El amor no es un sentimiento, ni una experiencia, ni un arte. El amor es la ideología que determina cómo deben ser nuestras relaciones. Y estamos contra él.
Tres perspectivas desde las que abordar el concepto de amor.
Al tratar las tres se pretende
dar una respuesta razonablemente completa y sencilla a la pretendida
complejidad del concepto.
Así, analizaré el significado del
concepto desde su propia perspectiva, es decir, lo que el amor enuncia de sí
mismo (ya que el amor dispone de este discurso). En segundo lugar, analizaré lo
que es el amor desde la perspectiva del individuo, es decir, lo que es el amor
como experiencia real, mucho más unánime, y unánime en su fracaso, de lo que el
discurso del amor nos transmite. Por último, intentaré trazar una muy
rudimentaria perspectiva sistémica que dará la versión que entiendo más
ajustada sobre la verdadera naturaleza del amor.
El
amor del amor
El amor se presenta ante el
individuo como una promesa de felicidad y plenitud.
Para ello hace coincidir dos
perfecciones que son las dos líneas ideológicas de sus afirmaciones inconexas.
La primera línea es que el amor es la
realización de todos los deseos. La segunda es que el amor es el bien. Como estas dos líneas son evidentemente
contradictorias y así se pone de manifiesto en cada contradicción amorosa, la
fricción genera una tercera línea, la de las afirmaciones parche: adaptaciones a cada una de las heridas
surgidas en el enfrentamiento de estos dos presupuestos (ambos falsos, pero no
por ello bien avenidos). La realización de todos los deseos, es decir, la
apoteosis del narcisismo, no puede llegar muy lejos de la mano del bien, que de
modo automático incluye los deseos, no ya del otro, sino de todos los otros.
Más allá de la autoría de las ideas que le dan cuerpo, el amor nos llega masivamente como una sucesión de dogmas liberadores envueltos en un aura espiritual. Hablar de amor es arrodillarse y enardecer el espíritu, de un modo sospechosa y familiarmente místico. El amor nos llega en la forma de una religión individualista.
A la hora de desplegar su
propaganda, el dominio de estas tres líneas ideológicas acaba adoptando el
mecanismo preexistente de la divinización en la forma de un dios personal, que paso a analizar.
El significado del término “amor”
es incierto. Más allá de una simple polisemia, “amor” ha desarrollado la misma
condición de comodín semántico que el término “dios”. Amor es tal infinidad de
cosas que no cabe, es decir, no se permite, hablar más que de formas personales
de entender el amor, del mismo modo que la antigua relación personal con dios
se ha convertido hoy en formas personales de concebir a dios; en la supuesta
existencia de tantos dioses como hombres. Un curioso y contradictorio
monoteísmo.
La razón de este comportamiento
es también común a ambos conceptos. Tanto “amor” como “dios” realizan una huida
semántica, un cambio continuo y alocado de significado, como mecanismo
defensivo frente a una razón que los acorrala. Allí donde la razón localiza la
debilidad en la argumentación sobre la existencia o bondad de dios, el defensor
de las mismas escabulle a dios dejando un vacío semántico en forma de negación.
Ya que no cabe negar la obviedad de la inexistencia o de la perversidad de ese
tipo de dios, se dirá que, efectivamente, ese dios no existe, o no es el dios
al que él sigue, pero que dios, su dios, no es eso.
Comer del Árbol del Bien y del Mal implica la expulsión del Paraíso. Del mismo modo, el amor amenaza con arrebatar la felicidad a cualquiera que pretenda reflexionar sobre él.
“Amor” pretende jugar también a
este escondite, pero, aunque nos encuentra mucho más expertos, en su huida
dialéctica su identidad se vuelve farragosa y nuestra perspicacia se extenúa.
