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lunes, 27 de mayo de 2019

El problema no es el sexismo. Son los dragones.


Hace unos días, y tras habernos salvado por los pelos de un gobierno del Estado en España sostenido por un partido de extrema derecha, escribí en Facebook que tratar una serie de mierda como si fuera alta cultura también alimenta el fascismo, y la cosa no sentó bien. Se me tachó, por supuesto, de elitista.

Siempre me ha parecido que perder el sentido crítico hacia la cultura es algo que la izquierda, es decir, la sociedad, no se puede permitir si aspira al poder político. Una generación sin referentes culturales es una generación sin herramientas para el pensamiento estructurado y profundo, es decir, una generación manipulable que será manipulada. Y me ha parecido desde hace tiempo que el neoliberalismo ha logrado implantar un poderoso relativismo cultural que ha eclipsado la antigua distinción entre cultura popular sin pretensiones y alta cultura elitista y pedante. Pero con la excusa de la reivindicación de la dignidad popular y la crítica a la pedantería elitista hemos perdido la distinción cultural entre lo bueno y lo malo, regalándole la última palabra al mercado. Para que la cultura no nos ofenda con su clasismo le hemos dado la espalda. Hemos hecho, por lo tanto, el peor de los negocios. ¿En qué consiste desarrollar nuestra cultura? Ya no lo sabemos.

Hoy, que es un día aciago para Madrid, me parece también uno adecuado para reflexionar sobre cómo esta ausencia de criterio cultural mina nuestro desarrollo como sociedad y nuestra cultura política. Creo que Juego de Tronos es el ejemplo perfecto de un producto mediocre que adquiere la categoría de referente cultural incontrovertible gracias a la deslegitimación padecida por todos los criterios de calidad desde hace décadas. Sabemos que algún líder de izquierdas ha hecho repetidamente el ridículo recomendándolo a troche y moche como si de una clase magistral de política se tratara y validando con ello la posición de la serie en el canon audiovisual contemporáneo. Felipe González fue (y es) un personaje siniestro que hizo (y sigue haciendo) muchas cosas mal, pero no nos lo imaginamos recomendando Falcon Crest por las televisiones porque fuera una serie donde podía aprenderse de política. Lo que cogerá desprevenidxs a muchxs es saber que de Juego de Tronos no puede extraerse más reflexión política que de Falcon Crest. Se ha insistido en que la política es el contenido de peso de Juego de Tronos, y que su éxito en el fondo se debe a su fuerte carga política. Mi opinión es que el éxito de Juego de Tronos se debe a causas muy distintas, y que creer que estamos viendo una serie de contenido político o de calidad artística despolitiza a la sociedad y alimenta, por consiguiente, el fascismo. El caso de Juego de Tronos tiene una particularidad, y es que incide de manera especialmente dramática sobre el feminismo y, por lo tanto, sobre la despolitización del feminismo.

Intentaré persuadir de ello.

Durante la celebración de la muerte del Señor de la Noche, Sir Sandor Clegane, “El Perro”, se muestra, como siempre, taciturno y esquivo. Ni siquiera la victoria de las victorias logra arrancar una sonrisa a este personaje atormentado para siempre por una infancia torturante al lado de su hermano psicópata.

Una prostituta se le insinúa, entonces, pero él la rechaza con desprecio. Si algo sabe Sir Sandor es que el afecto leal y verdadero no es fácil de obtener, y el que puede ofrecer una puta es más falso y efímero que ningún otro. “Podría haberte hecho feliz”, le anima con cariño Sansa, su Reina en el Norte.

Es uno de los momentos de dramatismo más amargo de la serie, porque comprendemos en él que este personaje a veces despreciable, a veces noble, que oculta su herida sensibilidad tras una correosa coraza de escepticismo, no encontrará jamás la paz.
Y sin embargo no es la alegría, sino la sorpresa, lo que más se echa de menos en la secuencia. A pesar de la devastación llevada a cabo por el Señor de la Noche y su dragón poseído; a pesar de esas escenas en las que veíamos a los últimos héroes y heroínas representar el advenimiento definitivo del holocausto zombi al defenderse ya solxs contra enjambres de muertxs; a pesar de que solo un giro in extremis evitó que la historia diera ese último pequeñísimo paso que la separaba ya de la representación del exterminio de la humanidad, hay algo con lo que el Señor de la Noche parece que estuvo aún inesperadamente lejos de acabar: las putas.

Hagamos un pequeño esfuerzo de empatía: hace pocas horas ibas a ser asesinada por un ejército de cadáveres. Con tu muerte terminaría, además, el mundo tal y como lo conoces. Pero os habéis salvado, el mundo y tú. Es un milagro. Es lo más grande y feliz que te ha sucedido jamás. ¿Tu celebración? Volver inmediatamente al servicio de chupar pollas y de ser despreciada por ello. No eres una persona ni un personaje, sino parte del entorno natural que completa a quienes sí lo son. Eres una prostituta. Eres una mujer.

