martes, 15 de marzo de 2016

prejuicios en la no monogamia (i). "ningún modelo relacional es mejor que otro"

la no monogamia tiene su propio discurso normativo; sus propias estructuras de poder; sus propias jerarquías y sus propios mecanismos represivos.
cuando un conflicto se alarga suele generar "señores de la guerra".

                          no serán ellos los que nos traigan ni la paz, ni la libertad, ni la justicia.




lunes, 7 de marzo de 2016

de las identidades fluidas a la fluidez como identidad

Supongo, porque no lo sé, que cuando has llevado a cabo un cambio, de cualquier magnitud, en tu identidad de género, y un tiempo después descubres que tu nueva identidad tampoco te hace sentir exactamente cómodx, se abre para ti la puerta (aunque hay, obviamente, otros accesos a ella) de la bigeneridad, postgeneridad, el queer y el género fluido.

No lo sé, digo, porque tampoco sé si hay estadísticas sobre “retornos de identidad”. Pero de lo que no me cabe duda es de que una identidad elegida se experimenta, a algún nivel de conciencia, como un estado más coyuntural que una identidad impuesta por una cultura al completo que se acompaña, además, de un discurso biologicista. Quien cambió de identidad una vez es, entiendo, más proclive a cambiar una segunda que el que no lo hizo jamás.

O esto es así, y entonces se puede abiertamente hablar de “elección” (que no sería, por supuesto, elección como manifestación de una libertad absoluta, sino condicionada, pero es que ésa es la única libertad, y la que da sentido al término frente a la falta de libertad del condicionamiento completo o de la coacción ineludible), o estamos entonces ante una identidad de género impuesta por la naturaleza.
Me llama siempre la atención la paradoja de afirmar una identidad de género “natural” que se sobrepondría a una identidad sexual, que en ese discurso tendría que llamarse también “natural”, pero que sería una forma errada de lo natural. La identidad de género sería, sin embargo, natural y verdadera; en ella la naturaleza no erraría. El género sería, por lo tanto, una realidad esencial subyacente a un sexo marcado “sólo” por las características fisiológicas. Esta genealogía abriría una pregunta: ¿Existiría una realidad más esencial y más subyacente aún? ¿Y hasta cuándo podríamos seguir desenterrando realidades ontológicamente anteriores? ¿Y cuándo podríamos decir que por fin hemos descubierto quién somos? ¿Y cuántos de estos estratos de realidad, con sus correspondientes nombres y tecnicismos, seríamos capaces de memorizar y gestionar intelectualmente?

Ockham se pondría las botas.

No es frecuente que se hable explícitamente de una esencialización de la identidad, ni siquiera de la de género. Sin embargo, la retórica esencialista que se usa para empoderar a las diversas identidades transmite ese mensaje de forma mucho más poderosa que el relativismo de género. Así, la homosexualidad, la bisexualidad, la asexualidad (orientaciones sexuales que funcionan, opino, como núcleo de la construcción identitaria), dejan de ser opciones para convertirse en “descubrimientos”. “Un día comprendí que no me pasaba nada. Simplemente había nacido asexual”.
queer subliminal en la educación de los 80

La transexualidad sería la inscripción irrevocable en los cuerpos de esta esencia oculta y felizmente descubierta. En realidad, claro está, es su materialización. La cirugía, el tratamiento bioquímico, son la ceremonia iniciática con la que la persona manifiesta su compromiso firme con su nuevo grupo de pertenencia y adquiere la pertenencia al grupo de pleno derecho. La unificación y ofrenda de la horda multiforme que habita nuestra psique, para evitar ya cualquier paso atrás.

Y del lado de la experiencia, de la demostración mediante algo tangible y señalable, siempre sólo esta “conciencia” identitaria; esta afirmación individual de que se “es”, sin más prueba que aquello que la persona sea capaz de escenificar como imitación del grupo al que aspira a pertenecer, ya se trate de la designación del objeto de deseo, ya del uniforme de género, ya del trabajosamente aprendido rol social.