Pronto estamos cansados de acorralar a un amor que siempre escapa porque ha
descubierto el truco de no fidelizarse a definición alguna. Normalmente tenemos
nuestras críticas construidas, nuestro escepticismo, nuestros argumentos
incontrovertibles. Pero el amor no dudará en conducirnos a alguno de sus
múltiples espacios alternativos; lugares familiares para otros donde nosotros
disponemos de menos experiencia y recursos argumentativos. Nos encontraremos enseguida
con ideas que no sabremos rebatir contundentemente. Sobre nosotros recaerá la
obligación de agotar todos estos espacios. Se nos pedirá ser infalibles en la
crítica al amor. Si algún argumento, algún tipo de amor no queda perfectamente
desarticulado, se constituirá en la cepa de la que el amor volverá a brotar
como una enredadera bulímica, listo para ocupar el mundo entero de nuevo, aun
sabiendo que, a la primera confrontación, tendrá que regurgitar gran parte de
él.
Este comportamiento, en un
combate justo, significaría la descalificación inmediata del amor. Pero los jueces
están de parte de su subsistencia, porque está en juego un valor estructural de
nuestro sistema socioeconómico, y su resurrección sin fin, producto del simple
deseo de afirmar la fe en él, se considerará tramposamente prueba suficiente de
que no existe contra él una crítica verdaderamente seria.
La agamia es un modelo de relación construido sobre la negación
absoluta del género. No es, por tanto, la añadidura de la negación del género
al modelo gámico (como la mayoría de las prácticas homosexuales son la
inclusión de la orientación sexual homosexual en el modelo de pareja
tradicional fundamentado en la filosofía del amor), sino la creación de un
modelo entre cuyos presupuestos se haya la negación del género.
La multiplicación de las opciones de género debe encauzarse como un recurso paródico que conduzca a la trivialización del género.
La agamia reconoce la existencia
del género, y el hecho de que negarlo implica reconocer su existencia. Pero a
ese reconocimiento se le añade la posibilidad de su negación, que la agamia
pone en práctica inmersa en la cultura de género preexistente. No se trata de
un presupuesto ingenuo que proclama la destrucción del género por su sola
negación individual o marginal, ni la desaparición del género instalado en la
personalidad del individuo por la toma de conciencia de éste sobre el progreso
que implica su negación. Se trata de un activismo que persigue generar un espacio social e individual
donde la ausencia de género pueda visibilizarse y desarrollarse.
Para ello, la agamia utiliza la
herramienta de la “objeción de género”.
La objeción de género es la progresiva eliminación de los componentes
culturales del género en la medida en que se descubran y propongan mecanismos
para dicha eliminación. La “objeción de género” es la autodesignación como
individuo en busca de la reducción paulatina de su condición de individuo con
género, en la confianza de que la desaparición de los comportamientos que
producen el género reduce su magnitud social de manera efectiva.
Para hacer efectiva la máxima
reducción de la presencia del género en la psique del individuo y en su entorno
social, la “objeción de género” niega la diferencia de género en todas sus
formas. La perfecta, ideal objeción de género, es la desaparición completa de
los actos diferenciados, en pos del objetivo de la invisibilización de la
categoría del género. La invisibilización del género lo equipara idealmente con
otras categorías, como la raza, cuya relevancia para diferenciar personas se ha
reducido notablemente a partir de la generalización de su condena como excusa
justificada para la discriminación y, con ella, su visibilidad y relevancia como
categoría misma.
Es necesario recordar que, en
cualquier caso, es difícil encontrar la categoría discriminatoria que haya
llegado a una desaparición total, y que las circunstancias proclives a generar
discriminación lo son también a la recuperación de la importancia de estas
categoría. También es necesario tener en cuenta que el género presenta la
característica particularísima de ser una discriminación que ha acompañado al
ser humano a lo largo de toda su historia, y que no se conoce antecedente de la
eliminación de la categoría de género. Eliminar el género, por lo tanto, sólo
puede inspirarse en la eliminación de otras categorías, pero tendrá siempre un
carácter pionero que hará difícilmente previsible su evolución.
La objeción de género, que es un
acto eminentemente social y público, tiene su correlato erótico en la eliminación de la orientación erótica de
género. Huelga decir que la superación de los condicionantes de género (y
de otros muchos también opuestos ideológicamente a la agamia) requiere de algo
más que una convicción o una decisión. Como es lógico, los obstáculos
psíquicos, internos, requieren, como los sociales, externos, de un trabajo para
su superación, que exime por completo de la estúpida premisa de seguir al pie
de la letra el propio ideal de conducta. Actuar según el deber es hacerlo según
los principios y en pos de los ideales, no según los ideales como si éstos
hubieran sido ya alcanzados. Los medios (el enfrentamiento a los obstáculos)
forman parte de los fines (la actuación según los ideales) y, si no se conocen
aquéllos no puede saberse si, en cada actuación concreta, merecen la pena
éstos.
