El amor no es un sentimiento, ni una experiencia, ni un arte. El amor es la ideología que determina cómo deben ser nuestras relaciones. Y estamos contra él.
martes, 31 de julio de 2012
lunes, 30 de julio de 2012
viernes, 27 de julio de 2012
Vías Cruzadas como modelo (y II)
El amor nos adoctrina cínicamente en que en él no cabe
pedagogía. Como toda ideología surgida para amparar un fin, convive sin
complejos con sus contradicciones llegando a envolver las más útiles en un
celofán de misterio poético que nos sugiere la presencia de la más sabia de las
verdades.
Hemos de aprender, por tanto, a no educarnos, nos dice el
amor, y esto como una lección que sólo asimilaremos tras muchos intentos de
llevar a la práctica la contraria, la de intentar hacer del amor aquello que
entendemos que puede ser bueno que sea.
Entre las cosas más importantes que debemos aprender a no
aprender se encuentra la elección. La experiencia deberá enseñarnos (y si no lo
hace será que estamos teniendo las experiencias equivocadas) que la elección
del objeto de enamoramiento no está a nuestro alcance, sino hundida en alguna
inaccesible y sagrada gruta de nuestra conciencia más elemental, si es que no
determinada por las corrientes de energía que pueblan el éter, o prefigurada
por los hilos del destino que sustentan el equilibrio cósmico.
Sería bueno, llegamos a aceptar, poder elegir a veces,
pero la elección nos la encontramos. Nuestra única habilidad desarrollable es
detectarla y nuestra única libertad es abandonar el objeto de elección (error)
o luchar por alcanzarlo con todas nuestras fuerzas (acierto).
Nada más podemos hacer, porque si pudiéramos hacer algo
más, algo haríamos en favor de los discriminados del amor, de aquellos sobre
los que nunca recae la elección. Pero es que no podemos.
Vías Cruzadas se atreve a conculcar este santuario
ideológico, esta aporía imprescindible de la ideología del amor, violentando
nuestras tendencias electivas por el camino del medio: el del gusto, la belleza
y el deseo. No nos va a decir que el amor debe ser solidario, que debemos
alternar la búsqueda de lo que queremos con la entrega a lo que no queremos
para alcanzar en el mundo un reparto más justo. Nos va a decir que lo bello, lo
que nos gusta, lo que deseamos, es otra cosa.
Si decimos que Phil nos va a ser presentado como bello,
todos distinguiremos enseguida la belleza capaz de generar atracción
eróticosentimental, a la que ninguna presentación puede hacerlo acceder, de
otra más general, condescendiente y humana, con la que calificamos a aquello
que puede emocionarnos pero con lo que no queremos vernos mezclados. Esta
barrera sólo es superada en rarísimas ocasiones por los trabajos creativos
realizados en torno al ennoblecimiento de estéticas discriminadas. Lo más
frecuente es que la fotografía de moda que estetiza la obesidad o el cine que
dignifica la vejez utilicen un involuntario tono paternalista que, si bien algo
aporta a la autoestima del “colectivo”, conserva la clasificación jerárquica y
la inmiscibilidad. Un viejo es un viejo. Con mi película expreso que no tiene
por qué sentirse avergonzado, pero eso no le da derecho a aspirar a acostarse
conmigo. La barrera que los separa de nosotros en tanto que estos personajes
aparecen como representantes de su propio colectivo constituye su primer nivel
taxonómico. Son, ante todo, gordos o viejos, y todo lo demás que sean, todo
aquello que descubrimos después, que nos resulta tan humano y que incluso nos
recuerda a nosotros mismos, no es consecuencia de poseer la misma sustancia,
sino de compartir el mismo mundo. Sólo convergencia evolutiva, como lo que
existe entre el vuelo de un murciélago y el de una libélula.
En Vías Cruzadas encontramos, sin embargo, un escrupuloso
trabajo estético que logra presentarnos a Phil como un congénere, tan digno de
amor como cualquiera de nosotros. ¿Cómo se obra el milagro, el espejismo, la
imagen declarada imposible?
