lunes, 9 de diciembre de 2013

el manifiesto de los 343, o la abyección del "canallismo" (III). comentarios a los comentarios. legalización

             Anónimo dijo:

¿Qué diferencia hay entre ganarse la vida masajeando la espalda o realizando los masajes en el pene (o vagina)? ¿Acaso existen partes nobles del cuerpo humano que son lícitas manipular por un profesional (por dinero, claro), y en cambio otras no lo son (los órganos sexuales)?

 
En mi opinión, la prostitución es una profesión tan honorable como otra cualquiera, y no hay nada que reprochar a su ejercicio siempre que no se realice en condiciones de explotación. Y no creo que exista inmoralidad en los clientes que usan ese servicio si respetan a la prostituta.

 
En vez de criminalizarla, habría que reivindicar que la prostitución se realizara como un oficio más, con libertad de empresa y el consiguiente pago de impuestos, y se le diera el reconocimiento social que merece subrayando su carácter de asistencia social, semejante al de un fisioterapeuta o un cuidador de enfermos de sida, por ejemplo.

 
Por supuesto, la existencia de mafias que esclavizan a mujeres es intolerable sin ninguna duda (¿90%?, no me lo creo), reprochable no sólo aquí, sino en cualquier actividad. Pero penalizar al cliente, aparte de ser injusto, agravará sensiblemente el problema; aumentará la clandestinidad y las mafias se harán cargo del negocio aún en mayor medida (basta recordar lo que supuso la ley seca o la prohibición de drogas). ¿Y qué haremos con los miles de paradas que conllevaría cualquier medida represora de gran calado, suponiendo que fuera efectiva, que lo dudo? ¿Acaso les vamos a dar una alternativa laboral? Va a ser que no.

 
Para proteger a las mujeres, propongo lo contrario: en vez de perseguir a clientes y prostitutas, que sea la misma Guardia Civil la que se encargue de su seguridad, y haga acto de presencia en los lugares de trabajo donde chulos y mafias quisieran hacerse los amos.

 
Se argumenta que la mayoría de las mujeres que ejercen la prostitución no tienen más remedio debido a su situación de exclusión social, nadie escogería profesión tan ”indigna”. Pero esto último se podría afirmar de cualquier trabajo servil (aunque honrado) como limpiar los excrementos de un enfermo o poner tornillos durante 10 horas en una fábrica, y nadie propone sanciones. Se asegura que las prostitutas  dejarían el oficio si se les ofreciera otra salida profesional. Muchas de ellas responden que para hacer de chachas por un mísero salario se quedan donde están. Su queja no es que su profesión sea ultrajante (para mí, que no he usado nunca este servicio, me parece noble), sino que preferirían mejores condiciones laborales, es decir, estar mejor pagadas, un lugar cómodo para trabajar, consideración social y, sobre todo, protección de los abusos causados en gran medida por la clandestinidad y el repudio social. Pero la opinión del colectivo afectado le importa un carajo al paternalismo “bien intencionado”.

 
Contra el amor, afirmas que “la existencia de la prostitución es una manifestación más, aunque no una cualquiera, del sistema opresivo patriarcal”. Totalmente de acuerdo, pero en un sentido completamente distinto al que pretendes. Lo que confirma la dominación masculina no es el desahogo sexual de los hombres con prostitutas, sino que las mujeres no puedan hacer lo mismo. Éstas demostrarían su liberación el día que contraten los servicios de gigolós siempre que les apetezca (ganas tienen, pero no se atreven), sin temor al reproche y burla social (así no tendrán que ir a Cuba, “a bailar”).

 
En definitiva, penalizar a los clientes de la prostitución sólo servirá para aliviar las conciencias ONG de algunos, y satisfacer los prejuicios sexuales moralistas de otros (sorprende esta comunión entre la derecha rancia y la izquierda intransigente). En lo que respecta a las afectadas, a seguir en lo de siempre, pero más difícil. Total, hágase “mi justicia”, aunque arda el mundo.

 
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Estoy de acuerdo prácticamente con todo lo que dices, de modo que sólo puedo aportar algunas matizaciones.

