sábado, 31 de mayo de 2014

CONTRALOVE FILMS PRESENTA: el "ex" nunca muere

            

             DRÁCULA, DE BRAM STOKER



El final feliz romántico tiene un poder del que  un guión apenas puede escapar. La extinción de la historia sin amor es, en nuestra cultura, una grave condena moral. Identificarnos con un personaje y acabar viendo cómo sucumbe, y nosotros con él, a la desgracia sentimental es, además, veneno para la taquilla, por lo que tiene en sí mismo de desagradable como experiencia narrativa. Sólo un/a espectador/a adultx y profundamente concienciadx del problema que la historia trate está dispuestx a aceptar el desasosiego de verse advertidx, precisamente en su espacio de ocio, de que algunos caminos, no lejanos, conducen a la soledad.

Nos han dicho que somos demasiado tontos como para ir al cine a pensar; que nuestro cerebro no está capacitado para ser sometido al estrés de hacer otra cosa que flotar en una nube de soma durante todo el tiempo que dure nuestro ocio. Nosotrxs, como nos regalaban los sentidos, lo hemos creído. Tenemos la obligación de actuar como si no fuera demasiado tarde, pero eso no garantiza nada.

El caso es que, hoy, rara es la producción que puede permitirse escapar a esta norma autoimpuesta por la industria cinematográfica. Para que toleremos que el personaje que nos acompaña dos horas, y al que a veces incluso dedicamos nuestra sagrada tarde del sábado, va a acabar como nosotrxs no podemos soportar pensar que acabaremos, es necesario que antes hayamos concedido que, encantador/a como es, encarna un vicio que la película nos va a ilustrar en detalle y del que nos va a enseñar a escapar. No le queremos mal, pero entendemos que, en el fondo, lo merecía. Nosotros no seremos como él/ella.

Entonces, ¿qué sentido tiene contar la historia del hombre que, enamorado como dios manda, acaba condenado? Y, ¿cómo es posible que sea un éxito? ¿No es justo ésta la historia que no nos apetece encontrarnos?

Al primer golpe de vista, ni a mí me cae bien Drácula, ni creo que la intención sea que lo haga. Demasiadas cosas responden en él al cliché del villano como para que nos identifiquemos con su desgracia amorosa. Tanto los rasgos físicos (cara angulosa, bigote, mirada extraviada), como los caracterológicos (exaltación, violencia, crueldad), nos presentan al tipo de personaje a quien estamos habituadxs a odiar. Pero su segunda aparición, ya como vampiro, es definitiva. Lejos, lejísimos, de Cristopher Lee, o incluso de Bela Lugosi, Oldman se vuelve, no sólo odioso, sino generosamente repugnante. Esa especie de viejo afeminado, macilento y libidinoso es, seguramente, lo más lejos que Coppola ha sido capaz de llevar al personaje en su deseo por que nos inspire asco y, través del asco, aversión. Se diría que, mientras Reeves se encuentra en su mansión, más que los peligros que se ciernen sobre él, nos preocupan las interminables secreciones a las que parece ir a quedarse pegado.


Por eso tenemos claro que la historia debe favorecer al amor de los personajes vivos, y que el no-muerto debe, tarde o temprano, encontrar la horma de su zapato y sucumbir al final feliz. Lo constatamos, además, con cada uno de sus actos. El asesinato, la promiscuidad, el acoso, son casi el estereotipo del maltratador.

Sin embargo, todos sus movimientos lo aproximan al amor de Mina. Creemos que ella vive un engaño, que despertará cuando descubra toda la maldad que yace escondida bajo el proceso de seducción de Drácula. Esa esperanza se desvanece ante dos frases de Mina, la una pronunciada sin solución de continuidad con la otra, sin reflexión entre ellas, como si la barrera que debería separarlas fuera sobrepasada por la anegadora fuerza del amor.

-Has matado a Lucy. Te amo.

Muchxs espectadorxs caemos en ese momento en que lxs engañadxs éramos nosotrxs. La declaración, la toma de partido, el contrato verbal, invierte el orden de valores de la narración. Nos habíamos equivocado de bando: el bueno era Drácula. Toca dejar las estacas, los ajos y los crucifijos, y desplegar nuestras alas de murciélago para no ser alcanzadxs por el fundamentalismo plebeyo y terrenal de Van Helsing. De hecho, será éste el primer momento en el que Drácula se encuentre amenazado y en inferioridad de condiciones y, como buen héroe, escape por los pelos.

Ya he hablado recientemente de la amoralidad del amor.

El amor establece unas reglas de comportamiento que deben ser seguidas para triunfar en el amor. Quien se aferra a ellas es buenx en el amor, y debe esperar que el amor sea bueno con él/ella; quien las abandona sufrirá el castigo de la soledad. Pero el amor no necesita de sus feligresxs para romperlas. Así, su camino sacramental es un viacrucis a lo largo del que se descubre la contradictoriedad de las reglas, y que culmina en el descreimiento total. Normalmente, el descreimiento llega demasiado tarde, cuando el mundo del amor nos ha considerado desechables. Entendemos entonces que no había tal moral, sino que era una zanahoria para que tiráramos de ese carro llamado familia, o llamado sistema, que considerábamos lo otro del amor y que era, en realidad, su razón de ser.