Juego de Tronos ha sido así desde el primer minuto, y se ha conservado así hasta el último. Se ha dicho que el sexismo de la serie era más que evidente: era impúdico. Y, sin embargo, ha triunfado en todas partes, entre todas las sensibilidades ideológicas, incluido el feminismo.

¿Cómo ha obtenido este salvoconducto? ¿Con qué nos ha callado la boca Juego de Tronos? ¿Qué nos ha dado a cambio de que nos hayamos pasado ocho temporadas mirando para otro lado? ¿Qué ha logrado que nos sentemos todxs, amigxs y enemigxs, a la misma mesa? ¿Habrá sido su extraordinaria calidad como obra de arte? No. ¿Entonces?

El placer.
Y fue así desde la primera secuencia. Juego de Tronos no ocultó jamás sus cartas, así que no tenemos excusa. Lo primero que se nos mostró fue la combinación que, de momento, permanece infalible como generadora de expectativas favorables y fidelidades audiovisuales capaces de sobreponerse a cualquier presentación tediosa: fantasía y terror. Unas cuantas espadas mugrientas que evoquen un mundo donde la magia gana verosimilitud sumadas a un crimen de violencia insoportable. Si se empieza con eso la gran mayoría de la audiencia aguantará, se cuente después lo que se cuente, hasta el próximo capítulo; hasta el próximo crimen o hasta el próximo hechizo. Mientras tanto se presentarán o insinuarán mitos que generen en lxs espectadorxs el anhelo de algo más dulce, más fácil, más infantil, más seguro. Y un día, a quienes hayan aguantado se les premiará con la aparición justificada de tres dragones. Adiós espectadorxs críticos. Hola, audiencia fidelizada.

Otra secuencia. En su antepenúltima aparición tras muchos capítulos ausente, Bronn, ese superviviente vividor y alegre con el que nos identificamos todxs, es interrumpido por un emisario de la Reina que reclama su presencia para encargarle el asesinato de dos de sus, de él, amigos. Lo que le interrumpe es, por supuesto, una orgía con prostitutas, pues esa es su actividad por defecto.

Sabemos que la ética de Bronn es la falta de ética, y que su nobleza y previsibilidad propias están depositadas ahí. Bronn, como Juego de Tronos, no es un traidor, sino todo lo contrario: es un personaje leal a una moral que no oculta y en función de la cual todo el mundo puede tratar con él con la mayor campechanía y cordialidad. Su único principio es hacer aquello que es mejor para él. Mientras seas buenx para Bronn él lo será para ti, porque carece por completo de mala voluntad. Jamás te procurará un daño por el gusto de procurártelo, por una herida interna, por una amargura, por un rencor. Solo lo mueve el interés personal más transparente y saludable. Por eso, cuando la Reina le encarga la muerte de sus dos, de él, amigos, a un precio que no puede rechazar, él se apresta inmediatamente.

Su siguiente aparición es esa tan graciosa en la que los dos amigos improvisan una mejor oferta mientras Bronn les apunta con una ballesta. Lo divertido de la escena es esa nobleza, esa coherencia, esa obligación de seguir un juego cuyas reglas sabíamos pero que no hemos previsto con la claridad con la que es capaz de hacerlo quien vive inmerso en ellas. Los amigos se salvan, porque uno de ellos es muy listo y tiene mucho que ofrecer, y todo acaba en un susto que no sirve ni por asomo para cuestionar la nobleza de Bronn ni la sinceridad de su amistad.

Todo esto lo cuento porque cuando todo es ya feliz y el Reino ha renacido de la mano del sabia y democráticamente designado Bran el Tullido, Bronn está sentado a la mesa de gobierno, nombrado uno de los tres consejeros del Rey; el de la moneda, concretamente. Bronn ha sido considerado, parece ser, una edificante influencia para la política de Poniente. Y lo que más nos divierte de esta escena es que, de todas las cosas que en Desembarco necesitan ser atendidas tras la furia de Daenerys, Bronn considera, como si se tratara de un guionista de Juego de Tronos que se enfrenta a una nueva temporada, que lo más importante son los burdeles. Así comienza, por lo tanto, la nueva era: reconstruyendo su civilización desde sus pilares más básicos. Nada que no hayamos visto a lo largo de cada minuto de la serie. Solo que esta vez el descaro es tan extremo que nos invita a pensar en una audiencia definitivamente abotargada.

La furia de Daenerys.
No conozco a nadie que no haya escrito sobre esta secuencia. Y no recuerdo a nadie que no haya elegido entre reprochar a la serie el haber traicionado el espíritu altruista de su personaje político central o alinearse con Daenerys como representación de la ira incontenible y justa de las mujeres. En ambos casos la secuencia es juzgada como incoherente y fallida. Se diría que la gente se ha sentido traicionada, o por lo que ha hecho Daenerys o por lo que se ha hecho de Daenerys. Parece que todo el mundo confiaba en Daenerys.

