lunes, 7 de noviembre de 2011

amor. PLANTEAMIENTO. en un país multicolor

Llegamos al mundo poniendo en práctica el individualismo más estricto, y sólo poco a poco comprendemos que la igualdad de los otros va en serio. Los otros, esas herramientas de uso más complejo que nuestras manos o nuestros pies, porque tienen la capacidad de actuar de modo independiente. Los otros, que nos convierten a nosotros, a veces, en sus manos y pies, haciéndonos desear su ausencia, aunque ello tenga como consecuencia el dejar de poder instrumentalizarlos.

Afortunadamente, seremos educados en una adaptación a nuestras posibilidades considerablemente eficaz. Nuestro instinto nos conducirá a desear ilimitadamente, pero aprenderemos las ventajas de racionalizar nuestro deseo; de desear sólo aquello que realmente nos es útil y, de entre lo útil, sólo a lo que de manera factible podamos aspirar. La cultura de masas seguirá tendiendo trampas a nuestra ambición frustrada, seguirá diciéndonos que deseemos sin freno, porque el deseo mismo es la garantía del logro. Pero nuestra razón crítica ha despertado, al menos en alguna medida, y contrarresta de modo consciente una suficiente cantidad de esos mensajes como para conservar el sentido más útil en nuestros esfuerzos. Una cierta cantidad de represión completará la adaptación, haciéndonos olvidar el deseo cuando éste es demasiado doloroso, pero conservando nuestro juicio crítico a la hora de determinar la opinión que nos merece nuestra situación de satisfechos a medias. El individuo normal no es tan estúpidamente frívolo como para desearlo todo, ni tan estúpidamente acrítico como para considerarse feliz con lo que tiene.
Con el amor no tendremos esa suerte. En el complejo entramado de necesidades y deseos que el sistema satisface y frustra, y mediante el que, además, nos motiva y controla, nos ayuda y nos estafa, en dicho sistema, el amor debe realizar el desagradable papel de espejismo canalla gracias el que una importante cantidad de las más insoportables frustraciones quedan olvidadas y, por tanto, reprimidas. En nuestro sistema ideológico el amor será, por antonomasia, el lugar al que desplazar la eficacia no alcanzada, la libertad no canalizable, lo que le sobra al ser humano cuando el sistema no puede ya ofrecerle seguir siéndolo si quiere que cumpla su tarea de pieza solvente en la perpetuación. En pocas palabras: el basurero.
Y, para que el basurero contenga su basura, ésta deberá quedar sellada por la más hermética e inexpugnable de las barreras. Para que el individuo deje reposar allí su frustración sin pugnar por liberarla, el basurero deberá ofrecerle el mayor de los atractivos. No valdrá cualquier entretenimiento; el amor por sí mismo, con sus ventajas e inconvenientes, sus noblezas y sus miserias, no sería suficiente. Para que el amor compense de la opresión, el basurero tendrá que idealizarlo.
La propaganda que anima a desear el éxito social en su forma completa y perfecta, es decir, aquella que anima al triunfo del individuo sobre todos sus congéneres, la figura del mendigo-rey, tiene una repercusión insignificante si se compara con la del mendigo-Paris (valga el personaje de la Ilíada para dar nombre a la figura), aquel que alcanza el amor del congénere más deseable de entre todos los conocidos. Así, el caballero que mata al dragón lo hace para lograr el amor de la princesa, primera dama del reino; la chica que cambia de imagen logrará con ello ser pretendida por el capitán del equipo de fútbol, cumbre del éxito social del instituto; el joven que aprende a bailar no puede con ello sino aspirar a obtener un reconocimiento del grupo cuya máxima expresión es recibir el primer premio en materia de pareja.
La figura poética, infinidad de veces repetida en todo género de música popular, “si  te tengo a ti lo tengo todo”, junto con su inverso, “nada tengo si no te tengo a ti”, es a la vez expresión y mecanismo para la reproducción de esta fantasía (el castizo “contigo pan y cebolla” resulta menos extremo, y parece moderar su componente propagandístico con la idea realista de formación de equipo mediante el que enfrentarse a las adversidades). Efectivamente, será ése nuestro escapismo más recurrente. Allí donde el mundo no nos haga felices, acumularemos tarea para esa persona a la que accederemos mediante el ejercicio absolutamente espontáneo, irracional, caprichoso, incontrolado, de nuestra libertad de elección.