La célebre imagen del padre alemán secundando a su hijo al preferir un vestido a unos pantalones.
La agamia implica la negación absoluta del concepto de género, como
adopción y extensión de la histórica reivindicación de igualdad de la tradición
del pensamiento feminista. Implica, asimismo, la asunción personal de la
indefinición de género.
El género es un concepto hoy ya
profundamente controvertido e intelectualmente desprestigiado. Son ya abundantísimxs lxs autorxs de primera línea que, desde hace casi un siglo, han puesto en entredicho su necesidad y naturalidad. La división del género
humano en hombres y mujeres ha sido abordada en el contexto de la crítica al
patriarcado como una división sexual de clases que, ésta sí, genera
espontáneamente las estructuras familiares discriminatorias.
La forma más habitual de crítica opone el concepto de sexo
al de género. El sexo sería un fenómeno biológico de vocación reproductiva, y
el género sería su traducción cultural, de vocación discriminatoria. Así,
nacemos mayoritariamente machos o hembras, pero la cultura nos construye
hombres o mujeres con el fin de establecer el dominio de los
varones-hombres. Esta crítica llega, con Wittig, a dudar del sexo
mismo, considerando que éste surge necesariamente en un entorno ya cultural
y dividido en géneros, que proyecta una poderosa expectativa de sexualización que
le obliga a pronunciarse sobre su propio sexo.
Sin embargo, el alcance de esta
crítica al modelo social de relaciones ha sido muy reducido. Sólo colectivos
marginales y alternativos, englobados bajo la categoría paraguas de "lo queer", presentan cierta sensibilidad hacia la crítica radical al
género, forzados, en muchos casos, por la circunstancia de no encajar en el
modelo de género heteronormativo.
Dado que el género es el
mecanismo que establece las bases de la discriminación, produciendo un género
fuerte y otro débil que deben relacionarse entre sí en un desequilibrio de
fuerzas; y dado que esa relación en desequilibrio es nuestro modelo
heteronormativo (en el que no sólo se fundamentan las relaciones normativas,
sino que es recogido después por los modelos alternativos mediante la
repetición del “gamos”), la agamia entiende que sólo se puede eliminar el gamos
mediante la negación absoluta del género.
La agamia, por lo tanto, no
distingue entre hombres y mujeres. Se convierte, así, en una forma de activismo
de género.
Carezco de información suficiente
para pronunciarme de manera categórica sobre la existencia o no de vestigios
sexuales en la conformación sustancial de nuestra psique, así como para
pronunciarme en detalle sobre la reciprocidad generativa entre el sexo y el
género. Pero considero dos hechos como evidentes y cruciales.
El primero es que es
altísimamente probable que dichos vestigios sean mínimos, es decir, no
determinantes. Dado quelos individuos
sufren una poderosísima presión sociocultural para determinar su género y
determinarse a sí mismos como acertadamente pertenecientes a dicho género, y
dado que, a pesar de ello, la diferencia no es extrema, es legítimo suponer
que, suprimida esa presión, se suprimiría también una parte tan voluminosa de
la diferencia que la restante sería despreciable.
El segundo es que el ser humano
tiene la obligación de la libertad, es decir, de asumir la responsabilidad de
la construcción de la libertad. Esa libertad lleva a un pronunciamiento
decidido en contra del género, incluso de sus posibles residuos insoslayables,
y a la actuación en consecuencia, ya que, como categoría, hoy día sustancial en
la determinación del carácter de las personas y de los grupos a los que
pertenece, se convierte en herramienta de discriminación.
Así, ignoro si la eliminación del
género requiere de una discriminación positiva transitoria o definitiva, es
decir, si la negación del género hará que el género desaparezca por completo o
quedará tras ella un género residual que en algún momento deba ser sopesado.
Pero, puesto que sabemos que el género es discriminatorio, debemos asumir su
compensación transitoria o definitiva como una obligación política. Esa
compensación debe empezar con el establecimiento de la identidad formal de los
géneros, es decir, con la supresión absoluta de su reconocimiento.
