jueves, 28 de julio de 2011

el dilema del beduino. PARTE 1

             Ah, si yo discurriera como Mosca -se dijo Fabricio- cuando me repite que los peligros que corre un hombre son siempre la medida de sus derechos sobre el vecino.
               Stendhal - La Cartuja de Parma

             Un hombre se encuentra en medio de un viaje por el desierto. Lleva lo necesario para completarlo con éxito. Está solo y se siente solo. Añora la cercanía de otros hombres.
             A lo lejos surge una minúscula forma que parece corresponder a otro hombre. El viajero se alegra ante la perspectiva de encontrar compañía. Está tan lejos que no sabe hacia dónde camina. No sabe si lo ve porque se dirige a su encuentro o porque, avanzando en el mismo sentido, le está dando alcance. Tampoco sabe si el otro lo ha visto. Tal vez no lo haya hecho aún. Tal vez lleve largo rato viéndolo.
             Entonces mira a su alrededor y recuerda dónde está: el desierto. Nada a la vista más que arena y ese punto lejano, probablemente vivo y humano. Ningún testigo ni cosa alguna que lo proteja. Solos los dos. Y nada que le revele las intenciones del otro.
             El hombre recuerda historias de ladrones y asesinos. De desapariciones entre las dunas, de crímenes sin castigo. Aquel punto oscuro, tan oscuro como él mismo a centenares de metros, puede ser su última hora acercándosele pausadamente. O puede no serlo. Puede ser alguien que le necesita; un hombre herido que depende de la fortuna de un encuentro para escapar a una muerte segura. O puede ser alguien que, como él, desee, por encima de todo, un poco de compañía. Cualquiera de esas tres cosas puede ser, así que el hombre saca su rifle.

martes, 26 de julio de 2011

una buena causa

            Todo tiene sus pros y sus contras pero, si se encuentra forma de suprimir contras conservando pros, entonces se tiene una propuesta de mejora. Es el caso. El que sigue puede ser un argumento convincente y una referencia razonablemente ordenada para comenzar la crítica que se pretende tratar aquí.

            La pareja monógama y el concepto de amor que conduce a ella presentan la desventaja de deteriorar las siguientes formas de relación entre personas:
            - relaciones entre los miembros de la pareja, que se ven impelidos a realizar, de manera consistente y continuada, aquello que los constituye como tal: relaciones sexuales, convivencia, manifestaciones de afecto, monogamia… El mínimo de vida en común para que la pareja se conserve es tan alto que siempre resulta una carga notable, si no insoportable, en, al menos, alguno de sus aspectos. La consecuencia es que la relación más importante en nuestra vida está sometida a presiones tan poderosas que reducen significativamente su carácter de trato libre entre personas afines.
            - relaciones con parejas anteriores, que se ven reducidas al mínimo o llevadas a la desaparición. Si no olvidamos que la expareja ganó el “ex” después de haber ganado el “pareja” seremos capaces de dar el valor correspondiente a la pérdida de muchas de las personas más importantes de nuestras vidas a causa de la incompatibilidad postulada por la estructura monógama. De hecho, otro gallo cantaría ahora de no haber tenido que pasar por el infierno de romper.
            - relaciones de “amistad”, que resultan limitadas por un grueso colchón de comportamientos prohibidos que garantiza su diferencia con respecto a la relación de pareja. Esto influye profundamente en la comunicación, la disponibilidad, las manifestaciones de afecto, el contacto sexual, etc… La amistad queda convertida en una relación que nunca puede ser ni profunda ni satisfactoria para no solaparse con el territorio distintivo y principal de la pareja. Así, desaparece cualquier modelo de relación cordial profunda con nuestros congéneres (que no implique elegir a uno de ellos y convertirlo en sustituto de nuestra pareja actual). Habría tanto que decir sobre el insulto “amigo”…