En esa persecución, y en esa necesidad de encontrar para el individuo una identidad colectiva, éstas se multiplican, se homogeneízan y se exponen en mostradores cada vez más amplios y luminosos, cada vez más diversificadas, cada vez más próximas a simples mercancías industrialmente producidas que persiguen al individuo ofreciéndole realizar el sueño de la identificación mediante un formato express. “Necesitas una identidad”. “Del Real Madrid se nace”. Y mujer. Y palestinx. Pregúntate “qué has nacido”. Busca tus condicionamientos y refuérzalos hasta que no puedas escapar de ellos.

En algún momento de toda esta vorágine nos olvidamos de que “la mujer no nace, se hace”, hasta el punto de que vemos hacer identidades cada día y creemos descubrir incuestionables realidades neuropsíquicas, que brotan milagrosamente de la húmeda, fresca y verdadera madre tierra, como si fueran ababoles.

lunes, 22 de febrero de 2016

acabar con el bautismo de género


El pasado 3 de Febrero saltó a la prensa la historia de la niña Lucía, el caso de transexualidad más tempranamente oficializada hasta ahora en España.

Lucía, nacida con cuerpo de varón, mostró, desde que empezó a jugar, abundantes y consistentes “conductas femeninas”. Muy poco después empezó a manifestar también su deseo de “ser una niña”. Lxs progenitores acudieron a la Asociación de Familias de Menores Transexuales Chrysallis, donde se les proveyó de la información que precisaban.

La decisión de lxs adlutxs, con plena aceptación de Lucía, fue formalizar su cambio de género en el registro civil. Hoy, a todos los efectos legales, Lucía es una niña. Tiene 5 años.

No pretendo con este texto emitir ni una sombra de juicio sobre lxs tutores de Lucía. No entraré en el caso porque suficientemente difícil lo tienen ellxs como para vivir con la espada de Damocles de ser condenadxs por falta de la suficiente formación en teoría de género, vanguardia intelectual y activismo queer. Mi única intención es usar la referencia para hacer una reflexión muy breve, muy simple y muy general.

Si un niño de 4 años juega obsesivamente con coches, ¿debemos entender una precoz vocación que habremos de alimentar con la asistencia a competiciones de automovilismo? ¿Y si le gustan los bomberos? ¿Haremos prácticas de apagado de fuegos? Si una niña nos pide disfraces de princesa, ¿le conseguiremos las actas del caso Nóos y se las leeremos por la noche?

Ya, ya sé que no es lo mismo. No lo es.

Pero la razón no es que unos roles sean mejores que otros, porque de todos los mencionados, incluidos los de género, se podría hacer una larga lista de perjuicios y amenazas para el desarrollo infantil. La razón es que nuestra cultura de vida te da un tiempo para elegir tanto tu profesión como tu papel en el mundo. Puedes jugar con ellos, puedes probar, cambiar, descubrir, y esperar hasta que tu elección coincida, si no con tu madurez psíquica, al menos con un momento en el que alguna se te atribuye.

Eso no pasa con el género. Lxs niñxs nacen con género. Antes nacían con sexo, y ahora con sexo y género, pero con respecto al tiempo que tienen para decidir, nada ha cambiado. Desde el momento en que adquieren conciencia de que existe una diferencia entre mujeres y varones, se proyecta sobre ellxs la pregunta de a cuál de los dos grupos pertenecen. Y deben contestarla. Con tres años una niña ya sabe que no es doctora, aunque juegue a las doctoras. Sin embargo no juega a ser una niña. Lo es. Y tal vez no sea ése el juego que le esté apeteciendo.
El paso de un género a otro es un cambio de jaula. Si hay una jaula que le va mejor a tus gustos, enhorabuena, pero no esperes que una jaula haga funciones impropias de ella. Si no pensamos librarnos del género, que espero que sí, al menos dejemos un tiempo razonable para que ese género se elija. Abandonemos nuestra vocación de sexadores de niñxs. Abandonemos las asquerosas ecografías para buscar la colita del feto, ya que no hacemos pruebas para saber la forma de su nariz, y abandonemos el informar de su sexo a lxs conocidxs como primera toma de contacto con la nueva persona. No empecemos nuestra relación por sus genitales, sobre todo si después no vamos a saber qué hacer con ellos y les vamos a educar en su ocultación y su vergüenza.