Así, nuestra maduración es acompañada por un omnipresente discurso de refuerzo a nuestro instinto individualista. Se nos hace crecer, debe decirse, mediante la inmadurez misma, sustituyendo cada una de las feroces ideas del animal solitario por eufemismos que pretenden reflejar un incremento, perfectamente ausente, del nivel de cooperación. Es este individualismo propio del recién nacido, que habita, disfrazado, el pensamiento de cada adulto, lo que se esconde tras eso que llamamos, henchidos de admiración y entrega, la inefabilidad, la ceguera, la locura del amor.
Animados y legitimados por nuestra cultura, nuestras ilusiones se lanzarán como depredadores hambrientos sobre lo que consideremos que representa el mayor de los logros. De nuestro mejor vecino a nuestro mejor compañero de colegio, de él al mejor del barrio y, un día, al mejor de todos los individuos susceptibles de ser deseados de los que jamás hayamos tenido noticia por cualquier medio. Alguien muy famoso, casi seguro.
Si nuestra fantasía alcanza a dibujarse la relación misma, entonces la idealización extenderá su presencia. Seremos, lógicamente, amados, admirados, protegidos y potenciados por nuestro objetivo, una vez lo atrapemos, hasta los límites de lo posible. Esto nos reportará, no por casualidad, la apertura de las puertas del mundo, que dejará de poseer la capacidad de cerrarse a nosotros de forma alguna. Cuando logremos nuestro amor podremos, literalmente, hacer lo que queramos.
Si la idealización persiste intacta más allá del despertar sexual, es decir, si la conciencia del sexo aparece por noticias externas, y no mediante la experiencia directa, dicha conciencia se convertirá en una víctima más, seguramente la más sacrificada, de una ambición desmadrada. Símbolo máximo de la unión en la pareja, su realización será la culminación de la misma y, al serlo, de nuestra vida entera. El sexo realizará el amor, y éste la vida, mediante el amor de nuestra vida, con quien haremos el amor. Mediante la aparición del sexo, el sentido de la vida se desplaza una vez más de lo grande a su símbolo. Lo hubo hecho ya de la vida al amor, y ahora lo hace del amor al sexo. En la exacerbación de este esquema de diana en el que acertar en lo pequeño constituye de por sí el éxito en lo grande, el nodo de todas las líneas de fuerza del universo aparecerá en el hito del orgasmo simultáneo. Hace tiempo que tuvimos la suerte de que los sexólogos se apiadaran de nosotros dispensándonos de la obligación de corrernos a la vez que nuestra pareja para poder considerarnos felices. Lo que desde entonces ha dado en llamarse “buen sexo” se ha vuelto algo más flexible, aunque nunca seriamente crítico. La diana se desenfoca, pero no se corrige.
Con estos mimbres aparecemos en el mundo. Caballeros y princesas dispuestos, por enésima vez en la tierra, unos a escalar la torre, otros a ser sacados de ella. Nuestra incomparable belleza, nuestra fuerza invencible, la nobleza de nuestras armas, la excelencia de nuestras virtudes, derribarán esa muralla que nos separa de la felicidad encarnada. Entonces las princesas se dispondrán a esperar. Y tardarán mucho, mucho tiempo en descubrir que no se encuentran en la torre de un alto castillo que se recorta contra el paisaje y al que el mejor de los caballeros se dispone ya a asediar, sino olvidadas en la más profunda mazmorra de una guarida perdida en tierra de nadie, que nadie encontraría si, en el mejor de los casos, pretendiera buscarla. Mientras tanto, en algún lugar, tal vez próximo, el caballero se mirará a sí mismo para descubrir que no tiene mejor presencia que la de un miserable hobbit, ni más arma que la resistencia de sus pies. Ante sí, para su sorpresa, no aparecerá castillo alguno. Sólo entornando los ojos llegará a intuir, más allá de innumerables regiones hostiles, cada una más tenebrosa que la anterior, cada una más dispuesta que la anterior a hacerle sucumbir, una torre oscura iluminada por un fuego sobrehumano. Hasta allí deberá llegar, porque allí, ¿en qué otro sitio?, debe de estar el amor, y por alto que sea el riesgo, por improbable que sea el éxito, ¿qué otra cosa merece la pena hacer que intentar conquistarlo?
Pero, de todos los hobbits que somos albergados por el mundo, sólo uno es Frodo: el de la película para niños.

jueves, 3 de noviembre de 2011

¿bailamos?

