viernes, 26 de julio de 2013

propuesta erótica. I. DESIGNIFICACIÓN. (ii) designificar el sexo de la procreación

            
                La procreación es el primer significado que deberemos eliminar del sexo si queremos que éste evolucione en erotismo.

                Será el más fácil y nos servirá como práctica para abordar capas más profundas y tozudas de la cebolla.

                Pero que  nuestro pensamiento no realice ya la asociación directísima de antaño entre sexo e hijos no significa que el trabajo esté terminado. La idea de que lo que estamos haciendo simboliza, y es, una fecundación aún contamina nuestra sexualidad. Veremos cómo.



                Si bien el objetivo de la designificación es una suerte de higiene general sobre la significación de los actos eróticos, no hay forma de realizarla más que procediendo a desasociar las grandes pieles de significación por separado, y entendiendo el funcionamiento y las características de cada una.

                La designificación por partes: 1_eliminación del signigicado reproductivo

                De las significaciones que trataremos y que he desarrollado previamente, ésta es la que conserva un vínculo más débil con los actos eróticos; pero una parte importante del trabajo está aún por hacer para alcanzar el fin buscado: la desvinculación completa entre erotismo y reproducción.

                Obviando a las capas más conservadoras de la sociedad, aquellas para las que el sexo sin reproducción es una violencia que genera remordimiento y a la que se accede mediante artificios indeseables y conflictivos, no es difícil encontrar restos del vínculo entre sexo y reproducción para nuestra sociedad en su conjunto. Haré aquí referencia a dos de ellos.

                La falta de concienciación social de consistencia al respecto de esta desvinculación genera una actitud incoherente frente al embarazo como “peligro” del sexo. Por un lado, se considera evidente que buscar el embarazo en una relación sexual debe ser una decisión consensuada, y que el engaño mediante la decisión unilateral constituye una grave inmoralidad. Pero ante el hecho consumado del embarazo se produce un giro en el juicio social, y aumenta sustantivamente la opinión de que el engañado comparte la responsabilidad del mismo, pues ésta no es asumida en la decisión de buscarlo, sino en la de realizar el propio acto sexual.

                Esta incoherencia, que incluso la ley avala protegiendo por defecto a la figura de la embarazada que quiere seguir adelante con el embarazo contra el deseo del padre, es, se ve con claridad, la forma débil adoptada por el principio cristiano de que dios da los hijos, y los hombres sólo se dedican a follar, sin poner facilidades ni obstáculos, de modo que puedan ser maleable medio de realización de la voluntad divina. Mientras un hecho de tan enorme relevancia como el embarazo forme parte de las posibles consecuencias del acto sexual, éste no podrá jamás convertirse en erótico, pues el vértigo, el morbo, el miedo, la clandestinidad, serán factores emocionales que mediatizarán el comportamiento y la actitud de los participantes de modo definitivo.

                Pero, ¿cómo librarse sólidamente de esta consecuencia? Aquí participa el segundo residuo de significación. Nuestra cultura anticonceptiva está lastrada por dos alucinaciones cavernícolas. La primera es que educar con auténtica madurez en la anticoncepción repercute negativamente en el índice de natalidad. El modo de obligar a que la gente tenga tantos hijos como se estima oportuno o, al menos, que no se desarrolle una cultura de cero descendencia será, por tanto, no llegar demasiado lejos en la implantación social de los hábitos anticonceptivos. Es importante consumir preservativos, por ejemplo, pero también lo es recordar que no hay nada como correrse dentro, de modo que en el extremo de la optimización de la ideología consumista-reproductiva, usaremos el condón justo hasta antes de corrernos, y nos lo quitaremos al llegar al orgasmo bajo la presunción de que así lograremos el supremo éxtasis.

                La segunda gran consigna moral que subyace en contra de una auténtica cultura anticonceptiva es que la seguridad completa en el sexo llevaría a la extensión indiscriminada del mismo entre sectores sociales en los que la ley de piedra impone la abstinencia, especialmente los jóvenes. Es importante que las chicas sigan quedándose embarazadas cuando sus relaciones sexuales comienzan antes de que la sensatez esté lo suficientemente desarrollada como para establecer sobre la situación un control razonable. Es importante que el peligro aceche porque, como bien se sabe, de no hacerlo, las universidades y los institutos se vaciarían, y todos los jóvenes y adolescentes se quedarían en su casa sin parar de follar.

