martes, 26 de diciembre de 2017

agamia y anarquía relacional. una comparativa


Vista la frecuencia con la que aparece por todas partes la pregunta por la diferencia entre agamia y anarquía relacional se diría que se trata de un verdadero tema de debate.

La realidad es que no lo es en absoluto.

La razón por la que ambos modelos tienden en alguna medida a confundirse es sólo que se trata de los dos que, de entre los conocidos, son los más avanzados en el sentido emancipatorio.

En alguna ocasión me han preguntado, sin embargo, por la diferencia entre agamia y poliamor. Cuando ha sido así no ha fallado jamás que el cambio de pareja comparativa fuera la consecuencia de desconocer la anarquía relacional. Y no me cabe duda de que las personas ar se encuentran, y se encontraban antes de la aparición de la agamia, con la pregunta constante sobre la diferencia entre ar y poliamor.

Ciertas personas me han llegado a cuestionar la diferencia entre agamia y monogamia, y para ello han expuesto las similitudes entre la agamia y la monogamia liberalizada que ellxs practicaban. Evidentemente se trataba de gente que no conocía otras no monogamias por su nombre. El otro clásico es el del swinger, cuyo mundo se divide entre lo swinger y lo no swinger, y que te dice que él, dado que es swinger, ya es ágamo.

Para todas estas opiniones el extremo emancipatorio ya está ocupado, y dado que no echan de menos, o no reconocen echar de menos, nada en él, niegan la posibilidad de un modelo capaz de llegar más lejos que el suyo.

Por lo tanto es sólo el efecto de contigüidad lo que genera un cierto espejismo de confusión. Los contornos entre los elementos que se encuentran en el extremo del continuo empiezan a difuminarse a medida que nos alejamos. Pero en cuanto nos aproximamos un poco las diferencias aparecen con esplendorosa nitidez. O al menos eso es lo que ocurre cuando comparamos agamia y anarquía relacional.

Decir en qué se diferencian estos dos modelos es imposible en un post. No, por supuesto, porque haga falta profundizar en sutilezas para localizar esa diferencia, sino porque observamos diferencias absolutamente en todo, y para pasar por todo hace falta, como en el famoso mapa borgiano que pretendía ser completo, una extensión idéntica a la del espacio que se cartografía. El 99% de los textos de este blog no tienen cabida en la ar.

Pero intentemos encontrar algunos ejes principales.
Podríamos comparar agamia y ar desde una perspectiva, digamos, material, es decir, atendiendo a la literatura existente sobre ambos temas. Se trata de una comparación incómoda, porque mientras que la agamia tiene un espacio definido de desarrollo paulatino que aspira a ser sistemático, y al que cualquiera puede remitirse, la ar quedó, por decirlo de algún modo, anclada a su manifiesto, como una mariposa clavada con un alfiler. Los pocos esfuerzos serios que se han realizado para desarrollar aquellos 9 puntos apenas han hecho otra cosa que aletear en torno a ellos, teniendo que conformarse con describir en qué estaba consistiendo la vida relacional de las personas que se denominaban anarquistas relacionales a sí mismas.

Tenemos que decir, por tanto, que mientras que la agamia es una propuesta, la ar es un “sentir”, una “manera de entender” la propia ar que queda validada a priori por la ausencia de elaboración teórica. Una constatación que no puede confirmarse ni refutarse. Si la monogamia se definiera a sí misma como ar pocos argumentos habría para contradecirla.

Entendido entonces que comparamos un discurso con una idea vaga, o con una práctica difusa, pasemos a lo que podríamos denominar comparación “en la forma”.

La agamia es el rechazo al gamos. La ar no es el rechazo al gamos sino la relativización de su importancia. Una persona ar, por definición (es decir, por contenido expreso en aquellos 9 puntos), da la misma importancia a sus relaciones gámicas que a aquellas que no lo son. Una persona ágama no tiene relaciones gámicas, porque considera que el gamos es una institución opresiva y patriarcal.