Estoy muy a favor de esa secuencia y es, sin duda, mi secuencia favorita de toda la serie. Creo que, tras verla, estuve casi una semana sin criticar Juego de Tronos. He pasado, eso sí, mis bochornos leyendo a voces influyentes, como Irantzu Varela, elegir a su nuevo personaje femenino favorito, como si ese personaje fuera una persona, y no el resultado del trabajo de los mismos que crearon a Daenerys y su inolvidable genocidio. Ella se ha quedado con Sansa, por diversas razones, por ejemplo cómo ha convertido las violaciones sufridas en motivación para la sororidad. Sansa es, recuerdo, esa que animaba a El Perro a “ser feliz” violando a una puta pocas horas después de que esa misma puta hubiera estado a punto de ser asesinada por una horda de cadáveres enloquecidos.

La secuencia de la furia de Daenerys me conmueve por su franqueza. Desde el principio resultó evidente que el personaje no era, ni este ni ningún otro, un referente feminista. En Juego de Tronos las mujeres están representando cuota, y reciben atributos y poder al azar allí donde su condición de mujer no incomoda demasiado al desarrollo de la historia o emerge la necesidad de reconciliación con la audiencia femenina: por cada personaje femenino maltratado, violado o humillado, una nueva reina. Juego de Tronos es uno de esos productos culturales que resultan aparentemente vanguardistas en cuanto al papel de las mujeres solo y exclusivamente porque intentan adaptarse al signo de los tiempos. Satisfacer a los hombres y a las mujeres desde sus intereses enfrentados se ha realizado en la serie mediante la fórmula femdom de significar a las mujeres para violarlas con más placer. Los supuestos grandes personajes femeninos emancipados, como Brienne o Arya, son caricaturas de feminidad frustrada que la última temporada ha tratado con crueldad. Las otras, las verdaderamente femeninas, lo pagan siempre. Daenerys es otra caricatura, pero en este caso la de la feminidad triunfante, incombustible, muy mujer y a la vez muy políticamente igual a los hombres. Esa feminidad triunfante es la que ha servido de atrapamoscas para muchas sensibilidades feministas, y en ella han quedado pegadas tanto a las lacras de la feminidad preservada como a los estigmas de la mujer poderosa. Daenerys, es decir, el feminismo triunfante según la mirada de los guionistas de Juego de Tronos, con todo su discurso emancipador y sus grandes gestos políticos, no es más que una loca peligrosa con delirios de grandeza, y su reinado no puede ser otra cosa que un nuevo y desconocido nivel de terror. Frente a ella Jon es el representante de la legitimidad moral, el Rey por defecto, el que todo el mundo querría si hubiera elecciones, porque España, se nos dice, y cualquier sociedad, en realidad, es de centro. Frente a Daenerys, cuya conducta, como en el caso de Cersei, es pura traslación de lo personal a lo político, pura emergencia del carácter y por lo tanto, en el fondo, pura inestabilidad, Jon es pura política de la carencia de lo personal y, por lo tanto, pura estabilidad. Nada malo cabe esperar de Jon, porque Jon, más que Jon Nieve, es Jon Nadie. Jon está ahí como la sal de la tierra, como los valores profundos y sencillos, siempre reconocibles. Jon no te puede fallar, porque no hay ningún Jon. Jon es el ser humano mismo y su bondad natural. Juego de Tronos es la epopeya individual del más vacío de sus personajes, narrada por Tyrion, su alter ego.

Por eso pensé siempre que la historia elegiría entre dos soluciones igual de mezquinas: o un desplazamiento discreto del peso del poder hacia Jon Nieve, haciendo confluir por fin sobre él la legitimidad y el poder, o un triunfo total de Daenerys que tuviera como resultado un gobierno del bien, infantilizado y políticamente trivial, como expresión misógina de la condición de mujer.

Y por eso el ataque de sinceridad me ha sorprendido tan gratamente. Harto de Darth Vaders o Jaimes Lannister cuyo buen fondo se nos mete con calzador en cuanto su encarnación de la maldad nos resulta interesante o atractiva, he agradecido el paso del bien al mal sin fisuras, sin miedo a reconocer el desprecio hacia lo que el personaje representa. Daenerys a lomos de su dragón y arrasando el mundo es la imagen que para los guionistas tiene la mujer poderosa, que será siempre demasiado poderosa, no por su poder interior, su fuerza de voluntad o su autocuidado, sino poderosa porque acumula mil veces más poder, y puede acabar contigo con el movimiento de un dedo, del mismo modo que los hombres han podido siempre. Es el mal injustificable que, por serlo, da sentido y presencia a la misoginia de la que rebosa la serie. Es el enemigo desatado contra el que, ahora sí, puede despertar la audiencia feminista y, con un poco de suerte, evitar la adopción de otro peluche favorito. Daeerys ha sido siempre una feminazi, pero ahora lo es abiertamente, y es ahora, por ello, cuando se libera nuestra capacidad para reapropiárnosla. Si algo hay que agradecerle a Juego de Tronos es el trauma de ver que Daenerys, nuestra gran esperanza, es, en realidad, una iluminada demente. Pocas generaciones podrán compartir una experiencia común tan universal de las nefastas consecuencias de equivocar el referente.

