sábado, 11 de mayo de 2013

sexo. FORMA. VII. la escuela de la pornografía (3) Funciones del sadomasoquismo - ii - EL MORBO COMO VIRTUD


Una segunda función, menos universal, y más próxima al sentido profundo del sadomasoquismo como práctica marginal, es el exorcismo del dolor. Esta función carece también de orientación de género, al menos en primera instancia (pues habría que analizar qué género es el que persigue este exorcismo y en qué medida abunda así en su rol o hace abundar en el suyo al otro). El individuo que exorciza el dolor a través del sadomasoquismo se provoca dolor a sí mismo con la intermediación de otro, pero sin la del placer del otro, que le es indiferente. Es por esto que no hay humillación ni sometimiento de otros (sino, todo lo más, preparación por entrenamiento para humillar o ser humillado).
En tanto que el exorcismo del dolor puede buscarse como fruto de una reflexión sana y responsable, enmarcada en el autoconocimiento y el conocimiento del otro, debe aquí aceptarse que su calificación ética no puede ser negativa a priori. Querer conocer el dolor puede ser querer conocer el margen entre el placer y el dolor, la resistencia saludable o el autodominio necesario para no provocarlo. En el significado más literal de exorcismo del dolor, determinadas actitudes englobables en el sadomasoquismo pueden ser un medio para liberarse del miedo irracional al dolor, o resituar críticamente su valor. La propia experimentación de la resistencia al dolor (a un dolor racionalmente intenso) puede ser en sí misma fuente de placer a través de una ilusión de fortaleza (el sadomasoquismo tendría así un componente halagador que lo aproximaría, precisamente, al arropamiento). De esta manera se entiende, por poner un ejemplo, la popularidad del uso de la cera derretida que se deja caer sobre el cuerpo gota a gota (práctica conocida por el innecesario nombre de waxing). Lo que en principio suena a tortura atroz, propia de un interrogatorio fascista, se descubre, sin perder un ápice de espectacularidad en su puesta en escena, que es sobradamente soportable, produciendo una agradable sugestión de invulnerabilidad, así como una oportunidad para observar y conocer (es decir, no sólo experimentar en el sentido de acumular acciones de modo consumista, sino usar la experiencia como oportunidad para entenderla), de un modo plenamente controlado, una determinada sensación de dolor.
De esta función del sadomasoquismo participan otras manifestaciones de esta curiosidad, habitualmente conocida como curiosidad mórbida, y que no es más que curiosidad a secas, en la mayoría de las ocasiones perfectamente lógica y útil, hacia lo prohibido (en muchas ocasiones perfectamente inútil e ilógico). Podemos, incluso, entender la exploración del propio sadomasoquismo como función englobable en este grupo.
Lo prohibido encuentra en el sexo el lugar natural para su expresión, dado que la cultura sexual lo convierte en un acto de profanación en sí. En él aprovecha para la reconciliación con el espacio maldito de nuestra existencia. Desde el fetichismo que, en el caso de los pies, puede llegar a sustituir el área prohibida por el área despreciada como objeto de excitación, pasando por el uso de la orina como socialización y reconocimiento del acto privado y vergonzoso, (cuya aceptación completa consiste en la feliz recepción del mismo por parte del otro, en su valoración positiva), hasta aquello que puede producir un segundo rechazo, esta vez consciente y proporcionado, el sadomasoquismo, y el sexo mismo en su aspecto sadomasoquista, ofrecen la oportunidad de usar al otro como testigo y objeto de nuestra aceptación.
La aceptación propia, incluso la aceptación del otro como vía abierta por el sadomasoquismo, permite transitar hasta su función más identificada con la opresión patriarcal. Cuando la exploración y aceptación de lo reprimido aceptable se convierte en la aceptación o imposición de lo reprimido inaceptable, el sadomasoquismo se convierte en mecanismo patriarcal opresivo. Este cambio tiene lugar principalmente en el paso de lo físico a lo psicológico; de la aceptación de un objeto prohibido a la aceptación de un vicio. Pero, mediante este mecanismo, el sadomasoquismo sustituye al amor mismo (invadiendo sus funciones), en la aplicación de su principio de la aceptación del otro tal y como es, de la mostración de nosotros mismos tal y como somos y de la satisfacción perfecta de nuestras aspiraciones. Veremos esta función del sadomasoquismo más adelante.

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