La agamia rechaza la
proliferación múltiple de los géneros en la idea de que es el género mismo, y
no el tipo de género, la causa de la opresión.
El género es distinción mediante
el criterio arbitrariamente elegido (desde el punto de vista moral) del sexo, y
su función es el reparto discriminatorio de roles sociales, es decir, la
opresión. No hay, por lo tanto, un buen género subyacente a un uso odioso del
mismo. Todos los roles de género son opresivos de un modo u otro. La
personalidad del individuo, su carácter, no debe ser determinado por rasgos de
género, sea cual sea su combinación, ni son éstos los que deben constituir lo
representativo de dicho carácter.
La agamia considera que todo
comportamiento hasta ahora mediatizado por un rasgo de género es susceptible de
ser mejorado mediante la desaparición de dicho rasgo. Considera también que
ninguno de esos rasgos realiza un papel necesario en el carácter, y que éste
puede y debe estar regido por criterios estrictamente éticos, es decir, que el
género debe traducirse en ética. Si alguno de los comportamientos o rasgos
típicamente de género es rescatable para un carácter ajeno al género, será en
tanto que comportamiento o rasgo bueno, y nunca como recuperación o
reivindicación parcial del género.
La agamia, sin embargo, simpatiza
con la estrategia de la multiplicación de los géneros como mecanismo para
desestabilizar la categoría misma del género, pero considera que dicha
estrategia es transitoria y secundaria, siendo la principal, y quizás
definitiva, la negación del género y la determinación del comportamiento bueno.
La estrategia de multiplicación de los géneros puede adquirir un carácter
comercial autorreproductivo desde el momento en que se emancipa como fin en sí
mismo y deja de ser crítica con el tipo de géneros que crea o reivindica.
Imitaría así nuestro modelo capitalista de mercancía, que no es producida para
satisfacer una necesidad cuya satisfacción constituye un bien, sino para crear
un deseo que se transforma en necesidad y debe generar consumo inmoral.
Las preguntas son inventadas,
pero recordando conversaciones creo que aparecen la mayoría de las más
frecuentes.
Si falta alguna, ya sabéis.
P-¿Cómo puedo aprender más sobre
la agamia, conocer a otras personas ágamas, tener relaciones ágamas?
R-La agamia está en pañales, en
pleno desarrollo teórico y experimentación práctica, de modo que a poco más que
a esta comunidad te podrás dirigir a la hora de buscar antecedentes. Pero su
puesta en práctica es tan versátil que, desde el momento en que tú te interesas
por la idea y eres coherente con ella en algún sentido, ya estás teniendo, en
cierta medida, relaciones ágamas. Aprende de ellas y compártelo con nosotros.
P-¿Qué hace falta para ser ágama?
¿Cuáles son las condiciones básicas?
R-Ser ágama, como ser monógama,
es una convicción y un pronunciamiento. La vida, después, se llevará o no a cabo
según los principios de la agamia, resultando de ello la condición de ágamo
coherente o incoherente. Como sabemos, ni los monógamos, ni los polígamos, ni
los poliamorosos, lo son del todo. Si tuviera que reducir el nivel de agamia a
un solo parámetro, diría que se es más ágama cuanto mayor es, en las
relaciones, la racionalidad ética. Produzca las formas que produzca.
P-¿Puedo ser agama y tener
pareja?
R-Ser ágama y tener pareja es una
contradicción en los términos, de modo que no puntúa muy alto en la escala de la
coherencia. En cualquier caso, la agamia no puede conducirte a una situación
insostenible ni impedirte una experiencia que consideres importante en tu
desarrollo afectivo. A veces, la única alternativa puede ser tener pareja. A
veces, deseamos tanto tener pareja que es mejor no reprimirlo. Pero, en ambas
situaciones, nuestra racionalidad ética debe conservarse intacta. Sabremos que
tenemos pareja porque las circunstancias lo han obligado, aunque preferiríamos
que no fuera así, en el primer caso. En el segundo, sabremos que deseamos algo
que resulta insensato, y dejaremos que nuestra experiencia dentro de la
insensatez vaya haciendo coincidir lo que creemos que debemos desear con lo que
deseamos realmente.