Es, exactamente, la misma diferencia existente entre ateísmo y agnosticismo. Donde el ateísmo rechaza y condena, el agnosticismo se lava las manos apelando a la imposibilidad demostrativa, a las limitaciones de la mente humana o, directamente, a la más rastrera de las equidistancias. A día de hoy nadie diría que ambas posiciones son la misma. También es fácil intuir cuál es la más cómoda.

El paralelismo religioso sirve también para exponer una diferencia mucho más espectacular: el tratamiento del amor. Si la ar puede presumir de ser el primer modelo relacional en cuestionar la prevalencia del gamos, no puede decirse, sin embargo, que aporte ningún tipo de novedad con respecto al amor, más allá de apuntarse a la crítica al amor romántico. Para la agamia, sin embargo, el amor es el libro de instrucciones del gamos, y no hay forma de escapar de éste si no se tira aquél a la basura. El rechazo radical del gamos implica el rechazo también radical del amor. Donde, no sólo la ar, sino las no monogamias al completo, despliegan su infantilizante y culpabilizado culto a un amor que lxs señala como pecadores de no monogamia, la agamia subordina los afectos a la justicia de los afectos. La voz del Amor Dios Padre y su mandato de obediencia son completamente desoídas por la agamia. Las personas ágamas son las primeras, por increíble que parezca a estas alturas de la película no monógama, que se declaran responsables de sus afectos y que entienden al amor como una simpe embriaguez afectiva.

La lista podría seguir interminablemente. Y en cada cuestión descubriríamos una diferencia similar: allí donde la agamia se pronuncia, la ar dice que ni blanco ni negro, que ni tanto ni tan calvo, que no hay que ser extremistas. Y cuando ambos discursos se encuentran, como imaginaréis, aparece la acusación de totalitarismo: la agamia es totalitaria porque afirma; la ar es inclusiva, porque no rechaza. Y es en esta característica donde creo que reside la diferencia de espíritu o, por seguir con el paradigma aristotélico, de finalidad, entre ambos modelos.

Poco espacio me queda ya para desarrollar la cuestión, de modo que daré sólo unas pocas claves en la confianza de que sirvan para identificar los ámbitos ideológicos a los que quiero referirme.

Sabemos de la íntima y peligrosa relación entre la inclusividad de las personas y la inclusividad de las conductas, es decir, entre la idea de que todo el mundo tiene que tener un lugar y que todos los deseos tienen que poder realizarse. Sabemos cómo pisa la izquierda esa trampa, sin querer o a conciencia, todos los días, en todas partes. Y sabemos que la mayoría de las veces que rascamos el concepto “inclusividad”, o “tolerancia”, o “diversidad”, no encontramos que tengan que ver con las personas, sino con los deseos y el mercado, es decir, con el neoliberalismo.

La ar está atravesada de punta a punta por este problema, y su incapacidad para pronunciarse jamás por nada es la consecuencia de ser el modelo de quienes no quieren pronunciarse, de quienes quieren dejarlo todo en el aire, de quienes quieren, en última instancia, apelar al derecho a la incoherencia para legitimar así su propio deseo.

Es, por lo tanto, el modelo liberal (y feminista liberal allí donde se declara feminista), y es, por lo tanto, el que parte del deseo y construye su ética bajo el yugo de ese deseo. Es un modelo incapaz de plantearse, por poner un ejemplo, que el problema no es que exista una belleza normativa, sino que exista una cultura del deseo de lo bello que generará siempre ganadorxs y perdedorxs y, a través de ellxs, normatividad. Y no puede hacerlo porque necesitaría enfrentarse con la tiranía del deseo y el deseo, nos dice el neoliberalismo, es tu esencia, tu yo más profundo y verdadero, aquello que te da sentido y debes perseguir por encima de todo.