                Así, nuestra cultura anticonceptiva está tan poco desarrollada que requiere de toda la madurez de un adulto para tener alguna garantía de eficacia. Un preservativo es eficaz, sí, una vez colocado en el pene. Pero lo es muchísimo menos en la farmacia, desde donde innumerables ideas desinformativas, hábitos equivocados y prejuicios, atestan de obstáculos el camino que lo separa de cumplir su cometido.

                Cada individuo, por sí mismo, debería haber desarrollado su cultura anticonceptiva personal hasta el punto de ser prácticamente incapaz de embarazar o quedar embarazado. El embarazo no puede ser un accidente al borde del cual la relación sexual esté perpetuamente asomada. El embarazo debe ser un acto de plena consciencia para cuyo logro cambien hábitos sexuales tan sustanciales que el acto sexual, si no se vuelve claramente irreconocible, al menos pueda identificarse perfectamente como distinto. El embarazo debe quedar fuera de la inercia del acto sexual. Éste no debe ser un acto de riesgo sino, en la plena expresión de su desiginificacón reproductiva, un acto de donación y experimentación de placer sensual.

                Para lograr una cultura anticonceptiva más sólida es imprescindible la reducción del componente coital. En la medida en que el sexo siga siendo imitación del acto reproductivo es insensato esperar que pueda dejar, a su vez, de significarlo. Pero es también de sentido común que, liberados de la necesidad de que el hombre deposite el semen en la vagina de la mujer, el placer sensual, sin renuncia alguna al orgasmo, encuentra múltiples alternativas que no pasan necesariamente por la zona de peligro fecundador.

                Debemos, pues, desarrollar una cultura anticonceptiva que no se reduzca a disponer de un método anticonceptivo que se interponga entre el placer y la fecundación. Son nuestros hábitos eróticos los que deben cambiar y discurrir por vías que pasen de manera más excepcional y segura por el único punto en el que el acto erótico puede transformarse en un acto reproductivo, es decir, el orgasmo masculino en la vagina de la mujer en ausencia de medidas anticonceptivas. Suena tan enrevesado que parece imposible llegar a ello por despiste.

                Frente a cualquier idea de que la sustancia del placer sensual se da precisamente en este acto, y que sin él se mutila y reprime la vida sexual, pueden esgrimirse todo tipo de alternativas y argumentos, algunos de ellos reveladores de flagrantes paradojas. Es evidente que este momento de peligro sólo tiene lugar entre individuos cuyas características biológicas permiten la reproducción. Habría que decir, entonces, que entre muchos otros pares de individuos, los actos sexuales carecen de satisfacción sensual plena, pues la eyaculación intravaginal queda fuera de sus posibilidades. Así, no sólo los homosexuales quedarían confinados al gueto de los insatisfechos, sino también los ancianos que hubieran reducido drásticamente su capacidad orgásmica, o los individuos temporalmente impedidos para usar su aparato reproductor. Entre las paradojas consta la de que el sexo pornográfico ha puesto de moda la eyaculación facial como placer máximo perfectamente sistémico y de consumo masivo y que, lejos de experimentarse como una represión insatisfactoria, se experimenta mayoritariamente como un privilegio.

                La madurez erótica debería identificarse, entre otras cosas, con este alejamiento del significado reproductivo del sexo, mediante el desarrollo de hábitos sexuales alejados del peligro de la reproducción. Así deberíamos identificar a aquellos individuos susceptibles de convertirse en buenos compañeros eróticos y así deberíamos desarrollar una cultura anticonceptiva que no se redujera a una membrana de caucho estratégicamente situada en tiempo y lugar.

                Del mismo modo que los jóvenes aprenden mal el uso del alcohol porque lo hacen mediante ingestas desmedidas, consecuencia de no ser enseñados en el control de las cantidades para su eficacia social, es decir, porque lo hacen desde la orfandad de ser abandonados en manos del alcohol sin otra cosa que dos o tres máximas restrictivas cuya aplicación parece entrar en conflicto con el disfrute; del mismo modo aprenden mal el uso del sexo (es decir, aprenden sexo, y no erotismo) porque, junto con la idea de que deben ponerse un preservativo, reciben la idea de que deben buscar eyaculaciones intravaginales, pues cualquier otra cosa no es digna de llamarse sexo.

