miércoles, 15 de julio de 2020

aliados


A estas alturas ya hay bagaje para valorar si nos va bien con el término “aliado”. Y parece que nos va mal.

Una vez agotada su novedad la comparación con el clásico “feminista” no parece arrojar grandes ventajas. Por un lado sí, evita el borrado de las mujeres y la usurpación. Por otro suena tan adulador y a la vez autoelogioso, tan mezquino en definitiva, que parece justo el término que elegiría un infiltrado.

El término “aliado” tiene dos graves defectos fundamentales con respecto a “feminista”, aplicado este a un varón. El primero es que designa una conducta. El feminismo es muchas cosas, unas teóricas y otras prácticas. Quien es feminista, que nunca lo es ni deja de serlo del todo, dado que todxs nos movemos en una franja de niveles de igualdad correspondiente a nuestro contexto histórico y cultural, puede serlo de manera combinada, teórica y práctica, pero también puede serlo de manera descompensada. Eso es propio de cualquier ideología que vaya acompañada de un movimiento social o incluso de la que, simplemente, pueda derivarse una práctica.

Si decimos que X es marxista no estamos concretando en qué sentido lo es. X puede ser experta en marxismo, o puede llevar una vida que Marx aprobaría, o puede, simplemente, autodesignarse así. X puede ser, incluso, burguesa, es decir, enemiga de clase del marxismo. En tanto que no concretemos en qué sentido es marxista la categorización no tiene por qué ser incorrecta. Esa incertidumbre debe ser asumida en su uso. Es una limitación en el término que sirve para disponer de su generalización. Si ser marxista fuera una cosa muy concreta todos los sujetos que quedaran fuera caerían bajo la categoría “no marxista” de un modo indiferenciado que aumentaría la confusión. Para que “marxista” nos dé más información debemos seguir preguntándole y añadiéndole nuevos términos.

Sin embargo, cuando decimos que Paco es aliado hemos concretado mucho más. Paco no está necesariamente de acuerdo con la teoría, aunque seguramente se lo atribuyamos. Lo que sabemos con certeza es que Paco ha sellado una alianza, es decir, que está fiablemente comprometido con llevar a cabo conductas coherentes con los postulados feministas.

“Aliado” es, por lo tanto, una categoría práctica y, por lo tanto, moral. Nada en contra de las categorías morales, salvo, lógicamente, cuando son a priori. Si Paco dijera de sí mismo que es generoso, prudente o sincero lo único que sabríamos de Paco es que es alguien que exige de nosotrxs una confianza que le beneficia. Paco pide que se le atribuya, a priori, la categoría “bueno”. Paco es, al menos en este sentido, malo.

La autodesignación “aliado” es de esta naturaleza. Es, por lo tanto, no un paso menos, si un paso más que la autodesignación “feminista”. El feminista puede reducir su feminismo a una admiración intelectual. El aliado va más allá: hace cosas. ¿Qué cosas? No lo sabemos, pero en tanto que las hace, ya merece más compensación que el feminista.

El segundo defecto se deriva del primero; se trata de la falsa modestia. Un aliado no solo se autodesigna como sujeto activo en el movimiento feminista, sino que con ello efectúa también un supuesto gesto de humildad que lo proyecta a una categoría superior a la del hombre feminista. Ese menos-es-más no tiene, además, contraprestaciones. Fuera del feminismo lo mismo da ser feminista que aliado. Dentro, un aliado es superior. ¿A cambio de qué? De nada; de la autodesignación misma. Es esa autodesignación, y ninguna otra cosa la que, a la postre, es valorada como el acto feminista que lo legitima: “Aunque no haga nada más ya ha hecho algo: ha dado un paso atrás.” ¿Lo ha dado? No lo sabemos, pero en tanto que se trata de una categoría práctica, es decir, que designa una práctica, debemos entender que lo da realmente, que lo ha dado, que suele darlo, que lo está dando ahora, lo parezca o no.

Aún hay un tercer problema con la designación “aliado”. No me extenderé sobre él por razones de espacio y por conservar la fuerza persuasiva del texto. Lo dejaré solo enunciado con vistas, o no, a ulteriores desarrollos: distinguir feminista de aliado tiene como consecuencia la subjetivización de la teoría feminista, dado que establece sujetos de enunciación privilegiados cuyas posiciones prevalecen sobre la fuerza de los argumentos. Frente a la tendencia naturalmente democrática de la racionalidad recogida en la frase “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”, la categorización entre sujetos que teorizan tiene como consecuencia no que unos reciben prioridad con respecto a otros (esto sería lo de menos) sino que cualquier idea puede escudarse en la categoría del sujeto que la enuncia, o quedar indefensa ante el que no lo hace. Pero mantengamos el foco en las dos críticas previas.

Lo que se ganaba con el término era, como decía al principio, evitar la usurpación en el feminismo; evitar confundir tanto al sujeto del feminismo (las feministas) como al objeto (las mujeres). El feminismo no debe ser ni de los feministas ni para los feministas. Una vez que son llamados “aliados” el peligro se disipa.

No creo que sea así. ¿Un feminista sustrae, conserva, en la práctica, más privilegios que un aliado? Con respecto al uso de la palabra entiendo que la autodesignación es indiferente, dado que se trata de distinguir a hombres de mujeres, y la socialización de género hace que para ello no se requiera terminología alguna. Un hombre feminista, en tanto que tal, no posee grandes ventajas sobre un aliado a la hora de acaparar la palabra. Si hablamos de otro tipo de interacciones, es notorio que el aliado se ha ganado, gracias a su “humilde gesto del paso atrás”, un salvoconducto, convirtiéndose en el hombre deconstruido, inocuo y seguro, de referencia.

En mi opinión “hombre feminista” es una designación (para las ocasiones en las que esta es necesaria, que son muy, muy pocas) más que suficiente, como lo es la de “marxista burgués”, siempre que se lleve hasta las últimas consecuencias y se deje atrás la traicionera tendencia a entenderlo como un oxímoron asumiendo que, “dado que un hombre no puede ser feminista, si es feminista será que no es hombre”. Nada debe asombrarnos de que los conflictos generen tránsfugas, pero un tránsfuga ni está del todo en un lado ni lo está del todo en el otro; el segundo transfuguismo siempre será más fácil que el primero. Ser hombre, ya se sea feminista, pelirrojo o en cuclillas, significa pertenecer al sujeto opresor del patriarcado, y la estructura opresora tendrá grandes beneficios que reportarle y estará ahí para tentarlo siempre. Un hombre feminista es un hombre, y debe llevar a todas horas y en todas partes su designación completa. Esa que se ha apocopado, con tan inquietantes consecuencias, en “aliado”.



1 comentario:

Unknown dijo...

Genial Israel 👍👏👏👏