Es incapaz de enfrentarse a una estructura relacional opresiva como es la lógica del valor sociosexual, porque éste dice que desear arbitrariamente a unas personas y repudiar a otras es poner a unas personas arbitrariamente por encima de otras, pero al ser el deseo quien habla nada se puede replicar.

Es incapaz de resolver el conflicto de los celos, porque éstos son la expresión de un deseo que, aunque se enfrenta a los principios de la anarquía relacional, debe prevalecer sobre ellos en tanto que deseo incuestionable.

Y es incapaz, por supuesto, de concebir la idea de un sexo sin objeto, ya que el deseo primigenio, como ya afirmara Hegel, es someter al otro, cosificarlo, convertirlo en tu esclavo para que sea fuente de satisfacción propia. Y dado que el gamos logra ese sometimiento a través del sexo tal y como hoy lo entendemos, éste debe permanecer intacto y objetualizante, pues es la realización por antonomasia de nuestro deseo más anhelado.

Vemos así que comparando agamia y ar desde su finalidad podríamos decir que si la ar es uno de las propuestas que nos animan a la transición de un modelo patriarcal dominado por los hombres a uno neoliberal dominado por el deseo, la agamia propone que el dominio recaiga sobre las manos de los sujetos conscientes, emancipando con ello su capacidad para hacer un uso verdaderamente justo de las relaciones.

E instigándoles, además, a ese uso.

Por completar la comparación podríamos preguntarnos por la causa eficiente: el quién. ¿De qué sujetos individuales o colectivos parten ambos modelos y qué relación tienen con su desarrollo, contenido y finalidad? Bueno, echad un vistazo por ahí, preguntad a quienes los representan o se identifican con ellos, contrastad sus discursos, y decidme, si os apetece, si me he equivocado.




martes, 19 de diciembre de 2017

género, orientación, deseo... sepultadxs por la performatividad gámica


Que el gamos es siempre performativo, por más que se reivindique artesano, parece, por lo tanto, bastante claro.

Lo es mucho más si echamos un vistazo al marco conceptual en el que se mueve. Descubriremos, espero que con horror, que la performatividad está por todas partes. El gamos no sólo es performativo, sino que contagia su performatividad a todo su entorno, estableciendo un gran espacio de búsqueda de coherencia a posteriori; de conductas que, como Sancho a Don Quijote, siguen, remolona pero obedientemente, el dictado de su normatividad propia.

Así, sabemos que la identidad de género es performativa, y que “la mujer no nace, sino que se hace”. Se hace, obviamente, tras la interiorización del mandato exógeno de que quien es designada mujer debe construirse como mujer. Pero las nuevas identidades, ésas que supuestamente se eligen libremente, son siempre, también, performativas. Salir del armario es algo más que hacer pública una identidad. También es comprometerse con su representación. Quien ha escapado de la identidad no deseada abraza la deseada como un refugio que debe cuidar y del que aprenderá formas. Cuando los conceptos identitarios se microfragmentan, cada uno de esos fragmentos pugna por construir una identidad performable, esto es, suficientemente completa como para reivindicarse como específica. Para que la identidad sea tal es necesario que su aparatosidad obligue a entregarle las riendas. Lo que se es nunca es mera descripción, sino siempre adscripción.