                La eyaculación intravaginal es el más estúpido objeto de ambición imaginable. Esperar a desarrollar la sensatez suficiente como para poder evitar que desemboque en peligro de fecundación no implica renuncia alguna para el joven o adolescente. Lejos de educar en la imitación de la sexualidad adulta tradicional, que pone en sus manos herramientas poco interesantes de las que sólo pueden obtener perjuicios, deberían ser educados en el erotismo no conceptivo, multiplicando sus posibilidades de satisfacción sensual a la vez que refuerzan su dominio del territorio de la fecundación. Lejos de educar a los jóvenes y adolescentes en un sexo privado, secreto, trascendente y aterrorizado, deberían ser educados en un erotismo público, colectivo, ligero y paulatino, en el que los hábitos sociales eróticos y anticonceptivos se aprendieran como cultura general, sin exagerar su importancia ni cargar su significación.

                Frente al descubrimiento del sexo como primera relación coital, el aprendizaje del erotismo como intercambio de caricias, masturbaciones y exploración del placer sin predeterminación de género. Frente a la elección de la persona objeto de enamoramiento como compañero sexual, la elección del grupo de amigos como compañeros eróticos, sin determinación de número, donde la conversión del acto privado sexual en acto erótico comunitario aumenta la consciencia de los individuos y el dominio racional de las situaciones.

Pero la sexualidad es enseñada de golpe y porrazo, como una ansiada ceremonia de iniciación a la madurez cuya compleja significación no sólo nos hace olvidarnos del fin en sí mismo de la donación y recepción del placer erógeno, sino que nos convierte en víctimas del embudo de significados que nos arrastra hasta la procreación.

            

lunes, 22 de julio de 2013

propuesta erótica. I. DESIGNIFICACIÓN. (i)



             El sexo es un conjunto confuso de significados que, por su complejidad, nos resulta ingobernable e incomprensible.

             El primer paso en la transformación del sexo en erotismo será vaciar el sexo de sus significados, desde los más burdos y prescindibles hasta los más sutiles y esclavizadores. Deberemos recordar, en nuestra vida sexual, que ésta es sexo “en sí”, libre de presunciones que vayan más allá de ese acto sexual, de esa idea erótica.

             Nuestros actos sexuales se volverán eróticos en tanto que serán conscientes y responsables.

             Follar sabiendo que sólo follamos, recuperando así nuestra capacidad de contemplar el presente en todo su despliegue, y valorarlo. Quizás el sexo que descubramos no se parezca en nada al sexo que creíamos que teníamos.



Como abandonamos ya el territorio de lo descriptivo y entramos en el del “deber ser”, abandonaré también el uso del término “sexo”, con el que me refería a la actividad que era, y pasaré a usar el de “erotismo” para referirme a la que debe llegar a ser. ¿Qué debemos hacer para que nuestro sexo se convierta en erotismo?

                Como se ha descrito hasta aquí, la actividad erótica, antes de serlo, es decir, mientras sigue siendo sexual, se encuentra a la salida de un embudo de significados que impiden, tanto el control de sus mensajes, como la comprensión de los mismos. Estos significados quedan, además, condicionados por, ligados a, la actividad sexual, y dependientes de su presencia para ser producidos en plenitud. El sexo es un nudo semántico en el que todo se mueve a la vez impulsado por fuerzas de origen diverso que aparecen como indistinguibles. Querer poseer genera comunión, buscar la procreación desemboca en el placer erógeno, y la donación de afecto puede resultar en humillación sádica.

                Tanto para recuperar el sentido erógeno (lo que de manera algo grosera llamaremos sentido “en sí” del erotismo) de la actividad, como para recuperar la capacidad de significar de modo voluntario el resto de los significados, se hace necesario empezar por “designificar” al sexo.