 
Existe algún tipo de legalización que es el futuro deseable para la prostitución. Es razón suficiente para aceptarlo, entre otras, la evidencia de que muchas personas necesitan de asistencia sexual porque a día de hoy no pueden tener una vida sexual satisfactoria mediante el libre intercambio. Coincido en que la condena feminista o progresista a la prostitución arrastra a veces resabios de condena a la libertad sexual misma.

 
En cuanto a las posibles consecuencias negativas de la prohibición, también parece que, si nos remitimos a antecedentes históricos, la medida puede resultar contraproducente.
 

Pero, como decía, maticemos. La esclavitud, en toda la gama que la prostitución ofrece, y en el porcentaje sea el que sea, siempre significativo, que actualmente presenta, es un problema de magnitud superior cuya solución no puede posponerse. Tanto la prohibición como la legalización pasan de largo por él. Ni la legalización garantiza el fin espontáneo del esclavismo ni la prohibición garantiza la disponibilidad de medios. Frente a una legalización que debería someterse a un estudio profundo en su implementación para lograr este resultado, la prohibición sitúa al comercio esclavista en el punto de mira de la acción inmediata de la justicia.

 
Se dirá que el esclavismo ya es delito, pero que no se persigue. Pero hay que añadir que, con la prohibición, es el consumidor de ese esclavismo el que está también amenazado. Y parece lógico que sea así. En la práctica no es plausible la idea de que dicho consumidor se informe previamente de las condiciones laborales y personales de la prostituta. Exigir que esto se hiciera bajo responsabilidad del consumidor sería una forma tácita de prohibición y equivaldría a la prohibición misma.

 
En cualquier caso, la reacción, o al menos mi reacción, no es en defensa de una ley que considere adecuada, sino de una sensibilización que considero adecuada, aunque sus consecuencias legales estén por verse. Y, sobre todo, reacciono a una insensibilidad gravísima, representada por los firmantes del manifiesto y actitudes afines, cuya única preocupación es la libertad de comercio sexual, que debe ser conservada a costa de cualesquiera que sean sus consecuencias. Lejos de aportar alternativas, como tú haces, las protestas contra la ley se han escudado exclusivamente en una supuesta demonización de la prostitución como representante de la disponibilidad libre del cuerpo. A la insensibilidad frente a la prostitución realizada en el marco de la esclavitud, se añade otra casi tan grave frente a la prostitución realizada en el marco del patriarcado, condición menos circunstancial, si es que la otra lo es algo. Lo que conlleva realmente el comercio de la prostitución es una vejación patriarcal más o menos consentida, más o menos aceptada, más o menos disfrutada, pero vejación en última instancia porque constituye la cosificación de un grupo social por parte de otro. Del mismo modo que un trabajo servil cosifica al trabajador (es decir, que no vale la excusa de que alguien tiene que hacerlo, porque eso condena a que lo hagan siempre los mismos, hasta entregar por ello su vida), la prostitución patriarcal cosifica al gremio de las prostitutas y al género femenino como conjunto, en tanto que sólo un género es prostituido, y la materialización de dicha prostitución va acompañada de una profunda carga simbólica que refuerza la cosificación. Recordemos que una relación sexual estándar obedece generalmente a patrones humillantes, ya sean tradicionales o pornográficos. La relación sexual tipo en el ámbito de la prostitución es una experiencia que implica humillación.

 
Todo esto no sólo no llegan a planteárselo los 343, sino que, abierto el debate, lo desprecian, y se permiten convertirse en opinión pública desde ese desprecio. Su actitud es coincidente al cien por cien con la actitud patriarcal frente a la opresión femenina. Es esa actitud la que convierte a la prostitución en lo que es, y la que los convierte a ellos en legítimo objeto de la más dura crítica. Sólo se manifiestan porque se toca a su puta, y de nada quieren oír hablar salvo de que se pueden quedar sin ella.
 

Es posible que la prohibición no vaya a cambar las cosas de manera radical. La legalización alemana tiene también sus detractores y datos chirriantes, aunque a juzgar por el conjunto de las opiniones es posible que se haya producido una mejora.
 