El ideal de las nuevas identidades es el absurdo de las colectividades unipersonales. Que cada sujeto pueda tener una identidad coincidente con su conducta y, además, el reconocimiento inclusivo en una comunidad que no puede existir porque estaría formada por individuos con otras identidades. Todo podrá ser modificable, menos el hecho mismo de poseer una identidad que satisfaga mi melancolía de género; mi deseo de ser aceptado por la norma de género exógena y hegemónica. Necesito ser algo definido desde fuera y, a la vez, que coincida conmigo. “Cuando comprendí que era x sentí un gran alivio”. La descripción de la conducta no era suficiente. Esa descripción tiene que encajar con una realidad supraindividual de algún tipo. Nos reímos, a veces, porque alguien se atribuye una identidad descabellada, como “pez martillo”, y después actúa en consecuencia. Pero no está haciendo nada que no hagamos nosotrxs con la nuestra, menos descabellada, pero igual de postiza. Uno de los extremos de la paradoja performativa identitaria aparece en el llamado “género fluido”: personas que fluyen entre identidades pero que no pueden dejar de fluir porque entonces perderían su pertenencia.
Un síntoma de esta performatividad es su coherencia general con la orientación sexual, ambas mutuamente implicadas y, por lo tanto, performadas. Ésta, por otro lado, no es más que otra performatividad. Lo que deseo debe tener una norma que apunte a otra identidad performada (de género, de orientación, etc…), y mi conducta fuera de la norma me deja sin orientación ni pertenencia. Allí donde mi deseo no coincide no puede realizarse, o desearse, en paz, sino como cuestionamiento de mi coherencia, de mi acierto, de mi lógica interna. Debo, siempre, disfrazarme de mi deseo, para convertirlo en un lugar enunciable. Debo poder decir qué me gusta, hacerlo a través de categorías generales y mostrarme creíble con respecto a esos gustos, para ser aceptadx en el lugar específico, quizás inexistente, donde esos deseos se satisfacen. Y esas categorías encajarán con una identidad de género que tendrá, además, su propia lógica de pareja. Debo hacer que mi deseo coincida con mi orientación enunciada para poder ser entendido desde una determinada identidad y ser aceptado como pareja potencial, pues ésta es la expresión máxima de la inclusión: si logro que mi orientación se realice sobre una pareja, entonces estará suficientemente performada.

De mi orientación sexual forma parte mi grado de deseo, cada vez más entendido como un parámetro aparte, un nuevo eje performativo, una nueva dimensión con respecto a la que debo establecer mi coordenada para disfrutar de la ilusión de que seré localizable. Mi lugar entre los polos asexualidad-alosexualidad tendrá un nombre mágico, capaz de generar identificación y realidad. Diré qué soy y después lo seré, en la confianza de que la categoría, por sus virtudes categoriales, elimine las diferencias generadas por la imprecisión de mi apuesta.

¿Hablamos del romanticismo como performatividad? Para qué seguir. Todo debe ser subordinado a conceptos performativos, porque todo debe tener un resorte que lo acerque automática, performativamente, al gamos, que es la performatividad por excelencia y de la que dimanan todas las otras. El encaje de características genera un porcentaje de afinidad. Un determinado porcentaje de afinidad es un match, lo que las aplicaciones para ligar llaman una “potencial pareja”. La potencia no es aún el acto, pero define al acto posible. Ser una pareja potencial es tener la posibilidad de ser eso, pero no otra cosa.

El gamos, por cierto, se rodea de performatividad también para concluir. La ruptura del gamos es, de nuevo, algo que se dice y después se hace. Cuando las personas que forman una pareja separan o alejan sus residencias hay cosas que dejan de poder hacer. Cuando una pareja deja de serlo puede seguir haciendo prácticamente cualquier cosa que antes hacía, pero debe dejar de hacerlas. Su no gamos también debe ser performado. La finalidad, por supuesto, es que un nuevo gamos pueda volver a formarse.

¿Y qué hay de los modelos relacionales? ¿Son también performativos? ¿Y la agamia, entonces? ¿Es algo así como otra pauta ciega que arrastra a la coherencia gratuita y a declararse fuera o dentro? Cabría pensarlo. Veamos.

Todavía encontramos actitudes militantes en las no monogamias. Todavía hay quien dice, como hace no tanto era habitual, que el poliamor es mejor que la monogamia porque resuelve el problema de la infidelidad. Desde esta perspectiva, el poliamor adquiere carácter de deber. Pero no de deber inconsciente e impuesto, como la performatividad gámica, sino de deber moral, determinado por el juicio y asumido por la voluntad consciente.