En lo que concierne al guión, no veremos una sola vez que
ni Phil ni su círculo social más próximo conviertan el enanismo en hecho
diferencial alguno. Phil se comporta continuamente como si le confundieran con
un enano, es decir, como si los demás (el círculo social lejano) lo vieran como
algo que él sabe que no es. Por supuesto que Phil es enano, pero no es “un
enano”, como ninguno de nosotros somos sustancialmente ni usuarios de camisas
de manga corta ni exalumnos de un determinado centro escolar. Mientras estamos
solos con él o con sus amigos, el enanismo está relegado a cuestiones
absolutamente menores, como se pone de reflejo cuando recoloca el buzón de su
nueva casa a una altura a la que pueda acceder. A esto, y a poco más, debería
afectar su condición. Mientras la función narrativa más habitual de un obeso en
un guión corriente es hacer chistes de gordo, Phil es un protagonista
cualquiera siempre que no aparezca alguien para recordarle que es entendido
como una aberración.
Desde el punto de vista del casting y la dirección de
actores, es evidente que se ha seleccionado a un actor con no pocas habilidades
seductoras que conviven con las que, en principio, resultan incompatibles con
ello. Phil no sólo tiene una voz aterciopelada, que modula perfectamente,
dentro siempre de la contención y la serenidad, sino que su mirada es profunda
y digna, su gesticulación segura y elocuente, y sus movimientos enérgicos,
directos y decididos, sin caer en la habilidad llamativa del malabar circense.
Phil será, además, favorecido por una planificación que
lo convierte casi siempre en figura heroica, presencia a veces monumental,
solemne, representativa de la complejidad y la superioridad de lo humano frente
a todo accidente o circunstancia. Allí donde Phil aparece es siempre lo mejor
compuesto, lo más en su sitio, el centro del significado y de la atención, lo
que confiere sentido profundo al entorno.
Gracias a estos recursos Phil deja de ser sólo un enano
bonito y pasa a ser un hombre de quien aprendemos qué es vivir una vida de
hombre con las dificultades acarreadas por el enanismo, y gracias a la
presencia de los demás personajes vemos qué es vivir sin esa dificultad pero
con otras, a veces menos desprestigiadas, pero de consecuencias más perniciosas
para la condición humana.
Esta es la mirada que la película nos propone. Ésta es la
discriminación positiva que el arte puede realizar gracias a su capacidad para
situar la belleza allí donde el creador decida hacerlo. Esta es la corrección
que el arte necesario debe ejercer en favor de la justicia, a riesgo de no
llegar nunca a ser exhibido o, si lo es, de ser visto por algunos como
depravado enanófilo.
lunes, 23 de julio de 2012
tú y yo (y PARTE III)
“¡Ojalá que siempre estemos
así!”, me dijo Lea un día. Caminábamos de la mano por la misma calle por la que
habíamos caminado solos mil veces. Un
momento atrás estábamos poniendo en común nuestra felicidad, y ahora la
disfrutábamos en silencio. Me dijiste eso y recordé otra calle, hace mucho
tiempo, que representaba mi juventud y por la que debía dejar de pasar si
quería que la madurez tomara forma también urbana algún día. Mi calle, que
María convirtió en “nuestra calle” cuando ambos la hicimos nuestra al
recorrerla juntos, después de años de ser de otros porque la recorríamos
separados. “Nuestra calle”, a la que siempre deberíamos volver y a la que
apenas he vuelto, porque ya entonces la calle de siempre se convertía en calle
para siempre, y no sabíamos, ninguno de los dos, si queríamos decir que
tendríamos que estar siempre en ella o que, una vez nuestra, debíamos dejarla
atrás, junto con todo lo que en ella pasaba y había. “Nuestros barrotes”, pensé
después, porque entonces sólo sentí la soledad del “nuestra”, pero no la
dificultad de escapar de ella. Sentí a María recordándome, desde tu boca, su
presencia abandonada en nuestra calle, o su propia calle desde la que ella
ahora era feliz. Sentí, en realidad, que rememorábamos juntos, María y yo, que
había otra calle esperando, otra o la misma, María, porque Eva vive en nuestra
calle, figúrate qué casualidad, y es seguro que un día la llamaremos nuestra, Eva
y yo, y que ese día os la estaré empezando a devolver, a Eva, a ti, a él, que
la recorrió con Eva antes haciéndola de ellos; él, que nunca fue de allí como