El amor nos la juega bien, el cabrón. Entran ganas de vengarse. Drácula, por ejemplo, lo hace.

A él no le salen las cuentas. Ha sido escrupulosamente obediente a todos los dioses sentimentales  y, sin embargo, éstos le traicionan. Su decisión es clara, y experimentaríamos su lógica como un humillante desprecio a nuestra mezquina resignación vulgo-romántica si no fuera porque estamos tentadxs de seguirle en su furia vengadora. El amor ya no es dios, puesto que falla. Ahora es un igual, y le debe algo, que se cobrará, aunque sea del propio amor.

Así, Drácula es el cobrador del frac del amor: la deuda incondonable que esa filosofía fraudulenta adquiere con nosotrxs en cada una de nuestras relaciones. Más allá de ser el espectro de la relación pasada, se trata del presente mismo de esa relación, convertido en eternidad inexcusable. El amor nos dijo que si obedecíamos nos ofrecería la felicidad. Y mira lo que nos da: no sólo ella muere, no sólo se nos dice que no nos espera más allá de nuestra propia muerte. Es que, para más burla hacia todo aquello que da sentido a nuestra existencia, resucita con otro. El fiel Drácula, que se atuvo al pie de la letra de sus promesas amorosas, se encuentra a Mina convertida en una monógama secuencial.

El amor no nos predispuso para esto de la secuencialidad. Lo que nos dijo es que era un sentimiento tan fuerte que nos cambiaría la vida entera; que nos ligaría a alguien de manera tan profunda que no podríamos jamás separarnos; que todo lo que hiciéramos inspirados por él tenía más valor que la vida y que la muerte; que dejáramos el alma, porque estaba bien segura. ¿Qué pinta, entonces, el advenedizo y profanador Jonathan Harker?

Drácula, como único y verdadero seguidor fiel de los preceptos amorosos, reencarnará la monogamia indisoluble, pese al futuro novio al que pese, y tenga el concepto de “ex” la prensa que tenga. En su siniestra condición de ex que no reconoce ese estatus, adquirirá rasgos absolutamente singulares y, a la vez, profundamente arraigados en nuestro inconsciente, tanto privado como colectivo. Es un murciélago, porque su capacidad para desplazarse, aparecer y desaparecer es la propia de quien no tiene otra ocupación que la obsesiva persecución de su amada. Es un lobo, porque su deseo sexual frustrado y arcaicamente romántico debe saciarse frecuentemente con seres inferiores, a los que devasta. Es un anciano repugnante, porque viene de un pasado que se abandonó y del que se quiere escapar por corrupto y vergonzante. Es un príncipe seductor, porque sabe todo de su amada, hasta sus sentimientos más íntimos, que convierte en debilidades emocionales por las que acceder a su corazón. Es un superhombre, más fuerte que cualquier hombre normal, porque en realidad es el único hombre entero, que se enfrenta a otros que son menos que hombres porque sus fuerzas están sensatamente repartidas entre diversos amores y ocupaciones en lxs que no les va la vida. Y es, ante todo, un vampiro, porque sólo él dispone del poder de inocular, con su mordedura, el veneno incurable del amor verdadero. Es este veneno el que contamina al convencionalmente secuencial Harker desde el momento en el que empieza a luchar por Mina, porque la lucha es, en sí, consecuencia del seguimiento literal de los preceptos del amor, que no concibe la sustitución del objeto del amor. Es el que empodera sexualmente a la casta Mina, dispuesta a seducir a Van Helsing como medio, pues la fidelidad real expulsa del reino del amor, hacia los territorios vírgenes donde machismo y feminismo, conservadurismo y progresismo, se confunden (y caen ambos, tal vez, bajo el calificativo peyorativo de “extremismos”).

Salvo el orgullo, salvo la dignidad de quien exige a hombres y dioses que cumplan su palabra, todo en Drácula es odioso. Pero todxs reconocemos al odioso Dracúla que, dentro de nosotrxs, permanece desgarrado por la traición que lo destruyó, lo corrompió y lo convirtió en un monstruo que clama por salir a la fatal luz del día. Nos resulta tan sensual encontrar la oportunidad de identificarnos con ello, de reconocernos en las formas antisociales del amor, de entregarnos libremente a la amoralidad de la lucha amorosa, donde el bien y el mal han sido definitivamente relegados, que aceptamos jugar durante dos horas al monstruo maldito, a sabiendas de que, al final, tendremos que aceptar la muerte, y quitarnos el disfraz de carnaval que, en realidad, encarnaba nuestro yo íntimo.

Nada en Drácula nos es ajeno, salvo que él tuvo la valentía de enfrentarse hasta la muerte con el traicionero dios del Amor. Su derrota estaba predestinada desde el instante mismo en que acepto sus reglas.
Si algo de sentido se ha encontrado a esta interpretación de la película de Coppola, recomiendo vivamente la revisión de su famoso tema principal, junto con la letra, y la inspirada interpretación de Annie Lenox


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