Cada día más, sin embargo, el discurso oficial de la no monogamia es “todos los modelos relacionales son igual de válidos” (y se usa este término espantoso, “válido”, que generaliza la validez, igualando los ámbitos éticos y no éticos). La necesidad de no competir entre modelos (o de no cuestionar la hegemonía del poliamor) así como la de no amenazar directamente a la monogamia para que ésta te conceda espacios visibles, ha producido este discurso del entendimiento universal entre modelos. Y, con él, la asimilación a la performatividad. El deber vuelve a ser sólo deber de pertenencia, de identidad representada. Cualquier modelo está igualmente bien, pero yo debo determinar a cuál pertenezco para ser identificable por quienes pueden convertirse en mi pareja. Es necesario que la gente me vea y me identifique como representante legítimo de un modelo, de modo que puedan realizar su pertenencia a dicho modelo sobre mí.

Todos los modelos son igualmente válidos, pero a la vez yo defiendo con uñas y dientes que debo pertenecer al mío, desde la moral arbitraria en la que educa la afición deportiva: Barcelona contra Madrid, hasta la última sangre y, a la vez, tan amigxs. “El deporte es bueno porque une”, y lo hace mediante la separación. Une, por lo tanto, en la enemistad. Todxs se reconocen mutuamente en la que es su única condición sustancial: la identidad incompatible.

Hoy ya no se es poliamorosx. Hoy se dice “estoy poliamorosx”. Pero el reconocimiento de que no se es carece de importancia. Lo verdaderamente relevante es señalar el lugar de la identidad, preservando en él el derecho a la incoherencia. La sucesividad de espacios identitarios es, por supuesto, el resultado de la expansión del espíritu de la monogamia secuencial. Cada identidad debe ser vivida como eterna mientras dure. Del mismo modo que el amor. La ética queda fuera de la partida. Las relaciones personales no son su tablero. El nuevo espacio identitario aspira a incluirlo todo, menos la ética.

La agamia, sin embargo, no sólo no se ha bajado jamás del carro de definirse a partir de principios éticos, sino que se podría decir que es una ética de las relaciones. La polémica generada por el vídeo “Prejuicios en la no monogamia (I): ningúnmodelo relacional es mejor que otro”, lo pone de manifiesto. La tesis del vídeo era muy poco ambiciosa. No se decía en él que la agamia fuera mejor que otros modelos. Se intuía, claro, pero parece absurdo esperar que mi opinión fuera otra. En el vídeo sólo se defendía el derecho a comparar modelos. Nada más. La idea de que los modelos pueden ser comparados y situados en una escala ética donde unos ocuparan posiciones superiores o inferiores que otros. Por supuesto fue considerado anatema y, por supuesto, poco se dijo para rebatir sus evidentes y sencillísimos argumentos.

La incompatibilidad de la agamia con el resto de los modelos, incluida, por encima de cualquiera de ellos, la monogamia, no es, por lo tanto, identitaria, sino ética. Esto revierte en que su adscripción no es performativa, sino militante. Declararse ágamx no implica correr tras los requisitos caprichosos de una identidad para ser señalado como un estereotipo de la misma, sino considerarse afín a una determinados principios relacionales éticamente fundamentados y aspirar a llevarlos a la práctica de la manera más completa posible. Ser ágamx es, en ese sentido, una declaración intencional. Al contrario que la elección de cualquier identidad, orientación o modelo gámico, que aspira a demostrarse a sí misma como descubrimiento de una naturaleza propia que marcará destino, ser ágamx es un acto de auténtica libertad.



martes, 12 de diciembre de 2017

la ciudad de las mujeres.