            Panorama: TODAS nuestras relaciones son gravemente perjudicadas por la monogamia (de la familia no he hablado; ese tema merece su propio chiste), sorprendentemente más en su calidad que en su número. Está claro que, si se puede evitar, vale la pena hacerlo.
            Este texto no debe extenderse tanto como para demostrar esa posibilidad, pero sí puede caber en él su descripción:
            -las relaciones de pareja serán más satisfactorias si los individuos que las forman encuentran una manera fluida y libre de acordar y modificar su contenido en cualquiera de sus niveles.
            -las relaciones de expareja recuperarán el valor como relaciones si, en aplicación de la libertad de elección ejercida, ésta se ha transformado por sí misma en exrelación, y no forzada por la necesidad de dejar espacio a la siguiente monogamia. Hay que añadir que la conservación de las exparejas como parejas evolucionadas se antoja de una riqueza emocional digna de ambición.
            -las relaciones de amistad carecerán de límites artificiales externos e inconscientes. De ese modo la amistad asumirá el significado general de relación cordial de mayor o menor profundidad, base real (y no tipo opuesto) de cualquier forma de trato a la que cada una progrese.

            Huelga decir (de modo que lo diré) que, construidas así las relaciones, las categorías “pareja”, “expareja” y “amigo” pierden vigencia y requieren revisión y, quizás, bautismo. ¿Y qué?

sábado, 23 de julio de 2011

dime que te quiero

            Se ha despertado sobresaltada, gritando, envuelta en sudor. Sus brazos me aprisionaban con una fuerza enloquecida y sus uñas se clavaban en mi espalda como si quisieran quedar unidas a ella para siempre. Nunca la había visto así, y nunca había sentido tanto deseo de protegerla. “Estás aquí…” Me ha dicho. “Claro, mi amor”. “Era horrible…” “¿Qué era horrible? Tranquila… Cuéntamelo” “Estás aquí” ha repetido, perdiendo su cara en mi pecho.
            Siempre he admirado su serenidad. Siempre he pensado que un día, si algo terrible nos pasara, yo tendría que refugiarme en ella, y ella me calmaría y me inspiraría confianza. Pero esta mañana su cuerpo daba tales sacudidas en mis brazos que llegaba a hacerme daño. “¿Qué ha pasado, mi vida? ¿Has soñado que me iba?” Ha levantado la cara y parecía deformada por los innumerables surcos de lágrimas que la recorrían. Era como si todo su rostro llorara.
            “Me decías que no te quería. De pronto no soportabas encontrar en mi cuerpo marcas que no fueran tuyas y me hablabas como si no me conocieras. Yo intentaba convencerte de que daba igual, pero tú decías que si te quería de verdad nunca habría hecho lo que hacía. Me mirabas… No puedes imaginar cómo me mirabas. ¡Mírame! ¡Mírame ahora! ¿Verdad que sabes que te quiero? ¡Dímelo! ¡Dime que te quiero!”
            “Claro que me quieres, mi amor. Nada que puedas hacer me hará pensar de otro modo. Yo no soy el de tu sueño. Yo estoy aquí, feliz porque puedo estar contigo. Y te abrazo. Me quieres. Me quieres. Me quieres”.
            Cuando se ha ido estaba mucho más tranquila, aunque aún podía adivinarse que había sufrido horriblemente. ¿Cuánto habrá durado su sueño? ¿Durante cuánto tiempo habrá escuchado un remedo de la voz que adora herirla sin piedad? Nunca le haría daño. Nunca. Ojalá mi doble no haya dejado en ella la más leve huella de desconfianza.
Al quitarme la camisa he descubierto enseguida que mis brazos están amoratados. Mi espalda está surcada de marcas ensangrentadas que no se cerrarán en varios días.
Varios días. Pero tú llegas hoy. Y sé lo que pasará.

jueves, 21 de julio de 2011

¡NÍ!

                Nuestra ventaja al replantear las normas sobre las que se asienta la pareja monógama es que su aceptación tiene una base principalmente consuetudinaria. Esto es como decir que no hay más explicación para que sea así que la puramente casual de que así es como nos la hemos encontrado. Por supuesto, sus adeptos creerán que existen razones de peso para ello. Lo bueno será que, para su sorpresa, no las encontrarán cuando vayan a buscarlas. Es por eso que nos enfrentaremos, casi siempre, a la debilidad de un simple dogma de fe negativo que se agota en sí mismo:


-No se puede querer a más de una persona a la vez.
-¿Por qué?
-Porque no.
-Pero, ¿por qué no?
-¡Porque es imposible!
            -No se pueden evitar los celos.
-¿Es imposible?
-Sí.
-Vale.
-No se puede explicar el amor.
            -A sus órdenes.
            -No se puede cambiar la orientación sexual.
-Ni ganas de follar con quien ahora te da asco ¿A que no?
            -No se puede evitar desarrollar el rol de género.
-0 de 0 intentos.
            -No se puede luchar contra los sentimientos.
-Capricho libre por decreto. ¿Quién va a discutir ese chollo?