Por su parte, parece obvio que la legalización encubierta que pretende la nueva Reforma del Código Penal en España secunda una ideología que nada tiene que ver con la libertad sexual ni con la dignificación del trabajo.

 
Donde no nos equivocamos es transformando la cultura de la prostitución que hace gracia en la de la del patriarcado opresivo que se desfoga trágicamente en ella. La razón por la que las mujeres no reconocen su deseo de consumir prostitución no es un pudor o una hipocresía de género. Aquí, el hombre sólo reconoce que la consume allí donde no le perjudica. Y, como es sabido, cuando va al caribe, no se conforma con bailarinas hechas y derechas.

           

domingo, 8 de diciembre de 2013

propuesta erótica. II. EXPLORACIÓN DE LA SENSUALIDAD

Una vez que hemos liberado al trato entre personas de la intermediación necesaria del sexo, es el momento de ver si al sexo le queda algo que ofrecernos o debe quedar arrumbado por una nueva fase evolutiva.
 
No hace tanto que cazar es prácticamente privativo de grupos sociales reaccionarios. Hasta hace bien poco formaba parte de las habilidades necesarias que para la subsistencia del grupo debían poseer uno o varios de sus miembros. Los campesinos en occidente fueron hasta hace escasas décadas cazadores rudimentarios, y el producto de la caza era para ellos un complemento proteico que se convertía en esencial en circunstancias económicas adversas. Cazar nunca ha sido discutible, (como sacrificar al ganado del modo más rentable, esto es, con inobservancia completa del sufrimiento infligido), hasta nuestros días, en que la ausencia de su necesidad nos obliga a replantearnos su sentido. Hoy predomina una visión crítica o, al menos, aprensiva, sobre la actividad cinegética.
 
La caza ha ido acompañada tradicionalmente por el placer morboso de la muerte del otro que implicaba la supervivencia de uno mismo, la victoria temporal frente a una naturaleza que nos consume y cuyo medio de subsistencia disponible huye invitándonos a la empatía con su propio instinto de supervivencia. El hecho de cazar, de matar, de elegir la muerte del ser inferior frente a la muerte propia (en la guerra, también inevitable desde la perspectiva del sujeto hasta fechas bien recientes, se elige de modo igualmente necesario entre la supervivencia de iguales, por la supervivencia del grupo propio con vínculo afectivo, de modo que la paradoja emocional y el morbo que la acompaña es aún mayor) comporta la experiencia de un placer inquietante y extremo que estructura la vida de las sociedades que dependen de la técnica de la caza.
 
Pero, desaparecida esta necesidad, la del placer morboso de la muerte queda en bochornoso entredicho, y aquellos colectivos que la practican, desprovistos de argumentos con los que tapar sus vergüenzas. Lo que los mueve ahora es el placer de seguir matando, aprendido en tiempos de necesidad de que la muerte se produzca.
 
Si el sexo sólo puede producirse en un entorno emocional del morbo posesivo, entonces nuestro grado de desarrollo humano nos ofrece ya la perspectiva de una sociedad en la que debemos prescindir del sexo, en tanto que la reproducción (y, por supuesto, la comunicación) puede organizarse sin la opresión que las relaciones sexuales generan.
 
Es desde esta conciencia de que el sexo carece a priori de una función que para nosotros lo convierta en necesario, desde la que abordaremos la que puede ser una siguiente fase de transformación del sexo en erotismo o, simplemente, una segunda estrategia simultánea.
 
Nos hemos despojado de todo lo que había en el sexo, no sólo para disponer libre y críticamente de aquello que en él estaba hasta ahora implícito, sino para poder encontrarnos, en la medida de lo posible, con el “sexo en sí´: el sexo sin más objetivos que aquello que tenga la actividad sexual como consecuencia directa, propia o inevitable (y  ya sabemos que la procreación es perfectamente evitable).
 