Pero es posible que eso no sea suficiente, porque quedan los dragones. Eso es lo que realmente necesitamos aprender: no hemos sido capaces de resistirnos a la misoginia cuando esta ha llegado montada sobre dragones. Independientemente de cual sea la razón por la que los dragones nos provocan placer, el problema de los dragones es, precisamente, que nos provocan placer, y no sabemos que disponemos de una capacidad de resistirnos al placer que conlleva la responsabilidad de resistirnos al placer allí donde el placer no sea legítimo. Resistirnos al placer es, además, algo que hacemos en favor de un bien mayor, de modo que el placer al que nos resistimos es, normalmente, aparente, y solo triunfa sobre nuestra voluntad por su proximidad. Dejarnos llevar por él es, en realidad, una reducción de placer.

Pero estamos lejos de distinguir la calidad de un producto cultural del placer que nos provoca. Hemos aprendido activamente a identificar ambas cosas y a guiarnos, como en el amor, por la brújula única del placer inmediato. Pasó el tiempo en el que se hablaba del remordimiento de consumir un mal producto cultural. Hoy el producto es bueno si existe deseo de consumirlo. Lo que en otro tiempo fue el conflicto intelectual entre la crítica pedante favorable hacia un producto cultural y nuestra incomprensión o nuestra crítica a la crítica, hoy se tiene lugar entre nuestro deseo de consumirlo, que conlleva una atribución espontánea de calidad, y la decepción que la obra nos produce. “Tengo que verla otra vez”, nos decimos ante la perplejidad de que no nos haya gustado el nuevo episodio de Star Wars, como si el deseo primero fuera incontrovertible.

Así, el método para sobreponerse a un bloqueo por razones ideológicas es ofrecer un placer fácil y evidente: habrá machismo a raudales, pero habrá dragones, y si eres feminista, pero te gustan los dragones, el dilema en términos morales queda resuelto, porque el placer es en sí mismo moral, se solapa a lo moral y es síntoma de moralidad. El placer que me provoquen los dragones se entiende como el sumatorio de todos mis juicios morales. Mi placer es el indicador de la calidad moral de la historia que se me cuenta. No es algo nuevo. Siempre ha existido el chantaje por placer. Lo verdaderamente nuevo es que nos hemos olvidado de su posibilidad. Si hay dragones es mi revolución.

Y, mientras tanto, mientras nosotrxs dejábamos pasar con la misma generosidad la falta de calidad narrativa y los evidentes conflictos morales a cambio de nuestra dosis de dragones, el enemigo político disfrutaba con el espectáculo de la violencia sexual. Como acertadísimamente dijo Jason Momoa: “Es genial trabajar en una serie como Juego de Tronos, porque puedes violar a mujeres hermosas”.

Quiero mencionar una secuencia más. Se trata, no por casualidad, del desenlace político: la coronación de Bran. Si nada en esa secuencia os llamó la atención en su momento repasadla ahora. Es el gran triunfo del feminismo: al igual que la democracia propuesta por Samwell, la guerra solo ha tenido como resultado un progreso parcial. No habrá urnas por los pueblos, pero tampoco se heredará el trono. No habrá matriarcado Targaryen, pero el Rey no será un paradigma de virilidad, las mujeres están mucho más representadas, con Brienne, Arya y Yara, y habrá una Reina en el Norte. Casi el Consejo de Ministras de Pedro Sánchez. La lucha ha sido dura y se ha perdido a muchos grandes personajes femeninos por el camino, de modo que podemos darnos por satisfechxs.
Pero, ¿es esta configuración la representación de una sensibilidad feminista que se adelanta a su tiempo, o justo lo contrario, aquello con lo que no se puede dejar de comulgar si no se quiere arriesgar el éxito del producto?

Recordad la composición de personajes de nuevo. Volved a mirar. También está Bran, y Davos, y el tío tonto Stark, y Tyrion, por supuesto. Empate. Paridad.
Y luego están el resto. Todos esos actores casi extras que han tenido el honor de representar por un día al señor de alguno de los otros reinos. Actores todos, sí. Todos tíos. ¿Por qué? Sencillísimo: para estar en ese consejo, si eres mujer, tendrás que haber vivido la puñetera serie completa. Eso es lo único que te otorgará los méritos suficientes. Porque aunque lo que se ha contado es una historia donde los personajes emergían en proporciones igualitarias y entendíamos, por tanto, que la historia la hacían tanto mujeres como hombres, cuando de lo que se trata es de representar el contexto se sobreentiende que las mujeres no tienen papel, o que solo lo tienen si son excepcionales. El mensaje, expresado de otro modo, es que estamos, en ese plano, ante todas las mujeres realmente excepcionales de Poniente y son, literalmente, cuatro. Ya se ve que cuando una mujer se lo gana obtiene una silla. Las otras están ocupadas por hombres, porque ninguna mujer se lo ha ganado. O dicho de otro modo más: todo aquello que no está especificado en las cuotas es para los hombres. Paridad en la superficie, patriarcado en todo lo demás.