            Casi parece que le estuvieran provocando a uno.

domingo, 17 de julio de 2011

paso 1

Todos hemos aprendido que el amor es imprescindible para alcanzar la felicidad. Todos sentimos en lo más íntimo que, si esto es así, jamás seremos felices.
Hay un problema, no cabe duda... ¿O no hay un problema, sino que la vida es el problema y el amor su trabajosa e improbable solución? La única salida, la única esperanza frente a la soledad a la que el ser humano está condenado por su naturaleza, por la sociedad, por el destino… Alcanzar el amor es, sí, extremadamente difícil, pero eso no debe desalentarnos, pues la alternativa es una aceptación estéril de la infelicidad. Además, el amor premia a quien lo persigue con fe, a quien se prepara para él, a quien se entrega a él sin esperar nada a cambio. En el momento en que se deja de esperar… entonces llega.

No sé cómo seguir. Si con un corte tajante:
Bien, ésa es una de las dos respuestas posibles. No va a ser la nuestra.
Con un sarcasmo:
¿Quién sabrá tanto como para haber respaldado estas afirmaciones? (porque aquellos a los que yo se las he oído estaban todos en la fase de entrega, pero aún no habían recibido la nómina).
            O con este emoticono:    



La otra respuesta es que esté fallando la máquina; que no sea así. Que no sea así… ¿qué? Pues nada. Todo. Todo funciona mal, desde el comienzo hasta el fin. No hay parte a la que agarrase como principio sano. Y no tenemos idea de dónde está la avería. El amor es un aeroplano renqueante con el que un panadero náufrago debe escapar de una isla en mitad del océano. "¿¿¡Qué le pasará a esto!?? Uf… hombre, moverse se mueve… "
Con un poco de suerte el panadero no estará contaminado de la máxima suicida “el que no arriesga no gana”. Tendremos que olvidarnos de escapar, al menos de momento, y desmontar el mecanismo entero.
            Replantearnos el amor es, principalmente, reconsiderar la monogamia. Ésa es la forma que le damos al amor, y es dentro de sus leyes donde experimentamos tantas insatisfacciones,  Debemos, además, replantearnos el amor en sí (aunque en la práctica tenga menos peso que la forma que le damos), con todo lo que evoca: afecto, pasión, entrega… Nos replantearemos el sexo, eso seguro (que es siempre lo más urgente), y, en fin, todo lo que nos vaya saliendo al paso.
            Pero eso será en otro lugar. Antes nos desharemos de algunos lastres ideológicos cuya consistencia, se verá, es muy inferior a su peso. Lo haremos sin exhaustividad ni regodeo, como si tuvieran tan poca importancia como merecen.
            Cántame, musa:
           