             Yo no sé bailar pero, por un capricho de mi fantasía, esta noche, al cerrar los ojos, he inventado un baile. En realidad es sólo un paso, una especie de caminata con salto lateral al final, cayendo en un equilibrio inestable que lleva a repetir la figura en sentido inverso. Cuanto más proyecto la secuencia en mi cabeza más detallada y precisa se vuelve.
            Me gustaría levantarme y probar si es posible realizarla. Pero bueno, ya estamos acostados, es algo tarde y mañana hay que trabajar. En realidad me gustaría conseguir interesarla a ella; que nos levantáramos cinco minutos y lo intentáramos los dos. Ella baila mucho mejor que yo, y seguro que lo conseguiría enseguida. Sería sólo un momento y no nos quitaría apenas tiempo de descanso. Pero suficientemente excéntrico me considera ya. Tardaría más en convencerla que en explicarle el paso, y si lograra levantarla lo haría de mala gana y se acabaría la magia.
            Ella no puede comprender la importancia de esta fantasía. Nunca le he explicado que cuando cierro los ojos por la noche siempre veo cosas. A veces es sólo una sucesión inconexa de retazos procedentes del día, como si sus decorados y personajes se fueran apagando. Pero lo más habitual es que las imágenes no lleguen a formarse, que sus componentes pugnen por tomar forma en mi mente sin lograrlo. O eso interpreto yo ante esas masas vibrantes de tonos rojos, negros, blancos, a veces azules. Juraría que alcanzo a reconocer en ellas cuerpos en creación, huesos recubriéndose de músculos, y éstos buscando sin éxito jirones de piel en mi mente desordenada. Eso quiero creer, porque me da miedo pensar que lo que realmente veo son cuerpos desgarrados, descompuestos, batidos y apelmazados en mi fantasía por alguna desviada necesidad de mi carácter.
            Me gustaría decirle que eso es lo que veo casi cada noche, que me perturba, y que me gustaría no verlo. Pero temo que se asuste, y que en lugar de tranquilizarme, su miedo me sumerja más en la sospecha de que algo terrible se oculta en mi cabeza y se libera a medida que me invade el sueño.
            Me gustaría que conociera esta aprehensión que siento por mí, como me gustaría compartir la que siento por ella. Querría explicarle que apenas soy capaz de olvidarme de su larga nariz; que la persigo constantemente cuando la miro, porque intento resolverla sin querer; encontrar la justificación estética que la convierta en armoniosa para el resto de su cara, y que en esa empresa obsesiva desperdicio gran parte de la atención que le debo cuando me habla. Querría que supiera que he renunciado a aceptar sus pies, y que hace tiempo que evito mirarlos, aunque cuando nos acostemos busque reconfortarme con su contacto.
            Quiero que sepa que es mi amiga, mi compañera, seguramente la persona más importante en mi vida, seguramente la que más me dolería perder, y que no hay día en que no la eche de menos, a veces cuando estoy solo, a veces cuando estamos juntos. Y que, a pesar de eso, hago el amor con ella porque no tengo con quién hacerlo; porque no puedo hacerlo con ninguna de las innumerables mujeres a las que deseo cada día. Me gustaría decirle que pienso en ellas cuando lo hacemos, incluso a veces cuando simplemente la abrazo, porque me tortura la idea de que se me escapen un día tras otro y el único consuelo que encuentro es la confusión que me permite el cerrar los ojos.
            Querría decirle que cada día soy más consciente de todo este silencio, y de su inmortalidad; que cada día crece más este desván donde se guarda todo lo que ella no sabe; este otro yo que ella no conoce y que vive una vida independiente y solitaria, solo conmigo, y que toma conciencia por la noche cuando, abrazados, nos quedamos en silencio.         
             Entonces ella me mira, escruta mi expresión buscando entender, porque sabe que hay algo. En cierta ocasión, hace ya tiempo, acarició mi frente, me sonrió y susurró: “¿Qué pasa aquí?” Y después acercó sus labios y la besó. En ese beso sentí que mi personaje oculto y ella se tocaban, que se miraban también, y que también se sonreían con respeto y con afecto. Y sé que ella lo sintió.
            Ahora me está mirando así. Lo ha hecho muchas veces desde entonces. En cada una de ellas ambos han fracasado en su intento de lograr el contacto de aquella noche. Sé que ahora me besará en la frente una vez más, esperando que ese gesto gastado me tranquilice, y que después escucharé esa pregunta que fue, un día, tan liberadora: “¿Qué pasa aquí?”
            Pues que quiero que bailemos. Pero no se puede.