P-¿Hay alguna forma de conciliar
la agamia con la experiencia de compartir la vida con una persona especial?
R-Si por “persona especial”
entendemos un eufemismo de la pareja, entonces la respuesta está dada en la
pregunta anterior. Si entendemos el concepto según su sentido literal (el gamos
utiliza estos eufemismos para ocultarse, deformando sus sentidos literales
hasta hacerlos desaparecer), es decir, “persona que destaca en la vida
afectiva”, la respuesta, rotundamente, es “sí”. Nada más lógico que tener cerca
a aquellas personas que tienen un papel más destacado en la vida propia. Esto
no significa, lógicamente, que hablemos necesariamente de vivir con una sola
persona, o con la persona con la que se tiene una relación erótica más intensa,
o de determinar la logística a la que llamamos “vivir juntos” (puede tratarse
de compartir casa, o de hacerlo periódicamente, o de vivir muy cerca, o
cualquier otra alternativa que se adecúe a cada situación).
P-Si decido ser ágamo, ¿debo
pensar que me voy a tener que ir a la cama con cualquiera, tenga el físico que
tenga, incluso quienes me resulten repulsivos?
R-El deber nunca es una norma
sorda. Tenemos obligaciones éticas, por supuesto, y la agamia es el primer
modelo de relación que lleva la coherencia entre la ética y las relaciones a
las últimas consecuencias. Pero nuestras obligaciones dependen de nuestra
capacidad para realizarlas. La barrera cultural del asco, cuya función sistémica
es maximizar la formación de parejas fértiles sin, por ello, poner en peligro
los privilegios de clase (por eso nos dan asco, grosso modo, quienes son menos
fértiles que nosotros –niños y ancianos- menos atractivos - feos y sucios, es
decir, pobres- o quienes pertenecen a nuestro mismo sexo) sólo puede superarse
progresivamente, y mediante el aprendizaje y la convicción. Superarla por la
fuerza provoca traumas contraproducentes. Tenemos la responsabilidad de
procurar superar nuestro asco, no la obligación de haberlo superado.
De todos modos, no debemos
preocuparnos, pues en una situación propicia y con una mentalidad abierta, el
simple gusto físico se vuelve extremadamente maleable.
P-¿Cómo puedo defenderme de
quienes utilicen la excusa de la agamia para buscar relaciones sexuales tradicionalmente
posesivas?
R-El problema de que cualquier
cosa que no sea monogamia es entendido por algunas personas, especialmente
hombres, como un buffet libre de sexo, es ya un lugar común. Los poliamorosos
lo llaman “polifake”, y lo consideran un fraude que debe, incluso, ser denunciado
ante otros poliamorosos.
Para la agamia no existe este
problema, pues no se fundamenta, ni en un pacto ciego basado en el amor, ni en
la aceptación de nadie a priori por su sola pertenencia a un modelo u otro de
relación. En la agamia no se dan saltos adelante; las relaciones no se
construyen de la nada por la simple voluntad de que éstas existan. La
“química”, la “chispa”, la “conexión”, tantas veces evocada en el amor para
justificar que dos desconocidos empiecen de la noche a la mañana a tratarse
como si no lo fueran, no tienen esta función en la agamia. La ilusión por una
relación que acaba de surgir, o a la que se le han abierto nuevas perspectivas,
no es tratada como si esas perspectivas ya se hubieran cumplido. Así, sean
quienes sean, ágamos, monógamos o polifakes, las personas con las que
establezcamos cualquier tipo de relación erótica, ésta se fundamentará en lo
que sabemos de ellas y en lo que la relación existente nos permita esperar, no
en lo que deseemos que la relación sea, especialmente a través de la relación
erótica misma.
Los ágamos “seguimos” a nuestra
cabeza, no a nuestro corazón.
P-Tanto hablar de razón suena
aburrido. ¿No se pierde espontaneidad siendo ágamo?
R-Vincular al corazón con la
diversión y a la razón con el aburrimiento es un prejuicio sin fundamento
alguno. El corazón, es decir, la voluntad en su manifestación más emocional, es
mucho más monótona, predecible y, por supuesto, estúpida.
P-¿Y lo de la moral? ¿No es
aburrido tener que preocuparse siempre de si las cosas están bien o están mal?