Que nadie espere aquí demasiadas respuestas. Todo tendremos que aprenderlo porque de sexo designificado apenas se dice nada, y desafío a cualquiera a que localice la referencia bibliográfica donde el sexo, incluso el más científico, no sea explicado en el contexto de la pareja monógama fusional. El sexo es siempre explicado como motivación acompañante de la experiencia de la fusión gámica, y jamás como actividad capaz de motivar por sí misma y que merezca ser observada en sí. Sólo en la literatura pseudo-oriental encontramos un culto consciente al sexo mismo, no necesariamente apareado. Sin embargo, esta literatura acaba presentando al sexo como una actividad trascendente, es decir, vehículo de otra cosa, normalmente un despertar espiritual que es el sustitutivo de la fusión gámica occidental, y con el que comparte el carácter de profecía autocumplida.
 
Nosotros buscamos lo contrario; buscamos eliminar la trascendencia del sexo para conocerlo. Este acto de eliminación de la trascendencia lo convierte, ya de por sí, en actividad erótica, culminando su emancipación con respecto a la reproducción, origen del dimorfismo sexual y de la relación etimológica entre éste y el acto de unir ambos dimorfos.  Los individuos se unen ahora para investigar la trampa biológica del apetito sexual y del placer de los prolegómenos de la fecundación que coadyuvan a ella. Queremos saber qué es ese residuo biológico y si posee para nosotros, para cada uno de nosotros y para nosotros como grupo social, algún interés.
 
Tendremos que afrontar lo que, en toda regla, habrá de ser una educación erótica.

viernes, 6 de diciembre de 2013

propuesta erótica. I. DESIGNIFICACIÓN. (y xiv) ante una vida sin motivación sexual

            Tenemos relaciones sexuales para robar su valor simbólico. Una vez que designificamos este valor simbólico, el robo deja de tener atractivo. Nos quedamos solos ante el sexo; ante el sexo por el sexo. Pero el sexo nunca nos ha interesado, y ahora no sabemos qué hacer con él.

          Descubrimos una angustia contradictoria: ahora vemos que el sexo no tiene sentido, pero habíamos aprendido que la vida, sin él, tampoco.

          ¿Se trata de un bucle existencial que debe conducirnos al suicidio?

          No. Se trata de una liberación. Del primer encuentro libre con el sexo, al que ya no estamos obligados. De la primera ocasión en que podemos darle al sexo un uso no enajenado. Del momento cero del erotismo.



Éstos son nuestros “juegos sexuales”: Lamentablemente lejos de su pretensión de actividades lúdicas donde se aprende jugando, donde el juego crea, dinamiza, motiva y descubre; flagrantemente ajenos al juego colaborativo en el que los participantes se ayudan mutuamente a logar la satisfacción y el desarrollo. En nuestros verdaderos juegos sexuales, en los juegos sexuales que tienen lugar por debajo de nuestro discurso, y a las claras luces de nuestros actos, los participantes compiten entre ellos por el valor sexual, por el símbolo de la entrega gámica que especula con la esclavización.

Lxs participantes compiten entre sí y frente a la sociedad ausente, incrementando el valor subjetivo de ambos a la vez que lo depredan; generando una burbuja de valor que estallará en cuanto la realidad se aproxime con decisión a cualquiera de sus puntos débiles. Cuando descubran la falsedad del valor impostado del otro, la de la esclavización alcanzada del otro, que aspira, en realidad, a esclavizar; la del valor subjetivo de los otros, también hinchado hasta el límite de la resistencia del sentido de la realidad y, por tanto, próximo a estallar, pero también a adquirir dimensiones amenazantes; cuando descubran las trampas establecidas a medio plazo para atrapar el valor ganado hoy, que es siempre un préstamo a un interés tan alto que, salvo que logremos incrementar de nuevo nuestro valor, tendrá como resultado una operación con saldo negativo.

Follamos sin follar, porque lo hacemos para lograr de ello un resultado del que esperamos satisfacciones mucho mayores. Follamos como medio para haber follado, para dejar “bien folladxs”, que no es “satisfechos de follar”, sino con la despensa llena de follar en conserva, y segurxs de su valor como “follables”. “Dejar bien follado” es cerciorarse, a base de cantidad e intensidad, de que el deseo de follarnos no es impostado, es decir, carente de respaldo bancario, así como de que la miseria de nuestro valor como follables puede cubrirse razonablemente mediante una sola operación, gracias a un solo cliente, que consta ya en cartera.