lo éramos nosotros, y que ahora la pierde a cada ocasión en que Eva y yo nos
miramos. ¿Sabes eso, Eva? ¿Eres consciente? ¿Lo has descubierto alguna vez
recorriendo vuestra calle solo? Ana sabía que lo hacía, y nuestras miradas
servían para limpiar nuestra calle de su presencia, como un cañón de luz
renovadora que volvía en un segundo todo a su estado impoluto, impermeable y
luminoso. Después sirvieron para recordar que lo que hubiera pasado daba igual;
que la verdad era la luz de nuestra mirada; que él iba a estar siempre allí,
que estaba allí, pero no estando, y que nosotros, que dejaríamos de estar, era
lo único que existía allí para siempre. Dejaríamos de estar, algún día, y lo
dejábamos ya en cuanto empezábamos a estar definitivamente, y todo lo que
quedaba entonces era mi ausencia, y tú encontrándote con tus reflejos en otros
nombres, primero, y después tu nombre en otros cuerpos cuyo nombre se ausentaba
para adquirir el tuyo mientras quisieras dárselo, mientras no corriera de
cuerpo en cuerpo asentando hitos en una eternidad de amor que lo acababa. “¿A
quién ves?” me preguntaste, en una ocasión, al mirarme. “A ti, Eva”, he
contestado hoy cuando me ha preguntado sobre aquella mirada nuestra. “Te veía a
ti, y tú me veías a mí en su mirada, porque nuestra eternidad empezó, tuvo que
haber empezado, antes de ahora, antes de entonces, y ocupar ya entonces alguno
de los infinitos fragmentos desocupados que servían de transporte para Sofía,
para María, y para Lea un día y para ti, seguro, incluso si toda nuestra
voluntad de unión no fuera otra cosa que un encierro con ellos, incluso si no
hubieras estado más que en el reflejo del reflejo de las uniones que tuvo él
con Ana, y ellas con él y ellos con ellas hasta conectarte a ti, volver a
encontrarte, caminando por una calle, de una mano que te conduciría eternamente
a aquella mirada nuestra en la que traicionaba a Ana, no porque viera a María,
sino porque te iba a ver a ti hoy, aunque no lo hiciera entonces. Perdida, Eva,
entre los amores eternos que te acompañan, a la búsqueda de asidero en el
laberinto de los míos, cuya transparencia te hace confundirlos desde que
nuestra unión los engloba y los supera, desde que su superación es la pérdida
de toda esperanza de triunfo sobre ellos, porque sus reflejos acaban
componiendo, no ya mi amor por ti, sino tu forma de amarme como Lea, como Ana,
como Sofía, como María, que me preguntan desde tus ojos qué hay en tus ojos que
no hubo en los de ellas si las veo a ellas en ellos, mientras yo intento
mirarte como nadie te ha mirado jamás, es decir, como las miré a todas, como
todos te miraron.
viernes, 20 de julio de 2012
Vías Cruzadas como modelo (I)
“¡Luchar!
¡Hasta las bestias saben hacerlo! Pero él puede hacernos creer en las bellezas
que canta.”
Espartaco - 1960 - Stanley Kubrick
http://www.youtube.com/watch?v=rfrEhDn2E_0
¿Es
desahogar las frustraciones la función social del arte? ¿Es proporcionarnos un
momento de respiro entre el estresante desorden emocional, funcional y estético
cotidiano? ¿Es, de paso, la oportunidad para hacernos vivir la ilusión de
lograr aquello cuya inaccesibilidad nos hace desgraciados, llámese riqueza,
afecto, paz, sentido, excitación…?
La teoría del arte como evasión predomina
cuantitativamente en nuestra cultura actual, e incluye la idea de que ninguna
manifestación artística queda fuera de la más general categoría de “ocio”. El
arte será el ocio “elevado”, por utilizar el impreciso término pedestre que alude
a un aura de prestigio, dificultad intelectual y dignidad moral que diferencia
al arte del resto de los productos ofertados por la industria del ocio. Cuando
el arte evade mediante esta “elevación” lo hace de manera más eficiente,
profunda e intachable. El usuario del arte se proyecta a mundos más hermosos e
higiénicos, más lejanos al nuestro, que el del simple jugador de paint-ball.
El usuario del ocio ha aprendido, además, otra rutina:
acabado el producto y su periodo de consumo, deberá volver al mundo real, en el
que le espera la misma insatisfacción, pero frente a la cual él ha renovado las
energías. Cuando el producto sea artístico se obtendrá de él, además, alguna
protoherramienta emocional para soportar de manera más duradera una frustración
que, seguramente, será también más grande.
