lunes, 12 de agosto de 2013

objeción de género


¿Nombre?

-Israel.

-¿Lugar de residencia?

-Madrid.

-¿Género?

-Objetor.

-¿Disculpe?

-Objetor de género. Creo en la desaparición de los géneros. No me considero ni hombre ni mujer, o reservo para mi vida privada aquello que me considero.

-Perdone, señor. El formulario no ofrece esa opción.

-Déjelo vacío.

-No es posible, señor, la aplicación informática no permite dar el formulario por concluido si no se completa la casilla del género.

-Ponga los dos.

-No es posible,…¿ señor?

-Bien, entonces cancele mi solicitud. Señor o señora, como usted prefiera.

Si el género es un mecanismo de discriminación mediante el que el sistema patriarcal extiende la diferencia biológica de sexo al carácter social, produciendo con ello un grupo opresor, los hombres, y un grupo oprimido, las mujeres, entonces es evidente que uno de los principales medios para luchar contra esa discriminación, si no el principal, es obviar dicho mecanismo.

La mejor forma de alcanzar la igualdad es partir de la conciencia de igualdad. El concepto de “objeción de género” puede ser un recurso muy útil para divulgar este mensaje. La objeción de género representaría el rechazo ideológico a la categoría de género. Pero también puede reflejar de manera realista la distancia alcanzada por el individuo entre su concepto de sí mismo y los estereotipos de mujer y hombre. Tanto si nos pronunciamos en contra del género como si nos encontramos incómodos en sus categorías, he aquí un recurso para ir forzando un hueco.



Hay pocas razones consistentes para que se nos pregunte por nuestro género en un entorno público. Un servicio médico requerirá, muy probablemente, conocer nuestro sexo, pero hasta ahí llega la necesidad de comunicarlo. ¿Qué puede argumentarse a favor de que explicitemos el género en ninguna otra circunstancia que no sea privada y voluntaria? ¿Quién necesita conocer si somos, nos sentimos o elegimos la calificación de hombre o de mujer? Evidentemente, sólo aquél que va a utilizarlo en el ámbito de la reproducción de la discriminación de género.

Se podrá decir que el género es, hoy por hoy, una división evidente, y que conocerlo facilita enormemente el trato en cualquier  circunstancia, porque contextualiza el carácter del individuo. Pero también la raza es evidente, y nadie pregunta por la raza, pues se entiende que enfatizar la raza es incrementar las posibilidades de que se convierta en una vía de discriminación. Sin embargo, muchas firmas comerciales querrían saber lo más posible, no sólo sobre nuestra raza, sino sobre nuestro grupo cultural, e incluso sobre nuestro nivel de asimilación de las costumbres de unos u otros grupos etno-culturales. Querrían saberlo para poder utilizar comercialmente su estereotipo, es decir, para discriminar (si bien no con la intención de hacerlo) mediante dicho estereotipo. Por eso se entiende que a nadie se debe esa información, y por eso no se pregunta en ningún lugar, salvo vergonzosas excepciones.

Se dirá que el género, no sólo el sexo, salta casi siempre a la vista, de modo que, ¿qué se gana con obviarlo? Pero, si es así, si es tan evidente, si no alberga duda alguna, ¿qué se gana con reafirmarlo? Precisamente eso: su reafirmación; el recuerdo de que todos los esfuerzos por superarlo chocarán contra una barrera sin escapatoria. Lo mismo da en qué medida hayamos deconstruído los rasgos del estereotipo en nuestra psique o en nuestra vida personal, porque continuamente nos obligarán a que digamos “qué somos”. Y podemos ser dos cosas: hombre o mujer. Las “alternativas” homosexuales, bisexuales, trans, o lo que se desee inventar, se reducirán mediante una aritmética sencilla a combinaciones binarias de x e y: “Eres un x que se siente y”, “Eres un y que ha nacido x”, “Eres a veces x y a veces y”. Éstas alternativas ya serán concesiones generosas, regalos de una sensibilidad que hace un esfuerzo por mostrarse comprensiva, a la espontánea simplicidad de lo sexual, tan naturalmente dual.

La objeción servirá precisamente para evitar esa reafirmación; para situarnos fuera de esta aritmética ajena. Con ella, además, se constatará la existencia del no-género como opción personal e ideológica, y como respuesta consistente a la necesidad de dar una alternativa a la cultura de género que no constituya un tácito reconocimiento de su necesidad.

Se dirá que las instituciones necesitan conocer nuestro sexo y nuestro género porque esa información les es útil para infinidad de decisiones a realizar con respecto a la gestión de lo público. Sin embargo, cuando las instituciones quieren saber cuál es la religión dominante, o la distribución cuantitativa de las ideologías sociopolíticas, realizan encuestas que uno puede negarse a contestar. La exigencia por parte de las instituciones del conocimiento de los distintos pronunciamientos ideológicos de los ciudadanos es un ejercicio de totalitarismo. Y el género es, en gran medida, como hemos visto, un pronunciamiento ideológico. En cualquier caso, las instituciones conocen no sólo nuestro sexo, sino también, al menos de manera rudimentaria, nuestro género. No necesitan preguntárnoslo una y otra vez, y menos aún constatarlo en nuestro carnet de identidad.