Follamos sin follar y, al no follar, dejamos más y más de saber si queremos el follar para algo, o sólo participamos de su comercio porque no hay forma de socializarse fuera de él. Follamos con la ilusión de vernos crecer en el sexo, como hacemos un examen con la ilusión de convertirnos en personas tituladas. Si las condiciones de la realización de un examen fueran sensuales, si las notas se concedieran al azar, partiendo de un aprobado casi garantizado, si no hubiera que llegar a él tras un penoso esfuerzo cargado de estrés y renuncias, si examinarse fuera, no sólo agradable en su realización, sino garantizadamente rentable en sus resultados, entonces, simplemente, sería como follar.

Ésta es la razón por la que resulta especialmente difícil designificar el morbo del sexo. Es considerablemente complicado imaginar un sexo sin morbo, porque el morbo es tan sustancial a nuestra cultura sexual que, en muchas ocasiones, designificarlo conllevará vaciar el sexo por completo. Un sexo sin morbo no sólo carecerá de significado, de simbolismo, sino incluso de razón de ser y, por tanto, de intencionalidad. El sexo sin morbo es un sexo para nada.

La designificación del morbo será reconocible, normalmente, en este vacío. Por fin sucede aquello que parecía que sucedería con los significados anteriores: si no puedo poseer a la persona con la que realizo una actividad susceptible de procurarme placer sensual, dicho placer sensual, desnudo, no es capaz de motivarme ni, por supuesto, de hacerlo lo necesario como para superar la mayoría de los obstáculos que habitualmente me separan del acto sexual.

Efectivamente, dado el mundo en que vivimos, si no fuera por el morbo, no se follaría. El sexo dejaría de ser el nudo significativo en el que se enraíza el amor, y no habría potencia capaz de convertir a los individuos en proyectos monógamos susceptibles de adaptarse a la estructura familiar instituida. Como se ve, el desplazamiento de cualquiera de sus piezas claves afecta a la sustentación del edificio completo.

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Hemos llegado al final de la cebolla, y nos encontramos con las manos vacías. Si queremos recuperar el “sexo para algo” tendremos nosotrxs mismxs que desarrollar su “para qué”. Pero ¿para qué desarrollarlo? El sexo nos ofrece un medio, pero no un fin, de modo que difícilmente podremos abordarlo desde otra perspectiva que la curiosidad. Pero la curiosidad verdadera tiene que saber reconocerse a sí misma. Su fin es el descubrimiento de la materia sobre la que se proyecta; su ánimo, equilibrado y sereno. Deberemos, a partir de ahora, familiarizarnos con esta serenidad. El entusiasmo excesivo será, o indicio de que el morbo vuelve a abrirse paso entre nuestras motivaciones, o de que el placer sensual como fin en sí mismo nos atrae por encima de lo que corresponde a su propia trivialidad.

Evidentemente, no podemos proceder en la vida con el artificioso orden de una teoría, pero si pudiéramos, habríamos ya alcanzado el primer objetivo en la construcción de un sexo contra el amor, antipatriarcal y anticapitalista. Llegados a este punto estaríamos libres de cada una de las motivaciones insidiosas que el sexo tiene en nuestras vidas, aquellas que lo convierten en la trampa de la monogamia, en el vehículo para instrumentalizarnos como perpetuadores irracionales de la especie, en objeto y medio de una pandemia adictiva, sólo testimonialmente sacada a la luz, en mercancía estrella de la cultura del consumo, producto por el que vincular unos consumismos con otros para que todos sean deseados más allá de cualquier razón de ser de ese deseo, en pieza clave de la despolitización y el control sobre la ciudadanía, pulverizada en res familiar,  todos miembros de un inmenso rebaño de microformaciones independientes, pasivas y sin conciencia colectiva. Y, por ende, en seres enajenados de su placer sensual.