...así que las mujeres decidieron relacionarse entre ellas. y se fueron.

entonces los hombres las despreciaron, les dijeron que ya los echarían de menos. que ya volverían.
pero pasaba el tiempo, y ellas no volvían.

entonces los hombres buscaron a las pocas mujeres que quedaron con ellos.

pero eran pocas. y sólo los más poderosos las conseguían, y esto a cambio de mucho poder. y ellas utilizaban el poder para someterlos.

entonces muchos hombres decidieron relacionarse entre ellos.

pero cuando lo hacían eran sometidos por sus propios compañeros, o por los hombres que los veían, o por su sensación de fracaso.

entonces muchos hombres, sometidos por algunas mujeres, o por los hombres más fuertes, o por su propia conciencia, escaparon en busca del lugar donde las mujeres vivían y de donde no esperaban ya verlas volver.

pero no lo encontraron.

las llamaron.

pero ellas no contestaron.

miraron por todas partes.

pero sólo había arena.



entonces los hombres que habían escapado volvieron.

pero al hacerlo fueron rechazados por los otros hombres, y también por las mujeres que los dominaban. Y fueron llamados “mujeres”.

“¡las mujeres han vuelto!”, dijeron. y los aceptaron a cambio de darles ese nombre.

entonces los hombres a los que llamaban mujeres intentaron recuperar su hombría. primero pidieron dejar de ser llamados mujeres. después pidieron dejar de servir a los hombres. después pidieron dejar de ser asesinados.

pero los hombres los asesinaban, y los esclavizaban, y los llamaban “mujeres”.

y esto pasó durante mucho tiempo.

…así que, un día, los hombres que eran llamados “mujeres”, y que nadie recordaba que habían sido hombres, se fueron.

salvo algunos, que se quedaron, porque querían llegar a reyes.


martes, 5 de diciembre de 2017

el laboratorio erótico de Sofía: ¿UN CAFÉ EN MI CASA?


Sofía me ha propuesto tomar un café.

-Claro –digo. -¿Cuándo? ¿Dónde?

-¿Te apetece conocer mi casa?

Dos frases y ya ha empezado el hormigueo. ¿Qué significa “conocer mi casa”? ¿Qué está tramando? ¿Qué ha tramado? Y, ¿qué sentido tiene resistirse?

-Vale –contesto. Respondo con brevedad para poder sonar natural. Antes de dejar el móvil ya sé que habría sido mejor manifestar abiertamente mi estado de ánimo. He disimulado lo indisimulable, y al hacerlo he hecho el ridículo. El primero. Veremos de cuántos.

No tengo, por supuesto, ni la más remota idea sobre lo que va a suceder. Es, efectivamente, la primera vez que voy a su casa, y me pregunto si eso significa que por fin “toca”. No sé si vamos a tener una relación erótica, si me va a someter a uno de sus experimentos o si se tratará de alguna mezcla de ambas cosas. En cualquier caso me parece una situación de alto riesgo sexual, de modo que decido prepararme. Es sólo por si acaso. Por no estropear la oportunidad si se presenta.

Sofía me convoca a las 5 del viernes. “¿Quieres que lleve algo?” –le escribo. “No es necesario. Yo sí tendré algo para ti.”

Estar preparado para lo que pueda suceder, pero que esa preparación no resulte demasiado evidente.

Como en tantas otras ocasiones, con tantas otras personas, tengo la sensación de que se juega con mi deseo, y de que se me obliga a realizar un trabajo que puede servir de algo o no servir de nada, sin consideración hacia ese esfuerzo. Preferiría, y en realidad lo esperaría de Sofía, que, si no va a expresar con claridad lo que quiere de mí, al menos haga una insinuación que yo pueda entender. Algo como “no hace falta que te afeites”.