martes, 1 de noviembre de 2011

amor. INTRODUCCIÓN. el guión ciego

No es blasfemo intentar entender el amor. Ni siquiera es ambicioso. Pero al hacerlo nos encontramos con ese obstáculo propio de lo mistérico que consiste en juzgar como un error el deseo mismo de comprender. Es curioso contemplar cómo fracasan en sus investigaciones todos aquellos que creen en la existencia de lo incognoscible. Divierte escuchar al feriante Iker Jiménez decir “nosotros planteamos preguntas, no damos respuestas”. Esa discutible “actitud científica” les viene obligada por la cuenta corriente. Cada respuesta que dieran tendría que ser siempre y sistemáticamente la misma: no hay misterio. Poco duraría la atracción.
El amor utiliza el mismo truco sacerdotal. La única manera de evitar que el Mago de Oz se convierta en anciano con megáfono es no permitir mirar entre bambalinas. Pero aquí, ¿quién es la Iglesia? Una de las fuerzas claves que sustentan esta ocultación es la puesta en ejercicio por la mala conciencia de cada uno generada al realizar cada acto de amor. Los más fervorosos creyentes suelen ser aquellos cuya valoración como individuos éticos saldría peor parada si el amor perdiera la capacidad para legitimar sus acciones pasadas, ya sea por el daño que hicieron, ya por el que se han hecho a sí mismos.
Afirmé en ¡Ni! que la negación irracional no requiere de contraargumentación, y que debe ser valorada como una simple expresión de la voluntad. La negación irracional no juzga, sino que enuncia un deseo, trivial desde el punto de vista de la determinación de la verdad. Independientemente de opiniones sobre si el amor se puede conocer o no, el amor es algo, incluso aunque sea una ficción, pues todos lo utilizamos y todos requerimos de dicho concepto como herramienta para explicar la realidad. Todos señalamos una cosa cuando hablamos de amor. ¿Cuál?
Nuestra cultura social ofrece también respuestas menos cerradas. Conservando siempre la capitulación de partida en la aspiración a conocer de manera eficaz e instrumental, es decir, más allá de lo que puede constituir una opinión vaga, se dice que el amor es un sentimiento. Quienes así lo clasifican convienen en varias características del mismo: Que es, o tiene que ver con, una forma de afecto, que su intensidad es mayor que la de otros afectos, y que tiene un componente de pérdida del juicio. Es la mania griega, la locura de amor, la atracción desestabilizadora que los clásicos valoraron en ocasiones como una enfermedad y que nosotros llamamos también “enamoramiento” para distinguir la fiebre individual de la satisfacción de la misma sobre su objeto, que sería la realización en sí del “amor”.
No quería adelantarme pero… ¿entonces el amor no es un sentimiento? Decimos que lo es aunque, por otro lado, necesitamos rescatarlo de ese significado para designar otra cosa. ¿Y de qué otras teorías disponemos? El resto de las usos coloquiales no lo hacen escapar demasiado a la categoría anterior. Se hablará de emoción, de pasión, de estado de ánimo… Intuida la insuficiencia de esta definición se llegará a hablar de “sentimientos complejos”, “compuestos”, “contradictorios”… Como último recurso para describir dicha complejidad, se utilizarán condiciones de consecuencia: “El amor es un sentimiento que te lleva a aceptar al otro tal y como es”, o, “a dar sin esperar recibir”, o, “a no necesitar nada más”. Hay que decir que estos esfuerzos se alejan cada vez más de cualquier eficacia descriptiva y que, atractivos como principios, son incapaces de diferenciar en lo más mínimo qué es y qué deja de ser “amor”.
Ya sabemos que el amor no parece ser lo que se dice que es, y hemos concluido esto porque el objeto designado amenaza con ir a no encajar en la definición. En la práctica comprobamos que la definición del amor-sentimiento supera un número notable de filtros prácticos. Si alguien nos dice que siente amor, aceptaremos llamar amor a un sentimiento. Si alguien nos dice que un tercero siente amor es posible que desconfiemos y pidamos nuestras propias pruebas en forma, tal vez, de síntomas de un sentimiento: ¿Se muestra obsesionado? ¿Tiene un comportamiento diferente? ¿Tergiversa involuntariamente la realidad en lo que se refiere al objeto de su amor?
Pero si los síntomas son contradictorios, la teoría del sentimiento se tambalea. Se nos da a juzgar el caso de alguien que dice sentir amor, pero no está dispuesto a tener una relación de pareja con la persona amada. O el de alguien más, completamente obsesionado con su pareja que, a la vez, mantiene relaciones sexuales con otros. En ambos casos diremos que no hay amor. Habremos dispuesto de indicios fehacientes de que el sentimiento de enamoramiento existe y, sin embargo, otra categoría de factores ha pesado más: los actos.
Son unos actos concretos los determinantes a la hora de que concluyamos si estamos en presencia de ese ente llamado amor. En la medida en que un sentimiento, simple o complejo, sea suficiente a veces para alcanzar dicha conclusión, podremos hablar de una condición secundaria, o subordinada, o consecuencia de la primera. Pero llegados aquí podemos realizar ya ese giro capital que nos llevará a partir de ahora a hablar del amor en términos chocantes. El amor es un conjunto de actos; amar es realizar una serie de cosas, y todos aceptaremos, para nuestra sorpresa que, en el fondo, nunca hemos llamado amor a nada diferente que a la realización de estos actos.
Sabemos que los actos son varios, y adelantaré que son sucesivos y ordenados, de modo que podemos decir que no se trata sólo de un conjunto informe de actos, sino de una estructura organizada de los mismos: un guión. Un último componente, cuya explicación también ampliaré más adelante, nos permitirá llegar a la definición completa. El individuo que, por realizar los actos del amor, ama, ignora a qué actos se verá obligado tras los que realiza ahora aunque, paradójicamente, éstos sean los mismos para todo el mundo. Así, el amor no es sólo un guión, como lo es El Sueño Eterno, en el que cada actor comprende, estudia y planifica su personaje. El amor es un guión representado a ciegas, del que se nos entrega una secuencia si, y sólo sí, hemos terminado la anterior, cumpliendo ese milagro de la ignorancia que es sorprendernos siempre con lo que ya deberíamos haber esperado.
Dicen que El Sueño Eterno también fue un guión ciego, en el que Chandler y Hawks decidían cada día cómo avanzaría la oscura trama. Tal vez por eso, o tal vez por ser oscura, surgió el amor entre sus protagonistas.