El amor parecía el único lugar donde, al menos, podíamos relajarnos.
R-No hay alternativa a la moral.
Si lo que hacemos está mal, entonces, simplemente, no tenemos que hacerlo.
Plantearse si resulta aburrido actuar así es una frivolidad y no merece
consideración. Pero la moral no es una carga que ralentiza cada uno de nuestros
movimientos. En casi todos nuestros actos la moral está automatizada, y aparece
de nuevo sólo en situaciones nuevas o clave. Pocas cosas hay tan interesantes,
por otro lado, como reflexionar sobre la calidad moral de nuestros actos.
Escena de Naked, de Mike Leigth (1993). Johnny discute sobre el sentido de la vida con "el hombre con el trabajo más tedioso de Inglaterra"
P-Pero la moral es monógama y
conservadora. Si fuéramos siempre morales no podríamos innovar y, por supuesto,
no existiría la agamia.
R-Actuar moralmente no significa
hacerlo en función de una determinada moral, y menos de una moral conservadora,
que suele ser altamente inmoral. Actuar moralmente sólo significa elegir lo
mejor bajo la responsabilidad de nuestro juicio. Yo, por ejemplo, tengo claro
que la agamia es mejor que la monogamia, porque su capacidad para ayudar al
desarrollo de las personas y evitar su sufrimiento es mayor.
P-¿Cómo le digo a mi pareja que
soy ágama?
R-Buenos días, pareja. De hoy en
adelante seré ágama. ¿Quién hace el desayuno?
P-¿Y si hay hijos de por medio?
Una declaración así puede acabar con la convivencia familiar.
R-Por supuesto que puede hacerlo.
Pero si conservar las condiciones actuales de convivencia con los hijos implica
no poder crecer y cambiar a lo largo de la vida, entonces estamos sometidos a
un chantaje inaceptable. Tenemos la obligación de cuidar a las personas que
tenemos cerca y evitarles cambios que puedan resultarles traumáticos. Ellos
también tienen la obligación de concebirnos y aceptarnos como seres cuya
realización es el crecimiento.
Es un tema delicado que habrá que
tratar en un texto más extenso, pero las dos primeras preguntas son “¿tengo
derecho al cambio?” y “¿se me está permitiendo realizarlo?”. Muchas de las
cláusulas del pacto del gamos son ilegítimas y respetadas sólo por la fuerza.
Si el compañero se muestra como tal, es decir, como un verdadero compañero,
deberemos maximizar nuestra colaboración; si utiliza el contrato del gamos para
oprimirnos, entonces legitima que actuemos a sus espaldas.
P-¿Qué pasa si, siendo ágamo, me
enamoro?
R-Nada preocupante. El enamoramiento es el entusiasmo
surgido al determinar la identidad de la persona con la que se desea establecer
un gamos. Para quien simpatice con los presupuestos de la agamia, el gamos es
una relación opresiva y, por consiguiente, injusta. Entendido esto, es fácil
orientar dicho entusiasmo hacia expectativas de relación más justas y
edificantes, así como desautorizar al enamoramiento y disfrutar de él como un
simple arrebato transitorio sin consecuencias; algo así como una borrachera.
P-La agamia parece un
planteamiento demasiado radical. Entiendo que el amor merece muchas críticas,
pero una transformación tan completa suena a actitud intransigente. ¿No sería
mejor encontrar un término medio?
R-La agamia es radical. O, al
menos, aspira a ello. Radical significa “que va a la raíz”, es decir, a la
sustancia. Este significado conlleva que cualquier cambio que no sea radical no
será un verdadero cambio, sino una reforma que hará pronto rebrotar al
problema.
Si por transigencia entendemos
“adaptación a las circunstancias”, entonces la agamia es un paradigma de
transigencia. Si es “adaptación a las voluntades”, entonces me temo que no.
Llamo “gamos” a la unión o
casamiento sobrentendidos inspirados en el matrimonio objetivo y formal. Llamo
“relación gámica” a aquélla cuya sustancia es un gamos. El sexo es el sacramento del gamos.