Algo tan grande y evidente que solo puede ser ocultado por un dragón.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

el "empoderamiento" en Juego de Tronos


Hay productos culturales cuyo debate se agota, en parte, porque se agota la repercusión social del producto, y él, sin repercusión social, carece de interés.

Y hay otros que no se agotan porque, aunque parecen más que agotados desde el principio, la continuidad de su repercusión social los actualiza continuamente como fuente de reflexión.

Juego de Tronos, lógicamente, es de los segundos. Se ha escrito de todo, pero mientras siga siendo una inmensa máquina de construir conciencias me temo que habrá que analizar la serie, como analizamos el resto de los grandes hitos de la cultura popular, nos gusten o no.

Hay gente por ahí haciendo análisis de la serie que justifican con su gran calidad artística, y con el aval de sus premios, y con mil pamplinas semejantes. Y luego ya está Pablo Iglesias, que dice que es un manual de política. Pero en fin, Pablo Iglesias (a quien voto), es para echar de comer aparte, sobre todo cuando se le juntan delante cultura y tetas, que al pobre le estalla la cabeza.

Y luego, al final tal vez, está la gente que, sin intelectualismo ni pedantería a lo Boyero, decimos que salta a la vista que Juego de Tronos es mediocre. Lo que pasa es que la mayoría de esas personas, con buen criterio, no la han visto y, por lo tanto, no hablan de ella. Yo, sin embargo, me encuentro entre lxs privilegiadxs que, juzgándola mediocre, lo han hecho. ¿Por qué decir “tontxs” pudiendo decir “privilegiadxs”?
La pregunta que yo le planteaba a Juego de Tronos al ponerme a verla es “¿eres o no sexista?” Porque, claro, había oído ya muchas veces lo de las protagonistas fuertes y empoderadas, pero también me las encontraba reiteradamente desnudas, y la cosa me olía mal.

Tras 60 horazas en las que empecé bostezando y acabé tan enganchado como los más rastreros trucos de fidelización, más alguna aceptable idea narrativa, pueden garantizar, tengo que decir que me quedé prácticamente con la misma sensación con la que me acerqué a la serie.

Todo me mosquea. Sí, había menos violencia gratuita contra las mujeres y menos cultura de la violación de la que pensaba (es que pensaba que apenas habría otra cosa, sinceramente. No contaba con la condición de producto generalista que tiene que servir para sensibilidades encontradas) y sí, había muchas mujeres protagonistas, y con mucho poder. Incluso se podría decir, y esto no es cualquier cosa, que ellas tienen más poder y más presencia en la serie que los varones.

Pero, claro, todo lo demás… Violencia gratuita contra las mujeres hay (sí, en la boda roja tiene que morir todo el mundo, pero lo de Joffrey y la ballesta, perfectamente innecesario), cultura de la violación, para qué entrar en detalles… Luego, la mitad de las secuencias transcurren en prostíbulos con los personajes rodeados de mujeres desnudas, que es una Edad Media que no me imaginaba yo. 

Y en cuanto a lo de la presencia femenina, pues lo típico de la cuota: mitad y mitad en la superficie, pero el resto de la estructura casi íntegramente masculina desde el primer capitán hasta el último soldado o monstruo. Y las protagonistas, ellas, con motivaciones, se ha dicho mucho, abusivamente maternales. De hecho, cuando la cagan, son justificadas con lo del amor materno.

Pero todo esto está ya más que contado, y entre que me extiendo y que no aporto nada, incumplo las normas autoimpuestas en esta sección.

El caso es que este montón de críticas y elogios al feminismo o no de Juego de Tronos nos deja con la sensación de que, bueno, tampoco está tan mal: Las mujeres están presentadas con cierta dignidad, al fin y al cabo. Peores son otras series. Y fíjate tú que eso es justamente lo que me parece que no pasa: Lo de la dignidad y lo de la superioridad al promedio. Así que dándole algunas vueltas he caído en lo siguiente.

Está claro que si eres mujer y te contratan en Juego de Tronos, tienes muchas bazas para que te toque desnudarte. Eso va de suyo. Con los varones no ocurre, claro. Podríamos decir que, en fin… que es uno de sus defectos. Nada más. Que no es más humillante que el traje sexy de Scarlett Johanson cuando se disfraza de viuda negra.