Me resigno a realizar los aseos y arreglos propios de cualquier salida de viernes, sin saber si volveré pronto o tarde, si tiene sentido o no pensar en un verdadero plan de viernes para después o si éste ya es más de lo que puedo manejar. Esa resignación incluye dedicarme a una cuidadosa selección de toda mi indumentaria exterior y, claro está, interior. El momento de elegir calzoncillos es especialmente ridículo. Me produce pavor la idea de tener que desnudarme delante de Sofía y parecer un hortera. Y me resulta humillante preguntarme cómo debo elegir una ropa que no verá nadie jamás. Acabo, por supuesto, escogiendo los que más me gustan, los que más seguro me hacen sentir. Ésos serán los que desperdicie, y de los que ya no disponga, si tengo que volver a arreglarme después.

Cuando salgo a la calle aún no he decidido, tampoco, si debo o no debo llevar algo, ni el qué. En el éxtasis de mi desubicación, decido comprar pastas.

Llego puntual, sin saber si me espera una tertulia de filósofxs, una orgía, o las dos cosas. Ella me abre la puerta y enseguida me doy cuenta de que no hay nadie más. Como es evidente que mis primeros movimientos son inseguros, tiene la amabilidad de desplazar la atención hacia lo que aporto al encuentro.

-¿Qué has traído?

-Pastas.

-Perfecto. Dámelas.

Me siento en su sofá mientras desaparece para reaparecer inmediatamente con el café. Acto seguido vuelve a la cocina y regresa con dos bandejas de pastas. Sólo reconozco una, pero la otra es casi idéntica. Las pone sobre la mesa. En total debe de haber unas 80 pastas para dos personas. Sin embargo, no hace ninguna referencia. Me parece propio de ella no dar opción a que se alivie la incomodidad. Dejar que aquello haga su trabajo. Que duela.
Durante alrededor de una hora charlamos actualizando recíprocamente información y pasando espontáneamente por temas diversos. Nada que, ni por asomo, haga pensar que estamos en una situación más íntima de lo habitual o que, quizás, incluso, se trate de algo así como de una cita sexual. Pero con Sofía eso no tiene importancia. Sé que en cualquier momento todo puede cambiar. Estoy expectante y, lo reconozco, esa expectación repercute en una cierta falta de fluidez.

-¡Bueno! –exclama, por fin. –No te entretengo más.

No termino de tener claro si me está pidiendo que me vaya.

-No tengo prisa.

-Yo un poco sí, ya sabes: La vida.

-¿La vida? ¿El estrés, quieres decir? ¿Tienes mucho trabajo?

-No. La vida. La vida misma. –aclara, si es que eso es aclarar algo, mientras se incorpora y avanza hacia la puerta.

Estoy tan sorprendido que obedezco como un autómata: Apenas me he dado cuenta y ya estoy con un pie en el descansillo. “Por cierto, gracias por las pastas”, me dice, mientras pone en mi mano una bolsa de papel con algo envuelto dentro.

Hasta que me encuentro en el vagón del metro no empiezo a salir de mi perplejidad. Realizo entonces los primeros esfuerzos por entender qué ha pasado. Rastreo la cita buscando los elementos extraños que me sirvan de clave, pero hoy todo está vacío. He tomado un café en casa de Sofía como podía haberlo tomado en casa de cualquiera. Siento por eso mismo que, esta vez, el juego se ha llevado demasiado lejos. Entiendo que nadie tiene la responsabilidad de satisfacer mis expectativas sexuales. Pero no sé si es tan legítimo que la única justificación para provocarlas sea el disfrutar de ver cómo se frustran. Otros días he comprendido que me proponía una experiencia interesante. Pero no veo qué saco yo de lo que ha pasado hoy. No veo el sentido y, lamentablemente, no veo el respeto. Como una caricatura de mi propia indignación, o como una burla que parece llegar directamente desde Sofía, me vienen a la cabeza mis calzoncillos seleccionados y desperdiciados. “¡Qué guapo vas!” me digo, con toda la crueldad que logro reunir.

Quiero pedirle explicaciones. Me parece extraño haber tenido que llegar a este extremo con Sofía, pero mi deseo de hacerle responsable es más fuerte que mi extrañeza.
Me decido a escribirle:

-¿Por qué me manipulas?