Pero no es ésa la única manera de entender el “para qué”
del arte. De las siete maneras que, según Tatarkiewicz, el arte ha sido
entendido a lo largo de la historia, es decir, de las 7 funciones que ha
desempeñado y entre las cuales está incluida la de entretenimiento a la que
corresponde el ocio, de todas ellas, cabe extraer un factor común que es,
precisamente, el que caracteriza a la forma originaria del arte: la magia
invocadora. El arte se creó para hacer aparecer aquello que no existía. Pero,
mientras que en el ocio la aparición generaría una experiencia que libraría del
deseo de experimentar, contribuyendo a frenar temporalmente cualquier
transformación, en el resto de las funciones el arte contribuye a tener una
experiencia real de aquello que hace aparecer. Ya sea introduciendo la
divinidad en la vida real, ya propiciando una caza incierta, ya invocando
valores deseables, ya realizando la consecuencia última de los vicios en la
catarsis, el arte ha participado siempre de su originaria función mágica en
tanto que se presentaba como primera piedra en la construcción de una realidad
que, más o menos incompatible con la anterior, es siempre distinta.
El arte-ocio según lo entendemos hoy sería el primer arte
que no contribuye a la creación de nada, no transformador, conformista por
tanto, y no sólo diferente, sino opuesto en ello a lo que el arte siempre se
declaró ser, estuviera o no su función más o menos viciada por las manos en las
que caía. Es por eso que la gran mayoría de las películas no reinventan sino
que reproducen el modelo de amor que conocemos, y es por eso que lo llevan
primero a su lógico fracaso y, por fin, mediante peripecias inverosímiles, a un
éxito que satisface la frustración del espectador hasta que la realidad le
vuelva a recordar el fraude.
A esta función generalizada, y a las mesnadas de sus
adalides, se enfrenta una obra como Vías Cruzadas en su presentación de una
ficción con la que originalmente no nos identificamos porque no reproduce la
nuestra, sino aquella que la nuestra debería ser. Mostrándonos cómo, y dando el
primer paso en la experimentación de esa realidad mediante la experiencia de sus
personajes, facilita el camino de su llegada mediante la generación de un
antecedente virtual
Todo lo que el sistema necesita al arte-ocio para
reiniciar a los trabajadores-reproductores es lo que la sociedad necesita al
arte-magia para transformar el sistema en las mejoras que le son concebibles.
El sistema necesita un tipo de arte, pero las personas que lo forman necesitan
otro, y esto incluso si no lo desean, si no optan por él ante la alternativa de
una diversión efímera e intrascendente. Esta defensa de la violencia sobre el
deseo es tan políticamente incorrecta como cercana a la obviedad. La libertad
de elección se confunde con la defensa de las pulsiones del modo menos
inocente. Todos sabemos que preferimos la comida grasa a la comida ligera, y
todos queremos que nos pongan fácil la elección difícil, que nos aconsejen sin
descanso, que nos recuerden por qué debemos actuar bien, pues reconocemos en
nosotros mismos una distancia evidente entre el deseo por lo bueno y el deseo
por lo placentero, que no se salva sólo con descubrirla. El sistema reconoce un
gasto perjudicial en salud pública que le hace reaccionar para conservarse
mediante campañas de concienciación. Por eso mismo es improbable que reaccione
frente a un arte-ocio cuyo fin es, precisamente, eliminar el obstáculo de la
insatisfacción para que la conservación se lleve a efecto.
Así, los medios de comunicación no sólo no muestran, sino
que ni siquiera defienden, el arte-magia en su forma de cine necesario, de
recreación de una realidad deseable. Además desprecian su ineficacia como
evasión mediante la máxima de que no debemos aprovechar nuestro tiempo libre
para “seguir pensando”, sino para dejar de hacerlo, asumiendo así que, una vez
acabada la jornada laboral, hemos hecho lo posible por mejorar el mundo en vez
de por reproducirlo, y llega nuestro momento de descanso.
Decirle al espectador que lo que desea es equivocado; que
su momento de satisfacción se convertirá en el de reflexión con el peligro de
no estar recuperado para la jornada siguiente, y el único incentivo de
proponerle una mejora social a largo plazo, una concienciación; decirle al
sistema que va a pasar por sus cauces un producto que pone en cuestión sus
fines y sus cauces mismos, es meritorio independientemente de la calidad del
producto y el éxito que obtenga en sus objetivos.
Y por hablar del cine necesario dejo lo necesario de
nuevo sin contar.
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