lunes, 24 de octubre de 2011

amor. PRESENTACIÓN. así se hará

             Reflexionar sobre el amor cuando tenemos problemas en nuestras relaciones sentimentales implica, valga la perogrullada, haber decidido que es sobre el amor sobre lo que hay que reflexionar. La mayoría de los esfuerzos intelectuales por mejorar dichas relaciones se abordan desde el análisis de lo que el amor sea, asumiendo con ello que el amor debe ser. Una desafortunada decisión, pues se disponen a revisar el kilométrico tendido eléctrico justo un palmo después del punto en el que el cable está roto. A lo largo de tan duro trabajo la falta de resultados invitará a conformarse parcheando allí donde la instalación esté ya en perfectas condiciones.
             La asunción es como sigue: si tenemos estos problemas es porque no hemos entendido qué es verdaderamente el amor y no hemos actuado en consecuencia. Debemos, por tanto, recuperar su significado, buscar sus fuentes perdidas, determinar mejor la forma de aplicar sus máximas a nuestros problemas, y esperar a que el tiempo haga el resto. En caso de que el tratamiento no funcione revisaremos el diagnóstico y, llegados al extremo de la desesperación, atribuiremos el fracaso a uno de los participantes en la relación por no seguir las prescripciones con disciplina. No cabe otra respuesta. ¿Por qué? Porque el resto es evidente y no admite cambio: cuando dos personas se unen para formar una pareja, lo hacen como consecuencia natural del sentimiento más noble que puede albergar el espíritu humano. La mayor virtud de ese espíritu es la facultad de amar, y ponerla en práctica le lleva a unirse a otros en relación sentimental.
            Si la unión da problemas es que alguno de los dos no ama bien. Si el problema se generaliza entre la mayoría de las parejas, entonces la sociedad ha olvidado qué es el amor, y se hace necesario un libro que lo recuerde. Así que, ¿qué es el amor? Y ahí arranca el ensayista con sus alicates y su cinta aislante, a reforzar empalmes.
            El fraude es ahora más evidente. En cada supuesta investigación sobre el amor se oculta una defensa del amor. Pero, si esto se afirmara abiertamente, se haría necesario argumentar a favor y, con ello, exponer argumentos en contra. Pero el intelectualmente enclenque amor no se puede permitir subir al ring de debate alguno (y, además, ha visto sobradamente lo que le pasa a su camarada, el viejo dios creador, cuando lo hace).
            Una reflexión seria sobre las relaciones debería partir de la verdadera pregunta científica, es decir, aquella que se hace sobre el ser del objeto de reflexión, sin cambiarle el nombre por un supuesto sinónimo. Preocupados por las relaciones, deberíamos preguntarnos qué son éstas. Si la respuesta tuviera la improbable consecuencia de hacer aparecer el amor en algún papel capital, sólo entonces merecería la pena centrar sobre él nuestro análisis. Pero un verdadero análisis sin prejuicio implica la posibilidad de que el resultado haga cambiar la valoración ética del objeto. De pronto, la vacuna no cura. De pronto no sólo no cura: envenena. De pronto el amor no es tan bueno como nos lo pintaban sus redundantes “analistas”.
            A nosotros nos da igual todo esto, porque caminamos en pos de mejorar nuestra vida afectiva y, en la medida en que no miremos atrás, pocas veces nos cruzaremos verdaderamente con el amor. Pero sólo lograremos actuar con sensatez si logramos abstraernos a su seductor espejismo. Entendámoslo, juzguémoslo y convenzámonos, si llega el caso, de que la única solución es declararse abiertamente contra él.
            Así que, ¿qué es el amor?

martes, 11 de octubre de 2011

celos. EPÍLOGO. ¿qué podemos esperar?