De todo eso nos hemos ya librado. Creíamos que carecer de deseo sexual era perder la razón de vivir, y sin embargo es perder la compulsión consumista de someter a lxs otrxs para adquirir valor social subjetivo y prestigio a nuestros propios ojos. Creíamos que el sexo daba sentido a la vida y, en realidad, no sabíamos qué era la vida porque estábamos enajenados por el trabajo sexual. Llamábamos “ilusión” a la adicción, y ahora, sin adicción, como a cualquier adictx, se nos viene encima el peso del sentido de una vida que se resolvería inmediatamente si volviéramos al viejo vicio.

Pero, si vamos a superar nuestra cultura adictiva debemos ser capaces de enfrentarnos a la transformación de las motivaciones mediante la superación de las que son irracionales y adictivas. Que la propia estupidez de la pregunta nos sirva de asidero: “¿Qué sentido tiene una vida sin sexo?” Si el sentido de la vida depende del sexo, entonces es evidente que el ser humano no ha encontrado sentido a su vida. El papel que el sexo vaya a tener en la vida tendrá que formar parte de una vida a la que él encuentre ya con sentido.

Con la designificación completa, si somos capaces de llevarla a fin, hemos dejado de vivir para el sexo. Deberíamos celebrarlo.

La designificación no es sólo una crítica. Es una práctica, y debe ser entendida, además de como la descripción de las líneas de significado que conforman la vida sexual que la condena del amor rechaza, como la primera propuesta conducente a la transformación de la vida sexual o, si se quiere, del sexo en erotismo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

somos 1000. respuesta a un comentario

                 Anónimo dijo:

             Hola. He leído (a veces en diagonal) diversas entradas de este blog. Tengo muchísimas cuestiones que plantear y temas que abrir. Por lo menos hemos de agradecer este blog, que trata el tema de una manera diferente (no digo que acertada) e intenta arrojar un poco de luz en medio de tanta oscuridad.

             Vamos a mis temas/cuestiones:

             1º El amor no es solamente de pareja. Entiendo que aquello de lo que está en contra este discurso es en contra del amor de pareja y el amor monógamo. Dejamos a parte el paterno/maternofilial, ¿no? ¿Qué ocurre con ese amor?

             2º ¿Se han dado cuenta de que Platón define el amor como privación? Pero no por eso renuncia al amor. Comte-Sponville (libro: ''Ni el sexo ni la muerte'') reflexiona sobre eso, y aclara ''que no hay amor feliz'' (citando a A. Bretón) pero al mismo tiempo concluye que ''no hay felicidad sin amor''. ¿Qué pasa con eso?

             3º En un libro, Francesco Alberoni (no era gran cosa de libro, terminé tirándolo, pero merece la pena rescatar alguna idea) señala que el amor no es continuo. Nace y muere, y con cada nacimiento y muerte, con cada ruptura el amante aprende a amar mejor y a amarse mejor, en una especie de construcción permanente del propio yo emocional.

             4º Occidente, gracias al divorcio, ha sustituído la monogamia vitalicia por la monogamia sucesiva socialmente tolerada. ¿Es una etapa de transición hacia una nueva concepción de las relaciones emocionales/sexuales, la entesala del poliamor socialmente tolerado, el prólogo a las relaciones abiertas generalizadas?

             5º Los celos, la monogamia, la exclusividad sexual, ¿pertenecen a nuestra socialización primaria, a la estructura cultural de nuestra psique... a qué?

             Saludos!

 

             Muchas gracias por un comentario tan elaborado y articulado, más aún por tener la paciencia de leer entradas del blog y, sobre todo, enhorabuena por lograr hacerlo en diagonal, que debe de ser, dado lo farragosa que muchas veces es mi prosa, como esquiar sobre un canchal.

             El modelo que propongo en “contra el amor” requiere de todo este trabajo de especificación, de aclaraciones, de ejemplos y de propuestas, de modo que avanzamos un poco más, y lo hacemos un poco más coherente, con cada una de estas aportaciones.

