jueves, 15 de septiembre de 2011

¿monogamia o...?

Cada vez que, en estos textos, manifiesto mi rechazo a la monogamia, cometo el error de abonarle el terreno a lo ordinariamente aceptado como opuesto.
Sin embargo, yo no defiendo la poligamia. En su versión clásica, de la que tenemos noticia a través de la antropología, no es más que otra forma de matrimonio con la misma subordinación de las relaciones interpersonales a la estructura económica, con la misma imposición irracional de reglas y con la misma (si no mayor, claro) dominación de género.
Es común a las diversas versiones modernas concebidas por el poliamor la propuesta de una adaptación de la poligamia clásica a la filosofía del amor romántico: simple literalidad etimológica, pasando del singular a formas más o menos plurales y evitando la orientación de género. El poliamor (y, a la espera de un texto expresamente dedicado a él, baste aquí esta injusta simplificación) acaba constituyendo un voluntarioso cajón de sastre cuyo factor común es un sistema emocional emanado de la mencionada filosofía del amor romántico, que emana, a su vez, de la moral del matrimonio.
Lo que propongo es eliminar la distinción entre relaciones y no relaciones. Esa polisemia del término “relación” no es gratuita (como no es casual que el rojo, primer y más importante color desde el punto de vista adaptativo, se llame también “colorado”, es decir, “el color de los colores”). Todas las relaciones son relaciones y, a la vez, sólo lo son algunas muy determinadas. O una. O ninguna. Y todos sabemos qué elemento se utiliza para distinguir a éstas últimas. Contestemos sólo (y si nos da la gana) a la pregunta cuando sea explícita: “¿Con cuanta gente follas?”
De niños hacíamos listas de amigos y no amigos con el objetivo de clasificar los privilegios otorgados, como la invitación a nuestro cumpleaños. No hagamos hoy listas de relaciones sólo para ver con quién nos toca acostarnos.

1 comentario:

Sergio FdF dijo...

Del lado de las relaciones la pregunta "con cuánta gente follas" puede funcionar de disolvente, pero del lado del amor, la pregunta no es esa, sino: ¿A quién no amas? Y nunca será un disolvente sino que funciona asemejando la norma.