Se dirá, por último, que el género es necesario por razones lingüísticas, y ahí nos habremos topado con la iglesia. Claro, yo puedo obviar tu género y mi género cuanto desee, pero a la hora de hablar, la arroba es impronunciable. Pero debemos entender, y si no ya lo iremos entendiendo, que el problema del lenguaje es “El Problema”, y que, resuelto éste, resueltos todos. Si pudiéramos hablar sin género, apenas quedarían del género unos pocos bastiones de irreductibilidad. El poder que mantiene vivo al género es un lenguaje que lo reproduce casi en la totalidad de sus mensajes, ya sea de modo práctico y discreto, como hace el inglés, o mediante la reiteración machacona del castellano. Si la eliminación de la discriminación de género depende de la relegación del uso social del género, ésta pasa por la invención de un lenguaje sin género. Pero es de sentido común que la lejanía del objetivo no es razón para disuadirnos de dar pasos en pos del mismo, sino para animarnos a empezar cuanto antes. El lenguaje sin género sólo se producirá cuando caiga pro su propio peso. Debemos, por tanto, hacer por engordarlo.

Así, la “objeción de género” a la hora de enfrentarnos a un formulario puede consistir en llevar la postura lo más lejos posible, en la convicción de que no se está obstruyendo con ella ningún mecanismo necesario a otros efectos, antes bien, se está conduciendo a interesantes y divertidas paradojas, siempre ganadoras. Su práctica es sencilla:

-No rellenaremos el género en ningún formulario.

-Si es necesario rellenarlo para que se tramite, objetaremos mediante la no tramitación (hay multitud de ocasiones para hacer esto cuando rellenamos formularios como clientes). Es muy probable que muchas firmas quieran pronto mostrarse “sensibles” a esta nueva actitud, en tanto que comprueben que de ello depende la obtención y conservación de un número importante de clientes.

-Constataremos,  siempre que podamos, especialmente en aquellos trámites que no permitan la posibilidad de “objetar”, nuestro desacuerdo con la presencia de la pregunta en el formulario. Si no existe un cajetín de “comentarios” o “sugerencias”, casi siempre podremos hacernos un hueco en algún margen del papel.

-Cuando se nos ponga en la tesitura de elegir género para que se dirijan correctamente a nosotros, devolveremos el problema a nuestro interlocutor, invitándole a que nos hable según el género que prefiera, pues a nosotros nos son ambos indiferentes.

Llegará un momento en el que tengamos que hablar “con género” y lo haremos, qué remedio (siempre dejando recaer la responsabilidad de la decisión sobre el interlocutor: “¿Usted sí desea que le hable según algún género en concreto?”), pero sin ceder el terreno ganado, que será el de haber visibilizado la objeción y, con ello, una actitud de rechazo que debe encontrar formas de extenderse a cada ámbito en el que el género sigue teniendo presencia.

Con un poco de imaginación y de una implicación que seguramente reportará satisfacciones, la objeción de género nos permitirá avanzar en la desaparición pública del género personal, que conducirá, tengamos algo de paciencia, a la extinción del género, también en el ámbito privado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Matematicamente, si solo hubiera una opción, se resolvería el problema. Es decir, por qué no planteas la decisión como, -Marquemos todos, siempre la misma opción. Es como combatir desde dentro. Por ejemplo, imagina que decidimos todos usar solamente el servicio de hombres cuando vamos a un restaurante. Al final quitarian los carteles de género.

contraelamor dijo...

La principal desventaja ideológica de optar por cualquiera de los dos género es que ambos tienen ya un sesgo discriminatorio en su definición, además de que, lógicamente, invisibilizan al otro. Ser hombre o ser mujer no es igualmente funesto, pero sí suficientemente malo como para ser evitado.
Desde el punto de vista práctico, la objeción de género es una actitud más clara, dado que sabemos siempre, sin necesidad de acuerdo previo, qué tenemos que hacer. En el caso del uso de los servicios, todo parece difícilmente trasladable a la práctica, aunque una opción con la virtud de la claridad sería actuar como si no hubiera distintivos de género en la puerta, o como si no estuviera el nuestro. Las consecuencias, sin embargo, serían que acabaríamos juzgados como provocadoras y acosadores, y que, de no ocurrir así, otros se aprovecharían de nuestra propuesta para serlo realmente.
Hoy por hoy, los aseos públicos femeninos desempeñan una función de protección para las mujeres. Si no existieran, habría que crearlos.