Veo que está en línea e, inmediatamente, me invade la sensación de haber pisado un cepo.

-¿Manipular?

-¿No crees que manipulas mis expectativas de tener relaciones sexuales contigo?

-No te entiendo. Continúa.

-Siempre nos vemos en la calle. Esta vez me invitas a tu casa, pero no comprendo para qué. ¿Tan extraño es que yo conciba una esperanza a partir de ese cambio? Le he dado mil vueltas a lo que podía pasar, he venido preparado para mil porsiacasos, ¿qué utilidad tenía ese esfuerzo? ¿Comprobar tu poder? A eso llamo “manipulación”. A que me trates como si fuera un trozo de barro. Si voy a ser un trozo de barro, al menos haz algo conmigo. No digo que tengas relaciones sexuales. Cuando te has burlado de mí me has ayudado a crecer. Pero, ¿para qué hemos quedado hoy? ¿Te aburrías?

-Ya veo a qué llamas “manipular”.

-¡Me alegro! ¿Y te parece bien que…

-Llamas “manipular” a que no te manipule.

-…?

-Te he preguntado si te apetecía conocer mi casa.

-¿Y?

-¿Qué es lo que más te ha gustado de ella?

-

-:D

-Enhorabuena. Acabas de darme otra lección. Gracias. Haces bien en reírte.

-No me río por eso. Es que me chocaba tu enfado, pero acabo de descubrir qué es lo que lo provoca. Y es gracioso.

-No estoy muy seguro.

-Lo es. Estás enfadado porque piensas que tú has puesto mucho de tu parte y yo no he puesto nada.

-Hay algo de eso. Al menos hoy.

-Haces mal las cuentas.

-¿Por?

-No tienes que calcular lo que has puesto de tu parte, sino lo que has puesto de tu parte para mí.

-¿

-No pienses en cuánto nos hemos sacrificado, piensa en cuánto nos hemos dado. Tú no me has dado nada. No has pensado nada sobre qué podía yo necesitar, sobre qué era adecuado hacer… Y lo que has pensado lo has pensado mal.

-Lo siento.

-No. Está muy bien. Es lo que esperaba. Por eso yo no te he dado nada a ti. Casi. J

¿Sabéis cuando llevas todo el tiempo atento a una fecha importante que no quieres que se te pase por nada del mundo y, de pronto, en tu mente, la repasas, la miras con atención, y comprendes que la estabas leyendo mal, y que esa fecha es ayer? ¿Ese escalofrío? Ese escalofrío.

Vuelvo a mirar el teléfono esperando leer en él mi propio pensamiento. Y ahí está.

-Has salido tan perplejo de mi casa que no se te ha ocurrido mirar dentro de la bolsa. Así que te has enfadado cada vez más, sin nada que lo parase. Gracias por el buen rato. Me refiero, obviamente, a éste.

Me quedo embobado mirando el paquetito. No llego a plantearme abrirlo hasta que todas las especulaciones han terminado por fin de perturbarme. “Sofía ha pensado en mí”, “aquí está lo que ella me da”, “aquí hay algo que ella sabe que deseo, que necesito”, “aquí está ella, para mí, de algún modo sorprendente que Sofía me ha preparado”, “este objeto es justo lo que ella sabe que transformará mi malestar”.

El papel se resiste, como pasa siempre que lo manosea un impaciente. Consigo abrirlo y desplegar el montoncito de tela que encuentro en su interior. Lo sostengo, extendido, ante mis ojos.

Unos calzoncillos.

Bonitos. Todo hay que decirlo. Más bonitos, incluso, que los que llevo puestos.

Y más aún que me lo resultarían si no me estuviera mirando el vagón completo. 
En fin. No tengo de qué quejarme. Ya puedo decir que hoy me han visto los calzancillos. Y además siguen limpios.