                Nos va a sonar mal esta estrategia de “quitar significado al sexo”, que puede valorarse como trivialización, desaprensión, incomunicación, ausencia de empatía y, por supuesto, ausencia de responsabilidad. Tememos que el sexo pierda significado, porque eso es hacerle perder importancia y disminuir sobre él el control. Quitarle importancia al sexo es reducir los cuidados de que es objeto y dejarlo al socaire del deseo espontáneo, que no tardará en convertirlo en un vendaval endiablado y arrasador. Pero más bien parece que ésta sería la consecuencia de suprimir determinados significados del sexo, dejándolo en manos de los restantes. El sumatorio represivo de fuerzas perdería su juego de fuerzas en contrarresto que dan como resultante el estatismo, y se convertiría en un complejo dinámico, o incluso frenético.

                Pero la “designificación” de la que aquí se habla es completa. ¿Qué queda en el erotismo cuando la actividad erógena deja por completo de ser un lenguaje? ¿Qué es el erotismo una vez que sus actos carecen de la trascendencia del significado y se reducen a sus simples consecuencias? La pregunta se vuelve más controvertida si se expresa en su forma definitiva: ¿Cuál es la finalidad “en sí” del erotismo?

                Nuestra constitución biológica nos ha dotado de la facultad de experimentar placer erógeno con el más que probable fin de conducirnos tanto al coito como a la búsqueda de protección, especialmente  paternofilial. Nuestra libertad de seres humanos nos dota de mayor capacidad para elegir las condiciones de nuestra reproducción, así como de lenguaje para expresar y realizar dicha protección. El placer sensual no sólo queda desbancado de su finalidad biológica, sino libre para adoptar otras finalidades. La evolución cultural de esas nuevas finalidades, junto con la forma también cultural adoptada por los restos de las finalidades biológicas, tiene como consecuencia las finalidades y modelos explicados en los artículos sobre el fondo y la forma del sexo.

                Hay que decir, por tanto, que la satisfacción de este deseo de placer sensual, al que no se destina ningún otro tipo de actividad, es la finalidad del acto erótico. La finalidad en sí del acto erótico es, por tanto, la experimentación de placer sensual cumpliendo al menos el requisito mínimo de satisfacer el deseo biológico de placer sensual.

                Sacrificando la síntesis por la claridad, diremos que, una vez que no necesitamos del placer sensual para reproducirnos ni formar grupo, éste queda disponible para su uso lúdico o su reutilización, ya que la disposición biológica para experimentarlo permanece intacta. A esta disposición biológica debe añadirse la consideración sobre la necesidad biológica. Sabemos que el organismo dispone de la capacidad de experimentar placer sensual. Lo que no sabemos es en qué medida esta capacidad va acompañada de una necesidad. Sabemos que la predisposición a dicho placer aumenta en determinadas circunstancias y periodos, pero ignoramos las consecuencias biológicas y psíquicas de que dicho placer no se obtenga. Ante esta ignorancia, no queda otra opción que entender que la finalidad en sí del acto erótico incluye no sólo la experimentación de placer sensual, sino la satisfacción de una posible necesidad de dicho placer cuya magnitud y relevancia quedarían por determinar.

                Para todo lo demás, el erotismo no sólo no es hoy por hoy necesario, sino que constituye un obstáculo.

jueves, 18 de julio de 2013

sexo. ENCUENTRO DE FORMA Y FONDO. y IV. el sexo multicolor

             Con este artículo, publicado en ENTRETRANTO MAGAZINE, concluye la crítica a la sexualidad:

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/16/pornografia-hardcore-y-libertad-una-historia-de-amor1/

             A partir de ahora se sucederán los artículos que persiguen emanciparla de sus fines, formas y significados, convirtiéndola en erotismo.

              Los próximos artículos serán la propuesta de una sexualidad completamente nueva y perfectamente lista para ser puesta en práctica.

domingo, 14 de julio de 2013

violencia sexual en San Fermín y la quinta columna del patriarcado


                Los misteriosos hechos acaecidos en la Plaza Consistorial de Pamplona llevan unos días reventando las redes sociales y están suscitando una reflexión considerablemente amplia gracias a la que, con un poco de suerte, saldremos todos algo más conscientes y sensibilizados sobre alguna cosa aún no del todo concreta.

                Yo apenas tengo idea de qué es lo que ha sucedido allí y, a partir de las informaciones y versiones leídas y escuchadas, sigo sin decantarme por un cuadro general.