Pero creo que es algo más. Y lo creo porque, pensados de uno en uno, resulta que los desnudos de las protagonistas de Juego de Tronos me parecen más que significativos. No están simplemente para pagar el impuesto patriarcal de que mujer pública es mujer desnudada, y de que sin enseñar las tetas una mujer tiene complicado alcanzar el éxito. No.

Fijaos en Sansa. Se desnuda para ser violada. Ella, que es el personaje feminizado por excelencia, la chica guapa y pasiva con ansias de casarse con un Rey. La modelo, la deseable, la objeto. Su desnudo es el momento en que es entregada a la mirada del espectador (masculino aquí). Sansa se nos entrega tal y como la mirada pornográfica la desea. A Sansa le pasa lo que al espectador (masculino, perdón por repetirme) quiere que le pase para excitarse. Vale, Sansa no se desnuda. He forzado el ejemplo. Tengamos en cuenta que no hay un equipo detrás utilizando literalmente mi teoría y aplicándola caso por caso. Pero sigamos.

La inquietante Melisandre sí que se desnuda. Ella, que atenaza con su magia y con su sexo a los varones que se encuentra. Ella, que es el personaje sexualmente empoderado, en ese sentido de empoderamiento sexual que entiende el empoderamiento sexual como uso de la desventaja de género como ventaja. El momento culminante, en el que nos la revelan, en el que “nos la entregan” en su verdadera condición sobre la que saciar nuestra ira de machos humillados, nos ofrecen su cuerpo “despreciable” de anciana por la que sentir asco. Y nos quedamos satisfechos. A Jon Snow sí, pero a nosotros no nos engaña. Qué asco nos da la bruja. Ya la tenemos. Ahí, desnuda.

Y, por supuesto, Daennerys. Cada vez que el personaje más poderoso de toda la serie tiene que incrementar su poder le toca enseñarnos “sus encantos”. Vale que a ella no la torea nadie (uy, perdón, ya había olvidado que está enamorada para siempre de su violador, y que es la ausencia de éste lo que la convierte en la virgen sagrada capacitada para conquistar los Nueve Reinos), pero el precio de ser mujer sigue pagándose en forma de registro carcelario: Venga, en pelotas, que toca evolución del personaje. Lo que le pase verdaderamente relevante le pasará desnuda.

Pero mi desnudo favorito, obviamente, es el de Cersei. Pensaba ella que como reina consorte, y reina madre, y reina misma a lo largo de toda la serie, se libraría de nuestra ira desnudadora. Pero no. Para eso están los gorriones. Para despojar su cuerpo de toda vanidad (ya se sabe que las mujeres van por ahí vanagloriándose de que tienen cuerpo y de que nos gusta) y hacerle el paseíllo. Ese paseíllo, esa humillación infinita, acordaos, amigos espectadores varones, es un gran momento de resarcimiento de nuestro odio frustrado y acumulado temporada tras temporada. Luego ella que haga estallar el Septo si quiere, con todos los gorriones y la fauna que encuentre dentro. A nosotros ya no se nos olvida que no es más que una rapada, vilipendiada y escupida con cuya desnudez nos hemos regocijado durante la que seguramente sea la secuencia de desnudo más larga de toda la serie.

Y así, me temo, más o menos con todas.

Y están, claro, las que no se desnudan. Sabéis cuáles son las que no se desnudan, ¿verdad? Pensadlo, pensadlo. Sí, ésas. Las que no queremos ver porque no hemos deseado. Realismo, lo llaman. Y tanto.

Así que, ¿sabéis lo que pienso? Pues eso de que “es más de lo mismo”. Pero no de lo mismo de Esteso y Pajares. Eso es lo de antes. “Lo mismo” es lo de ahora, lo nuestro, lo que se va llevando cada vez más y que las grandes obras de arte de la industria audiovisual saben interpretar y ofrecernos a modo de vanguardia.

“Lo mismo” es la lucha pornográfica contra el empoderamiento de las mujeres. Su vejación sistemática como reacción a sus reivindicaciones. Su aparición como falsas dóminas, estrellas del porno o heroínas medievales para que veamos que en la realidad se nos está poniendo la cosa difícil, pero en la pantalla, en la fábrica de sueños, allí les damos lo que se merecen. Y se merecen mucho, porque son muy soberbias y se están portando muy mal con eso de no dejarse follar como caballerosamente les exigimos.

Las mujeres en Juego de Tronos reciben su esencia de su desnudez (del mismo modo que Jamie, por ejemplo, la recibe en la escena en la que le amputan la mano. Varón: mano. Mujer: desnudo) y están para ser desnudadas. Es la otra parte del cine porno. Ésa que decimos que en el cine porno no está. La de la presentación de la historia. La que le da miga.