Lo que llamamos “relación de
pareja”, “noviazgo” o, simplemente, “relación”, no es otra cosa que una
relación gámica. Los términos “compañer@”, “amig@ especial” o “persona
especial” son otros tantos sinónimos de “relación gámica”. El uso del concepto
“relación” es subordinado por nuestra cultura a la relación gámica. Cualquier
otra relación necesita ser especificada para dar a entender correctamente su
naturaleza. Necesita además, y por ello, definirse, en primera instancia, en
función de la presencia o ausencia de gamos.
Se habla de “amistad” o “relación de amistad” allí donde existe una relación
inespecífica sin gamos. Se habla de
“relación laboral” allí donde hay una relación laboral sin gamos (mientras que,
en presencia de gamos, se hablará de “relación con compañer@ de trabaj@”). Se
habla de “amante” allí donde existe una relación sexual clandestina, en tanto
que el sexo, o sacramento del gamos,
es conculcado al evitar el establecimiento de gamos.
La agamia es un modelo de
relación consistente en la eliminación del gamos
y la relación gámica, mediante la reconsideración y redistribución de los
componentes de la relación gámica para su utilización libre en las relaciones.
Según la terminología de la agamia, el significado de “relación” se remite a su
significado genérico de “vínculo o conexión entre seres”. De manera más o menos
estrecha, todos los seres están vinculados. La relación o vínculo entre seres
humanos es un término completamente inespecífico con respecto a las
características de dicha relación. Cualquier determinación de la naturaleza de
una relación deberá ser descrita por añadidura mediante la descripción de
dichas características.
La agamia es, por tanto, el
abandono del elemento sustancial de la estructura de nuestras relaciones
actuales; un modelo diferente y opuesto al sistema monógamo heteronormativo,
así como a cualquiera de sus alternativas, todas ellas gámicas.
La agamia es contraria al
establecimiento de estándares de relaciones cuyo objetivo sea determinar los
comportamientos que a dichos estándares les son propios. Entre esos estándares,
la agamia rechaza con especial determinación el modelo de finalidad
reproductiva centrado en la actividad sexual llamado “pareja”, y preconizado
por la filosofía del amor. La agamia considera las relaciones como fenómenos
dinámicos cuyo análisis sólo puede ser descriptivo y circunstancial, y cuyos
objetivos sólo se preestablecerán en el entorno de la realización de un bien.
La agamia es la evitación activa de que un determinado estereotipo de relación,
tradicionalmente llamada “amorosa”, subsuma al resto bajo su patrón. La agamia
no establece modelos de relación, y los protocolos que puede generar son
siempre manejables y quedan subordinados a su eficacia.
Si bien es sencillo participar de
la agamia desde el punto de vista teórico, pues constituye con respecto a las
relaciones amorosas una forma de libertad,a nivel práctico el sistema encauza la vida privada y sexosentimental
con tal rigidez que llega a obstaculizar y ocultar las alternativas hasta el
punto de que el amor logra mostrarse a sí mismo como posibilidad única. Para
ser ágamx y disfrutar de ello es necesario entender el funcionamiento de
algunas de las trampas del amor y desactivarlas.
La agamia, que implica una
completa transformación de la vida privada y, con ella, de la vida social, se enriquece
mediante la reflexión y la experimentación reflexiva, expuesta, como está, al
ataque propagandístico del discurso sistémico del amor. Por ello, es útil
determinar las líneas principales de su propuesta, cuyas implicaciones se
extienden por todos los ámbitos de nuestra cultura:
1-RECHAZO
AL AMOR
2-RESTABLECIMIENTO
DE LA RAZÓN COMO MÁXIMA AUTORIDAD DECISORIA
3-REINTEGRACIÓN
DE LAS RELACIONES AL ÁMBITO DE LA ÉTICA
4-RECHAZO
RADICAL DEL GÉNERO
5-RECHAZO
AL CONCEPTO NATURAL DE BELLEZA. USO DE UN CONCEPTO CULTURAL CONSTRUIBLE DE
BELLEZA
6-SUSTITUCIÓN
DE LA SEXUALIDAD POR EL “EROTISMO”
7-SUSTITUCIÓN
DE LOS CELOS POR LA “INDIGNACIÓN”
8-SUSTITUCIÓN
DE LA FAMILIA POR LA “AGRUPACIÓN LIBRE”