                Quiero, a la hora de expresar mis especulaciones, anteponer el respeto y la solidaridad hacia cualquier persona que haya sufrido una agresión sexista, en el más extenso sentido de la palabra, es decir, allí donde la ley la reconoce como tal, allí donde la vaya a condenar la justicia, y allí donde sólo quede en la conciencia de los agredidos. Yo no hablaré de hechos, sino de la idea sobre los hechos que las informaciones y opiniones difundidas están contribuyendo a formar, pues es sobre la interpretación ideológica proyectada sobre estas versiones sobre lo que pretendo que trate este texto.

                Como digo, no queda claro, al menos a nadie que requiera de una versión matizada para formarse una opinión (y que no esté demasiado familiarizado con estas celebraciones en directo) qué es, exactamente, lo que ha sucedido o viene sucediendo.     

                El abanico de actitudes ante esta incertidumbre ha oscilado, desde la denuncia argumentada del feminismo oficial, señalando los hechos como agresiones patriarcales, hasta inculpaciones o autoinculpaciones más o menos exaltadas en las que se mezclan motivaciones tan diferentes como la sensibilidad antitaurina, la afición a las corrientes de opinión en alza y el terror cerval a la España profunda.

                Según algunas de las fuentes (de opinión) se diría que se trata de hechos puntuales resumibles más o menos así: parece que, de vez en cuando, en el entusiasmo del arranque de la celebración, alguna chica tiene a bien llevar a cabo una práctica mil veces vista en eventos colectivos en todo el mundo, como es la de desnudarse de cintura para arriba, en una cierta actitud de exhibicionismo festivo, que encuentra, en un ambiente tan masificado, alcoholizado, masculino e incontrolable como el que se produce en el Chupinazo, un entorno propenso a la falta de respeto y, en situaciones excepcionales, incluso a la agresión sexista.

                Según otras fuentes, estaríamos ante una situación cualitativamente muy distinta: habiéndose extendido la conciencia de impunidad entre los participantes del Chupinazo, se ha convertido en una costumbre el incluir en la celebración agresiones sexistas sistemáticas, conscientes, organizadas y toleradas por la generalidad de los participantes bajo la etiqueta de broma popular. Estas supuestas “bromas” se perpetrarían sobre víctimas completamente ajenas al peligro que corren al participar de la aparentemente inofensiva celebración, y quedarían, tras ellas, desprotegidas por una actitud social de negación del carácter violento del hecho, que buscaría evitar cualquier mancha sobre la imagen pública de las fiestas. Estos comportamientos, tan fácilmente divulgables a través de la Red, estarían siendo ya imitados en todo tipo de celebración que reuniera las características del Chupinazo, convirtiendo las fiestas populares en una forma de barra libre para determinado tipo de agresión sexista que se extendería ya a lo largo y ancho de toda nuestra geografía.


                Este es el estado de la cuestión si nos remitimos a los textos. Pero cuando echamos manos de la documentación gráfica la cosa se vuelve dramática. En las imágenes que he logrado localizar, después de que el fracaso me haya obligado a dedicarle más rato del que me habría gustado, aparecen invariablemente chicas jóvenes y atractivas, a hombros de un chico, semidesnudas, con los brazos en alto, y con una expresión en la cara parecida a la de un futbolista cuando recibe el trofeo que le acredita como ganador de una competición. Sólo son fotos, y mi interés ha sido desde el principio conseguir el vídeo en el que pudiera apreciar de modo inequívoco cual era la verdadera situación. Pero los vídeos están retirados de todas partes, aunque alguien más espabilado que yo debe de haberlos visto, porque parece que estuvieron en su momento. Yo he tenido que entrar en el sórdido mundo de los vídeos para adultos de youtube para tener acceso al que, por lo que he comprobado después, tiene todas las papeletas para ser el vídeo de denuncia que ha hecho arrancar el asunto. Viene denominado por dos hashtags: #noesnormal y #esviolenciadegenero. Consiste, de nuevo, en una serie de fotografías (que yo, ya experto, conozco en su mayoría) con textos sobreimpresos, y en un vídeo de unos cinco segundos pasado a varias velocidades con fondo de death metal o algún estruendo amenazador por el estilo.