             Voy a contestar lo mejor que pueda punto por punto:

             1_El rasgo psicoemocional sustancial del amor es el narcisismo idealizante, es decir, el mirar por los propios intereses, por la propia satisfacción, como si ésta fuera posible gracias a él, y como si de ese modo se lograra también la satisfacción de los demás. Para aceptar este disparate requiere de un irracionalismo salvaje y abierto que es su principal rasgo ideológico. Así pues, encontramos que la sustancia del amor de pareja no es sólo la sustancia de todos los amores, sino que el amor de pareja es el amor en el que dicha sustancia aparece de manera más perfecta. De ello podemos entender que este amor “logrado” inspira al resto y que su erradicación implica la erradicación de los demás. Eso, por supuesto, no significa que las relaciones entre las personas queden desprovistas de afecto y del necesario cuidado. Quiere decir, simplemente, que dejan de ser dominadas por el afecto irracional narcisista.

             Hablo de ello en esta entrada.

             2_Platón entiende que el amor es la fuerza que nos impulsa hacia lo bueno, y que en tanto que nos impulsa implica que lo bueno no ha sido alcanzado, es decir, que carecemos de ello. Hablar de que “amor es carencia” sería casi un juego de palabras. Podría también decirse que es “presencia del deseo de lo bueno”. Nuestro amor, sin embargo, relativiza la bondad de nuestro objetivo, aceptando cualquiera siempre que sea el que hemos decidido. Así, se convierte simplemente en “motivación”, sin carácter moral. A ello se le añade el carácter inmoral del objeto inducido por la cultura social, que es de finalidad fundamentalmente ostentosa. Una motivación educada convertiría al amor en un fenómeno deseable. Pero la funcionalidad sistémica del amor impide esa conversión, de modo que la alternativa debe ser definida al margen del concepto de amor.

             Comte-Sponville hace un uso vacío de la contradicción platónica y demuestra poco interés por su solución. No explica, por ejemplo, por qué el amor no desaparece, como ocurriría en Platón, justo cuando el objeto es alcanzado (que desaparezca con el tiempo es una constatación insuficiente).

             3_No conozco a este autor, pero entiendo que su afirmación se aprovecha de una obviedad, y es que las experiencias enseñan, especialmente si generan problemas que deben ser resueltos. Nadie concibe el amor como una sucesión de problemas a resolver. De hecho, dicha resolución, que según el texto que citas es la separación, constituye el fin del amor, es decir, su fracaso. La adaptación de la ideología del amor a la idea de que éste debe acabar con el tiempo no sólo es una derivación del sustrato principal, sino una solución poco menos mala que la otra, porque entiende las relaciones como entusiasmos fraudulentos y estériles que no construyen vínculos con el entorno, sino que mantienen al individuo en un aislamiento sucesivo.

             4_Es cierto que esta situación genera una contradicción, como queda de manifiesto en el punto anterior. No tengo una opinión formada sobre si la sociedad camina hacia algo mejor gracias a dicha contradicción. En todo caso puedo decir que considero deseable que los individuos conserven, al menos, su capacidad para salir de la relación una vez que comprenden que es opresiva. Este progreso en la libertad, que permite, por acumulación y refresco de experiencias, una formación mayor, está, sin embargo, amenazado por otras fuerzas ideológicas que dificultan, al menos para mí, la previsión. No nos queda más remedio que pensar que el futuro, en alguna medida, depende de lo que hagamos con el presente.

             5_El individuo comprende la funcionalidad de sus vínculos sociales a medida que descubre y comprende su entorno. Este principio podría hacer pensar que los celos son antes que la liberalidad. Pero incluso el egoísmo primigenio está atravesado de cultura, esta expresado en forma de unos determinados usos e ideas, que determinan si el comportamiento tendrá como resultado la opresión o la socialización edificante. Sólo porque la angustia del individuo se encauza por el camino de la posesión de la pareja es posible que los celos sean un elemento estructural de las relaciones. Mucho más poderoso que cualquier factor primigenio, hoy día, es el bombardeo informativo contradictorio que condena los celos con una mano y los promueve con mil.

             Un saludo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

el manifiesto de los 343, o la abyección del "canallismo" (II). comentarios a los comentarios



Tyfus dijo…

Diecisiete párrafos para que toda su argumentación se resuma en 3 lineas " La otra consecuencia es que una reducción drástica del consumo de prostitución asequible repercutirá directamente en la franja correspondiente a la esclavitud y, por lo tanto, la medida es un golpe poderoso a dicho sector del mercado. Seguirá habiendo prostitución, pero habrá menos esclavas (medida, por lo tanto, netísimamente de izquierdas)."

la única razón para escribir tanto a favor de una medida ¿es una premisa falsa?