Sé que lo que propongo es una trampa. Porque cualquiera puede ver que si no fuera hasta los 18 años que cada quien debiera elegir su género de manera estable, llegada esta edad un creciente número de personas dejarían de elegir un género u otro, o de darle importancia a esa elección, o lo cambiarían cada poco, o dejarían que lo decidiera una moneda tirada al aire. El vació de género sería irrecuperable. El género nunca sería ya la religión que hoy es.

Pero entonces es que ese objetivo es doblemente deseable. Entonces es que quizás sea por ahí por donde debemos empezar. No tanto por deconstruir lo construido sino por no reconstruirlo generación tras generación. El segundo problema viene ahora, claro: ¿Cómo?

Lxs tutores de Lucía oficializaron el nuevo género de la niña con un gesto muy sencillo. Ella se comportaba como una niña, todo el tiempo, y se lo llamaba a sí misma. Pero no lo era. Empezó a serlo cuando cambió su nombre. Quién sabe si disponer del valor seguro del nombre le habrá abierto la puerta a que pueda jugar con seguridad a ser un niño.

El nombre. Nuestro nombre. Mucho más que los genitales, el nombre marca la condición de género desde el primer momento y a cada instante. Yo soy un nombre que aparece sistemáticamente en una lista de nombres de varones, y que cualquiera identificaría en una lista de nombres de mujeres como un error. Yo, cada vez que digo o recibo mi nombre, me reafirmo en mi identidad de género. O en mi conflicto contra ella.

Empecemos por el nombre. ¿Y si le quitamos el género al nombre?

En castellano no todos los nombres tienen la misma fuerza de género. Santiago no es igual que Lucas. María no es igual que Sol. Algunos nombres dan más juego que otros. Busquemos esos nombres ambigüos y comunalicemos su ambigüedad. Hagamos notorio que cuando unx de nuestrxs tutorandos se llama Cris, por ejemplo, no es ni Cristina ni Cristobal, sino sólo Cris. Leo no es Leopoldo ni Leonor, sino Leo. Y de ahí pasemos a otras neutralizaciones más arriesgadas. Andrea es nombre de mujer en castellano, pero en italiano es nombre de varón. ¿Qué es Andrea? Andrea es Andrea. Nada más. Y, si encontramos un entorno favorable, produzcamos inversiones, con toda la belleza y la sugerencia que a ello acompaña. La niña llamada Ismael. El niño llamado Ana. Ismael, Ana. Nada más.


Acabemos con esa etiqueta que marca la infancia con una identidad de género, y contra la que toda nuestra voluntad de educar de forma igualitaria parece chocar de bruces. No tiene por qué ser absolutamente sencillo, por supuesto. Pero recordemos que en el momento en que empecemos a vislumbrar cualquier conflicto del/a pequeñx con su nombre postgénero, siempre dispondremos del más poderoso y reforzador de los recursos: cambiar nuestro propio nombre.


miércoles, 10 de febrero de 2016

AGAMIA frente a MONOGAMIA

Si salimos del entorno no monógamo, o autodenominado no monógamo, y entramos en ese otro entorno no monógamo llamado "monogamia", la primera pregunta que se nos hace al proponer modelos alternativos, y especialmente al presentar la agamia, es si estamos renunciando a, o incluso condenando, los afectos, el compromiso y la vinculación.

Le preguntaban a un pájaro por qué no escapaba de su vieja jaula, rota y angosta.
Él contestaba: "aquí tengo mi espacio. ¿Cómo sé que encontraré espacio ahí fuera?"
-Fuera es todo espacio. Más del que puedes imaginar. Hay tanto espacio que incluso llegamos a olvidar que el espacio es algo, y que existe.
-Yo, sin embargo- contestaba el pájaro -dudo que exista ahí fuera espacio alguno, pues no alcanzo a ver ninguna jaula.