- La naturaleza nos ha hecho para estar con una sola persona. Se habla de la naturaleza con mucha frivolidad. Cuando (y éste será el mejor de los casos) estemos ante un biólogo reduccionista, ofrezcámosle bibliografía sociológica, psicológica o filosófica. Cuando, por el contrario, estemos ante la cita de un documental oído desde el baño, pidámosla. Que nos ilustren.
- Quien no cree en el amor es porque aún no lo conoce. Éste es el más fácil. Si se replica seriamente diremos que el argumento es subjetivo, tautológico y “ad hominem”. Subjetivo porque otorga superioridad a una subjetividad sobre otra (“yo sé lo que siento y lo que sientes tú, pero tú no puedes saber lo que siento yo”). Tautológico porque da por demostrado aquello que pretende demostrar (“la inexistencia no puede existir”, vamos, que no afirma nada). “Ad hominem” porque nos pone en la incómoda tesitura de argumentar con nuestra biografía y no con nuestras razones. Por eso, si no nos apetece concederle seriedad podremos darle la vuelta y contestar que sí, que conocemos el amor en cualquier forma e intensidad imaginables y que lo que él no conoce es el sufrimiento que le espera. Qué más da. Total, él también está mintiendo…
- Quien quiere a más de una persona a la vez no quiere de verdad. Tautológico de nuevo. Si querer a más de uno no es querer, entonces cuando se quiere a más de uno no se está queriendo. No es un gran avance. El amor queda recluido a priori en el amor a uno, independientemente de que alguien quiera mejor a varios de lo que otro quiere en exclusividad. Es la apropiación del término, vacío de contenido. Luego está lo de que a todos los hijos se les quiere (“igual”, añaden los padres). Aquí dirán “es un amor distinto”. Tautología de nuevo.
            - Cuando alguien nos llena del todo no necesitamos a nadie más (y su corolario: cuando nos fijamos en alguien más es porque ya no queremos a nuestra pareja). Encontrar aspectos en los que cada uno se siente insatisfecho, hasta en la más perfecta de las parejas, es muy fácil. Hagámoslo. Incluso se puede, con un poco de maña, demostrar que el más enamorado se siente atraído por terceras personas. Descubrir infidelidades suele requerir sólo un poco más de esfuerzo, pero ése dejémoslo a su pareja, que sabe desbloquear el móvil.
- El amor es lo más bonito de la vida. Soy esclavo de mis palabras y he escrito “sin regodeo” de modo que: alguna de las cosas más monstruosas de la vida también forman parte del amor (no del imaginado, claro, sino del real). El objetivo no es eliminar todo lo que el amor abarca hoy, sino encontrar la manera de separar sus funciones legítimas de sus inmoralidades.
            - Sin amor la vida es soledad. Éste es interesante porque desplaza el problema llevándolo a un terreno en el que es más abordable. La soledad no es algo que se supere necesariamente en pareja, me temo, ni algo que no se pueda superar fuera de ella. La soledad a la que coloquialmente nos referimos tiene dos componentes básicos: convivencia y comunicación. La convivencia no requiere pareja. La comunicación requiere mucho más que eso.

            Libres de morralla, nos hemos ganado el derecho a pensar. Será agradable remitir a “textos anteriores” cuando se esgriman estas… razones. Pero, ¡qué barbaridad! ¿No? ¡Cómo ha habido que ponerse!

jueves, 14 de julio de 2011

ante el amor

             Apenas hubo el hombre advertido la aparición de los guardias, cuando vio cómo uno de ellos se adelantaba con urgencia y llegaba hasta él. Lo empujó dentro de la casa y cerró la puerta tras de sí. Sin mediar palabra le propinó un terrible golpe en la cara que le hizo marearse y caer.
            “¿Qué sucede?”, gritó desde el suelo. Como única respuesta llegó otro golpe, y luego otro, y otro más, todos potentes y dolorosos; todos dados con la eficacia de alguien que sabe cómo procurar un daño enorme, y que está decidido a hacerlo. Perdía la cuenta pero, a cada uno de ellos, y con la voz cada vez más débil, el hombre volvía a suplicar una explicación.
            Por fin paró. “No lo entiendes”, dijo el guardia, con el resuello entrecortado. “No ves lo que estoy haciendo por ti. Si no me hubiera adelantado a mis compañeros, cualquiera de ellos habría entrado aquí y estaría ahora golpeándote de una manera mucho más cruel que yo. No puedes imaginar su fuerza y su maldad. ¿De qué te quejas? Da igual lo que yo te haga. Por más que lo intentara, ninguna de mis patadas podría igualarse a la más débil de las suyas. Recuerda, cuando sientas dolor, que es incomparable al que has estado a punto de sentir.” Y, dicho esto, reanudó su castigo, con más vigor aún que antes.
            El hombre no sabía cuánto tiempo había durado la paliza, pero tuvo la certeza de que hubo concluido cuando su vista nublada le permitió reconocer que el guardia se disponía a salir. “¡Espera!” exclamó con un hilo de voz. El guardia se volvió desde la puerta y lo miró con atención. “Tus compañeros…”, alcanzó a pronunciar el hombre. “¿Qué pasa con ellos?”, contestó el otro. “Si te vas… ¿Qué será de mí?”, imploró. El guardia sonrió afectuosamente detrás de su enorme mostacho. “No te preocupes”, contestó. “Me voy ahora. Pero mañana volveré.”

hipnótesis

            ¿Y si el ser humano no estuviera concebido para compartir su vida sentimental con una y nada más que una persona?