¿Sabéis cuál es la escena clave de la serie? La traición a Ned. Aquélla en la que el rey de las putas pone un cuchillo en el cuello del viejo patriarca y le recuerda “te dije que no te fiaras de nadie”. Es Cristian Grey diciéndole a Esteso “se acabó tu tiempo. Empieza el mío”.


lunes, 21 de agosto de 2017

las guerras del feminismo: un paralelismo con Juego de Tronos


Ya sé que en otras ocasiones no he tratado a esta serie precisamente como un referente feminista. 

Sigo sin hacerlo (y me reafirmo desde que he visto como le tiembla la voz a Daenerys cuando habla con Jon Nieve), pero he encontrado un sentido en el que quizás nos pueda servir de ilustración con alcance.

Imagino que el título incitará inmediatamente a pensar lo obvio, aplicable a prácticamente cualquier tipo de conflicto mínimamente complejo: nos estamos desangrando en guerras intestinas, tenemos que descubrir lo que nos une en vez de hacer hincapié en lo que nos diferencia, hasta lxs malxs son buenos comparados con el verdadero mal común, etc…

Pero no se trata de eso. No voy a decir que Cersei representa también a un feminismo y que necesitamos entendernos con él, por imposible que nos parezca, para poder enfrentar al terrible enemigo exterior. No. Lo que voy a explicar es cómo uno de los feminismos en liza puede identificarse con el mismísimo Ejército de la Noche (o como se llame). Veréis a lo que me refiero.

Una vez transcurrida la mayor parte de la serie y desvelados los misterios que subyacían a este ejército, conocemos aceptablemente sus características. Sabemos que está formado por unos pocos seres poderosos, los caminantes blancos, y por un inmenso contingente de resucitadxs. 

Individualmente, los caminantes blancos, aunque fuertes, son vulnerables al vidriagón. Su auténtico poder no es, por lo tanto, su fuerza personal, sino su capacidad para traer de la muerte, una y otra vez, a hordas de cadáveres para luchar a su lado. Ésa es su arma determinante y, hasta el momento, en la serie, incontestable.
Así, encontramos, de un lado, al ejército de lxs vivxs, formado por individuos razonablemente fuertes, pero cuyo número es limitado y cuya cohesión depende de las coyunturas de sus rencillas. 

Del otro, el ejército de lxs muertxs. Su fuerza promedio es inferior, pero lucha como una sola conciencia, y su número, sin ser infinito, es inagotable porque los muertos no necesitan alistarse en él. Gracias al poder de los caminantes, los muertos les pertenecen por defecto. Y ésta es la clave.

Apliquemos el esquema al feminismo.

Tendríamos un feminismo formado por un importante número de mujeres (y algún hombre) conscientes y fuertes, sin demasiada cohesión, eso sí, salvo en puntuales momentos felices donde aparecen objetivos muy claros. En ese ejército habría de todo, desde heroínas extraordinarias hasta villanas de libro. Su número crecería lentamente, como el del ejército de los vivxs, porque estaría integrado por sujetos que, primero, deben ser formados.

En este feminismo están integradas, hoy por hoy, la mayoría de las “baronías” feministas: sus Reinos. Es el feminismo de las instituciones, de los partidos políticos, de buena parte del activismo de base, de otra fundamental de la academia y, por supuesto, el feminismo de nuestra legislación.

De otro lado tendríamos un feminismo masivo, de número alucinante, fantástico (y con generosa dotación de hombres), que a veces parece amenazar incluso con convertirse en ideología hegemónica y asimilarse a la normalidad. Un feminismo, como digo, capaz de invocar a legiones de sujetos de todo tipo bajo la etiqueta de “feminista”, y capaz de sepultar a cualquier opositor, feminista o no, bajo un alud de consenso emergente. Sabemos que está liderado por un número reducido de sujetos, cuya pertenencia a la categoría “feminista” (como la pertenencia a la condición de “vivxs” de los caminantes) es discutible. Pero el número de sus huestes crece y crece y, aunque ahora sólo resuena como un multitudinario grito de fondo, como un lejano retumbar de cascos galopando, parece obvio que, tarde o temprano, lo ocuparán todo.

A estas alturas del texto a nadie se os escapará que este feminismo responde al nombre de guerra de “libfem”, feminismo liberal, ése cuyas causas son, entre otras, la regulación de la prostitución, la sexopositividad (que incluye la defensa de la pornografía en nombre de un ser mitológico llamado “pornografía feminista”, del BDSM, y de las no monogamias gámicas, es decir, neomatrimonialistas), la proliferación de identidades de género autocomplacientes y, hoy, la legalización de los vientres de alquiler.

Del otro lado está el viejo, magullado “radfem”, feminismo radical, verdadero cuerpo de hoplitas del feminismo, que sigue resistiendo, de momento, los embates de ese enemigo espectral. Por el camino ha perdido una parte vital de sus rasgos identitarios (¿alguien sabe en qué ha quedado su lucha por la desaparición del género, más allá de la igualación de derechos, o su, en otra época, feroz oposición al matrimonio?), pero conserva lo sustancial, es decir, la inspiración colectivista: lo importante no es el derecho de una mujer al uso de su capital sexual, o a la satisfacción de su deseo de ser madre, o a que nadie juzgue el modo en que vive sus relaciones personales. Lo importante es cómo afectan las decisiones individuales al colectivo de mujeres; lo importante es no dejar nunca atrás a las más vulnerables.