El video, como producto informativo, o incluso propagandístico, es una basura. Querer convencer con él de que se están produciendo agresiones sexistas en los Sanfermines es como emitir un vídeo de una manifestación de la marea verde y decir que es un homenaje a Andalucía (seguro que ya se ha intentado).  A todas las preguntas supuestamente retóricas que acompañan a la imagen y que están pensadas para ser contestadas con denuncias indignadas, se ve uno obligado a responder a la inversa: “¿Te parece normal?” “Sí.” “¿Crees que ellas lo han decidido y disfrutan?” “Sí.” “¿Crees que ellas pueden decir que no?” “Sí.” Llegan, incluso, a repetirse, dando la impresión de que no confían mucho en el efecto causado la primera vez: “En serio, ¿te parece normal?” “Ya te digo que sí, pero está bien que me aclares que la pregunta es en serio”. Una de las preguntas parece un acertijo: “Fíjate en la cara de ellos…” Entonces te fijas, sabiendo que adviertes algo extraño en lo que no terminas de caer. Por fin, lo descubres: ¡es la primera imagen sin mujeres! Como se trata de que penetremos en la brutal mentalidad del agresor, ha habido que rebuscar en el archivo una imagen en la que otras chicas no formaran parte de la turbamulta.

Se diría que el vídeo persigue cargarse los Sanfermines a cualquier precio, pero aclara en su presentación que eso es justo lo que quiere evitar, de modo que sobre sus intenciones se me nubla el entendimiento. Hay una foto, una sola, (que no aparece en el vídeo, aclaro; el vídeo, de tan buen rollo que deja, consigue subvertir la carga violenta de la banda sonora, haciendo que suene a Siniestro Total), recogida en otras crónicas, en la que una chica aparece hecha un ovillo en el suelo mientras varias manos estiran de su ropa con la aparente intención de arrancársela. Es la única imagen en la que puede constatarse una oposición entre supuestos agresores y supuesta agredida. Tampoco resulta agradable la escena de la reportera siendo besada por el “mozo” mientras hace su crónica, ni la reacción del compañero de ella, pidiéndole que deje de provocarlos. Pero el conjunto del material gráfico, como denuncia, no vale nada.

He de recordar, porque llevamos aquí un rato y puede haberse olvidado, que yo no interpreto hechos de allí. Yo no sé si, pese a todo, se están produciendo estas agresiones, si todas las fotos son montajes de photoshop a las que se les pegan sonrisas, o si la información está siendo filtrada para que el mundo siga ignorando lo que pasa. Yo hablo de hechos de aquí; no de lo que pasa en Pamplona, sino de lo que pasa en la pantalla de mi ordenador.

Y lo que llega a esa pantalla, junto con las imágenes mencionadas, son valoraciones como éstas:

“Es cierto que desnudarse en una plaza infestada de orangutanes borrachos no parece lo más inteligente del mundo; pero la candidez (o la estupidez) no es un delito. Sí lo es, sin embargo, la agresión o el acoso sexual.” (Blog de Jesús Moreno Abad en el diario Público, en un artículo titulado, sin muchos complejos “asco en el Tahrir pamplonica”).

“Me cuesta creer que mucha gente acepte como algo normal que una chica “provoque” por el hecho de existir, vestirse de tal forma, estar en un lugar y el momento equivocado, por estar buena, desnuda o lo que sea, cuando es una barbaridad. Al contrario, cuando hablamos de un explotador, una gran empresa, un fondo de inversión que vive a costa de empobrecer a la gente, un cerdo especulador, nos suele costar mucho poder señalar como provocación sus actos y su merecida bofetada en la cara, acoso en su casa y hostigamiento en la calle.” (Blog de Jorge Moruno Danzi, también en el diario Público)

“No tengo nada que decir sobre ellas, que ejercen -en algunos casos, porque en otros les desnudan directamente- su derecho a desnudarse, y eso es estupendo. Ponerse en cueros no es una invitación al baboseo ni significa ‘barra libre’.”