¿Y si el género pudiera no tener influencia al escoger a nuestro compañero?

¿Y si no la tuviera la edad?

            ¿Y si no la tuviera el parentesco?

            ¿Y si nuestra vida sentimental no estuviera condicionada por la subsistencia o por los hijos?

¿Y si no sintiéramos celos? ¿Y si ninguno de nuestros actos pudiera provocarlos?

¿Y si tuviéramos sueños a los que realmente pudiéramos aspirar?

¿Y si pudiéramos entender?

¿Y si pudiéramos elegir?

miércoles, 13 de julio de 2011

¡¡¿Quién manda aquí?!!

Partamos de una base firme: la recuperación de la jerarquía original entre amor y felicidad.

Ambos son conceptos que nuestra cultura entiende como netamente positivos. Sin embargo, su presencia y relevancia son muy distintas. El amor es nuestro concepto bueno por antonomasia, y su evocación conlleva dos grandes ventajas: la concreción y el entusiasmo. La felicidad no sólo tiene un carácter plano y estático que empaña su atractivo. Es, además, notablemente indefinida, pudiendo tomar cualquier forma siempre que haya alguien dispuesto a identificarla con ella ("Mi felicidad son las motos","Soy feliz con muy poco", "De vacaciones soy feliz"...).
 
Preferimos al amor, sin duda, porque no sólo sabemos que no nos aburrirá (“Es una montaña rusa”) sino que podemos localizarlo con claridad allí donde se forma la pareja. Con estas dos grandes ventajas es lógico que resulte una mercancía mucho más demandada y un reclamo publicitario, es decir, una presencia cultural, mucho más extensa.
 
Por eso la relación entre ambos es una sorpresa cruel. Decimos que el amor da la felicidad, y no a la inversa (salvo para hacer juegos de palabras). Y porque da la felicidad tiene sentido que lo busquemos. En buena lógica, si diera otra cosa que felicidad, o si diera infelicidad, en fin… en teoría no deberíamos buscarlo, salvo en nuestro perjuicio.


La idea es tan tonta que se ignora, así que repitámosla. La felicidad ES LA FINALIDAD del amor. Esto la convierte en un concepto jerárquicamente superior. Entre ambos no hay controversia posible. Allí donde el amor haga feliz, tendrá sentido. Allí donde no lo haga habremos perdido el norte y hasta la justicia se quedará corta como argumento en nuestra contra. Será la lógica misma la que nos diga “buscar algo por el camino que no conduce a ello no es injusto; es irracional. Hacerlo acaba con nuestra condición humana, en tanto que hemos dejado de ser libres (no somos libres porque no podemos hacer nada, ya que hacemos las cosas por el camino que no lleva a su consecución)". La justicia no suele extenderse tanto en sus explicaciones. Soy más bien yo, que resumo alargando.
 
Es duro pero SÍ: si llegáramos a la improbable conclusión de que el amor no nos hace felices, deberíamos abandonarlo, para nuestra desesperación. Y sin embargo... ¡magia!: la consecuencia es que seríamos ¡¡¡más felices!!!
 
Suena mal. Parece que habláramos de una felicidad infeliz, indeseable, tediosa, indigna de ser perseguida. Bien, lo que sea. ¿Qué podría importar si sería, a fin de cuentas, mejor? Desear lo malo, o desear que sea bueno, no lo hace portador de ninguna bondad extra. Ese “mal amor”, mejor que la “buena felicidad”, sólo es un error lógico y así debemos verlo. Si perdura es porque conlleva prejuicios, verbigracia: la pasión hace más feliz que la simple felicidad, aunque sea una pasión dolorosa. Pero no se trata de juzgar si la pasión es mejor que estar todo el día sentado en un sillón (imagen demagógica de la felicidad como mera tranquilidad), sino de conservar la felicidad como concepto abstracto del que sólo valoramos si es mayor o menor, es decir, mejor o peor.

Buscamos la felicidad. El amor lo buscaremos en la medida en que sea el medio para lograr aquella.
 
Ya lo hemos recordado. Ahora no olvidemos que tuvimos que hacerlo.