             La idea de la ausencia de celos asusta a algunos mediante el fantasma de la imprevisibilidad total. Frente al relativo control que los celos ejercen sobre la pareja, el riesgo de no tenerlos amenaza con algo más que la diversificación de la vida sexual. Si no podemos ser celosos, la estabilidad de la vida afectiva parece tambalearse por completo.
             Que no cunda el pánico. Recordemos nuestras herramientas y apliquémoslas ahora. Estamos, no lo olvidemos, innovando. El vértigo y el vacío formarán parte de nuestra experiencia, así como la creación y, por supuesto, la mejora.
             He afirmado que los celos surgen allí donde el individuo percibe la pérdida o deterioro de la relación de pareja (me referiré en adelante sólo a "relaciones" para no predeterminar el número de individuos que las forman). En no significa nada he explicado la razón por la que el contacto sexual no forma parte, paradójicamente, de la causa primera de los celos. Lo sintetizaré en la siguiente afirmación: los celos están enfocados hacia el sexo fuera de la relación porque éste ha sido identificado como la máxima amenaza para su conservación. Son el ejemplo paradigmático de su causa, pero no la causa en sí.
             Efectivamente, muchas cosas pueden romper una relación, pero sabemos que el inicio de otra mediante la ceremonia inaugural del sexo es una declaración de guerra. Cuando la persona con la que conformamos una relación empieza a tener vida sexual fuera de ésta, nosotros dejamos de ser imprescindibles en el único terreno en el que lo éramos por decreto. A partir de ahora la exclusividad va a desaparecer, y nuestra posición de ventaja se convertirá en una de igualdad. Constituiremos otro término más de la comparación, y ya no será suficiente con existir y ocupar nuestro lugar; ahora deberemos ser mejores. Pero, además, sabemos que ese otro con el que se nos compara acaba de empezar a luchar contra nosotros. Él quiere lo mismo que tenemos, y la superación de la barrera del sexo lo convierte en oponente oficial. Ya no esperará a que estemos en crisis. La moral del amor le da derecho a provocar nuestra crisis. Ya no sólo tenemos que ser mejores que otro; ahora ése otro, a su vez, intenta ser mejor que nosotros. Cuando la otra relación sexual arranca se levanta la espada de Damocles, que deberá abatirse, al menos, sobre uno de los dos contendientes.
             Esa espada es el problema, y no la relación sexual (ni, en realidad, la de ningún otro tipo). Entendámoslo: los celos están más que justificados si aquello que los provoca puede conducir  a la pérdida de algo profundamente querido y relevante. Llamemos a ese efecto “pérdida traumática". Es precisamente en la pareja abierta donde cabe la posibilidad de que la amenaza no se produzca, porque su la teoría dice que las distintas relaciones no son incompatibles.
             Aquél que comienza una nueva relación es el que tiene la sartén por el mango y de quien depende que tenga lugar, o no, una pérdida traumática. Eso es lo que tenemos derecho a esperar cuando disfrutamos de una relación abierta: la ausencia de pérdidas traumáticas. Pero, para construir nuestro entorno afectivo eficazmente, para desarrollar lazos profundos, necesitamos seguridad. La pugna entre seguridad y libertad debe resolverse en la siguiente respuesta unificadora: esperar de los demás aquello que es justo que esperemos.