Y continúa:

“Es sexista (el comportamiento de los chicos), simplemente porque al revés jamás sucedería. No ha pasado, y si alguien lo ha visto que me lo cuente, que una turba de mujeres se lance contra el que decide mostrar sus genitales en público. Y si pasa es la excepción y no la norma ni, como en este caso, la moda. Simplemente no nos sentimos legitimadas para tocar a una persona que se desnuda sin consentimiento por la otra parte.” (Blog Eco Republicano).

Cito estos textos porque han tenido eco en las redes sociales (yo no los he buscado en sus respectivos blogs ni diarios, sino que me los he encontrado posteados una y otra vez en mi red social) y porque provienen de posiciones consideradas de izquierdas y, por tanto, más sensibles que otras a los debates del feminismo.

Para qué entrar en tediosos detalles… Llamar “orangutanes borrachos” a todos los participantes en la fiesta resulta, por lo menos, un poco grosero. Imaginar a princesas ingenuas espontáneamente surgidas entre la marea de “orangutanes” es muy propio de la actitud caballerosa que a los feministas tan mal se supone que nos parece. La defensa del libre ejercicio del desnudo sin derecho a roce no sólo parece contradecir las imágenes (donde se diría que todos participan de un ritual más que aceptado) sino al sentido común aplicado sobre los principios más elementales de la crítica antipatriarcal: si intento sacar partido del papel de objeto que el patriarcado me concede me convierto en su cómplice. Decir que a los hombres eso no les pasa porque las mujeres entienden la diferencia entre el derecho a ver y el derecho a tocar (¿sensibilidad de género hacia el respeto de derechos?), bueno, eso, o es ética-ficción, o una chorrada inventada porque había que terminar el artículo y no quedaba tiempo (a mi me pasa mucho).

La manipulación ventajista y autoexculpadora no le está haciendo ningún favor al feminismo ni, por extensión, a las mujeres. La imagen del feminista se ha asimilado en la conciencia colectiva con la del “feminazi”, y eso en ámbitos ideológicos mucho más a la izquierda de lo que se quiere reconocer. El feminismo tiene muy mala prensa, y adscribirse a esa posición tan ineficaz que se describe a sí misma como “ni machista ni feminista, sino igualitarista” es el refugio de, reconozcámoslo, casi todo el mundo. Y eso para perjuicio, lo repito, de todos, pero especialmente de las mujeres, que quedan desconectadas del bagaje intelectual y de lucha social de la historia del feminismo; de la historia de su propia e incompleta liberación.

Y es que, cuando hablamos en nombre de la lucha antripatriarcal, es forzoso recordar algunos principios:

1-El patriarcado no es una opresión ejercida por los hombres sobre las mujeres. El patriarcado es una manifestación inmemorial de la opresión, aún más inmemorial, ejercida por los fuertes sobre los débiles, que hoy se inscribe en, o es simbiótica con, la opresión capitalista ejercida por la clase capitalista sobre la clase trabajadora.

2-El patriarcado tampoco es una opresión entre individuos donde la barrera del sexo separa a los opresores de los oprimidos. El patriarcado es un sistema opresivo en el que todos son oprimidos por su propia condición de individuos en beligerancia, y en el que las mujeres resultan mucho más oprimidas que los hombres y mucho más oprimidas por ellos.

3-El patriarcado tampoco es un conflicto bélico, en el que todos los integrantes de un bando luchan por hacer vencer a su bando y todos los del bando contrario luchan porque aquél sucumba. El patriarcado es un sistema también ideológico, en el que la capacidad para luchar por la liberación depende de la capacidad para encontrar las claves ideológicas que conducen a esa liberación, tanto, al menos, como depende del lado de la opresión en el que cada uno se encuentre.

Lo de los Sanfermines es repugnante, y no cabe duda alguna de que es violencia de género. Pero si las fotos son lo que parecen, esa violencia no está siendo ejercida por las hordas infectas de machirulos de “dedos amputables” a los que se refiere algún elegante artículo. La cadena de violencia opresiva en esta situación es como sigue, discúlpese que simplifique:

El sistema, en todas sus formas, ejerce violencia simbólica sobre las mujeres en su conjunto, invitándolas a entenderse a sí mismas como objetos de deseo en cuyo valor objetual se deposita su verdadero valor personal. En la competición entre mujeres que esta autoimagen conlleva, algunas de las que se congregan en la fiesta del Chupinazo descubren que pueden obtener un notable valor, dadas las condiciones, si se convierten en objeto de deseo del conjunto de hombres presentes.