Penalizar a una persona por llegar a un acuerdo comercial en el que ambas partes están de acuerdo porque se den otros delitos en ese ámbito es de lelos, lo que hay que hacer es perseguir los delitos, no crear unos nuevos. La medida sólo añadirá un componente extra de marginalidad a un colectivo, haciendolo más susceptible a la entrada y control de las mafias, pero supongo que es más fácil hacer como que hacemos algo que reconocer que lo qeu teníamos que hacer no se está haciendo.

Curioso que tanto artículo como primer comentario hagan tanto énfasis en las heces para alguien que opina diferente...

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Seguro que me he explicado mal. Mi intención no era tanto escribir a favor de la medida, que lo era, sino en contra de los argumentos esgrimidos para reprobarla. Expuestos sintéticamente, son los siguientes:

1-cada uno tiene derecho a establecer con su cuerpo libres relaciones contractuales.

2-cada uno tiene derecho a ser satisfecho en sus necesidades sexuales.

3-la prostitución es una salida laboral para personas en situación de exclusión social.

4-la medida es ineficaz porque prohibir algo siempre lleva al aumento de su demanda y clandestinidad.

5-la medida es ineficaz porque no se puede hacer desaparecer algo que siempre ha existido.

6-la medida es injusta e ineficaz porque no se dirige sobre el problema mismo sino sobre la parte más débil del problema, perjudicando a practicantes inocentes de dicha actividad.

Los argumentos 1, 2 y 3 son rebatidos por la importancia del problema perseguido. Dado que la esclavitud es un daño que, en estas circunstancias, está llevado a mayor gravedad que la pérdida de la libertad sexual y el deterioro de la exclusión social, e infinitamente mayor que la pérdida de la libertad contractual indiscriminada (que, por otro lado, ni existe ni ha existido jamás), resulta que los argumentos 1, 2 y 3 pasan a la consideración de males menores.

Los argumentos 4 y 5 son generalizaciones falaces que, si bien no se pueden generalizar en sus contrarios (“la medida es eficaz porque se puede hacer desaparecer algo que siempre ha existido”, por ejemplo) encuentran rápido contraejemplo a poco que se los tome mínimamente en serio.

En cuanto al argumento 6, que entiendo que es el utilizado por tyfus, hermana guapa de las dos anteriores y víctima de la misma genética defectuosa, diré simplemente que la política y la legislación no son actividades asépticas, sino noble o innoblemente sucias, según el caso, pues dependen siempre, para valorar su justicia, de un cálculo no redondo de sus consecuencias. Las legislaciones están plagadas de prohibiciones sobre acciones que, realizadas sin ánimo de daño, no tendrían por qué ser prohibidas, pero que constituyen una oportunidad difícilmente controlable para realizar un daño (por ejemplo, la prohibición de venta de tabaco a menores, que no implica consumo, pero que da una facilidad incontrolable para realizarlo).

La medida francesa puede acabar resultando ineficaz (sobre todo si no se ponen los medios para ejercerla), pero pocas pueden ser las voces autorizadas a afirmar con rotundidad su inadecuación. Sin embargo, las voces han sido muchas, estruendosas y estridentes, desesperadas, se diría, como si denunciaran una obviedad que en modo alguno, como se ve, puede serlo. Contra ellas, como ya estaba escrito, va el artículo; contra quienes siguen obviando que, ante todo, estamos hablando de esclavitud, secuestro, violación y muerte. Es duro asumir la idea: “me he aprovechado sexualmente de la esclavitud de una persona”. El incentivo para hacerlo es pensar que se ha evitado la reincidencia en una culpa tan difícil de soportar.

Sí concedo, sin embargo, la afirmación de que el texto está compuesto de 17 párrafos. No lo he comprobado personalmente pero, en este punto, confío en el buen criterio del comentarista.