurso del amor somete su verdadera función económica lo convierten en una materia no sólo confusa sino sagrada. Sobre el sexo no sólo no se sabe hablar, no sólo estuvo prohibido hablar, sino que, ahora que no lo está tanto, no se puede hablar porque todo hablar reflexivo conculca el precepto religioso de no investigar lo sagrado. Allí donde el sexo pretende ser explicado aparecerá la consigna mística de que del sexo, mensajero entre procaz y sublime (contradicción que, como todas las religiosas, es tratada de misterio sólo comprensible por iniciados) del amor, dios inefable por excelencia, no se debe hablar con pretensiones de conocer porque nadie tiene derecho a querer explicar lo incognoscible.