             La vida es evolutiva, y así deben ser las relaciones. Hagamos lo que hagamos de ella, aquéllas deben quedar como estaban. Con el tiempo se transformarán, claro, por sí mismas o por los cambios de todo tipo que se producen en la vida y que repercuten también en ellas. Pero el afecto debe ser comprometido, y no visceral, porque para que el otro pueda aferrarse a él necesita de su solidez. La variante de relación abierta que propone el poliamor utiliza esta sencilla y acertada máxima: cada relación debe evolucionar por razones internas, y no externas, ella.
             La principal razón externa que hace peligrar una relación es la incompatibilidad que puede plantear la relación nueva. Debe ser norma de hierro no caer en presión alguna que una relación ejerza contra otra. Para que vivamos la libertad con cordialidad es imprescindible respetar el resto de las relaciones y que éstas respeten las nuestras. Confiando en que no perderemos lo que tenemos salvo si se surgen en ello mismo razones para esa pérdida, la libertad del otro dejará de ser una amenaza.
             Los celos estructurales acabarán, y aparecerán como celos legítimos, coyunturales (no estructurales), cuando nos quiten aquello que se nos habían dado con garantías de perdurabilidad. Cuando se beneficie injustamente a otro a nuestra costa tendremos derecho a estar celosos. Cuando se nos quiera convencer de que tenemos lo que no tenemos para sufrir su ausencia en el momento de necesitarlo, nuestros celos serán justos.
             Hablando de relaciones que se presuponen sentimentales-sexuales, el discurso resulta chocante y se nos antoja complicada su aplicación. Pero estamos sobradamente cualificados; somos expertos, en realidad. No hablamos de otro modelo que del que intuitivamente aplicamos con los amigos. ¿Cómo llamamos a alguien que le dice a su amigo: “Nuestra amistad ha terminado porque acabo de empezar otra”? Mal amigo. ¿Y a quien no nos deja tener otros amigos por miedo a que dejemos un día de serlo suyo? Mal amigo, de nuevo, posesivo, envidioso. ¿Qué nos parece que un amigo nos pida ser clasificado entre nuestro grupo de amigos como "el mejor amigo”? Una mezquindad, sin duda, pues la condición de mejor amigo no requiere de clasificación si se produce y se violenta con sospechosos fines si se encasilla en un ranking. ¿Qué actividad tenemos dedicada en exclusiva a un solo amigo, sin posibilidad de cambio o aumento en el número de los mismos? Sólo aquella en la que la exclusividad se produce casualmente, y nunca buscada o conservada por imposición. ¿Qué es un amigo que un día nos considera amigo, y el otro no tan amigo, y el tercero su mejor amigo, y el cuarto nos trata como si no nos conociera? Un caprichoso, un adulador de conveniencia, un no-amigo. ¿Y aquél que, tras meses de evolución, se sorprende un día porque nuestro trato con él no es tan rico como tiempo atrás? Un amigo impermeable a la comunicación, que no se preocupó por la relación hasta que se vio perjudicado por sus cambios; un acomodado.
             Todos llevamos haciendo esto nuestra vida entera, los buenos amigos, bien, los malos amigos, mal, siempre reconociendo el trauma injustificado como la traición a la amistad, y la posesividad como la antiamistad, la utilización del amigo para paliar nuestros temores con el precio de su libertad, de su crecimiento, de su vida.  Simplemente, sigamos haciéndolo.