viernes, 6 de septiembre de 2013

propuesta erótica. I. DESIGNIFICACIÓN. (ix) designificar el sexo de la posesión (la renuncia al morbo) (2)

El principal atractivo del sexo en nuestra cultura es su condición de "dinero subjetivo". La relación sexual es una partida de la que saldremos habiéndonos jugado algo de nuestro valor. Tras ella nos creeremos más grandes o más pequeños. La calidad artística de los naipes, la belleza de la estrategia, el placer del juego, pasan por completo a segundo plano.

Si el poder es el valor real del individuo y el dinero su símbolo objetivo, es decir, manifiesto, reconocible e intercambiable, el sexo es el símbolo subjetivo que significa todo cuando podemos hacer sin garantía de que nos permitan canjearlo.


             La lógica del valor económico, a través de la lógica de la sustitución del valor de uso por el valor de cambio, (y su posterior confinamiento en niveles subjetivos e inconscientes), ayuda a explicar en gran medida la dinámica de nuestro deseo. Nuestro sexo es un sustitutivo subjetivo del dinero, y mantiene con el mismo una relación mucho más compleja que la simple condición de “falso dinero”.
 
Este mercado negro de la autoestima subjetiva, esta economía sumergida del valor social del individuo, son percibidos como lugar ventajoso, desregulado, donde compensar las carencias generadas por la libre competencia del poder otorgado por la posición económica. Como un espacio intermedio entre la realidad y su virtualidad, como una sugerente tierra de nadie entre el videojuego y el mercado de valores, como el punto en el que el mundo onírico entra en contacto con la realidad, el mercado subjetivo de la posesión sexual alcanza a canjearse por poder social a medida que la vida reconoce el valor del triunfo sexual privado.
 
Sin necesidad de vivir de los réditos literalmente monetarios del sexo, éste, en tanto que implique posesión, se convierte en calidad de vida susceptible de sustituir a cualquier factor que la conforme, más allá de la satisfacción de necesidades sensuales o emocionales. Una vez cumplidas sus funciones concretas, la acumulación de posesión sexual sigue cumpliendo la de conferir posición social subjetiva. Pero la posesión sexual, por sí misma, carece de poder de compra, por lo que el individuo se ve obligado a la autoconfirmación de la posesión en el intento de transformar el poder subjetivo en objetivo. El cigarro de después, el contarlo a los amigos, el hacer listas o diarios, reflejan tanto la necesidad de materializar la subjetividad del símbolo como la propia condición simbólica de un sexo que, de por sí, como acción en sí misma, no ofrece nada.
 
El entorno social reacciona a estos intentos de completar el poder de compra del sexo como un mercado clandestino no organizado. Quien exhibe su mercancía de posesión se arriesga a recibir por ella, desde la humillación y la denuncia, hasta el pago de precios desorbitados, pues los pagadores de ese poder, los individuos dispuestos a reconocer la importancia de quien posee sexualmente, se encuentran siempre bajo la vigilancia de la doble moral que con una mano invita a competir por la posesión y, con otra, condena la objetualización amorosamente estéril del otro.
 
La posibilidad de apropiarse de este valor (a caballo entre lo subjetivo y lo objetivo, que podría ser calificado de “pseudovirtual”) de la posesión sexual, le otorga el que es, con inmensa diferencia, su atractivo máximo; aquél que eclipsa al resto de las funciones hasta hacernos perder contacto con el deseo de realizarlas, por más que se conserven en nuestro discurso gracias a la cohesión que les proporciona la filosofía del amor.
 
Este atractivo coincide en gran medida con lo que llamamos “morbo”, y es el término dorado en cualquier escuela sexual, desde las parafílicas hasta las terapéuticas, pasando por todo tipo de discursos liberadores.
 
Somos niños frente a un yogurt. Nos lo comeremos por la fuerza si nos dicen que es necesario, y con gusto si esperamos lo suficiente como para tener hambre. Pero la única manera de que comamos uno tras otro, y de que sigamos abriendo y consumiendo yogures mucho después de no poder tragar ni uno más, es poner regalos sorpresa en la tapa. Ese deseo inquietante sentido ante el yogur aún cerrado cuyo valor se descubre y se conquista con el acto mismo de su apertura, que hace olvidar el sabor del yogurt, sus propiedades alimenticias, y por extensión, el atractivo de todos nuestros juguetes, es el morbo.

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