Dichos hombres presentes, previamente oprimidos por su condición de sujeto que encuentra su valor en el valor de sus posesiones, y cuya capacidad para poseer en el ámbito sexual es continuamente incentivada y reprimida… ; este hombre, que llega a la vida pública en una condición de frustración sexual artificialmente creada por el sistema para forzarle en lo posible a consumir objetos sexuales, vive la sugestión (es decir, la experiencia ficticia) de una liberación sexual ante un objeto de deseo que se ofrece de pronto sin restricciones. Es evidente que este objeto de deseo, la chica subida a hombros, nunca se alcanza, y que la desesperada expresión de deseo que implican decenas de mano tratando de tocar constituye para la chica un aumento en su valor como objeto. Se produce una especie de subasta en la que la chica se revaloriza cada vez más. A diferencia de una subasta estrictamente objetual, esta chica es también la dueña de la mercancía, de modo que, con el aumento de su objetualización, aumenta su poder. Por eso se siente tan feliz (en la foto).

Estos “mozos”, que han incrementado su represión al pujar por una mercancía que no obtienen, y que han objetualizado más aún a la mujer en su conciencia, habrán aumentado también su propensión a objetualizar a otras mujeres, así como a oprimir a aquellas que pueden poseer.

La verdadera violencia de género no se ejerce, como vemos, sobre las princesas-objeto de las fiestas que, en términos netos, aumentan su autoestima (de esa forma disfuncional que es aumentar su cotización), sino sobre todas las otras mujeres, que se ven ahora no sólo impulsadas a competir con las princesas, es decir, a mostrarse también como objetos, a “encarnarse”, sino enfrentadas a hombres más reprimidos e incapacitados para el trato igualitario. La verdadera violencia de género puede que tenga lugar precisamente en esa callejón de Pamplona, o de cualquier sitio, donde un grupo de hombres previamente reprimidos y exaltados acaban vejando a otra chica que ningún beneficio para su autoestima va a obtener de ello, y que, tal vez, tuvo desde el principio suficiente dignidad como para evitar situaciones que la objetualizaban.

No se culpe a nadie (salvo a los que cometan una infracción, claro), por tanto, o a todos, o sólo a los hipócritas y a los irresponsables.

A los hipócritas que no saben lo que dicen, ni les importa, pero les encantaría aprovechar el tirón y cacarear que fueron los primeros en denunciar que determinado “mozo” debía ir a la cárcel por agresión sexual, aunque eso implique que, potencialmente, deberían estar en la cárcel todos los participantes en el Chupinazo, el 50% de los televidentes y la mayor parte de su familia. A los hipócritas que se hacen cruces de pronto (alguna declaración chusca de partido político al quite he leído por ahí) porque temen la repercusión mediática de una denuncia que, al menos a mi pantalla, y por tanto me temo que a la de muchos de ellos, llega sin fundamento, pero con la amenaza de ser una bomba política, mediática, económica o judicial, que puede estallar y, por tanto, debe ser hipócritamente atendida para que todo pueda permanecer exactamente igual.

Y a los irresponsables que enarbolan la lucha de género, el feminismo, el combate contra el patriarcado, para desahogar odios de género aunque ello sólo conduzca a más odio, a más género, a más opresión, más diferencia de clase y más poder para el sistema. A los que son tan acríticos con el feminismo como otros lo son con el machismo, y se muestran tan insensibles a la opresión sufrida por el hombre como otros, muchos, se muestran a la opresión sufrida por la mujer. A los que evitan sistemáticamente denunciar el machismo femenino por miedo a perder posiciones sociales o políticas, y evitan especialmente denunciar el machismo presente en la ideología de algunos activismos feministas, en forma de competitividad, abuso del poder otorgado por la objetualización, búsqueda de víctimas a las que represaliar y, sobre todo, falta de rigor intelectual y moral.

Le estamos dando demasiadas ventajas al machismo, olvidándonos de que es un enemigo resistente, multiforme y adaptativo. Deberíamos organizarnos con un poco más de disciplina.