Y podemos dejarnos cegar por la sororidad, si queremos, pero la realidad es que estos dos grupos, a día de hoy, están tan enfrentados entre sí como supuestamente lo está cada uno con el patriarcado, porque ambos identifican al otro como el caballo de troya de aquél.

Así parece que está hoy el campo de batalla. Un ejército limitado y voluntarioso que resiste, uno ilimitado e irracional que asedia. La estrategia de ambos es confiar en el tiempo. A lxs últimos les traerá la victoria. A lxs primeros una estrategia que permita invertir la situación antes de que sea demasiado tarde. Pero esa estrategia no llega, y el tiempo se acaba.

¿De qué estrategia estamos hablando? Sin duda, de aquella que anule la capacidad del ejército libfem de alinear a su favor a la sociedad entera, por poco feminista que sea. Necesitamos quitarles el poder de convocar a lxs muertxs. No podemos seguir permitiendo que, a un gesto suyo, rebaños de machunos purpurados clamen contra el feminismo radical como si éste fuera el verdadero problema de las mujeres.

Este poder es el sexo. La apropiación sistemática y sin resistencia del sexo por parte del libfem es lo que convierte a éste, ante la mirada lega, en el feminismo de la vida, de la ilusión, de la motivación, de la alegría y de la fuerza, frente al feminismo radical, que pasa, paradójicamente, a ser el feminismo de la represión y la muerte.

El sexo, como principal motivación específica de nuestra cultura (el dinero sería inespecífico), como principal razón por la que vivir, es capaz de dar vida y convocar fuerza de la nada. La vida sin sexo carece de fuerza de vida, y nada, en esta cultura, tiene fuerza suficiente como para responder a su llamada. El feminismo radical, en definitiva, sólo tiene poder de convocatoria a través de la concienciación que, como sabemos, es un proceso lento e incierto. El feminismo liberal levanta a los muertos aquí y ahora, porque les transmite el siguiente mensaje: este feminismo no amenaza tu libido, tu gasolina; es más, te llenará el depósito satisfaciéndola.

Los tics de sexopositividad son los identificados por la masa social no feminista o vagamente feminista para determinar de qué lado del feminismo debe dejarse caer. De ahí que cuando la evidencia de la injusticia hace que esa masa social no termine de decantarse por el libfem (como sucede en el caso de la defensa de los vientres de alquiler) éste emita señales aún más claras, amenazando con la deseaxualización a la que conduce el apoyo a las radicales: “¡si no defendéis la gestación subrogada os ponéis del lado del rancio abolicionismo antiprostitución!” Ante luz tan cegadora las volubles polillas deciden de una vez la dirección de su aleteo.
El radfem se ha conformado hasta ahora con despreciar esta cultura de la libido hipersexualizada, señalando que es un eje más del sometimiento patriarcal. Que acierte en el diagnóstico no significa que lo haga en la solución. Haber dejado la libido en manos del enemigo es una decisión estratégica de primera magnitud que sólo es eficaz si dispones de un plan de victoria relámpago. Si el conflicto se estanca, la derrota es segura.

Evidentemente, el feminismo radical no puede ofrecer lo mismo que ha ofrecido el libfem. Para éste último es muy fácil convertirse en adalid de la exacerbación de la sexualidad machista sin caer en contradicciones. El radfem necesita reinterpretar el sexo. Necesita una mirada profunda, sincera y transformadora sobre el sexo, que no se conforme con criticarlo ni con devolverlo a la caverna, sino que realice una propuesta suficientemente construida como para ser atractiva; es decir, no con el atractivo como guía, sino con él como consecuencia de la coherencia. Necesita confiar en que mirar en el sexo profundamente no llevará a una doble hipersexualización, sino precisamente al rescate de la libido para la vida.

Para eso tendrá que ser muy valiente, claro, y desempoltronarse mucho en lo privado. Tendrá que abandonar la autocondescendencia del descanso del/a guerrerx, que llega a casa a perdonarse para sí mismx aquello que acaba de combatir. Tendrá que abandonar muchas fantasías cómplices y muchos privilegios secretos.

Pero es que de eso se trata.

Se trata de que el radfem, para serlo, haga honor a su nombre y vaya a la raíz del sexo, o a la raíz de sí mismo, que es, precisamente, la radicalidad, prácticamente abandonada. Quizás encuentre en ella una fuente de energía incluso más poderosa que el sexo: aquella que, en vez de convocar infinitos turbas de babeantes y descerebrados zombis patriarcales, sea capaz de devolverlos a la verdadera vida consciente del feminismo.